
De Tudmir a Oriola XXXIII.

Con el rey de Aragón instalado en su territorio, Zayyan mandó fortificar los muros de Valencia y cerró sus puertas a cal y canto.
Estaba desesperado.
En secreto, por boca de un emisario, le ofreció todos los castillos desde Guardamar a Tortosa y de Tortosa a Teruel; un palacio en la Zaidía de Valencia y diez mil besantes de renta anual.
La oferta era realmente tentadora pero Jaime la rechazó.
Estaba a un paso de la gloria; a punto de culminar una empresa que habían soñado sus antecesores desde Alfonso el Batallador.
Desesperado Zayyan envió una embajada al sultán de Túnez pidiendo socorro urgente para defender Balansya (Valencia) de los cristianos.
Mientras tanto el alfaquí de Almenara negociaba con Jaime la rendición de su castillo, punto estratégico en el camino a Valencia.
Jaime acudió generoso a las entrevistas que le proponían y firmó pactos directamente con las familias locales aceptando sus condiciones.
Todos los negociadores pedían más o menos lo mismo: mantener su religión, pagar menos impuestos, ganado para la comunidad y algo de tierra, ropas o caballos para ellos.
Con Almenara en su poder trasladó allí a la reina.
Una a una, el resto de fortalezas y sus demarcaciones fueron cayendo en cascada.
Zayyán enloquecía de ira atrincherado en Valencia, comprobando como sus castillos iban pasando al soberano aragonés que por cuaresma ya controlaba Paterna.
Y así llegó la pascua y con ella la cita del Puig.
Según dejó escrito en su crónica, al principio solo contaba con las órdenes militares, ciento treinta caballeros, ciento cincuenta almogávares y un millar de infantes a pie.
Como curiosidad, entre los señores cristianos figuraba Abú Said, el antiguo gobernador almohade de Valencia que, convertido, conquistaba sus antiguos territorios fundando iglesias.
El 22 de abril la hueste de Jaime I dejó el Puig para iniciar el definitivo asedio a la capital.
Acamparon la primera noche cerca del Grao, a una milla de Valencia, esperando que llegasen más contingentes.
Antes del amanecer, por su propia cuenta, los almogávares atacaron Ruzafa, a dos tiros de ballesta de Valencia.
Jaime ordenó armar los caballos, desplegar las señeras y acudir en socorro de aquellos locos.
Tomada Ruzafa, desde donde ya podía ver a Zayyan en su torre, trasladó a los elementos principales de su ejército y los instaló en viviendas.
Allí pasaron cinco días mientras sus tropas se multiplicaban: nobles aragoneses, catalanes, del Rosellón, el arzobispo de Narbona…
Jaime habla de mil caballeros y sesenta mil infantes de toda Europa, una cifra bastante exagerada.
A medida que iban llegando tomaban posiciones en torno a Valencia rodeándola por todas partes.
Era el momento de provocar el pánico; el turno de las máquinas de guerra.
Montaron trabuquetes y fundíbulos con los que comenzaron a golpear las murallas.
Construyeron manteletes, enormes escudos de madera cubiertos con pieles para ralentizar el fuego.
Con aquellas protecciones, algunos soldados rebasaron el foso y se colocaron al pie de la barbacana abriendo boquetes en el muro.
En agosto llegaron al grao los refuerzos del sultán de Túnez: doce galeras y varias zabras cargadas de hombres, provisiones y armas.
Enterado Jaime envió a cincuenta caballeros y doscientos infantes que se emboscaron cerca de la costa para recibirlos.
Recelosos, los sarracenos no desembarcaron. Al oscurecer encendieron fuegos y tocaron tambores para que los sitiados supiesen de su presencia.
Estos, alborozados, respondieron del mismo modo pensando que los sitiadores abandonarían el cerco al verse entre dos frentes.
La respuesta de Jaime fue contundente: dejó pasar el día y al caer la noche ordenó encender más de quinientos fuegos rodeando Valencia.
También mandó mensajeros a Tarragona y Tortosa para que armasen galeras.
Quedaba claro que no pensaba levantar el cerco.
Las naves tunecinas optaron por conquistar el castillo de Peñíscola; pero la guarnición aragonesa repelió el desembarco, apoyada por los musulmanes locales.
Fracasado el intento los navíos se dirigieron hacia Denia, en cuya playa descargaron buena parte del cargamento y pusieron rumbo de vuelta a Túnez.
Las galeras catalanas llegaron repletas de provisiones para abastecer a la inmensa hueste reunida en torno a Valencia.
Las maquinas trabajaban sin cesar golpeando la ciudad por todos lados.
Aquella masa era incontrolable. Algunos caballeros emprendían acercamientos suicidas a las murallas y Jaime tenía que frenarlos.
En una de esas el rey recibió un disparo de ballesta que atravesó su casco, hiriéndolo cerca de la frente.
