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Tud Or Cap. 35/36. Uryula-Mursya.

De Tudmir a Oriola XXXV.

Estuco del castillo de Uryula, siglo XIII/XIV. MARQUO
Programa 35.

De Tudmir a Oriola XXXVI.

Programa 36.
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Tud Or Cap. 31/32. Jaume I. El Puig.

De Tudmir a Oriola XXXI.

Programa 31.

De Tudmir a Oriola XXXII.

Programa 32.

 

 

Jaime I en Orihuela.

Jaime I en Orihuela.

Jaime I entró en Orihuela sin disparar una ballesta en torno al 25 de noviembre de 1265.  Luego marchó a encontrarse con Alfonso X, con su hija y con el resto de su familia en Alcaraz, donde planearon la conquista de Murcia.

Regresó el 21 de diciembre encontrando a sus hombres muy animados. Durante su ausencia se habían dedicado a practicar productivas cabalgadas en la huerta. Se acercaba la Navidad y en Orihuela decidieron celebrar las fiestas.

Es difícil imaginar aquellas dos semanas con miles de personas acampadas en nuestra ciudad. La actividad febril dentro y fuera de las murallas preparando la campaña de asedio. Fabricando flechas, forjando espadas, construyendo ingenios militares….

Nunca estuvo Orihuela tan llena de gente principal. Tras sus murallas se concentró lo más selecto de la caballería cristiana. Además del monarca aragonés, figuraban los Infantes de Aragón, Pedro y Jaime; el de Castilla, Don Manuel. Los maestres o lugartenientes de las Órdenes militares de Santiago, el Hospital y los Templarios. Los obispos de Barcelona y Cartagena. La flor y nata de la nobleza Catalana y Aragonesa. Los adelantados y caballeros castellanos.

Las navidades de 1265 deberían ser recordadas como una efeméride oriolana de la que hace poco se cumplieron 750 años sin pena ni gloria.

Imaginaos esas ceremonias religiosas con ilustres oradores como el prelado catalán Arnau de Gurb o Pedro Gallego, confesor del rey Alfonso y primer obispo de la restituida diócesis de Cartagena. El colorido de las órdenes militares, los hospitalarios con sus capas negras, los templarios y santiaguistas de color blanco.

Y así llegó 1266. Al otro día del año nuevo, Jaime I el Conquistador salió de Orihuela acompañado por su hueste. Era hora de tomar Murcia.


Extracto de la serie «De Tudmir a Oriola» Antonio José Mazón Albarracín. (Ajomalba) 2016.

Tud Or Cap. 25/26. Almohades-Jaume I.

De Tudmir a Oriola XXV.

El califa Al-Nasir tenía preparado un poderoso ejército para combatir en Hispania.

A sus huestes se unieron tribus de Marruecos, contingentes de Ifriquiya, milicias de las ciudades de Al-Ándalus y miles de voluntarios al reclamo de la Guerra Santa. Carne de lanza destinada a la primera línea de combate con muchas probabilidades de alcanzar el paraíso.

El ejército de Aragón llegó bien pertrechado con su rey a la cabeza.

A las mesnadas castellanas se agregaron las milicias de las ciudades y las órdenes militares.

Aunque no comparecieron sus reyes, participaron también voluntarios de Portugal y de León.

A partir de la primavera fueron llegando riadas de cruzados del otro lado de los Pirineos. Miles de hombres de toda condición: caballeros, obispos, soldados y gente de pie a la que hubo que armar.

Esta cruzada no iba dirigida contra un territorio o plaza concreta. Toda esa marea humana marchaba sin remedio hacia una batalla campal.

Un combate singular entre la cruz y el Islam.

Acudid a la guerra, el éxito es seguro. Alcanzad la gloria en este mundo o conquistad la vida eterna.

Las fuerzas cristianas se concentraron en Toledo, base militar de Castilla defendida por cuatro recintos amurallados.  

Cabalgadas, saqueos y campañas tenían allí su punto de partida como plaza destacada para reunir y aprovisionar tropas.

Aquella multitud desbordaba toda su capacidad logística.

