Tud Or Cap. 27/28. Uryula-Taifas.

De Tudmir a Oriola XXVII.

En el primer cuarto del siglo XIII, a punto de reventar el imperio almohade, la región murciana mantenía el esplendor adquirido durante muchas décadas de prosperidad.

La inestabilidad política parecía no hacer mella en su desarrollo.

En la Vega del Segura seguían creciendo los asentamientos rurales gracias a los sistemas de regadío impulsados con nuevas acequias; destacando especialmente las huertas del Valle de Ricote, Mursya y Uryula.

Medina Mursya, centro político y económico del territorio, era una gran ciudad muy poblada. Su amplio recinto urbano era defendido por fuertes murallas.

En sus populosos arrabales ofrecían baños, jardines y otros lugares de esparcimiento alabados por geógrafos y viajeros.

En su extrarradio abundaban los rahales y alquerías. Pequeñas y grandes explotaciones agrícolas vertebradas en torno a la ciudad amurallada que les brindaba protección y asistencia religiosa en las mezquitas.

Cerca de la capital la Uryula musulmana estaba a punto de cumplir medio milenio.

De aquel emplazamiento fortificado situado en lo que hoy conocemos como la explanada de San Miguel, Uryula había evolucionado a ciudad de mediana importancia.

Los cronistas musulmanes la describen como fortaleza de Al Ándalus muy bien defendida por un castillo inexpugnable situado en la cumbre de una montaña y construida sobre el río blanco, que también era río de Mursya.

Sus muros estaban bañados por dicho río y se accedía a ella mediante un puente de barcas.

La vida era fácil rodeada de alquerías, de jardines y de huertos, pegados unos a otros que producían gran cantidad de frutos.

Imagen idealizada de Uryula. Acrílico de José Domingo Sarabia Simón.

En ella vivían comerciantes, artesanos, propietarios agrícolas, juristas, literatos, estudiosos del Corán.

Gente cada vez más civilizada y urbana, con un creciente sentimiento nacionalista hispano.

Tras la muerte del rey lobo, Uryula pasó a formar parte del imperio almohade.

Como ya conté, los africanos respetaron los poderes locales, instalando seguramente en la alcazaba una guarnición dependiente del gobernador de Mursya.

Primero el lobo y luego los almohades aumentaron el grosor y tamaño de sus murallas, levantaron nuevas construcciones y ampliaron la superficie de cultivos.

En el año 1224, por primera vez, el imperio quedaba dividido entre dos califas: uno proclamado en el Norte de África y el otro en Mursya.

Vamos a tratar de resumir el colapso almohade sin abusar de nombres y fechas.

Como ya mencioné en la entrega anterior, la línea de sucesión almohade quedó rota y en Marrakech escogieron a un anciano gobernador hermano del tercer califa.

En Mursya se proclamó otro gobernador, su sobrino Al-Adil, hijo de ese mismo califa y de una esclava cristiana.

Antes de dar el paso contó con el apoyo de sus hermanos, gobernadores de Córdoba, Granada y Málaga.

A estos se unió el de Jaén y por la fuerza el de Sevilla.

No lo hizo el de Balansya (Valencia), que decidió permanecer fiel a Marraquech.

Todos eran familiares de ambos califas.

Informados y seguramente sobornados por el joven, los jeques almohades en Marruecos obligaron al anciano a renunciar al trono.

Este lo dejó voluntariamente, ganándose el apodo con el que pasó a la historia: Al-Majlu, «el destronado».

No fue suficiente: su presencia podía ser una amenaza y decidieron asesinarlo.

Según las crónicas murió ahogado mientras saqueaban su palacio y profanaban su harén.

Una vez proclamado también en Marruecos, el trono quedó para el joven Al-Adil en solitario.

La violenta estrategia que había puesto en marcha acabó volviéndose contra él.

Su autoridad no fue reconocida por los gobernadores de Ifriqiya, la actual Túnez, formando una dinastía autónoma.

En la península, Abu Said señor de Balasya, de Játiva y Denia, se proclamó independiente bajo la protección de la nueva dinastía tunecina, pactando también con Jaime I de Aragón a cambio de parias.

El joven califa se trasladó a Sevilla, donde la población andaba alterada y revuelta por la proximidad de mesnadas cristianas.

Su indiferencia provocó fuertes protestas de los sevillanos en la mezquita aljama.

Formaron un contingente de ciudadanos voluntarios mal preparados, acompañados por un pequeño grupo de soldados almohades y aquella campaña acabó en desastre.

En mayo de 1225 el califa abandonó la capital rumbo a Marrakech y nunca volvió a pisar al Ándalus.

Antes de partir nombró a su hermano Abul Ala gobernador de Sevilla y máxima autoridad almohade en la península, dejando Córdoba para Abdala Al Bayasí, antiguo gobernador de Jaén, quien había tomado Sevilla personalmente para su causa.

