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Jaime I en Orihuela.

Jaime I en Orihuela.

Jaime I entró en Orihuela sin disparar una ballesta en torno al 25 de noviembre de 1265.  Luego marchó a encontrarse con Alfonso X, con su hija y con el resto de su familia en Alcaraz, donde planearon la conquista de Murcia.

Regresó el 21 de diciembre encontrando a sus hombres muy animados. Durante su ausencia se habían dedicado a practicar productivas cabalgadas en la huerta. Se acercaba la Navidad y en Orihuela decidieron celebrar las fiestas.

Es difícil imaginar aquellas dos semanas con miles de personas acampadas en nuestra ciudad. La actividad febril dentro y fuera de las murallas preparando la campaña de asedio. Fabricando flechas, forjando espadas, construyendo ingenios militares….

Nunca estuvo Orihuela tan llena de gente principal. Tras sus murallas se concentró lo más selecto de la caballería cristiana. Además del monarca aragonés, figuraban los Infantes de Aragón, Pedro y Jaime; el de Castilla, Don Manuel. Los maestres o lugartenientes de las Órdenes militares de Santiago, el Hospital y los Templarios. Los obispos de Barcelona y Cartagena. La flor y nata de la nobleza Catalana y Aragonesa. Los adelantados y caballeros castellanos.

Las navidades de 1265 deberían ser recordadas como una efeméride oriolana de la que hace poco se cumplieron 750 años sin pena ni gloria.

Imaginaos esas ceremonias religiosas con ilustres oradores como el prelado catalán Arnau de Gurb o Pedro Gallego, confesor del rey Alfonso y primer obispo de la restituida diócesis de Cartagena. El colorido de las órdenes militares, los hospitalarios con sus capas negras, los templarios y santiaguistas de color blanco.

Y así llegó 1266. Al otro día del año nuevo, Jaime I el Conquistador salió de Orihuela acompañado por su hueste. Era hora de tomar Murcia.


Extracto de la serie «De Tudmir a Oriola» Antonio José Mazón Albarracín. (Ajomalba) 2016.

Tud Or Cap. 29/30. Jaume I. Mallorca.

De Tudmir a Oriola XXIX.

En septiembre de 1229 las costas catalanas se cubrieron de velas blancas. Más de ciento cincuenta naves de diverso calado zarparon de los puertos de Tarragona, Salou y Cambrils.

Esta improvisada flota transportaba 1.500 caballeros y 15.000 infantes con destino a Mallorca.

La escueta flota local nada podía hacer contra semejante contingente.

El gobernador Abu Yahya no esperaba ayuda de la anárquica estructura almohade.

Solo restaba encomendarse a Ala y preparar la defensa.

Durante la travesía se desencadenó una tormenta que alejó a las naves del punto escogido para el desembarco.

De noche y por sorpresa, una avanzadilla cristiana tomó la cala de Santa Ponsa y allí montaron el campamento.

Las tropas musulmanas estaban desplegadas en la sierra de Portopí, donde se libró una dura batalla al desembarcar el grueso de aquel ejército con su rey a la cabeza.

Ante el empuje cristiano, los defensores se replegaron buscando protección en las murallas de la capital.

Las huestes del rey instalaron catapultas, trabuquetes y todo tipo de máquinas de guerra frente a sus puertas.  

Más de dos meses duró el asedio, sin que los cristianos aceptasen condiciones.

Habían venido buscando el botín y la gloria, y entrarían a sangre y fuego.

El 31 de diciembre de 1229, las huestes de Jaime I tomaron Madina Mayurca.

Cuatro años antes, durante la primavera de 1225, Jaime I había reunido cortes en Tortosa para tomar la cruz y combatir a los sarracenos.

El monarca preparó una expedición contra la fortaleza de Peñíscola, primer paso en la conquista de Valencia.

Aquella empresa, boicoteada por la nobleza, fue un nuevo y humillante fracaso.

Su prestigio estaba por los suelos.

Cuando dos navíos catalanes fueron apresados y expoliados, Jaime envió un emisario a Mallorca para pedir cuentas.

El gobernador almohade independiente, Abu Yayha, informado de debilidad de aquel rey adolescente, se burló despidiendo al mensajero de mala manera.

Cuentan las crónicas que aquel día Jaime prometió coger a ese moro por las barbas.

Y cumplió su promesa.

De sus frustradas campañas en territorio valenciano solo había obtenido una tregua con Abu Said, el gobernador almohade de Balansya, que al menos le permitía cobrar parias.

Defender esa tregua matando a uno de sus más destacados nobles le había costado una guerra civil.

Estas revueltas nobiliarias coincidieron con el colapso almohade, perdiendo una oportunidad de oro que sí supo aprovechar Fernando III de Castilla.

En la Corona de Aragón el orden y la justicia habían desaparecido.

Los jurados de algunas ciudades se confederaron para hacer frente a los robos y homicidios.

A ellos se unió el grupo nobiliario más peligroso para Jaime: el que lideraba su propio tío el infante Fernando, abad de Montearagón.

Un claro desacato a la autoridad real.

Excepto una minoría de incondicionales, el resto de la nobleza tampoco era muy partidaria del joven monarca.

Y menos aún de que este grupo se hiciese con el control del reino.

Así se formó otra liga de nobles en torno a Jaime, provocando una serie de enfrentamientos armados entre realistas y nobiliarios.

Esta guerra civil acabó con la concordia de Alcalá, solicitada por ambos bandos y auspiciada por el papa en la primavera de 1227.

Con veinte años, aquel niño educado por los templarios era ya el prototipo de un caballero cristiano.

De elevada estatura, cabello rubio, piel blanca y fina. Religioso y guerrero. Orgulloso y valiente como sus mentores.

Durante la guerra civil había comenzado a ganarse el respeto de sus nobles.

La única forma de apaciguarlos, cimentando de una vez por todas su prestigio, era conquistar territorios.

Necesitaba urgentemente una campaña militar contra los sarracenos, una cruzada. 

La oportunidad llegó en las navidades de 1228, durante un banquete ofrecido en Tarragona por el mercader barcelonés Pere Martell.

Un grupo de acaudalados burgueses catalanes le pidieron que acabase con los piratas de Mallorca, una amenaza constante que afectaba directamente a sus intereses mercantiles.

Conquistando las estratégicas islas, las bases comerciales catalanas tomarían la delantera a sus rivales en Pisa y Génova.

El proyecto era complicado y costoso, pero a Jaime le gustó. 

La nobleza aragonesa le presionaba con la campaña valenciana, pero los intereses comerciales de los catalanes pesaron más.

Lógico. La corona estaba en la ruina y ellos le ofrecían barcos y dinero para la empresa.

Rápidamente convocó las Cortes de Barcelona.

Los nobles catalanes se apuntaron con sus mesnadas a cambio de botín y dominios territoriales.

Jaime les dejó claro que habría un reparto equivalente a lo que aportasen en la campaña.  

Al obispo de Barcelona le ofreció el pastel más suculento: la jurisdicción sobre la futura diócesis mallorquina.

Luego hizo la misma propuesta en las cortes de Lérida, donde los nobles aragoneses aceptaron los términos del trato; pero aplicándolo al territorio valenciano.

¿Qué les importaba a ellos una isla en medio del Mediterráneo?

Su objetivo era Valencia.

El rey encontró suficientes recursos en Cataluña, donde los principales caballeros y obispos se volcaron aportando hombres y dinero.

También al otro lado de los Pirineos, donde conservaba influencia y territorios.

Pero en Aragón sólo pudo contar con un reducido grupo, los más leales a la corona.

La conquista de Mallorca fue una empresa fundamentalmente catalana y por eso, catalanes fueron la gran mayoría de sus repobladores.

Jaime I había conseguido por fin su cruzada.

En el verano de 1229 armó la flota y, como hemos contado al principio, invadió la isla de Mallorca.

La campaña fue una orgía de sangre y codicia. Los invasores cristianos se emplearon a fondo incendiando la ciudad y pasando a cuchillo a la mayoría de la población.