A principios de junio llegó un gran contingente de cruzados europeos capitaneados por el arzobispo de Narbona, multiplicando los problemas.

Esta gente no sabía nada de convivencias y tratados. Andaba deseosa de botín y sangre. Como aperitivo saquearon la judería toledana provocando una matanza.

Tras semanas de preparativos en las que fue muy difícil mantener el orden, aquél enorme ejército partió hacia el sur.

En las primeras plazas musulmanas pasaron a cuchillo a todos sus habitantes como era costumbre en las cruzadas.

Nada de pactos ni rendiciones honrosas. Aquellos soldados europeos practicaban otro tipo de guerra y se enojaron con la orden de respetar a los vencidos.

A eso se unieron las terribles privaciones habituales de aquella Hispania en perpetua guerra y el insoportable calor.

A finales de junio gran parte de los cruzados regresaron a casa.

La deserción en masa minó la moral de una muchedumbre cansada, hambrienta y sedienta, pero mejoró su situación al reducir las bocas que alimentar.

Y así llegaron a Sierra Morena.

Atravesar los desfiladeros y gargantas del actual puerto de Despeñaperros era un suicidio. El «Miramamolín» los esperaba al otro lado con sus fuerzas descansadas y desplegadas en altura para aplastarles.

No podían avanzar ni tampoco desandar lo andado con las tropas agotadas, desmoralizadas y sin víveres.

Cuentan las crónicas que los cristianos pidieron un milagro y este llegó personificado en un pastor de la comarca que guió al ejército cristiano por un paso que los almohades desconocían.

Aquel tortuoso sendero los situó en el flanco izquierdo de los musulmanes sin montañas de por medio.

La ventaja escénica que el «Miramamolín» había preparado y sus tácticas de combate quedaron anuladas.

Todo se resolvería en un choque sin apenas espacio para maniobrar.  

Las cifras de combatientes en ambos ejércitos son muy variables según quien las cuente; pero siempre muy favorables a los sarracenos.

Por la capacidad de aquel campo de batalla se puede calcular que Alfonso de Castilla consiguió llegar con veinticinco o treinta mil hombres y que el califa lo esperaba con más o menos el doble.

No voy a relatar la batalla: aquella carnicería parecía decantarse por los musulmanes hasta que Alfonso de Castilla desenvainó su espada y, volviéndose hacia el arzobispo de Toledo gritó:

«Aquí, señor obispo, morimos todos». 

Y así tuvo lugar la legendaria carga de los tres reyes con las tropas de reserva. Atravesando el frente llegaron hasta la tienda del califa.

El lunes 16 de julio del año 1212 el ejército del «Miramamolín» fue destrozado y puesto en fuga.

El principal vencedor fue Alfonso VIII de Castilla, quien no pudo aprovechar la circunstancia para seguir conquistando territorios por una terrible hambruna seguida de una epidemia de peste.

Fue su nieto Fernando III el que recogió el testigo.

Gran fama ganó el rey de Navarra, aunque en un principio se resistió a colaborar.

Sancho consideraba más enemigo a su primo el castellano que al propio «Miramamolín».

Sancho de Navarra rompiendo la cadena de esclavos del Califa Almohade.

Al final acudió con solo doscientos caballeros, casi obligado por Roma.

Quizá por eso sus cronistas explotaron bien aquel triunfo contando que fue Sancho quien cayó sobre la famosa tienda roja del Califa.

Y así nació la leyenda que relaciona las cadenas del escudo de Navarra con los esclavos encadenados que protegían al «Miramamolín».

Pedro II acudió de buen grado a ayudar a su amigo y aliado.

Los almohades le habían golpeado en las costas catalanas. Pero no tuvo mucho tiempo para saborear aquella victoria. Antes de un año volvieron sus problemas en el norte.

Ante la amenaza de los cruzados de Simón de Montfort, que como ya contamos tenía a su hijo Jaime como rehén, organizó de nuevo su ejército y cruzó los Pirineos para ayudar a sus vasallos.

Puso bajo su protección a los condes y se dirigió a por los cruzados que, en inferioridad numérica, lo esperaban fortificados en Muret, muy cerca de Tolosa.

