
De Tudmir a Oriola XXXI.

Sometida Burriana su castillo pasó a ser la nueva avanzadilla aragonesa en tierras valencianas; el baluarte del que partían las cabalgadas a territorio musulmán.
Fue en aquella misma plaza donde un Jaime orgulloso redactó la carta puebla de su primera ciudad valenciana conquistada, autorizando a los pobladores cristianos para ocupar casas y huertos.
Al acontecimiento le dio gran solemnidad otorgándola el día de todos los santos. Quería que todos supiesen que ayudar al rey tenía su justa recompensa.
El propio Jaime realizó dos incursiones en las que exploró la Ribera del Júcar, esquivando la capital.
En ningún momento tropezó con las tropas de Zayyan, quien encerrado en Valencia no se atrevió a dar la cara.
Tanto se guardaron los valencianos de entablar combate que, en la primera expedición, apenas pudo capturar medio centenar de prisioneros. Y como botín un cargamento de cebada con un puñado de gallinas.
En su crónica Jaime se excusó diciendo que en aquella cabalgada solo pretendía conseguir alimentos; pero su cabeza rumiaba posibles estrategias para hacerse con la ciudad de Valencia.
En la segunda incursión salió bien acompañado. Junto a él cabalgaron el infante Fernando, el obispo de Lérida, algunos caballeros aragoneses y los maestres del Temple y del Hospital.
Esta vez tenía un posible objetivo: Cullera, con su castillo controlando el litoral, una plaza estratégica que aseguraría el necesario apoyo naval.
Cuando se acercaban Jaime observó que los habitantes de las alquerías cercanas, acompañados de sus ganados, se refugiaban apiñados dentro de las murallas.
Y comentó a sus acompañantes lo fácil que sería tomar un recinto repletó de personas y animales. Las piedras lanzadas por sus máquinas de guerra causarían tal mortandad que obligarían a los cercados a rendirse en poco tiempo.
Pero sea porque los trabuquetes no alcanzaban la altura conveniente o porque las piedras y los víveres escaseaban, sus nobles rechazaron iniciar el asedio a una ciudad a más de cien kilómetros de sus bases.
Una plaza que luego habrían de defender en territorio enemigo.
De regreso, notablemente frustrado, consiguió convencerlos para atacar al menos alguna de las alquerías fortificadas, dotadas de grandes torres, que además de proteger la huerta, despensa de Valencia, formaban un complejo que protegía la capital con comunicación visual entre ellas.
Escogieron la de Moncada, la mejor y más rica de toda la huerta.
Como Jaime había previsto en Cullera, al llegar por sorpresa y sin tiempo para esconderse tras los muros de Valencia, los campesinos se encerraron precipitadamente en la torre.
Cientos de hombres, mujeres y niños con su ganado.
Aquí sí funcionaron bien los trabuquetes. Unas cuantas piedras lanzadas contra aquella población hacinada y en cuatro días no les quedó más remedio que rendirse.
El tiempo que tardaron los cadáveres aplastados de hombres y bestias en comenzar a descomponerse.
De este cerco obtuvo más de mil prisioneros, un centenar de los cuales vendió como esclavos para proveer a su hueste.
Tras demoler aquella torre sitiaron la de Museros, evacuada previamente por Zayyan, quien dejó sólo una guarnición de sesenta hombres para defenderla.
Dos jornadas disparando día y noche el trabuquete y los proyectiles empezaron a hacer mella en los muros.
Para amortiguar el efecto los defensores utilizaron serones de esparto llenos de tierra.
Los sitiadores respondieron fabricando saetas incendiarias con estopa, que utilizaron para prender fuego al esparto.
La guarnición se rindió para conservar la vida y fueron canjeados en Valencia por un caballero apresado por Zayyan.
Las siguientes torres cayeron sin necesidad de combatir. Ahora sí tenía el camino libre para acercase a la capital.
Pero no todo iba a ser conquistar.
En septiembre de aquel mismo año 1235 Jaime se casó por segunda vez. Su nueva reina no podía ser menos que la infanta de Castilla a quien había repudiado.
La dama elegida fue Violante, hija del rey de Hungría, una princesa de gran temperamento que le daría cinco hijas y cuatro hijos.
Un año después, en octubre de 1236, convocó Cortes en Monzón.
Asistieron todos los prelados de Aragón, las ordenes militares, los nobles de ambos lados del Pirineo, representantes de las ciudades más importantes, abades y otros cargos eclesiásticos.
Allí les expuso su deseo de conquistar la capital de Valencia.
Recordando su escaso poder de convocatoria puso sobre la mesa una doble oferta espiritual y material para todo el que acudiese a su llamada.
Como ya comentamos en la entrega anterior, en los asuntos del alma contaba con la fervorosa ayuda del papa Gregorio nono, quien redactó numerosas bulas que equiparaban las indulgencias por asistir a la conquista de Valencia con las reservadas a los peregrinos de Jerusalén.
En lo terrenal prometió casas y tierras a todos los que le acompañasen, quedando además libres de cualquier pago, desde el día que tomasen la cruz hasta el regreso.
