
Archivo de la categoría: De Tudmir a Oriola
Justo García Soriano. La Feria.

Los días 16 y 17 de agosto de 1904, «El diario orcelitano» en sus números 154 y 155 publicó un trabajo de Justo García Soriano sobre la Feria de Orihuela dividido en dos partes.
Tres años después, del 27 de agosto al 5 de septiembre de 1907, «La iberia» en sus números del 57 al 65 publicó un nuevo estudio sobre el mismo tema más amplio y completo.
He fusionado ambos trabajos teniendo en cuenta que, en la segunda parte, falta el número 63, que no está en la hemeroteca.

La Feria de Orihuela. Historia de su origen y de las modificaciones más notables que ha sufrido.
Como tema de actualidad en estos días clásicos para los oriolanos, apuntaremos al correr de la pluma y limitándonos al reducido espacio de que disponemos, el origen o punto de partida de nuestra feria, la que a través de seiscientos treinta y dos años que cuenta de duración, llegó a alcanzar considerable importancia proporcionando a este vecindario medios de pingües utilidades y horas de solaz y esparcimiento.
Si bien, desgraciadamente, cruza ahora por un período de desanimación y decadencia que, inspirados en espontáneos sentimientos de patriotismo, no podemos menos de lamentar al tiempo que apetecemos recobre en breve su prístino esplendor.
Aún hendía los espacios el eco de las armas de nuestros valientes libertadores y manchaba los aceros la sangre húmeda de los esforzados adalides de nuestra reconquista, cuando entre la consiguiente confusión de la pasada guerra y sus anejas circunstancias, Alfonso el Castellano, uno de los pocos monarcas de la interminable serie de reyes ineptos que llenan nuestra historia que merecen benignas censuras de la crítica sensata e imparcial, poco después de haber visitado a Orihuela, se apresuró a organizarla políticamente, instituyendo su Concejo con las prerrogativas propias de aquella época; otorgándole fueros, franquezas o inmunidades; señalando los límites jurisdiccionales de su término; privilegiando a los próceres de su corte y a los que más se habían distinguido en la guerra con un reparto general de los ricos latifundios de nuestra huerta y de las extensas heredades y vicos de nuestros campos.
Dictando disposiciones acertadas para la mejor urbanización de la villa y su régimen interior, como también un admirable código de riego u ordenanzas de aguas, para que éstas vengan “sin embargo neguno, assi como venía en tempo de moros”; y terminando, un año antes de su muerte, con la concesión de una amnistía para todos sus ingratos súbditos, reos de deslealtad o rebeldía, “viniendo ellos a la nuestra merced e mostrando que lo fizieron por fuerza o por enganyo en que los metieron”.
Comenzaba a transcurrir el año 1272. Los todavía escasos vecinos de nuestro pueblo, acomodados al nuevo estado de cosas, después de luengos y recios años de revueltas, desolación, inquietudes, muertes y lutos continuos, iban a disfrutar prósperos días de descanso en el seguro recinto de sus hogares con la posesión de los óptimos tratos que les reportara su gloriosa reconquista. Cada cristiano había sido un héroe en aquella obra magna de independencia, que duró cinco siglos y medio; y cuando llegara la hora feliz tan largamente deseada, en que una nueva era de paz y prosperidades tuviese comienzo para los adoradores de Cristo, en que las simbólicas puertas de Jano se hubieran de cerrar tras de tantas centurias de persistente lucha, ¿qué fiesta, qué solemnidad, qué apoteosis fueran bastantes para celebrar debidamente acontecimiento tan fausto?
Todavía se hallaban presentes el adalid Ferrando de Marfa, el judío Jacob Avendino, Iñigo Darún, Juan Jove, Ibáñez de Oriol, Gil y Andreu Lobet, Jaime de Groño, Jaime de Tormeo, Bernardo Crespo, Fortún de Úgara, García Navarro, Juan Pérez de Tudela, Bernardo de Parage, Pedro Zapatero, Domingo Muñoz, Calviello Peligero, Pedro de Benayos, Pons de Granana, Antonio de Pugcerdán, En Barceló, Pedro Roca, Bg. nee Olivars, y estaba fresca la memoria de los malaventurados Ramón Serrador, Domingo de Tona, Esteban Pérez de Alcántara, Pedro González y Ñuño, los bravos defensores del castillo contra la perfidia agarena.
Edificaron su raval o Morería los musulmanes sumisos en la parte S.O. de Orihuela; y a su vez ensanchábase la villa con los nuevos pobladores venidos a la conquista en los ejércitos castellanos y aragoneses, por el raval de la Puerta de Elche, que ocupaba el perímetro de lo que se ha llamado después Barrio Nuevo. Formaban aquel año el Consejo los alcaldes Ramón Vidal y Pedro de Esperandeu, vecinos de la colación de Santiago, y los jurados García Garcés, Pedro Samatán, Miguel García y Pedro Rosell.
Esta era, pintada desaliñadamente y a grandes rasgos, la situación de Orihuela, cuando Alfonso X le otorgó, con fecha 8 de Abril, autorización para celebrar una feria anual, que había de tener principio el 16 de Agosto, otro día después de sancta María, y durar hasta el 18 inclusive del mismo mes. Además concedía franquicias y salvoconductos, eximiendo les del pago de toda tributación o derecho, a los concurrentes a dicho festival emporio, con objeto de proporcionarle toda clase de facilidades, porque la villa se pueble mejor: la concesión tenía este fin utilitario, norma de todas las disposiciones de aquel relevante monarca.
Transcribiremos seguidamente, literal e integro, el documento en que se contiene esta gracia y que se ha hallado inédito hasta hoy, día del aniversario de la inauguración de la primera feria:
Sepan quantos esta carta vieren como nos don Alfonso por la gracia de Dios Rey de Castella, de Toledo, de León, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarue.
Por fazer bien e merced, al Concejo de horihuela a los que agora y son e seran de aquí adelante e porque ayan más e valan mas o porque la villa se pueble mejor damoslos e otorgárnoslos que ayan feria una vez cada Anyo en Orihuela.
E esta feria que comience otro día después de sancta María de mediado Agosto e que dure tres días.
E todos los que a esta feria vinieren que vengan salvos e seguros con todo lo suyo e que sean francos que non den portazgo nyn otro derecho nynguno de lo que compraren e vendieren en Orihuela quanto la feria durare e mandamos e defendemos que nenguno non sea osado de yr contra esto nyn degelo enbargar.
E a qualquier que lo fiziese a él o a quanto ouiesse nos tornariamos por ello e porque esto sea más firme e non venga en dubda diemos vos ende esta nuestra carta seellada con nuestro seello de cera colgado fecha la carta en Murcia viernes ocho días de Abril. Era de mill e trecientos e diez Anyos.
Yo García Domínguez notario del Rey en la andalucia la fiz escreuir por mandado del Rey.
Dos años más tarde, acaso por motivo de la estación, plena canícula, o por otras causas o circunstancias difíciles de precisar por carencia de datos que las corroboren, a petición y ruego del Concejo expidió el rey Sabio un nuevo privilegio otorgando la traslación y permuta de la fecha para la celebración de la feria, del 16 de Agosto al 1º de Noviembre, festividad de Todos Santos, y en el ratificaba las mismas garantías y exenciones a los concurrentes y feriantes, por tantos días como son aquellos que vienen a la de Murcia, assy como es fuero é costumbre de feria. Hállase datado este otorgamiento en Burgos a catorce de Marzo, año 1274 de J. C, cuyo texto no se había dado todavía a la luz pública. Dice así:
Sepan quantos esta carta vieren como yo don Alfonso por la gra. de Dios Rey de Castella, de Toledo, de Leon, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarbe.
Por Ruego del Concejo de Orihuela e por les fazer merced tengo por bien que la feria que les yo otorgué que iziesen en su villa cada anyo por la sancta María de agosto que la fagan en la fiesta de todos sanctos.
E mando que aquellos que a esta feria vinieren que sean francos de entrada e de salida por tantos días como son aquellos que vienen a la de Murcia.
E que pueden venir o estar o tornar sanos e seguros con todo lo suyo assy como es fuero e costumbre de feria.
E porque esto non venga en dubda doles ende esta my carta abierta seellada con myo seello.
Dada en Burgos, XIIII días de Marzo. Era de mil CCC e XII. Anyos.
Yo bon amic la escreuí por mandado del Rey.
Después volvió a realizarse en la primitiva época por motivos que también desconocemos; y así ha continuado, con pequeñas alteraciones, hasta el presente. Tal fue el origen y fundación de nuestra antiquísima feria, y al cerrar estos cortos y pobres apuntes, reiteramos la expresión de nuestro deseo excitando a todos los bueno oriolanos para que, poniendo cada cual de su parte el empeño que esté al alcance de sus fuerzas, podamos en el año próximo celebrarla con la solemnidad, animación y pompa, de que nuestra ciudad es digna, con lo que todos saldremos beneficiados, e iremos perpetuando tradición tan ventajosa y plausible.
Justo García Soriano. Orihuela, 16 agosto de 1904.

1907. En «La Iberia»: La Feria de Orihuela. Historia de su origen y de las modificaciones más notables que ha sufrido.
Una variación más tenemos que añadir este año a nuestra feria sobre las muchas vicisitudes y alternativas, experimentadas a través de los seis siglos y siete lustros, que desde su origen o instauración acá median. Las guerras, las pestes, las inundaciones, la inopia, todas las calamidades y otros diversos motivos determinaron multitud de veces su suspensión y otras el cambio de la fecha y hasta del lugar en que debía celebrarse. Sería labor costosa y larga redactar su historial completo, siguiendo año por año su relato minucioso, lo cual bien pudiera ser objeto de una extensa y curiosa monografía.
No intentamos hoy hacerla nosotros en este volandero artículo de actualidad, por las proporciones que obligados venimos a darle y, además, porque no disponemos en esta ocasión de cuantos datos aportarse pudieran; pero sí ordenaremos en unas pocas cuartillas sus más culminantes accidentes, a fin de, satisfacer al curioso lector en estos días oportunos.
En un breve trabajo que escribimos nosotros con el título de «Protohistoria de nuestra feria» y publicó «El Diario Orcelitano» los días 16 y 17 de Agosto de 1904, apuntamos algunas interesantes noticias acerca de su fundación, las cuales habremos de reproducir ahora para aumentarlas seguidamente con la reseña de otros acontecimientos posteriores que a ella se refieren.
Veintinueve años justos habían transcurridos desde el homenaje prestado por el arráez do Orihuela Abenassam a Alfonso X de Castilla, y sólo diez u once desde que aquella plaza quedó definitivamente sometida a la dominación cristiana, cuando el mencionado rey le otorgó, en privilegio expedido en Murcia, el 8 de Abril de 1272, autorización a su Concejo para celebrar la primera Feria, la que había de comenzar el «otro día después de sancta María de mediado Agosto e que dure tres días»; es decir, había de comprender los días 16, 17 y 18 del mes referido, durante los cuales se concedía a los que a la feria concurrieran, salvoconducto y franquicias eximiéndoles del portazgo y de cualquier otro derecho que pudiera gravar lo que en ella compraren o vendieren.
