
De Tudmir a Oriola XLVII.
En esta entrega, las notas con fondo rojo pertenecen al «Llibre dels feits» del rey Jaime I. Con fondo verde la crónica musulmana. Los párrafos en los que se menciona Oriola aparecen también en catalán, sobre fondo gris.

Reino de Murcia, mes de marzo del año del señor de 1266.
De Orihuela pasó a Alicante, donde permaneció el resto del mes de marzo.
La campaña murciana había terminado con éxito y el Conquistador propuso a los suyos una última cabalgada, una incursión relámpago en Almería, territorio bajo la soberanía del emir de Granada.
E, lexada la vila e establida en aquesta manera que dessús havem dit, anam-nos-en a Oriola, e en l’altre dia a Alacant. E aquí feem venir nostres fills e nostres richs hòmens denant nós. E dixem-lurs que, si ells ho tenien per bé, que poríem fer bona cavalcada a Almaria ans que·ns en partíssem
Ordenadas ya como acabamos de manifestar las cosas de Murcia, nos fuimos a Orihuela, y de allí pasamos a Alicante, donde hicimos comparecer delante de Nos a nuestros hijos y a nuestros ricos-hombres, para decirles que, si a ellos les parecía bien, antes de marcharnos de allí podríamos hacer una buena cabalgada a Almería.
Probablemente intentaba compensarlos por la falta de botín obtenido en aquella altruista campaña en beneficio de su yerno.
El monarca les ofreció avituallamiento para diez días: cuatro para llegar, cuatro para volver y dos para actuar en Almería.
Pues Nos les daríamos víveres para diez días, que serían cuatro para ir, cuatro para volver, y otros dos que podríamos permanecer allí o emplearlos de más en la vuelta.
Pero sus caballeros no estaban por la labor y comenzaron a buscar excusas.
Aunque la crónica centra el debate en torno a los víveres necesarios y la capacidad de las acémilas para transportarlos junto a los pertrechos de guerra, lo cierto es que la propuesta real llegó en mal momento.
Su hueste llevaba ya demasiado tiempo en campaña con el consiguiente cansancio y desembolso económico.
En pocas palabras, estaban locos por regresar a casa y una cabalgada en la frontera granadina, tras la guerra con Castilla, tampoco parecía ser un gran negocio.
Jaime I presumió de haber transportado víveres para tres semanas en su campaña valenciana cuando fue necesario; pero no logró convencerlos.
Contestáronnos que no sabrían donde llevar las provisiones, porque sus acémilas iban ya muy cargadas con los arneses.
—Si tales obstáculos os empachan —les dijimos entonces—, pocas conquistas haréis; pues cuando Nos fuimos a la de Valencia, llevábamos víveres para tres semanas.
Y lo hacíamos de esta manera: los caballeros cabalgaban en sus caballos, cargaban luego los bagajes de pan, vino y avena, y llevando ellos las lanzas en la mano, ponían los escudos encima de las acémilas.
Así, a medida que los ibamos descargando, quedaban disponibles los bagajes. Ellos, sin embargo, se empeñaron en que no podían hacerlo.
—¿Y no haréis vosotros —les replicamos—, lo que hicimos entonces Nos y todos los que con Nos iban?
Respondiéronnos que lo más que podían hacer era llevar provisiones para seis días: y por más que insistimos en que lo hiciesen como Nos les decíamos, porque necesitando cuatro jornadas para ir allá, no podíamos exponernos a quedar sin víveres al sexto día; no quisieron acceder, y así no pudo verificarse la cabalgada.
Había llegado el momento de dejar Murcia en manos de su yerno.
Su responsabilidad como decano de los monarcas cristianos era impedir que el territorio conquistado en nombre de Dios volviese a manos musulmanas y lo dejó bien claro en su crónica.
Para el veterano guerrero aquel reino no estaba ni mucho menos pacificado.
