Tud Or Cap. 25/26. Almohades-Jaume I.

De Tudmir a Oriola XXV.

El califa Al-Nasir tenía preparado un poderoso ejército para combatir en Hispania.

A sus huestes se unieron tribus de Marruecos, contingentes de Ifriquiya, milicias de las ciudades de Al-Ándalus y miles de voluntarios al reclamo de la Guerra Santa. Carne de lanza destinada a la primera línea de combate con muchas probabilidades de alcanzar el paraíso.

El ejército de Aragón llegó bien pertrechado con su rey a la cabeza.

A las mesnadas castellanas se agregaron las milicias de las ciudades y las órdenes militares.

Aunque no comparecieron sus reyes, participaron también voluntarios de Portugal y de León.

A partir de la primavera fueron llegando riadas de cruzados del otro lado de los Pirineos. Miles de hombres de toda condición: caballeros, obispos, soldados y gente de pie a la que hubo que armar.

Esta cruzada no iba dirigida contra un territorio o plaza concreta. Toda esa marea humana marchaba sin remedio hacia una batalla campal.

Un combate singular entre la cruz y el Islam.

Acudid a la guerra, el éxito es seguro. Alcanzad la gloria en este mundo o conquistad la vida eterna.

Las fuerzas cristianas se concentraron en Toledo, base militar de Castilla defendida por cuatro recintos amurallados.  

Cabalgadas, saqueos y campañas tenían allí su punto de partida como plaza destacada para reunir y aprovisionar tropas.

Aquella multitud desbordaba toda su capacidad logística.

A principios de junio llegó un gran contingente de cruzados europeos capitaneados por el arzobispo de Narbona, multiplicando los problemas.

Esta gente no sabía nada de convivencias y tratados. Andaba deseosa de botín y sangre. Como aperitivo saquearon la judería toledana provocando una matanza.

Tras semanas de preparativos en las que fue muy difícil mantener el orden, aquél enorme ejército partió hacia el sur.

En las primeras plazas musulmanas pasaron a cuchillo a todos sus habitantes como era costumbre en las cruzadas.

Nada de pactos ni rendiciones honrosas. Aquellos soldados europeos practicaban otro tipo de guerra y se enojaron con la orden de respetar a los vencidos.

A eso se unieron las terribles privaciones habituales de aquella Hispania en perpetua guerra y el insoportable calor.

A finales de junio gran parte de los cruzados regresaron a casa.

La deserción en masa minó la moral de una muchedumbre cansada, hambrienta y sedienta, pero mejoró su situación al reducir las bocas que alimentar.

Y así llegaron a Sierra Morena.

Atravesar los desfiladeros y gargantas del actual puerto de Despeñaperros era un suicidio. El «Miramamolín» los esperaba al otro lado con sus fuerzas descansadas y desplegadas en altura para aplastarles.

No podían avanzar ni tampoco desandar lo andado con las tropas agotadas, desmoralizadas y sin víveres.

Cuentan las crónicas que los cristianos pidieron un milagro y este llegó personificado en un pastor de la comarca que guió al ejército cristiano por un paso que los almohades desconocían.

Aquel tortuoso sendero los situó en el flanco izquierdo de los musulmanes sin montañas de por medio.

La ventaja escénica que el «Miramamolín» había preparado y sus tácticas de combate quedaron anuladas.

Todo se resolvería en un choque sin apenas espacio para maniobrar.  

Las cifras de combatientes en ambos ejércitos son muy variables según quien las cuente; pero siempre muy favorables a los sarracenos.

Por la capacidad de aquel campo de batalla se puede calcular que Alfonso de Castilla consiguió llegar con veinticinco o treinta mil hombres y que el califa lo esperaba con más o menos el doble.

No voy a relatar la batalla: aquella carnicería parecía decantarse por los musulmanes hasta que Alfonso de Castilla desenvainó su espada y, volviéndose hacia el arzobispo de Toledo gritó:

«Aquí, señor obispo, morimos todos». 

Y así tuvo lugar la legendaria carga de los tres reyes con las tropas de reserva. Atravesando el frente llegaron hasta la tienda del califa.

El lunes 16 de julio del año 1212 el ejército del «Miramamolín» fue destrozado y puesto en fuga.

El principal vencedor fue Alfonso VIII de Castilla, quien no pudo aprovechar la circunstancia para seguir conquistando territorios por una terrible hambruna seguida de una epidemia de peste.

Fue su nieto Fernando III el que recogió el testigo.

Gran fama ganó el rey de Navarra, aunque en un principio se resistió a colaborar.

Sancho consideraba más enemigo a su primo el castellano que al propio «Miramamolín».

Sancho de Navarra rompiendo la cadena de esclavos del Califa Almohade.

Al final acudió con solo doscientos caballeros, casi obligado por Roma.

Quizá por eso sus cronistas explotaron bien aquel triunfo contando que fue Sancho quien cayó sobre la famosa tienda roja del Califa.

