
De Tudmir a Oriola XXIX.

En septiembre de 1229 las costas catalanas se cubrieron de velas blancas. Más de ciento cincuenta naves de diverso calado zarparon de los puertos de Tarragona, Salou y Cambrils.
Esta improvisada flota transportaba 1.500 caballeros y 15.000 infantes con destino a Mallorca.
La escueta flota local nada podía hacer contra semejante contingente.
El gobernador Abu Yahya no esperaba ayuda de la anárquica estructura almohade.
Solo restaba encomendarse a Ala y preparar la defensa.
Durante la travesía se desencadenó una tormenta que alejó a las naves del punto escogido para el desembarco.
De noche y por sorpresa, una avanzadilla cristiana tomó la cala de Santa Ponsa y allí montaron el campamento.
Las tropas musulmanas estaban desplegadas en la sierra de Portopí, donde se libró una dura batalla al desembarcar el grueso de aquel ejército con su rey a la cabeza.
Ante el empuje cristiano, los defensores se replegaron buscando protección en las murallas de la capital.
Las huestes del rey instalaron catapultas, trabuquetes y todo tipo de máquinas de guerra frente a sus puertas.
Más de dos meses duró el asedio, sin que los cristianos aceptasen condiciones.
Habían venido buscando el botín y la gloria, y entrarían a sangre y fuego.
El 31 de diciembre de 1229, las huestes de Jaime I tomaron Madina Mayurca.
Cuatro años antes, durante la primavera de 1225, Jaime I había reunido cortes en Tortosa para tomar la cruz y combatir a los sarracenos.
El monarca preparó una expedición contra la fortaleza de Peñíscola, primer paso en la conquista de Valencia.
Aquella empresa, boicoteada por la nobleza, fue un nuevo y humillante fracaso.
Su prestigio estaba por los suelos.
Cuando dos navíos catalanes fueron apresados y expoliados, Jaime envió un emisario a Mallorca para pedir cuentas.
El gobernador almohade independiente, Abu Yayha, informado de debilidad de aquel rey adolescente, se burló despidiendo al mensajero de mala manera.
Cuentan las crónicas que aquel día Jaime prometió coger a ese moro por las barbas.
Y cumplió su promesa.
De sus frustradas campañas en territorio valenciano solo había obtenido una tregua con Abu Said, el gobernador almohade de Balansya, que al menos le permitía cobrar parias.
Defender esa tregua matando a uno de sus más destacados nobles le había costado una guerra civil.
Estas revueltas nobiliarias coincidieron con el colapso almohade, perdiendo una oportunidad de oro que sí supo aprovechar Fernando III de Castilla.
En la Corona de Aragón el orden y la justicia habían desaparecido.
Los jurados de algunas ciudades se confederaron para hacer frente a los robos y homicidios.
A ellos se unió el grupo nobiliario más peligroso para Jaime: el que lideraba su propio tío el infante Fernando, abad de Montearagón.
Un claro desacato a la autoridad real.
Excepto una minoría de incondicionales, el resto de la nobleza tampoco era muy partidaria del joven monarca.
Y menos aún de que este grupo se hiciese con el control del reino.
Así se formó otra liga de nobles en torno a Jaime, provocando una serie de enfrentamientos armados entre realistas y nobiliarios.
Esta guerra civil acabó con la concordia de Alcalá, solicitada por ambos bandos y auspiciada por el papa en la primavera de 1227.
Con veinte años, aquel niño educado por los templarios era ya el prototipo de un caballero cristiano.
De elevada estatura, cabello rubio, piel blanca y fina. Religioso y guerrero. Orgulloso y valiente como sus mentores.
Durante la guerra civil había comenzado a ganarse el respeto de sus nobles.
La única forma de apaciguarlos, cimentando de una vez por todas su prestigio, era conquistar territorios.
Necesitaba urgentemente una campaña militar contra los sarracenos, una cruzada.
La oportunidad llegó en las navidades de 1228, durante un banquete ofrecido en Tarragona por el mercader barcelonés Pere Martell.
