
De Tudmir a Oriola XLIII.
En esta entrega he modificado la estructura con nuevos apartados y añadidos.
Las notas con fondo azul pertenecen a la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner. Las de fondo rojo al «Llibre dels feits» del rey Jaime I.
Los párrafos en los que se menciona Oriola aparecen también en catalán, sobre fondo gris.
Sometido a sangre y fuego el Valle del Guadalete junto al resto de las plazas andaluzas sublevadas, el ejército castellano volcó su fuerza contra el verdadero responsable de aquella rebelión.
Durante el verano de 1265, el reino Nazarí sufrió los devastadores efectos de una cabalgada castellana que, partiendo de Córdoba, se internó en la Vega granadina talando, incendiando y procurando todo el mal posible, amparados por la bula de Cruzada.
En el reino de Murcia, la guarnición cristiana de la capital se había rendido, abandonando desarmados el alcázar.
Pero las plazas fuertes de Alicante, Orihuela y Lorca mantenían la bandera castellana. Sus defensores se habían atrincherado en las fortalezas, aguantando el asedio de sus propias ciudades.
Desde Sevilla Alfonso X les animó a resistir hasta que pudiese organizar una expedición de socorro, prometiendo generosas recompensas.
La prioridad principal era recuperar Cartagena antes de que pudiesen desembarcar refuerzos de ultramar.
A finales de 1265, cuando la situación andaluza lo permitió, Alfonso X mandó a las milicias de varias ciudades castellanas.
Los de Lorca recibieron ayuda y la zona quedó asegurada por la Orden Militar de Santiago.
Por fin, con el apoyo de una flota enviada desde Sevilla, los castellanos recuperaron el puerto cartagenero y reforzaron el de Alicante.
Las tropas de Alfonso X se hicieron con las fortalezas de la Asomada y Tabala, controlando los caminos entre Murcia y Cartagena.
Aquella hueste era insuficiente para recuperar la totalidad del reino. Especialmente la capital, con sus impresionantes murallas bien guarnecidas por contingentes granadinos.
Cuando Jaime I se presentó con su ejército en la frontera los murcianos ya tenían noticias de la violenta respuesta de Alfonso X.

Entre la primavera y el verano de 1265 el infante Pedro hostigó duramente el territorio que hoy se corresponde con la provincia de Alicante, entonces parte del reino de Murcia.
Así quedó reflejado en la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner, soldado y cronista que vivió entre los siglos XIII y XIV.
Ordenó (Jaime I) que dicho señor infante En Pedro hiciese una correría hacia el reino de Murcia, a fin de reconocer en qué estado se hallaba dicho reino.
Así pues, que dicho señor infante En Pedro tuvo arreglado su ejército, compuesto de muchos ricos hombres y caballeros de Cataluña, de Aragón y del reino de Valencia, y de ciudadanos y hombres de mar y almogávares, recorriendo por mar y por tierra dicho reino, fue talando y destruyendo todo el país, sin moverse de cualquier lugar a donde fuese, hasta tanto que lo había talado.
En una de sus violentas incursiones, que se alargó durante un mes, llegó hasta Monteagudo, en las mismas puertas de la capital del reino, talando y arrasando las huertas de Orihuela y Murcia, saqueando y esclavizando a los sublevados, dejando a su paso un rastro de fuego y muerte.
Lo primero que taló y destruyó fue toda la huerta de Alicante, Nompot y Aquast; luego taló Elche, el valle de EIda y de Novelda, Villena, Aspe y Petrel, Crivillente, Catral, Abanilla, Callosa, Guardamar y Orihuela, y llegó hasta el castillo de Montagut, que està en la huerta de Murcia, cuyo lugar taló y destruyó.
Estando allí se dejó ver el rey sarraceno de Murcia, con todas sus fuerzas de a caballo y peones, y si bien el dicho señor infante le aguardó por espacio de dos dias, en orden de batalla, el tal rey no se atrevió jamás a combatir contra él.
Tras un breve descanso en Alicante, en junio reanudó su devastadora campaña, dejando preparado el terreno para la llegada de su padre, Jaime I el Conquistador.
Cuentan las crónicas que los que le acompañaron se enriquecieron gracias al botín, los esclavos y el ganado obtenido.
Cuando el monarca aragonés se presentó con su ejército en la frontera del reino, el recorrido hasta la capital era ya fruta madura.
De com s’iniciaren els pactes per a la rendició de Villena / De como se iniciaron los pactos para la rendición de Villena.

