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Tud Or Cap. 55. Muerte de Jaume I.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López.
De Tudmir a Oriola LV.

Valencia, seis días antes de las calendas de agosto del año de Nuestro Señor de 1276.
Nuestro Señor nos ha favorecido muy particularmente en este mundo. Mucho más que a todos nuestros enemigos.
Ha permitido que reinase en su servicio más de sesenta años. No hay memoria de que los hubiese reinado ningún otro desde David o Salomón.
Renuncio al reino en favor de mi hijo Pedro instituyéndolo como mi heredero universal en todas nuestras tierras.
Le pido que sea devoto de la Santa Iglesia y se gane el afecto y el amor de sus súbditos.
Que ame y honre a su hermano carnal, el infante Jaime, a quien he determinado la herencia para evitar disputas.
Que continúe la guerra con vigor y que eche del reino a los moros que tan traidoramente se han comportado con Nos repetidamente.
Ordeno a Jaime que ame a Pedro y le obedezca como hermano mayor.
Pido ser enterrado de momento en Santa María de Alcira o de Valencia.
Y, terminada la guerra, que nos conduzcan a Santa María del Poblet, donde dejamos ordenado que nos sepulten.
Y así el noble Jaime, por la gracia de Dios rey de Aragón, de Mallorca y de Valencia; conde de Barcelona, de Urgel y señor de Mompelier; falleció en la ciudad de Valencia en el verano de 1276, treinta y siete años después de haberla conquistado.
Tenía setenta y un años cumplidos. Como él mismo dejó escrito, nunca hasta entonces otro monarca había permanecido sesenta y tres en el trono.
Su hijo Pedro III heredó los reinos de Aragón y Valencia y los condados catalanes.
Jaime el reino de Mallorca y los territorios al otro lado de los Pirineos.
Alfonso, Fernando y Sancho habían muerto.
En cuanto a sus hijas, Violante casó con Alfonso X de Castilla; Constanza con su hermano, el infante don Manuel; Isabel con Felipe III de Francia.
Dos hijas más entraron en religión y otra murió como peregrina en Tierra Santa.
Estos fueron sus hijos legítimos.
Este personaje de considerable estatura, cabello rubio, blanco de cutis, hermosos dientes, finas y largas manos, fue siempre un hombre de muchas mujeres, sobre todo tras la muerte de Violante, su segunda esposa.
Su carrera de amoríos produjo una colección bastardos reales que dieron origen a algunas de las más importantes casas nobiliarias de Aragón y Valencia.
Durante su reinado normalizó el Derecho y convirtió las Cortes en una institución que aglutinaba su comunidad de territorios.
Para valencianos y mallorquines Jaime I lo fue todo.
El conquistador de nuestro territorio para crear un nuevo reino asociado a su Corona.
El gran rey, el fundador, el mito histórico, el creador de nuestras señas de identidad y de los fueros e instituciones.
En cambio, para la nobleza aragonesa y catalana, fue un rey menos popular.
Jaime I demostró mucho carácter y una fuerte personalidad para enfrentarse toda su vida a unos nobles que nunca dejaron de intentar someterlo.
Su reinado fue un pulso constante contra ellos y así lo dejó reflejado en esa gran obra que es su Libro de los hechos, la primera gran crónica medieval escrita o, mejor dicho, dictada por un rey con estilo autobiográfico.
En Aragón y Cataluña no gustó la creación de los nuevos reinos de Valencia y Mallorca, fragmentando la Corona, que quedo así formada por cuatro estados bajo la soberanía de un mismo rey.
Para rematar la faena, al delimitar sus territorios creo grandes problemas con el trazado de la frontera entre aragoneses y catalanes, provocando el enfrentamiento entre dos pueblos que llevaban un siglo conviviendo juntos.
Por otro lado, sus pactos con Francia y Castilla sellaron cualquier posibilidad de seguir conquistando territorios.
Firmó con San Luis de Francia el tratado de Corbeil en el que, a cambio de unos débiles derechos sobre los condados catalanes, renunció dócilmente a las posesiones del otro lado de los Pirineos, donde era verdadero señor natural.
Unos derechos que se remontaban a los tiempos de Carlomagno.
Como prenda de la nueva amistad entregó a la infanta Isabel, que casó con Felipe, hijo y heredero del trono francés, cediendo a su hija territorios que pasaron a Francia.
Así puso fin a la expansión de la Corona de Aragón al otro lado de los Pirineos.
Algo parecido hizo al Sur.
Gracias al tratado de Almizra firmado con su yerno, el futuro Alfonso X, las tierras por debajo de Biar quedaron reservadas a los castellanos.
Tras el reinado del Conquistador la Corona de Aragón no tuvo otra opción que montar a los almogávares en barcos y lanzarlos a la conquista del Mediterráneo.
A los dos años de su muerte, una vez controlada la segunda revuelta mudéjar, Pedro III cumplió la última voluntad de su padre trasladando los restos de Valencia al monasterio de Poblet, en Tarragona, donde fue sepultado con el hábito del cister.
En la actualidad en Poblet descansan los huesos de un hombre muy alto, con dos cráneos.
Sí habéis oído bien, en la tumba de Jaime I hay un esqueleto que probablemente sea el suyo, pero que tiene dos cabezas.
Esta bicefalia tiene su explicación.
El conquistador descansó tranquilo en su tumba cerca de seiscientos años, hasta la desamortización de Mendizábal, en el siglo XIX.
Abandonado el monasterio, las tumbas de la realeza y nobleza aragonesa fueron profanadas en busca de tesoros.
Los huesos de reyes y nobles quedaron dispersos en un macabro puzzle hasta que un párroco los recogió en sacos y los guardó en su sacristía.
En el año 1844 la recién creada Comisión de Monumentos de la provincia de Tarragona se hizo cargo de las ruinas del monasterio de Poblet y trataron de recuperar los restos de los monarcas aragoneses.
Los huesos mezclados fueron enviados en cajas a la catedral de Tarragona.
¿Cuáles serían los de Jaime?
Escogieron el esqueleto que destacaba por su tamaño, recordando las palabras del cronista Desclot: «un palmo más alto que los más altos de su tiempo».
Además, esos huesos conservaban lo que parecían ser los restos de un hábito del Cister.
Blanco y en botella.
Con estas referencias nadie puso en duda que aquel era el cuerpo de Jaime I el Conquistador.
Pero asignarle la cabeza fue algo más difícil.
Recordando la famosa herida de flecha, aquella punta que atravesó su yelmo durante el asedio de Valencia, escogieron una calavera que mostraba un agujero.
Mientras preparaban una tumba digna al personaje la ciudad de Tarragona se encargó de velar sus restos y los expusieron al público durante algún tiempo.
Valencia los reclamó como su rey fundador.
Pero Tarragona tenía su propio proyecto.
El monasterio de Poblet fue reconstruido; y cuando volvieron los monjes se decidió trasladar allí de nuevo los huesos de los Reyes de la Corona de Aragón.
Eran los años cincuenta y Franco, en plena exaltación patriótica organizó una espectacular ceremonia funeraria.
En Poblet los expertos destaparon la momia de Jaime I y se fijaron en la enorme brecha que presentaba el cráneo allí colocado.
Una vez analizada determinaron que esa herida tan grande no podía ser consecuencia de una flecha de ballesta después de atravesar un yelmo.
Es más, con un agujero de ese tamaño, el sujeto habría muerto en el acto.
Y Jaime sanó de aquella herida. Rebuscaron entre los cráneos restantes hasta encontrar otro que conservaba una herida más pequeña; justo en la sien; una brecha leve que sí podría haber cicatrizado en vida.
Y así decidieron que esa era la verdadera cabeza del Conquistador.
¿Qué hicieron con la otra?
No se atrevieron a retirarla y dejaron las dos.