El curioso documento por el que estas gracias se conceden, estuvo inédito pues sólo había sido inventariado por Ascensio de Morales («Colección de escrituras y privilegios de las iglesias de España», tomo XII, núm. 305), hasta que nosotros lo publicamos por primera vez en el artículo a que antes hemos hecho referencia. Sin embargo, dada su extraordinaria importancia para nuestro objeto, creemos conveniente volverlo a insertar en estas columnas.
Nota: Este documento ya está publicado en 1904.
Sepan quantos esta carta vieren como nos don Alfonso por la gracia de Dios Rey de Castella, de Toledo, de León, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarue. Por fazer bien e merced, al Concejo de horihuela a los que agora y son e seran de aquí adelante e porque ayan más e valan mas o porque la villa se pueble mejor damoslos e otorgárnoslos que ayan feria una vez cada Anyo en Orihuela. E esta feria que comience otro día después de sancta María de mediado Agosto e que dure tres días. E todos los que a esta feria vinieren que vengan salvos e seguros con todo lo suyo e que sean francos que non den portazgo nyn otro derecho nynguno de lo que compraren e vendieren en Orihuela quanto la feria durare e mandamos e defendemos que nenguno non sea osado de yr contra esto nyn degelo enbargar. E a qualquier que lo fiziese a él o a quanto ouiesse nos tornariamos por ello e porque esto sea más firme e non venga en dubda diemos vos ende esta nuestra carta seellada con nuestro seello de cera colgado fecha la carta en Murcia viernes ocho días de Abril. Era de mill e trecientos e diez Anyos. Yo García Domínguez notario del Rey en la andalucia la fiz escreuir por mandado del Rey.
Alfonso el Sabio que, como la Crónica de su reinado (Cap. XVI) dice: señaladamente facía mucho por poblar de cristianos la villa de Orihuela, por la cual sintió siempre especial predilección, la prodigaba sin descanso favores, leyes y exenciones, tendiendo siempre a su buen régimen, prosperidad y acrecentamiento.
Además del privilegio que hemos transcrito, por el que otorgaba a Orihuela la celebración de una feria anual, concedióla en este mismo año de 1272 otros muchos, porque sus moradores sean más ricos e más abondados e porque hayan más e vallan más, según la expresión consagrada que en todos ellos se consigna.
Confirmábase mientras tanto el tercero y último de los repartimientos de las casas, solares y heredades de Orihuela, con arreglo al ordenamiento de D. Enrique Pérez, Adelantado Mayor en el reino de Murcia, refrendado por García Domínguez, notario del Rey en el Andaluzia, y por Johan García, escriuano del Rey. Formaban a la sazón el Concejo los alcaldes Ramón Vidal y Pero de Esperandeu, vecinos de la colación de Santiago, con los jurados de villa García Garcés, Pedro Samatán, Miguel García y Pedro Rosell.
Habían entonces las mismas parroquias que en la actualidad, teniendo la primacía la del Salvador, que había sido en tiempo de moros cabeza de las otras mezquitas. En ella celebraba sus reuniones públicas y solemnes el Concejo, para deliberar y resolver en todos los asuntos relacionados con el gobierno de la villa, hasta que poco después fue construida la Sala sobre el puente de Poniente, o Viejo, el único que existía en aquel tiempo.
Era, no obstante, la colación de Santa Justa la más céntrica, populosa y aristocrática de las tres: en ella estaba la plaza mayor (hoy de la Fruta) con algunos edificios públicos, la carnicería y la lonja. La judería o barrio israelita comprendía todas las callejuelas que se extienden al pie del monte, desde el Churripel hasta la espalda do Santiago, constituyendo su núcleo principal lo que todavía se llama barrio de Triana.
Las puertas principales que daban acceso a la población eran la de Murcia (en la parte S. E. de la plaza de Monserrate), entrando por la partida de Beniaçan (hoy de Bonanza); la de Emborgoñes (en la Cruz del Rio); la del Puente o de la Sala; el Postigo de Elche (en la Soledad), y la de Crevillente, en el barrio Nuevo, ensanche que se hizo después de la reconquista. La morería se hallaba extramuros, en lo que actualmente ocupa la barriada de San Agustín, y en ella estaban el burdel o mancebía pública y algún tiempo después el Pósito.
En lo antiguo se instalaba la feria siempre en la calle que por este motivo aún conserva aquel nombre, y allí sin duda debió celebrarse la primera de todas, aunque no consta este detalle. En los portales y entradas de las casas de esta rua tortuosa y estrecha, acomodaban sus tenduchos y mostradores los feriantes y mercaderes do ropas, baratijas, utensilios, golosinas y vituallas, en abigarrada y heterogénea promiscuidad que mareaba a la vista.
Otras tiendecillas y barracones menos pretenciosos, pero no menos llamativos, llenaban e invadían la plaza del Salvador y la de Santa Justa, el zoco moruno. Por este concepto, muchas casas de la calle de la Feria, que pertenecían a la corona, hicieron fadigas o recargos por enfiteusis, al patrimonio real hasta bien entrado el siglo XVIII.
El alma de las ferias hubieron de ser en aquellos primeros tiempos los moros y los judíos, traficantes y mercachifles, nómadas del comercio, que convivían entonces con los cristianos, como después lo fueron los genoveses y los buhoneros catalanes.
Para contribuir al esplendor y engrandecimiento de tráfagos tan provechosos al bien de la república, se verificaban simultáneamente festejos populares y religiosos, aquellos que estaban más en armonía, uso y boga, según las distintas épocas. Se jugaban cañas con estafermos y otras divertidas invenciones; se hacían zambras, torneos y justas; se corrían y azotaban toros, y se organizaban tiros de ballesta, los juegos conocidos con los nombres locales de la palometa, la tafureria y otros, farsas y mimos con titereros y juglares, danzas, mojigangas y demás regocijantes excesos.
Con algunas dificultades o desventajas de monta tropezarían nuestros antepasados, cuando dos años después de efectuada la primera feria, hubieron de recurrir en súplica a su rey a fin de que les mudara la fecha marcada para su celebración anual, de modo que el emporio, en vez de comenzar en la Virgen de Agosto, como estaba establecido, principiara en la fiesta de Todos los Santos, en primero de Noviembre.
No constan los motivos que movieran al Concejo a apetecer esta variación, aunque a nuestro parecer fueron evitar los excesivos ardores de la canícula. Habremos de limitarnos a copiar otro privilegio del mismo monarca, datado en Burgos en 14 de Marzo de 1274, por el cual autorizaba el cambio pedido y confirmaba, ratificaba y aumentaba las franquicias en el anterior concedidas, haciéndolas iguales a las otorgadas en pro de los asistentes a la feria de Murcia, así como los días de su duración.
Nota: Este documento ya está publicado en 1904.
Sepan quantos esta carta vieren como yo don Alfonso por la gra. de Dios Rey de Castella, de Toledo, de Leon, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarbe. Por Ruego del Concejo de Orihuela e por les fazer merced tengo por bien que la feria que les yo otorgué que iziesen en su villa cada anyo por la sancta María de agosto que la fagan en la fiesta de todos sanctos. E mando que aquellos que a esta feria vinieren que sean francos de entrada e de salida por tantos días como son aquellos que vienen a la de Murcia. E que pueden venir o estar o tornar sanos e seguros con todo lo suyo assy como es fuero e costumbre de feria. E porque esto non venga en dubda doles ende esta my carta abierta seellada con myo seello. Dada en Burgos, XIIII días de Marzo. Era de mil CCC e XII. Anyos. Yo bon amic la escreuí por mandado del Rey.
La fiesta de Todos los Santos parecía ya la fecha indicada a perpetuidad para comenzar nuestras ferias. Sólo transcurrió un periodo de veintiún años hasta dejar de ser así. Ya había muerto, tras un largo reinado tan pródigo en hechos gloriosos como en agitaciones y desasosiegos, Alfonso X de Castilla, aquel monarca sabio y previsor que hubo de enaltecer a Orihuela con el código admirable de todos sus numerosos privilegios, disposiciones y pragmáticas.
Era la feria de Murcia a quinze días después de sant Miguel, o sea el 14 de Octubre. De modo que desde su terminación hasta el comienzo de la feria de Orihuela mediaba un intervalo que, a muchos feriantes que venían de pueblos lejanos dispuestos a concurrir a ambas ferias, les obligaba a detenerse aquí con perjuicio de sus intereses o a regresar a sus tierras sin llegar a la nuestra.
Percatado el Concejo de esta causa que aminoraba la animación y concurrencia de nuestra feria, pensó sin pérdida de tiempo en obviar el obstáculo, para lo que se apresuró a pedir a Fernando IV el Emplazado que acababa de subir al trono de Castilla por muerte de su padre Sancho IV el Bravo, la merced de que le autorizara el hacer la feria de Orihuela en cuanto finalizare la de Murcia.
Muy propicios andaban los tutores del niño rey en acceder a cuantas solicitudes les elevaban los pueblos, con el ánimo de sumar adictos en el partido del monarca, inseguro en aquellos tiempos de divisiones y revueltas; cuanto más habían de estarlo en probar la pretensión de Orihuela que era justa, razonable e insignificante. Seguidamente insertamos el documento que contiene esta gracia.
Sepan quantos esta carta vieren como yo don Fernando por la gra. de Dios Rey de Castiella, de Toledo, de Leon, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarue, e Senior de Molina.
Por fazer bien e merced al Concejo de Orihuela, e porque me embiaron pedir por merced. Tengo por bien que la feria que les el Rey don Alfonso mio Auelo otorgó que isziessen en su villa cada año por la fiesta de todos sanctos, que la fagan cada año quando salieren de la feria de Murcia que es a quinze días después de sant Miguel.
E mando que todos aquellos que a esta feria vernan, que vengan saluos e seguros e francos con todas sus cosas según dize en la otra carta que ellos tienen del Rey don Alfonso myo Auelo en Razón de esta feria e que vsen de ella asy como vsaron en el su tiempo o del Rey don Sancho myo padre fasta aquí.
E defiendo firmemente que nenguno non sea osado de los pasar contra esta merced que yo fago.
E aqualquier que lo fiziesse peyar meya en pena mili marauedis de la moneda nueva.
E al Concejo o a quien su voz toniesse todo el danio doblado.
E de esto les mando dar esta my carta abierta sellada con myo sello colgado de cera.
Dada en Medina del Campo veinte e quatro días andados del mes de nouiembre. Era de mill e trezientos e treinta e tres años.
Gil Gutiérrez, Justicia maior de la cassa del Rey e amo del Infante don Pedro, llamando fazer por mandado del infante don Enrique su tío e su tutor e guarda de los sus Reynos.
Los motivos y circunstancias que originaron el nuevo cambio de fechas establecido por el privilegio precedente fueron cesando y desapareciendo poco a poco; hasta volver a ser la festividad de Todos los Santos el día inicial de la feria; lo cual perduró, tomando carta de naturaleza hasta el siglo XVIII en que fue preferida la primitiva fecha de Agosto.
La costumbre que todavía existe en Orihuela de celebrar el día de Todos los Santos con algunas comidas características y clásicas como las gachas, especie de puches, son los únicos vestigios que ha guardado la tradición de cuando la feria se hacía a primeros de Noviembre.