Y para interesar al clero se comprometió a dotar generosamente la catedral y todas las iglesias de Valencia, una vez conquistada.
En la primavera de 1237, pascua florida, Jaime esperaba ilusionado a su ejército en Teruel
Otra vez la misma historia: pocos nobles, miembros de las órdenes militares y las milicias de algunas ciudades.
¿Dónde estaba toda esa gente a la que había convocado en las Cortes?
Allí esperaron unos días sin resultado.
Ni llegó nadie más, ni estaba dispuesto a dar marcha atrás. Así pues, inició la campaña con aquella reducida hueste.
Por el camino, arrasando cultivos y talando árboles, le llegaron noticias de que Zayvan estaba en Puçol con todas sus fuerzas, preparado para entablar una batalla campal.
Jaime continuó y el valenciano siguió sin presentar combate, dejándolo llegar muy cerca de la capital sin sobresaltos.
Estaba empeñado en establecer una base de operaciones cercana a Valencia. Y desechada Cullera, se había decidido por el Puig de la Cebolla, un castillo situado a tan solo quince kilómetros: alto, fuerte y bien obrado.
El plan, que había mantenido en secreto, era sitiarlo y una vez en su poder, instalar una nutrida guarnición al mando de su tío Bernat Guillem.
Zayyan se había anticipado y lo había destruido replegando a los efectivos que lo defendían.
Jaime no cambió sus planes. Ordenó reconstruirlo poniendo a su gente a trabajar por turnos mientras hacían incursiones en busca de víveres.
Cuando reveló su proyecto a los nobles volvieron los problemas. Aquello no era una simple correría como pensaban sus acompañantes.
El rey pretendía dejarlos en el Puig hostigando a Zayyan mientras él reclutaba un ejército.
Para aplacarlos y motivarlos comenzó a repartir futuras propiedades; riquezas que obtendrían realmente cuando se rindiese la ciudad.
Así, sus fortunas y patrimonios quedaron ligados al éxito de la empresa. Pero aquella guarnición necesitaba alimentos.
El rey ordenó abrir un camino seguro desde la fortaleza hasta el mar y partió en busca de provisiones.
Desde Burriana, Tortosa y Salou envió barcos cargados de avituallamientos y pertrechos.
En el Puig aguantarían el invierno, asolando y talando la huerta valenciana hasta que volviese el rey con el grueso del ejército para iniciar el asedio.
A Zayyan le quedó claro que Jaime estaba firmemente decidido y que no cejaría hasta tomar su capital.
La mesnada real había regresado dejando atrás a la guarnición. Tan solo ciento cuarenta caballeros y un número indeterminado de infantes.
Él disponía de miles de hombres, congregados desde la primavera.
No volvería a tener una oportunidad como esa para derrotar a los cristianos.
Se puso al frente de su ejército y decidió exterminar a los acuartelados en el Puig de la Cebolla.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 31.
De Tudmir a Oriola XXXII.

Alertado sobre el inmenso ejército que se aproximaba Bernat Guillem preparó a sus hombres para el combate.
El alcaide del castillo del Puig disponía de agua y víveres para soportar un asedio. Pero aquella fortaleza a poca altura, con sus muros destruidos y apañados en dos meses, no era precisamente una posición segura.
La decisión estaba tomada. Lucharían. Mejor morir con honra que volver ante el rey afrentados.
Los defensores de Puig oyeron misa, comulgaron y se desplegaron al pie del cerro en orden de batalla, dispuestos a pelear en campo abierto.
Tras las murallas solo quedaron unos pocos haciendo funcionar sus ballestas.
Al amanecer del 20 de agosto de 1237 el ejército valenciano reclutado por Zayyan, todo el poder desde Játiva hasta Onda, se desplegó en la llanura situada frente al castillo del Puig.
En vanguardia la infantería de frontera: soldados experimentados en combate, armados con ballestas, lanzas y escudos.
Tras ellos la caballería ligera: seiscientos jinetes bien entrenados.
En la retaguardia varios miles de peones reclutados por todo el territorio para hacer bulto: campesinos y artesanos sin preparación militar.
Los valencianos se lanzaron en tropel, sin reservas.
La superioridad numérica era aplastante.
El choque inicial contra la vanguardia musulmana empujó a los cristianos colina arriba.
Desde la altura los aragoneses cargaron hasta recuperar la posición, pero sin lograr romper las líneas enemigas que se lanzaron de nuevo contra ellos arrastrándolos hacia el castillo.
En ese momento, tras el cerro, aparecieron los estandartes de Aragón con sus trompetas resonando estrepitosamente.
En el castillo una voz tronó como un alarido: huyen, se retiran.
La retaguardia sarracena corría en desbandada. La vanguardia quedó paralizada al ver como aquel ejército se descomponía precipitándose unos contra otros.
Aprovechando el desconcierto y al grito de Santa María los cristianos cargaron de nuevo ladera abajo y su caballería pesada consiguió romper la línea musulmana.
Desarbolados y desmoralizados los valencianos dieron por perdida la batalla.
