
De Tudmir a Oriola XXXIX.

Medina Mursya, primavera de 1243.
El viernes 1 de mayo el infante Alfonso, primogénito de Castilla, entró triunfal en Murcia.
La capital abrió sus puertas para que tomase posesión del Alcázar.
Su manto escarlata, estampado de castillos y leones dorados, destacaba entre las capas blancas de los freires de la orden de Santiago que encabezaban la hueste.
La conquista de Murcia parecía un regalo del cielo, un breve paseo triunfal.
Durante muchos años, estudios basados exclusivamente en las crónicas, tomaron como hecho comprobado que el reino de Murcia con todos sus pueblos y castillos se sometieron por propia voluntad al rey de Castilla en el pacto de Alcaraz.
Y que los tomó pacíficamente, excepto los de Cartagena, Lorca y Mula, que fueron sometidos por las armas.
Esas tres ciudades controladas por el alfaquí Muhamad Ben Alí eran ya independientes con Zayyan y con Aben Hud y así se mantuvieron contra Castilla.
Aunque la crónica mencione sólo esas tres excepciones, nuevos datos han demostrado que los murcianos no se entregaron tan fácilmente.
El acuerdo de Alcaraz fue considerado un chanchullo de los Banu Hud y la nobleza murciana.
A cambio de la mitad de sus rentas consiguieron asegurar su precario poder protegidos por Castilla ante cualquier amenaza exterior y ante la posible rebelión de sus propios súbditos.
Cuando el pacto se hizo público levantó una ola de protestas en aquel ambiente de anarquía generalizada provocando que numerosas plazas rechazasen las humillantes condiciones de vasallaje.
Gracias a un privilegio fechado en Murcia en julio de 1243 sabemos que de las ciudades firmantes sólo respetaron el compromiso los alcaides de Crevillente, Alhama y Cieza.
Los demás cambiaron de parecer o simplemente no lograron convencer a los suyos.
Ignorando su autoridad se resistieron a la ocupación castellana haciendo necesaria la actuación militar.
Al infante solo le acompañaba su séquito de nobles y los tenentes de las fortalezas conquistadas por Castilla antes de firmar el pacto. En su mayoría caballeros vinculados a la orden de Santiago.
Con tan escasa hueste no podía lanzarse a una aventura guerrera para la que no estaba preparado.
Tampoco era conveniente convertir un pacto político en un acto de guerra abierta.
Así pues, pequeños contingentes castellanos se dedicaron a destruir todos los recursos de las fortalezas rebeldes del mismo modo que contamos en la conquista de Valencia: arrasando cosechas, talando árboles, robando o matando al ganado y destrozando molinos y acequias.
Los habitantes de las alquerías se refugiaban en las fortalezas y, cuando apretaba el hambre, capitulaban sin mucha resistencia.
En agosto la hueste del infante regresó a Toledo dejando para más adelante la sumisión de poblaciones que por su tamaño y solidez de sus defensas, necesitaban más tiempo y más efectivos para sitiarlas, como fue el caso de nuestra Uryula (Orihuela), con su inexpugnable castillo.
Esta retirada temporal dejó sin pacificar el territorio.
En ese periodo de tensa espera la resistencia fue creciendo y los disidentes abandonaban las ciudades pacificadas para refugiarse en las que resistían.
A finales de 1243 se organizó la segunda campaña murciana en la que además de seguir sometiendo ciudades con sus reforzadas huestes, el infante se dedicó a abastecer y asegurar las fortalezas ganadas, reparando muros y reforzando las guarniciones.
El hambre se había extendió por todo el territorio y se hizo necesario el envío de provisiones.
Desde Toledo Fernando III hizo llegar a su hijo gran cantidad de víveres y ganado para alimentar a las guarniciones y ablandar voluntades entre los sitiados.
Las huestes castellanas fueron penetrando en los castillos, dejando pendientes las plazas de Cartagena, Lorca y Mula, cuya situación y resistencia aconsejaban esperar a la primavera.
En esta campaña llegaron a la difusa frontera con Valencia, compitiendo con los aragoneses, que avanzaban rápidamente rebasando los límites fijados en los antiguos tratados.
El infante mando a hombres de confianza para tratar de convencer a los alcaides de las ciudades valencianas a sur del Júcar.