Tanta importancia llegó a alcanzar la feria andando el tiempo, que el municipio se vio en la precisión de formar un estatuto, el cual fue confirmado en un privilegio cuyo texto y data desconocemos, y por el que se regía Orihuela para nombrar anualmente con el título de alcaldes de feria, a dos funcionarios con el encargo de intervenir y conocer en todos los asuntos con ella relacionados. Mosén Pedro Bellot registra en su Compendio los nombres de algunos que fueron elegidos alcaldes de feria en diferentes años: en el año 1485 lo fueron Jaime Desprats y J. Guilabert; y en el 1493 M. And. Ruis y N. Peres.
El Rector de Catral, el mismo diligente y puntual cronista, nos refiere en su obra citada (Tomo 11, cap. XXV.) una importante cuestión promovida por la cobranza de tributos a los que acudieron a la feria del año 1498.
El almojarife o colector general, especie de recaudador de contribuciones que había sido designado por la diputación del reino de Valencia, sin ningún género de contemplaciones, con grave perjuicio de los intereses de Orihuela y contraviniendo todos sus fueros e inmunidades, osó cobrar durante los días de feria del año predicho, diez sueldos de portazgo a la entrada y a la salida, por cada uno de los esclavos que en su compañía llevaran los feriantes y haciéndoles pagar también por los paños y otras mercancías aunque no se vendieran.
Ante tamaño descomedimiento y desafuero, no pudo menos el Concejo, celoso siempre cuando de guardar escrupulosamente sus prerrogativas se trataba, de adoptar una enérgica actitud de protesta, alzándose contra la conducta del colector; lo cual patentiza el hidalgo espíritu de independencia que animaba a nuestros antepasados hasta obligar o imponer a los más altos poderes el respeto a sus derechos, con un valor cívico y una abnegación de las que en los actuales tiempos con alardes de libertad y democracia, no se encuentran ejemplos parecidos, y evidenciando a la vez el rebajamiento moral de una raza que decae.
Véase en la siguiente carta que el municipio dirigió a su mensajero en corte Jaime Ruiz, en réplica a una misiva de éste; el tono enérgico, el valiente desenfado y la altura de miras con que hizo ostensible su protesta y salió a la defensa de sus privilegios. El texto catalán dice así:
Molt mag. Sr. Ab. Mateu, criat e de la casa del mag. Fr. Masquefa y vra. hauem rebut una vra. lletra. E jat sia hauem vist una lletra del Mag. Baile gral. feta al mag. P. Desprats son lloch hauem vist lo poc es quart que los SS. Diputats de aquest Regne han vers aquesta ciut lo que fer no deurien porque lo preu ab que compraren nres. priuilegis fon la vida y sanch de predecessors axi en lo temps que eren de Castella per deffendre la terra dels enemigs de la Sta. Fe Cath.ª com en lo temps que som estats del Regne de Val.ª en deffendre la vida y estat de tots los Valencians e poblats en dit regne.
Y lo preu que vres. nos predecessors donaren obtenir los delliberam donar per deffendres. Es tam certs que la Magd. real nos tendra en Justª. E lo Ext. Sr. Infant lloch gural. E ab aquesta querella delliberen morir puix tan por recort tenen aquexos SS. del que deves. E deuriense recordar que si som units el regne de y.a ab nres, priuilegis axi podrat y concordat quels nos han aservar e que hui tenim temps disposicis iao séruant nos cap. de sus, com som units procurarn que han reduit a prouincia per si puix som de un Rey y Sr. E serem Heu res de las Vexacions que dels Valenciaus tots jorns rebem. E deurien considerar aquexos S.S. que en nra, ma estala justicia de aquest fet liara es pronuncie eufauor nra. o en contra. Per que no usant del privilegi de la fira questa en nra. ma cesaran estes alteracions, ett.
Lo que traducido libremente viene a ser: Muy magnífico señor: Con Mateu, criado de la casa del magnífico Francisco Masquefa y vuestra, habernos recibido una carta vuestra. Y así mismo hemos visto una carta del Magnífico Baile general dirigida al magnífico Pedro Desprats, su lugarteniente, por las cuales vemos la poca consideración y respeto que los señores diputados de este Reino tienen para con esta ciudad, lo que no deberían hacer, porque el precio a que compraron nuestros predecesores nuestros privilegios fue con el de su vida y su sangre, así en el tiempo que eran de Castilla por defender la tierra contra los enemigos de la Santa Fe Católica, como en el tiempo que estamos perteneciendo al reino de Valencia, defendiendo la vida y estado de todos los valencianos y pobladores de dicho reino.
Y la deuda que vuestros predecesores reclamamos pudieran por libertarnos, la pagamos con creces defendiéndolos en muchos peligros. Estamos seguros que la Majestad real y su lugarteniente general el muy alto señor Infante, nos sabrán hacer la justicia a que en tan legítima demanda tenemos derecho y que, olvidando sus deberes, han hollado esos señores. Y si tratan de demostrarnos con nuestros privilegios que somos súbditos de Valencia y que a ella hemos de estar sometidos, los propios testifican nuestros fueros, que nos eximen de cualquier otro vasallaje que no sea el que todos hemos de rendir a un mismo Rey y Señor.
Y quedaremos libres de las vejaciones que de los valencianos todos los días recibimos. Deberían considerar esos señores que ha de correspondemos siempre la justicia, tanto si se pronunciare en nuestro favor como si se declarare en nuestra contra; y sólo permitiéndonos el uso de las exenciones y franquicias que nuestros privilegios nos conceden, cesarán estos altercados.
No salió en el 61 y 62 por exceso de original urgente. Falta en la hemeroteca el número 63 que puede contener una entrega. El número 64 comienza con la frase: Dice así el memorial a que nos referimos:
Excmo. Señor: El señor rey D. Alfonso el Sabio, con su real privilegio dado en Burgos a 14 de Marzo, era de 1312, otorgó a esta ciudad facultad de celebrar feria, franca de todos derechos, desde el primer día hasta el quince de noviembre, el cual, de tiempo tan antiquísimo está observando sin contradicción alguna, eligiendo la ciudad a su arbitrio el punto más acomodado para el comercio de la feria.
En lo antiguo se practicaba ejecutarla en la calle (quizás por esto) llamada de la Feria, que termina en la plaza de Sta. Justa, donde está esta parroquia y todos los tribunales de esta ciudad, hasta que con los repetidos contratiempos de avenidas de río y contagios que padeció este común, por la falta de moradores y pobreza de los vecinos, se extinguió el comercio, y con ello la frecuencia de feria, de forma que está muchos años suspensa y dormida su celebración, sin que de ella se hiciera conmemoración alguna.
Ha sido Dios servido restablecer la población (que no experimentó menores estos contratiempos) no sólo a su antiguo estado, sino también a mayor número de vecinos que hoy goza, y con el aumento de los frutos y cultivo de los términos, han crecido también los comercios, cuyo motivo le ofreció a nuestros antecesores, años hace, a acordar la práctica de su antiguo privilegio, por lo que el concurso de comerciantes en la feria nobilita los tratos; y reconociendo (lo que antiguamente jamás se experimentaba) que concurrían tratantes, no sólo de géneros y mercancías de ropas y vituallas, sino también de ganados, principalmente mayores, que es de lo que más este público necesita por lo dilatado de sus huertas y campos; y que para este efecto era sobradamente estrecha la calle de la Feria por serlo toda ella tanto que no permite lugar para pasar dos coches si se encuentran; y que a la bajada del Puente viejo toma principio (después de un espaciosísimo ámbito) la plaza Nueva, capaz de tener cómodamente muchos ganados, la calle de la Mancebería, bastantemente espaciosa, y la de S. Agustín que baja derecha desde el puente, que toma su principio de la Sala del concejo de esta ciudad y termina en las eras de S. Sebastián, donde hay una dilatadísima y anchurosa plaza extramuros.
Y como la aptitud del punto era lo más tratable y menos lejos a cualquiera distancia de la ciudad y sus arrabales, acordaron que en él se celebrase la feria, como con efecto se ejecutó por muchos años consecutivos, sin que en todos ellos se ofreciera el menor reparo ni a los magistrados que firmaron los pregones, ni a los vecinos de la ciudad, y en especial a los de la calle de la Feria.
Con esta subseguida observancia sin alteración ni novedad, se continuó en el referido puesto la feria, hasta el año pasado de 1704 en que se volvió a hacer, como se hizo en dicha calle; pero luego se experimentaron los inconvenientes de la estrechez del punto y copia del concurso, pues aquella estorbaba a este de forma que se vio la ciudad precisada a hacer teatro de tiendas y mercaderías, no sólo las paredes de la iglesia catedral, con que se perturba el culto de los divinos oficios con el estruendo y bullicio de la gente, sino también la lonja donde caen algunos tribunales y toda la plaza en que se venden los mantenimientos comunes de carnes, pescado y frutas, para minorar el concurso de la calle, lo que no es sobrado decente a este común.
En vista de las facultades que hallamos establecidas y de la más cómoda situación del puesto para la feria, hemos acordado en el día de hoy se celebre en el Puente viejo, plazas y calles a él confinantes; y habiendo llevado a firmar el pregón a Don Carlos Ruiz, teniente de gobernador de esta ciudad, por medio de nuestro sub síndico, en la forma acostumbrada, hemos hallado la novedad de no haberle querido firmar con motivo de haberle insinuado el fiscal, don José Roca, ser en perjuicio de las regalías y real patrimonio de S.M. (q. D. g.).
Motiva el interés del real patrimonio en que por razón de la feria, todas las casas de la calle de la Feria hacen fadiga al rey, y que así carecían sus enfiteutas de esta utilidad; y que siendo la costumbre en lo antiguo inmemorial, tratándose de privilegio de la real hacienda, era necesaria otra contraria posesión centenaria o inmemorial que destruyera la primera.
Eficaz parece el argumento mirado por la contera, a no tener pronta la satisfacción, siendo incierta la primera suposición; porque el ánimo vidito de la fadiga ni se aumenta ni decrece a S. M. porque haya o no haya feria, se haga o no en dicha calle, redundando sólo en provecho del vecino el gaje que pudiera percibir de dar en su casa al feriante territorio, y no en aumento del patrimonio del rey.
No consta que las fadigas se hagan al rey por razón de la feria, ni sitio de la calle, pues de ser esto regalía, se inferiría que toda la calle estaría de ipso afecta a esta infeudación, como lo están molinos, hornos y demás propios. No todas las casas de esta calle hacen fadiga al rey, sí sólo algunas, muchas le corresponden al cabildo eclesiástico, otras a diferentes comunidades y conventos, y otras son francas, sin hacer fadiga alguna. Y de aquí es el no poderse decir que por razón del sitio tienen las casas el gravamen de la enfiteusis al rey, pues a no tener alguna casa el procurador fiscal de S. M. en esta calle, aseguramos a V. E. serian menos las instancias, pues con el pretexto del celo del interés patrimonial, se celan otros de particulares que motivan las novedades que el teniente de gobernador introduce.
Esta es, señor, la realidad del hecho, en el que la ciudad no interesa otro que el beneficio del público, mayormente cuando el gobernador no concurre a la firma de pregones como parte principal en quien reside jurisdicción sobre elección de punto, si sólo por el aseguro que se concedo a algunos por delitos, y así se aseguran bajo palabra real.
