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Tud Or Cap. 60. Jaime II. Oriola.


De Tudmir a Oriola XL.
Huerta de Almoradí, 1 de mayo de 1296.
Acampado en sus cercanías el rey de Aragón preparaba el asedio a Orihuela/Oriola. No sabemos de cuantos efectivos disponía.
Recordemos que, según cuenta la crónica de Ramón Muntaner, simultáneamente otro contingente militar formado por mil caballeros y cincuenta mil peones estaba atacando el corazón de Castilla.
Resulta imposible creer que Aragón pudiese reclutar dos ejércitos muy numerosos.
Organizada la cerca trasladó su campamento a las afueras de la villa y castillo de Orihuela, donde recibió buenas noticias: Miquel García, el alcaide de Abanilla, acataba la soberanía aragonesa respetando la fidelidad a su señor, el poderoso Guillem de Rocafull.
Poco después se rindió Callosa de Segura, cuyo alcaide fue reemplazado mientras la nueva guarnición del castillo recibía provisiones y armas.
Diez días duraron las negociaciones, Tiempo empleado en ocupar la huerta mientras patrullas de almogávares hacían estragos en lugares y alquerías.
El 10 de mayo Orihuela abrió sus puertas. El asedio había sido más bien una formalidad y los daños mínimos.
Solo tenemos constancia del incendio de unos molinos junto a la Puerta de Elche. Seguramente los antecesores de los molinos de Cox y del Riacho.
Después de la violenta toma de Alicante las ciudades fueron cayendo con breves asedios protocolarios en los que los aragoneses no tuvieron tiempo ni de montar sus máquinas de guerra.
En el caso de Orihuela todo fue muy fácil.
El concejo y los hombres buenos de la villa habían recibido en febrero una carta de Alfonso de la Cerda informándoles de la donación del reino.
Como rey de Murcia les ordenó obedecer al de Aragón, absolviéndolos de cualquier otra fe, homenaje o fidelidad anterior.
Sabemos también que, en agradecimiento a sus gestiones, el oriolano Berenguer de Liminyana recibió los lugares de Xacara y Xacarella, actualmente Jacarilla y Jacarilleta, confiscados a sus dueños castellanos.
Pero todo cambio de monarca creaba un clima de incertidumbre que Jaime se esforzó en disipar.
A la mañana siguiente confirmó a los oriolanos todos sus privilegios, asegurando la propiedad de sus casas y haciendas, cosa que no había hecho todavía ni en Alicante ni en Guardamar.
No olvidemos que Orihuela era el núcleo urbano más importante del Reino de Murcia después de la capital.
El 11 de mayo de 1296, en la iglesia del Salvador, antigua mezquita mayor de Uryula en proceso de transformación, los treinta y ocho miembros de la corporación oriolana acataron a Jaime II como legítimo soberano y señor natural.
El acta de homenaje prestado por el Consell y la Villa al rey Jaime II de Aragón fue el primer documento oficial escrito en catalán en Orihuela.
Está firmado por Pere de Liminyana, un notario que hasta entonces había redactado en castellano.
En ese momento desaparecían las figuras del alcalde y el alguacil; y se creaban las del Justicia y los Jurados.
Allí mismo, el nuevo rey firmó un privilegio en el que reconocía a Oriola como dominio pleno de Aragón, comprometiéndose a mantenerla unida por siempre a la corona, no permitiendo jamás su separación, cambio o enajenación, bajo ningún motivo.
Controlada la villa, el alcaide del castillo supo que no podría aguantar mucho tiempo y se comprometió a entregarlo de manera honrosa.
Lo haría el 21 de junio si antes no recibía refuerzos del rey de Castilla, cosa totalmente improbable.
Solucionado el tema oriolano, el 14 de mayo Jaime II se desplazó a otro asedio que tenía montado en el castillo de Monteagudo.
Luego regresó a Orihuela y comenzó a preparar la rendición de la capital, negociando con destacados personajes murcianos.
Controlada la comarca del bajo Segura estableció su campamento frente al castillo de Monteagudo y allí recibió una estupenda noticia: la sumisión del Arráez de Crevillente y su reconocimiento como nuevo rey de Murcia.
Crevillente era un caso insólito: integrado en el amplio término municipal de Orihuela, medio siglo después de la cristianización del reino por Alfonso X, se mantenía como señorío musulmán autónomo e independiente, bajo la Corona de Castilla.
Ya vimos en entregas anteriores como los caudillos musulmanes de Crevillente, descendientes de los Aben Hud, aceptaron el pacto de Alcaraz y el protectorado castellano.
Como juraron vasallaje conservando el poder; y como, en agradecimiento, «el Sabio» añadió a su gobierno las alquerías de Cox y Albatera.
También supieron mantener el gobierno en la revuelta mudéjar homenajeando a Jaime I a su paso por Orihuela.
Pues lo mismo con Jaime II: adaptarse o morir.
Recordemos al cronista Muntaner cuando afirmaba que Murcia estaba poblada toda de catalanes, como Orihuela, Elche, Alicante, Guardamar y Cartagena: «verdaderos catalanes que hablaban el más bello catalán del mundo».
Así pues si breve había sido el asedió de Orihuela, aún más lo fue el de Murcia si se le puede llamar asedio a una acampada de tres días, tiempo justo para cerrar negociaciones.
El 19 de mayo Jaime II entraba en la capital y la ciudad se acogió al procedimiento que explicamos en la entrega anterior: treinta días para decidir quién le aceptaba como rey.
Pasado el plazo le juraron fidelidad.
El castillo o alcázar urbano de Murcia adoptó también la fórmula pactada en Orihuela: la honrosa y caballeresca rendición que incluía un plazo para que su rey intentase socorrerles.
En junio se entregó al igual que Monteagudo.
Una vez instalado en la capital sus tropas se encargaron de someter los lugares de la huerta mientras negociaba con varias localidades.
También con Templarios, Hospitalarios y Santiaguistas, órdenes militares que poseían importantes señoríos en el Reino de Murcia.
Una tras otra, fueron cayendo Molina, Hellín, Cieza, Ricote, Lorquí, Ceutí, Alguazas…
El 28 de mayo puso cerco sobre Mula y, tras negociar con su alcaide, en menos de un mes fue reconocido como soberano.
A primeros de junio cayó Cartagena y el alcaide de la ciudad fue confirmado en su cargo por entregar la plaza sin resistencia.
Su castillo se rindió el 23 julio.
La rendición del castillo de Mula, plaza especialmente estratégica, fue efímera. Pronto se rebeló contra Aragón y ya no logró someterla.
También inició el asedio al castillo de Alhama, que resistió dos años. Y el de Lorca, que aguantó cuatro.
A primeros de junio, harto de negociar con los representantes de Don Juan Manuel. decidió sitiar también la villa de Elche.
Recordemos que había dado un rodeo para no invadir el señorío del Infante don Manuel, hermano de Alfonso X, una cuña de terreno en la vega del Vinalopó que se comportaba de forma casi independiente entre Castilla y Aragón.
El infante había fallecido tres años antes dejando a un niño como heredero.
Sin más dilación sus tropas, concentradas en Orihuela, iniciaron el asedio de la villa y diez días después el propio rey acampó en la huerta de Elche para dirigir personalmente las operaciones.
En esta ocasión sí entraron en funcionamiento las máquinas de guerra machacando las murallas.
El asedio se mantuvo hasta finales de julio, cuando dos lugartenientes capitularon en nombre de un mocoso de catorce años.
La rendición incluía Elche, Santa Pola, Aspe, Monóvar, Pinoso y Salinas.
Los representantes consiguieron una tregua por siete años reconociendo al rey de Aragón hasta que Juan Manuel cumpliese los veintiuno y pudiese prestarle el verdadero vasallaje como señor y rey de Murcia.
Durante el asedio de Elche envió al nuevo procurador general del Reino de Murcia para que el jueves 21 de junio estuviese en Orihuela.