Con sus propias manos se arrancó el proyectil y se retiró con el rostro cubierto de sangre.
Cara y ojos se le hincharon hasta dejarlo postrado y casi ciego durante cuatro días.
Al quinto, como pudo, montó su caballo y recorrió orgulloso el campo a la vista de todos para levantar ánimos y disipar dudas.
El rey estaba sano y salvo.
La caída de una torre, el fracaso de los refuerzos tunecinos y las máquinas de asedio funcionando sin descanso acabaron de minar el ánimo de un Zayyan acorralado.
No podía resistir mucho más. Tras los muros de la capital se había refugiado demasiada gente y ya comenzaban a escasear los alimentos.
El 28 de septiembre, víspera de San Miguel, Valencia se rindió.
Perdida toda esperanza, Zayyan había negociado con Jaime en secreto y las condiciones del pacto estaban claras: los musulmanes que quisieran marcharse podían hacerlo salvos y seguros, con todo su equipaje, sin ser registrados ni molestados.
Los que decidieran quedarse lo harían bajo protección real, sometidos a quienes recibiesen las casas y tierras.
Zayyan pidió diez días para abandonar la ciudad; Jaime, conociendo la impaciencia de su ejército, lo dejo en cinco.
Tenía la promesa de siete años de tregua para Denia y Cullera con sus alquerías y términos, su nuevo reino.
Todos los demás castillos y ciudades hasta el río Júcar, fueron anexionados por la Corona de Aragón.
Para obligar a cumplir lo pactado; es decir privar a su gente del asalto y del ansiado botín, Jaime hizo firmar como testigos a los nobles y obispos.
Aun así, tuvo que matar a algunos de sus hombres por asaltar a los que marchaban, rompiendo la palabra del rey.
Especialmente los almogávares, que no luchaban por tierras, solo buscaban botín.
Decenas de miles de musulmanes salieron escoltados hasta Cullera con salvoconducto real. Desde allí muchos continuaron hacia Mursya y Granada.
Craso error. Los almogávares, tomándoles la delantera, esperaron agazapados cerca de Villena.
Fuera del territorio protegido en el acuerdo cayeron sobre ellos como buitres hambrientos sembrando el terror y la muerte entre aquellos desgraciados.
La fecha que pasó a la historia y que celebramos como día de la Comunidad fue la de la entrada del rey en la capital, el nueve de octubre.
En su crónica cuenta como, al ver la señera en las torres de Valencia, descabalgó, besó el suelo y comenzó a llorar de alegría por la gran merced que Dios le había concedido.
Dueño de la región hasta el río Júcar, entregó las casas y tierras que había prometido a sus nobles, mejorando los repartos para calmar el disgusto que suponía haberlos privado del enorme botín que esperaban obtener en la capital.
La conquista de Valencia proporcionó a Jaime la gloria que buscaba.
Los trovadores cantaron sus hazañas, el papa mandó mensajes de felicitación y su nombre resonó por toda la cristiandad.
La primera reliquia de la catedral de Valencia fue una espina de la corona de Cristo enviada por el propio San Luis de Francia.
El monarca se había ganado su apodo: Jaime I «el Conquistador».
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 33.
De Tudmir a Oriola XXXIV.

Madina Mursya, enero de 1238, nueve meses antes de la caída de Valencia.
Llegó la noticia de la muerte de Aben Hud en Almería, y los murcianos prestaron juramento a su hijo, designado heredero en el testamento del caudillo asesinado.
Abu Bakr Muhammad Ben Hud era todavía un adolescente; un joven sin carácter que se dejó tutelar por su tío y una camarilla de consejeros mientras el territorio murciano se descomponía en sucesivas revueltas.
Cuando la insurrección llegó a la capital y comenzaron los tumultos callejeros, las familias dominantes buscaron a un nuevo líder carismático: Azziz Ben Jattab.
Nada dicen las crónicas de su juventud. Sabemos que nació en Mursya y que cuando se puso al frente del reino superaba los sesenta años.
Se le consideraba último miembro conocido de los Banü Jattab, poderosa familia asentada en Tudmir desde la conquista musulmana al fundirse las aristocracias visigoda y árabe, gracias al matrimonio de un noble sirio con la hija de Teodomiro.
Los autores árabes no escatiman elogios para este personaje: de porte elegante, belleza física, oratoria clara y elocuente, brillante literato en prosa y en verso.
Médico, alfaquí, jurista… uno de los sabios más respetados de su tiempo.
Defensor de la causa revolucionaria de Aben Hud, o lo que es lo mismo, del nacionalismo hispano, estaba bajo el amparo del lejano y decadente Califato de Bagdag, que vivía sus últimos días en plena efervescencia artística y cultural.
Una utopía. El propio Aben Hud lo había nombrado gobernador de Mursya y, en las diferentes crónicas, no queda claro si fue destituido por mal gobierno, o si permaneció en el cargo incluso durante el periodo de reinado de su hijo.