La carnicería fue tan descomunal que los miles de cadáveres abandonados provocaron una epidemia que diezmó a los vencedores.

El propio Abu Yahya fue cruelmente torturado hasta la muerte.

Para colmo, los nobles catalanes pelearon entre ellos como buitres por el reparto del botín.

En estas disputas por la capital se desentendieron del resto de la isla. Muchos tomaron lo suyo y se largaron.

Jaime tuvo que sofocar los focos de resistencia en la sierra echando mano de los almogávares, de los templarios y de algunos nobles leales.

La dantesca situación se prolongó hasta el Domingo de Ramos de 1230. 

La isla pasó a la Corona de Aragón con el nombre de Reino de Mallorca e ínsulas adyacentes, repartido el territorio entre la nobleza y la iglesia.

Los supervivientes fueron esclavizados y multitud de colonos comenzaron a llegar desde Cataluña.

Esta campaña, primer y decisivo paso para la proyección mediterránea de Aragón, engrandeció el prestigio de Jaime.

Mientras peleaba en Mallorca los nobles aragoneses habían empezado por su cuenta la conquista de Valencia, donde la situación política había cambiado.

El gobernador Abu Said, con el que tenía firmadas las treguas, se había refugiado en Segorbe y sus territorios se los disputaban dos caudillos hispanos, como ya contamos en una entrega anterior.

El rey no podía dejar que la nobleza conquistase por su cuenta. Menoscabando su poder y formando señoríos independientes al estilo de Albarracín.

Así pues, muy enfadado y sin tiempo para prepararse, se incorporó a la campaña para liderar las conquistas en territorio valenciano.

Jaime nunca olvidó todas estas afrentas y, como veremos, supo vengarse de los nobles, a su manera y a su tiempo.

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Programa 29
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De Tudmir a Oriola XXX.

En el capítulo anterior dejamos a Jaime I encolerizado, con la casta militar aragonesa haciendo oídos sordos a sus llamamientos para luego dedicarse a asediar las fronteras valencianas por su cuenta y beneficio.

En ese mismo año de 1231 firmó un interesante acuerdo con el rey de Navarra, Sancho el fuerte, el único superviviente de las Navas de Tolosa.

El anciano monarca, enfermo y tremendamente obeso, vivía aislado en su castillo de Tudela.

Sin hijos legítimos veía peligrar lo que quedaba de su reino bajo la constante amenaza castellana.

Por esta razón llamó a Jaime con una oferta: al morir uno de los dos, el otro le sucedería en sus territorios.

El pacto era muy favorable para el aragonés; Sancho se acercaba a los ochenta años y él no había cumplido veinticinco.

Jaime aceptó comprometiéndose a defenderlo de los posibles ataques castellanos.

Pero metido de lleno en la campaña de Valencia, se desentendió del asunto, perdiendo la oportunidad de recuperar Navarra para la Corona de Aragón cuando falleció Sancho, tres años después.

Sus relaciones con Castilla se habían enturbiado al pedir al Papa la anulación de su matrimonio con Leonor, la infanta castellana.

Roma lo autorizó por razones de parentesco, a pesar de que ya tenían un hijo, su primogénito Alfonso.

Una situación muy parecida había unido las coronas de Castilla y León en la persona de Fernando III.

Las campañas aragonesas en territorio valenciano no pasaban de simples incursiones de saqueo en las poblaciones fronterizas a través de la plaza fuerte de Teruel.

El resto de castillos fronterizos estaban en manos de las órdenes militares: en Tortosa los Templarios, en Amposta los hospitalarios y en Alcañiz la orden de Calatrava.

La taifa de Valencia era un caos total en plena guerra civil.

Como recordarán nuestros lectores, al gobernador Abu Said, se le había sublevado Zayyán Ben Mardanis; y a este lo acosaba Aben Hud desde Mursya.

En esta situación, las tierras valencianas obedecían a tres autoridades distintas: el norte, actualmente Castellón, estaba en manos de Abu Said, encastillado en Segorbe y protegido por Jaime I.

La zona centro, donde estaba la capital, obedecía a Zayyan. Y las tierras al sur del Júcar se habían pasado al bando de Aben Hud, el caudillo murciano.

Cuando más fácil tenía hacerse con Valencia, Jaime se había decidido por Mallorca, abandonando a su aliado Abu Said.

Con la isla sometida recibió la noticia de que los peones de Teruel habían conquistado el castillo de Ares, una especie de nido de águilas encaramado en una muela rocosa. 

Jaime se puso en camino para tomar posesión, cuando le notificaron que Blasco de Alagón había tomado por su cuenta Morella, una de las fortalezas más imponentes y estratégicas.  

Blasco era un destacado noble aragonés que había llegado a ser mayordomo real.

Según contó el propio Jaime en su crónica, se había desnaturado expatriándose en Valencia durante casi tres años, actuando con su mesnada al servicio de Abu Said, quién lo acogió con los brazos abiertos al sentirse abandonado por Jaime, dedicado por entonces a la conquista de Mallorca.

Traicionando su condición de protector y sin apenas esfuerzo se había hecho con Morella, el castillo más importante de la zona.

Jaime se presentó reclamando la propiedad para la Corona. Pero Blasco no estaba dispuesto a entregarla.

Para convencerlo, las tropas del rey se instalaron en el castillo de Ares, bloqueando la entrada de suministros hasta que Blasco cedió la ciudad para luego recibirla como señor de Morella; eso sí, conservando el rey la propiedad del castillo.

Así comenzaba la campaña de Jaime I en Valencia, disputando su autoridad con los nobles.

Blasco había puesto sus conocimientos del territorio al servicio de la corona, participando en el diseño de una campaña dividida en tres fases: la conquista de Burriana con la mayor parte de localidades castellonenses.

La ocupación del Puig para asediar la ciudad de Valencia.

Y por último las tierras al sur del río Júcar hasta llegar a la frontera pactada con Castilla.

El joven monarca necesitaba implicar a la casta militar en su proyecto, pero estos seguían intentando recortar su poder en beneficio propio.

Mientras, no les iba nada mal cobrando de las indefensas ciudades fronterizas y haciendo sus propias incursiones en busca de botín.

Al rey ya no le importaba el dinero: había llegado el momento de añadir Valencia a su corona.

La conquista de Valencia fue inicialmente un asunto aragonés.

Pero el intento de monopolizar la campaña fue inteligentemente neutralizado por Jaime incorporando a la nobleza catalana; de esa forma sería una empresa de toda la Corona.

Veinticuatro mil kilómetros cuadrados de territorio lleno de castillos era un hueso demasiado grande y toda ayuda sería poca.

Así pues, la conquista de las tierras valencianas fue un esfuerzo de aragoneses, catalanes y, en menor medida, de otras gentes llegadas de diversos lugares; pues no olvidemos que el Papa Gregorio nono otorgó a la empresa la bula de cruzada.

A diferencia del genocidio practicado en Mallorca, aunque se realizase en nombre de Dios, la conquista de Valencia fue otra cosa muy distinta.

Una cruzada implicaba terribles matanzas por el simple hecho de no ser cristianos.

En Valencia Jaime concedió a los musulmanes la posibilidad de seguir viviendo como hasta entonces, utilizando la violencia en contadas ocasiones.

La mentalidad de los cristianos peninsulares era distinta a la del resto de Europa.

Hasta la propia iglesia salía beneficiada con este proceder, percibiendo cuantiosas rentas de los musulmanes vencidos.

La superioridad militar de la Corona de Aragón era incuestionable y el territorio valenciano una perita en dulce.

Los musulmanes, a pesar de su riqueza económica y cultural, eran incapaces de mantener una estructura política que permitiese organizar la defensa militar conjunta.

De nada les sirvió el espectacular sistema defensivo reforzado por almorávides y almohades; un conjunto de fortalezas que dominaban todas las rutas.

Se habían acostumbrado durante muchos años a comprar su seguridad a base de parias; y cuando falló este sistema no quedaron alternativas: la rendición pactada era sólo el siguiente paso.