De com el Rei Jaume fixà la frontea amb Múrcia / De como el rey Jaime fijó la frontera con Murcia.

Murcia era un territorio demasiado alejado de Aragón y de Castilla y demasiado cercano a Granada.
Su geografía ofrecía un amplio valle, un pasillo natural desde Almería hasta Alicante que permitía rápidas cabalgadas de los granadinos, incursiones como la que él mismo había propuesto.
Así pues, como última medida de seguridad, dejó en Alicante a Artal de Luna y a Gimeno de Urrea con cien caballeros.
En caso de que la capital necesitase socorro, serían avisados con almenaras, un sistema por el que se comunicaba los castillos de Murcia, Orihuela y Alicante, utilizando fuegos en las almenas.
E sobre açò haguem acort qui lexaríem en la frontera de Alacant ne de Billena, per ço que, si mester hi fos, que acorreguessen a Múrcia ab .I a . alimara que faessen a Oriola. E lexam don Artal de Luna e don Exemén d’Urrea, ab .C. cavallers e[n] Alacant.
Tratamos luego de resolver a quién encargaríamos el mantener la frontera de Alicante y Villena, de manera que pudiese en caso necesario socorrer a Murcia, avisándoselo por medio de una almenara que hiciesen en Orihuela.
Y al cabo nombramos para este cargo a don Artal de Luna y a don Gimeno de Urrea con cien caballeros, los cuales debían permanecer en Alicante.
Además, otros setenta caballeros al mando de Bernardo Arnau y Galcerán de Pinós, se encargarían de mantener libres y seguros los caminos entre la frontera y la capital.
Para alimentar a toda esa gente firmó un préstamo con los mercaderes que operaban en Alicante, dejando generosas provisiones para cinco meses.
Luego supo que aquellos hombres hicieron negocio con los víveres, llegando a vender el equivalente a 30.000 raciones.
Encomendando además a En Bernardo Arnau y En Galcerán de Pinos otros setenta caballeros, para que con ellos mantuviesen seguros los caminos, y socorriesen también a Murcia siempre que necesario fuese.
Con un empréstito que nos facilitaron los mercaderes que hallamos en Alicante, pudimos dejar a los nuestros bastantemente abastecidos para cinco meses; y fueron tan abundantes los víveres que dejamos en Murcia, que los caballeros aragoneses que allí se quedaron vendieron más de treinta mil raciones, a pesar de ser nuestro todo el bastimento.
Con sus conquistas aseguradas en abril regresó a Valencia y de allí embarcó hacia Montpelier, donde hizo balance de los enormes gastos generados en la campaña.
Habiendo va dado buen fin a nuestra campaña de Murcia, nos volvimos al reino de Valencia, desde donde emprendimos nuestra marcha para Montpellier.
Sofocada la rebelión y aseguradas las fortalezas Alfonso X reorganizó el reino de Murcia; incorporado, ahora sí, de manera definitiva y sin condiciones a la corona castellana.
Las capitulaciones de Jaime I en la rendición sustituyeron a las del antiguo protectorado; condiciones que el monarca modificó cuando creyó necesario.
Con las manos libres diseñó un nuevo estatuto para los mudéjares murcianos.
En primer lugar mantuvo la pantomima de un rey vasallo musulmán, nombrando a Abu Abd Allah Muhammad Aben Hud, al que otorgó un tercio de las rentas del reino.
La partición de la capital efectuada por Jaime I quedó sin efecto.
Los cristianos ocuparon la totalidad de la medina amurallada y el muro de partición fue derribado, dando lugar a una moderna diagonal que cruzaba el casco urbano: la actual calle Trapería.
El soldado y cronista Ramón Muntaner la describe como una de las más hermosas calles que existen en ciudad alguna; grande y ancha, empieza donde se hace el mercado, delante de los predicadores, y continúa hasta la iglesia mayor de Santa María.
En ella se encontraban los gremios de peletería, trapería y otros muchos oficios.