La retirada fue una huida desordenada. Los cristianos se lanzaron tras ellos haciendo una gran matanza durante la persecución.
La del Puig fue la única batalla campal de toda la conquista valenciana. Y en ella no estuvo presente Jaime I.
Los valencianos nunca volvieron a pelear en campo abierto.
En su libro de memorias Jaime no aclara el porqué de aquella sorprendente retirada; dando a entender que fue un milagro de la virgen.
A pesar de quintuplicar sus fuerzas, los musulmanes fueron derrotados con escasas bajas en el bando aragonés y la leyenda cuenta que entre ellos luchó el mismísimo San Jorge.
Se podría sospechar que fue una de tantas batallas inventadas por los trovadores; pero no. Varios cronistas árabes dieron fe de la increíble y humillante derrota de Zayyan.
Solo la crónica del catalán Bernat Desclot ofrece una explicación terrenal.
La noche anterior a la batalla, Guillem se reunió con sus hombres. Estos sabían ya lo que se les venía encima y pensaron abandonar el castillo.
Apelando al honor consiguió convencerlos para defenderlo hasta la muerte. Y diseñó una ingeniosa estratagema.
Además de sus caballos de guerra disponía de unos doscientos mulos de carga. Contaba también con la tripulación de las tres galeras de transporte ancladas en la playa.
Con mantas, sabanas y todo tipo de telas, disfrazaron a los mulos montando sobre ellos a sirvientes y tripulantes de los barcos con todos los estandartes, banderas y trompetas que pudieron reunir.
Con los temibles templarios a la cabeza, en el momento crítico del combate aparecieron con gran estruendo por detrás del cerro; ondeando los estandartes, gritando y haciendo sonar las trompetas.
Los musulmanes de la retaguardia, gente temerosa sin experiencia en batallas, pensaron que el rey regresaba con el grueso de su ejército y salieron en desbandada provocando el caos en las filas de Zayyan y su derrota.
El rey regresó al Puig acompañado de cien jinetes y felicitó personalmente a los combatientes renunciando al quinto del botín.
Se encargó personalmente de que recibiesen provisiones y ochenta y seis caballos de guerra para sustituir a los que habían perdido en la batalla lanceados por la vanguardia valenciana.
Hasta ese día firmaba los documentos en el Puig de Cebolla. A partir de aquella victoria lo llamó el Puig de Santa María y ordenó erigir un monasterio.
De vuelta a Aragón comenzó una frenética campaña de propaganda citando a cuantos quisieran pelear contra los valencianos.
Jaime recorrió las principales ciudades del reino convocando a sus huestes en el Puig para la pascua de 1238.
Estando en Zaragoza recibió una inquietante noticia: su tío Bernat Guillem, el alcaide del Puig, había fallecido y sus hombres, desmoralizados, pretendían abandonar la posición.
Los nobles aragoneses aconsejaron a Jaime olvidarse del castillo, dejando la conquista de la capital para más adelante. Pero su voluntad era firme.
Desde el Puig controlaba el acceso norte a la ciudad de Valencia con todas sus alquerías.
Dejar a los valencianos recoger sus cosechas y almacenarlas alargaría la resistencia de la capital ante el asedio que preparaba.
Así pues, nombró caballero y heredero al hijo del fallecido alcaide y en cuanto pudo volvió al Puig.
Necesitaba levantar la moral de aquella guarnición desalentada. Ante Dios, con la virgen como testigo, pronunció el voto de no pasar Teruel ni el río de Tortosa hasta que cayese Valencia.
Y para demostrarlo hizo llamar a su esposa y a su hija y las instaló en Burriana. Ya no había marcha atrás.
Como ya citamos en la entrega monográfica que dedicamos a Aben Hud, a comienzos de 1238, mientras Jaime se preparaba para tomar Valencia, el legendario caudillo murciano moría asesinado en Almería, acelerando todavía más la galopante descomposición del reino de Mursya.
Había dejado como sucesor a su hijo, Abu Bark. Éste fue destituido en una revolución interna que entronó a un antiguo gobernador, un erudito alfaquí, miembro de los Banu Jattab, la prestigiosa familia murciana emparentada con Teodomiro.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Desaparecido Aben Hud, el reino de Mursya quedó limitado a la antigua Cora de Tudmir, cuyo norte, eran las tierras de Uryula, hasta Alicante y Villena.
En el sur, un nuevo poder había surgido para mantenerse durante siglos.
Tras la conquista de Córdoba por Fernando III, un reyezuelo taifa, sometido hasta entonces al caudillo murciano, firmó treguas con Castilla y comenzó su propia aventura.
Aprovechando el descontento de la población hacia Ben Hud logró hacerse con la ciudad de Granada; y a su muerte con Almería y Málaga.
Abu Abdalá Muhamad, fundador de la dinastía nazarí con el nombre de Muhamad I, se convirtió en el principal monarca andalusí instalado en la antigua alcazaba del Albaicín, en Granada.
Desde allí, comenzó a construir su nuevo palacio, la fortaleza roja, la Alhambra.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 32.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