Allí sigue con dos cabezas y un cuerpo desde hace más de medio siglo; esperando las pruebas del ADN.
¿Y si lo analizan y resulta que los huesos perteneces a un noble aragonés, o a cualquier monje muy alto enterrado en Poblet?
Mejor seguir en la duda.
Por mi parte voy a despedir al fundador de nuestro reino y uno de los protagonistas de esta serie con los versos que Lope de Vega le dedicó:
De los moros la arrogancia / sujeta a mis plantas vi / tres reinas tienen por mí / Portugal, Castilla y Francia.
Gané Mallorca y Valencia / ganara la Casa Santa / si el tiempo, con furia tanta / no me hiciera resistencia.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 55.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
Tud Or Cap. 53/54. Resumen.

De Tudmir a Oriola LIII.

Resumen.
Comenzamos esta publicación a mediados del siglo octavo, cuando Tudmir, con capital en Aurariola abarcaba las actuales provincias de Alicante, Murcia, parte de Albacete y un trozo de Almería.
Una especie de protectorado cristiano fruto del pacto firmado por el noble visigodo Teodomiro con Abdelaziz, hijo de Musa, gobernador en Mauritania y promotor de la invasión de la península.
Estos acuerdos con los invasores garantizaban la seguridad, las propiedades y las costumbres religiosas a cambio de sumisión y tributos.
Además, Teodomiro casó a su hija con un noble sirio dando lugar a una poderosa familia que perduró durante siglos en Murcia.
Con la llegada del primer Abderramán el principado cristiano fue totalmente inviable pasando a ser una provincia o cora del emirato cordobés, un territorio al que los geógrafos árabes dieron el nombre del legendario godo.
En la Cora de Tudmir se fueron asentando clanes de mayoría yemení junto a grupos de bereberes en las zonas montañosas.
Los cristianos residentes, llamados mozárabes, acabaron en los arrabales o convertidos al Islam.
Así comenzó el periodo conocido como Emirato.
En el verano del 825 el segundo Abderramán fundó una nueva ciudad que acogió la administración civil y militar.
Esa ciudad era Mursya, la nueva capital de la Cora o provincia, sustituyendo a Aurariola que pasó a llamarse Uryula.
A mediados del siglo IX los normandos bordearon el sur de la península y doblando el Cabo de Gata llegaron a Tudmir.
Sin defensas en la costa, remontaron el Segura y cayeron por sorpresa sobre Uryula, penetrando en la primitiva ciudadela amurallada.
El incendio y saqueo supuso un duro golpe para una ciudad en decadencia tras perder la capitalidad.
En el siglo X el tercer Abderramán, octavo emir de Córdoba, pacificó un territorio que ardía por los cuatro costados y conquistó la robusta fortificación de Uryula.
Su proclamación como Califa independiente dio inicio al periodo llamado Califato.
Almanzor llevó el Califato a lo más alto.
Tras su muerte y la de sus hijos, el estado andalusí estalló y sus fragmentos pasaron a manos de pequeños reyezuelos.
Eran las primeras taifas.
Durante el siglo XI la antigua cora de Tudmir se descompuso para siempre.
En las luchas internas Uryula fue asediada y conquistada varias veces.
Formó parte de la taifa de Almería, de la de Valencia y de la de Denia.
Luego fue sacudida por terremotos durante cerca de un año. Sus casas se derrumbaron y cayó la Mezquita mayor.
Más tarde fue el Cid Campeador quien asoló estas tierras dejando un reguero de muerte, miseria y desolación.
En el siglo XII llegó el huracán almorávide, expertos en construcciones militares.
Uryula ya contaba con un proto-castillo y una barbacana.
Los emblemáticos tres torreones que conservamos se los debemos a sus alarifes.
El dominio almorávide cayó tras una larga agonía y sus despojos quedaron repartidos entre los antiguos poderes locales que emergieron rápidamente, comenzando las segundas taifas, un periodo que se mantuvo hasta que los Almohades tomaron el control.
En nuestra región tuvieron que esperar veinticinco años, hasta la muerte del famoso rey Lobo de Murcia.
Al igual que el resto de su reino, nuestra Uryula fue mejorada sin quedar del todo claro que hizo el rey lobo y que debemos a los Almohades.
Lo cierto es que ese periodo se reforzó de nuevo el castillo, se construyó la torre de Embergoñes, la muralla que sube por la calle torreta y las torres conservadas en el museo.
También perfeccionaron los sistemas de regadío, creando nuevas acequias y norias.
En esta prosperidad la población se multiplicó ocupando la otra orilla del río en un nuevo arrabal formado en el camino de Cartagena: el futuro barrio de San Agustín.
Expulsados los Almohades en el siglo XIII llegaron las terceras taifas. Un periodo en el que Murcia tuvo gran protagonismo.
Uryula, ciudad de mediana importancia, fue descrita por los cronistas musulmanes como fortaleza muy bien defendida por un inexpugnable castillo y construida sobre el río blanco.
Sus muros estaban bañados por dicho río y se accedía a ella mediante un puente de barcas.
La vida era fácil rodeada de alquerías, de jardines y huertos.
En ella vivían comerciantes, artesanos, propietarios agrícolas, juristas, literatos, estudiosos del Corán. Gente cada vez más civilizada y urbana, con un creciente sentimiento nacionalista andalusí.
Las antiguas familias hispanas decidieron que era hora de librarse definitivamente de los almohades, como antes habían hecho con los almorávides.
Nuestra ciudad se fue uniendo a las diversas revoluciones que sacudieron el territorio pasando varias veces de Murcia a Valencia.
En el sur, un nuevo poder había surgido para mantenerse durante siglos.
La dinastía nazarí fundada por Muhamad I estableció el reino de Granada y comenzó a construir su nuevo palacio, la Alhambra.
En la primavera de 1239 Zayyan Ben Mardanis, humillado y expulsado de Valencia, fue proclamado en Murcia.
El gobernador de Uryula no aceptó al nuevo monarca y se declaró independiente.
Pertenecía a los Banu Isam, prestigiosa familia con suficiente influencia para seducir a muchos intelectuales exiliados.
Unos atrajeron a otros y así, poco a poco nuestra ciudad fue concentrando entre sus murallas a destacados juristas, literatos y científicos, gente con experiencia política durante la revolución anti-almohade.
Una nueva sublevación llevó al trono a Muhamad Aben Hud, que pasó a las crónicas cristianas como Abenhudiel.
Mientras Al- Ándalus se desangraba en guerras y anarquía, en Uryula se celebraban concurridas justas literarias y certámenes poéticos.
A este reducto cultural seguían acudiendo refugiados valencianos y murcianos que alabaron sus huertos, sus jardines, sus baños y su forma de vida.
Durante años, el Consejo de Isam o Wizara Isamiyya se mantuvo independiente de un anciano soberano sin proyecto político que pronto se entregó a Castilla.
Con la firma del pacto de Alcaraz en la primavera de 1243, los murcianos se convirtieron en vasallos de Castilla, que alcanzaba al fin su sueño de salir al Mediterráneo.
Terminadas las negociaciones el infante don Alfonso y su hueste entraron en la capital murciana el día uno de mayo.
Y desde aquel mismo verano su padre, Fernando III, comenzó a firmar como rey de Murcia.
Las huestes castellanas fueron penetrando en los castillos, dejando pendientes las plazas de Cartagena, Lorca y Mula, cuya situación y resistencia aconsejaban esperar a la primavera.
Uryula, que llevaba tiempo actuando por libre se resistió y tuvo que ser asediada, pero sin llegar al asalto.
Sometido todo el reino, comenzó el protectorado Castellano.
En Uryula, instalados los castellanos en la alcazaba, la ciudad continuó bajo la dirección de la Wizara Isamyya.