El deseo de que V. E. quede enterado de la genuina verdad, nos obliga a despachar este expreso, suplicando à V. E. con el mayor rendimiento se sirva atender a que nuestra operación se mantenga, que entendemos ajustada a la facultad real, en virtud de la cual obramos. — Dios etc. Orihuela y octubre 20 de 1705.»
No pudieron surtir efecto ni adoptarse la solución y fallo emitidos por el virrey en este litigio, pues, como dice el Sr. Gea en su mencionada obra, «la feria no se celebró aquel año, ni en la calle de su nombre, ni en el barrio de S. Agustín, porque lo impidió la discordia que en los ánimos más esforzados y serenos introduce la guerra cuando esta funesta diversión se hace entre ciudadanos de una misma república». Era esta la guerra de sucesión, que había comenzado a arder con gran ímpetu y se corría rápidamente por todos los ámbitos de España.
Más tarde, sin que tampoco hayamos podido acotar la fecha, se mudó el tiempo de celebración de la feria, como insinuado tenemos, adoptándose la primitiva época, o sea la de la Virgen de Agosto. El lugar de la instalación fue definitivamente, en adelante, el barrio de San Agustín, siendo su principal asiento el amplio espacio de la plaza Nueva.
No hemos de descender a otros pormenores, ni a reseñar alguna otra pequeña variación de lugar y tiempo introducida posteriormente. Al comenzar estos mal hilvanados apuntes, hacíamos notar que no aspirábamos a redactar un historial completo de nuestra feria, pues se salía de nuestro objeto, el cual no ha sido otro que el de reunir los hechos y las vicisitudes más culminantes porque ha atravesado, disponiendo y ordenando estos modestos datos que pueden servir de base a una detallada monografía, labor que brindamos muy gustosos a nuestros eruditos cronistas locales.

Justo García Soriano. Transcripción: Antonio José Mazón Albarracín.
Tud Or Cap. 60. Jaime II. Oriola.


De Tudmir a Oriola XL.
Huerta de Almoradí, 1 de mayo de 1296.
Acampado en sus cercanías el rey de Aragón preparaba el asedio a Orihuela/Oriola. No sabemos de cuantos efectivos disponía.
Recordemos que, según cuenta la crónica de Ramón Muntaner, simultáneamente otro contingente militar formado por mil caballeros y cincuenta mil peones estaba atacando el corazón de Castilla.
Resulta imposible creer que Aragón pudiese reclutar dos ejércitos muy numerosos.
Organizada la cerca trasladó su campamento a las afueras de la villa y castillo de Orihuela, donde recibió buenas noticias: Miquel García, el alcaide de Abanilla, acataba la soberanía aragonesa respetando la fidelidad a su señor, el poderoso Guillem de Rocafull.
Poco después se rindió Callosa de Segura, cuyo alcaide fue reemplazado mientras la nueva guarnición del castillo recibía provisiones y armas.
Diez días duraron las negociaciones, Tiempo empleado en ocupar la huerta mientras patrullas de almogávares hacían estragos en lugares y alquerías.
El 10 de mayo Orihuela abrió sus puertas. El asedio había sido más bien una formalidad y los daños mínimos.
Solo tenemos constancia del incendio de unos molinos junto a la Puerta de Elche. Seguramente los antecesores de los molinos de Cox y del Riacho.
Después de la violenta toma de Alicante las ciudades fueron cayendo con breves asedios protocolarios en los que los aragoneses no tuvieron tiempo ni de montar sus máquinas de guerra.
En el caso de Orihuela todo fue muy fácil.
El concejo y los hombres buenos de la villa habían recibido en febrero una carta de Alfonso de la Cerda informándoles de la donación del reino.
Como rey de Murcia les ordenó obedecer al de Aragón, absolviéndolos de cualquier otra fe, homenaje o fidelidad anterior.
Sabemos también que, en agradecimiento a sus gestiones, el oriolano Berenguer de Liminyana recibió los lugares de Xacara y Xacarella, actualmente Jacarilla y Jacarilleta, confiscados a sus dueños castellanos.
Pero todo cambio de monarca creaba un clima de incertidumbre que Jaime se esforzó en disipar.
A la mañana siguiente confirmó a los oriolanos todos sus privilegios, asegurando la propiedad de sus casas y haciendas, cosa que no había hecho todavía ni en Alicante ni en Guardamar.
No olvidemos que Orihuela era el núcleo urbano más importante del Reino de Murcia después de la capital.
El 11 de mayo de 1296, en la iglesia del Salvador, antigua mezquita mayor de Uryula en proceso de transformación, los treinta y ocho miembros de la corporación oriolana acataron a Jaime II como legítimo soberano y señor natural.
El acta de homenaje prestado por el Consell y la Villa al rey Jaime II de Aragón fue el primer documento oficial escrito en catalán en Orihuela.
Está firmado por Pere de Liminyana, un notario que hasta entonces había redactado en castellano.
En ese momento desaparecían las figuras del alcalde y el alguacil; y se creaban las del Justicia y los Jurados.
Allí mismo, el nuevo rey firmó un privilegio en el que reconocía a Oriola como dominio pleno de Aragón, comprometiéndose a mantenerla unida por siempre a la corona, no permitiendo jamás su separación, cambio o enajenación, bajo ningún motivo.
Controlada la villa, el alcaide del castillo supo que no podría aguantar mucho tiempo y se comprometió a entregarlo de manera honrosa.
Lo haría el 21 de junio si antes no recibía refuerzos del rey de Castilla, cosa totalmente improbable.
Solucionado el tema oriolano, el 14 de mayo Jaime II se desplazó a otro asedio que tenía montado en el castillo de Monteagudo.
Luego regresó a Orihuela y comenzó a preparar la rendición de la capital, negociando con destacados personajes murcianos.
Controlada la comarca del bajo Segura estableció su campamento frente al castillo de Monteagudo y allí recibió una estupenda noticia: la sumisión del Arráez de Crevillente y su reconocimiento como nuevo rey de Murcia.
Crevillente era un caso insólito: integrado en el amplio término municipal de Orihuela, medio siglo después de la cristianización del reino por Alfonso X, se mantenía como señorío musulmán autónomo e independiente, bajo la Corona de Castilla.
Ya vimos en entregas anteriores como los caudillos musulmanes de Crevillente, descendientes de los Aben Hud, aceptaron el pacto de Alcaraz y el protectorado castellano.
Como juraron vasallaje conservando el poder; y como, en agradecimiento, «el Sabio» añadió a su gobierno las alquerías de Cox y Albatera.
También supieron mantener el gobierno en la revuelta mudéjar homenajeando a Jaime I a su paso por Orihuela.
Pues lo mismo con Jaime II: adaptarse o morir.
Recordemos al cronista Muntaner cuando afirmaba que Murcia estaba poblada toda de catalanes, como Orihuela, Elche, Alicante, Guardamar y Cartagena: «verdaderos catalanes que hablaban el más bello catalán del mundo».
Así pues si breve había sido el asedió de Orihuela, aún más lo fue el de Murcia si se le puede llamar asedio a una acampada de tres días, tiempo justo para cerrar negociaciones.
El 19 de mayo Jaime II entraba en la capital y la ciudad se acogió al procedimiento que explicamos en la entrega anterior: treinta días para decidir quién le aceptaba como rey.
Pasado el plazo le juraron fidelidad.
El castillo o alcázar urbano de Murcia adoptó también la fórmula pactada en Orihuela: la honrosa y caballeresca rendición que incluía un plazo para que su rey intentase socorrerles.
En junio se entregó al igual que Monteagudo.
Una vez instalado en la capital sus tropas se encargaron de someter los lugares de la huerta mientras negociaba con varias localidades.
También con Templarios, Hospitalarios y Santiaguistas, órdenes militares que poseían importantes señoríos en el Reino de Murcia.
Una tras otra, fueron cayendo Molina, Hellín, Cieza, Ricote, Lorquí, Ceutí, Alguazas…
El 28 de mayo puso cerco sobre Mula y, tras negociar con su alcaide, en menos de un mes fue reconocido como soberano.
A primeros de junio cayó Cartagena y el alcaide de la ciudad fue confirmado en su cargo por entregar la plaza sin resistencia.
Su castillo se rindió el 23 julio.
La rendición del castillo de Mula, plaza especialmente estratégica, fue efímera. Pronto se rebeló contra Aragón y ya no logró someterla.
También inició el asedio al castillo de Alhama, que resistió dos años. Y el de Lorca, que aguantó cuatro.
A primeros de junio, harto de negociar con los representantes de Don Juan Manuel. decidió sitiar también la villa de Elche.
Recordemos que había dado un rodeo para no invadir el señorío del Infante don Manuel, hermano de Alfonso X, una cuña de terreno en la vega del Vinalopó que se comportaba de forma casi independiente entre Castilla y Aragón.
El infante había fallecido tres años antes dejando a un niño como heredero.
Sin más dilación sus tropas, concentradas en Orihuela, iniciaron el asedio de la villa y diez días después el propio rey acampó en la huerta de Elche para dirigir personalmente las operaciones.
En esta ocasión sí entraron en funcionamiento las máquinas de guerra machacando las murallas.
El asedio se mantuvo hasta finales de julio, cuando dos lugartenientes capitularon en nombre de un mocoso de catorce años.
La rendición incluía Elche, Santa Pola, Aspe, Monóvar, Pinoso y Salinas.
Los representantes consiguieron una tregua por siete años reconociendo al rey de Aragón hasta que Juan Manuel cumpliese los veintiuno y pudiese prestarle el verdadero vasallaje como señor y rey de Murcia.
Durante el asedio de Elche envió al nuevo procurador general del Reino de Murcia para que el jueves 21 de junio estuviese en Orihuela.
Se cumplía el plazo pactado y debía hacerse cargo del castillo en su nombre.
Como premio a su noble comportamiento el monarca aragonés confirmó en su cargo al alcaide oriolano llamado Pedro Ruiz de San Cebrián.
Ya instalado en Murcia capital Jaime II prosiguió con la conquista.
Mandó a su representante en el Reino que identificase a los castellanos insumisos en Orihuela y Murcia para proceder al embargo de sus bienes.
Los castellanos expulsados de las ciudades conquistadas pasaron a engrosar las fuerzas de las que resistían.
El nieto del Conquistador había emprendió esta guerra con vigor y empeño pero no podía mantener la intensidad por mucho tiempo.
En agosto visitó de nuevo Orihuela ordenando que reparasen su castillo y el de Alicante con cargo a la Corona.
Tras cuatro meses de conquistas y asedios su atención se dispersó en otros asuntos.
Durante 1297 estuvo muy ocupado.
Viajó a Italia, donde le esperaba el Papa para concederle el señorío sobre los reinos de Córcega y Cerdeña: una compensación por la cesión de Sicilia.
Ese compromiso le obligó a armar dos flotas para enfrentarse a su propio hermano, Federico.
En 1298 regresó al Reino de Murcia para retomar las operaciones militares.