Durante el sitio, una hábil maniobra de Montfort acabó con la vida del rey de Aragón en septiembre de 1213.

A su muerte la corona quedó en una lamentable situación.

Pedro II se había enfrentado a sus nobles, aumentado la presión fiscal. Arrendó sus derechos, pidió préstamos, vendió plazas conquistadas a Navarra.

Hasta empeñó el tesoro personal para sus campañas militares.

Un reino arruinado y dividido, con los nobles descontentos y un rey menor de edad en poder de Simón de Montfort.

Dos batallas en menos de un año habían marcado su reinado: La victoria contra los Almohades y la derrota y muerte en Muret.

Una abría el sur y otra cerraba el norte, impulsando el avance de Aragón hacia Valencia y el Mediterráneo.

En cuanto al «Miramamolín», nunca se repuso de aquella derrota. Volvió a Marruecos dejando un Al-Ándalus descompuesto en manos de su hijo de catorce años.

Entregado al vino y los placeres falleció poco después, probablemente envenenado.

Muerto su hijo los últimos califas almohades se sucedieron a un ritmo vertiginoso.

La gesta cristiana en las Navas de Tolosa supuso el pistoletazo de salida a una etapa convulsa y caótica en el conjunto de la población musulmana peninsular que desembocó en las terceras taifas.

Un periodo en el que Mursya tuvo gran protagonismo.

El proceso de construcción de castillos y fortificaciones que había comenzado en el Califato, progresó con los almorávides y tuvo su mayor esplendor con los almohades.

Las murallas dieron seguridad, y la seguridad trajo población y desarrollo económico.

Medina Mursya, en su momento cumbre, quedaba como la indiscutible capital de un territorio cambiante.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 25

Programa 25.
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De Tudmir a Oriola XXVI.

El peligro de islamización de la península quedó enterrado en las Navas de Tolosa dando paso a un siglo XIII pródigo en conquistas cristianas.

Pero las consecuencias de aquella batalla no fueron inmediatas.

Castilla bajó la línea de frontera del Tajo a Sierra Morena, dominando una docena de fortalezas situadas entre Toledo y Córdoba.

Todo quedó en suspenso a causa de una serie de hambrunas y epidemias de peste que forzaron una tregua.

En dos años murieron los tres principales protagonistas de aquella legendaria batalla: el califa Al Nasir, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón.

Durante la década siguiente, a la que vamos a dedicar esta entrega, la frontera apenas se movió y el dominio almohade se mantuvo estable.

El Miramamolín fue sucedido por su hijo Yusuf, calificado en las crónicas árabes como un joven sin experiencia, entregado a los placeres de la vida.

Este quinceañero abandonó totalmente la guerra santa y dejó los asuntos del imperio en manos de ministros y gobernadores, miembros de diversas facciones de su familia que actuaban en sus distritos como señores independientes.

En Castilla, fallecido el primogénito Fernando antes que su padre, depositaron sus esperanzas en Enrique, un rey todavía muy niño.

Pero su muerte accidental complicó todavía más las cosas.

El trono pasó a su hermana Berenguela, quien inmediatamente abdicó en su hijo Fernando, heredero de León gracias a aquel matrimonio anulado por el Papa del que ya hablamos.

Así, tras una dura lucha contra una facción de los nobles y enfrentado a su propio padre, Fernando III acabó reinando en Castilla.

En Aragón, a Pedro II le sucedió su hijo Jaume, personaje al que estamos dedicando esta serie de programas en el 750 aniversario de su llegada a Mursya.

Jaime I fue el monarca medieval que más tiempo permaneció en el trono: sesenta y dos años. Así pues, nos va a acompañar unos cuantos capítulos.

El Conquistador dictó sus memorias en primera persona, dejándonos el «Llibre dels Feits».

El libro de los hechos del rey Jaime abarca toda su legendaria vida.

Llibre dels Feits de Jaume I. Reproducción facsimilar de la Biblioteca de Catalunya, correspondiente a la versión de la Crónica del rey Jaime I, que su biznieto, Pedro el Ceremonioso, ordenó copiar el 1380. 