No hay constancia de ningún episodio bélico que le arrebatase el poder.
Poco a poco, aquel grupo de intelectuales fue emigrando.
En 1248 murió Ben Isam, el carismático gobernador que dio nombre al consejo de Uryula; pero este siguió funcionando encabezado por su hijo.
Las noticias sobre la Uryula musulmana desaparecen en 1250.
La rebelión mudéjar de 1264 fue una de las pruebas más duras que tuvo que soportar Alfonso X durante su reinado.
Orgulloso, hizo que su esposa Violante pidiese ayuda a su padre, Jaime I.
Cuando el rey de Aragón pudo reunir un ejército acudió sin dudarlo.
Entre la frontera valenciana y la capital de Murcia dos ciudades mantenían la bandera castellana gracias a sus reforzadas guarniciones: Alicante y Orihuela.
Estas fueron sus bases de operaciones.
A finales de 1265 el rey de Aragón había recuperado todo lo que su yerno había perdido desde Villena y Alicante hasta Orihuela, donde estableció la base de operaciones para el asedio a la capital.
Su entrada en Orihuela, en torno al 25 de noviembre, no fue una hazaña militar; encontró las puertas abiertas.
El propio monarca presumió en su crónica de haber llegado sin disparar una ballesta.
Así acabó el suplicio de unos defensores que aguantaron más de un año asediados en el castillo oriolano.
La heroica resistencia de aquel puñado de hombres, sin llegar a perder la plaza en ningún momento, fue recompensada con tierras, casas y solares.
Sus nombres quedaron registrados para siempre en los repartos con los siguientes conceptos: «los que se encerraron en el castillo», «los que acudieron en su ayuda» y «los que fueron cercados en la ciudad».
Como se acercaba la Navidad, aquel ejercito decidió pasar las fiestas en nuestra ciudad.
Tras las murallas oriolanas se concentró lo más selecto de la caballería cristiana.
Las navidades de 1265 deberían ser recordadas como una efeméride de la que hace poco se cumplieron 750 años sin pena ni gloria.
El treinta de enero de 1266 Jaime I entró en Murcia sofocando totalmente la rebelión.
El monarca, emocionado, bajo del caballo y puesto de rodillas besó la tierra dando gracias a Dios.
La incorporación a la Corona de Castilla provocó un brusco cambio de civilización en una ciudad construida y modelada, al gusto y manera de los musulmanes, a lo largo de cinco siglos.
El concejo comenzó a reunirse en la antigua mezquita aljama, convertida al culto cristiano como Iglesia del Salvador y Santa María.
La de Santas Justa y Rufina quedó situada en el barrio más poblado; un entorno en el que se mantuvo la zona de abastecimiento: carnicerías, pescaderías, la venta de hortalizas y leña, la lonja de contratación, etc.
El licenciado Francisco Cascales calcula que Jaime I dejó en nuestra ciudad a más de un millar de pobladores.
La organización y el idioma oficial, el de los documentos fue el castellano, generando una primitiva población bilingüe que mantuvo el catalán en el habla coloquial.
Cuando Jaime regresó al reino de Murcia a principios de 1274, su recibimiento fue apoteósico.
Aunque no pertenecía a su corona, muchos de los asentados en aquellas tierras, eran naturales de Aragón y Cataluña y lo consideraban su señor natural. Un año después llegaron terribles noticias.
Mientras Alfonso X, su yerno, había abandonado el reino en pos de un sueño imperial desoyendo sus consejos, los africanos habían desembarcado de nuevo en la península.
Corría el año 1275 y en él continuaremos en la próxima entrega.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 53.
De Tudmir a Oriola LIV.

Castilla, en el año del señor de 1275.
Diez años habían pasado desde que Jaime I sofocó la revuelta de los mudéjares murcianos.
Devuelto el territorio a su yerno, Alfonso X, la antigua Uryula continuó en el Reino de Murcia, sometido a la Corona de Castilla.
La repoblación cristiana realizada por ambos monarcas en Valencia y Murcia estaba forjando una nueva identidad multicultural en la que se mezclaban catalanes, aragoneses y castellanos.
El monarca musulmán murciano no era más que una triste figura decorativa sin poder ni prestigio.
Su título había quedado reducido a Rey de la Arrixaca, arrabal amurallado de la capital donde vivía confinado junto a los suyos, utilizando el alcázar menor como residencia.
Un simulacro de corte controlada por Alfonso X.
Al igual que en Murcia, en nuestra ciudad llamada por unos Oriola y por otros Oriuela, los musulmanes expulsados vivían en un arrabal no amurallado, dotado de mezquita y cementerio, en el Camino de Cartagena.
Emigrados los intelectuales de la Wisara Isamya, la gran mayoría de los mudéjares se dedicaba a la agricultura.
El eficaz sistema de riego diseñado por sus antepasados, no sólo se mantuvo en funcionamiento bajo la dominación cristiana: fue ampliado para que las aguas del Río Blanco llegasen cada vez a más y más tahúllas de tierra cultivable.
Precisamente en 1275 Alfonso X confirmó a un tal Pedro Zapatero en el cargo de sobrecequiero, encargado de dirigir y mantener el sistema de acequias en la huerta oriolana; una especie de juez de aguas.
Las esperanzas del Islam en la península estaban depositadas en el emir Muhamad II; el hijo del fundador del Reino de Granada.
Allí se refugiaban los musulmanes que huían de los territorios conquistados.
Como ya contamos, el poderío militar Nazarí quedó neutralizado por Alfonso X gracias a los pactos con las familias disidentes granadinas.
Todo parecía bajo control. Pero el equilibrio de fuerzas se quebró fácilmente al involucrarse el Sultán de Marruecos en la guerra entre Castilla y Granada.
Derrotados los almohades en África, Abu Yusuf había desplazado su punto de mira hacia Al-Ándalus.
Una terrible amenaza a la que el Sabio no dio suficiente credibilidad a pesar de los consejos de su suegro.
Y la amenaza se cumplió. En la primavera de 1275, cinco mil soldados dirigidos por el hijo del sultán desembarcaron en Tarifa y los disidentes granadinos se le sometieron inmediatamente rompiendo los pactos con Alfonso X.
La temible caballería africana penetró en territorio castellano destruyendo aldeas y quemando cosechas.
Los cristianos que encontraron a su paso acabaron muertos o esclavizados.
Aquel mismo verano, tras esta expedición militar de reconocimiento, el propio Abu Yusuf llegó a Tarifa al mando de un gran ejército.
Y al confiado Alfonso X le pilló en Francia, arrastrándose ante el papa en pos de la maldita corona imperial que de nuevo le fue negada.
En su ausencia el primogénito Fernando de la Cerda tomó el mando de las tropas. Pero la desgracia quiso que falleciese mientras preparaba la campaña.
El adelantado mayor de la frontera en Andalucía intentó cerrar el paso al aluvión africano.
Fue un sacrificio inútil.
El legendario Nuño González de Lara y sus hombres cayeron derrotados en una desesperada batalla campal. Y su cabeza acabó convertida en trofeo de guerra.
1275 fue un año terrible para Jaime I.
A la resistencia de los nobles aragoneses y catalanes se unió un nuevo y grave problema: el Sultán de Marruecos atravesaba el estrecho con su yerno lejos de Castilla.
Las malas noticias se multiplicaban.
Primero su nieto, el heredero del trono de Castilla, muerto de forma repentina.
Luego su hijo Sancho, arzobispo de Toledo, capturado por los invasores cerca de Jaén.
Ya hablamos en otro programa de Sancho; de su primera misa en Toledo y de cómo, antes de ser consagrado, tomó las insignias de cruzado.
Haciendo honor a su juramento se lanzó contra las líneas enemigas y cayó prisionero. Sus captores, tropas aliadas del Sultán de Marruecos y del Emir de Granada, se disputaron la suculenta presa.