Se cumplía el plazo pactado y debía hacerse cargo del castillo en su nombre.
Como premio a su noble comportamiento el monarca aragonés confirmó en su cargo al alcaide oriolano llamado Pedro Ruiz de San Cebrián.
Ya instalado en Murcia capital Jaime II prosiguió con la conquista.
Mandó a su representante en el Reino que identificase a los castellanos insumisos en Orihuela y Murcia para proceder al embargo de sus bienes.
Los castellanos expulsados de las ciudades conquistadas pasaron a engrosar las fuerzas de las que resistían.
El nieto del Conquistador había emprendió esta guerra con vigor y empeño pero no podía mantener la intensidad por mucho tiempo.
En agosto visitó de nuevo Orihuela ordenando que reparasen su castillo y el de Alicante con cargo a la Corona.
Tras cuatro meses de conquistas y asedios su atención se dispersó en otros asuntos.
Durante 1297 estuvo muy ocupado.
Viajó a Italia, donde le esperaba el Papa para concederle el señorío sobre los reinos de Córcega y Cerdeña: una compensación por la cesión de Sicilia.
Ese compromiso le obligó a armar dos flotas para enfrentarse a su propio hermano, Federico.
En 1298 regresó al Reino de Murcia para retomar las operaciones militares.
Ordenó a su almirante y consejero real, Bernat de Sarrià, que armase en Mallorca el mayor número mayor posible de galeras y reclutase hombres bien equipados de caballos y aparatos de guerra para someter de una vez las plazas rebeldes del Reino de Murcia.
En esta campaña cayó Alhama; pero Lorca, Mula y Alcalá siguieron resistiendo apoyados por incursiones castellanas.
En el verano de 1300 volvió a convocar a los nobles de Aragón para marchar contra los castillos rebeldes del Reino de Murcia.
Escribió a los oficiales para que activasen la mayor leva posible de soldados.
Pidió ayuda a los nobles valencianos, a los obispos, a los consells de las ciudades.
La escasez de efectivos le llevó a contratar tropas mercenarias una compañía formada por cuatrocientos jinetes granadinos y marroquíes que había servido a su aliado, el emir de Granada.
La temible caballería musulmana se dedicó a hacer incursiones en la frontera castellana.
Por fin, en las navidades de 1300, Lorca se rindió. Había resistido cuatro años aislada a pesar de los esfuerzos militares de Aragón.
El 21 diciembre firmaron el acta en la iglesia de Santa María la Mayor.
La capitulación de Lorca y la incursión del ejército castellano, a principios de 1301, fueron las últimas operaciones destacables de esta guerra.
A pesar de su aparente victoria una serie de circunstancias empezaron a sucederse peligrosamente contra Jaime II.
El Reino de Murcia era prácticamente suyo aunque la situación económica impedía abastecer los castillos y alimentar a las tropas encargadas de defenderlos.
El Papa legitimó por fin el matrimonio del difunto Sancho IV con María de Molina. Este acto certificaba la sucesión al trono castellano de Fernando IV, desarmando la causa dinástica de Alfonso de la Cerda, razón principal esgrimida para justificar la conquista.
El rey de Castilla alcanzó la mayoría de edad y se casó con la infanta de Portugal. También falleció su buen amigo Muhammad II, el rey de Granada, y su hijo no tardó en firmar la paz con Castilla.
Si a eso unimos el asunto siciliano, la rebelión de la nobleza aragonesa, el dispendio que suponía mantener el ejército desplegado, y la disposición del monarca castellano a renunciar a una parte del Reino de Murcia, tenemos las razones por las que Jaime II intentó la paz con Castilla.
La solución al conflicto quedó en manos de una comisión formada por un infante de Castilla, el arzobispo de Zaragoza y el rey de Portugal, que actuó como árbitro.
Estos tres hombres impulsaron la famosa Sentencia Arbitral de Torrellas que partió en dos el Reino de Murcia fijando como frontera el cauce bajo del río Segura.
El territorio al norte quedó para Aragón y el sur para Castilla, excepto Guardamar y Cartagena, ambas situadas en la margen derecha del río.
Así pasaron a la Corona Aragonesa los términos de: Alicante, Elche, Orihuela, Guardamar, Cartagena y Villena, cuya jurisdicción señorial quedó en manos de Don Juan Manuel en compensación por la pérdida de Elche.
Pero la imprecisión de los límites territoriales trazados dio lugar a numerosas discrepancias y litigios.
Un año después intentaron solucionar el embrollo fronterizo con un nuevo pacto conocido como el acuerdo de Elche, firmado en mayo de 1305.
Allí se reunieron el canciller Mayor de Castilla y un consejero real de Aragón para esclarecer el asunto.
En Murcia y Cartagena, ciudades con mayoría catalano aragonesa, sus pobladores quedaron abandonados y señalados después de declararse partidarios de Jaime II.
Cedida la capital y su demarcación territorial, Cartagena había quedado aislada en una especie de marca dentro de Castilla.
Gracias a la habilidad de sus negociadores, este importante puerto, incomprensiblemente, acabó de nuevo en poder castellano.
Con el acuerdo de Elche pusieron punto final a la disputa precisando los límites territoriales.
Lo que quedó en manos de Castilla conservó el nombre histórico de Reino de Murcia.
El resto pasó a ser la recién nacida Procuración General de Orihuela o Reino de Valencia ultra Sexonam, territorio gobernado por un delegado del Procurador General de la Corona, con sede oficial en el nuevo baluarte de Aragón.
Reorganizada la configuración territorial, en 1308 las tierras conquistadas pasaron legalmente al Reino de Valencia.
El cambio de corona permitió a los oriolanos mantener los antiguos privilegios concedidos por Castilla y conseguir otros muchos de Jaime II, el artífice de la sexta partición, la última de nuestro Llibre de repartiment y la primera redactada en catalán.
La invasión aragonesa y la posterior partición del Reino de Murcia fue una vuelta de tuerca más en la peligrosidad de un terreno fronterizo, donde se forjó Orihuela.
Medio siglo después Pedro I el Cruel intentó recuperar lo perdido en otro conflicto mucho más sangriento y destructivo.
Durante la Guerra de los dos Pedros, «el Ceremonioso» introdujo algunas modificaciones en la procuración y comenzó a llamarla «Gobernasió d´Oriola», entidad que permaneció hasta el siglo XVIII, cuando el primer Borbón la suprimió dentro de los decretos de Nueva Planta.
Como os prometí hace sesenta entregas tomamos nuestra ciudad cuando era un protectorado del emirato Omeya y, tras pasar por diversos emiratos y califatos, por los reinos de Almería, Denia, Valencia y Murcia, la dejamos en la Corona de Aragón como segunda capital del Reino de Valencia.
Un viaje en el tiempo de Tudmir a Oriola.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 60.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Tud Or Cap. 58/59. Sancho IV-Jaime II.

De Tudmir a Oriola LVIII.

En la última entrega dejamos nuestro relato en el año 1285, fallecido el rey de Aragón Pedro III.
La villa de Orihuela llevaba más de cuarenta años en la Corona de Castilla. Veinte desde que fue repoblada por Jaime I.
Situada en un enclave estratégico, bien amurallada, y con un formidable castillo, su concejo controlaba un amplio término municipal salpicado de lugares y alquerías.
Gracias a la mejora y ampliación de los sistemas de acequias heredados de los musulmanes, el agua llegaba cada vez más lejos aumentando los terrenos cultivables.
A finales del siglo XIII el territorio controlado por el concejo de Orihuela producía suficiente cereal para cubrir sus necesidades y exportar grano a otras localidades deficitarias como, por ejemplo, Valencia.
La villa crecía habitada por gentes de diversas procedencias: buena parte los aragoneses y catalanes que llegaron con el Conquistador.