En la campaña murciana encontramos a un Jaime I negociador, dispuesto a convencer y a sobornar antes de emplear la fuerza. Un paseo triunfal con poca sangre y mucha mano izquierda.
En Biar trató con los de Villena, viejos conocidos de la campaña de 1240. Y los villenenses achacaron su revuelta al mal trato recibido de Castilla.
Reunido con los treinta mejores de la villa prometió interceder para que su yerno los perdonase si se entregaban pacíficamente.
Le pidieron de plazo hasta la noche. Al oscurecer llegaron dos mensajeros y uno de ellos hablaba romance.
Para «engrasar» el trato, a escondidas, Jaime le entregó cien besantes; y todo quedó resuelto firmando las escrituras de sumisión.
La misma noche enviáronnos la respuesta por dos sarracenos, el uno de los cuales era latinado; y consistía aquella en decirnos que la mañana siguiente volviésemos allá, y que ellos jurarían por su ley estar con don Manuel, cuando volviese, a los pactos o convenios que con Nos hiciesen; que haciéndoles perdonar el yerro cometido, rendirían la villa mas que si don Manuel no les perdonaba, no debiesen estar obligados a lo convenido.
Por otra parte, que si Nos les jurábamos no devolver Villena al rey de Castilla ni a don Manuel, que fuésemos allá y nos la rendirían enseguida.
Dijímosles que les agradecíamos cuanto nos habían dicho, y que el día siguiente trataríamos con ellos el asunto de manera, que quedarían contentos de Nos; y que en la entrevista extenderíamos las correspondientes escrituras.
Después de esto regalamos al latinado cien besantes, para que abogara a favor nuestro; lo cual hicimos a escondidas del otro, que no queríamos lo supiese, y en vista de que aquel nos decía que, confiando en Dios, haría por Nos cuanto quisiésemos.
De allí pasó a Elda, acampando fuera de la villa.
Los sublevados, que se habían negado a rendirse, salieron suplicando que no talase la huerta al ver llegar a su hueste.
De Elda marchó a Petrer y, antes de ponerse el sol, en su castillo lucía también el pendón cristiano.
Al día siguiente cayó Nompot, una aldea alicantina que con el tiempo se llamaría Monforte.
E l’altre dia anam-nos-en a Nonpot, que és aldea d’Alacant, e en l’altre dia [entram] en Alacant. E aquí ordenam nostra companya.
El día siguiente nos fuimos a una aldea de Alicante llamada Nompot, y de aquí pasamos a aquella ciudad, donde ordenamos nuestra compañía.
De com el Rei Jaume entrà a Alacant / De como el rey Jaime entró en Alicante.

En este recorrido hasta la capital del reino utilizó dos bases operativas; dos ciudades que mantenían la bandera castellana gracias a sus reforzadas guarniciones: Alicante y Orihuela.
Alicante, además de puerto en el Mediterráneo, contaba con un poderoso castillo.
Como ciudad que no aceptó el pacto de Alcaraz y fue reducida por la fuerza de las armas, desde 1252 tenía constituido su concejo castellano y Alfonso X se había esforzado en repoblarla.
En Alicante pasó Jaime varios días organizando su hueste formada por catalanes, aragoneses, castellanos, la nueva población valenciana y un buen contingente de tropas almogávares.
El 21 de noviembre de 1265 reunió a los infantes Pedro y Jaime, al obispo de Barcelona, a los ricos hombres y caballeros para dictarles las normas a seguir en la campaña contra los rebeldes murcianos.
Lo hizo en una iglesia, pero no en la Mayor o de Santa María, erigida sobre la Mezquita Aljama, sino en la que Alfonso X había mandado construir extramuros en honor a San Nicolás.
Les inculcó su papel en el reino de Murcia; que no era otro que someterlo de nuevo a la Corona de Castilla.
Sus hombres debían evitar incidentes con castellanos y mudéjares. Avanzarían en bloque, sin dispersarse en grupos que pudiesen ser presa fácil en una emboscada.
Nadie usaría las armas sin su autorización expresa, avisando de cualquier amenaza y acudiendo al grito catalán de «vía fora». Las disputas entre ellos serían juzgadas por dos caballeros nombrados para tal menester.
En cuanto al reparto del botín, fuente permanente de conflictos, este sería subastado atendiendo al rango, condición, actuación en combate, pérdidas materiales y heridas recibidas.
Cualquier acto que contraviniese sus instrucciones sería juzgado como traición.
Terminada aquella reunión envió un mensajero a Elche, convocando a sus negociadores.
