
De Tudmir a Oriola XXXVII.

Reino de Mursya, en el año del señor de 1242.
El emir Muhamad Aben Hud apenas controlaba la capital y algunas localidades como Uryula que de palabra se sometieron pacíficamente.
En la práctica cada una dirigía su propio destino.
Durante el gobierno de Zayyan el territorio murciano se había desintegrado en multitud de señoríos independientes que el anciano monarca trató de unir por todos los medios.
Fue un empeño inútil. La situación era realmente caótica.
En el norte las huestes de Jaime I estaban ya en Villena.
Alicante actuaba de forma independiente en las manos del dos veces destronado Zayyan que, como ya comentamos, se permitía negociar directamente con Aragón.
En el sur Lorca, Cartagena y Mula obedecían al alfaquí Muhamad Ben Alí que al menos frenaba el avance del emir de Granada, dueño ya de Almería.
El mayor peligro lo tenía al Oeste, con las vanguardias castellanas dentro de su territorio.
La orden de Santiago controlaba prácticamente el flanco occidental, con Segura, Alcaraz y Chinchilla en su poder.
La psicosis estalló cuando circularon rumores de un tratado entre granadinos y castellanos para absorber el reino.
Sin poder político ni militar, acosado en todas sus fronteras, el anciano emir escogió la misma opción que había intentado su predecesor: acogerse pacíficamente al protectorado de Castilla.
Pero debía darse prisa. Tenía que adelantarse a los acontecimientos mientras pudiese negociar en posición ventajosa.
Toledo, febrero de 1243.
El infante Alfonso de Castilla ultimaba en Toledo los preparativos para una nueva expedición en tierras andaluzas.
Su padre, Fernando III, se hallaba enfermo en Burgos y le había confiado el mando de su ejército.
Cuando se disponían a partir se presentó una embajada murciana buscando al rey Fernando para ofrecerle nada menos que Medina Mursya con todas las villas y castillos del Reino.
A cambio de buena parte de sus rentas pedían ayuda para recuperar el control sobre sus territorios y defenderlos de aragoneses y granadinos.
La oferta era irrechazable pero la prudencia aconsejó esperar la autorización paterna por lo que acordó con ellos reunirse en Alcaraz en el mes de abril.
Allí firmarían un tratado en el que dejarían por escrito las condiciones.
Tras informar a su padre y pedirle consejo el infante Alfonso partió hacia Alcaraz acompañado del maestre de Santiago y de otros personajes que contaban con la confianza del rey santo.
A finales de marzo se hallaban en Montiel, presentándose en Alcaraz a primero de abril, en la fecha convenida.
Allí fueron llegando los representantes de las diversas ciudades murcianas encabezados por Ahmed Aben Hud, el hijo y heredero del emir.
La estancia en Alcaraz fue larga.
Además de ultimar el acuerdo buscó información precisa de la situación del reino, de cuantas eran las ciudades que no se habían presentado (algunas tan importantes como Cartagena y Lorca).
El infante se comprometió a respetar la religión, forma de vida, leyes y propiedades de las ciudades que se sometieran.
Conseguía así un pacífico protectorado que le permitía continuar con su campaña andaluza.
Aunque tenía claro que, a la larga, iba a necesitar muchos efectivos para hacer frente a los rebeldes y para dejar guarniciones en los castillos ocupados.
Con la firma del pacto de Alcaraz en la primavera de 1243, los murcianos se convirtieron en vasallos de Castilla, un reino que alcanzaba por fin su sueño de salir al Mediterráneo.
El día 1 de mayo, terminadas las negociaciones, el infante don Alfonso y su hueste entraron en la capital murciana.
Y desde aquel mismo verano, Fernando III comenzó a firmar como rey de Murcia.
Ya contamos en la entrega anterior como, estando ausente el rey Jaime I, media docena de caballeros habían caído prisioneros en Játiva, durante una expedición de saqueo.
Játiva era la ciudad más importante del reino después de Valencia, con una fortaleza compuesta por dos castillos en equilibrio sobre la sierra desde los que bajaba la muralla que envolvía una ciudad muy poblada, situada en la ladera y con una fértil vega llena de ricas alquerías.