Su población era multilingüe. La lengua oficial, la de los documentos, era un castellano al que cada poblador añadía términos utilizados en su lengua materna.
Las líneas divisorias con Aragón, pactadas en Almizra por Jaime I y su yerno Alfonso, eran demasiado inconcretas y muy permeables, marcadas por rosarios de castillos y fortalezas que penetraban en el área de demarcación de Orihuela.
Pero la verdadera frontera, la que separaba Europa de África, el Islam de la cristiandad, era la de Granada.
Para las huestes musulmanas era demasiado fácil atravesar territorio murciano y caer por sorpresa en el sur de Valencia.
El rey de Castilla, de Murcia, y por lo tanto de Orihuela era Sancho IV, «el Bravo», quien confirmó cuantos fueros, privilegios, donaciones, franquezas y mercedes había hecho su padre, Alfonso X, a la villa y su concejo.
También nos concedió la escribanía pública para usarla como hacía el de la capital, la vecina Murcia.
Y la explotación de las Salinas mayores, reservando para la Corona las de Guardamar, actualmente de La Mata.
La muerte del Papa y la de los reyes de Aragón y Francia en ese mismo año 1285, brindaron a Sancho la ocasión idónea para mejorar su posición en la escena internacional.
No olvidemos que la rebelión contra su padre le había procurado una excomunión; que Francia apoyaba la pretensión al trono de los infantes de la Cerda; y que su tío, el rey de Aragón, los había retenido como una espada de Damocles sobre su corona.
Todo parecía haber cambiado. El nuevo Papa dejaba en suspenso la excomunión pero seguía negándole la dispensa matrimonial que permitía legitimar su matrimonio con la reina María de Molina.
Con Francia firmó el tratado de Lyón por el que ambos reinos se prometieron ayuda militar contra el rey de Aragón.
De esta forma Sancho lograba que Felipe IV de Francia se desentendiese de la causa del pretendiente.
En Aragón, muerto Pedro el Grande, ocupaba el trono su primogénito Alfonso III, llamado «el Liberal», cuya reacción ante la peligrosa alianza de sus vecinos no se hizo esperar.
Había llegado el momento de activar la bomba de relojería que su padre guardaba: en septiembre de 1288,el infante Alfonso de la Cerda fue jurado rey de Castilla en la localidad de Jaca.
Las fronteras entre ambas coronas se incendiaron. Tanto Aragón como Castilla reforzaron sus defensas y desplegaron tropas.
Las hostilidades quedaron limitadas a operaciones militares de escaso relieve más parecidas a actos de rapiña y saqueo; altercados que las órdenes militares trataron de controlar.
Quedaba claro que, a pesar de sus cinco años en el trono, el talón de Aquiles de Sancho seguía siendo la pretensión al trono de Alfonso de la Cerda, amparada ahora claramente por Aragón.
El 16 de junio de 1291 Alfonso III falleció sin dejar descendencia.
Inmediatamente subió al trono de Aragón su hermano, Jaime II llamado «el Justo».
El segundo Jaime, nieto del Conquistador, había nacido en el palacio real de Valencia el 10 de abril de 1267, hijo de Pedro el Grande y de Constanza de Sicilia.
Rey de Aragón, Cataluña, Valencia y Sicilia, desconocemos sus rasgos físicos.
Las crónicas se deshacen en elogios sobre sus cualidades como monarca: justo, prudente, generoso, piadoso, protocolario…
No tenía residencia fija. La corte viajaba con él por sus territorios, utilizando principalmente los palacios reales de Zaragoza, Barcelona y Valencia, edificios con estancias sencillas, sin mucho lujo.
Conocía bien el oficio. No en vano durante la guerra que su padre mantuvo con Francia quedó a cargo de Sicilia: primero como lugarteniente y luego como rey.
Allí aprendió a manejarse políticamente entre las intrigas del Papa y Carlos de Anjou.
Al subir al trono de Aragón Jaime dejó Sicilia en manos de su hermano Federico, también llamado Fabrique, en calidad de lugarteniente.
Recordemos que la isla era una llave que permitía el control de las principales rutas del comercio en el Mediterráneo.
Controlarla contra Francia y contra el Papa necesitaba demasiado esfuerzo y, para dedicarse de lleno, trató primero de acercarse a Castilla.
Buscaba una alianza que apagase el conflicto entre vecinos y Sancho necesitaba también dicha alianza para centrarse en una ambiciosa campaña contra el Sultán de Marruecos, que llevaba demasiado tiempo campando a sus anchas por Jerez y Sevilla.
En noviembre de 1291 ambos monarcas firmaron el Tratado de Monteagudo: un pacto por el que se prometieron ayuda militar en caso de conflicto convirtiéndose en «amigos de sus amigos y enemigos de sus enemigos».
Se repartieron las áreas de influencia en el norte de África en previsión de futuras conquistas: las costas de Argelia y Túnez para Aragón, las de Marruecos para Castilla.
El tratado de Monteagudo quedó sellado con el compromiso matrimonial entre Jaime II y la infanta Isabel de Castilla.
De esta forma el rey Sancho IV alcanzaba un equilibrio político que parecía dar por zanjada la cuestión sucesoria.
Por fin podía centrar sus esfuerzos en la lucha contra los africanos y su primer objetivo fue Tarifa.
A las fuerzas castellanas se unieron las galeras aragonesas. De los abastecimientos se ocupó Granada, cuyo emir estaba ya harto de los africanos.
En octubre de 1292, tras un duro asedio que duró seis meses, Tarifa cayó en poder de Sancho.
Aquello era un primer paso para el control del estrecho; pero Mohamed II de Granada volvió a los brazos del sultán y juntos pusieron de nuevo cerco a Tarifa.
En este nuevo asedio un caballero leonés llamado Alfonso Pérez de Guzmán pasó a la historia como «Guzmán el Bueno» al negarse a entregar Tarifa aún a cambio de la vida de su propio hijo.
Cuando las cosas parecían más tranquilas entre Castilla y Aragón, durante una campaña militar en el norte Sancho cayó enfermo falleciendo en Toledo en la primavera de 1295.
En su testamento confiaba a su esposa, María de Molina, la regencia del reino mientras durase la minoría de edad de su heredero, Fernando IV, un niño de diez años cuyos padres seguía casados sin la aprobación de Roma.
Las circunstancias cambiaron radicalmente y todo se volvió contra Castilla.
Los contactos diplomáticos para resolver la cuestión siciliana, dirigidos por el nuevo Papa, consiguieron que Aragón y Francia firmasen un tratado por el que Jaime II renunciaba a la isla de Sicilia, reconociendo los derechos de Roma y de la Casa de Anjou.
La alianza firmada con Aragón fue pronto papel mojado. Ahora Jaime debía disolver los esponsales con Isabel de Castilla y contraer matrimonio con Blanca, la hija de Carlos II de Anjou, el rey de Nápoles.
A cambio el papa anulaba la excomunión lanzada sobre Aragón y su monarca y, como compensación por la perdida de Sicilia, le confiaba la conquista de Córcega y Cerdeña con la investidura pontificia sobre dichas islas.
Nadie contó con los sicilianos y estos se sintieron traicionados por su protector Jaime II. Rechazaron los apaños entre el Papa, Aragón y los Anjou y coronaron al hermano menor de Jaime como Federico III.
El acuerdo firmado con Roma obligaba al monarca aragonés a atacar la isla luchando contra su propio hermano.
Pero Federico supo aguantar en el trono y una rama secundaria de Aragón reinó durante casi un siglo en Sicilia.
Jaime II tenía claro que la crisis castellana tras la muerte de Sancho IV era su gran oportunidad para ampliar los dominios de la corona rebasando las fronteras que su generoso abuelo, el primer Jaime, había pactado con su yerno Alfonso.
Era el momento de centrarse en la política peninsular.