En Alcira, como ya contamos en una entrega anterior, el enviado fracasó provocando la huida del alcaide y la llegada de Jaime I.
En Játiva el pariente del obispo acabó colgado de un árbol.
Solo tuvieron éxito en Mogente y Enguera, donde aguantaron a pesar del ajusticiamiento público de diecisiete vecinos.
Esta tensa situación dio paso a tratado de Almizra que ya relatamos también.
En el mes de abril, aseguradas las fronteras con su suegro y con el clima favorable, comenzó la parte más dura de la campaña en la que utilizó numerosos contingentes llegados desde Castilla.
Mula fue la primera en caer, tomada al asalto con gran alegría por parte del infante.
Era su primera plaza conquistada por las armas y rápidamente informó orgulloso a su padre.
La mayoría de la población fue desterrada y a los pocos que quedaron los expulsaron al arrabal.
En ese año de 1244 se rindió también Lorca, el estratégico baluarte frente al reino de Granada debilitado tras la muerte del caudillo Muhamad Ben Alí.
La toma de Cartagena, en la que fue necesario el apoyo naval de la flota del Cantábrico, se demoró hasta 1245.
Un dato más: en Alicante, Zayyan Ben Mardanis no acató la soberanía del monarca murciano que lo había desterrado y mucho menos la de Castilla.
Su castillo fue tomado por Alfonso tras largo asedio.
Tenemos constancia de que Zayyan permaneció en él al menos hasta 1246, exiliándose en Túnez donde fue recibido por el emir con los brazos abiertos.
Allí ostentó cargos de importancia hasta su muerte. Todo un superviviente político.
Sometido todo el reino comenzó el protectorado castellano y muchos musulmanes emigraron al reino de Granada.
Aun así eran la inmensa mayoría de la población frente a unos pocos cristianos, principalmente soldados asentados en los castillos.
Uryula, a pesar de no figurar en la crónica, resistió y tuvo que ser asediada.
Llevaba tiempo actuando con independencia y seguramente trató de continuar por libre.
Sabemos que al entrar Alfonso a la capital algunos disidentes se refugiaron tras las murallas de nuestra ciudad, que no fue sometida, al menos hasta la segunda mitad de 1243, en fecha imprecisa.
Dan fe de ello dos donaciones posteriores de Alfonso X.
Una que dice textualmente «por el servicio que me hizo sobré Orihuela cuando la gané».
La otra «por el servicio que hizo al rey en la cerca de Orihuela».
Como plaza sometida militarmente se le podía aplicar el derecho de conquista, enviando a sus habitantes al exilio para ser sustituidos por colonos cristianos.
Pero no fue así ni en Uryula ni en el resto de poblaciones. Castilla no disponía de efectivos para repoblar simultáneamente Murcia y Andalucía.
Las que capitularon sin llegar al asalto fueron tratadas de manera parecida a las que abrieron sus puertas por propia voluntad.
Una vez doblegadas continuaron con sus costumbres, religión e instituciones de gobierno, bajo la vigilancia de las guarniciones castellanas que cobraban sus rentas.
Este estatus permitía al infante incrementar la población cristiana más allá de una simple guarnición militar y organizar su propio consejo.
También disponer de ellas a su antojo, como el caso de Elche, que fue regalada a Beatriz, su hija bastarda.
En Uryula una vez instalados los castellanos en la alcazaba, la ciudad continuó bajo la dirección de la Wizara Isamyya.
No hay constancia de ningún episodio bélico que le arrebatase el poder.
Poco a poco aquel grupo de intelectuales fue emigrando.
Los que pudieron atravesaron el estrecho o viajaron a Menorca a través de los puertos de Alicante y Cartagena.
Y desde el exilio mantuvieron correspondencia con los que quedaron administrando la ciudad bajo control castellano.
Otros, sin recursos económicos para embarcarse, pasaron a Granada.
En 1248 murió Ben Isam, el carismático gobernador que dio nombre al consejo de Uryula.
Dicho consejo siguió funcionando encabezado por su hijo.
Las noticias sobre Uryula desaparecen en 1250 cuando concluye el manuscrito del que hablamos hace ya varios entregas.
Un valioso documento que desenterró otro pedacito de nuestra rica y desconocida historia.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 39.
De Tudmir a Oriola XL.

Valencia, septiembre de 1244.