Un grupo de acaudalados burgueses catalanes le pidieron que acabase con los piratas de Mallorca, una amenaza constante que afectaba directamente a sus intereses mercantiles.
Conquistando las estratégicas islas, las bases comerciales catalanas tomarían la delantera a sus rivales en Pisa y Génova.
El proyecto era complicado y costoso, pero a Jaime le gustó.
La nobleza aragonesa le presionaba con la campaña valenciana, pero los intereses comerciales de los catalanes pesaron más.
Lógico. La corona estaba en la ruina y ellos le ofrecían barcos y dinero para la empresa.
Rápidamente convocó las Cortes de Barcelona.
Los nobles catalanes se apuntaron con sus mesnadas a cambio de botín y dominios territoriales.
Jaime les dejó claro que habría un reparto equivalente a lo que aportasen en la campaña.
Al obispo de Barcelona le ofreció el pastel más suculento: la jurisdicción sobre la futura diócesis mallorquina.
Luego hizo la misma propuesta en las cortes de Lérida, donde los nobles aragoneses aceptaron los términos del trato; pero aplicándolo al territorio valenciano.
¿Qué les importaba a ellos una isla en medio del Mediterráneo?
Su objetivo era Valencia.
El rey encontró suficientes recursos en Cataluña, donde los principales caballeros y obispos se volcaron aportando hombres y dinero.
También al otro lado de los Pirineos, donde conservaba influencia y territorios.
Pero en Aragón sólo pudo contar con un reducido grupo, los más leales a la corona.
La conquista de Mallorca fue una empresa fundamentalmente catalana y por eso, catalanes fueron la gran mayoría de sus repobladores.
Jaime I había conseguido por fin su cruzada.
En el verano de 1229 armó la flota y, como hemos contado al principio, invadió la isla de Mallorca.
La campaña fue una orgía de sangre y codicia. Los invasores cristianos se emplearon a fondo incendiando la ciudad y pasando a cuchillo a la mayoría de la población.
La carnicería fue tan descomunal que los miles de cadáveres abandonados provocaron una epidemia que diezmó a los vencedores.
El propio Abu Yahya fue cruelmente torturado hasta la muerte.
Para colmo, los nobles catalanes pelearon entre ellos como buitres por el reparto del botín.
En estas disputas por la capital se desentendieron del resto de la isla. Muchos tomaron lo suyo y se largaron.
Jaime tuvo que sofocar los focos de resistencia en la sierra echando mano de los almogávares, de los templarios y de algunos nobles leales.
La dantesca situación se prolongó hasta el Domingo de Ramos de 1230.
La isla pasó a la Corona de Aragón con el nombre de Reino de Mallorca e ínsulas adyacentes, repartido el territorio entre la nobleza y la iglesia.
Los supervivientes fueron esclavizados y multitud de colonos comenzaron a llegar desde Cataluña.
Esta campaña, primer y decisivo paso para la proyección mediterránea de Aragón, engrandeció el prestigio de Jaime.
Mientras peleaba en Mallorca los nobles aragoneses habían empezado por su cuenta la conquista de Valencia, donde la situación política había cambiado.
El gobernador Abu Said, con el que tenía firmadas las treguas, se había refugiado en Segorbe y sus territorios se los disputaban dos caudillos hispanos, como ya contamos en una entrega anterior.
El rey no podía dejar que la nobleza conquistase por su cuenta. Menoscabando su poder y formando señoríos independientes al estilo de Albarracín.
Así pues, muy enfadado y sin tiempo para prepararse, se incorporó a la campaña para liderar las conquistas en territorio valenciano.
Jaime nunca olvidó todas estas afrentas y, como veremos, supo vengarse de los nobles, a su manera y a su tiempo.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 29.
.
De Tudmir a Oriola XXX.

En el capítulo anterior dejamos a Jaime I encolerizado, con la casta militar aragonesa haciendo oídos sordos a sus llamamientos para luego dedicarse a asediar las fronteras valencianas por su cuenta y beneficio.