Llegaron tres en nombre de la Aljama ilicitana y pronto les dejó claras sus opciones: entregarse y continuar como antes de la revuelta o, usando sus propias palabras, probar el filo de su espada.
Después de consultar con los suyos regresaron y Jaime apartó a uno de ellos, de nombre Muhamad.
En privado le ofreció mejorar su hacienda, un puesto de administrador, y le metió por la manga de la chilaba trescientos besantes.
Al día siguiente volvió con respuesta afirmativa. Cuando llegase a Elche, le entregarían la Torre de la Calahorra, la mejor y más fuerte de la villa.
El astuto monarca ocultó esta información a los suyos.
Nada quisimos decir de este asunto a nuestros ricos-hombres, sí sólo les reunimos, llamando al mismo tiempo al infante En Pedro, al infante En Jaime y al obispo de Barcelona.
Por fin llegaron al puerto alicantino dos galeras catalanas que remolcaban dos naves más pequeñas cargadas de Trigo.
Sucediendo esto en ocasión que llegaron dos galeras que Nos habíamos armado, las cuales remolcaron dos navecillas cargadas de trigo, cuyo valor no bajaría seguramente de cincuenta mil sueldos.
Bien avituallados, reunió a su consejo y preguntó qué plaza sería la siguiente. Estos votaron por Elche, situada en el camino hacia Orihuela y Murcia.
Sin decir que ya tenía pactada la rendición, se ofreció para negociar con ellos antes de pasar al asedio, pues era plaza bien abastecida que podría aguantar mucho tiempo.
Reunidos, pues, los antedichos ricos-hombres en consejo, les preguntamos, qué haríamos y a dónde iríamos.
E fo aquest lo consell de tots: que anàssem a Elch per aquesta raó: car ells eren al camí, e els qui irien d’Alacant vers Múrcia e Oriola, que·ls poríem barrejar.
El voto general fue que fuésemos a Elche, por la razón de que, estando los moros en el camino, yendo ellos desde Alicante hacia Murcia y Orihuela, los podríamos batir fácilmente.
Oído lo que, Nos les contestamos: que pasásemos por Elche y hablaríamos con los moros, pudiendo estar seguros de que tanta suerte nos había de deparar el Señor en tal jornada, que al punto aquellos se nos rendirían.
No quisimos, de consiguiente, descubrir a nuestros ricos-hombres lo que teníamos tratado con los moros, a fin de evitar todo estorbo que pudiera haber: y así, lo único que les dijimos fue, que, a nuestro entender, Elche se sostendría más tiempo que Murcia, y esto sería, porque aquel punto tenía muchas más provisiones que el otro.
Se adelantó con cien caballeros y, cuando el grueso del ejército llegó, Jaime estaba ya firmando la rendición, dejando maravillados a sus hombres por su poder de persuasión.
Resuelto, pues, el día en que debíamos emprender la marcha, dijimos a aquellos, que Nos pasaríamos adelante con cien caballeros, para saber si nos rendirían la villa de buen grado y que en caso contrario, resolveríamos allí mismo si la sitiaríamos o proseguiríamos el camino.
Marchamos adelante; y no bien llegamos al indicado punto, cuando los viejos y los más poderosos hombres de la villa, en número de unos cincuenta, nos salieron a recibir.
Y enseguida nos otorgaron las escrituras y El convenio, tal como se había tratado entre Nos y su mensajero, jurándonos al mismo tiempo, que lo observarían puntualmente ellos y todos cuantos habitaban en la villa.
Al llegar la hueste, encontronos ya a Nos con los sarracenos que estábamos extendiendo las escrituras; y al verles jurar, así como se había convenido en Alicante, maravilláronse sobremanera los nuestros, que no atinaban cómo tan pronto habíamos salido del negocio.
Como era ya de noche, suplicáronnos los moros que tuviésemos paciencia hasta la mañana siguiente, pues entonces vendrían a nuestra presencia todos los sarracenos de la villa, y otorgándoles las escrituras y convenios, nos rendirían la torre de Calahorra, que era la más fuerte de Elche; en vista de cuya súplica, no pudimos menos que conformarnos a esperar el indicado tiempo.
Extendieron, pues, el escrito durante la mañana, y a hora de tercia quedaron otorgados los convenios y demás tratos, así como en nuestro poder la torre de Calahorra que nos rindieron, la cual encargamos al obispo de Barcelona, para que guardara a los habitantes y evitase que hombre alguno les talara.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 43.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