Recién conquistada la capital, Jaime ya intentó hacerse con ella y la sometió a un primer cerco.
En la crónica de Desclot encontramos una curiosa descripción del caballero musulmán que negoció con Jaime en aquella ocasión.
El Alcaide acudió acompañado de cuatrocientos moros de a pie armados con lanzas, dardos y ballestas.
Era hombre de buen talle y presencia; llevaba un vestido de escarlata guarnecido con franjas de oro, sin más armas que la espada pendiente de un rico tahilí.
Su caballo alazán, muy gallardo, con silla y pretal, bordado con hilo de oro con sus armas y divisa.
Freno dorado y riendas de seda, con medallas de plata y obra entallada, y en ella engarzadas muchas perlas y piedras finas.
Las condiciones y propuestas de aquel primer asedio son bastante confusas.
Lo cierto es que dos años después Játiva seguía en manos musulmanas y tenía presos a los caballeros aragoneses.
Cuando Jaime I regresó de Aragón, Rodrigo de Lizana le suplicó que rescatase a su primo enviando una hueste sobre la ciudad.
El rey accedió y se dirigió hacia Játiva con un ejército para exigir la entrega de los prisioneros.
Enterado el alcaide envió un emisario a interceptarlo, argumentando que aquellos caballeros habían roto la tregua que el propio rey había firmado.
Ellos tan sólo habían actuado en defensa propia.
Jaime prometió reparar el error y ordenó que liberasen inmediatamente a los prisioneros.
De lo contrario talaría sus huertos y buscaría la forma de procurarles todo el mal posible.
Por la noche escogió a treinta caballeros y decidió acercarse a conocer Játiva.
Desde una colina quedó maravillado por aquel doble castillo con un paso estrecho en el que veinte hombres podían aguantar a diez mil.
Con torres y muros bien fortificados. Rodeado de huerta, con hermosas alquerías y más de doscientas casas de campo.
En aquel momento decidió que aquella hermosa fortaleza y sus dominios serían suyos a cualquier precio, pero no se lo dijo a nadie.
Al día siguiente regresó el negociador y les dijo que no podían liberar a los presos. Eran esclavos y el que los había comprado pedía demasiado dinero por ellos.
A Jaime le encantó la respuesta.
Sin perder tiempo comunicó la situación a sus hombres y ordenó comenzar el sitio.
Pronto volvió el mensajero pidiendo tiempo. Aseguraba que, si no talaban la huerta, devolverían a los prisioneros.
Al conquistador ya no le interesaba el trato. Despidió al moro y como él mismo confesó en sus memorias, se guardó esta información mintiendo a los suyos para mantener un duro asedio en el que taló huertos, desvió las acequias y destrozó los molinos.
Los sitiados, sorprendidos por la violencia empleada, preguntaron por qué los atacaba cuando habían prometido liberar a los cautivos.
Jaime respondió que era demasiado tarde. Ahora quería Játiva por encima del destino de los prisioneros.
Aquel cerco se alargó demasiado. Ellos rompían y los sitiados reparaban sin dar su brazo a torcer.
Al cabo de un tiempo, forzado a abandonar Valencia, aceptó la devolución de los cautivos y la entrega de Castelló de Játiva, una pequeña y estratégica fortaleza equidistante entre Alcira y Játiva, actualmente llamada Villanueva de Castellón.
Eso y la promesa de no entregarse a nadie más que a él.
Sellado el pacto marchó a Aragón ausentándose durante un año: un periodo en el que las cosas cambiaron mucho.
Aquellos territorios habían pertenecido al reino de Murcia. Una vez firmado el pacto de Alcaraz intentaron negociar con Castilla.
El infante Alfonso se creyó en el derecho a hacer valer su papel de aliado del emir murciano y decidió apoderarse de Alcira, Játiva y Denia.
A fin de cuentas Jaime había permitido a la orden militar de Alcañiz tomar Villena, Sax y Caudete, rompiendo el tratado de fronteras firmado por sus mayores.
En septiembre de 1243 Jaime regresó muy enfadado a territorio valenciano.
Tenía que tomar la delantera a su futuro yerno el infante Alfonso que, conquistadas Enguera y Mogente, se acercaba a Alcira y negociaba con los de Játiva.
