
De Tudmir a Oriola XXIII.

El medio siglo que transcurrió entre la muerte de Mardanis «rey Lobo» y el alzamiento general contra los almohades, cuya mecha prendió precisamente en Mursya, es un periodo oscuro del que apenas tenemos noticias regionales y mucho menos locales.
Como provincia almohade los cronistas árabes unieron su historia a la de la península sin concretar detalles.
Aun así, podemos afirmar que, perdiendo su independencia política, la región gozó de una relativa paz.
Eso no significa que estuviese libre de las algaradas cristianas en las fronteras y de algún levantamiento local.
Mursya y Uryula siguieron progresando económica y culturalmente; como demuestran los numerosos restos arqueológicos encontrados.
También el gran número de sabios, literatos y juristas murcianos de aquella época que aparecen en los repertorios biográficos, un género literario tradicional en el mundo musulmán que se ocupaba de contar la vida y obra de los personajes más destacados.
Durante el último cuarto del siglo XII los almohades alcanzaron su apogeo político y económico.
Abu Yacub Yusuf, conocido como Yusuf I, continuó la tarea emprendida por su padre, el primer califa almohade.
Yusuf era un hombre muy culto educado en Sevilla. Y en dicha ciudad fue gobernador con tan solo dieciséis años.
El joven príncipe beréber amaba las artes y las letras, rodeándose de literatos, filósofos y hombres de ciencia entre los que destacó especialmente el famoso Averroes.
En 1171 se estableció en su amada Sevilla, donde instaló su cuartel general en la península.
Demostró gran inteligencia política casándose con una hija del «rey Lobo» y comprando la lealtad de todos sus familiares, a los que permitió desempeñar importantes cargos en los mismos territorios que antes ocupaban.
Así logró una transición pacífica y una fácil integración de la región en el estado almohade.
Tras un éxito relativo en sus campañas por Andalucía consiguió una tregua con los reyes cristianos y se dedicó a embellecer Sevilla hasta que tuvo que volver a Marrakech para hacer frente a una sublevación.
Fruto de su amor por esta ciudad fue el comienzo de la famosa Giralda, alminar sin parigual en ninguna de las mezquitas de Al Ándalus.
Mientras reprimía a los insurrectos africanos comenzó a recibir noticias alarmantes de la península: los reinos cristianos se habían aliado para acosar sus territorios hispanos.
Sin pensárselo dos veces, preparó un gran ejército con el que desembarcó en Algeciras.
En Sevilla se le unieron las tropas peninsulares, entre las que había contingentes reclutados en Mursya y parte de los cuales salieron de Uryula.
Desde allí se dirigió al corazón de Portugal poniendo sitio a la estratégica plaza de Santarem.
En una de las crónicas quedo reflejado un dato curioso: durante el asedio, tropas murcianas hicieron una incursión para alimentar a las mulas y fueron atacados por los cristianos, perdiendo las cincuenta acémilas.
Apoyados por tropas de León, los portugueses resistieron; y en el desordenado repliegue, el califa fue gravemente herido falleciendo poco después.
Su muerte se mantuvo en secreto hasta que volvieron Sevilla; donde su hijo fue proclamado sucesor en el año 1184.

Mientras tanto en Aragón, como ya contamos en el capítulo anterior, Alfonso II heredó todos los derechos de su padre y de los antepasados de su madre.
Al ser reconocido por Roma quedó enterrado definitivamente el complejo testamento del Batallador a favor de las órdenes militares.
Unidos por la corona, Aragón y los condados catalanes fueron eliminando sus fronteras interiores a la vez que acentuaban sus diferentes personalidades.
La frontera del reino había bajado en dirección a Castellón y Teruel.
Esta última plaza, fundada y fuertemente fortificada por Alfonso II, se convirtió en su punta de lanza y se fue poblando rápidamente gracias a un fuero especial muy ventajoso.
Siguiendo los dictados del Papa, los reinos de León, Castilla y Aragón pactaron para hacer frente a los Almohades, atacando simultáneamente en todos los frentes.
Fruto de esta alianza fue la importante conquista de Cuenca en 1177 por parte de Castilla, un enclave estratégico muy reforzado por los almohades que fue sitiado y atacado con catapultas.
El propio rey de Aragón participó personalmente en esta campaña exhibiendo por primera vez las barras de Aragón.
La Crónica de San Juan de la Peña lo refiere así : «mudó las armas y señales de Aragón y prendió bastones».
Hasta su reinado no hay constancia de los signos o emblemas que los reyes de Aragón utilizaban en el campo de batalla. Lo más lógico es que fuese la enseña de Cristo, una simple cruz.
¿Quién fue el primer rey que usó las barras rojas y amarillas?
En heráldica se nombran como palos de gules iguales entre sí sobre campo de oro.
La referencia más antigua son unos sellos de Ramón Berenguer IV, cuando ya era Príncipe de Aragón y conde de Barcelona.
Lo que está claro es que esas barras no representaban a ningún territorio. Eran el distintivo de una familia; en este caso la Casa Real aragonesa. Fue mucho después cuando quedó escrito:
«No pienso que galera, bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, ni tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».