Ordenó a su almirante y consejero real, Bernat de Sarrià, que armase en Mallorca el mayor número mayor posible de galeras y reclutase hombres bien equipados de caballos y aparatos de guerra para someter de una vez las plazas rebeldes del Reino de Murcia.
En esta campaña cayó Alhama; pero Lorca, Mula y Alcalá siguieron resistiendo apoyados por incursiones castellanas.
En el verano de 1300 volvió a convocar a los nobles de Aragón para marchar contra los castillos rebeldes del Reino de Murcia.
Escribió a los oficiales para que activasen la mayor leva posible de soldados.
Pidió ayuda a los nobles valencianos, a los obispos, a los consells de las ciudades.
La escasez de efectivos le llevó a contratar tropas mercenarias una compañía formada por cuatrocientos jinetes granadinos y marroquíes que había servido a su aliado, el emir de Granada.
La temible caballería musulmana se dedicó a hacer incursiones en la frontera castellana.
Por fin, en las navidades de 1300, Lorca se rindió. Había resistido cuatro años aislada a pesar de los esfuerzos militares de Aragón.
El 21 diciembre firmaron el acta en la iglesia de Santa María la Mayor.
La capitulación de Lorca y la incursión del ejército castellano, a principios de 1301, fueron las últimas operaciones destacables de esta guerra.
A pesar de su aparente victoria una serie de circunstancias empezaron a sucederse peligrosamente contra Jaime II.
El Reino de Murcia era prácticamente suyo aunque la situación económica impedía abastecer los castillos y alimentar a las tropas encargadas de defenderlos.
El Papa legitimó por fin el matrimonio del difunto Sancho IV con María de Molina. Este acto certificaba la sucesión al trono castellano de Fernando IV, desarmando la causa dinástica de Alfonso de la Cerda, razón principal esgrimida para justificar la conquista.
El rey de Castilla alcanzó la mayoría de edad y se casó con la infanta de Portugal. También falleció su buen amigo Muhammad II, el rey de Granada, y su hijo no tardó en firmar la paz con Castilla.
Si a eso unimos el asunto siciliano, la rebelión de la nobleza aragonesa, el dispendio que suponía mantener el ejército desplegado, y la disposición del monarca castellano a renunciar a una parte del Reino de Murcia, tenemos las razones por las que Jaime II intentó la paz con Castilla.
La solución al conflicto quedó en manos de una comisión formada por un infante de Castilla, el arzobispo de Zaragoza y el rey de Portugal, que actuó como árbitro.
Estos tres hombres impulsaron la famosa Sentencia Arbitral de Torrellas que partió en dos el Reino de Murcia fijando como frontera el cauce bajo del río Segura.
El territorio al norte quedó para Aragón y el sur para Castilla, excepto Guardamar y Cartagena, ambas situadas en la margen derecha del río.
Así pasaron a la Corona Aragonesa los términos de: Alicante, Elche, Orihuela, Guardamar, Cartagena y Villena, cuya jurisdicción señorial quedó en manos de Don Juan Manuel en compensación por la pérdida de Elche.
Pero la imprecisión de los límites territoriales trazados dio lugar a numerosas discrepancias y litigios.
Un año después intentaron solucionar el embrollo fronterizo con un nuevo pacto conocido como el acuerdo de Elche, firmado en mayo de 1305.
Allí se reunieron el canciller Mayor de Castilla y un consejero real de Aragón para esclarecer el asunto.
En Murcia y Cartagena, ciudades con mayoría catalano aragonesa, sus pobladores quedaron abandonados y señalados después de declararse partidarios de Jaime II.
Cedida la capital y su demarcación territorial, Cartagena había quedado aislada en una especie de marca dentro de Castilla.
Gracias a la habilidad de sus negociadores, este importante puerto, incomprensiblemente, acabó de nuevo en poder castellano.
Con el acuerdo de Elche pusieron punto final a la disputa precisando los límites territoriales.
Lo que quedó en manos de Castilla conservó el nombre histórico de Reino de Murcia.
El resto pasó a ser la recién nacida Procuración General de Orihuela o Reino de Valencia ultra Sexonam, territorio gobernado por un delegado del Procurador General de la Corona, con sede oficial en el nuevo baluarte de Aragón.
Reorganizada la configuración territorial, en 1308 las tierras conquistadas pasaron legalmente al Reino de Valencia.
El cambio de corona permitió a los oriolanos mantener los antiguos privilegios concedidos por Castilla y conseguir otros muchos de Jaime II, el artífice de la sexta partición, la última de nuestro Llibre de repartiment y la primera redactada en catalán.
La invasión aragonesa y la posterior partición del Reino de Murcia fue una vuelta de tuerca más en la peligrosidad de un terreno fronterizo, donde se forjó Orihuela.
Medio siglo después Pedro I el Cruel intentó recuperar lo perdido en otro conflicto mucho más sangriento y destructivo.
Durante la Guerra de los dos Pedros, «el Ceremonioso» introdujo algunas modificaciones en la procuración y comenzó a llamarla «Gobernasió d´Oriola», entidad que permaneció hasta el siglo XVIII, cuando el primer Borbón la suprimió dentro de los decretos de Nueva Planta.
Como os prometí hace sesenta entregas tomamos nuestra ciudad cuando era un protectorado del emirato Omeya y, tras pasar por diversos emiratos y califatos, por los reinos de Almería, Denia, Valencia y Murcia, la dejamos en la Corona de Aragón como segunda capital del Reino de Valencia.
Un viaje en el tiempo de Tudmir a Oriola.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 60.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Tud Or Cap. 58/59. Sancho IV-Jaime II.

De Tudmir a Oriola LVIII.

En la última entrega dejamos nuestro relato en el año 1285, fallecido el rey de Aragón Pedro III.
La villa de Orihuela llevaba más de cuarenta años en la Corona de Castilla. Veinte desde que fue repoblada por Jaime I.
Situada en un enclave estratégico, bien amurallada, y con un formidable castillo, su concejo controlaba un amplio término municipal salpicado de lugares y alquerías.
Gracias a la mejora y ampliación de los sistemas de acequias heredados de los musulmanes, el agua llegaba cada vez más lejos aumentando los terrenos cultivables.
A finales del siglo XIII el territorio controlado por el concejo de Orihuela producía suficiente cereal para cubrir sus necesidades y exportar grano a otras localidades deficitarias como, por ejemplo, Valencia.
La villa crecía habitada por gentes de diversas procedencias: buena parte los aragoneses y catalanes que llegaron con el Conquistador.
Su población era multilingüe. La lengua oficial, la de los documentos, era un castellano al que cada poblador añadía términos utilizados en su lengua materna.
Las líneas divisorias con Aragón, pactadas en Almizra por Jaime I y su yerno Alfonso, eran demasiado inconcretas y muy permeables, marcadas por rosarios de castillos y fortalezas que penetraban en el área de demarcación de Orihuela.
Pero la verdadera frontera, la que separaba Europa de África, el Islam de la cristiandad, era la de Granada.
Para las huestes musulmanas era demasiado fácil atravesar territorio murciano y caer por sorpresa en el sur de Valencia.
El rey de Castilla, de Murcia, y por lo tanto de Orihuela era Sancho IV, «el Bravo», quien confirmó cuantos fueros, privilegios, donaciones, franquezas y mercedes había hecho su padre, Alfonso X, a la villa y su concejo.
También nos concedió la escribanía pública para usarla como hacía el de la capital, la vecina Murcia.
Y la explotación de las Salinas mayores, reservando para la Corona las de Guardamar, actualmente de La Mata.
La muerte del Papa y la de los reyes de Aragón y Francia en ese mismo año 1285, brindaron a Sancho la ocasión idónea para mejorar su posición en la escena internacional.
No olvidemos que la rebelión contra su padre le había procurado una excomunión; que Francia apoyaba la pretensión al trono de los infantes de la Cerda; y que su tío, el rey de Aragón, los había retenido como una espada de Damocles sobre su corona.
Todo parecía haber cambiado. El nuevo Papa dejaba en suspenso la excomunión pero seguía negándole la dispensa matrimonial que permitía legitimar su matrimonio con la reina María de Molina.
Con Francia firmó el tratado de Lyón por el que ambos reinos se prometieron ayuda militar contra el rey de Aragón.
De esta forma Sancho lograba que Felipe IV de Francia se desentendiese de la causa del pretendiente.
En Aragón, muerto Pedro el Grande, ocupaba el trono su primogénito Alfonso III, llamado «el Liberal», cuya reacción ante la peligrosa alianza de sus vecinos no se hizo esperar.
Había llegado el momento de activar la bomba de relojería que su padre guardaba: en septiembre de 1288,el infante Alfonso de la Cerda fue jurado rey de Castilla en la localidad de Jaca.
Las fronteras entre ambas coronas se incendiaron. Tanto Aragón como Castilla reforzaron sus defensas y desplegaron tropas.
Las hostilidades quedaron limitadas a operaciones militares de escaso relieve más parecidas a actos de rapiña y saqueo; altercados que las órdenes militares trataron de controlar.
Quedaba claro que, a pesar de sus cinco años en el trono, el talón de Aquiles de Sancho seguía siendo la pretensión al trono de Alfonso de la Cerda, amparada ahora claramente por Aragón.
El 16 de junio de 1291 Alfonso III falleció sin dejar descendencia.
Inmediatamente subió al trono de Aragón su hermano, Jaime II llamado «el Justo».
El segundo Jaime, nieto del Conquistador, había nacido en el palacio real de Valencia el 10 de abril de 1267, hijo de Pedro el Grande y de Constanza de Sicilia.
Rey de Aragón, Cataluña, Valencia y Sicilia, desconocemos sus rasgos físicos.
Las crónicas se deshacen en elogios sobre sus cualidades como monarca: justo, prudente, generoso, piadoso, protocolario…
No tenía residencia fija. La corte viajaba con él por sus territorios, utilizando principalmente los palacios reales de Zaragoza, Barcelona y Valencia, edificios con estancias sencillas, sin mucho lujo.
Conocía bien el oficio. No en vano durante la guerra que su padre mantuvo con Francia quedó a cargo de Sicilia: primero como lugarteniente y luego como rey.
Allí aprendió a manejarse políticamente entre las intrigas del Papa y Carlos de Anjou.
Al subir al trono de Aragón Jaime dejó Sicilia en manos de su hermano Federico, también llamado Fabrique, en calidad de lugarteniente.
Recordemos que la isla era una llave que permitía el control de las principales rutas del comercio en el Mediterráneo.
Controlarla contra Francia y contra el Papa necesitaba demasiado esfuerzo y, para dedicarse de lleno, trató primero de acercarse a Castilla.
Buscaba una alianza que apagase el conflicto entre vecinos y Sancho necesitaba también dicha alianza para centrarse en una ambiciosa campaña contra el Sultán de Marruecos, que llevaba demasiado tiempo campando a sus anchas por Jerez y Sevilla.
En noviembre de 1291 ambos monarcas firmaron el Tratado de Monteagudo: un pacto por el que se prometieron ayuda militar en caso de conflicto convirtiéndose en «amigos de sus amigos y enemigos de sus enemigos».
Se repartieron las áreas de influencia en el norte de África en previsión de futuras conquistas: las costas de Argelia y Túnez para Aragón, las de Marruecos para Castilla.