En ese mismo año de 1231 firmó un interesante acuerdo con el rey de Navarra, Sancho el fuerte, el único superviviente de las Navas de Tolosa.
El anciano monarca, enfermo y tremendamente obeso, vivía aislado en su castillo de Tudela.
Sin hijos legítimos veía peligrar lo que quedaba de su reino bajo la constante amenaza castellana.
Por esta razón llamó a Jaime con una oferta: al morir uno de los dos, el otro le sucedería en sus territorios.
El pacto era muy favorable para el aragonés; Sancho se acercaba a los ochenta años y él no había cumplido veinticinco.
Jaime aceptó comprometiéndose a defenderlo de los posibles ataques castellanos.
Pero metido de lleno en la campaña de Valencia, se desentendió del asunto, perdiendo la oportunidad de recuperar Navarra para la Corona de Aragón cuando falleció Sancho, tres años después.
Sus relaciones con Castilla se habían enturbiado al pedir al Papa la anulación de su matrimonio con Leonor, la infanta castellana.
Roma lo autorizó por razones de parentesco, a pesar de que ya tenían un hijo, su primogénito Alfonso.
Una situación muy parecida había unido las coronas de Castilla y León en la persona de Fernando III.
Las campañas aragonesas en territorio valenciano no pasaban de simples incursiones de saqueo en las poblaciones fronterizas a través de la plaza fuerte de Teruel.
El resto de castillos fronterizos estaban en manos de las órdenes militares: en Tortosa los Templarios, en Amposta los hospitalarios y en Alcañiz la orden de Calatrava.
La taifa de Valencia era un caos total en plena guerra civil.
Como recordarán nuestros lectores, al gobernador Abu Said, se le había sublevado Zayyán Ben Mardanis; y a este lo acosaba Aben Hud desde Mursya.
En esta situación, las tierras valencianas obedecían a tres autoridades distintas: el norte, actualmente Castellón, estaba en manos de Abu Said, encastillado en Segorbe y protegido por Jaime I.
La zona centro, donde estaba la capital, obedecía a Zayyan. Y las tierras al sur del Júcar se habían pasado al bando de Aben Hud, el caudillo murciano.
Cuando más fácil tenía hacerse con Valencia, Jaime se había decidido por Mallorca, abandonando a su aliado Abu Said.
Con la isla sometida recibió la noticia de que los peones de Teruel habían conquistado el castillo de Ares, una especie de nido de águilas encaramado en una muela rocosa.
Jaime se puso en camino para tomar posesión, cuando le notificaron que Blasco de Alagón había tomado por su cuenta Morella, una de las fortalezas más imponentes y estratégicas.
Blasco era un destacado noble aragonés que había llegado a ser mayordomo real.
Según contó el propio Jaime en su crónica, se había desnaturado expatriándose en Valencia durante casi tres años, actuando con su mesnada al servicio de Abu Said, quién lo acogió con los brazos abiertos al sentirse abandonado por Jaime, dedicado por entonces a la conquista de Mallorca.
Traicionando su condición de protector y sin apenas esfuerzo se había hecho con Morella, el castillo más importante de la zona.
Jaime se presentó reclamando la propiedad para la Corona. Pero Blasco no estaba dispuesto a entregarla.
Para convencerlo, las tropas del rey se instalaron en el castillo de Ares, bloqueando la entrada de suministros hasta que Blasco cedió la ciudad para luego recibirla como señor de Morella; eso sí, conservando el rey la propiedad del castillo.
Así comenzaba la campaña de Jaime I en Valencia, disputando su autoridad con los nobles.
Blasco había puesto sus conocimientos del territorio al servicio de la corona, participando en el diseño de una campaña dividida en tres fases: la conquista de Burriana con la mayor parte de localidades castellonenses.
La ocupación del Puig para asediar la ciudad de Valencia.
Y por último las tierras al sur del río Júcar hasta llegar a la frontera pactada con Castilla.
El joven monarca necesitaba implicar a la casta militar en su proyecto, pero estos seguían intentando recortar su poder en beneficio propio.