A fin de cuentas, aunque sometidas a los cristianos, las grandes familias musulmanas mantuvieron su posición social y el pueblo llano vio reducidos sus impuestos conservando además su religión. Solo cambiaban de señor.

En 1233 Jaime I se puso manos a la obra asumiendo personalmente la dirección y fijando su primer objetivo en Burriana.

Llegada la fecha prevista solo acudieron poco más de un centenar de caballeros y las milicias de Teruel.

Con este reducido ejército inició la marcha por territorio aliado. En el camino se le unieron los templarios, hospitalarios y calatravos.

En mayo puso cerco a la ciudad. Pasados dos meses, varios nobles intentaron persuadirle para que abandonase el sitio, pues las milicias debían volver a recoger la cosecha, de la que dependían sus graneros.

Jaime aguantó la presión, obteniendo la rendición de los burrianenses a mediados de julio.

Para aligerar las negociaciones y evitar las luchas internas por el reparto del botín, como le había pasado en Mallorca, permitió a los vencidos permanecer cuatro días organizando el traslado y marcharse después escoltados con todos los bienes que pudiesen cargar.

La conquista de Burriana dejó clara la total indefensión el la que habían quedado los valencianos tras la guerra civil.

Zayyan, escondido tras los muros de Valencia, no se dignó a socorrerlos.

Cuando los cristianos comenzaron a realizar algaradas por el Norte, los habitantes de la zona, sabedores de que ya nadie les podía ayudar se fueron rindiendo sin oponer resistencia.

Los primeros, los de Peñíscola; y tras ella todas las alquerías de su distrito.

Vista la situación, todo el que disponía de efectivos realizó incursiones en territorio musulmán, rindiéndose una a una el resto de localidades de la actual provincia de Castellón.

La primera fase había terminado fácilmente.

Valencia, la capital del territorio, era el próximo objetivo.

Zayyan Ben Mardanis estaba condenado. Solo era cuestión de tiempo.

Programa 30
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Tud Or Cap. 25/26. Almohades-Jaume I.

De Tudmir a Oriola XXV.

El califa Al-Nasir tenía preparado un poderoso ejército para combatir en Hispania.

A sus huestes se unieron tribus de Marruecos, contingentes de Ifriquiya, milicias de las ciudades de Al-Ándalus y miles de voluntarios al reclamo de la Guerra Santa. Carne de lanza destinada a la primera línea de combate con muchas probabilidades de alcanzar el paraíso.

El ejército de Aragón llegó bien pertrechado con su rey a la cabeza.

A las mesnadas castellanas se agregaron las milicias de las ciudades y las órdenes militares.

Aunque no comparecieron sus reyes, participaron también voluntarios de Portugal y de León.

A partir de la primavera fueron llegando riadas de cruzados del otro lado de los Pirineos. Miles de hombres de toda condición: caballeros, obispos, soldados y gente de pie a la que hubo que armar.

Esta cruzada no iba dirigida contra un territorio o plaza concreta. Toda esa marea humana marchaba sin remedio hacia una batalla campal.

Un combate singular entre la cruz y el Islam.

Acudid a la guerra, el éxito es seguro. Alcanzad la gloria en este mundo o conquistad la vida eterna.

Las fuerzas cristianas se concentraron en Toledo, base militar de Castilla defendida por cuatro recintos amurallados.  

Cabalgadas, saqueos y campañas tenían allí su punto de partida como plaza destacada para reunir y aprovisionar tropas.

Aquella multitud desbordaba toda su capacidad logística.

A principios de junio llegó un gran contingente de cruzados europeos capitaneados por el arzobispo de Narbona, multiplicando los problemas.

Esta gente no sabía nada de convivencias y tratados. Andaba deseosa de botín y sangre. Como aperitivo saquearon la judería toledana provocando una matanza.

Tras semanas de preparativos en las que fue muy difícil mantener el orden, aquél enorme ejército partió hacia el sur.

En las primeras plazas musulmanas pasaron a cuchillo a todos sus habitantes como era costumbre en las cruzadas.

Nada de pactos ni rendiciones honrosas. Aquellos soldados europeos practicaban otro tipo de guerra y se enojaron con la orden de respetar a los vencidos.

A eso se unieron las terribles privaciones habituales de aquella Hispania en perpetua guerra y el insoportable calor.

A finales de junio gran parte de los cruzados regresaron a casa.

La deserción en masa minó la moral de una muchedumbre cansada, hambrienta y sedienta, pero mejoró su situación al reducir las bocas que alimentar.

Y así llegaron a Sierra Morena.

Atravesar los desfiladeros y gargantas del actual puerto de Despeñaperros era un suicidio. El «Miramamolín» los esperaba al otro lado con sus fuerzas descansadas y desplegadas en altura para aplastarles.

No podían avanzar ni tampoco desandar lo andado con las tropas agotadas, desmoralizadas y sin víveres.

Cuentan las crónicas que los cristianos pidieron un milagro y este llegó personificado en un pastor de la comarca que guió al ejército cristiano por un paso que los almohades desconocían.

Aquel tortuoso sendero los situó en el flanco izquierdo de los musulmanes sin montañas de por medio.

La ventaja escénica que el «Miramamolín» había preparado y sus tácticas de combate quedaron anuladas.

Todo se resolvería en un choque sin apenas espacio para maniobrar.  

Las cifras de combatientes en ambos ejércitos son muy variables según quien las cuente; pero siempre muy favorables a los sarracenos.

Por la capacidad de aquel campo de batalla se puede calcular que Alfonso de Castilla consiguió llegar con veinticinco o treinta mil hombres y que el califa lo esperaba con más o menos el doble.

No voy a relatar la batalla: aquella carnicería parecía decantarse por los musulmanes hasta que Alfonso de Castilla desenvainó su espada y, volviéndose hacia el arzobispo de Toledo gritó:

«Aquí, señor obispo, morimos todos». 

Y así tuvo lugar la legendaria carga de los tres reyes con las tropas de reserva. Atravesando el frente llegaron hasta la tienda del califa.

El lunes 16 de julio del año 1212 el ejército del «Miramamolín» fue destrozado y puesto en fuga.

El principal vencedor fue Alfonso VIII de Castilla, quien no pudo aprovechar la circunstancia para seguir conquistando territorios por una terrible hambruna seguida de una epidemia de peste.

Fue su nieto Fernando III el que recogió el testigo.

Gran fama ganó el rey de Navarra, aunque en un principio se resistió a colaborar.

Sancho consideraba más enemigo a su primo el castellano que al propio «Miramamolín».

Sancho de Navarra rompiendo la cadena de esclavos del Califa Almohade.

Al final acudió con solo doscientos caballeros, casi obligado por Roma.

Quizá por eso sus cronistas explotaron bien aquel triunfo contando que fue Sancho quien cayó sobre la famosa tienda roja del Califa.

Y así nació la leyenda que relaciona las cadenas del escudo de Navarra con los esclavos encadenados que protegían al «Miramamolín».

Pedro II acudió de buen grado a ayudar a su amigo y aliado.

Los almohades le habían golpeado en las costas catalanas. Pero no tuvo mucho tiempo para saborear aquella victoria. Antes de un año volvieron sus problemas en el norte.

Ante la amenaza de los cruzados de Simón de Montfort, que como ya contamos tenía a su hijo Jaime como rehén, organizó de nuevo su ejército y cruzó los Pirineos para ayudar a sus vasallos.

Puso bajo su protección a los condes y se dirigió a por los cruzados que, en inferioridad numérica, lo esperaban fortificados en Muret, muy cerca de Tolosa.

Durante el sitio, una hábil maniobra de Montfort acabó con la vida del rey de Aragón en septiembre de 1213.

A su muerte la corona quedó en una lamentable situación.

Pedro II se había enfrentado a sus nobles, aumentado la presión fiscal. Arrendó sus derechos, pidió préstamos, vendió plazas conquistadas a Navarra.

Hasta empeñó el tesoro personal para sus campañas militares.

Un reino arruinado y dividido, con los nobles descontentos y un rey menor de edad en poder de Simón de Montfort.

Dos batallas en menos de un año habían marcado su reinado: La victoria contra los Almohades y la derrota y muerte en Muret.