En los mismos territorios campaban huestes castellanas y aragonesas. El choque entre las dos coronas cristianas parecía inevitable.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 37
De Tudmir a Oriola XXXVIII.

Valencia, otoño de 1243.
Jaime I regresó a territorio valenciano dispuesto a culminar la conquista del reino.
Al difundirse la noticia de que el Conquistador pretendía asediar todas las fortalezas al sur del Júcar el gobernador de Alcira con treinta de sus caballeros huyó a Murcia.
Dejó a su suerte a la indefensa población local que optó rápidamente por negociar con el monarca cristiano.
A cambio de las garantías habituales los de Alcira le entregaron una torre cercana a la puerta de Valencia para que instalase a su guarnición.
Jaime pidió más: para acomodar a sus hombres con seguridad, aislados de la población local, tomó otras tres torres y mandó construir una fortaleza con doble muro y salida independiente al exterior.
Una puntualización: Jaime llama a Alzira, Algecira.
Al igual que la ciudad andaluza su nombre proviene del topónimo árabe Al Jazira, que significa la isla. Alcira estaba rodeada por el Júcar y dotada de un estratégico puente de tres arcos.
Estando de nuevo el monarca ausente en tierras aragonesas recibió noticias de otro incidente provocado por Rodrigo de Lizana y los almogávares.
Al regreso de una de sus cabalgadas de saqueo habían caído en una emboscada en la que participaron los de Játiva.
En el combate habían perdido el botín, media docena de mulos y dos caballos.
Jaime se alegró de este hecho; era una buena excusa para romper la tregua y atacar la ciudad que tanto ansiaba.
Pero no imaginaba que el hombre al que había prometido la mano de su hija iba a entorpecer su tarea negociando con los musulmanes a sus espaldas.
Ahora era aliado de los murcianos gracias al tratado de Alcaraz, del que hablamos la semana pasada.
Desde Aragón viajó a Valencia y de allí a su nueva fortaleza en Alzira; donde citó al alcaide de Játiva para pedirle explicaciones.
Después de hacerlo esperar un largo día, culpó a los suyos de los ataques sufridos por sus caballeros; con tanta vehemencia, que el moro llegó a pensar que no saldría vivo de allí.
Le explicó que había llegado dispuesto a todo. Que por las buenas o por las malas tomaría la ciudad.
Y para dejarlo claro se instaló en la cercana fortaleza de Castelló, junto a la reina y sus más destacados caballeros.
Así comenzó un tira y afloja que terminó según sus propias palabras en declaración de guerra.
Sin más dilación el rey convocó a sus caballeros destacados en Valencia y por supuesto a los almogávares, preparándolo todo para el sitio definitivo que duraría largos meses.
Una vez organizado el cerco, acampados frente a Játiva descubrieron rondando a un castellano; un pariente del obispo de Cuenca que decía estar en la ciudad para negociar la compra de una tienda labrada a la berberisca, encargada por el mismísimo infante Alfonso.
Aquella compra no era más que un pretexto para contactar con los sitiados, animándolos a resistir el asedio para capitular con Alfonso, el nuevo señor de Murcia.
Descubierta aquella burda estratagema Jaime montó en cólera prohibiendo a todos los cristianos mantener conversaciones con los sitiados.
Luego mandó prender al castellano y después de confesar y comulgar acabó ahorcado en un árbol.
El conquistador estaba desatado.
Cuando se enteró que los de Enguera se habían rendido a su futuro yerno viajó hasta allí para certificarlo y se entrevistó con el teniente castellano cruzandose duras palabras.
Se habían acabado las bromas. Mandó a los suyos hostigar a los de Enguera y en una emboscada capturaron a diecisiete prisioneros.
Jaime los compró y se plantó con ellos frente a las murallas pidiendo que le entregasen la fortaleza.
Ante la negativa mandó decapitar a la mitad y ahorcar a resto, prometiendo hacer lo mismo con todos los que capturase, hasta que la villa quedase yerma.
Estos sucesos llegaron a oídos de Alfonso; quien al cabo de quince días envió un mensajero pidiendo una entrevista.