Mientras, no les iba nada mal cobrando de las indefensas ciudades fronterizas y haciendo sus propias incursiones en busca de botín.
Al rey ya no le importaba el dinero: había llegado el momento de añadir Valencia a su corona.
La conquista de Valencia fue inicialmente un asunto aragonés.
Pero el intento de monopolizar la campaña fue inteligentemente neutralizado por Jaime incorporando a la nobleza catalana; de esa forma sería una empresa de toda la Corona.
Veinticuatro mil kilómetros cuadrados de territorio lleno de castillos era un hueso demasiado grande y toda ayuda sería poca.
Así pues, la conquista de las tierras valencianas fue un esfuerzo de aragoneses, catalanes y, en menor medida, de otras gentes llegadas de diversos lugares; pues no olvidemos que el Papa Gregorio nono otorgó a la empresa la bula de cruzada.
A diferencia del genocidio practicado en Mallorca, aunque se realizase en nombre de Dios, la conquista de Valencia fue otra cosa muy distinta.
Una cruzada implicaba terribles matanzas por el simple hecho de no ser cristianos.
En Valencia Jaime concedió a los musulmanes la posibilidad de seguir viviendo como hasta entonces, utilizando la violencia en contadas ocasiones.
La mentalidad de los cristianos peninsulares era distinta a la del resto de Europa.
Hasta la propia iglesia salía beneficiada con este proceder, percibiendo cuantiosas rentas de los musulmanes vencidos.
La superioridad militar de la Corona de Aragón era incuestionable y el territorio valenciano una perita en dulce.
Los musulmanes, a pesar de su riqueza económica y cultural, eran incapaces de mantener una estructura política que permitiese organizar la defensa militar conjunta.
De nada les sirvió el espectacular sistema defensivo reforzado por almorávides y almohades; un conjunto de fortalezas que dominaban todas las rutas.
Se habían acostumbrado durante muchos años a comprar su seguridad a base de parias; y cuando falló este sistema no quedaron alternativas: la rendición pactada era sólo el siguiente paso.
A fin de cuentas, aunque sometidas a los cristianos, las grandes familias musulmanas mantuvieron su posición social y el pueblo llano vio reducidos sus impuestos conservando además su religión. Solo cambiaban de señor.
En 1233 Jaime I se puso manos a la obra asumiendo personalmente la dirección y fijando su primer objetivo en Burriana.
Llegada la fecha prevista solo acudieron poco más de un centenar de caballeros y las milicias de Teruel.
Con este reducido ejército inició la marcha por territorio aliado. En el camino se le unieron los templarios, hospitalarios y calatravos.
En mayo puso cerco a la ciudad. Pasados dos meses, varios nobles intentaron persuadirle para que abandonase el sitio, pues las milicias debían volver a recoger la cosecha, de la que dependían sus graneros.
Jaime aguantó la presión, obteniendo la rendición de los burrianenses a mediados de julio.
Para aligerar las negociaciones y evitar las luchas internas por el reparto del botín, como le había pasado en Mallorca, permitió a los vencidos permanecer cuatro días organizando el traslado y marcharse después escoltados con todos los bienes que pudiesen cargar.
La conquista de Burriana dejó clara la total indefensión el la que habían quedado los valencianos tras la guerra civil.
Zayyan, escondido tras los muros de Valencia, no se dignó a socorrerlos.
Cuando los cristianos comenzaron a realizar algaradas por el Norte, los habitantes de la zona, sabedores de que ya nadie les podía ayudar se fueron rindiendo sin oponer resistencia.
Los primeros, los de Peñíscola; y tras ella todas las alquerías de su distrito.
Vista la situación, todo el que disponía de efectivos realizó incursiones en territorio musulmán, rindiéndose una a una el resto de localidades de la actual provincia de Castellón.
La primera fase había terminado fácilmente.
Valencia, la capital del territorio, era el próximo objetivo.
Zayyan Ben Mardanis estaba condenado. Solo era cuestión de tiempo.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 30.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.