Una abría el sur y otra cerraba el norte, impulsando el avance de Aragón hacia Valencia y el Mediterráneo.

En cuanto al «Miramamolín», nunca se repuso de aquella derrota. Volvió a Marruecos dejando un Al-Ándalus descompuesto en manos de su hijo de catorce años.

Entregado al vino y los placeres falleció poco después, probablemente envenenado.

Muerto su hijo los últimos califas almohades se sucedieron a un ritmo vertiginoso.

La gesta cristiana en las Navas de Tolosa supuso el pistoletazo de salida a una etapa convulsa y caótica en el conjunto de la población musulmana peninsular que desembocó en las terceras taifas.

Un periodo en el que Mursya tuvo gran protagonismo.

El proceso de construcción de castillos y fortificaciones que había comenzado en el Califato, progresó con los almorávides y tuvo su mayor esplendor con los almohades.

Las murallas dieron seguridad, y la seguridad trajo población y desarrollo económico.

Medina Mursya, en su momento cumbre, quedaba como la indiscutible capital de un territorio cambiante.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 25

Programa 25.
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De Tudmir a Oriola XXVI.

El peligro de islamización de la península quedó enterrado en las Navas de Tolosa dando paso a un siglo XIII pródigo en conquistas cristianas.

Pero las consecuencias de aquella batalla no fueron inmediatas.

Castilla bajó la línea de frontera del Tajo a Sierra Morena, dominando una docena de fortalezas situadas entre Toledo y Córdoba.

Todo quedó en suspenso a causa de una serie de hambrunas y epidemias de peste que forzaron una tregua.

En dos años murieron los tres principales protagonistas de aquella legendaria batalla: el califa Al Nasir, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón.

Durante la década siguiente, a la que vamos a dedicar esta entrega, la frontera apenas se movió y el dominio almohade se mantuvo estable.

El Miramamolín fue sucedido por su hijo Yusuf, calificado en las crónicas árabes como un joven sin experiencia, entregado a los placeres de la vida.

Este quinceañero abandonó totalmente la guerra santa y dejó los asuntos del imperio en manos de ministros y gobernadores, miembros de diversas facciones de su familia que actuaban en sus distritos como señores independientes.

En Castilla, fallecido el primogénito Fernando antes que su padre, depositaron sus esperanzas en Enrique, un rey todavía muy niño.

Pero su muerte accidental complicó todavía más las cosas.

El trono pasó a su hermana Berenguela, quien inmediatamente abdicó en su hijo Fernando, heredero de León gracias a aquel matrimonio anulado por el Papa del que ya hablamos.

Así, tras una dura lucha contra una facción de los nobles y enfrentado a su propio padre, Fernando III acabó reinando en Castilla.

En Aragón, a Pedro II le sucedió su hijo Jaume, personaje al que estamos dedicando esta serie de programas en el 750 aniversario de su llegada a Mursya.

Jaime I fue el monarca medieval que más tiempo permaneció en el trono: sesenta y dos años. Así pues, nos va a acompañar unos cuantos capítulos.

El Conquistador dictó sus memorias en primera persona, dejándonos el «Llibre dels Feits».

El libro de los hechos del rey Jaime abarca toda su legendaria vida.

Llibre dels Feits de Jaume I. Reproducción facsimilar de la Biblioteca de Catalunya, correspondiente a la versión de la Crónica del rey Jaime I, que su biznieto, Pedro el Ceremonioso, ordenó copiar el 1380. 

Como él mismo dejó claro, sus padres no se querían y su nacimiento fue fruto de un engaño.

Pedro II era un hombre mujeriego que rechazaba yacer con su esposa, la reina María de Montpelier.

En una confabulación de la corte para conseguir heredero, la hicieron pasar por una de sus amantes.

Así logró engendrar al futuro rey de Aragón, nacido en Montpelier en el año 1208.

Despechada con su marido su madre no quiso otorgarle un nombre vinculado a la corona aragonesa.

Y cuentan las crónicas que encendió doce cirios del mismo tamaño y peso, en los que escribió los nombres de los doce apóstoles.

El último en consumirse fue el de Santiago, o Sant Jaume como se nombraba en aquellos territorios.

Una infancia muy difícil marcó su carácter. No fue reconocido por su padre hasta los dos años.

Y como ya contamos fue para dejarlo como rehén en manos de Simón de Montfort, quien pretendía casarlo con su hija.

Quiso el destino que su tutor y carcelero derrotase a su padre en Muret, donde dejó su vida.

Y así quedó Jaime: preso en territorio francés con apenas cinco años de edad, huérfano de padre y madre, con su familia conspirando para alcanzar el trono.

Un año tardó Simón de Montfort en devolverlo y no fue por iniciativa propia. Tuvo que intervenir el papa Inocencio III a petición de una embajada aragonesa.  

Jaime pisó Aragón por primera vez a los seis años de edad. De su reclusión en el castillo de Carcasone al castillo de Monzón: esta vez bajo la tutela de los templarios.

Allí pasó otros cuatro años mientras el reino quedaba en manos de un consejo de regencia presidido por su tío Sancho.

Antes fue jurado rey en las cortes de Lérida.

De Monzón salió a los diez años para hacerse cargo de un completo desastre. Su padre lo había dejado en la ruina.

Tanto, que el propio Jaime se quejaba de que sus rentas apenas cubrían los gastos de un día.

Mientras, sus tíos se disputaban la regencia y los nobles, aragoneses y catalanes campaban a sus anchas en una completa anarquía.

Sus inicios en el trono fueron una sucesión de traiciones, malos consejos, conflictos y revueltas señoriales con facciones enfrentadas para conseguir controlar la voluntad de aquel niño.

De nuevo el Papa tuvo que intervenir para poner orden, haciendo que aragoneses y catalanes le jurasen fidelidad.

Pronto decidió entrar en territorio valenciano. Y para la campaña, intentó concentrar a sus nobles en Teruel.

Estos ignoraron su primer llamamiento de conquista.

En 1220 intentó someter al poderoso Rodrigo de Lizana, que en abierta rebeldía huyó pidiendo refugio en Albarracín, el señorío de los Azagra.

Ante la negativa de entregar al fugitivo Jaime puso sitio a la plaza. Pero aquel asedio solo fue un nuevo fracaso para el joven rey.

Otra vez en Teruel, plaza fuerte de su frontera, convocó a los aragoneses para atacar a los moros valencianos. Y obtuvo la misma respuesta.

Aun así penetró en territorio musulmán arrancando un pacto con los valencianos que le permitió retirarse con dignidad.

Pero de vuelta hacia Aragón tropezó con uno de sus nobles que, por su propia cuenta, se disponía a atacar territorio musulmán rompiendo la palabra dada por su rey.

Tras una acalorada discusión el caballero acabó muerto por la escolta del rey provocando un nuevo alzamiento de la nobleza aragonesa, que no renunciaba a someter a su joven soberano.

Cumplidos los doce años fue nombrado caballero en Tarazona.

Sus consejeros, para evitar conflictos dinásticos, lo casaron con Leonor de Castilla, la hija de Alfonso VIII, cuando según sus propias palabras, no podía hacer eso que los hombres hacen con sus mujeres.

Aquel matrimonio concertado fue otro fracaso, pero al menos, proporcionó al reino un heredero, su primogénito Alfonso.

Y así llegamos al 1224, un año decisivo.

El califa Yusuf falleció sin hijos en oscuras circunstancias. Por primera vez, la línea directa de sucesión almohade quedaba rota y la administración entraba en estado agónico.

Los jeques en Marrakech proclamaron califa a un hermano de su abuelo, un anciano de nombre, Muhammad al-Majlu.

Dos meses después, convencido de su derecho al trono, Muhamad al-Adil, gobernador de Mursya y sobrino del anciano, se proclamó también califa.

Era sólo el principio.

Jaime I no pudo reaccionar a los acontecimientos. Seguía envuelto en traiciones y revueltas.

Sus nobles lo atrajeron a Zaragoza mediante engaños y allí fue secuestrado y encerrado en el torreón de la Zuda, junto a su esposa.