Para evitar enfrentamientos entre ellos decidieron ejecutarlo despreciando el cuantioso rescate.
Sancho de Aragón acabó decapitado y su mano derecha, la que portaba el anillo arzobispal, le fue amputada.
Paradójicamente el hijo que Jaime I había destinado a la iglesia fue el único que murió en combate.
Las noticias de los jinetes benimerines machacando cristianos en el sur levantaron el ánimo de los mudéjares valencianos.
Había llegado el momento de ajustar cuentas.
La tensión al sur del reino de Valencia aumentó todavía más con la entrada en escena de los almogávares, que aprovechaban cualquier atisbo de conflicto para hacer lo que mejor sabían: saquear y cautivar musulmanes de forma indiscriminada.
Jaime I viajó a Valencia para intentar controlar a unos y a otros, pero ya era tarde.
Al saber de su llegada la mayoría abandonó el reino y solo pudo capturar a unos cuantos almogávares que fueron ajusticiados para dar ejemplo.
La revuelta seguía creciendo.
Obligado por las circunstancias el rey autorizó el ataque a las aljamas en estado de guerra y ordenó proteger a las que se mantuviesen en paz.
Pero almogávares y otros desaprensivos no hacían distinciones. En el caos reinante aprovecharon la oportunidad para atacar a los mudéjares pacíficos que intentaban permanecer al margen trabajando la tierra o cuidando de su ganado.
Expoliados y secuestrados, su destino era el mercado de esclavos.
Cuando intentaban penetrar en las ciudades para ponerse a salvo, los cristianos, temerosos de que una vez dentro optasen por ayudar al enemigo, les obligaban a volver a las alquerías donde eran presas indefensas.
A muchos no les quedó otra opción que unirse a la revuelta o intentar emigrar a Granada.
Los mudéjares dejaron de confiar en la justicia cristiana y en la palabra del rey.
En estado de guerra los musulmanes valencianos formaron también sus bandas armadas dedicadas a la captura de esclavos y al saqueo de heredades cristianas.
Ocuparon torres y castillos mal protegidos o sencillamente se echaron al monte instalándose en zonas con buenas defensas naturales.
Los pobladores cristianos reaccionaron provocando motines en las ciudades, asaltos a las morerías y ataques a las aljamas rurales, cometiendo todo tipo de excesos.
Jaime reforzó las guarniciones en la frontera con Castilla.
La amenaza parecía mayor que la de la revuelta anterior; esta vez se enfrentaban a la peligrosa caballería africana que había aniquilado a los almohades.
Muchos colonos cristianos decidieron abandonar sus tierras temiendo caer en manos de los Benimerines africanos o en las de una de aquellas bandas de salteadores.
En febrero de 1276, ante el empeoramiento de la situación, Jaime I se trasladó a Játiva para dirigir personalmente las operaciones.
Enterado de la llegada de un numeroso grupo de jinetes envió a cuarenta caballeros para reforzar las defensas en Alcoy.
En esta incursión murió Alazraq, viejo enemigo de Jaime I al que dedicamos una entrega.
Más de dos décadas después había regresado acompañando a los benimerines, convertido en una leyenda.
Dice la tradición que murió el 23 de abril frente a las murallas de Alcoy, abatido por una saeta lanzada por el propio San Jorge.
Su muerte no evitó el tremendo descalabro de la hueste aragonesa.
Estas victorias animaron a que nuevas aljamas se sumasen a la revuelta asaltando más fortalezas.
El sur de Valencia era ya un polvorín incontrolable.
Alertado de la llegada de un nuevo contingente musulmán que asediaba la Puebla de Luchente, el anciano monarca envió tropas al mando del Maestre del Temple.
Él se quedó en Játiva. Sus problemas de salud y el excesivo calor de aquel verano aconsejaron protegerlo del combate.
En Luchente les esperaban cientos de jinetes y miles de infantes que cayeron sobre ellos matando a varios caballeros y apresando al maestre de los templarios con algunos de sus freires.
Al recibir estas duras noticias, enfermo y agotado, Jaime mandó llamar a su hijo Pedro para que se hiciese cargo de la situación.
Cuando el infante llegó a Játiva al mando de un numeroso ejército encontró un panorama desolador.
Buena parte del reino estaba sumido en la guerra y su padre era casi un moribundo.
A pesar de todo Jaime viajó como pudo a Alcira y allí reunió provisiones para abastecer al gran ejercito reclutado por su hijo.
Luego confesó con franciscanos y dominicos, purgó sus pecados y comulgó esperando la muerte que ya le acechaba.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 54.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
Tud Or Cap. 49/50. Alfonso X- Jaume I.

De Tudmir a Oriola XLIX.

Alcalá de Benzaide, mes de junio del año del señor de 1267.
Situación en Castilla tras la revuelta murciana.
Los episodios bélicos derivados de la primera revuelta musulmana contra Alfonso X habían durado tres largos años.
Terminaron con el pacto firmado con Muhamad I en la localidad jerezana llamada Qa-lat Ben Said por los musulmanes, Alcalá de Benzaide en las crónicas cristianas y Alcalá la Real cuando pasó a Castilla.
La implicación del Emir granadino en aquellos sucesos cambió radicalmente las buenas relaciones que hasta entonces habían mantenido Castilla y Granada, dos reinos condenados a compartir una frontera que se extendía desde Lorca a Tarifa.
Para secundar la rebelión contra Alfonso X, Muhamad había pedido ayuda al sultán de los Benimerines, Abu Yusuf, cuyo poder al otro lado del Estrecho no dejaba de crecer.
Pero en aquellos momentos andaba muy entretenido exterminando a los Almohades.
Aun así, aprovechó la ocasión para deshacerse de una facción de su propia familia que comenzaba a disputarle el trono.
Dice la crónica castellana que envió a mil caballeros acaudillados por un moro de los más poderosos; tuerto de un ojo por más señas.
Un número indeterminado de soldados norteafricanos cruzó el estrecho para unirse a los de Granada.
Voluntarios de fe similares a los cruzados cristianos, fueron recibidos en Tarifa con toda clase de honores.
Estos refuerzos se incorporaron al ejército nazarí y su reestructuración trastocó toda la cadena de mando en perjuicio de los nativos.
El equilibrio de clanes que sostenía el reino de Granada estaba roto.
Los Banu Asqilula eran una de las familias más importantes ligada familiarmente al Emir.
Fundadores del reino su líder había sido mano derecha y lugarteniente del ejército hasta la llegada de los temibles jinetes bereberes que mencionamos en el sitio de Murcia.
Muhamad I se volcó con ellos concediéndoles privilegios, poder y buenos sueldos.
Su comportamiento generó un profundo descontento entre los granadinos que se sintieron desplazados y ninguneados por extranjeros en su propio reino.
Desde sus cargos como gobernadores de Málaga, Guadix y Comares, los Asquilula intentaron convencerle de que despreciar a los suyos en beneficio de extraños era una torpeza.
Al no ser escuchados sus razonamientos, en 1266 se declararon en rebeldía y acudieron a la corte castellana en busca de ayuda.
A Alfonso X le tocó la lotería: tropas y bases territoriales al servicio de Castilla dentro de Granada.
Por supuesto no dejó escapar la ocasión.
Con el apoyo de los Askilula el monarca castellano entró en territorio nazarí arrasando concienzudamente la Vega granadina.
Los efectos de aquella alianza de caballeros musulmanes con un rey cristiano fueron fulminantes: Muhammad I solicitó una tregua.
Por el pacto firmado en Alcalá, el emir se comprometió a entregar varias plazas fortificadas y a dejar de prestar ayuda a los mudéjares murcianos.