Y así nació la leyenda que relaciona las cadenas del escudo de Navarra con los esclavos encadenados que protegían al «Miramamolín».

Pedro II acudió de buen grado a ayudar a su amigo y aliado.

Los almohades le habían golpeado en las costas catalanas. Pero no tuvo mucho tiempo para saborear aquella victoria. Antes de un año volvieron sus problemas en el norte.

Ante la amenaza de los cruzados de Simón de Montfort, que como ya contamos tenía a su hijo Jaime como rehén, organizó de nuevo su ejército y cruzó los Pirineos para ayudar a sus vasallos.

Puso bajo su protección a los condes y se dirigió a por los cruzados que, en inferioridad numérica, lo esperaban fortificados en Muret, muy cerca de Tolosa.

Durante el sitio, una hábil maniobra de Montfort acabó con la vida del rey de Aragón en septiembre de 1213.

A su muerte la corona quedó en una lamentable situación.

Pedro II se había enfrentado a sus nobles, aumentado la presión fiscal. Arrendó sus derechos, pidió préstamos, vendió plazas conquistadas a Navarra.

Hasta empeñó el tesoro personal para sus campañas militares.

Un reino arruinado y dividido, con los nobles descontentos y un rey menor de edad en poder de Simón de Montfort.

Dos batallas en menos de un año habían marcado su reinado: La victoria contra los Almohades y la derrota y muerte en Muret.

Una abría el sur y otra cerraba el norte, impulsando el avance de Aragón hacia Valencia y el Mediterráneo.

En cuanto al «Miramamolín», nunca se repuso de aquella derrota. Volvió a Marruecos dejando un Al-Ándalus descompuesto en manos de su hijo de catorce años.

Entregado al vino y los placeres falleció poco después, probablemente envenenado.

Muerto su hijo los últimos califas almohades se sucedieron a un ritmo vertiginoso.

La gesta cristiana en las Navas de Tolosa supuso el pistoletazo de salida a una etapa convulsa y caótica en el conjunto de la población musulmana peninsular que desembocó en las terceras taifas.

Un periodo en el que Mursya tuvo gran protagonismo.

El proceso de construcción de castillos y fortificaciones que había comenzado en el Califato, progresó con los almorávides y tuvo su mayor esplendor con los almohades.

Las murallas dieron seguridad, y la seguridad trajo población y desarrollo económico.

Medina Mursya, en su momento cumbre, quedaba como la indiscutible capital de un territorio cambiante.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 25

Programa 25.
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De Tudmir a Oriola XXVI.

El peligro de islamización de la península quedó enterrado en las Navas de Tolosa dando paso a un siglo XIII pródigo en conquistas cristianas.

Pero las consecuencias de aquella batalla no fueron inmediatas.

Castilla bajó la línea de frontera del Tajo a Sierra Morena, dominando una docena de fortalezas situadas entre Toledo y Córdoba.

Todo quedó en suspenso a causa de una serie de hambrunas y epidemias de peste que forzaron una tregua.

En dos años murieron los tres principales protagonistas de aquella legendaria batalla: el califa Al Nasir, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón.

Durante la década siguiente, a la que vamos a dedicar esta entrega, la frontera apenas se movió y el dominio almohade se mantuvo estable.

El Miramamolín fue sucedido por su hijo Yusuf, calificado en las crónicas árabes como un joven sin experiencia, entregado a los placeres de la vida.

Este quinceañero abandonó totalmente la guerra santa y dejó los asuntos del imperio en manos de ministros y gobernadores, miembros de diversas facciones de su familia que actuaban en sus distritos como señores independientes.

En Castilla, fallecido el primogénito Fernando antes que su padre, depositaron sus esperanzas en Enrique, un rey todavía muy niño.

Pero su muerte accidental complicó todavía más las cosas.

El trono pasó a su hermana Berenguela, quien inmediatamente abdicó en su hijo Fernando, heredero de León gracias a aquel matrimonio anulado por el Papa del que ya hablamos.

Así, tras una dura lucha contra una facción de los nobles y enfrentado a su propio padre, Fernando III acabó reinando en Castilla.

En Aragón, a Pedro II le sucedió su hijo Jaume, personaje al que estamos dedicando esta serie de programas en el 750 aniversario de su llegada a Mursya.

Jaime I fue el monarca medieval que más tiempo permaneció en el trono: sesenta y dos años. Así pues, nos va a acompañar unos cuantos capítulos.

El Conquistador dictó sus memorias en primera persona, dejándonos el «Llibre dels Feits».

El libro de los hechos del rey Jaime abarca toda su legendaria vida.

Llibre dels Feits de Jaume I. Reproducción facsimilar de la Biblioteca de Catalunya, correspondiente a la versión de la Crónica del rey Jaime I, que su biznieto, Pedro el Ceremonioso, ordenó copiar el 1380. 

Como él mismo dejó claro, sus padres no se querían y su nacimiento fue fruto de un engaño.