Como primera medida, rompió las relaciones amistosas con Castilla y el matrimonio concertado con la infanta Isabel, que regresó a casa humillada.
El pacto de Monteagudo quedaba anulado y Jaime exigió los castillos puestos como garantía.
La regente no pudo responder a la ofensa y no le quedó otra opción que aceptar la suspensión de los acuerdos.
Y así Jaime II casó con Blanca, la princesa de Nápoles, quien le dio diez hijos, cinco varones y cinco hembras.
Aragón era ahora aliado de Francia, de Portugal y de Granada.
En Castilla quedaba un niño tutelado por su madre al frente de un reino dividido entre dos pretendientes.
Y Aragón apoyaba a Alfonso de la Cerda quien, agradecido por la ayuda, regaló nada menos que el Reino de Murcia.
Las dos coronas más importantes de la península llegaron a la última década del siglo XIII en muy distinta situación: Aragón, fuerte y unido. Castilla, dividida y debilitada.
En febrero de 1296 Jaime II consideraba suyo el reino de Murcia.
Y envió un ultimátum a los castellanos: o se lo entregaban en quince días por la buenas o se encargaría de tomarlo por la fuerza.
Inmediatamente ordenó armar diez galeras en los astilleros de Valencia, Barcelona y Mallorca.
A Orihuela le quedaban pocos meses en Castilla.
Se avecinaba una guerra.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 58.
De Tudmir a Oriola LIX.
Las notas con fondo azul pertenecen a la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner. Verde para los «Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad de Murcia y su reino», de Francisco Cascales.
En la entrega anterior quedamos al borde de un suceso determinante para la futura historia de Orihuela y lo que hoy conocemos como la provincia de Alicante: la invasión del reino de Murcia por la Corona de Aragón.
A modo de recordatorio haré un breve resumen de cómo se llegó a este conflicto a finales del siglo XIII.
Después del costoso despliegue militar utilizado para someter el reino de Murcia treinta años antes, Jaime I no aprovechó la problemática situación de su yerno Alfonso X para obtener territorios a cuenta de Castilla.
Y no sólo eso: el generoso pacto firmado con «el Sabio» cerraba para Aragón toda posibilidad de nuevas conquistas en la península.
Los territorios musulmanes al sur quedaban como competencia exclusiva de la Corona de Castilla.
Recordemos también que a Alfonso X se le sublevó su hijo Sancho, apartado de la línea sucesoria en favor de los hijos del primogénito fallecido, los llamados infantes de la Cerda.
Pedro III, hijo del Conquistador, retuvo en Aragón a esos niños cuando huyeron de Castilla conducidos por su hermana, la reina Violante, esposa de Alfonso X.
Como abuela precavida alejó de la corte a los infantes por temor a que Sancho los eliminase para despejar el camino al trono.
Pedro no pudo sacar partido a causa de su prematura muerte. Pero su hijo Alfonso III reconoció a Alfonso de la Cerda, el mayor de los infantes, como legítimo heredero de Castilla.
Aquella amenaza fue tan efectiva que Sancho «el Bravo» llegó a ofrecer la mano de su hija, con el reino de Murcia como dote, si el de Aragón entregaba a los infantes.
Alfonso el liberal se negó. A fin de cuentas el pretendiente también ofrecía el reino de Murcia a cambio de su apoyo.
El caso es que, defraudado por los pactos de Sancho con Francia, Alfonso de la Cerda acabó proclamado rey de Castilla en Jaca, desatándose una primera guerra de baja intensidad entre aragoneses y castellanos.
La muerte de Alfonso y la llegada de su hermano Jaime II al trono de Aragón propiciaron un periodo de distensión, un tratado con Castilla que incluyó su matrimonio con Isabel, hija de Sancho.
Pero la muerte del monarca castellano cambió el tablero de juego.
Con ayuda del Papa, Isabel fue repudiada y devuelta a Castilla, cuyo trono estaba en manos de un niño.
Para el rey de Aragón era tan solo «don Fernando él que se decía rey de Castilla».
Llamando al de la Cerda: «el muy noble y muy honrado don Alfonso por la gracia de Dios rey de Castilla».
Le había cedido de nuevo el Reino de Murcia y, con esa legitimidad, se dispuso a tomar posesión de él por las buenas o por las malas.
Los castellanos justifican la sorprendente facilidad con la que Jaime II penetró en el Reino de Murcia con la gran cantidad de repobladores catalanes y aragoneses que Jaime I había dejado en el territorio.
Francisco Cascales lo dejó escrito en sus «Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad de Murcia y su reino».
Teniendo rendidos todos los Castillos importantes, Villas y Lugares del Reino, era recibido de todos con grande fiesta, y reconocido por Señor.
Y tuvo gran facilidad el Rey en el rendimiento de Murcia, porque como dicho habemos, eran los más catalanes y aragoneses.
Y en tan poco tiempo como había pasado de la población acá, no había perdido la vasija el sabor de lo que recibió primero.
Cascales exagera al calificar la incursión aragonesa como un paseo militar.
Pero lo cierto es que, las ciudades que contaban con un porcentaje superior de población castellana, como Lorca o Mula, fueron difíciles de someter y aguantaron años.
Es justo decir también que no sólo facilitaron el trabajo los repobladores aragoneses y catalanes. Recordemos también que Jaime II se enfrentó a una Corona de Castilla muy debilitada, con su nobleza dividida.
Muchos de sus miembros, algunos muy destacados, eran partidarios de Alfonso de la Cerda, el aspirante apoyado por Aragón cuya legitimidad venía del testamento de Alfonso X.
Convengamos pues que lo tuvo bastante más fácil en las ciudades con gran porcentaje de de catalanes y aragoneses, como Orihuela y Murcia, cuyos asedios duraron lo justo paro salvar el honor de los gobernadores.
Los trabajos en el Archivo de la Corona de Aragón de María Teresa Ferrer y Mallol y de Juan Manuel del Estal, nos han permitido conocer con bastante detalle los sucesos de una guerra que, a pesar de todo, duró más de ocho años.
Concretamente desde la primavera del 1296 hasta el mes de octubre del 1304, fecha fijada por la Sentencia Arbitral de Torrellas para la partición efectiva del reino de Murcia que cambió el destino y la obediencia de Orihuela.
A partir de entonces Oriola.
Vencido el ultimátum lanzado sobre la reina regente y tras algún retraso en la organización, a mediados de abril Jaime II estaba en Valencia preparando su ejército para la conquista del Reino de Murcia.
Antes había enviado a un mensajero, un valenciano con contactos en Alicante, Elche, Orihuela y Murcia. Llevaba instrucciones del monarca para negociar con destacados personajes en cada localidad.
En la primavera de 1296 dos contingentes militares invadieron Castilla: Uno, liderado por Alfonso de la Cerda y un hermano de Jaime, estaba formado principalmente por tropas aragonesas y castellanos partidarios del pretendiente.
Transcribo la Cronica de Ramón Muntaner.
Fijáronse en la mente del señor rey de Aragón las cartas de desafío que el rey de Castilla le había enviado, y dándose gran vergüenza de ello, dijo que era menester hacerle arrepentir.
Así que mandó al señor infante En Pedro que se previniese con mil caballos armados y cincuenta mil almogávares.
Y viese de entraren Castilla, lo que debía verificar por Aragón.
Mientras él entraría por el reino de Murcia también con grandes fuerzas.

El otro, acuartelado en Valencia, lo encabezaba el propio monarca y estaba compuesto principalmente por catalanes y valencianos, escoltados por una pequeña flota de galeras.
El primero se encargó de mantener ocupado al ejército castellano entrando por Soria hasta tomar León.
En Pedro entró en Castilla con unos mil caballos armados de catalanes y aragoneses y unos cincuenta mil hombres de a pie.
Al mismo tiempo Jaime penetró sin oposición en el Reino de Murcia, un territorio periférico que se enfrentaba a Aragón sin esperanza de recibir refuerzos de su rey.