El tratado de Monteagudo quedó sellado con el compromiso matrimonial entre Jaime II y la infanta Isabel de Castilla.
De esta forma el rey Sancho IV alcanzaba un equilibrio político que parecía dar por zanjada la cuestión sucesoria.
Por fin podía centrar sus esfuerzos en la lucha contra los africanos y su primer objetivo fue Tarifa.
A las fuerzas castellanas se unieron las galeras aragonesas. De los abastecimientos se ocupó Granada, cuyo emir estaba ya harto de los africanos.
En octubre de 1292, tras un duro asedio que duró seis meses, Tarifa cayó en poder de Sancho.
Aquello era un primer paso para el control del estrecho; pero Mohamed II de Granada volvió a los brazos del sultán y juntos pusieron de nuevo cerco a Tarifa.
En este nuevo asedio un caballero leonés llamado Alfonso Pérez de Guzmán pasó a la historia como «Guzmán el Bueno» al negarse a entregar Tarifa aún a cambio de la vida de su propio hijo.
Cuando las cosas parecían más tranquilas entre Castilla y Aragón, durante una campaña militar en el norte Sancho cayó enfermo falleciendo en Toledo en la primavera de 1295.
En su testamento confiaba a su esposa, María de Molina, la regencia del reino mientras durase la minoría de edad de su heredero, Fernando IV, un niño de diez años cuyos padres seguía casados sin la aprobación de Roma.
Las circunstancias cambiaron radicalmente y todo se volvió contra Castilla.
Los contactos diplomáticos para resolver la cuestión siciliana, dirigidos por el nuevo Papa, consiguieron que Aragón y Francia firmasen un tratado por el que Jaime II renunciaba a la isla de Sicilia, reconociendo los derechos de Roma y de la Casa de Anjou.
La alianza firmada con Aragón fue pronto papel mojado. Ahora Jaime debía disolver los esponsales con Isabel de Castilla y contraer matrimonio con Blanca, la hija de Carlos II de Anjou, el rey de Nápoles.
A cambio el papa anulaba la excomunión lanzada sobre Aragón y su monarca y, como compensación por la perdida de Sicilia, le confiaba la conquista de Córcega y Cerdeña con la investidura pontificia sobre dichas islas.
Nadie contó con los sicilianos y estos se sintieron traicionados por su protector Jaime II. Rechazaron los apaños entre el Papa, Aragón y los Anjou y coronaron al hermano menor de Jaime como Federico III.
El acuerdo firmado con Roma obligaba al monarca aragonés a atacar la isla luchando contra su propio hermano.
Pero Federico supo aguantar en el trono y una rama secundaria de Aragón reinó durante casi un siglo en Sicilia.
Jaime II tenía claro que la crisis castellana tras la muerte de Sancho IV era su gran oportunidad para ampliar los dominios de la corona rebasando las fronteras que su generoso abuelo, el primer Jaime, había pactado con su yerno Alfonso.
Era el momento de centrarse en la política peninsular.
Como primera medida, rompió las relaciones amistosas con Castilla y el matrimonio concertado con la infanta Isabel, que regresó a casa humillada.
El pacto de Monteagudo quedaba anulado y Jaime exigió los castillos puestos como garantía.
La regente no pudo responder a la ofensa y no le quedó otra opción que aceptar la suspensión de los acuerdos.
Y así Jaime II casó con Blanca, la princesa de Nápoles, quien le dio diez hijos, cinco varones y cinco hembras.
Aragón era ahora aliado de Francia, de Portugal y de Granada.
En Castilla quedaba un niño tutelado por su madre al frente de un reino dividido entre dos pretendientes.
Y Aragón apoyaba a Alfonso de la Cerda quien, agradecido por la ayuda, regaló nada menos que el Reino de Murcia.
Las dos coronas más importantes de la península llegaron a la última década del siglo XIII en muy distinta situación: Aragón, fuerte y unido. Castilla, dividida y debilitada.
En febrero de 1296 Jaime II consideraba suyo el reino de Murcia.
Y envió un ultimátum a los castellanos: o se lo entregaban en quince días por la buenas o se encargaría de tomarlo por la fuerza.
Inmediatamente ordenó armar diez galeras en los astilleros de Valencia, Barcelona y Mallorca.
A Orihuela le quedaban pocos meses en Castilla.
Se avecinaba una guerra.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 58.
De Tudmir a Oriola LIX.
Las notas con fondo azul pertenecen a la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner. Verde para los «Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad de Murcia y su reino», de Francisco Cascales.
En la entrega anterior quedamos al borde de un suceso determinante para la futura historia de Orihuela y lo que hoy conocemos como la provincia de Alicante: la invasión del reino de Murcia por la Corona de Aragón.
A modo de recordatorio haré un breve resumen de cómo se llegó a este conflicto a finales del siglo XIII.
Después del costoso despliegue militar utilizado para someter el reino de Murcia treinta años antes, Jaime I no aprovechó la problemática situación de su yerno Alfonso X para obtener territorios a cuenta de Castilla.
Y no sólo eso: el generoso pacto firmado con «el Sabio» cerraba para Aragón toda posibilidad de nuevas conquistas en la península.
Los territorios musulmanes al sur quedaban como competencia exclusiva de la Corona de Castilla.
Recordemos también que a Alfonso X se le sublevó su hijo Sancho, apartado de la línea sucesoria en favor de los hijos del primogénito fallecido, los llamados infantes de la Cerda.
Pedro III, hijo del Conquistador, retuvo en Aragón a esos niños cuando huyeron de Castilla conducidos por su hermana, la reina Violante, esposa de Alfonso X.
Como abuela precavida alejó de la corte a los infantes por temor a que Sancho los eliminase para despejar el camino al trono.
Pedro no pudo sacar partido a causa de su prematura muerte. Pero su hijo Alfonso III reconoció a Alfonso de la Cerda, el mayor de los infantes, como legítimo heredero de Castilla.
Aquella amenaza fue tan efectiva que Sancho «el Bravo» llegó a ofrecer la mano de su hija, con el reino de Murcia como dote, si el de Aragón entregaba a los infantes.
Alfonso el liberal se negó. A fin de cuentas el pretendiente también ofrecía el reino de Murcia a cambio de su apoyo.
El caso es que, defraudado por los pactos de Sancho con Francia, Alfonso de la Cerda acabó proclamado rey de Castilla en Jaca, desatándose una primera guerra de baja intensidad entre aragoneses y castellanos.
La muerte de Alfonso y la llegada de su hermano Jaime II al trono de Aragón propiciaron un periodo de distensión, un tratado con Castilla que incluyó su matrimonio con Isabel, hija de Sancho.
Pero la muerte del monarca castellano cambió el tablero de juego.
Con ayuda del Papa, Isabel fue repudiada y devuelta a Castilla, cuyo trono estaba en manos de un niño.
Para el rey de Aragón era tan solo «don Fernando él que se decía rey de Castilla».
Llamando al de la Cerda: «el muy noble y muy honrado don Alfonso por la gracia de Dios rey de Castilla».
Le había cedido de nuevo el Reino de Murcia y, con esa legitimidad, se dispuso a tomar posesión de él por las buenas o por las malas.
Los castellanos justifican la sorprendente facilidad con la que Jaime II penetró en el Reino de Murcia con la gran cantidad de repobladores catalanes y aragoneses que Jaime I había dejado en el territorio.
Francisco Cascales lo dejó escrito en sus «Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad de Murcia y su reino».
Teniendo rendidos todos los Castillos importantes, Villas y Lugares del Reino, era recibido de todos con grande fiesta, y reconocido por Señor.
Y tuvo gran facilidad el Rey en el rendimiento de Murcia, porque como dicho habemos, eran los más catalanes y aragoneses.
Y en tan poco tiempo como había pasado de la población acá, no había perdido la vasija el sabor de lo que recibió primero.
Cascales exagera al calificar la incursión aragonesa como un paseo militar.
Pero lo cierto es que, las ciudades que contaban con un porcentaje superior de población castellana, como Lorca o Mula, fueron difíciles de someter y aguantaron años.
Es justo decir también que no sólo facilitaron el trabajo los repobladores aragoneses y catalanes. Recordemos también que Jaime II se enfrentó a una Corona de Castilla muy debilitada, con su nobleza dividida.
Muchos de sus miembros, algunos muy destacados, eran partidarios de Alfonso de la Cerda, el aspirante apoyado por Aragón cuya legitimidad venía del testamento de Alfonso X.
Convengamos pues que lo tuvo bastante más fácil en las ciudades con gran porcentaje de de catalanes y aragoneses, como Orihuela y Murcia, cuyos asedios duraron lo justo paro salvar el honor de los gobernadores.
Los trabajos en el Archivo de la Corona de Aragón de María Teresa Ferrer y Mallol y de Juan Manuel del Estal, nos han permitido conocer con bastante detalle los sucesos de una guerra que, a pesar de todo, duró más de ocho años.
Concretamente desde la primavera del 1296 hasta el mes de octubre del 1304, fecha fijada por la Sentencia Arbitral de Torrellas para la partición efectiva del reino de Murcia que cambió el destino y la obediencia de Orihuela.
A partir de entonces Oriola.
Vencido el ultimátum lanzado sobre la reina regente y tras algún retraso en la organización, a mediados de abril Jaime II estaba en Valencia preparando su ejército para la conquista del Reino de Murcia.
Antes había enviado a un mensajero, un valenciano con contactos en Alicante, Elche, Orihuela y Murcia. Llevaba instrucciones del monarca para negociar con destacados personajes en cada localidad.
En la primavera de 1296 dos contingentes militares invadieron Castilla: Uno, liderado por Alfonso de la Cerda y un hermano de Jaime, estaba formado principalmente por tropas aragonesas y castellanos partidarios del pretendiente.
Transcribo la Cronica de Ramón Muntaner.
Fijáronse en la mente del señor rey de Aragón las cartas de desafío que el rey de Castilla le había enviado, y dándose gran vergüenza de ello, dijo que era menester hacerle arrepentir.
Así que mandó al señor infante En Pedro que se previniese con mil caballos armados y cincuenta mil almogávares.
Y viese de entraren Castilla, lo que debía verificar por Aragón.
Mientras él entraría por el reino de Murcia también con grandes fuerzas.

El otro, acuartelado en Valencia, lo encabezaba el propio monarca y estaba compuesto principalmente por catalanes y valencianos, escoltados por una pequeña flota de galeras.
El primero se encargó de mantener ocupado al ejército castellano entrando por Soria hasta tomar León.
En Pedro entró en Castilla con unos mil caballos armados de catalanes y aragoneses y unos cincuenta mil hombres de a pie.
Al mismo tiempo Jaime penetró sin oposición en el Reino de Murcia, un territorio periférico que se enfrentaba a Aragón sin esperanza de recibir refuerzos de su rey.
Para llegar a Murcia Jaime II no siguió la ruta natural, la que había usado su abuelo treinta años antes.
En vez de penetrar por Biar y de allí pasar a Villena salió directamente hacia Alicante.
No quería atravesar los señoríos de Elche y Crevillente, posibles aliados con los que andaba negociando.
Su objetivo militar eran las villas de realengo, señorío directo del monarca castellano y, por lo tanto, de su propiedad tras la donación.