Los musulmanes fueron desplazados a un arrabal producto del crecimiento de la capital hacia el norte y el oeste, un amplio barrio extramuros que fue amurallado en la primera mitad del siglo XII.
Los Aben Hud, hasta entonces soberanos de Murcia, pasaron a ser reyes de la Arrixaca; reducida su autoridad a poco más que el arrabal y la huerta cercana.
Desde la firma del tratado de Alcaraz los miembros del concejo cristiano se habían instalado en aquel barrio.
Antes había albergado a los mercenarios cristianos del rey lobo y a los mercaderes genoveses, pisanos y sicilianos instalados en Murcia.
A ellos atribuye la cantiga de Alfonso X la ermita cristiana donde se veneraba una virgen. La primera patrona de Murcia, la Virgen de la Arrixaca.
El arrabal fue desalojado para instalar a los musulmanes y los vecinos cristianos recibieron viviendas en el interior de la ciudad.
En junio de 1266, a causa de los abusos que sufrían los musulmanes, Alfonso X decretó la separación de las dos comunidades por medio un nuevo muro que circundaba el arrabal.
Expropiando algunas casas más, a los judíos los dejó dentro de la medina, agrupados y separados de los cristianos en unas calles estrechas cercanas a la puerta de Orihuela, callejas de trazado musulmán que favorecían su seguridad, con la obligación de cerrar la judería por la noche.
Durante siglos la aljama murciana creció y llegó a contar con dos sinagogas, carnicerías y cementerios propios, manteniéndose hasta su expulsión por los Reyes Católicos.
En cambio, las morerías urbanas languidecieron rápidamente.
El rey, su protector, se fue doblegando a las peticiones de los cristianos limitando la capacidad legal de los musulmanes y su margen de movimiento.
La singular situación del reino de Murcia, en vecindad permanente con Granada y Aragón, con una costa propicia al desembarco de corsarios, hicieron de él una especie de marca militar, una zona fronteriza con la población concentrada en ciudades fortificadas.
Acosados y discriminados en las ciudades, los que no emigraron, acabaron instalándose en los señoríos rurales, donde la falta de población obligaba a protegerlos como valiosa mano de obra para el cultivo de la tierra y otros oficios de baja calidad.
La rápida decadencia de la morería murciana facilitó la libre disposición de las propiedades abandonadas y la progresiva expansión de la población cristiana.
Eso dio lugar a la parroquia de San Miguel en lo que se llamó la Arrixaca Vieja.
Y a la parroquia de San Andrés en la llamada Arrixaca Nueva.
Por último, quiero añadir un trágico suceso que Bernat Desclot relató en su crónica.
Tras tomar la capita, Jaime concedió seguridad para una jornada de camino a todos los moros que quisieran marcharse a Granada.
Al enterarse los almogávares se agazaparon a dos jornadas de Murcia y asaltaron a treinta mil emigrantes musulmanes, matando y cautivando sin piedad, vendiendo los esclavos en Alicante y Valencia.
El hecho esta corroborado por la crónica musulmana de Aben Idari. Aunque lo cita con veinte años de diferencia parece referirse al mismo suceso.
Dieron Murcia a los cristianos. Salieron por capitulación y se fueron a Al Rasaka; donde vivieron por espacio de diez años hasta que sucedió, cuando fueron expulsados en el 673, que los traicionaron en el camino; en el lugar conocido por Warkal.
Robaron los cristianos a las mujeres y a los niños; y mataron a todos los hombres después de sacarlos con capitulación y sin armas, disponiendo de ellos como quisieron con las espadas y las lanzas.
Warkal se corresponde en la actualidad con Huercal Overa, en Almería.
El año 673 de la hégira, con el 1284/1285 de la era cristiana; fecha equivocada.
Si realmente sucedió tras la conquista de Murcia como dice el catalán, el Conquistador, avergonzado por la traición de los suyos, se olvidó de mencionarlo en su crónica.
Ventajas de ser el narrador.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 47.