Alfonso X consiguió además un pago anual de 250.000 maravedís en concepto de parias y una tregua de un año para los Asqilula.
A cambio solo tuvo que comprometerse a retirar el apoyo a los rebeldes granadinos; aunque el pacto los dejó bien protegidos durante doce meses.
También a respetar la vida de Al Watiq, el líder de la revuelta murciana, que sin el apoyo del granadino se puso a su merced, destituido pero perdonado.
Granada quedó como estado tributario de Castilla. No como vasallo.
Acababa así el primer conflicto entre los dos reinos.
El tratado no disipó la amenaza que se cernía sobre Muhamad I.
Gracias a la tregua los Asqilula se mantuvieron independientes convirtiéndose en la más eficaz herramienta de Alfonso X para someter al monarca granadino.
Cumplido el año de tregua el emir se entrevistó con Alfonso X para exigirle que abandonase totalmente a los rebeldes.
Los Asquilula eran el arma perfecta y el castellano se negó a cumplir lo pactado.
La división interna en el reino de Granada ofrecía unas ventajas estratégicas que merecían incumplir los compromisos.
Tenía la sartén por el mango y el que traiciona a un traidor…
¿Os podéis imaginar el disgusto y la cólera del rey de Granada?
Dicen las crónicas que salió de la entrevista «muy despagado».
La tensión aumentó inmediatamente en las fronteras y no dejó de crecer hasta convertirse de nuevo en guerra abierta.
Durante cuatro años ambos bandos se prepararon para un conflicto armado que tarde o temprano tenía que llegar.
En 1271 encontramos a Alfonso X en el reino de Murcia poblando el territorio, reparando y construyendo castillos.
Citado con su suegro en Alicante aprovechó el encuentro con Jaime para pedirle consejo en la estrategia a seguir con el emir de Granada y sus gobernadores sublevados.
El viejo zorro, considerando las opciones, no dudó en recomendarle que alimentase el enfrentamiento entre ellos para mantenerlos divididos y a su merced.
Un año después, cuando la obsesión imperial de Alfonso X le enfrentó con su propio hermano y buena parte de la nobleza castellana, ocurrió lo mismo, pero al revés.
Un grupo de importantes caballeros cristianos se pusieron al servicio del monarca musulmán.
Cuando el poder entraba en juego el asunto religioso pasaba a segundo plano.
Con el paso de los años la frontera entre Castilla y Granada se fue estabilizando generando un rosario de ciudades amuralladas; de torres y castillos dispuestos estratégicamente para vigilar y defender los caminos.
Fueron tiempos de cabalgadas, de correrías y celadas en busca de botín y esclavos.
En adelante ambos reinos aprovecharían cualquier elemento para dañar al vecino en una guerra que se alargó durante siglos favoreciendo el asentamiento de unos pobladores idóneos: los almogávares.
Para estos hombres de la frontera el negocio era la guerra, y la violencia su forma de vida.
Ya en la Corona de Aragón Oriola fue un buen ejemplo de plaza fronteriza.
Refugio de almogávares y asiento de dos órdenes dedicadas a la liberación de cautivos: Mercedarios y Trinitarios.
Transcribo un párrafo de nuestro mejor cronista, Mosen Bellot, que lo describe así en sus Anales de Orihuela:
En aquellos tiempos había muchos hombres cuyo sustento eran las entradas y salteamientos en tierra de enemigos; moros y cristianos; y particularmente los adalides, almocadenes y almogávares.
Estos aborrecían las treguas y la paz.
Y si la había, apenas sabían ellos que se acababa o rompía la tregua, hacían de las suyas, lastimado a los pobres labradores, pastores o viandantes que aún no sabían nada.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 49.
De Tudmir a Oriola L.

En el año del Señor de 1267.
Jaime volvía de una visita a Montpelier, su ciudad natal de la que era señor por herencia de su madre.
De camino a Barcelona se detuvo en Perpiñán, donde recibió una grata sorpresa: unos emisarios del khan de los tártaros, los mongoles de Persia, le esperaban para manifestar su gran amor y respeto por el Conquistador, valeroso guerrero contra los musulmanes cuya fama traspasaba los mares.
El bisnieto del legendario Gengis Khan le proponía encabezar una cruzada contra los mamelucos, antiguos esclavos islamizados, que habían derrotado y hecho prisionero al rey San Luis de Francia durante la séptima cruzada, en Egipto.
Sorprendido e interesado por la propuesta el monarca envió a un embajador: el mercader Jaime Alarrich, una especie de Marco Polo catalán que regresó con ellos para tratar el asunto más a fondo.
Pero no todo eran buenas noticias.
Ferriz de Lizana, uno de los nobles aragoneses más poderosos, se declaraba en rebeldía contra la corona por medio de una carta.
Protagonista en las revueltas anteriores a la campaña murciana solventadas en las Cortes de Ejea, para el de Lizana aquellas cortes solo habían sido una tregua mientras Jaime luchaba contra los musulmanes murcianos.
Terminada la campaña le desafiaba por escrito erigiéndose en portavoz del estamento nobiliario, muy descontento con el comportamiento de su rey.
Había llegado el momento de escarmentar de nuevo a los nobles.
El monarca acudió a las milicias ciudadanas, que le acusaron de blando cuando se trataba de meter en cintura a la nobleza.
En esta ocasión su primogénito Pedro no dudó en emplearse a fondo, ahorcando a unos cuantos rebeldes.
Ferriz conservó la vida pero el castigo fue ejemplarizante.
Su castillo en Lizana (Huesca), fue asediado con dos máquinas de guerra y, una vez conquistado en nombre del rey, acabó demolido y con sus defensores ejecutados.
Era momento de poner orden en el reino.
Tras una minuciosa investigación la corona desmontó una trama dedicada a fabricar maravedís falsos, monedas de cobre bañadas en oro.
En el escándalo se vieron implicadas altas personalidades del reino; incluso clérigos a los que el obispo de Barcelona encerró de por vida.
Por la fiesta de Todos los Santos de 1268 Jaime se encontraba en Cervera.
Allí le entregaron un mensaje: su hijo Sancho iba a celebrar su primera misa y le rogaba que viajase a Toledo para pasar con él la Navidad.
El infante Sancho era su cuarto hijo varón, destinado a la Iglesia desde la infancia y nombrado arzobispo de Toledo con dispensa papal por tener tan sólo dieciséis años.
Antes de ser consagrado se había sometido al ritual de tomar sobre sus vestiduras las insignias de cruzado contra los sarracenos hecho que, como veremos en otro capítulo, acabó por costarle la vida.
Jaime dejó a su hijo Pedro peleando con los nobles y viajó a Castilla para asistir a la toma de posesión de Sancho.
Informado de su viaje, Alfonso X salió a recibir a su suegro y no se separó de él durante los ocho días que duró la visita.
En Toledo recibió buenas nuevas del emisario enviado a Oriente hacía meses. Había regresado acompañado de importantes embajadores del Khan de los tártaros y de Miguel Paleólogo, coronado emperador en Constantinopla.
Después de siete campañas en Tierra Santa las cruzadas no tenían ya la repercusión de otros tiempos y a Jaime le sobraban gloria y prestigio.
Aquella era una aventura muy peligrosa para un hombre de más de sesenta años. Con esa edad pocos volvían del largo y penoso viaje.
Aun así, sin territorios que conquistar en la península, Jerusalén podía ser una fantástica opción para su última gesta: el Conquistador convertido en paladín de la Cristiandad.
Inmediatamente informó a su yerno, quien receló de aquellas gentes. Pero Jaime, educado por los Templarios, solo pensaba en la magnitud de la empresa: el Santo Sepulcro; la Tierra Santa…
De nada sirvieron los consejos de Alfonso X ni los ruegos de su hija Violante. Ambos intentaron disuadirlo por todos los medios de semejante locura.