Al de Baeza, que eso significaba su apodo no le gustó el reparto. Se proclamó emir independiente y sublevó a varias poblaciones, dominando un amplio territorio.

Abu Ala, al mando de las tropas califales, le fue arrebatando cada una de sus conquistas.

El de Baeza, acorralado, pidió ayuda a Fernando III declarándose vasallo y entregándole varias plazas fuertes.

Reforzado con soldados castellanos intentó poner sitio a Sevilla.

Acabó interceptado y neutralizado.

Trató de refugiarse en Córdoba y allí no le perdonaron su pacto con los cristianos. Lo ejecutaron y enviaron su cabeza Sevilla, donde Abu Ala le había puesto precio.

Esta alianza con Castilla fue una mala decisión que se fue haciendo frecuente entre los pequeños caudillos musulmanes.

Recurrir al enemigo para solucionar disputas internas dio mucho poder a Fernando III. 

Y el rey castellano supo utilizarlo magistralmente para dividirlos y debilitarlos en su favor, recibiendo además grandes sumas que empleaba en reforzar sus ejércitos para la ofensiva final.

La desaparición del Baezano no significó el final de los problemas del califato.

En Marruecos, un grupo de jeques proclamó a su sobrino Yahya. Y Al-Adil acabó también asesinado: quien a hierro mata, a hierro muere.

Mientras tanto, en Sevilla, su hermano se proclamó sucesor con el título de Al-Mamún y consiguió el reconocimiento de casi todo Al-Ándalus.

Su repentina marcha a Marruecos para atender problemas del trono desencadenó una violenta reacción nacionalista que venía incubándose desde hacía mucho tiempo.

Quedaba claro que a estos príncipes africanos les importaba poco la seguridad y el bienestar de los musulmanes hispanos. 

En el año 1228 terminó la vinculación andalusí con los almohades que continuaron su guerra civil en África hasta quedar completamente fragmentados.

El poder central había desaparecido y las antiguas familias hispanas decidieron que era hora de librarse definitivamente de los almohades, desterrarlos de la península, como antes habían hecho con los almorávides.

En el Levante, las familias de Zafadola, del rey lobo y del propio Teodomiro volvieron al primer plano.

Y Uryula, como otras muchas ciudades levantinas, fue consciente de que sin las tropas almohades quedaba a merced de los belicosos y militarizados reinos cristianos que amenazaban todas las fronteras.   

Por ejemplo tenemos noticias de un duro ataque cristiano al castillo de Aspe en 1225, que costó la vida a muchos murcianos.

Y así nuestra ciudad se fue uniendo a las diversas revoluciones nacionalistas que sacudieron el territorio.

Pasamos varias veces de Murcia a Valencia en una loca carrera en la que Uryula llegó a proclamarse independiente durante varios años.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Programa 27.
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De Tudmir a Oriola XXVIII.

Dicen las crónicas que aquella rebelión fue vaticinada por los astrólogos.

El pueblo andalusí llevaba mucho tiempo maldiciendo a sus opresores y entre ellos corría la voz de que un descendiente de reyes se alzaría contra los almohades, expulsándolos de Al-Ándalus para formar su propio reino.

Los últimos años de dominación africana habían sido funestos.

En sus disputas por el trono imperial, los codiciosos príncipes almohades no habían dudado en enfrentar a unas ciudades con otras, asolando territorios y entregando castillos a los cristianos.

Para colmo, tras varios años de plagas y sequías, los alimentos estaban alcanzando precios fabulosos, provocando terribles hambrunas.

Las antiguas familias hispanas conspiraban en la sombra y la guerra civil en Marruecos era su gran oportunidad.

Aben Hud surgió en el momento apropiado para levantar la moral de un pueblo y formar parte de su leyenda.

Abdalá Aben Yusuf Aben Hud al Yudami era ante todo un hombre de acción.

Nacido en la región de Mursya a finales del siglo XII, su árbol genealógico, probablemente inventado, lo ligaba a los Hud o Hudíes, la dinastía árabe que gobernó la taifa de Zaragoza.

Esta familia ya había dado un líder hispano en la lucha contra los Almorávides, el famoso Zafadola, la espada de la dinastía de las segundas taifas.

Como soldado de frontera, Aben Hud ya había participado en algunas escaramuzas contra los cristianos; pero la hazaña que lo lanzó a la fama, ocurrió en el castillo de Sanfiro, en Peñas de San Pedro, Albacete.

Un baluarte inexpugnable construido a gran altura, amurallado de arriba abajo por el único acceso a la peña.

Los castellanos lo habían ocupado poco antes, aprovechando una tregua; y contaban con almacenes y buenos aljibes para aguantar largos asedios.