Jaime, haciéndose de rogar, le respondió que si pretendía ofrecer disculpas lo recibiría gustoso.
Antes llamó a los de la orden de Calatrava, que controlaban las ciudades de Villena y Sax, y las hizo oficialmente suyas, junto a Caudete y Bogarra.
Todas estaban situadas al otro lado de la frontera pactada con Castilla.
Con la cuerda ya muy tensa Alfonso pidió de nuevo negociar y Jaime lo citó en Almizra, un castillo a setecientos metros de altura desde el que se dominaba visualmente la frontera y que se corresponde en la actualidad con el municipio alicantino Campo de Mirra.
Allí lo esperó junto a su esposa, invitándolo a hospedarse junto a ellos. El infante escogió acampar con sus tiendas al pie del castillo.
Jaime asumió personalmente las negociaciones; pero el astuto Alfonso empleó como delegados al Maestre de Uclés y a Diego de Vizcaya, caballeros más experimentados y de toda confianza.
Esta estrategia permitía demorar y analizar las respuestas con la excusa de bajar a consultarlas con su señor.
Los emisarios castellanos pidieron Játiva como dote por el matrimonio de Alfonso con su hija.
Jaime, cada vez más furioso, aseguró que como hijo suyo si el infante le pidiese ayuda estaba dispuesto a poner a su disposición dos mil caballeros; no una sino diez veces.
Pero pedirle Játiva….
¿Qué dote había recibido él cuando se casó con la infanta castellana?
Ninguna. En una nueva ronda, los delegados argumentaron que Játiva era ya castellana, pues el alcaide había pactado con Alfonso su entrega.
Jaime respondió con una sencilla frase: «quien en Játiva quiera entrar sobre nos habrá de pasar».
La tensión llegó a tal extremo que, en un momento dado, Jaime ordenó ensillar sus caballos dando por terminada la conversación.
Para el Conquistador Játiva era la clave del reino y no se consideraría verdadero rey de Valencia hasta que la tuviese en su poder.
Según cuenta en su crónica sólo las lágrimas de su esposa y su insistencia en que arreglase las cosas con el que iba a ser su hijo consiguieron que no abandonase el castillo y las negociaciones.
Los intermediarios consultaron de nuevo con su señor y todo quedó en una cesión por ambas partes: Alfonso entregó Enguera y Mogente, renunciando a Játiva.
Jaime le cedió Villena, Sax, Caudete y Bugarra, con gran disgusto para los calatravos que aspiraban a quedarse con Villena como premio a sus conquistas.
Aquel encuentro se resolvió con un documento firmado el 26 de marzo de 1244.
El famoso tratado de Almizra sustituyó a los Tudilén y Cazola, establecidos por sus antepasados.
La línea de frontera correría por Biar, Jijona, Busot y Villajoyosa hasta conectar con el mar; marcando así los límites de los antiguos reinos de Valencia y Murcia, incorporados a las coronas de Aragón y Castilla.
Me parece, y es una opinión personal, que Alfonso buscó enredar a su suegro utilizando Játiva como señuelo.
Pienso que el infante consiguió el objetivo que buscaba: fijar claramente la frontera al sur del Júcar recuperando las ciudades tomadas por los calatravos para su reino murciano.
En cuanto a Játiva, el duro asedio iniciado en enero se alargó hasta mayo.
Sin el apoyo castellano los sitiados no tuvieron más remedio que pactar cediendo el castillo menor para que se instalase una guarnición aragonesa.
La fortaleza mayor les sería entregada dos años después.
Por esas mismas fechas capitularon también Denia y Ondara.
Y por su cuenta, nobles aventureros sometieron otras ciudades menores.
Entre estos caballeros destacó el converso Abú Said, antiguo gobernador musulmán de Valencia, bautizado como Vicente Belvís y emparentado con la nobleza aragonesa.
Sometida Játiva, Jaime se instaló en Valencia y, en aquel verano, recibió la visita de dos ancianos musulmanes que se presentaron como portavoces de los vecinos de Biar, la villa con el mejor castillo de la frontera.
Tras una conversación le convencieron de que no tenía más que presentarse en Biar para que aquella estratégica fortaleza fuese suya.
El final de la campaña valenciana parecía muy cercano.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 38.