Todo fue inútil. Jaime estaba decidido.
Al correr la noticia el maestre de la Orden del Hospital se puso a su servicio.
También el de Uclés, dispuesto a acompañarle con cien caballeros.
Rendido a la evidencia, el propio Alfonso X le proporcionó cien mil maravedís de oro y otros cien caballeros de la orden de Santiago pronunciando la frase: «Dios lo quiere, pues quiera nuestro señor que bien os vaya».
Terminadas las fiestas de Navidad, Jaime salió con destino a Valencia, donde esperaban los tártaros y el emisario de Constantinopla.
Le aseguraban ayuda militar, avituallamientos y bases logísticas para su cruzada.
Jaime I agilizó los preparativos y, en siete meses, una escuadra formada por más de treinta naves estaba preparada para zarpar en el puerto de Barcelona.
Más de dos mil tripulantes entre caballeros, peones, almogávares y miembros de las órdenes militares con sus maestres a la cabeza, esperaban a Jaime I para soltar amarras con destino a Tierra Santa.
Para sorpresa de todos en aquel viaje decidió llevarse a Fernando Sánchez de Castro y a Pedro Fernández de Híjar; dos de sus hijos bastardos como única representación familiar.
Tiene su explicación: Fernando andaba coqueteando con los señores rebeldes en posición ambigua. Con la nobleza revuelta y el rey lejos de Aragón, era prudente mantener controlada a su descendencia.
En septiembre de 1269, tres o cuatro días antes de Santa María, la armada cristiana se hizo a la mar.
Cuando llevaban navegadas cuarenta millas la nave real perdió contacto visual con la vanguardia y la flota quedó partida en dos.
Se juntaron los cuatro vientos y todos combatían entre sí, durando esto todo el día del martes y toda la noche hasta el miércoles, que fue cuando cesó tal borrasca.
Marineros teníamos que habían estado veinte o veinte y cinco años en ultramar, y decían que nunca habían visto tempestad tan deshecha como aquella.
Una inoportuna tempestad provocó que la nave de los Templarios perdiese el timón.
Luego que amaneció, divisamos la nave del Temple que venía hacia Nos, y nos envió un mensaje para decirnos, como se le había roto el timón.
Tras varias semanas de confusión y sobresaltos, con varias naves averiadas y algunas bajas, gran parte de la armada real se refugió en Aguas Muertas, cerca de Montpelier, donde Jaime desembarcó para regresar por tierra a Cataluña.
Viendo, pues, que Dios no quería mejorarnos el tiempo, hicimos seña a la nave del sacristán de Lérida, que después fue obispo de Huesca, a la de Calatrava y a la de En Pedro de Queralt, de que nos volvíamos; y al efecto dieron la vuelta con Nos.
Sólo las naves que habían salido en cabeza al mando de sus hijos bastardos llegaron a San Juan de Acre según lo previsto.
Hartos de esperar al rey y a los tártaros desembarcaron a los voluntarios que quisieron quedarse, a los emisarios extranjeros y regresaron a Barcelona haciendo escala en Creta y Sicilia.
La empresa había sido un fracaso. El obispo de Barcelona, los maestres de las órdenes militares y hasta los dueños de las naves le rogaron que aplazase el viaje dos meses pues era la voluntad de Dios.
Quizá en la cabeza del viejo conquistador resonaron las palabras del fallecido papa al enterarse de su propósito: si bien hemos sabido con alegría que os proponéis ir en auxilio de Tierra Santa, el Crucificado no acepta el servicio de quien, maculándose en un contubernio incestuoso, le crucifica de nuevo.
Entre el pueblo corrió el rumor de que la verdadera causa fue esa, el remordimiento que le torturaba por su pecado con Berenguela, la concubina real.
La relación incestuosa y adúltera era conocida por todos y condenada por Roma.
Dicen que al desembarcar corrió de nuevo a encamarse con ella.
Genio y figura hasta la sepultura.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 50.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
Tud Or Cap. 47/48. Murcia y Orihuela.

De Tudmir a Oriola XLVII.
En esta entrega, las notas con fondo rojo pertenecen al «Llibre dels feits» del rey Jaime I. Con fondo verde la crónica musulmana. Los párrafos en los que se menciona Oriola aparecen también en catalán, sobre fondo gris.

Reino de Murcia, mes de marzo del año del señor de 1266.
De Orihuela pasó a Alicante, donde permaneció el resto del mes de marzo.
La campaña murciana había terminado con éxito y el Conquistador propuso a los suyos una última cabalgada, una incursión relámpago en Almería, territorio bajo la soberanía del emir de Granada.
E, lexada la vila e establida en aquesta manera que dessús havem dit, anam-nos-en a Oriola, e en l’altre dia a Alacant. E aquí feem venir nostres fills e nostres richs hòmens denant nós. E dixem-lurs que, si ells ho tenien per bé, que poríem fer bona cavalcada a Almaria ans que·ns en partíssem
Ordenadas ya como acabamos de manifestar las cosas de Murcia, nos fuimos a Orihuela, y de allí pasamos a Alicante, donde hicimos comparecer delante de Nos a nuestros hijos y a nuestros ricos-hombres, para decirles que, si a ellos les parecía bien, antes de marcharnos de allí podríamos hacer una buena cabalgada a Almería.
Probablemente intentaba compensarlos por la falta de botín obtenido en aquella altruista campaña en beneficio de su yerno.
El monarca les ofreció avituallamiento para diez días: cuatro para llegar, cuatro para volver y dos para actuar en Almería.
Pues Nos les daríamos víveres para diez días, que serían cuatro para ir, cuatro para volver, y otros dos que podríamos permanecer allí o emplearlos de más en la vuelta.
Pero sus caballeros no estaban por la labor y comenzaron a buscar excusas.
Aunque la crónica centra el debate en torno a los víveres necesarios y la capacidad de las acémilas para transportarlos junto a los pertrechos de guerra, lo cierto es que la propuesta real llegó en mal momento.
Su hueste llevaba ya demasiado tiempo en campaña con el consiguiente cansancio y desembolso económico.
En pocas palabras, estaban locos por regresar a casa y una cabalgada en la frontera granadina, tras la guerra con Castilla, tampoco parecía ser un gran negocio.
Jaime I presumió de haber transportado víveres para tres semanas en su campaña valenciana cuando fue necesario; pero no logró convencerlos.
Contestáronnos que no sabrían donde llevar las provisiones, porque sus acémilas iban ya muy cargadas con los arneses.
—Si tales obstáculos os empachan —les dijimos entonces—, pocas conquistas haréis; pues cuando Nos fuimos a la de Valencia, llevábamos víveres para tres semanas.
Y lo hacíamos de esta manera: los caballeros cabalgaban en sus caballos, cargaban luego los bagajes de pan, vino y avena, y llevando ellos las lanzas en la mano, ponían los escudos encima de las acémilas.
Así, a medida que los ibamos descargando, quedaban disponibles los bagajes. Ellos, sin embargo, se empeñaron en que no podían hacerlo.
—¿Y no haréis vosotros —les replicamos—, lo que hicimos entonces Nos y todos los que con Nos iban?
Respondiéronnos que lo más que podían hacer era llevar provisiones para seis días: y por más que insistimos en que lo hiciesen como Nos les decíamos, porque necesitando cuatro jornadas para ir allá, no podíamos exponernos a quedar sin víveres al sexto día; no quisieron acceder, y así no pudo verificarse la cabalgada.
Había llegado el momento de dejar Murcia en manos de su yerno.
Su responsabilidad como decano de los monarcas cristianos era impedir que el territorio conquistado en nombre de Dios volviese a manos musulmanas y lo dejó bien claro en su crónica.
Para el veterano guerrero aquel reino no estaba ni mucho menos pacificado.