Como él mismo dejó claro, sus padres no se querían y su nacimiento fue fruto de un engaño.

Pedro II era un hombre mujeriego que rechazaba yacer con su esposa, la reina María de Montpelier.

En una confabulación de la corte para conseguir heredero, la hicieron pasar por una de sus amantes.

Así logró engendrar al futuro rey de Aragón, nacido en Montpelier en el año 1208.

Despechada con su marido su madre no quiso otorgarle un nombre vinculado a la corona aragonesa.

Y cuentan las crónicas que encendió doce cirios del mismo tamaño y peso, en los que escribió los nombres de los doce apóstoles.

El último en consumirse fue el de Santiago, o Sant Jaume como se nombraba en aquellos territorios.

Una infancia muy difícil marcó su carácter. No fue reconocido por su padre hasta los dos años.

Y como ya contamos fue para dejarlo como rehén en manos de Simón de Montfort, quien pretendía casarlo con su hija.

Quiso el destino que su tutor y carcelero derrotase a su padre en Muret, donde dejó su vida.

Y así quedó Jaime: preso en territorio francés con apenas cinco años de edad, huérfano de padre y madre, con su familia conspirando para alcanzar el trono.

Un año tardó Simón de Montfort en devolverlo y no fue por iniciativa propia. Tuvo que intervenir el papa Inocencio III a petición de una embajada aragonesa.  

Jaime pisó Aragón por primera vez a los seis años de edad. De su reclusión en el castillo de Carcasone al castillo de Monzón: esta vez bajo la tutela de los templarios.

Allí pasó otros cuatro años mientras el reino quedaba en manos de un consejo de regencia presidido por su tío Sancho.

Antes fue jurado rey en las cortes de Lérida.

De Monzón salió a los diez años para hacerse cargo de un completo desastre. Su padre lo había dejado en la ruina.

Tanto, que el propio Jaime se quejaba de que sus rentas apenas cubrían los gastos de un día.

Mientras, sus tíos se disputaban la regencia y los nobles, aragoneses y catalanes campaban a sus anchas en una completa anarquía.

Sus inicios en el trono fueron una sucesión de traiciones, malos consejos, conflictos y revueltas señoriales con facciones enfrentadas para conseguir controlar la voluntad de aquel niño.

De nuevo el Papa tuvo que intervenir para poner orden, haciendo que aragoneses y catalanes le jurasen fidelidad.

Pronto decidió entrar en territorio valenciano. Y para la campaña, intentó concentrar a sus nobles en Teruel.

Estos ignoraron su primer llamamiento de conquista.

En 1220 intentó someter al poderoso Rodrigo de Lizana, que en abierta rebeldía huyó pidiendo refugio en Albarracín, el señorío de los Azagra.

Ante la negativa de entregar al fugitivo Jaime puso sitio a la plaza. Pero aquel asedio solo fue un nuevo fracaso para el joven rey.

Otra vez en Teruel, plaza fuerte de su frontera, convocó a los aragoneses para atacar a los moros valencianos. Y obtuvo la misma respuesta.

Aun así penetró en territorio musulmán arrancando un pacto con los valencianos que le permitió retirarse con dignidad.

Pero de vuelta hacia Aragón tropezó con uno de sus nobles que, por su propia cuenta, se disponía a atacar territorio musulmán rompiendo la palabra dada por su rey.

Tras una acalorada discusión el caballero acabó muerto por la escolta del rey provocando un nuevo alzamiento de la nobleza aragonesa, que no renunciaba a someter a su joven soberano.

Cumplidos los doce años fue nombrado caballero en Tarazona.

Sus consejeros, para evitar conflictos dinásticos, lo casaron con Leonor de Castilla, la hija de Alfonso VIII, cuando según sus propias palabras, no podía hacer eso que los hombres hacen con sus mujeres.

Aquel matrimonio concertado fue otro fracaso, pero al menos, proporcionó al reino un heredero, su primogénito Alfonso.

Y así llegamos al 1224, un año decisivo.

El califa Yusuf falleció sin hijos en oscuras circunstancias. Por primera vez, la línea directa de sucesión almohade quedaba rota y la administración entraba en estado agónico.