Fernando III, afianzado al fin su poder, no desaprovechó la ocasión que le brindaban las disputas almohades.

En el verano de 1224 salía de Toledo con dirección a Sierra Morena, acompañado de un fuerte contingente de nobles castellanos y miembros de las órdenes militares con sus maestres al frente.

Una nueva y apasionante etapa de nuestra historia acababa de empezar.

Programa 26.
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Tud Or Cap. 23/24. Almohades.

De Tudmir a Oriola XXIII.

El medio siglo que transcurrió entre la muerte de Mardanis «rey Lobo» y el alzamiento general contra los almohades, cuya mecha prendió precisamente en Mursya, es un periodo oscuro del que apenas tenemos noticias regionales y mucho menos locales.

Como provincia almohade los cronistas árabes unieron su historia a la de la península sin concretar detalles.

Aun así, podemos afirmar que, perdiendo su independencia política, la región gozó de una relativa paz.

Eso no significa que estuviese libre de las algaradas cristianas en las fronteras y de algún levantamiento local.

Mursya y Uryula siguieron progresando económica y culturalmente; como demuestran los numerosos restos arqueológicos encontrados.

También el gran número de sabios, literatos y juristas murcianos de aquella época que aparecen en los repertorios biográficos, un género literario tradicional en el mundo musulmán que se ocupaba de contar la vida y obra de los personajes más destacados.

Durante el último cuarto del siglo XII los almohades alcanzaron su apogeo político y económico.

Abu Yacub Yusuf, conocido como Yusuf I, continuó la tarea emprendida por su padre, el primer califa almohade.

Yusuf era un hombre muy culto educado en Sevilla. Y en dicha ciudad fue gobernador con tan solo dieciséis años.

El joven príncipe beréber amaba las artes y las letras, rodeándose de literatos, filósofos y hombres de ciencia entre los que destacó especialmente el famoso Averroes.

En 1171 se estableció en su amada Sevilla, donde instaló su cuartel general en la península.

Demostró gran inteligencia política casándose con una hija del «rey Lobo» y comprando la lealtad de todos sus familiares, a los que permitió desempeñar importantes cargos en los mismos territorios que antes ocupaban.

Así logró una transición pacífica y una fácil integración de la región en el estado almohade.

Tras un éxito relativo en sus campañas por Andalucía consiguió una tregua con los reyes cristianos y se dedicó a embellecer Sevilla hasta que tuvo que volver a Marrakech para hacer frente a una sublevación.

Fruto de su amor por esta ciudad fue el comienzo de la famosa Giralda, alminar sin parigual en ninguna de las mezquitas de Al Ándalus.

Mientras reprimía a los insurrectos africanos comenzó a recibir noticias alarmantes de la península: los reinos cristianos se habían aliado para acosar sus territorios hispanos.

Sin pensárselo dos veces, preparó un gran ejército con el que desembarcó en Algeciras.

En Sevilla se le unieron las tropas peninsulares, entre las que había contingentes reclutados en Mursya y parte de los cuales salieron de Uryula.

Desde allí se dirigió al corazón de Portugal poniendo sitio a la estratégica plaza de Santarem.

En una de las crónicas quedo reflejado un dato curioso: durante el asedio, tropas murcianas hicieron una incursión para alimentar a las mulas y fueron atacados por los cristianos, perdiendo las cincuenta acémilas.

Apoyados por tropas de León, los portugueses resistieron; y en el desordenado repliegue, el califa fue gravemente herido falleciendo poco después.

Su muerte se mantuvo en secreto hasta que volvieron Sevilla; donde su hijo fue proclamado sucesor en el año 1184.

Barras de Aragón.

Mientras tanto en Aragón, como ya contamos en el capítulo anterior, Alfonso II heredó todos los derechos de su padre y de los antepasados de su madre.

Al ser reconocido por Roma quedó enterrado definitivamente el complejo testamento del Batallador a favor de las órdenes militares.

Unidos por la corona, Aragón y los condados catalanes fueron eliminando sus fronteras interiores a la vez que acentuaban sus diferentes personalidades.

La frontera del reino había bajado en dirección a Castellón y Teruel.

Esta última plaza, fundada y fuertemente fortificada por Alfonso II, se convirtió en su punta de lanza y se fue poblando rápidamente gracias a un fuero especial muy ventajoso.

Siguiendo los dictados del Papa, los reinos de León, Castilla y Aragón pactaron para hacer frente a los Almohades, atacando simultáneamente en todos los frentes.

Fruto de esta alianza fue la importante conquista de Cuenca en 1177 por parte de Castilla, un enclave estratégico muy reforzado por los almohades que fue sitiado y atacado con catapultas.

El propio rey de Aragón participó personalmente en esta campaña exhibiendo por primera vez las barras de Aragón.

La Crónica de San Juan de la Peña lo refiere así : «mudó las armas y señales de Aragón y prendió bastones».

Hasta su reinado no hay constancia de los signos o emblemas que los reyes de Aragón utilizaban en el campo de batalla. Lo más lógico es que fuese la enseña de Cristo, una simple cruz.

¿Quién fue el primer rey que usó las barras rojas y amarillas?

En heráldica se nombran como palos de gules iguales entre sí sobre campo de oro.

La referencia más antigua son unos sellos de Ramón Berenguer IV, cuando ya era Príncipe de Aragón y conde de Barcelona.

Lo que está claro es que esas barras no representaban a ningún territorio. Eran el distintivo de una familia; en este caso la Casa Real aragonesa. Fue mucho después cuando quedó escrito:

«No pienso que galera, bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, ni tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».

La historia y la cultura son los elementos que forman la identidad de un pueblo. Y el prestigio de esas barras lo ganaron aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos.

Por lo tanto son un símbolo que pertenece a todos lo que una vez formaron parte de la corona de Aragón, por mucho que se empeñen los catalanes en inventar fantásticas leyendas para apropiárselas.

Alfonso fue un gran aficionado a leer y escribir poesía, especialmente de cortejo, lo que le valió el apodo de «el trovador».

Este mote regio no guarda mucha relación con el que le otorgaron siglos después, por no haber dejado hijos bastardos: «el casto».

Consolidó la presencia aragonesa en Occitania como actor principal y aliado del rey de Inglaterra.

Retiró su vasallaje al emperador apoyando al Papa.

Trató sin éxito de recuperar Navarra y participó en la lucha contra los almohades.

Falleció en Perpiñán en el año 1196, dejando tres varones y tres hembras.

Averroes en Córdoba. Escultura realizada por Pablo Yusti Conejo en 1967.

El tercer califa almohade Abu Yusuf Yaqub, conocido como Yusuf II, subió al trono tras la muerte de su padre.

Tanto en África, contra una rama de los Almorávides que había sobrevivido en las Baleares, como en la península, batallando contra los reinos cristianos, demostró grandes dotes para la guerra.

Logró conjurar las amenazas al califato con brillantes y efímeros triunfos militares, adoptando el sobrenombre de Al-Mansur, «el victorioso».

Continuó la obra constructiva de su padre, culminando la Giralda.Y tuvo que bregar con los fundamentalistas religiosos que veían una amenaza en las ideas filosóficas.

Presionado por los teólogos optó por deshacerse de ellos y sus escritos ardieron en las plazas públicas.

Entre ellos estaba Averroes, quien fue desterrado y sus obras quedaron prohibidas.

En lo político pactó treguas con Castilla, con León y Portugal. Pero esas treguas siempre fueron el preludio de nuevas guerras.

En 1195 volvió a la península para enfrentarse con Alfonso VIII de Castilla, al que derrotó en la famosa batalla de Alarcos, al norte de Córdoba.

El califa entró triunfal en Sevilla, donde celebró su victoria.

Con esta hazaña consiguió un gran prestigio que dio esperanzas a los musulmanes hispanos.

Por el contrario la derrota de Alarcos supuso un duro golpe para los reinos cristianos cuyas fronteras volvieron a las riberas del Tajo.

Pero de aquella larga campaña andalusí regresó enfermo a Marraquech. Y desde allí volvió a llamar a Averroes, revocando su condena.