Para llegar a Murcia Jaime II no siguió la ruta natural, la que había usado su abuelo treinta años antes.
En vez de penetrar por Biar y de allí pasar a Villena salió directamente hacia Alicante.
No quería atravesar los señoríos de Elche y Crevillente, posibles aliados con los que andaba negociando.
Su objetivo militar eran las villas de realengo, señorío directo del monarca castellano y, por lo tanto, de su propiedad tras la donación.
El camino a Alicante por el litoral era impracticable para un ejército. Por Jijona, tampoco era muy apropiado para desplazar la pesada maquinaria de asedio.
Dice la crónica: Y así fue que el rey de Aragón movió su hueste y fue al Reino de Murcia por tierra, a la par que lo cercaba por mar con una escuadra.
No queda del todo clara la ruta utilizada. Lo más probable es que optase por el camino de Jijona mientras su flota de galeras trasportaba las máquinas de guerra, avituallamientos y tropas de refuerzo.
La primera cabeza de playa se montó en Alicante, una plaza con doble valor estratégico: puerto marítimo, vital para su estrategia combinada, y un sólido y empinado castillo.
Por el camino envió una amenazadora carta al gobernador de Alicante, de nombre Nicolás Pérez. En ella le ordenaba rendir la plaza para evitar un inútil derramamiento de sangre.
El alcaide castellano se negó a permitir cualquier intento de ocupación y preparó la defensa.
Como medida de precaución y para facilitar los movimientos, las familias destacadas llevaron a sus mujeres y niños a Elche, aprovechando para poner a salvo cuanto tenían de valor.
También los moros y judíos alicantinos, acostumbrados al maltrato de la soldadesca, buscaron protección en Elche y en el señorío musulmán de Crevillente.
Por fin Jaime II se plantó frente a las murallas de Alicante y volvió a ofrecer la rendición al castellano. Y éste la rechazó nuevamente.
La suerte estaba echada.
El primer lugar del reino de Murcia el cual se dirigió fue Alicante, de cuya villa se apoderó después de haberla combatido.
Subió después al castillo, que es uno de los bellos que en el mundo haya, y con tal empeño trató de combatirlo, que el mismo señor rey en persona acompañado de muchos caballeros, fue subiendo a pie montaña arriba hasta llegar a la misma puerta.
Cuenta Ramón Muntaner, testigo de los hechos, que el propio Jaime II luchó cuerpo a cuerpo en el ascenso al castillo. Y que a punto estuvo de perder la vida cuando el cuchillo montero de un defensor atravesó el escudo del rey.
Púsose el señor rey el escudo delante, y un caballero de los de dentro, que era compañero de Nicolás Peris, alcaide del castillo, hombre de buena talla y valiente, arrojóle la azcona montera que empuñaba, y le dio tan fuerte golpe por el cuarto primero del escudo, que lo pasó más de medio palmo.
Avanzó entonces el señor rey, que era joven, mozo y de buen humor, y tal cuchillada le dio con su espada por medio de la cabeza, que para nada le sirvió el tejido de malla que le cubría, pues hasta los dientes le partió en dos mitades.
Arrancó en seguida la espada de la cabeza en que se había clavado, y dirigiéndola contra otro le hirió también de modo que el brazo con todo el hombro cayó rodando en tierra.
El 22 de abril de 1296 la ciudad de Alicante fue tomada al asalto y, en tres o cuatro jornadas, cayó también su castillo.
Muerto el gobernador en combate, Jaime ordenó arrojar su cadáver a los perros y puso en su lugar a un caballero catalán.
Cinco días después recibió 336 arrobas de harina para alimentar a los nuevos defensores del castillo.
A pesar del violento comienzo de la invasión, Jaime dejó claras sus condiciones.
Cuando la villa capitulaba todo hombre tenía un mes de tiempo para decidir si le aceptaba o no como soberano.
Pasado el plazo, el que no lo hiciese era considerado enemigo.
Si decidía marcharse tenía un salvoconducto y la posibilidad de vender sus bienes. Si optaba por quedarse debía prestar juramento. Si permanecía ausente sus bienes quedaban confiscados.
Seguidamente montaba una espectacular ceremonia con asistencia de la iglesia, un acto que dejaba claro el cambio de soberanía.
En el caso de los caballeros, además de jurarle fidelidad, tenían que escenificar la ruptura con Castilla mediante una carta a su antiguo rey.
El 27 abril Jaime II embarcó con sus hombres en Alicante y tomó Guardamar, empresa al parecer sencilla pues nada de ella se escribió en las crónicas.
Solo quedó constancia de una carta ordenando al concejo la entrega del grano que almacenaban en la iglesia.
Guardamar no era un puerto especialmente seguro, pero sí un punto estratégico para el suministro y abastecimiento del ejército aragonés a través de la flota de galeras.
Allí supo que las familias alicantinas huidas seguían en Elche y estaban a punto de ser expulsadas.
Ante la posibilidad de un asedio los refugiados eran bocas que alimentar.
Jaime permitió que todos los huidos, cristianos, moros o judíos, volviesen a Alicante, donde ya había restablecido el orden.
Luego montó su campamento en la huerta de Almoradí, ya dentro del término municipal de Orihuela, y donó a su consejero unas tierras en La Daya, confiscadas a Fernando Pérez de Guzmán.
El 1 de mayo de 1296 Jaime II mandó iniciar el cerco de Orihuela.
Aragón llamaba a su puerta.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 59.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
Tud Or Cap. 56/57. Muerte Alfonso X.

De Tudmir a Oriola LVI.

En esta entrega despedimos a otro personaje fundamental.
Nada menos que «el Sabio» Don Alfonso, por la gracia de Dios rey de castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarve.
Con su muerte desapareció el más culto y universal de nuestros reyes medievales.
Un hombre adelantado a su tiempo, incomprendido, impopular; con una vejez muy desgraciada.
Educado por los mejores profesores de la época, musulmanes incluidos, en su corte se mezclaron las corrientes humanistas tradicionales, con la filosofía de Aristóteles traducida por Averroes.
Rodeado de juristas, de poetas, de científicos y traductores, dejó como legado una extensa obra en lengua castellana que tocaba todos los campos del saber.
Las siete partidas, las Cantigas de Santa María, la estoria de España, la General estoria, un libro de astrología, otro sobre los juegos de mesa…
En resumen: un auténtico erudito que abarcó numerosas facetas artísticas y literarias.
También fue el monarca que se dirigió por primera vez a sus súbditos en el leguaje que hablaba el pueblo, desechando el latín en sus documentos.
A nivel local concedió a Orihuela los fueros y franquezas de Murcia, similares a los de Sevilla; los primeros repartimentos entre los pobladores y los privilegios de mercado semanal y de la feria anual.
A pesar de su esplendoroso reinado sus últimos años fueron muy amargos.
A la renuncia definitiva al imperio, se unieron los problemas en la frontera con Granada y el principio de un conflicto dinástico que, como veremos, fue decisivo en nuestro pasó a la corona de Aragón.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Guerra del Estrecho, Castilla año 1277.
Hace dos entregas dejamos Castilla en 1275, sumida en una guerra con Granada y con los nuevos invasores africanos.
Dos años después el sultán Abú Yusuf volvió a desembarcar en Tarifa sembrando el terror con devastadoras campañas en territorio castellano.
Alfonso X se empleó personalmente en la defensa, pero la superioridad militar de los benimerines destrozó todas sus esperanzas.
Hundida la armada castellana en Algeciras, con ella se hundió el sueño de una cruzada en el norte de África.
A pesar del severo castigo el ejército castellano volvió a atacar Granada con ayuda de las órdenes militares.
Por indisposición del monarca fue su hijo, el infante Sancho, el encargado de dirigir la campaña, alcanzando gran protagonismo entre la nobleza.