Los jeques en Marrakech proclamaron califa a un hermano de su abuelo, un anciano de nombre, Muhammad al-Majlu.

Dos meses después, convencido de su derecho al trono, Muhamad al-Adil, gobernador de Mursya y sobrino del anciano, se proclamó también califa.

Era sólo el principio.

Jaime I no pudo reaccionar a los acontecimientos. Seguía envuelto en traiciones y revueltas.

Sus nobles lo atrajeron a Zaragoza mediante engaños y allí fue secuestrado y encerrado en el torreón de la Zuda, junto a su esposa.

Fernando III, afianzado al fin su poder, no desaprovechó la ocasión que le brindaban las disputas almohades.

En el verano de 1224 salía de Toledo con dirección a Sierra Morena, acompañado de un fuerte contingente de nobles castellanos y miembros de las órdenes militares con sus maestres al frente.

Una nueva y apasionante etapa de nuestra historia acababa de empezar.

Programa 26.
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Tud Or Cap. 23/24. Almohades.

De Tudmir a Oriola XXIII.

El medio siglo que transcurrió entre la muerte de Mardanis «rey Lobo» y el alzamiento general contra los almohades, cuya mecha prendió precisamente en Mursya, es un periodo oscuro del que apenas tenemos noticias regionales y mucho menos locales.

Como provincia almohade los cronistas árabes unieron su historia a la de la península sin concretar detalles.

Aun así, podemos afirmar que, perdiendo su independencia política, la región gozó de una relativa paz.

Eso no significa que estuviese libre de las algaradas cristianas en las fronteras y de algún levantamiento local.

Mursya y Uryula siguieron progresando económica y culturalmente; como demuestran los numerosos restos arqueológicos encontrados.

También el gran número de sabios, literatos y juristas murcianos de aquella época que aparecen en los repertorios biográficos, un género literario tradicional en el mundo musulmán que se ocupaba de contar la vida y obra de los personajes más destacados.

Durante el último cuarto del siglo XII los almohades alcanzaron su apogeo político y económico.

Abu Yacub Yusuf, conocido como Yusuf I, continuó la tarea emprendida por su padre, el primer califa almohade.

Yusuf era un hombre muy culto educado en Sevilla. Y en dicha ciudad fue gobernador con tan solo dieciséis años.

El joven príncipe beréber amaba las artes y las letras, rodeándose de literatos, filósofos y hombres de ciencia entre los que destacó especialmente el famoso Averroes.

En 1171 se estableció en su amada Sevilla, donde instaló su cuartel general en la península.

Demostró gran inteligencia política casándose con una hija del «rey Lobo» y comprando la lealtad de todos sus familiares, a los que permitió desempeñar importantes cargos en los mismos territorios que antes ocupaban.

Así logró una transición pacífica y una fácil integración de la región en el estado almohade.

Tras un éxito relativo en sus campañas por Andalucía consiguió una tregua con los reyes cristianos y se dedicó a embellecer Sevilla hasta que tuvo que volver a Marrakech para hacer frente a una sublevación.

Fruto de su amor por esta ciudad fue el comienzo de la famosa Giralda, alminar sin parigual en ninguna de las mezquitas de Al Ándalus.

Mientras reprimía a los insurrectos africanos comenzó a recibir noticias alarmantes de la península: los reinos cristianos se habían aliado para acosar sus territorios hispanos.

Sin pensárselo dos veces, preparó un gran ejército con el que desembarcó en Algeciras.

En Sevilla se le unieron las tropas peninsulares, entre las que había contingentes reclutados en Mursya y parte de los cuales salieron de Uryula.

Desde allí se dirigió al corazón de Portugal poniendo sitio a la estratégica plaza de Santarem.

En una de las crónicas quedo reflejado un dato curioso: durante el asedio, tropas murcianas hicieron una incursión para alimentar a las mulas y fueron atacados por los cristianos, perdiendo las cincuenta acémilas.

Apoyados por tropas de León, los portugueses resistieron; y en el desordenado repliegue, el califa fue gravemente herido falleciendo poco después.