El famoso médico y filósofo falleció en la corte a finales de 1198.

Yusuf II poco después, en 1199.

Su muerte dio comienzo a la irremediable decadencia del imperio almohade.

Y así terminamos el siglo XII.  

Programa 23.
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De Tudmir a Oriola XXIV.

El primer cuarto del siglo XIII trajo la decadencia del imperio almohade.

Sin embargo, la centuria no pudo comenzar más favorable para los africanos con Al-Ándalus unificado y un califa fortalecido por las victorias al otro lado del estrecho.

De Uryula seguimos sin datos.

De la región solo tenemos la participación de contingentes murcianos en las batallas y los cada vez más frecuentes cambios en su gobierno.

Aquellos dirigentes locales heredados del «rey Lobo» fueron sustituidos por los saydes o señores almohades, familiares del califa que formaban el armazón del imperio. 

Pero también fueron el vivero para futuros alzamientos y luchas dinásticas.

La primera traición documentada ocurrió en Mursya a finales del siglo XII, todavía en vida de Yusuf II.

Aprovechando su regreso a Marruecos para luchar contra los almorávides, uno de sus hermanos intentó rebelarse con ayuda de su tío.

Era gobernador de Mursya, corrupto y ladrón a decir de las crónicas.

Cuando las autoridades religiosas se opusieron a sus propósitos asesinó al anciano cadí murciano propinándole un fuerte golpe en el pecho con la empuñadura de su espada. 

Aquello no pasó de una intentona. Y cuando las noticias llegaron al Califa, tío y sobrino fueron apresados, juzgados y ejecutados en Marruecos.

Abu Abdálá Muhammad Al Nasir, cuarto califa Almohade, sucedió a su padre con solo diecisiete años.

En las crónicas cristianas lo llamaron «el Miramamolín», versión romance de su título: Amir al Muminín «el príncipe de los creyentes». 

La victoria de su padre en la batalla de Alarcos marcó el devenir de Al-Ándalus durante varios años con la temible potencia militar castellana desarbolada.

A diferencia de los almohades que disponían de un inmenso vivero de hombres en África, Castilla reclutaba las mesnadas en sus territorios, por lo que necesitó una nueva generación de hombres para recuperar su esplendor militar.

El frente común contra el sarraceno se había roto y el califa pactaba treguas individuales con los diferentes reinos. 

Las viejas disputas territoriales volvieron: acercamientos, alianzas, rupturas….

Pedro II de Aragón renovó sus pactos con Castilla y juntos golpearon a Navarra.

En aquella campaña, los castellanos le arrebataron el actual país vasco, abriéndose paso al Cantábrico.  

Cada rey buscaba su espacio a costa del reino vecino, todos contra todos.

Los almohades no avanzaron más en la península.

Poco a poco relajaron sus costumbres y abandonaron la Guerra Santa. Se conformaban con hostigar las fronteras arrasando la repoblación emprendida años antes por los cristianos.

Fuera de estas cabalgadas y saqueos puntuales, su actividad bélica se concentró en África, donde obtuvieron varias victorias contra los descendientes almorávides, a los que arrebataron las Islas Baleares.

El cambio de siglo trajo también un nuevo papa inusualmente joven. Inocencio III buscó a toda costa la unión de fuerzas bajo el emblema de la cruz.

Las coronas cristianas debían buscar acuerdos.

La principal herramienta para sellar pactos entre cristianos topaba con el cercano parentesco y las consiguientes nulidades matrimoniales.

El ejemplo más claro fue el de Alfonso de León: casado con la hija del rey de Castilla.

Los demás monarcas denunciaron el enlace entre parientes y fue declarado nulo por Roma.

De aquel matrimonio frustrado nació un santo que unificó Castilla y León con el nombre de Fernando III, principal protagonista de las futuras conquistas cristianas. 

Pero no adelantemos acontecimientos.

Pedro II heredó el reino de Aragón y el condado de Barcelona. Por deseo de su padre la Provenza quedó en manos de su hermano Alfonso.

De elevada estatura y arrogante presencia era señor feudal de buena parte del sur de Francia. Y pronto aumentó sus territorios al casarse con María, la única hija del señor de Montpellier.

Ambos esposos se odiaban. Pero de este matrimonio nació Jaime I, el futuro rey «Conquistador».

Las cuestiones del otro lado de los Pirineos monopolizaron buena parte de su reinado.

Pedro II fue el primer rey aragonés coronado en Roma. El mismo año de su boda su esposa pagó el viaje para que el propio Papa le impusiese la corona.

De esta forma se declaraba vasallo de San Pedro, lo que le valió el apodo de «el católico».

Durante estos primeros años reafirmo la amistad con Castilla, acometiendo juntos la campaña contra Navarra y fijando definitivamente las fronteras entre ambos reinos.

Pronto se vio involucrado en un largo período de hostilidades que estallaron a comienzos de siglo con la herejía de los cátaros.

Sus compromisos señoriales tras los Pirineos le obligaron a enfrentarse al mismo Papa que le había coronado.

En 1208 se inició la cruzada contra la secta de los puros y Pedro acudió en ayuda de sus vasallos, solucionando temporalmente la situación de manera diplomática.

En aquellos territorios del sur de Francia se libraban demasiados conflictos que no tenemos tiempo de explicar aquí.

Dos años después, desde las islas Baleares, una flota almohade saqueó duramente las costas catalanas provocando la reacción de Pedro II.

El monarca aragonés reclutó un poderoso ejército a base de préstamos y atacó el territorio valenciano.  En la campaña se hizo con Ademuz y otras plazas. 

El agravamiento de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos le impidió continuar sus conquistas en el Levante.

En enero de 1211 asistió a la conferencia de Narbona para tratar de conciliar a los condes occitanos con la Santa Sede. 

Allí fue donde Simón de Montfort, noble francés que lideraba la cruzada contra los cátaros le propuso casar a su hija con el príncipe de Aragón.

Este matrimonio no llegó a celebrarse. Pero el futuro Jaime I, todavía muy niño, quedó en poder de Montfort como rehén.

Pedro regresó a Aragón y en pocos meses su ejército comenzó a prepararse para ayudar a Castilla en otra Cruzada contra el «Miramamolín».

Castilla se había recuperado militarmente y mantenía tregua con los almohades.

Pero sus obispos, por orden de Roma, incitaron a la población para atacar al moro.

Huestes de las ciudades castellanas comenzaron a presionar en las fronteras.

Su rey estaba por la labor aunque romper la tregua era arriesgarse a que sus vecinos aprovechasen la ocasión para apuñalarle por la espalda.

Había una solución: ofrecerse al Papa para liderar una cruzada en Hispania. De esta forma ningún cristiano podría atacarle sin ser excomulgado.

Así, protegida su retaguardia por Roma, Castilla se lanzó contra los almohades.

El airado califa cruzó el estrecho con un inmenso ejército dispuesto a dar otra lección a los infieles.

Concentró sus fuerzas en Sevilla y desde allí asestó un golpe certero en el Castillo de Salvatierra, el camino hacia el norte, una plaza estratégica defendida por la orden de Santiago.

La noticia corrió por Europa: el más poderoso soberano del Islam amenazaba a toda la cristiandad.

Por fin el Papa proclamó la cruzada hispana. Miles de combatientes atravesaron los Pirineos: francos, alemanes, italianos… 

El pontífice ofrecía la remisión de sus pecados por combatir a los enemigos de la fe. 

El futuro de la cristiandad parecía decidirse cerca de Sierra Morena, en 1212.

Programa 24.
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Tud Or Cap. 19/20. Aragón.

De Tudmir a Oriola XIX.

La Campana de Huesca. José Casado del Alisal. 1880. Óleo sobre lienzo. Ayuntamiento de Huesca.

Dice la leyenda que, llegado al trono, Ramiro no conseguía domesticar a los nobles aragoneses.

Lo menospreciaban por no ser sabedor en armas; solo un manso clérigo haciendo de rey.

Y mandó un mensajero al otro lado de los Pirineos; al monasterio donde había hecho el noviciado, buscando el consejo del que fue su maestro.