Aben Hud, a las órdenes del gobernador de Mursya, escogió a un grupo de soldados y lo tomó por sorpresa.

Sigilosamente y con nocturnidad escaló a pulso la escarpada peña, degolló al centinela castellano que dormía plácidamente y prendió fuego a la puerta de la torre donde dormía la guarnición, que se rindió antes del amanecer al dar entrada a sus hombres.

Un espectacular golpe de mano que demostró su valor y preparación física. Las noticias de aquella proeza, llegaron hasta Marruecos, cimentando su fama entre las gentes del Levante.

En la primavera de 1228 llegó su momento: al mando de un grupo de soldados murcianos abandonó la capital.

A su mesnada se unió una partida de mercenarios y salteadores de caminos, bandoleros perseguidos por los almohades con los que seguramente había negociado antes de dar el paso.

En mayo tomó el castillo de los Peñascales, en Ricote; y desde allí se alzó contra el poder establecido, practicando algunas algaradas en territorio cristiano; robando y saqueando cuanto encontró a su paso.

El gobernador almohade de Mursya, que salió con sus tropas para detenerlo, no sólo fue derrotado: Aben Hud lo persiguió hasta la capital y en agosto de aquel mismo año la tomó fácilmente en complicidad con sus partidarios, entre los que figuraba el propio cadí murciano.

El valiente Aben hud / a quien celebra la fama / esparciendo por el mundo / sus inauditas hazañas

Y en Ricot, castillo fuerte / sus estandartes levanta / En cuyos campos se muestra / de negro una estrecha banda.

Sometida Madina Mursya, Aben Hud se proclamó Emir de los musulmanes bajo la autoridad espiritual de Bagdad.

De ahí el color negro del que habla el poema: el de los abasíes.

Esta sumisión al antiguo califato era solo un gesto simbólico. Tomando como enseña el estandarte negro se desvinculaba totalmente del califa almohade de Marruecos.

Para hacerlo oficial emitió su propia moneda, una dobla de singular belleza acuñada en la ceca murciana en 1228.

Tras hacerlo Mursya, se sometieron Uryula y Lakant, las principales poblaciones en dirección al territorio valenciano. 

Como respuesta, el gobernador almohade Abu Said salió desde Játiva para hacerle frente.

Y ante el empuje de Aben Hud, se resguardó tras las murallas de la ciudad.

Una vez a salvo, pidió ayuda a Sevilla, donde permanecía el flamante califa Al Mamún, del que hablamos en la última entrega.

Al mando del impresionante ejército califal almohade partió con dirección a Mursya.

Aben Hud, crecido en su osadía, salió a esperarlo en Lorca, donde fue fácilmente derrotado, buscando refugió tras las seguras murallas de Mursya.

Al Mamún no estaba dispuesto a soltar la presa y puso sitio a la plaza. Pero la suerte estaba de su parte.

En Marruecos, el otro califa proclamado, el instigador del asesinato de su hermano, se acercaba a la capital.

Al Mamún levantó el cerco y se marchó sin rematar la faena. Para él era más importante el trono imperial al otro lado del estrecho.

Todo el mundo supo que Aben Hud había resistido el ataque del califa, saliendo muy reforzado de aquel trance.

Su popularidad entre los hispanos se disparó. Ya solo hacía falta un detonante para incendiar a todos los musulmanes de la península.

Y lo activó Al Mamún cuando marchó a Marruecos llevándose al grueso del ejército.

Antes había pedido ayuda a Fernando III, entregándole dinero y varias plazas fuertes.

El pueblo andalusí se levantó como un solo hombre y lo hicieron con sangrienta ferocidad.

La caza del almohade se había desatado.

A los hombres los torturaron y decapitaron. Violaron a las mujeres y asesinaron a los niños.

Los musulmanes hispanos desplegaron una crueldad que sorprendió hasta a los cronistas cristianos.

El golpe se propagó rápidamente entre la población. Aben Hud parecía ser el caudillo que necesitaban.

A partir del 1229 los sublevados lo fueron reconociendo como único soberano.

Primero fue Córdoba, tras asesinar al gobernador; luego Almería, Granada, Málaga.  

Hasta Sevilla, capital de los almohades, se unió a la causa haciendo posible que un aventurero murciano se adueñase de al-Andalus.

Casi sin darse cuenta se encontró al frente de un gran estado que se extendía por todo el sur de la península.

Y proclamó sucesor a su hijo.  

Desde su palacio, edificado en Mursya en el mismo solar que el del Rey Lobo, Aben Hud dirigía los destinos de al-Ándalus combatiendo por igual a almohades y a cristianos.

Su nuevo y pomposo apelativo era al «mutawakil», el que depende de Ala.