La historia y la cultura son los elementos que forman la identidad de un pueblo. Y el prestigio de esas barras lo ganaron aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos.
Por lo tanto son un símbolo que pertenece a todos lo que una vez formaron parte de la corona de Aragón, por mucho que se empeñen los catalanes en inventar fantásticas leyendas para apropiárselas.
Alfonso fue un gran aficionado a leer y escribir poesía, especialmente de cortejo, lo que le valió el apodo de «el trovador».
Este mote regio no guarda mucha relación con el que le otorgaron siglos después, por no haber dejado hijos bastardos: «el casto».
Consolidó la presencia aragonesa en Occitania como actor principal y aliado del rey de Inglaterra.
Retiró su vasallaje al emperador apoyando al Papa.
Trató sin éxito de recuperar Navarra y participó en la lucha contra los almohades.
Falleció en Perpiñán en el año 1196, dejando tres varones y tres hembras.

El tercer califa almohade Abu Yusuf Yaqub, conocido como Yusuf II, subió al trono tras la muerte de su padre.
Tanto en África, contra una rama de los Almorávides que había sobrevivido en las Baleares, como en la península, batallando contra los reinos cristianos, demostró grandes dotes para la guerra.
Logró conjurar las amenazas al califato con brillantes y efímeros triunfos militares, adoptando el sobrenombre de Al-Mansur, «el victorioso».
Continuó la obra constructiva de su padre, culminando la Giralda.Y tuvo que bregar con los fundamentalistas religiosos que veían una amenaza en las ideas filosóficas.
Presionado por los teólogos optó por deshacerse de ellos y sus escritos ardieron en las plazas públicas.
Entre ellos estaba Averroes, quien fue desterrado y sus obras quedaron prohibidas.
En lo político pactó treguas con Castilla, con León y Portugal. Pero esas treguas siempre fueron el preludio de nuevas guerras.
En 1195 volvió a la península para enfrentarse con Alfonso VIII de Castilla, al que derrotó en la famosa batalla de Alarcos, al norte de Córdoba.
El califa entró triunfal en Sevilla, donde celebró su victoria.
Con esta hazaña consiguió un gran prestigio que dio esperanzas a los musulmanes hispanos.
Por el contrario la derrota de Alarcos supuso un duro golpe para los reinos cristianos cuyas fronteras volvieron a las riberas del Tajo.
Pero de aquella larga campaña andalusí regresó enfermo a Marraquech. Y desde allí volvió a llamar a Averroes, revocando su condena.
El famoso médico y filósofo falleció en la corte a finales de 1198.
Yusuf II poco después, en 1199.
Su muerte dio comienzo a la irremediable decadencia del imperio almohade.
Y así terminamos el siglo XII.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 23.
De Tudmir a Oriola XXIV.

El primer cuarto del siglo XIII trajo la decadencia del imperio almohade.
Sin embargo, la centuria no pudo comenzar más favorable para los africanos con Al-Ándalus unificado y un califa fortalecido por las victorias al otro lado del estrecho.
De Uryula seguimos sin datos.
De la región solo tenemos la participación de contingentes murcianos en las batallas y los cada vez más frecuentes cambios en su gobierno.
Aquellos dirigentes locales heredados del «rey Lobo» fueron sustituidos por los saydes o señores almohades, familiares del califa que formaban el armazón del imperio.
Pero también fueron el vivero para futuros alzamientos y luchas dinásticas.
La primera traición documentada ocurrió en Mursya a finales del siglo XII, todavía en vida de Yusuf II.
Aprovechando su regreso a Marruecos para luchar contra los almorávides, uno de sus hermanos intentó rebelarse con ayuda de su tío.
Era gobernador de Mursya, corrupto y ladrón a decir de las crónicas.
Cuando las autoridades religiosas se opusieron a sus propósitos asesinó al anciano cadí murciano propinándole un fuerte golpe en el pecho con la empuñadura de su espada.
Aquello no pasó de una intentona. Y cuando las noticias llegaron al Califa, tío y sobrino fueron apresados, juzgados y ejecutados en Marruecos.
Abu Abdálá Muhammad Al Nasir, cuarto califa Almohade, sucedió a su padre con solo diecisiete años.
En las crónicas cristianas lo llamaron «el Miramamolín», versión romance de su título: Amir al Muminín «el príncipe de los creyentes».
La victoria de su padre en la batalla de Alarcos marcó el devenir de Al-Ándalus durante varios años con la temible potencia militar castellana desarbolada.
A diferencia de los almohades que disponían de un inmenso vivero de hombres en África, Castilla reclutaba las mesnadas en sus territorios, por lo que necesitó una nueva generación de hombres para recuperar su esplendor militar.
El frente común contra el sarraceno se había roto y el califa pactaba treguas individuales con los diferentes reinos.
Las viejas disputas territoriales volvieron: acercamientos, alianzas, rupturas….
Pedro II de Aragón renovó sus pactos con Castilla y juntos golpearon a Navarra.