De com el Rei Jaume fixà la frontea amb Múrcia / De como el rey Jaime fijó la frontera con Murcia.

Murcia era un territorio demasiado alejado de Aragón y de Castilla y demasiado cercano a Granada.
Su geografía ofrecía un amplio valle, un pasillo natural desde Almería hasta Alicante que permitía rápidas cabalgadas de los granadinos, incursiones como la que él mismo había propuesto.
Así pues, como última medida de seguridad, dejó en Alicante a Artal de Luna y a Gimeno de Urrea con cien caballeros.
En caso de que la capital necesitase socorro, serían avisados con almenaras, un sistema por el que se comunicaba los castillos de Murcia, Orihuela y Alicante, utilizando fuegos en las almenas.
E sobre açò haguem acort qui lexaríem en la frontera de Alacant ne de Billena, per ço que, si mester hi fos, que acorreguessen a Múrcia ab .I a . alimara que faessen a Oriola. E lexam don Artal de Luna e don Exemén d’Urrea, ab .C. cavallers e[n] Alacant.
Tratamos luego de resolver a quién encargaríamos el mantener la frontera de Alicante y Villena, de manera que pudiese en caso necesario socorrer a Murcia, avisándoselo por medio de una almenara que hiciesen en Orihuela.
Y al cabo nombramos para este cargo a don Artal de Luna y a don Gimeno de Urrea con cien caballeros, los cuales debían permanecer en Alicante.
Además, otros setenta caballeros al mando de Bernardo Arnau y Galcerán de Pinós, se encargarían de mantener libres y seguros los caminos entre la frontera y la capital.
Para alimentar a toda esa gente firmó un préstamo con los mercaderes que operaban en Alicante, dejando generosas provisiones para cinco meses.
Luego supo que aquellos hombres hicieron negocio con los víveres, llegando a vender el equivalente a 30.000 raciones.
Encomendando además a En Bernardo Arnau y En Galcerán de Pinos otros setenta caballeros, para que con ellos mantuviesen seguros los caminos, y socorriesen también a Murcia siempre que necesario fuese.
Con un empréstito que nos facilitaron los mercaderes que hallamos en Alicante, pudimos dejar a los nuestros bastantemente abastecidos para cinco meses; y fueron tan abundantes los víveres que dejamos en Murcia, que los caballeros aragoneses que allí se quedaron vendieron más de treinta mil raciones, a pesar de ser nuestro todo el bastimento.
Con sus conquistas aseguradas en abril regresó a Valencia y de allí embarcó hacia Montpelier, donde hizo balance de los enormes gastos generados en la campaña.
Habiendo va dado buen fin a nuestra campaña de Murcia, nos volvimos al reino de Valencia, desde donde emprendimos nuestra marcha para Montpellier.
Sofocada la rebelión y aseguradas las fortalezas Alfonso X reorganizó el reino de Murcia; incorporado, ahora sí, de manera definitiva y sin condiciones a la corona castellana.
Las capitulaciones de Jaime I en la rendición sustituyeron a las del antiguo protectorado; condiciones que el monarca modificó cuando creyó necesario.
Con las manos libres diseñó un nuevo estatuto para los mudéjares murcianos.
En primer lugar mantuvo la pantomima de un rey vasallo musulmán, nombrando a Abu Abd Allah Muhammad Aben Hud, al que otorgó un tercio de las rentas del reino.
La partición de la capital efectuada por Jaime I quedó sin efecto.
Los cristianos ocuparon la totalidad de la medina amurallada y el muro de partición fue derribado, dando lugar a una moderna diagonal que cruzaba el casco urbano: la actual calle Trapería.
El soldado y cronista Ramón Muntaner la describe como una de las más hermosas calles que existen en ciudad alguna; grande y ancha, empieza donde se hace el mercado, delante de los predicadores, y continúa hasta la iglesia mayor de Santa María.
En ella se encontraban los gremios de peletería, trapería y otros muchos oficios.
Los musulmanes fueron desplazados a un arrabal producto del crecimiento de la capital hacia el norte y el oeste, un amplio barrio extramuros que fue amurallado en la primera mitad del siglo XII.
Los Aben Hud, hasta entonces soberanos de Murcia, pasaron a ser reyes de la Arrixaca; reducida su autoridad a poco más que el arrabal y la huerta cercana.
Desde la firma del tratado de Alcaraz los miembros del concejo cristiano se habían instalado en aquel barrio.
Antes había albergado a los mercenarios cristianos del rey lobo y a los mercaderes genoveses, pisanos y sicilianos instalados en Murcia.
A ellos atribuye la cantiga de Alfonso X la ermita cristiana donde se veneraba una virgen. La primera patrona de Murcia, la Virgen de la Arrixaca.
El arrabal fue desalojado para instalar a los musulmanes y los vecinos cristianos recibieron viviendas en el interior de la ciudad.
En junio de 1266, a causa de los abusos que sufrían los musulmanes, Alfonso X decretó la separación de las dos comunidades por medio un nuevo muro que circundaba el arrabal.
Expropiando algunas casas más, a los judíos los dejó dentro de la medina, agrupados y separados de los cristianos en unas calles estrechas cercanas a la puerta de Orihuela, callejas de trazado musulmán que favorecían su seguridad, con la obligación de cerrar la judería por la noche.
Durante siglos la aljama murciana creció y llegó a contar con dos sinagogas, carnicerías y cementerios propios, manteniéndose hasta su expulsión por los Reyes Católicos.
En cambio, las morerías urbanas languidecieron rápidamente.
El rey, su protector, se fue doblegando a las peticiones de los cristianos limitando la capacidad legal de los musulmanes y su margen de movimiento.
La singular situación del reino de Murcia, en vecindad permanente con Granada y Aragón, con una costa propicia al desembarco de corsarios, hicieron de él una especie de marca militar, una zona fronteriza con la población concentrada en ciudades fortificadas.
Acosados y discriminados en las ciudades, los que no emigraron, acabaron instalándose en los señoríos rurales, donde la falta de población obligaba a protegerlos como valiosa mano de obra para el cultivo de la tierra y otros oficios de baja calidad.
La rápida decadencia de la morería murciana facilitó la libre disposición de las propiedades abandonadas y la progresiva expansión de la población cristiana.
Eso dio lugar a la parroquia de San Miguel en lo que se llamó la Arrixaca Vieja.
Y a la parroquia de San Andrés en la llamada Arrixaca Nueva.
Por último, quiero añadir un trágico suceso que Bernat Desclot relató en su crónica.
Tras tomar la capita, Jaime concedió seguridad para una jornada de camino a todos los moros que quisieran marcharse a Granada.
Al enterarse los almogávares se agazaparon a dos jornadas de Murcia y asaltaron a treinta mil emigrantes musulmanes, matando y cautivando sin piedad, vendiendo los esclavos en Alicante y Valencia.
El hecho esta corroborado por la crónica musulmana de Aben Idari. Aunque lo cita con veinte años de diferencia parece referirse al mismo suceso.
Dieron Murcia a los cristianos. Salieron por capitulación y se fueron a Al Rasaka; donde vivieron por espacio de diez años hasta que sucedió, cuando fueron expulsados en el 673, que los traicionaron en el camino; en el lugar conocido por Warkal.
Robaron los cristianos a las mujeres y a los niños; y mataron a todos los hombres después de sacarlos con capitulación y sin armas, disponiendo de ellos como quisieron con las espadas y las lanzas.
Warkal se corresponde en la actualidad con Huercal Overa, en Almería.
El año 673 de la hégira, con el 1284/1285 de la era cristiana; fecha equivocada.
Si realmente sucedió tras la conquista de Murcia como dice el catalán, el Conquistador, avergonzado por la traición de los suyos, se olvidó de mencionarlo en su crónica.