El camino a Alicante por el litoral era impracticable para un ejército. Por Jijona, tampoco era muy apropiado para desplazar la pesada maquinaria de asedio.
Dice la crónica: Y así fue que el rey de Aragón movió su hueste y fue al Reino de Murcia por tierra, a la par que lo cercaba por mar con una escuadra.
No queda del todo clara la ruta utilizada. Lo más probable es que optase por el camino de Jijona mientras su flota de galeras trasportaba las máquinas de guerra, avituallamientos y tropas de refuerzo.
La primera cabeza de playa se montó en Alicante, una plaza con doble valor estratégico: puerto marítimo, vital para su estrategia combinada, y un sólido y empinado castillo.
Por el camino envió una amenazadora carta al gobernador de Alicante, de nombre Nicolás Pérez. En ella le ordenaba rendir la plaza para evitar un inútil derramamiento de sangre.
El alcaide castellano se negó a permitir cualquier intento de ocupación y preparó la defensa.
Como medida de precaución y para facilitar los movimientos, las familias destacadas llevaron a sus mujeres y niños a Elche, aprovechando para poner a salvo cuanto tenían de valor.
También los moros y judíos alicantinos, acostumbrados al maltrato de la soldadesca, buscaron protección en Elche y en el señorío musulmán de Crevillente.
Por fin Jaime II se plantó frente a las murallas de Alicante y volvió a ofrecer la rendición al castellano. Y éste la rechazó nuevamente.
La suerte estaba echada.
El primer lugar del reino de Murcia el cual se dirigió fue Alicante, de cuya villa se apoderó después de haberla combatido.
Subió después al castillo, que es uno de los bellos que en el mundo haya, y con tal empeño trató de combatirlo, que el mismo señor rey en persona acompañado de muchos caballeros, fue subiendo a pie montaña arriba hasta llegar a la misma puerta.
Cuenta Ramón Muntaner, testigo de los hechos, que el propio Jaime II luchó cuerpo a cuerpo en el ascenso al castillo. Y que a punto estuvo de perder la vida cuando el cuchillo montero de un defensor atravesó el escudo del rey.
Púsose el señor rey el escudo delante, y un caballero de los de dentro, que era compañero de Nicolás Peris, alcaide del castillo, hombre de buena talla y valiente, arrojóle la azcona montera que empuñaba, y le dio tan fuerte golpe por el cuarto primero del escudo, que lo pasó más de medio palmo.
Avanzó entonces el señor rey, que era joven, mozo y de buen humor, y tal cuchillada le dio con su espada por medio de la cabeza, que para nada le sirvió el tejido de malla que le cubría, pues hasta los dientes le partió en dos mitades.
Arrancó en seguida la espada de la cabeza en que se había clavado, y dirigiéndola contra otro le hirió también de modo que el brazo con todo el hombro cayó rodando en tierra.
El 22 de abril de 1296 la ciudad de Alicante fue tomada al asalto y, en tres o cuatro jornadas, cayó también su castillo.
Muerto el gobernador en combate, Jaime ordenó arrojar su cadáver a los perros y puso en su lugar a un caballero catalán.
Cinco días después recibió 336 arrobas de harina para alimentar a los nuevos defensores del castillo.
A pesar del violento comienzo de la invasión, Jaime dejó claras sus condiciones.
Cuando la villa capitulaba todo hombre tenía un mes de tiempo para decidir si le aceptaba o no como soberano.
Pasado el plazo, el que no lo hiciese era considerado enemigo.
Si decidía marcharse tenía un salvoconducto y la posibilidad de vender sus bienes. Si optaba por quedarse debía prestar juramento. Si permanecía ausente sus bienes quedaban confiscados.
Seguidamente montaba una espectacular ceremonia con asistencia de la iglesia, un acto que dejaba claro el cambio de soberanía.
En el caso de los caballeros, además de jurarle fidelidad, tenían que escenificar la ruptura con Castilla mediante una carta a su antiguo rey.
El 27 abril Jaime II embarcó con sus hombres en Alicante y tomó Guardamar, empresa al parecer sencilla pues nada de ella se escribió en las crónicas.
Solo quedó constancia de una carta ordenando al concejo la entrega del grano que almacenaban en la iglesia.
Guardamar no era un puerto especialmente seguro, pero sí un punto estratégico para el suministro y abastecimiento del ejército aragonés a través de la flota de galeras.
Allí supo que las familias alicantinas huidas seguían en Elche y estaban a punto de ser expulsadas.
Ante la posibilidad de un asedio los refugiados eran bocas que alimentar.
Jaime permitió que todos los huidos, cristianos, moros o judíos, volviesen a Alicante, donde ya había restablecido el orden.
Luego montó su campamento en la huerta de Almoradí, ya dentro del término municipal de Orihuela, y donó a su consejero unas tierras en La Daya, confiscadas a Fernando Pérez de Guzmán.
El 1 de mayo de 1296 Jaime II mandó iniciar el cerco de Orihuela.
Aragón llamaba a su puerta.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 59.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
Tud Or Cap. 56/57. Muerte Alfonso X.

De Tudmir a Oriola LVI.

En esta entrega despedimos a otro personaje fundamental.
Nada menos que «el Sabio» Don Alfonso, por la gracia de Dios rey de castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarve.
Con su muerte desapareció el más culto y universal de nuestros reyes medievales.
Un hombre adelantado a su tiempo, incomprendido, impopular; con una vejez muy desgraciada.
Educado por los mejores profesores de la época, musulmanes incluidos, en su corte se mezclaron las corrientes humanistas tradicionales, con la filosofía de Aristóteles traducida por Averroes.
Rodeado de juristas, de poetas, de científicos y traductores, dejó como legado una extensa obra en lengua castellana que tocaba todos los campos del saber.
Las siete partidas, las Cantigas de Santa María, la estoria de España, la General estoria, un libro de astrología, otro sobre los juegos de mesa…
En resumen: un auténtico erudito que abarcó numerosas facetas artísticas y literarias.
También fue el monarca que se dirigió por primera vez a sus súbditos en el leguaje que hablaba el pueblo, desechando el latín en sus documentos.
A nivel local concedió a Orihuela los fueros y franquezas de Murcia, similares a los de Sevilla; los primeros repartimentos entre los pobladores y los privilegios de mercado semanal y de la feria anual.
A pesar de su esplendoroso reinado sus últimos años fueron muy amargos.
A la renuncia definitiva al imperio, se unieron los problemas en la frontera con Granada y el principio de un conflicto dinástico que, como veremos, fue decisivo en nuestro pasó a la corona de Aragón.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Guerra del Estrecho, Castilla año 1277.
Hace dos entregas dejamos Castilla en 1275, sumida en una guerra con Granada y con los nuevos invasores africanos.
Dos años después el sultán Abú Yusuf volvió a desembarcar en Tarifa sembrando el terror con devastadoras campañas en territorio castellano.
Alfonso X se empleó personalmente en la defensa, pero la superioridad militar de los benimerines destrozó todas sus esperanzas.
Hundida la armada castellana en Algeciras, con ella se hundió el sueño de una cruzada en el norte de África.
A pesar del severo castigo el ejército castellano volvió a atacar Granada con ayuda de las órdenes militares.
Por indisposición del monarca fue su hijo, el infante Sancho, el encargado de dirigir la campaña, alcanzando gran protagonismo entre la nobleza.
Alfonso era un monarca enfermo, desmoralizado y con las arcas del reino vacías por los enormes dispendios que había ocasionado el sueño imperial.
En 1281 reanudó el hostigamiento contra Granada devastando gran parte del territorio nazarí y obligando a Muhammad II a firmar una tregua ventajosa en la que las fortalezas y castillos de la frontera pasaron a manos castellanas.
No podía recuperar los territorios ocupados por los benimerines, pero al menos diseñó un sistema defensivo para evitar males mayores.
Asegurada la frontera, en las Cortes de Sevilla trató de consolidar la estabilidad interna de su reino, que parecía haber pasado su etapa más crítica.
Pero allí reventó la peor de sus amenazas:
En aquellas Cortes Alfonso se entrevistó con su hijo Sancho para dejar bien claros los derechos al trono del infante Alfonso de la Cerda, hijo del fallecido primogénito Fernando.
Sancho se enfureció con su padre proclamándose heredero por encima de los derechos de su sobrino y así comenzó el grave conflicto sucesorio: una guerra civil entre padre e hijo en la que Sancho jugaba con ventaja.
Gracias a sus hazañas militares y al papel desempeñado como cabeza visible de la corona durante las continuas ausencias de su padre, se había ganado el respeto de la nobleza y del clero, que mayoritariamente le brindaron su apoyo.
Fue también muy fácil aprovecharse de la impopularidad de su padre, que llevaba demasiados años multiplicado los impuestos para financiar proyectos que el pueblo no podía entender.
En aquellos momentos preferían un rey bravo a un rey sabio.
Frente a un monarca tan revolucionario en leyes y costumbres, el infante aparecía como defensor de las tradiciones castellanas, el líder que podía acabar con la crisis en la que su padre había metido a Castilla.
Sancho convocó sus propias cortes en Valladolid, y el Sabio fue depuesto por un consejo de nobles y obispos encabezados por el propio hermano de Alfonso.
Aunque lo proclamaron rey se conformó con quedar como heredero hasta la muerte de su padre.
Alfonso maldijo a Sancho en su testamento, apartándolo de la sucesión.
Y no sólo eso: previendo la guerra civil que se avecinaba en la minoría de edad de sus nietos, declaró heredero de Castilla y León nada menos que al rey de Francia, calculando que, como tío y tutor de los infantes de la Cerda, administraría el reino hasta la mayoría de edad del infante Alfonso.
No olvidemos que la viuda de Fernando de la Cerda era Blanca de Francia, hija de San Luis.
Es por eso que Felipe III no dejo de presionar desde el otro lado de los Pirineos, amenazando incluso con la guerra si el heredero no era su sobrino.
Y para colmo, la reina le dio otro disgusto llevándose a sus nietos a escondidas.
Violante viajó a Aragón en secreto y puso a salvo de la guerra a los infantes, dejándolos al cuidado de su hermano Pedro III, quien supo utilizarlos para mantener controlado a su sobrino Sancho.
La obediencia a Alfonso X quedó limitada prácticamente a los reinos de Sevilla y de Murcia.
Ya muy enfermo se refugió en la capital del Guadalquivir, pasando la última etapa de su vida arropado por algunos fieles y por el pueblo sevillano que siempre le manifestó su cariño.
Y allí falleció el 4 de abril del año 1284, a los sesenta y dos años de edad.
Cuenta la leyenda que, en señal de gratitud, Alfonso otorgó al leal pueblo de Sevilla un lema a modo de jeroglífico que adorna el escudo de la ciudad.
Esta formado por las sílabas NO y DO, separadas por una madeja, creando la expresión fonética «No madeja do».
Suena bonito, sí, pero no es más que una preciosa reinterpretación de un símbolo añadido al escudo de Sevilla en el siglo XV.
Existen otras teorías que lo relacionan con el nudo gordiano de Alejandro Magno, o con la frase latina «Nomen Domini», es decir: en nombre de Dios.