Cuando aquel sabio abad escuchó el problema, no respondió con palabras. Llevó al mensajero a un huerto de coles, sacó una hoz y cortó las más altas.

Y añadió —dile a tu señor lo que has visto.

Informado Ramiro de su respuesta convocó cortes en Huesca, diciendo a sus nobles que pensaba fabricar una campana cuyo tañido resonaría en todo el reino.

Tomándolo como una locura del monje, acudieron curiosos a la llamada. Los hizo pasar uno a uno y los fue decapitando.

Colgó sus cabezas en círculo/ formando una gran campana/ y en el centro, por badajo/ colocó la del Obispo.

Y se las mostró a sus hijos, que a los padres aguardaban, diciendo que haría lo mismo/con cuantos no le acataran/ y así fue temido el Monje/con el son de su campana.

Ramiro Sánchez II El Monje. Felipe Ariosto. 1634. Óleo sobre lienzo. Pinchando la imagen se accede al cuadro completo en la Galería del Museo del Prado.

Ramiro era el tercer hijo del segundo matrimonio de Sancho Ramírez. Hermano menor del Batallador.

Nació predestinado para la Iglesia quedando excluido de la sucesión.

Ingresó de niño en un monasterio benedictino del sur de Francia, donde fue educado como hijo de rey.

Su hermano lo nombró abad de Sahagún y luego Obispo de Roda.

Con este bagaje llegó a Zaragoza para intentar salvar Aragón, cuya situación era desesperada.

Había heredado el reino en plena crisis económica, con el ejército diezmado por la derrota de Fraga.

Los nobles estaban descontrolados luchando unos contra otros; la población aterrorizada a merced de castellanos y almorávides; los de Navarra en secesión y el Papa reclamando sus derechos por el testamento del Batallador.

Contra todo pronóstico Ramiro demostró ser el hombre adecuado.

Vamos por partes: con Navarra cedió, no tenía otro remedio. Lo último que podía soportar Aragón era una guerra civil. Aceptó la secesión de Pamplona tras medio siglo de unión.

Navarra quedó en manos de García Ramírez, llamado «el restaurador», un nieto del Cid Campeador que en principio le juró obediencia.

El emperador Alfonso atacó las plazas fronterizas entre sus reinos y se plantó en Zaragoza alegando que «el Batallador» las había conquistado como consorte de su madre, la reina de Castilla.

El flamante rey de Pamplona le juró obediencia traicionando a Ramiro y muchos nobles acataron al castellano. Era lógico que la gente de la frontera optase por el monarca más fuerte.

Ramiro huyó de Zaragoza buscando refugio en los condados catalanes, bajo la protección del Conde de Barcelona. Una amistad que, a la larga, resultó muy interesante.

Con gran astucia escribió al Papa informándole de que el castellano estaba robando la herencia que Roma reclamaba.

El pontífice mandó a Alfonso VII devolver Zaragoza si quería ser coronado como emperador de la cristiandad y así lo hizo.

Con los almorávides pactó una tregua.

En cuanto a los nobles díscolos, hay constancia de que tuvo que emplearse a fondo con ellos y con algún obispo; dando origen a una de las leyendas más famosas de Aragón, la jornada de la Campana de Huesca que he resumido al principio.

En cuanto al tema de la sucesión, condición indispensable para estabilizar el reino, abandonó el sacerdocio después de cuarenta años y casó en Jaca con Inés de Poitiers, viuda y madre de varios hijos, una garantía de fecundidad.

Era hija del duque de Aquitania, un viejo aliado del Batallador.

Ramiro dejó bien claro que rompía su celibato por razones de Estado. Y una vez que Inés quedó embarazada se separó de ella.

Prefería un hijo. Pero la sucesión al trono estaba asegurada fuese varón o hembra.

Y fue niña. Rápidamente el emperador vio la oportunidad de casarla con su hijo Sancho, solo dos años mayor.

Ramiro tenía otros planes. Tenía claro que con Castilla y León su reino sería absorbido como un territorio más.

Por lo que encontró otro marido más interesante para su hija, a la que llamó Petronila.

Acosado por todas partes vio un potencial aliado en el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV.

Con la independencia de Navarra había perdido el acceso a la costa atlántica, pero con este matrimonio, Aragón alcanzaría por fin el Mediterráneo.

Para cuadrar el círculo el joven conde era templario. Entregándole su reino cumplía en parte la voluntad de su hermano.

Eso sí, tuvo que compensar económicamente al Papa y hacer generosas donaciones a las ordenes militares que, por otra parte, tampoco sabían que hacer con el legado y cedieron sus derechos al catalán.

Con tan solo un año de vida, Petronila quedó comprometida con el Conde de Barcelona, quien se encargó de criarla y desposarla a los catorce años.

El pacto tenía ciertas condiciones: Ramón Berenguer nunca sería rey, sólo príncipe de Aragón. La reina sería su esposa.

Y el fruto de ese matrimonio sería rey de Aragón y conde de Barcelona, unificando sus territorios.

Solo en caso de morir sin descendencia el reino pasaría a su marido.

Cumplido su deber Inés volvió a Aquitania y Ramiro se retiró a un monasterio de Huesca conservando el título de rey hasta su muerte, veinte años después.

Dejó todo el poder en manos del conde quien por cierto, lo hizo muy bien como príncipe.

Esperó trece años y, en el verano del 1150, la desposó en Lérida, ciudad recién conquistada. Tuvieron seis hijos.

Petronila tomó el título de reina de Aragón a la muerte de su padre y el de condesa de Barcelona a la de su marido, manteniéndolos hasta que su hijo alcanzó la edad para ser coronado.

Fallecido el primogénito Pedro, el segundo, llamado Ramón, reinó con el nombre de su tío: Alfonso II el trovador.

Daba inicio a una entidad política nueva: la Corona de Aragón, en la que prevaleció el nombre del reino por mayor categoría frente al condado.

Por sus venas corría sangre de los dos linajes: aragonés y catalán.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Esponsales de Doña Petronila con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. Claudio Lorenzale. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón.

Valencia, Mursya y parte de Jaén estaban bajo el dominio de Zafadola; quien soñaba con ser el emir de todos los musulmanes de la península.

Su linaje, los Banu Hud, descendía de los primeros árabes que llegaron en el siglo VIII.

Desde que su padre abandonó Zaragoza protegido por «el Batallador» había estado apartado del poder.

Ahora, con ayuda de su amigo el emperador ¿quién sabe?

Quizá pudiese formar un califato independiente de los africanos.

Sublevada Córdoba contra los almorávides corrió a conquistar la simbólica capital del califato.

Los cordobeses no aprobaron sus tratos con el emperador cristiano y lo echaron de la ciudad, refugiándose en Jaén.

Lo mismo le pasó en Granada. Y es que la sombra de Alfonso VII pesaba mucho.

Él también tenía un sueño: unificar la península mediante una confederación de reinos bajo su corona imperial.

Y olvidando el tema religioso, uno de ellos podía ser el de su aliado musulmán como rey de Al-Ándalus.

Cuando Jaén y otras ciudades cercanas se negaron también a obedecer a Zafadola, el emperador envió tropas castellanas para ayudarle.

De paso se hizo con algunas plazas estratégicas.

Sin almorávides a los que acudir, los de Jaén enviaron un mensaje de socorro al mismo que habían expulsado:

—Ven, líbranos de los cristianos y te serviremos.  Era su oportunidad.  

Zafadola formó un ejército y acudió como libertador, exigiendo a los castellanos que devolviesen el botín y liberasen a los esclavos.  

Ellos tenían orden de tomar las ciudades y entregárselas; pero el botín y los esclavos… eso no entraba en el trato.

En un gesto estúpido Zafadola intentó demostrar que no era una marioneta y se enfrentó militarmente a los cristianos que habían acudido en su ayuda.

Fue derrotado y hecho preso. Pensaban entregarlo a su aliado, el emperador.

Pero por motivos poco claros acabó asesinado. Las tropas de la frontera no entendían de tratos con moros.