Considerando buen negocio la oferta de los emisarios de Biar Jaime I acudió con cien caballeros dispuesto a tomar la ciudad sin mucho esfuerzo.
Pero los biarenses se negaron a negociar.
Es más, dijeron a los mediadores que si se acercaban los recibirían a pedradas.
La hueste aragonesa, con su rey a la cabeza, permaneció tres o cuatro días acampada entre Onteniente y Biar.
Por San Miguel se desplazaron a un cerro desde el que se dominaba la ciudad, montando un verdadero campamento base, donde fabricaron un fundíbulo para lanzar piedras.
Allí fueron llegando refuerzos, entre ellos Guillem de Moncada con sesenta ballesteros de Tortosa.
Biar se defendió con uñas y dientes.
Jaime calculó unos mil doscientos infantes bien armados tras las murallas, que resistieron hasta febrero de 1245, cuando el alcaide por fin rindió la plaza.
Con Játiva y Biar en su poder dio por terminada la campaña valenciana.
Pero el hecho de haber conquistado Biar, en la frontera con Murcia, no le daba el control del reino.
Al sur del Júcar quedaron territorios en manos musulmanas.
La descomposición política había facilitado un rápido avance basado en el control estratégico de las fortalezas más importantes.
Esta rapidez en la conquista tuvo como contrapartida la inseguridad.
Atrás quedaban ciudades muy pobladas donde los cristianos eran una ínfima minoría.
Sin repoblación cristiana las revueltas podían estallar en cualquier momento.
Y vaya si estallaron: en Valencia y también en Murcia.
Jaime dejó registrada detalladamente su larga lucha con Abu Abdalá Ben Muhammad Ben Hudhayl.
Este personaje pasó a la historia como Al Azraq, en árabe «el Azul».
Así lo llamaremos nosotros.
La creencia popular atribuye el apodo al color de sus ojos y a sus ropajes.
Su biografía se mezcla con la leyenda: hijo del alcaide de un castillo en el montañoso norte de la actual provincia de Alicante, «el azul» se convirtió en un símbolo para la resistencia musulmana contra el rey de Aragón.
Culto y preparado en el arte de la guerra, al morir su padre heredó sus posesiones y aprovechó el vacío de poder en la región para montarse su propia taifa en las montañas alicantinas.
Luego supo ganarse la confianza de Jaime I consiguiendo que le cediese el dominio temporal de seis de las ocho fortificaciones que controlaba.
Todo quedó escrito en el «Pacto del Pouet», firmado con el infante Alfonso de Aragón, primogénito del Conquistador.
En este tratado, conservado en el Archivo de la Corona de Aragón, se declaró vasallo de Jaime entregándole dos castillos. Y se quedó con media docena.
Dichas fortalezas y las que pudiese someter debían volver a Aragón en el plazo de tres años. Todas excepto dos que quedarían para él y su linaje bajo el control de la corona.
Mientras compartirían las rentas por mitad.
Esto nos demuestra que quedaban fortalezas por someter en 1245.
En 1247, cercano el plazo de entrega pactado, volvió a levantarse en armas.
Jaime había regresado a Aragón. Oyendo misa en Santa María de Calatayud le informaron de que «el azul» le estaba arrebatando castillos.
Inmediatamente salió para tierras valencianas acompañado por la reina.
Llegó a la capital en septiembre y allí recibió una visita de cortesía del alcaide de Játiva, acompañado por los ancianos de la aljama y por una compañía de sarracenos.
Como vasallos suyos que eran esperaba que colaborasen para neutralizar al insurrecto.
Pronto se dio cuenta de que les resultaba imposible reprimir la alegría por la gesta iniciada en las montañas de Alicante.
Era una señal.
Los éxitos militares de «el azul» le procuraron fama y reconocimiento, consiguiendo el apoyo de muchas aljamas.
Por fin tenían una esperanza, un paladín batallador, un azote de los cristianos que devolvía el orgullo a los musulmanes proclamando la defensa del territorio a cualquier precio.
A comienzos de noviembre el conquistador se fue de caza a Burriana.
Y estando en el lecho recibió un inquietante mensaje de la reina: «el azul» había tomado el castillo de Penáguila.
Ciego de ira, aquella noche el monarca no pudo conciliar el sueño. Cuenta en su crónica que sudó como si estuviese en un baño.
Después de pactar con el sarraceno y confiarle los castillos ¿le pagaba así?