Conquistó Algeciras y Gibraltar. Aprovechando la guerra civil en Marruecos y utilizando la flota requisada en Sevilla, pasó a Ceuta, alcanzando su máxima expansión y controlando temporalmente la llave del estrecho.

Solo hubo dos excepciones: la lejana taifa de Niebla que se acogió a la protección de los cristianos y la vecina Balasya (Valencia).

El almohade Abu Said, señor de Balansya, Játiva y Alcira, intentó resistir el envite.

Pero el fuego de la insurrección andalusí se propagó por la región, circunstancia que aprovechó otro valeroso caudillo hispano.

El de Balansya tenía entre sus consejeros a Zeyyán Ben Mardanis.

Como recordarán nuestros oyentes, muerto el rey Lobo, su familia pactó con los almohades y su hermano Yusuf permaneció como gobernador de Balansya hasta su muerte.

Luego, sus descendientes siguieron ostentando cargos en la administración. 

Zayyan era nieto de Yusuf.  Por sus venas corría sangre del hombre que había combatido a los almohades durante veinticinco años.

Así pues su apellido pesaba mucho en Levante.

En 1229, desafiando a su señor, abandonó Balansya para hacerse fuerte en Onda.

Desde allí levantó la región y puso su objetivo en la capital. T

emeroso de perder la cabeza en las crecientes revueltas, Abu Said abandonó Balansya y se refugió en el castillo de Segorbe, donde pidió asilo a Jaime I.

Zeyyán entró triunfal en la capital, proclamándose emir de Valencia bajo el califato de Bagdad.

Había calcado el procedimiento usado por Aben Hud. Pero no le salió como esperaba.

Lo que podía haber sido una alianza entre musulmanes hispanos pasó de la diplomacia a las armas.

Y para colmo, Játiva, Alcira, y Denia se unieron a la causa del murciano.

Tras varias escaramuzas el derrotado Zayyan se refugió tras las murallas de Balansya donde Aben Hud le puso sitio.

Por fortuna para él, el emir murciano tenía abiertos demasiados frentes y tuvo que levantar el cerco para acudir al oeste.

La aventura de Aben Hud fue tan espectacular como efímera.

Más dotado para la guerra que para la política, sus éxitos militares no fueron suficientes para afirmar su autoridad en el inmenso y variado estado que había reunido por la fuerza de la espada.

Su poder emanaba del amor que el pueblo y la soldadesca le tenían; pero no supo escoger a sus oficiales y gobernadores.

Opto generalmente tipos codiciosos, aventureros como él, dispuestos a sublevarse o venderse al mejor postor.

Ceuta se declaró pronto independiente.

Sevilla y Granada le volvieron la espalda.

Poco a poco se fue dando cuenta de que el peligro ya no estaba en el Norte de África, su verdadero enemigo penetraba en el valle del Guadalquivir al mando del más poderoso ejército de la península.

En adelante, el árbitro en aquel tablero de juego sería Fernando III ya rey de Castilla y de León, contra el que poco podía hacer.  

El santo movía hábilmente sus tropas mientras alentaba la sublevación de Muhammad Ben Nazar, fundador de la dinastía nazarí que consiguió formar el reino de Granada.

Cuando Fernando III conquistó la emblemática ciudad de Córdoba las ciudades andalusíes se fueron pasando al bando granadino.

Y Aben Hud, rodeado de enemigos por todas partes, compró una tregua pagándola a precio de oro.

Como consecuencia su reino, limitado ya a los terrenos de la antigua Cora de Tudmir, quedó empobrecido, en un estado de total anarquía e inseguridad.

Pronto acabó su loca aventura.

En 1237 se instaló en Almería donde fue traicionado por el gobernador, uno de sus hombres de confianza que se proclamó independiente.

El legendario caudillo murió en la alcazaba almeriense a comienzos de 1238, en circunstancias oscuras: envenenado o ahogado en una pileta de agua después de emborracharlo.

No habían pasado diez años de su levantamiento en Ricote.

Su cuerpo fue colocado en un ataúd y enviado por mar a Mursya.

Su deshonrosa muerte fue adornada con una romántica historia que achacaba su asesinato a una disputa con su antiguo amigo, por los favores de una hermosa esclava cristiana. 

Leyendas aparate este fue el último y breve acto del esplendoroso periodo musulmán murciano.

Protagonizado por un aventurero local que, esgrimiendo la bandera del nacionalismo, llegó a convertirse en emir de los musulmanes hispanos.

Su grito de insurrección fue el último grito de al-Andalus, un territorio en el que, tras medio milenio de historia, se había forjado una de las culturas más refinadas y avanzadas de la Edad Media.

Un recuerdo nostálgico que quedó inmortalizado en la pluma de los poetas que huyeron a África al llegar los cristianos, llorando amargamente por el paraíso perdido.

Programa 28
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