De Tudmir a Oriola XLVIII.

Orihuela, Reino de Murcia, segunda mitad del siglo XIII. Cuando fuimos castellanos.
Nuestra incorporación a la Corona de Castilla provocó un brusco cambio de civilización en una ciudad construida y modelada, al gusto y manera de los musulmanes, a lo largo de cinco siglos.
La primitiva Orihuela, no era más que la obligada adaptación de la Uryula islámica.
En los poco más de veinte años que duró el protectorado, los primeros cristianos se habían instalado en el castillo y parece ser que en la zona próxima al Arrabal Roig.
Tras la revuelta y entrada de Jaime I la inmensa mayoría de sus habitantes fueron obligados a abandonar una Uryula intacta; lista para ser habitada.
Y así fue ocupada por una población completamente distinta, con otra cultura y organización social.
Los primitivos oriolanos tuvieron que adaptarse a un espacio urbano consolidado y prácticamente despoblado, a excepción del arrabal del Puente, formado en el antiguo camino de Cartagena, donde quedaron alojados los musulmanes expulsados del recinto amurallado.
Las duras condiciones iniciales no permitieron el restablecimiento de la población hasta muchas décadas después.
La mayoría de los conquistadores habían llegado con edades avanzadas para la época, y por supuesto sin familia.
Los que decidieron quedarse eran hombres solteros y las mujeres cristianas brillaban por su ausencia.
No hubo más remedio que hacer la vista gorda ante los matrimonios con musulmanas.
La labor repobladora en todos los territorios conquistados fue lenta; dirigida personalmente por los propios soberanos.
Pero los proyectos de Jaime I y de Alfonso X eran muy diferentes.
El aragonés apostaba por grandes latifundios en manos de pocas familias nobles.
El castellano optó por crear poderosos concejos en núcleos urbanos con amplios términos municipales; efectuando minuciosos repartos entre el mayor número posible de pobladores.
La inseguridad del reino favorecía la vida en ciudades fuertes, con explotaciones agrícolas en su entorno.
Por eso, la escasa población que fue llegando emigrada de los reinos cristianos se concentró en ellas buscando la seguridad.
La muralla protegía del enemigo, facilitaba el control de viajeros y mercancías y actuaba de cordón sanitario en caso de epidemia.
A la larga, el sistema del castellano fue mucho peor para la población musulmana.
En los señoríos rurales se les protegió como valiosa e insustituible mano de obra.
En las ciudades fueron desplazados a medida que llegaban nuevos inmigrantes cristianos.
Los cinco grandes concejos del reino fueron los de Murcia, Lorca, Cartagena, Orihuela y Alicante.
Aunque solo la capital obtuvo el rango de ciudad.
Estos ayuntamientos de la época eran el brazo real y contaban con amplio margen de autonomía.
De esta forma el monarca se aseguraba su lealtad y la premiaba concediendo privilegios.
En el verano de 1265, antes de llegar Jaime I, Alfonso X ya había otorgado a la villa de Orihuela el fuero de Alicante.
Tres años después, sofocada la rebelión, le concedió los fueros y franquezas de Murcia; ciudad que había recibido los de Sevilla dos años antes.
Unos fueros similares a los de la propia ciudad de Toledo.
Al tener al rey como único señor, la defensa no estaba en manos de nobles caprichosos: era un asunto ciudadano.
Por eso fue necesario atraer a hombres de armas de toda condición: caballeros, adalides, almogávares a caballo, almocadenes, ballesteros, peones…
Para consolidar la población eran también necesarios artesanos, comerciantes, agricultores…
El resto del territorio quedó en manos de señores y ordenes militares.
A la Villa de Orihuela le correspondieron los lugares de Abanilla, en manos de Guillem de Rocafull, pariente de Jaime I; Albatera, Almodovar (cercana al actual Guardamar), Cox y Crevillente.