Maestro y alfaquí sus consejos eran muy apreciados, trabando estrechas relaciones de amistad con literatos, juristas y otros personajes murcianos que desempeñaron cargos durante el gobierno de Aben Hud.
En aquellos momentos de anarquía, las fuerzas vivas de la capital vieron en él al candidato perfecto: rico, culto, respetado, hombre de ciencia y de religión.
A mediados de agosto, mientras Jaime I asediaba Valencia, encarcelaron al hijo de Aben Hud.
Azzid Ben Jattab se convirtió en dueño y señor del territorio murciano.
Los habitantes de la capital le juraron fidelidad; pero algunas ciudades no vieron con buenos ojos su ascenso, iniciando una campaña de desprestigio.
En varias crónicas lo calificaron de déspota sanguinario que se apropió de los bienes ajenos mientras estuvo en el poder.
La situación era dramática. El nuevo emir de los murcianos tenía que hacer frente al acoso de castellanos, aragoneses y al emergente reino de Granada que aspiraba a merendarse su territorio antes de que lo hicieran los cristianos.
Azzid decidió tomar la iniciativa. Trató de asentar su liderazgo a base de victorias.
Pero no funcionó.
Entre las escasas noticias que los historiadores árabes proporcionan sobre su gobierno sabemos de varias campañas contra los cristianos en las que los murcianos fueron derrotados por falta de preparación, de dirección y de armamento.
En menos de ocho meses las esperanzas depositadas en aquel hombre sabio se difuminaron.
No eran tiempos de poetas ni alfaquíes: necesitaban un caudillo militar.
En la primavera de 1239 el destronado Zayyan Ben Mardanis, humillado y expulsado de Valencia, llevaba meses intentando conservar las posesiones que le quedaban gracias a la tregua de siete años obtenida de Jaime I.
De Alcira pasó a Denia, donde se instaló renovando su sumisión a Túnez.
Jaime se había vuelto a Aragón a atender los asuntos del reino, dejando las tierras valencianas en manos de subordinados que no supieron o no quisieron controlar la situación.
Nobles, almogávares y otros aventureros campaban a sus anchas saqueando y esclavizando a los musulmanes.
No distinguían entre los que se habían sometido al Conquistador y los que vivían al sur del Júcar.
El territorio valenciano, especialmente la frontera sur, se convirtió en lugar de muerte y destrucción a cargo de las huestes cristianas, que actuaban como bandoleros sin escrúpulos.
En Madina Mursya la locura revolucionaria siguió su curso. Cuando comprendieron que aquel alfaquí no podía protegerlos entraron en contacto Zayyan, un hombre con experiencia en el mando y con preparación militar.
El 22 abril de 1239 Zayyán Ben Mardanis entró en Mursya sin resistencia.
El populacho, con los ánimos excitados, había saqueado y arrasado el palacio de Jattáb, tomándolo como prisionero.
Días después murió asesinado en las mazmorras del alcázar, después de los rezos nocturnos del Ramadán.
Su cuerpo fue vejado y la chusma lo arrastró por toda la ciudad.
Este brutal homicidio, instigado por Zayyan, disgustó a mucha gente.
Una cosa era reconocer la ineficacia del anciano como gobernante; que lo hicieron; y otra asesinarlo de aquel modo.
Sus discípulos y amigos abandonaron la capital, asustados por el rumbo que tomaban los acontecimientos.
Zayyan controlaba ahora un vasto territorio que se extendía desde la cuenca del Júcar a la Sierra de Segura, renovando su vasallaje y pidiendo socorro, como ya había hecho en Valencia, al emergente sultán de Túnez.
En la práctica un heredero de los Almohades y de sus doctrinas africanas.
Como sucede habitualmente, en los momentos de decadencia política y de hundimiento económico, en Mursya florecían las artes y las ciencias.
Los años posteriores al derrumbamiento almorávide, fueron de gran crecimiento, durante el reinado del Lobo.
La posterior dominación africana no duró lo suficiente para imponer sus costumbres a un pueblo culturalmente muy superior.
Así pues, cuando Mursya recuperó su libertad con el alzamiento de Aben Hud, emergieron una serie de eruditos en todas las artes y las ciencias, hombres ilustrados que sintonizaban con el sabio alfaquí y que emigraron buscando territorios más seguros.
En Uryula permanecía al mando el gobernador nombrado por Aben Hud.
Se llamaba Abu Yafar, de los Banu Isam, prestigiosa familia de letrados con suficiente influencia para seducir a esos intelectuales exiliados.
Unos atrajeron a otros y así, poco a poco, nuestra ciudad fue concentrando entre sus murallas a destacados juristas, literatos y científicos, gente con experiencia política durante la revolución anti-almohade que pronto darían mucho que hablar dentro y fuera del reino de Mursya.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 34
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
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