Su muerte se mantuvo en secreto hasta que volvieron Sevilla; donde su hijo fue proclamado sucesor en el año 1184.

Barras de Aragón.

Mientras tanto en Aragón, como ya contamos en el capítulo anterior, Alfonso II heredó todos los derechos de su padre y de los antepasados de su madre.

Al ser reconocido por Roma quedó enterrado definitivamente el complejo testamento del Batallador a favor de las órdenes militares.

Unidos por la corona, Aragón y los condados catalanes fueron eliminando sus fronteras interiores a la vez que acentuaban sus diferentes personalidades.

La frontera del reino había bajado en dirección a Castellón y Teruel.

Esta última plaza, fundada y fuertemente fortificada por Alfonso II, se convirtió en su punta de lanza y se fue poblando rápidamente gracias a un fuero especial muy ventajoso.

Siguiendo los dictados del Papa, los reinos de León, Castilla y Aragón pactaron para hacer frente a los Almohades, atacando simultáneamente en todos los frentes.

Fruto de esta alianza fue la importante conquista de Cuenca en 1177 por parte de Castilla, un enclave estratégico muy reforzado por los almohades que fue sitiado y atacado con catapultas.

El propio rey de Aragón participó personalmente en esta campaña exhibiendo por primera vez las barras de Aragón.

La Crónica de San Juan de la Peña lo refiere así : «mudó las armas y señales de Aragón y prendió bastones».

Hasta su reinado no hay constancia de los signos o emblemas que los reyes de Aragón utilizaban en el campo de batalla. Lo más lógico es que fuese la enseña de Cristo, una simple cruz.

¿Quién fue el primer rey que usó las barras rojas y amarillas?

En heráldica se nombran como palos de gules iguales entre sí sobre campo de oro.

La referencia más antigua son unos sellos de Ramón Berenguer IV, cuando ya era Príncipe de Aragón y conde de Barcelona.

Lo que está claro es que esas barras no representaban a ningún territorio. Eran el distintivo de una familia; en este caso la Casa Real aragonesa. Fue mucho después cuando quedó escrito:

«No pienso que galera, bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, ni tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».

La historia y la cultura son los elementos que forman la identidad de un pueblo. Y el prestigio de esas barras lo ganaron aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos.

Por lo tanto son un símbolo que pertenece a todos lo que una vez formaron parte de la corona de Aragón, por mucho que se empeñen los catalanes en inventar fantásticas leyendas para apropiárselas.

Alfonso fue un gran aficionado a leer y escribir poesía, especialmente de cortejo, lo que le valió el apodo de «el trovador».

Este mote regio no guarda mucha relación con el que le otorgaron siglos después, por no haber dejado hijos bastardos: «el casto».

Consolidó la presencia aragonesa en Occitania como actor principal y aliado del rey de Inglaterra.

Retiró su vasallaje al emperador apoyando al Papa.

Trató sin éxito de recuperar Navarra y participó en la lucha contra los almohades.

Falleció en Perpiñán en el año 1196, dejando tres varones y tres hembras.

Averroes en Córdoba. Escultura realizada por Pablo Yusti Conejo en 1967.

El tercer califa almohade Abu Yusuf Yaqub, conocido como Yusuf II, subió al trono tras la muerte de su padre.

Tanto en África, contra una rama de los Almorávides que había sobrevivido en las Baleares, como en la península, batallando contra los reinos cristianos, demostró grandes dotes para la guerra.

Logró conjurar las amenazas al califato con brillantes y efímeros triunfos militares, adoptando el sobrenombre de Al-Mansur, «el victorioso».

Continuó la obra constructiva de su padre, culminando la Giralda.Y tuvo que bregar con los fundamentalistas religiosos que veían una amenaza en las ideas filosóficas.

Presionado por los teólogos optó por deshacerse de ellos y sus escritos ardieron en las plazas públicas.

Entre ellos estaba Averroes, quien fue desterrado y sus obras quedaron prohibidas.

En lo político pactó treguas con Castilla, con León y Portugal. Pero esas treguas siempre fueron el preludio de nuevas guerras.