Este insólito señorío musulmán logró mantenerse independiente bajo el protectorado de Castilla gracias a su comportamiento durante la rebelión.
Los primeros pobladores se vieron obligados a adaptar los edificios de los expulsados para nuevos usos.
Tres mezquitas fueron utilizadas como iglesias formando los tres núcleos poblacionales intramuros: las futuras tres parroquias.
Sus templos debieron iniciarse a finales del siglo XIII; cuando faltos de fondos para acometer las obras de construcción consiguieron del rey el tercio del diezmo de las iglesias para la construcción y reparación de templos.
El concejo comenzó a reunirse en la antigua mezquita aljama, convertida al culto cristiano como Iglesia del Salvador y Santa María.
En 1281 un anciano Alfonso X concedió a este templo la categoría de iglesia principal de la villa.
La de las Santas Justa y Rufina estaba situada en el barrio más poblado.
En su entorno se mantuvo la zona de abastecimiento de la ciudad: la carnicería, la pescadería, la venta de hortalizas y leña, la lonja de contratación….
Los nuevos vecinos se habían repartido por la ciudad amurallada con especial interés en este barrio, quedando zonas menos pobladas; incluso espacios sin urbanizar.
Entre los privilegios que concedía el monarca estaban los mercados semanales y las ferias anuales; con protección real y sin impuestos; un eficaz medio de promoción para las ciudades y un gran estímulo para el comercio.
En 1269, al instaurarse el mercado semanal de los miércoles, el Concejo decidió situarlo también en el barrio de Santa Justa.
Los vecinos de San Salvador protestaron denunciando la galopante despoblación de su zona.
En cuanto a la Feria, anormalmente corta, comenzó en 1272; celebrándose en los tres días posteriores a Santa María de Agosto.
Dos años después, ante la falta de mercaderes, el Sabio autorizó al concejo para pasar la fecha al día de Todos los Santos, intentando recoger a los comerciantes de la potente feria murciana, celebrada por San Miguel.
Su emplazamiento, cercano a San Salvador, determinó el nombre de la calle de la Feria.
El vial que unía ambas iglesias, paralelo a la muralla, derivó en lo que hoy conocemos como calle mayor.
La necesidad de distribuir las viviendas y solares obligó a redactar una especie de inventarios: los libros de repartimiento.
El de Orihuela, joya de incalculable valor sustraída hace cien años, recoge un total de seis particiones incluyendo revisiones y ampliaciones.
El primer reparto, asumiendo lo prometido por su suegro, fue confirmado en 1266 por Alfonso X.
Dos años después mejoró a los defensores del Castillo.
En el tercero, de1271, confirmó las mejoras y aumentos; ya que algunos beneficiarios de anteriores repartos se habían marchado vendiendo ilegalmente o abandonando sus propiedades.
Entre 1272 y 1275 se hizo una cuarta partición, corrigiendo errores y abusos, mejorando de nuevo a los primeros pobladores y entregando solares vacíos a los recién llegados.
También se comenzó a permitir la compraventa de inmuebles siempre y cuando no vendiesen a la iglesia, que ya empezaba a acumular demasiadas propiedades.
Y se luchó contra los acaparadores y propietarios ausentes; marcando un plazo para fijar residencia o ser expropiados.
Los dos últimos repartos de nuestro códice, se efectuaron ya bajo los reinados de Sancho IV de Castilla en 1288; y de Jaime II de Aragón en 1314.
Gracias a estas minuciosas anotaciones, sabemos que Orihuela se pobló con mayoría de aragoneses; sobre todo catalanes.
Y que entre ellos destacaron por su número los de Lérida y Barcelona.
A pesar de todo, la organización y el idioma oficial, el de los documentos, fue el castellano, generando una primitiva población bilingüe que mantuvo el catalán en el habla coloquial hasta nuestro paso a la Corona de Aragón.
De nuevo estoy adelantando acontecimientos.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 48.
Programa 48.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.