Alfonso era un monarca enfermo, desmoralizado y con las arcas del reino vacías por los enormes dispendios que había ocasionado el sueño imperial.
En 1281 reanudó el hostigamiento contra Granada devastando gran parte del territorio nazarí y obligando a Muhammad II a firmar una tregua ventajosa en la que las fortalezas y castillos de la frontera pasaron a manos castellanas.
No podía recuperar los territorios ocupados por los benimerines, pero al menos diseñó un sistema defensivo para evitar males mayores.
Asegurada la frontera, en las Cortes de Sevilla trató de consolidar la estabilidad interna de su reino, que parecía haber pasado su etapa más crítica.
Pero allí reventó la peor de sus amenazas:
En aquellas Cortes Alfonso se entrevistó con su hijo Sancho para dejar bien claros los derechos al trono del infante Alfonso de la Cerda, hijo del fallecido primogénito Fernando.
Sancho se enfureció con su padre proclamándose heredero por encima de los derechos de su sobrino y así comenzó el grave conflicto sucesorio: una guerra civil entre padre e hijo en la que Sancho jugaba con ventaja.
Gracias a sus hazañas militares y al papel desempeñado como cabeza visible de la corona durante las continuas ausencias de su padre, se había ganado el respeto de la nobleza y del clero, que mayoritariamente le brindaron su apoyo.
Fue también muy fácil aprovecharse de la impopularidad de su padre, que llevaba demasiados años multiplicado los impuestos para financiar proyectos que el pueblo no podía entender.
En aquellos momentos preferían un rey bravo a un rey sabio.
Frente a un monarca tan revolucionario en leyes y costumbres, el infante aparecía como defensor de las tradiciones castellanas, el líder que podía acabar con la crisis en la que su padre había metido a Castilla.
Sancho convocó sus propias cortes en Valladolid, y el Sabio fue depuesto por un consejo de nobles y obispos encabezados por el propio hermano de Alfonso.
Aunque lo proclamaron rey se conformó con quedar como heredero hasta la muerte de su padre.
Alfonso maldijo a Sancho en su testamento, apartándolo de la sucesión.
Y no sólo eso: previendo la guerra civil que se avecinaba en la minoría de edad de sus nietos, declaró heredero de Castilla y León nada menos que al rey de Francia, calculando que, como tío y tutor de los infantes de la Cerda, administraría el reino hasta la mayoría de edad del infante Alfonso.
No olvidemos que la viuda de Fernando de la Cerda era Blanca de Francia, hija de San Luis.
Es por eso que Felipe III no dejo de presionar desde el otro lado de los Pirineos, amenazando incluso con la guerra si el heredero no era su sobrino.
Y para colmo, la reina le dio otro disgusto llevándose a sus nietos a escondidas.
Violante viajó a Aragón en secreto y puso a salvo de la guerra a los infantes, dejándolos al cuidado de su hermano Pedro III, quien supo utilizarlos para mantener controlado a su sobrino Sancho.
La obediencia a Alfonso X quedó limitada prácticamente a los reinos de Sevilla y de Murcia.
Ya muy enfermo se refugió en la capital del Guadalquivir, pasando la última etapa de su vida arropado por algunos fieles y por el pueblo sevillano que siempre le manifestó su cariño.
Y allí falleció el 4 de abril del año 1284, a los sesenta y dos años de edad.
Cuenta la leyenda que, en señal de gratitud, Alfonso otorgó al leal pueblo de Sevilla un lema a modo de jeroglífico que adorna el escudo de la ciudad.
Esta formado por las sílabas NO y DO, separadas por una madeja, creando la expresión fonética «No madeja do».
Suena bonito, sí, pero no es más que una preciosa reinterpretación de un símbolo añadido al escudo de Sevilla en el siglo XV.
Existen otras teorías que lo relacionan con el nudo gordiano de Alejandro Magno, o con la frase latina «Nomen Domini», es decir: en nombre de Dios.
Otra cosa que nunca sabremos es si, como indica la Crónica de Alfonso X, el monarca perdonó a Sancho en el lecho de muerte, o si se trató de un bulo lanzado por los partidarios de su hijo para facilitar su llegada al trono.
Lo cierto es que Sancho, apodado «el Bravo», no tuvo problemas para ser elegido rey a la muerte de su padre, olvidando las disposiciones sucesorias de su testamento y contando con el apoyo de casi todos los sectores del reino.
Desaparecido Alfonso, su hijo Sancho IV y su nuera María de Molina implantaron en la corte un modelo cultural completamente diferente al que el sabio había defendido, volviendo a los usos y costumbres de la época.
En cuanto a su tumba, los testamentos del Rey Sabio, escritos de su puño y letra con hermosa caligrafía, no dejaron claro el lugar exacto en el que había de reposar su cuerpo.
Deseaba ser sepultado en Sevilla su ciudad favorita, o en Murcia, su primera conquista.
Con una condición: debían extraer su corazón y entregárselo al maestre del Temple para que lo enterrase en Tierra Santa.
Decidieron depositar su cuerpo en la Catedral de Sevilla.
El corazón y el resto de sus órganos se encuentran en la Catedral de Murcia.
Si en el último programa hablamos de las dos cabezas de su suegro Jaime I, en éste toca hablar las dos tumbas de Alfonso X.
Extraídas sus vísceras para llevarlas a Murcia dejaron el corazón al adelantado Mayor del Reino para que se encargase de custodiarlo hasta que los Templarios organizasen una expedición a Jerusalén.
Pero eso no ocurrió nunca.
Y seguramente, ante la imposibilidad de cumplir el último deseo del fallecido, decidieron depositarlo junto al resto de sus órganos en la Capilla que llamaban Santa María la Real de Murcia.
En el siglo XV el concejo murciano los traspasó a la recién inaugurada Catedral, donde el corazón de Sabio aún espera su viaje a Jerusalén.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 56.
De Tudmir a Oriola LVII.

En esta entrega presentamos a uno de los monarcas más breves de la Corona de Aragón.
Un rey que, ante la dificultad para ampliar sus dominios en la península, volvió la vista hacia el Mediterráneo.
Aunque reinó solo nueve años Pedro III consiguió pasar a la historia como Pere «el grande».
Dice el cronista Ramón Muntaner que no era ángel, ni demonio, sino hombre, el hombre que había nacido con más gracias después de Jesucristo.
Fue tan famoso en su tiempo que hasta Dante y el propio Shakespeare se inspiraron en él como el ejemplo de caballero.
El infante Pedro nació en Valencia, como primer varón del matrimonio entre Jaime I y su segunda esposa, Violante de Hungría.
No fue el primogénito. Pero la muerte sin descendencia de su hermanastro Alfonso le llevo directo al trono.
Mucho antes había demostrado sobradamente su capacidad guerrera.
Dotado de gran corpulencia física y educado por nobles en su mayoría catalanes, fue bien adiestrado en el manejo de las armas, especialmente en la maza.
Imprudente ante el peligro, resistente a las inclemencias del tiempo, peleaba hombro con hombro con sus almogávares sin dar tregua al adversario, con juicio, con arrojo y osadía.
Estamos probablemente ante el verdadero liberador de los asediados en el castillo de Orihuela durante la primera revuelta mudéjar.
Acuartelado en el castillo de Biar, Pedro y sus almogávares prepararon el terreno mientras a Jaime I reunía al ejército, abasteciendo a los sitiados y reforzando las defensas.
En una de sus violentas incursiones que se alargó durante un mes, llegó hasta Monteagudo, en las mismas puertas de la capital, talando y arrasando las huertas, hostigando a los sublevados para facilitar el posterior paseo triunfal de su padre hasta Orihuela.
Heredero de Aragón, Cataluña y Valencia, Pedro III se coronó en Zaragoza a la edad de 36 años, rechazando el vasallaje al Papa.
Y en apenas cuatro, logró solventar los problemas internos heredados de su padre con los nobles y con los musulmanes de Valencia, en la segunda revuelta mudéjar.