En 1195 volvió a la península para enfrentarse con Alfonso VIII de Castilla, al que derrotó en la famosa batalla de Alarcos, al norte de Córdoba.

El califa entró triunfal en Sevilla, donde celebró su victoria.

Con esta hazaña consiguió un gran prestigio que dio esperanzas a los musulmanes hispanos.

Por el contrario la derrota de Alarcos supuso un duro golpe para los reinos cristianos cuyas fronteras volvieron a las riberas del Tajo.

Pero de aquella larga campaña andalusí regresó enfermo a Marraquech. Y desde allí volvió a llamar a Averroes, revocando su condena.

El famoso médico y filósofo falleció en la corte a finales de 1198.

Yusuf II poco después, en 1199.

Su muerte dio comienzo a la irremediable decadencia del imperio almohade.

Y así terminamos el siglo XII.  

Programa 23.
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De Tudmir a Oriola XXIV.

El primer cuarto del siglo XIII trajo la decadencia del imperio almohade.

Sin embargo, la centuria no pudo comenzar más favorable para los africanos con Al-Ándalus unificado y un califa fortalecido por las victorias al otro lado del estrecho.

De Uryula seguimos sin datos.

De la región solo tenemos la participación de contingentes murcianos en las batallas y los cada vez más frecuentes cambios en su gobierno.

Aquellos dirigentes locales heredados del «rey Lobo» fueron sustituidos por los saydes o señores almohades, familiares del califa que formaban el armazón del imperio. 

Pero también fueron el vivero para futuros alzamientos y luchas dinásticas.

La primera traición documentada ocurrió en Mursya a finales del siglo XII, todavía en vida de Yusuf II.

Aprovechando su regreso a Marruecos para luchar contra los almorávides, uno de sus hermanos intentó rebelarse con ayuda de su tío.

Era gobernador de Mursya, corrupto y ladrón a decir de las crónicas.

Cuando las autoridades religiosas se opusieron a sus propósitos asesinó al anciano cadí murciano propinándole un fuerte golpe en el pecho con la empuñadura de su espada. 

Aquello no pasó de una intentona. Y cuando las noticias llegaron al Califa, tío y sobrino fueron apresados, juzgados y ejecutados en Marruecos.

Abu Abdálá Muhammad Al Nasir, cuarto califa Almohade, sucedió a su padre con solo diecisiete años.

En las crónicas cristianas lo llamaron «el Miramamolín», versión romance de su título: Amir al Muminín «el príncipe de los creyentes». 

La victoria de su padre en la batalla de Alarcos marcó el devenir de Al-Ándalus durante varios años con la temible potencia militar castellana desarbolada.

A diferencia de los almohades que disponían de un inmenso vivero de hombres en África, Castilla reclutaba las mesnadas en sus territorios, por lo que necesitó una nueva generación de hombres para recuperar su esplendor militar.

El frente común contra el sarraceno se había roto y el califa pactaba treguas individuales con los diferentes reinos. 

Las viejas disputas territoriales volvieron: acercamientos, alianzas, rupturas….

Pedro II de Aragón renovó sus pactos con Castilla y juntos golpearon a Navarra.

En aquella campaña, los castellanos le arrebataron el actual país vasco, abriéndose paso al Cantábrico.  

Cada rey buscaba su espacio a costa del reino vecino, todos contra todos.

Los almohades no avanzaron más en la península.

Poco a poco relajaron sus costumbres y abandonaron la Guerra Santa. Se conformaban con hostigar las fronteras arrasando la repoblación emprendida años antes por los cristianos.

Fuera de estas cabalgadas y saqueos puntuales, su actividad bélica se concentró en África, donde obtuvieron varias victorias contra los descendientes almorávides, a los que arrebataron las Islas Baleares.

El cambio de siglo trajo también un nuevo papa inusualmente joven. Inocencio III buscó a toda costa la unión de fuerzas bajo el emblema de la cruz.

Las coronas cristianas debían buscar acuerdos.

La principal herramienta para sellar pactos entre cristianos topaba con el cercano parentesco y las consiguientes nulidades matrimoniales.