En aquella campaña, los castellanos le arrebataron el actual país vasco, abriéndose paso al Cantábrico.
Cada rey buscaba su espacio a costa del reino vecino, todos contra todos.
Los almohades no avanzaron más en la península.
Poco a poco relajaron sus costumbres y abandonaron la Guerra Santa. Se conformaban con hostigar las fronteras arrasando la repoblación emprendida años antes por los cristianos.
Fuera de estas cabalgadas y saqueos puntuales, su actividad bélica se concentró en África, donde obtuvieron varias victorias contra los descendientes almorávides, a los que arrebataron las Islas Baleares.
El cambio de siglo trajo también un nuevo papa inusualmente joven. Inocencio III buscó a toda costa la unión de fuerzas bajo el emblema de la cruz.
Las coronas cristianas debían buscar acuerdos.
La principal herramienta para sellar pactos entre cristianos topaba con el cercano parentesco y las consiguientes nulidades matrimoniales.
El ejemplo más claro fue el de Alfonso de León: casado con la hija del rey de Castilla.
Los demás monarcas denunciaron el enlace entre parientes y fue declarado nulo por Roma.
De aquel matrimonio frustrado nació un santo que unificó Castilla y León con el nombre de Fernando III, principal protagonista de las futuras conquistas cristianas.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Pedro II heredó el reino de Aragón y el condado de Barcelona. Por deseo de su padre la Provenza quedó en manos de su hermano Alfonso.
De elevada estatura y arrogante presencia era señor feudal de buena parte del sur de Francia. Y pronto aumentó sus territorios al casarse con María, la única hija del señor de Montpellier.
Ambos esposos se odiaban. Pero de este matrimonio nació Jaime I, el futuro rey «Conquistador».
Las cuestiones del otro lado de los Pirineos monopolizaron buena parte de su reinado.
Pedro II fue el primer rey aragonés coronado en Roma. El mismo año de su boda su esposa pagó el viaje para que el propio Papa le impusiese la corona.
De esta forma se declaraba vasallo de San Pedro, lo que le valió el apodo de «el católico».
Durante estos primeros años reafirmo la amistad con Castilla, acometiendo juntos la campaña contra Navarra y fijando definitivamente las fronteras entre ambos reinos.
Pronto se vio involucrado en un largo período de hostilidades que estallaron a comienzos de siglo con la herejía de los cátaros.
Sus compromisos señoriales tras los Pirineos le obligaron a enfrentarse al mismo Papa que le había coronado.
En 1208 se inició la cruzada contra la secta de los puros y Pedro acudió en ayuda de sus vasallos, solucionando temporalmente la situación de manera diplomática.
En aquellos territorios del sur de Francia se libraban demasiados conflictos que no tenemos tiempo de explicar aquí.
Dos años después, desde las islas Baleares, una flota almohade saqueó duramente las costas catalanas provocando la reacción de Pedro II.
El monarca aragonés reclutó un poderoso ejército a base de préstamos y atacó el territorio valenciano. En la campaña se hizo con Ademuz y otras plazas.
El agravamiento de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos le impidió continuar sus conquistas en el Levante.
En enero de 1211 asistió a la conferencia de Narbona para tratar de conciliar a los condes occitanos con la Santa Sede.
Allí fue donde Simón de Montfort, noble francés que lideraba la cruzada contra los cátaros le propuso casar a su hija con el príncipe de Aragón.
Este matrimonio no llegó a celebrarse. Pero el futuro Jaime I, todavía muy niño, quedó en poder de Montfort como rehén.
Pedro regresó a Aragón y en pocos meses su ejército comenzó a prepararse para ayudar a Castilla en otra Cruzada contra el «Miramamolín».
Castilla se había recuperado militarmente y mantenía tregua con los almohades.
Pero sus obispos, por orden de Roma, incitaron a la población para atacar al moro.
Huestes de las ciudades castellanas comenzaron a presionar en las fronteras.
Su rey estaba por la labor aunque romper la tregua era arriesgarse a que sus vecinos aprovechasen la ocasión para apuñalarle por la espalda.
Había una solución: ofrecerse al Papa para liderar una cruzada en Hispania. De esta forma ningún cristiano podría atacarle sin ser excomulgado.
Así, protegida su retaguardia por Roma, Castilla se lanzó contra los almohades.
El airado califa cruzó el estrecho con un inmenso ejército dispuesto a dar otra lección a los infieles.
Concentró sus fuerzas en Sevilla y desde allí asestó un golpe certero en el Castillo de Salvatierra, el camino hacia el norte, una plaza estratégica defendida por la orden de Santiago.
La noticia corrió por Europa: el más poderoso soberano del Islam amenazaba a toda la cristiandad.
Por fin el Papa proclamó la cruzada hispana. Miles de combatientes atravesaron los Pirineos: francos, alemanes, italianos…
El pontífice ofrecía la remisión de sus pecados por combatir a los enemigos de la fe.
El futuro de la cristiandad parecía decidirse cerca de Sierra Morena, en 1212.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 24.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.