Ventajas de ser el narrador.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 47.
De Tudmir a Oriola XLVIII.

Orihuela, Reino de Murcia, segunda mitad del siglo XIII. Cuando fuimos castellanos.
Nuestra incorporación a la Corona de Castilla provocó un brusco cambio de civilización en una ciudad construida y modelada, al gusto y manera de los musulmanes, a lo largo de cinco siglos.
La primitiva Orihuela, no era más que la obligada adaptación de la Uryula islámica.
En los poco más de veinte años que duró el protectorado, los primeros cristianos se habían instalado en el castillo y parece ser que en la zona próxima al Arrabal Roig.
Tras la revuelta y entrada de Jaime I la inmensa mayoría de sus habitantes fueron obligados a abandonar una Uryula intacta; lista para ser habitada.
Y así fue ocupada por una población completamente distinta, con otra cultura y organización social.
Los primitivos oriolanos tuvieron que adaptarse a un espacio urbano consolidado y prácticamente despoblado, a excepción del arrabal del Puente, formado en el antiguo camino de Cartagena, donde quedaron alojados los musulmanes expulsados del recinto amurallado.
Las duras condiciones iniciales no permitieron el restablecimiento de la población hasta muchas décadas después.
La mayoría de los conquistadores habían llegado con edades avanzadas para la época, y por supuesto sin familia.
Los que decidieron quedarse eran hombres solteros y las mujeres cristianas brillaban por su ausencia.
No hubo más remedio que hacer la vista gorda ante los matrimonios con musulmanas.
La labor repobladora en todos los territorios conquistados fue lenta; dirigida personalmente por los propios soberanos.
Pero los proyectos de Jaime I y de Alfonso X eran muy diferentes.
El aragonés apostaba por grandes latifundios en manos de pocas familias nobles.
El castellano optó por crear poderosos concejos en núcleos urbanos con amplios términos municipales; efectuando minuciosos repartos entre el mayor número posible de pobladores.
La inseguridad del reino favorecía la vida en ciudades fuertes, con explotaciones agrícolas en su entorno.
Por eso, la escasa población que fue llegando emigrada de los reinos cristianos se concentró en ellas buscando la seguridad.
La muralla protegía del enemigo, facilitaba el control de viajeros y mercancías y actuaba de cordón sanitario en caso de epidemia.
A la larga, el sistema del castellano fue mucho peor para la población musulmana.
En los señoríos rurales se les protegió como valiosa e insustituible mano de obra.
En las ciudades fueron desplazados a medida que llegaban nuevos inmigrantes cristianos.
Los cinco grandes concejos del reino fueron los de Murcia, Lorca, Cartagena, Orihuela y Alicante.
Aunque solo la capital obtuvo el rango de ciudad.
Estos ayuntamientos de la época eran el brazo real y contaban con amplio margen de autonomía.
De esta forma el monarca se aseguraba su lealtad y la premiaba concediendo privilegios.
En el verano de 1265, antes de llegar Jaime I, Alfonso X ya había otorgado a la villa de Orihuela el fuero de Alicante.
Tres años después, sofocada la rebelión, le concedió los fueros y franquezas de Murcia; ciudad que había recibido los de Sevilla dos años antes.
Unos fueros similares a los de la propia ciudad de Toledo.
Al tener al rey como único señor, la defensa no estaba en manos de nobles caprichosos: era un asunto ciudadano.
Por eso fue necesario atraer a hombres de armas de toda condición: caballeros, adalides, almogávares a caballo, almocadenes, ballesteros, peones…
Para consolidar la población eran también necesarios artesanos, comerciantes, agricultores…
El resto del territorio quedó en manos de señores y ordenes militares.
A la Villa de Orihuela le correspondieron los lugares de Abanilla, en manos de Guillem de Rocafull, pariente de Jaime I; Albatera, Almodovar (cercana al actual Guardamar), Cox y Crevillente.
Este insólito señorío musulmán logró mantenerse independiente bajo el protectorado de Castilla gracias a su comportamiento durante la rebelión.
Los primeros pobladores se vieron obligados a adaptar los edificios de los expulsados para nuevos usos.
Tres mezquitas fueron utilizadas como iglesias formando los tres núcleos poblacionales intramuros: las futuras tres parroquias.
Sus templos debieron iniciarse a finales del siglo XIII; cuando faltos de fondos para acometer las obras de construcción consiguieron del rey el tercio del diezmo de las iglesias para la construcción y reparación de templos.
El concejo comenzó a reunirse en la antigua mezquita aljama, convertida al culto cristiano como Iglesia del Salvador y Santa María.
En 1281 un anciano Alfonso X concedió a este templo la categoría de iglesia principal de la villa.
La de las Santas Justa y Rufina estaba situada en el barrio más poblado.
En su entorno se mantuvo la zona de abastecimiento de la ciudad: la carnicería, la pescadería, la venta de hortalizas y leña, la lonja de contratación….
Los nuevos vecinos se habían repartido por la ciudad amurallada con especial interés en este barrio, quedando zonas menos pobladas; incluso espacios sin urbanizar.
Entre los privilegios que concedía el monarca estaban los mercados semanales y las ferias anuales; con protección real y sin impuestos; un eficaz medio de promoción para las ciudades y un gran estímulo para el comercio.
En 1269, al instaurarse el mercado semanal de los miércoles, el Concejo decidió situarlo también en el barrio de Santa Justa.
Los vecinos de San Salvador protestaron denunciando la galopante despoblación de su zona.
En cuanto a la Feria, anormalmente corta, comenzó en 1272; celebrándose en los tres días posteriores a Santa María de Agosto.
Dos años después, ante la falta de mercaderes, el Sabio autorizó al concejo para pasar la fecha al día de Todos los Santos, intentando recoger a los comerciantes de la potente feria murciana, celebrada por San Miguel.
Su emplazamiento, cercano a San Salvador, determinó el nombre de la calle de la Feria.
El vial que unía ambas iglesias, paralelo a la muralla, derivó en lo que hoy conocemos como calle mayor.
La necesidad de distribuir las viviendas y solares obligó a redactar una especie de inventarios: los libros de repartimiento.
El de Orihuela, joya de incalculable valor sustraída hace cien años, recoge un total de seis particiones incluyendo revisiones y ampliaciones.
El primer reparto, asumiendo lo prometido por su suegro, fue confirmado en 1266 por Alfonso X.
Dos años después mejoró a los defensores del Castillo.
En el tercero, de1271, confirmó las mejoras y aumentos; ya que algunos beneficiarios de anteriores repartos se habían marchado vendiendo ilegalmente o abandonando sus propiedades.
Entre 1272 y 1275 se hizo una cuarta partición, corrigiendo errores y abusos, mejorando de nuevo a los primeros pobladores y entregando solares vacíos a los recién llegados.
También se comenzó a permitir la compraventa de inmuebles siempre y cuando no vendiesen a la iglesia, que ya empezaba a acumular demasiadas propiedades.
Y se luchó contra los acaparadores y propietarios ausentes; marcando un plazo para fijar residencia o ser expropiados.
Los dos últimos repartos de nuestro códice, se efectuaron ya bajo los reinados de Sancho IV de Castilla en 1288; y de Jaime II de Aragón en 1314.
Gracias a estas minuciosas anotaciones, sabemos que Orihuela se pobló con mayoría de aragoneses; sobre todo catalanes.
Y que entre ellos destacaron por su número los de Lérida y Barcelona.
A pesar de todo, la organización y el idioma oficial, el de los documentos, fue el castellano, generando una primitiva población bilingüe que mantuvo el catalán en el habla coloquial hasta nuestro paso a la Corona de Aragón.
De nuevo estoy adelantando acontecimientos.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 48.
Programa 48.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.