Pedro II era un hombre mujeriego que rechazaba yacer con su esposa, la reina María de Montpelier.

En una confabulación de la corte para conseguir heredero, la hicieron pasar por una de sus amantes.

Así logró engendrar al futuro rey de Aragón, nacido en Montpelier en el año 1208.

Despechada con su marido su madre no quiso otorgarle un nombre vinculado a la corona aragonesa.

Y cuentan las crónicas que encendió doce cirios del mismo tamaño y peso, en los que escribió los nombres de los doce apóstoles.

El último en consumirse fue el de Santiago, o Sant Jaume como se nombraba en aquellos territorios.

Una infancia muy difícil marcó su carácter. No fue reconocido por su padre hasta los dos años.

Y como ya contamos fue para dejarlo como rehén en manos de Simón de Montfort, quien pretendía casarlo con su hija.

Quiso el destino que su tutor y carcelero derrotase a su padre en Muret, donde dejó su vida.

Y así quedó Jaime: preso en territorio francés con apenas cinco años de edad, huérfano de padre y madre, con su familia conspirando para alcanzar el trono.

Un año tardó Simón de Montfort en devolverlo y no fue por iniciativa propia. Tuvo que intervenir el papa Inocencio III a petición de una embajada aragonesa.  

Jaime pisó Aragón por primera vez a los seis años de edad. De su reclusión en el castillo de Carcasone al castillo de Monzón: esta vez bajo la tutela de los templarios.

Allí pasó otros cuatro años mientras el reino quedaba en manos de un consejo de regencia presidido por su tío Sancho.

Antes fue jurado rey en las cortes de Lérida.

De Monzón salió a los diez años para hacerse cargo de un completo desastre. Su padre lo había dejado en la ruina.

Tanto, que el propio Jaime se quejaba de que sus rentas apenas cubrían los gastos de un día.

Mientras, sus tíos se disputaban la regencia y los nobles, aragoneses y catalanes campaban a sus anchas en una completa anarquía.

Sus inicios en el trono fueron una sucesión de traiciones, malos consejos, conflictos y revueltas señoriales con facciones enfrentadas para conseguir controlar la voluntad de aquel niño.

De nuevo el Papa tuvo que intervenir para poner orden, haciendo que aragoneses y catalanes le jurasen fidelidad.

Pronto decidió entrar en territorio valenciano. Y para la campaña, intentó concentrar a sus nobles en Teruel.

Estos ignoraron su primer llamamiento de conquista.

En 1220 intentó someter al poderoso Rodrigo de Lizana, que en abierta rebeldía huyó pidiendo refugio en Albarracín, el señorío de los Azagra.

Ante la negativa de entregar al fugitivo Jaime puso sitio a la plaza. Pero aquel asedio solo fue un nuevo fracaso para el joven rey.

Otra vez en Teruel, plaza fuerte de su frontera, convocó a los aragoneses para atacar a los moros valencianos. Y obtuvo la misma respuesta.

Aun así penetró en territorio musulmán arrancando un pacto con los valencianos que le permitió retirarse con dignidad.

Pero de vuelta hacia Aragón tropezó con uno de sus nobles que, por su propia cuenta, se disponía a atacar territorio musulmán rompiendo la palabra dada por su rey.

Tras una acalorada discusión el caballero acabó muerto por la escolta del rey provocando un nuevo alzamiento de la nobleza aragonesa, que no renunciaba a someter a su joven soberano.

Cumplidos los doce años fue nombrado caballero en Tarazona.

Sus consejeros, para evitar conflictos dinásticos, lo casaron con Leonor de Castilla, la hija de Alfonso VIII, cuando según sus propias palabras, no podía hacer eso que los hombres hacen con sus mujeres.

Aquel matrimonio concertado fue otro fracaso, pero al menos, proporcionó al reino un heredero, su primogénito Alfonso.

Y así llegamos al 1224, un año decisivo.

El califa Yusuf falleció sin hijos en oscuras circunstancias. Por primera vez, la línea directa de sucesión almohade quedaba rota y la administración entraba en estado agónico.

Los jeques en Marrakech proclamaron califa a un hermano de su abuelo, un anciano de nombre, Muhammad al-Majlu.

Dos meses después, convencido de su derecho al trono, Muhamad al-Adil, gobernador de Mursya y sobrino del anciano, se proclamó también califa.

Era sólo el principio.

Jaime I no pudo reaccionar a los acontecimientos. Seguía envuelto en traiciones y revueltas.

Sus nobles lo atrajeron a Zaragoza mediante engaños y allí fue secuestrado y encerrado en el torreón de la Zuda, junto a su esposa.

Fernando III, afianzado al fin su poder, no desaprovechó la ocasión que le brindaban las disputas almohades.

En el verano de 1224 salía de Toledo con dirección a Sierra Morena, acompañado de un fuerte contingente de nobles castellanos y miembros de las órdenes militares con sus maestres al frente.

Una nueva y apasionante etapa de nuestra historia acababa de empezar.

Programa 26.
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