En aquella campaña encabezó también a sus tropas, enfundado en su armadura, alimentando el mito del héroe caballeresco.
Tampoco se le dieron mal los asuntos políticos. Con diecisiete años era ya procurador general de Cataluña.
Además conocía palmo a palmo sus reinos y también a sus cuñados, el rey de Castilla Alfonso X; y el rey de Francia Felipe III, viudo de su hermana Isabel.
Para colmo su boda con Constanza de Sicilia, nieta del emperador Federico II, supuso el acercamiento de la dinastía aragonesa al Sacro Imperio Romano Germánico.
Fallecido su padre y controlado la mayoría del territorio Pedro firmó una tregua con los mudéjares que resistían en los lugares bien fortificados, terrenos montañosos con escasos asentamientos cristianos.
Rápidamente eliminó el sistema de pequeñas guarniciones a sueldo, implantando nuevos asentamientos estables, colonos con sus familias a los que entregó tierras cerca de los castillos que debían defender.
Aquella fue la última revuelta.
Tras su reinado los mudéjares acabaron integrándose en la economía señorial, perdiendo sus recursos económicos, su condición jurídica, su libertad religiosa y su valoración social.
La rica cultura acuñada durante siglos desapareció de un plumazo.
A partir de este momento los musulmanes hispanos pasaron a ser instrumentos de trabajo acosados por el clero y el pueblo, cuya única ambición era ya la subsistencia.
Durante aquella revuelta muchos fueron esclavizados legalmente como castigo; pero también proliferaron los secuestros del mudéjar que permanecía trabajando su tierra o cuidando el ganado pacíficamente.
Trasladados a Valencia, a Ibiza o a Castilla, acabaron vendidos como esclavos.
En 1282 el famoso suceso conocido como «Las vísperas sicilianas» abrió el Mediterráneo a la expansión de la Corona de Aragón.
El matrimonio de Pedro con la hija de Manfredo de Sicilia, puso en bandeja el trono de la isla, sometido por los franceses con ayuda de Roma.
Desde Corleone a Messina, los sicilianos habían pasado a cuchillo a las tropas de Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia; una rebelión en la que miles de soldados fueron masacrados en toda la isla.
Poco después, temiendo la represalia y sin otro recurso al que acudir, los sicilianos ofrecieron la Corona de la isla al famoso rey Pedro, que en esos momentos guerreaba con sus almogávares en las costas de Túnez.
Aragón era una potencia de segundo orden, y los rebeldes habían acudido a Pedro con poca convicción.
Pero cuando vieron llegar a sus salvadores quedaron estupefactos: la avanzadilla aragonesa estaba compuesta por almogávares: unos tipos mal vestidos, desgreñados y roñosos, calzados con simples abarcas, mal armados, sin escudos, con la piel quemada por el sol de Túnez.
¿Estos eran los soldados de Aragón que se iban a enfrentar al poderoso ejército francés?
Pronto cambiaron de opinión.
Aquellas tropas superaban a las de Aragón en infantería y caballería, pero la estrategia de Pedro III rompió los esquemas de guerra tradicional.
La flota aragonesa derrotó primero a los navíos franceses controlando la costa.
Sus naves trasladaban rápidamente a los almogávares, que asestaban sangrientos ataques relámpago, muchas veces nocturnos.
Las costas del sur de Italia fueron pasto de las algaradas de los almogávares, masacrando a los franceses e incendiando sus naves.
Así el monarca aragonés tomó posesión de la llave del Mediterráneo.
Coronado en Palermo añadió a sus títulos de rey de Aragón, de Valencia y conde de Barcelona, el de rey de Sicilia.
El beneficio obtenido fue impresionante.
Aragón y sus mercaderes catalanes tenían el control del comercio en el Mediterráneo y acrecentaban su armada con la flota siciliana, al mando de uno de los mejores almirantes de la historia: Roger de Lauria.
El Papa no se cruzó de brazos ante la osadía de Pedro. De origen francés, el pontífice debía su cargo al rey de Francia y tras la coronación en Sicilia, Pedro quedó excomulgado.
Defender la isla contra Francia y contra Roma era todo un desafío; durante tres años los navíos sicilianos y catalanes, comandados por Lauria, vencieron a los franceses.
Este poderío naval era fruto de una importante ampliación de la flota aragonesa, pagada con una brutal subida de impuestos, sobre todo entre judíos y musulmanes.
Pedro tenía claro desde el principio que el futuro estaba en el Mediterráneo.
Sin la construcción de las galeras y el brillante papel del almirante de origen siciliano, Aragón habría perdido pronto su preciada isla.
El rey de Francia Felipe III «el atrevido» no se resignó; y decidió poner toda la carne en el asador invadiendo Cataluña.
Con la excomunión de Pedro la empresa pasó a ser una cruzada destinada a suplantar al hereje en el trono aragonés.
Aquella era una verdadera prueba de fuego para Pedro III: la nobleza aragonesa no estaba interesada en defender Cataluña; su hermano Jaime le traicionó con el pretexto de la excomunión, aunque lo cierto es había pactado con Francia a cambio del Reino de Valencia.
Castilla decidió no meterse en líos.
Y para colmo su flota seguía luchando en Sicilia.
Tras dura resistencia los franceses tomaron Gerona.
Pero con sus tropas diezmadas por una oportuna peste; y ante el regreso de la flota aragonesa, al francés no le quedó otra opción que pedir una tregua.
Pedro sólo le permitió cruzar los Pirineos con su escolta personal. Desde un alto en la montaña, vio pasar al rey de Francia derrotado y moribundo, que junto a unos pocos jinetes y caballeros, trataba de volver a casa. Luego destrozó lo que quedaba del ejército invasor.
Aquella peste acabó con la vida de Felipe III en Perpiñán. La victoria fue total.
Pedro III apenas pudo disfrutarla. Intentó castigar a los traidores, especialmente a su hermano Jaime II de Mallorca, aliado de los franceses; también a Sancho IV de Castilla, que había incumplido sus promesas de ayuda.
No olvidemos que guardaba un as en la manga.
Su hermana Violante, reina de Castilla le había confiado a sus nietos, Alfonso y Fernando, temiendo por sus vidas tras la proclamación del infante Sancho como sucesor al trono.
La posesión del Reino de Murcia, donde estaba nuestra Orihuela, seguía en el objetivo de la Corona de Aragón.
Pedro conservó en su poder a los infantes de la Cerda, una poderosa herramienta para desestabilizar Castilla.
Apenas un mes después su repentina muerte, cuya causa no quedó reflejada en las crónicas, dejó todo en suspenso.
Con casi todas sus metas alcanzadas Pedro III dejó Aragón en lo más alto de la escena internacional.
Dueño del Mediterráneo su figura pasó a ser un mito.
Tuvo cuatro varones y dos hijas; aparte de los múltiples bastardos que siguieron engrosando la nobleza en Aragón y en Sicilia: en eso se parecía a su padre.
Mallorca fue restituida a la Corona por su primogénito Alfonso.
El segundo hijo legítimo, de nombre Jaime, heredó la Corona de Aragón a la muerte de su hermano, iniciando la invasión que cambiaría el vasallaje de Orihuela.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 57.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
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Tud Or Cap. 55. Muerte de Jaume I.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López.
De Tudmir a Oriola LV.

Valencia, seis días antes de las calendas de agosto del año de Nuestro Señor de 1276.
Nuestro Señor nos ha favorecido muy particularmente en este mundo. Mucho más que a todos nuestros enemigos.
Ha permitido que reinase en su servicio más de sesenta años. No hay memoria de que los hubiese reinado ningún otro desde David o Salomón.
Renuncio al reino en favor de mi hijo Pedro instituyéndolo como mi heredero universal en todas nuestras tierras.