Alfonso VII se enojó proclamando a los cuatro vientos que no había tenido nada que ver con el asesinato; pero la suerte estaba echada.

El sueño de un reino musulmán hispano aliado de Castilla se diluyó con aquella absurda muerte.

De lo que pasó en Balansya, en Mursya y en Uryula tras la muerte de Zafadola hablaremos en la próxima entrega.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 19.

Programa 19.
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De Tudmir a Oriola XX.

El Papa había otorgado el rango de Cruzada a la conquista de Almería y los príncipes cristianos juntaron sus armas contra los sarracenos.

La antigua base naval de los Almorávides se había convertido en un nido de piratas que asolaban el Mediterráneo.

Para la decisiva campaña se unieron todos los afectados en su comercio marítimo: naves catalanas, de Pisa, de Génova. Mil embarcaciones entre grandes y pequeñas esperaban en el puerto de Barcelona.

El emperador movilizó a las mesnadas castellano leonesas. Y así, cercada y combatida por tierra y por mar, en el otoño del 1147 Almería se rindió a los caudillos cristianos que penetraron en ella entregándola al furor de sus soldados.

Un año después, la cruzada se repitió en Tortosa; liderada esta vez por el Conde de Barcelona en su papel de príncipe de Aragón.

Estas dos plazas conquistadas marcaron las fronteras norte y sur de Sark Al Ándalus, el Levante Andalusí.

Un territorio musulmán hispano que resistió el acoso almohade durante más de dos décadas.

La elección de Ramiro el Monje había sido todo un acierto. El joven conde, sucesor de su padre con tan sólo 17 años, demostró estar a la altura de la empresa encomendada.

Aragón no era más que un conjunto de comarcas prácticamente independientes bajo una misma corona. Y lo que hoy conocemos por Cataluña, otro conglomerado de comarcas agrupadas en condados sometidos al de Barcelona.

Solo el territorio de Urgel era independiente manteniéndose a caballo entre las dos influencias.

Respetado entre los suyos que lo apodaron «el Santo», el príncipe de Aragón fue acatado por todos sus súbditos, excepto los navarros.  

Ramón Berenguer IV fue un digno gobernante que supo consolidar la herencia de su esposa, pactando con Castilla para recuperar las plazas robadas y bregando con el Papa y las órdenes militares por la herencia del Batallador.  

La cuestión de Navarra fue la única que no pudo resolver por su acercamiento a Castilla y al rey de Francia.

Precisamente pasó los últimos años de su vida absorbido por problemas más allá de los Pirineos, muriendo en Lombardía, donde había ido a entrevistarse con el emperador alemán Federico Barbarroja.

Quizá por ello nombró tutor de su hijo al rey de Inglaterra.

Pero fue Petronila la encargada de organizar su herencia reuniendo en Zaragoza a los nobles y obispos de Aragón y Cataluña para ratificar el testamento de su marido.

Ramón mostró además su carácter guerrero; virtud que había heredado de su padre, quien pasó a la historia como el primer caballero templario de Hispania, cediendo a la orden un castillo, su armadura y su caballo.

Participó en la conquista de Almería que he narrado al principio. Culminada esta empresa, él mismo organizó la toma de Tortosa.  

Luego, con ayuda del Conde de Urgel y de los caballeros templarios, terminó de conquistar el valle del Ebro, haciéndose con Fraga y Lérida en 1149.

Como ya dijimos en la anterior entrega, contrajo matrimonio en Lérida, apenas un año después.

Culminaba así la tarea que había dejado a medias «el Batallador».  

Esponsales de Doña Petronila con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. Claudio Lorenzale. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón.

Las tropas andalusíes, que pactaron la rendición, emigraron al sur haciéndose con los territorios de Levante para protagonizar el devenir de nuestra historia durante casi un cuarto de siglo.

La muerte de Zafadola propició la vuelta al poder de Abd el Ramán Ben Iyad. Aunque en realidad lo había tenido siempre.

Vamos a repasar su trayectoria haciendo hincapié en un detalle que no dejé claro anteriormente.

Aunque mencionase a Abdelazid como señor de Balansya, el brazo ejecutor de la toma de Uryula y Mursya fue Ben Iyad, general emparentado con una importante familia de militares autóctonos, los Banu Mardanis, emigrados de Fraga cuando fue conquistada por los cristianos.

Desde la sublevación contra los almorávides, el poder efectivo lo tenían los generales andalusíes.

Ben Iyad era el dueño de Balansya y el cadí Abdelazid no era más que una figura simbólica.

El cargo de cadí o juez solía recaer en los personajes más respetados de las comunidades musulmanas.

Por su prestigio recurrían a ellos como gobernantes en momentos de crisis. Aunque eran tan sólo un juguete en manos del ejército.

Con estos antecedentes paso a resumir lo acontecido en el territorio de Sark Al Ándalus.

Controlada Balansya, Ben Iyad expulsó a la guarnición almorávide de Játiva; y llegó hasta Alicante.  

En Mursya, Ben Chafar se lanzó a liquidar lo que quedaba de los almorávides.

Exterminó cruelmente a la guarnición africana de Uryula y colaboró con el valenciano cuando hizo lo propio en Játiva.

Acudir a Granada en ayuda de Zafadola le costó la vida. 

Al conocer su muerte, los murcianos auparon a otro personaje influyente y respetado, un miembro de la linajuda familia Banu Tahir.

Pero éste aguantó en el poder apenas unas semanas.

El caudillo de Balansya, Ben Iyad, se instaló en Uryula y desde allí tomó Mursya sin necesidad de recurrir a la violencia.

Luego se deshizo del cadí Abdelaziz y, con el apoyo de los Banu Mardanis, tomó el control de Balansya y Mursya.

Pasó voluntariamente a segundo plano al someterse a Zafadola y a su propósito de crear un reino musulmán andalusí fuerte, independiente de cristianos y africanos.

De esta forma Zafadola fue proclamado emir en Mursya.

El flamante emir, Abd Allah Ben Mardanis y el propio Ben Iyad fueron derrotados por los castellanos de la frontera como contamos en la última entrega; y sólo Ben Iyad escapó de milagro.

Muerto Zafadola, el viejo general decidió gobernar directamente proclamándose Emir, con Muhamad Ben Mardanix como lugarteniente.

Pero el Zegrí, aquel general enviado por Zafadola y expulsado por Ben Iyad, lo intentó de nuevo tomando Mursya al mando de un ejército de mercenarios cristianos.

Decía actuar en nombre del emperador como heredero de Zafadola en su alianza con Castilla.

Si fue cierto, de poco le sirvió. Las tropas de Ben Iyad asaltaron la ciudad y le dieron muerte cuando huía por una de sus puertas.

Consolidado en el trono, el reinado de Ben Iyad duró casi dos años. Hasta que herido por una flecha, murió en el verano de 1147 tras varios días de agonía. 

La región se descompuso de nuevo. En Balansya tomó el control su lugarteniente Muhamad, el sobrino del fallecido general Abdala Ben Mardanix.

En este desbarajuste Uryula quedó en manos de un grupo de familias locales formando una especie de república islámica en la que el poder ejecutivo lo ostentaba un consejo de notables presididos por el Cadí.

Se llamaba Abú Said Abd el Ramán, un personaje de origen alicantino, poco ambicioso, querido y respetado en la ciudad por haber dirigido la oración de la mezquita aljama. 

Temeroso de acabar asesinado en esta vorágine, a los dos meses renunció irrevocablemente al cargo.

En Murcia confiaron el mando al gobernador de la plaza, otro militar llamado Abdul Hasan, pero cuando Ben Mardanix se dirigió hacia ella, salió a recibirle y le rindió homenaje como heredero de Ben Iyad.

El joven lugarteniente, que había permanecido en un discreto segundo plano, pasó de repente a ser el líder del Sharq Al-Ándalus: de Murcia, de Valencia y de algunos distritos orientales.

Muhamad ben Mardanix había llegado para quedarse.

La leyenda del «rey lobo» había comenzado y de él hablaremos en la próxima entrega.

Programa 20.
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