Otra cosa que nunca sabremos es si, como indica la Crónica de Alfonso X, el monarca perdonó a Sancho en el lecho de muerte, o si se trató de un bulo lanzado por los partidarios de su hijo para facilitar su llegada al trono.
Lo cierto es que Sancho, apodado «el Bravo», no tuvo problemas para ser elegido rey a la muerte de su padre, olvidando las disposiciones sucesorias de su testamento y contando con el apoyo de casi todos los sectores del reino.
Desaparecido Alfonso, su hijo Sancho IV y su nuera María de Molina implantaron en la corte un modelo cultural completamente diferente al que el sabio había defendido, volviendo a los usos y costumbres de la época.
En cuanto a su tumba, los testamentos del Rey Sabio, escritos de su puño y letra con hermosa caligrafía, no dejaron claro el lugar exacto en el que había de reposar su cuerpo.
Deseaba ser sepultado en Sevilla su ciudad favorita, o en Murcia, su primera conquista.
Con una condición: debían extraer su corazón y entregárselo al maestre del Temple para que lo enterrase en Tierra Santa.
Decidieron depositar su cuerpo en la Catedral de Sevilla.
El corazón y el resto de sus órganos se encuentran en la Catedral de Murcia.
Si en el último programa hablamos de las dos cabezas de su suegro Jaime I, en éste toca hablar las dos tumbas de Alfonso X.
Extraídas sus vísceras para llevarlas a Murcia dejaron el corazón al adelantado Mayor del Reino para que se encargase de custodiarlo hasta que los Templarios organizasen una expedición a Jerusalén.
Pero eso no ocurrió nunca.
Y seguramente, ante la imposibilidad de cumplir el último deseo del fallecido, decidieron depositarlo junto al resto de sus órganos en la Capilla que llamaban Santa María la Real de Murcia.
En el siglo XV el concejo murciano los traspasó a la recién inaugurada Catedral, donde el corazón de Sabio aún espera su viaje a Jerusalén.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 56.
De Tudmir a Oriola LVII.

En esta entrega presentamos a uno de los monarcas más breves de la Corona de Aragón.
Un rey que, ante la dificultad para ampliar sus dominios en la península, volvió la vista hacia el Mediterráneo.
Aunque reinó solo nueve años Pedro III consiguió pasar a la historia como Pere «el grande».
Dice el cronista Ramón Muntaner que no era ángel, ni demonio, sino hombre, el hombre que había nacido con más gracias después de Jesucristo.
Fue tan famoso en su tiempo que hasta Dante y el propio Shakespeare se inspiraron en él como el ejemplo de caballero.
El infante Pedro nació en Valencia, como primer varón del matrimonio entre Jaime I y su segunda esposa, Violante de Hungría.
No fue el primogénito. Pero la muerte sin descendencia de su hermanastro Alfonso le llevo directo al trono.
Mucho antes había demostrado sobradamente su capacidad guerrera.
Dotado de gran corpulencia física y educado por nobles en su mayoría catalanes, fue bien adiestrado en el manejo de las armas, especialmente en la maza.
Imprudente ante el peligro, resistente a las inclemencias del tiempo, peleaba hombro con hombro con sus almogávares sin dar tregua al adversario, con juicio, con arrojo y osadía.
Estamos probablemente ante el verdadero liberador de los asediados en el castillo de Orihuela durante la primera revuelta mudéjar.
Acuartelado en el castillo de Biar, Pedro y sus almogávares prepararon el terreno mientras a Jaime I reunía al ejército, abasteciendo a los sitiados y reforzando las defensas.
En una de sus violentas incursiones que se alargó durante un mes, llegó hasta Monteagudo, en las mismas puertas de la capital, talando y arrasando las huertas, hostigando a los sublevados para facilitar el posterior paseo triunfal de su padre hasta Orihuela.
Heredero de Aragón, Cataluña y Valencia, Pedro III se coronó en Zaragoza a la edad de 36 años, rechazando el vasallaje al Papa.
Y en apenas cuatro, logró solventar los problemas internos heredados de su padre con los nobles y con los musulmanes de Valencia, en la segunda revuelta mudéjar.
En aquella campaña encabezó también a sus tropas, enfundado en su armadura, alimentando el mito del héroe caballeresco.
Tampoco se le dieron mal los asuntos políticos. Con diecisiete años era ya procurador general de Cataluña.
Además conocía palmo a palmo sus reinos y también a sus cuñados, el rey de Castilla Alfonso X; y el rey de Francia Felipe III, viudo de su hermana Isabel.
Para colmo su boda con Constanza de Sicilia, nieta del emperador Federico II, supuso el acercamiento de la dinastía aragonesa al Sacro Imperio Romano Germánico.
Fallecido su padre y controlado la mayoría del territorio Pedro firmó una tregua con los mudéjares que resistían en los lugares bien fortificados, terrenos montañosos con escasos asentamientos cristianos.
Rápidamente eliminó el sistema de pequeñas guarniciones a sueldo, implantando nuevos asentamientos estables, colonos con sus familias a los que entregó tierras cerca de los castillos que debían defender.
Aquella fue la última revuelta.
Tras su reinado los mudéjares acabaron integrándose en la economía señorial, perdiendo sus recursos económicos, su condición jurídica, su libertad religiosa y su valoración social.
La rica cultura acuñada durante siglos desapareció de un plumazo.
A partir de este momento los musulmanes hispanos pasaron a ser instrumentos de trabajo acosados por el clero y el pueblo, cuya única ambición era ya la subsistencia.
Durante aquella revuelta muchos fueron esclavizados legalmente como castigo; pero también proliferaron los secuestros del mudéjar que permanecía trabajando su tierra o cuidando el ganado pacíficamente.
Trasladados a Valencia, a Ibiza o a Castilla, acabaron vendidos como esclavos.
En 1282 el famoso suceso conocido como «Las vísperas sicilianas» abrió el Mediterráneo a la expansión de la Corona de Aragón.
El matrimonio de Pedro con la hija de Manfredo de Sicilia, puso en bandeja el trono de la isla, sometido por los franceses con ayuda de Roma.
Desde Corleone a Messina, los sicilianos habían pasado a cuchillo a las tropas de Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia; una rebelión en la que miles de soldados fueron masacrados en toda la isla.
Poco después, temiendo la represalia y sin otro recurso al que acudir, los sicilianos ofrecieron la Corona de la isla al famoso rey Pedro, que en esos momentos guerreaba con sus almogávares en las costas de Túnez.
Aragón era una potencia de segundo orden, y los rebeldes habían acudido a Pedro con poca convicción.
Pero cuando vieron llegar a sus salvadores quedaron estupefactos: la avanzadilla aragonesa estaba compuesta por almogávares: unos tipos mal vestidos, desgreñados y roñosos, calzados con simples abarcas, mal armados, sin escudos, con la piel quemada por el sol de Túnez.
¿Estos eran los soldados de Aragón que se iban a enfrentar al poderoso ejército francés?
Pronto cambiaron de opinión.
Aquellas tropas superaban a las de Aragón en infantería y caballería, pero la estrategia de Pedro III rompió los esquemas de guerra tradicional.
La flota aragonesa derrotó primero a los navíos franceses controlando la costa.
Sus naves trasladaban rápidamente a los almogávares, que asestaban sangrientos ataques relámpago, muchas veces nocturnos.
Las costas del sur de Italia fueron pasto de las algaradas de los almogávares, masacrando a los franceses e incendiando sus naves.
Así el monarca aragonés tomó posesión de la llave del Mediterráneo.
Coronado en Palermo añadió a sus títulos de rey de Aragón, de Valencia y conde de Barcelona, el de rey de Sicilia.
El beneficio obtenido fue impresionante.
Aragón y sus mercaderes catalanes tenían el control del comercio en el Mediterráneo y acrecentaban su armada con la flota siciliana, al mando de uno de los mejores almirantes de la historia: Roger de Lauria.
El Papa no se cruzó de brazos ante la osadía de Pedro. De origen francés, el pontífice debía su cargo al rey de Francia y tras la coronación en Sicilia, Pedro quedó excomulgado.
Defender la isla contra Francia y contra Roma era todo un desafío; durante tres años los navíos sicilianos y catalanes, comandados por Lauria, vencieron a los franceses.
Este poderío naval era fruto de una importante ampliación de la flota aragonesa, pagada con una brutal subida de impuestos, sobre todo entre judíos y musulmanes.
Pedro tenía claro desde el principio que el futuro estaba en el Mediterráneo.
Sin la construcción de las galeras y el brillante papel del almirante de origen siciliano, Aragón habría perdido pronto su preciada isla.
El rey de Francia Felipe III «el atrevido» no se resignó; y decidió poner toda la carne en el asador invadiendo Cataluña.
Con la excomunión de Pedro la empresa pasó a ser una cruzada destinada a suplantar al hereje en el trono aragonés.
Aquella era una verdadera prueba de fuego para Pedro III: la nobleza aragonesa no estaba interesada en defender Cataluña; su hermano Jaime le traicionó con el pretexto de la excomunión, aunque lo cierto es había pactado con Francia a cambio del Reino de Valencia.
Castilla decidió no meterse en líos.
Y para colmo su flota seguía luchando en Sicilia.
Tras dura resistencia los franceses tomaron Gerona.
Pero con sus tropas diezmadas por una oportuna peste; y ante el regreso de la flota aragonesa, al francés no le quedó otra opción que pedir una tregua.
Pedro sólo le permitió cruzar los Pirineos con su escolta personal. Desde un alto en la montaña, vio pasar al rey de Francia derrotado y moribundo, que junto a unos pocos jinetes y caballeros, trataba de volver a casa. Luego destrozó lo que quedaba del ejército invasor.
Aquella peste acabó con la vida de Felipe III en Perpiñán. La victoria fue total.
Pedro III apenas pudo disfrutarla. Intentó castigar a los traidores, especialmente a su hermano Jaime II de Mallorca, aliado de los franceses; también a Sancho IV de Castilla, que había incumplido sus promesas de ayuda.
No olvidemos que guardaba un as en la manga.
Su hermana Violante, reina de Castilla le había confiado a sus nietos, Alfonso y Fernando, temiendo por sus vidas tras la proclamación del infante Sancho como sucesor al trono.
La posesión del Reino de Murcia, donde estaba nuestra Orihuela, seguía en el objetivo de la Corona de Aragón.
Pedro conservó en su poder a los infantes de la Cerda, una poderosa herramienta para desestabilizar Castilla.
Apenas un mes después su repentina muerte, cuya causa no quedó reflejada en las crónicas, dejó todo en suspenso.
Con casi todas sus metas alcanzadas Pedro III dejó Aragón en lo más alto de la escena internacional.
Dueño del Mediterráneo su figura pasó a ser un mito.
Tuvo cuatro varones y dos hijas; aparte de los múltiples bastardos que siguieron engrosando la nobleza en Aragón y en Sicilia: en eso se parecía a su padre.
Mallorca fue restituida a la Corona por su primogénito Alfonso.
El segundo hijo legítimo, de nombre Jaime, heredó la Corona de Aragón a la muerte de su hermano, iniciando la invasión que cambiaría el vasallaje de Orihuela.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 57.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