Jaime no podía tolerar aquella traición. Tenía que recuperar lo perdido y asegurarlo con población cristiana.
Reunió a más de cuatrocientos caballeros con los que reforzó sus castillos al sur del Júcar.
El seis de enero de 1248, fiesta de Reyes, en la iglesia de Santa María de Valencia comunicó públicamente su intención de expulsar a todos los sarracenos de su reino.
A los que no hubiesen hecho ningún mal les daba un mes de plazo para salir de territorio valenciano. Con sus mujeres e hijos y con todo el equipaje que pudiesen portar.
Las tropas aragonesas los acompañarían hasta el reino de Murcia. Desde allí debían pasar a Granada o más allá.
Donde se pronunciaba el nombre de Mahoma sería proclamado Jesucristo.
El obispo de Valencia le felicitó en su nombre y en el del Papa, que pronto arrimó el hombro ofreciendo indulgencias a los que ayudasen en la cruzada valenciana.
También ordenó al clero aragonés que apoyase económicamente a su rey.
Los caballeros que tenían tierras cultivadas por musulmanes no estaban de acuerdo con la decisión.
Jaime les ordenó que dejasen de pensar en sus propios intereses y lo hiciesen en Dios y en su rey.
Ya sabía que era más lucrativo emplear sarracenos que cristianos. Pero si estos seguían organizándose y llegaban a contactar con los del norte de África lo perderían todo.
La expulsión de los musulmanes valencianos tuvo gran repercusión en algunas zonas del reino; sobre todo en la frontera y en los territorios controlados por «el azul».
Las ciudades recibieron cartas en árabe con la orden de evacuar a toda la población musulmana.
Los que estaban en edad de combatir se unieron a los rebeldes tomando nuevas fortalezas.
La montaña alicantina y las comarcas de la Marina alta y baja se convirtieron en un avispero; un terreno complicado de difícil acceso donde la caballería aragonesa quedaba neutralizada en una guerra de guerrillas.
Los que no podían o no querían combatir obedecieron.
Unos sesenta mil musulmanes, sin contar mujeres y niños, se concentraron en Montesa y de allí fueron escoltados hasta Villena.
La riada humana medía cinco leguas de cabeza a cola. Al pasar por la frontera, cada persona pagó un besante, recaudándose unos cien mil.
En 1249 Jaime comenzó a repoblar el territorio con abundante población cristiana para evitar nuevas revueltas.
Concedió generosas donaciones a los que decidieron instalarse en las comarcas levantiscas y en las ciudades estratégicas que aseguraban el paso hacia Murcia.
El número de propietarios cristianos al sur del Júcar alcanzó cotas muy superiores a las del resto del reino.
Y no fueron donaciones a religiosos ni nobles. El monarca quería ciudadanos de a pie, a ser posible con experiencia en las armas.
También necesitaba artesanos, comerciantes, agricultores…
Se trataba de colonizar de nuevo el territorio bajo la corona y el signo de la cruz.
En cuanto a «el azul», sometidas definitivamente Alcira, Játiva, Denia y Biar, se fue quedando sólo y aislado.
A pesar de todo su revuelta se prolongó durante diez años.
En Rugat estuvo cerca de matar a Jaime I en una emboscada.
Gracias a la mediación de Alfonso X consiguió una tregua temporal.
El Conquistador siguó recuperando castillos y repoblando territorios.
Acorralado y traicionado por uno de sus consejeros, como única forma de salvar la vida, prometió a Jaime marcharse y no volver nunca más, refugiándose en la corte de Granada.
Pero no había escrito su última gesta. Dos décadas después entró para siempre en la leyenda.
Rotas las treguas el Emir de Granada armó un ejército reforzado por caballería de Marruecos y «el azul» marchó con ellos.
Con más de sesenta años fue aclamado por su gente que no le había olvidado. A los invasores se unieron centenares de mudéjares en una de las peores revueltas.
El anciano caudillo volvió a pelear por su territorio y lograron sonadas victorias contra castellanos y aragoneses.
Hasta que perdió la vida ante los muros de Alcoy.
Dice la leyenda que fue el 23 de abril de 1276, abatido por una saeta lanzada por el propio San Jorge, el futuro patrón de la ciudad al que los alcoyanos juraron dedicar cada año sus famosas fiestas.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 40.