El ejemplo más claro fue el de Alfonso de León: casado con la hija del rey de Castilla.

Los demás monarcas denunciaron el enlace entre parientes y fue declarado nulo por Roma.

De aquel matrimonio frustrado nació un santo que unificó Castilla y León con el nombre de Fernando III, principal protagonista de las futuras conquistas cristianas. 

Pero no adelantemos acontecimientos.

Pedro II heredó el reino de Aragón y el condado de Barcelona. Por deseo de su padre la Provenza quedó en manos de su hermano Alfonso.

De elevada estatura y arrogante presencia era señor feudal de buena parte del sur de Francia. Y pronto aumentó sus territorios al casarse con María, la única hija del señor de Montpellier.

Ambos esposos se odiaban. Pero de este matrimonio nació Jaime I, el futuro rey «Conquistador».

Las cuestiones del otro lado de los Pirineos monopolizaron buena parte de su reinado.

Pedro II fue el primer rey aragonés coronado en Roma. El mismo año de su boda su esposa pagó el viaje para que el propio Papa le impusiese la corona.

De esta forma se declaraba vasallo de San Pedro, lo que le valió el apodo de «el católico».

Durante estos primeros años reafirmo la amistad con Castilla, acometiendo juntos la campaña contra Navarra y fijando definitivamente las fronteras entre ambos reinos.

Pronto se vio involucrado en un largo período de hostilidades que estallaron a comienzos de siglo con la herejía de los cátaros.

Sus compromisos señoriales tras los Pirineos le obligaron a enfrentarse al mismo Papa que le había coronado.

En 1208 se inició la cruzada contra la secta de los puros y Pedro acudió en ayuda de sus vasallos, solucionando temporalmente la situación de manera diplomática.

En aquellos territorios del sur de Francia se libraban demasiados conflictos que no tenemos tiempo de explicar aquí.

Dos años después, desde las islas Baleares, una flota almohade saqueó duramente las costas catalanas provocando la reacción de Pedro II.

El monarca aragonés reclutó un poderoso ejército a base de préstamos y atacó el territorio valenciano.  En la campaña se hizo con Ademuz y otras plazas. 

El agravamiento de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos le impidió continuar sus conquistas en el Levante.

En enero de 1211 asistió a la conferencia de Narbona para tratar de conciliar a los condes occitanos con la Santa Sede. 

Allí fue donde Simón de Montfort, noble francés que lideraba la cruzada contra los cátaros le propuso casar a su hija con el príncipe de Aragón.

Este matrimonio no llegó a celebrarse. Pero el futuro Jaime I, todavía muy niño, quedó en poder de Montfort como rehén.

Pedro regresó a Aragón y en pocos meses su ejército comenzó a prepararse para ayudar a Castilla en otra Cruzada contra el «Miramamolín».

Castilla se había recuperado militarmente y mantenía tregua con los almohades.

Pero sus obispos, por orden de Roma, incitaron a la población para atacar al moro.

Huestes de las ciudades castellanas comenzaron a presionar en las fronteras.

Su rey estaba por la labor aunque romper la tregua era arriesgarse a que sus vecinos aprovechasen la ocasión para apuñalarle por la espalda.

Había una solución: ofrecerse al Papa para liderar una cruzada en Hispania. De esta forma ningún cristiano podría atacarle sin ser excomulgado.

Así, protegida su retaguardia por Roma, Castilla se lanzó contra los almohades.

El airado califa cruzó el estrecho con un inmenso ejército dispuesto a dar otra lección a los infieles.

Concentró sus fuerzas en Sevilla y desde allí asestó un golpe certero en el Castillo de Salvatierra, el camino hacia el norte, una plaza estratégica defendida por la orden de Santiago.

La noticia corrió por Europa: el más poderoso soberano del Islam amenazaba a toda la cristiandad.

Por fin el Papa proclamó la cruzada hispana. Miles de combatientes atravesaron los Pirineos: francos, alemanes, italianos… 

El pontífice ofrecía la remisión de sus pecados por combatir a los enemigos de la fe. 

El futuro de la cristiandad parecía decidirse cerca de Sierra Morena, en 1212.

Programa 24.
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