Le pido que sea devoto de la Santa Iglesia y se gane el afecto y el amor de sus súbditos.
Que ame y honre a su hermano carnal, el infante Jaime, a quien he determinado la herencia para evitar disputas.
Que continúe la guerra con vigor y que eche del reino a los moros que tan traidoramente se han comportado con Nos repetidamente.
Ordeno a Jaime que ame a Pedro y le obedezca como hermano mayor.
Pido ser enterrado de momento en Santa María de Alcira o de Valencia.
Y, terminada la guerra, que nos conduzcan a Santa María del Poblet, donde dejamos ordenado que nos sepulten.
Y así el noble Jaime, por la gracia de Dios rey de Aragón, de Mallorca y de Valencia; conde de Barcelona, de Urgel y señor de Mompelier; falleció en la ciudad de Valencia en el verano de 1276, treinta y siete años después de haberla conquistado.
Tenía setenta y un años cumplidos. Como él mismo dejó escrito, nunca hasta entonces otro monarca había permanecido sesenta y tres en el trono.
Su hijo Pedro III heredó los reinos de Aragón y Valencia y los condados catalanes.
Jaime el reino de Mallorca y los territorios al otro lado de los Pirineos.
Alfonso, Fernando y Sancho habían muerto.
En cuanto a sus hijas, Violante casó con Alfonso X de Castilla; Constanza con su hermano, el infante don Manuel; Isabel con Felipe III de Francia.
Dos hijas más entraron en religión y otra murió como peregrina en Tierra Santa.
Estos fueron sus hijos legítimos.
Este personaje de considerable estatura, cabello rubio, blanco de cutis, hermosos dientes, finas y largas manos, fue siempre un hombre de muchas mujeres, sobre todo tras la muerte de Violante, su segunda esposa.
Su carrera de amoríos produjo una colección bastardos reales que dieron origen a algunas de las más importantes casas nobiliarias de Aragón y Valencia.
Durante su reinado normalizó el Derecho y convirtió las Cortes en una institución que aglutinaba su comunidad de territorios.
Para valencianos y mallorquines Jaime I lo fue todo.
El conquistador de nuestro territorio para crear un nuevo reino asociado a su Corona.
El gran rey, el fundador, el mito histórico, el creador de nuestras señas de identidad y de los fueros e instituciones.
En cambio, para la nobleza aragonesa y catalana, fue un rey menos popular.
Jaime I demostró mucho carácter y una fuerte personalidad para enfrentarse toda su vida a unos nobles que nunca dejaron de intentar someterlo.
Su reinado fue un pulso constante contra ellos y así lo dejó reflejado en esa gran obra que es su Libro de los hechos, la primera gran crónica medieval escrita o, mejor dicho, dictada por un rey con estilo autobiográfico.
En Aragón y Cataluña no gustó la creación de los nuevos reinos de Valencia y Mallorca, fragmentando la Corona, que quedo así formada por cuatro estados bajo la soberanía de un mismo rey.
Para rematar la faena, al delimitar sus territorios creo grandes problemas con el trazado de la frontera entre aragoneses y catalanes, provocando el enfrentamiento entre dos pueblos que llevaban un siglo conviviendo juntos.
Por otro lado, sus pactos con Francia y Castilla sellaron cualquier posibilidad de seguir conquistando territorios.
Firmó con San Luis de Francia el tratado de Corbeil en el que, a cambio de unos débiles derechos sobre los condados catalanes, renunció dócilmente a las posesiones del otro lado de los Pirineos, donde era verdadero señor natural.
Unos derechos que se remontaban a los tiempos de Carlomagno.
Como prenda de la nueva amistad entregó a la infanta Isabel, que casó con Felipe, hijo y heredero del trono francés, cediendo a su hija territorios que pasaron a Francia.
Así puso fin a la expansión de la Corona de Aragón al otro lado de los Pirineos.
Algo parecido hizo al Sur.
Gracias al tratado de Almizra firmado con su yerno, el futuro Alfonso X, las tierras por debajo de Biar quedaron reservadas a los castellanos.
Tras el reinado del Conquistador la Corona de Aragón no tuvo otra opción que montar a los almogávares en barcos y lanzarlos a la conquista del Mediterráneo.
A los dos años de su muerte, una vez controlada la segunda revuelta mudéjar, Pedro III cumplió la última voluntad de su padre trasladando los restos de Valencia al monasterio de Poblet, en Tarragona, donde fue sepultado con el hábito del cister.
En la actualidad en Poblet descansan los huesos de un hombre muy alto, con dos cráneos.
Sí habéis oído bien, en la tumba de Jaime I hay un esqueleto que probablemente sea el suyo, pero que tiene dos cabezas.
Esta bicefalia tiene su explicación.
El conquistador descansó tranquilo en su tumba cerca de seiscientos años, hasta la desamortización de Mendizábal, en el siglo XIX.
Abandonado el monasterio, las tumbas de la realeza y nobleza aragonesa fueron profanadas en busca de tesoros.
Los huesos de reyes y nobles quedaron dispersos en un macabro puzzle hasta que un párroco los recogió en sacos y los guardó en su sacristía.
En el año 1844 la recién creada Comisión de Monumentos de la provincia de Tarragona se hizo cargo de las ruinas del monasterio de Poblet y trataron de recuperar los restos de los monarcas aragoneses.
Los huesos mezclados fueron enviados en cajas a la catedral de Tarragona.
¿Cuáles serían los de Jaime?
Escogieron el esqueleto que destacaba por su tamaño, recordando las palabras del cronista Desclot: «un palmo más alto que los más altos de su tiempo».
Además, esos huesos conservaban lo que parecían ser los restos de un hábito del Cister.
Blanco y en botella.
Con estas referencias nadie puso en duda que aquel era el cuerpo de Jaime I el Conquistador.
Pero asignarle la cabeza fue algo más difícil.
Recordando la famosa herida de flecha, aquella punta que atravesó su yelmo durante el asedio de Valencia, escogieron una calavera que mostraba un agujero.
Mientras preparaban una tumba digna al personaje la ciudad de Tarragona se encargó de velar sus restos y los expusieron al público durante algún tiempo.
Valencia los reclamó como su rey fundador.
Pero Tarragona tenía su propio proyecto.
El monasterio de Poblet fue reconstruido; y cuando volvieron los monjes se decidió trasladar allí de nuevo los huesos de los Reyes de la Corona de Aragón.
Eran los años cincuenta y Franco, en plena exaltación patriótica organizó una espectacular ceremonia funeraria.
En Poblet los expertos destaparon la momia de Jaime I y se fijaron en la enorme brecha que presentaba el cráneo allí colocado.
Una vez analizada determinaron que esa herida tan grande no podía ser consecuencia de una flecha de ballesta después de atravesar un yelmo.
Es más, con un agujero de ese tamaño, el sujeto habría muerto en el acto.
Y Jaime sanó de aquella herida. Rebuscaron entre los cráneos restantes hasta encontrar otro que conservaba una herida más pequeña; justo en la sien; una brecha leve que sí podría haber cicatrizado en vida.
Y así decidieron que esa era la verdadera cabeza del Conquistador.
¿Qué hicieron con la otra?
No se atrevieron a retirarla y dejaron las dos.
Allí sigue con dos cabezas y un cuerpo desde hace más de medio siglo; esperando las pruebas del ADN.
¿Y si lo analizan y resulta que los huesos perteneces a un noble aragonés, o a cualquier monje muy alto enterrado en Poblet?
Mejor seguir en la duda.
Por mi parte voy a despedir al fundador de nuestro reino y uno de los protagonistas de esta serie con los versos que Lope de Vega le dedicó:
De los moros la arrogancia / sujeta a mis plantas vi / tres reinas tienen por mí / Portugal, Castilla y Francia.
Gané Mallorca y Valencia / ganara la Casa Santa / si el tiempo, con furia tanta / no me hiciera resistencia.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 55.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
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