
De Tudmir a Oriola XLIX.

Alcalá de Benzaide, mes de junio del año del señor de 1267.
Situación en Castilla tras la revuelta murciana.
Los episodios bélicos derivados de la primera revuelta musulmana contra Alfonso X habían durado tres largos años.
Terminaron con el pacto firmado con Muhamad I en la localidad jerezana llamada Qa-lat Ben Said por los musulmanes, Alcalá de Benzaide en las crónicas cristianas y Alcalá la Real cuando pasó a Castilla.
La implicación del Emir granadino en aquellos sucesos cambió radicalmente las buenas relaciones que hasta entonces habían mantenido Castilla y Granada, dos reinos condenados a compartir una frontera que se extendía desde Lorca a Tarifa.
Para secundar la rebelión contra Alfonso X, Muhamad había pedido ayuda al sultán de los Benimerines, Abu Yusuf, cuyo poder al otro lado del Estrecho no dejaba de crecer.
Pero en aquellos momentos andaba muy entretenido exterminando a los Almohades.
Aun así, aprovechó la ocasión para deshacerse de una facción de su propia familia que comenzaba a disputarle el trono.
Dice la crónica castellana que envió a mil caballeros acaudillados por un moro de los más poderosos; tuerto de un ojo por más señas.
Un número indeterminado de soldados norteafricanos cruzó el estrecho para unirse a los de Granada.
Voluntarios de fe similares a los cruzados cristianos, fueron recibidos en Tarifa con toda clase de honores.
Estos refuerzos se incorporaron al ejército nazarí y su reestructuración trastocó toda la cadena de mando en perjuicio de los nativos.
El equilibrio de clanes que sostenía el reino de Granada estaba roto.
Los Banu Asqilula eran una de las familias más importantes ligada familiarmente al Emir.
Fundadores del reino su líder había sido mano derecha y lugarteniente del ejército hasta la llegada de los temibles jinetes bereberes que mencionamos en el sitio de Murcia.
Muhamad I se volcó con ellos concediéndoles privilegios, poder y buenos sueldos.
Su comportamiento generó un profundo descontento entre los granadinos que se sintieron desplazados y ninguneados por extranjeros en su propio reino.
Desde sus cargos como gobernadores de Málaga, Guadix y Comares, los Asquilula intentaron convencerle de que despreciar a los suyos en beneficio de extraños era una torpeza.
Al no ser escuchados sus razonamientos, en 1266 se declararon en rebeldía y acudieron a la corte castellana en busca de ayuda.
A Alfonso X le tocó la lotería: tropas y bases territoriales al servicio de Castilla dentro de Granada.
Por supuesto no dejó escapar la ocasión.
Con el apoyo de los Askilula el monarca castellano entró en territorio nazarí arrasando concienzudamente la Vega granadina.
Los efectos de aquella alianza de caballeros musulmanes con un rey cristiano fueron fulminantes: Muhammad I solicitó una tregua.
Por el pacto firmado en Alcalá, el emir se comprometió a entregar varias plazas fortificadas y a dejar de prestar ayuda a los mudéjares murcianos.
Alfonso X consiguió además un pago anual de 250.000 maravedís en concepto de parias y una tregua de un año para los Asqilula.
A cambio solo tuvo que comprometerse a retirar el apoyo a los rebeldes granadinos; aunque el pacto los dejó bien protegidos durante doce meses.
También a respetar la vida de Al Watiq, el líder de la revuelta murciana, que sin el apoyo del granadino se puso a su merced, destituido pero perdonado.
Granada quedó como estado tributario de Castilla. No como vasallo.
Acababa así el primer conflicto entre los dos reinos.
El tratado no disipó la amenaza que se cernía sobre Muhamad I.
Gracias a la tregua los Asqilula se mantuvieron independientes convirtiéndose en la más eficaz herramienta de Alfonso X para someter al monarca granadino.
Cumplido el año de tregua el emir se entrevistó con Alfonso X para exigirle que abandonase totalmente a los rebeldes.
Los Asquilula eran el arma perfecta y el castellano se negó a cumplir lo pactado.
La división interna en el reino de Granada ofrecía unas ventajas estratégicas que merecían incumplir los compromisos.
Tenía la sartén por el mango y el que traiciona a un traidor…
¿Os podéis imaginar el disgusto y la cólera del rey de Granada?
Dicen las crónicas que salió de la entrevista «muy despagado».
La tensión aumentó inmediatamente en las fronteras y no dejó de crecer hasta convertirse de nuevo en guerra abierta.
Durante cuatro años ambos bandos se prepararon para un conflicto armado que tarde o temprano tenía que llegar.
En 1271 encontramos a Alfonso X en el reino de Murcia poblando el territorio, reparando y construyendo castillos.
Citado con su suegro en Alicante aprovechó el encuentro con Jaime para pedirle consejo en la estrategia a seguir con el emir de Granada y sus gobernadores sublevados.
El viejo zorro, considerando las opciones, no dudó en recomendarle que alimentase el enfrentamiento entre ellos para mantenerlos divididos y a su merced.
Un año después, cuando la obsesión imperial de Alfonso X le enfrentó con su propio hermano y buena parte de la nobleza castellana, ocurrió lo mismo, pero al revés.
Un grupo de importantes caballeros cristianos se pusieron al servicio del monarca musulmán.
Cuando el poder entraba en juego el asunto religioso pasaba a segundo plano.
Con el paso de los años la frontera entre Castilla y Granada se fue estabilizando generando un rosario de ciudades amuralladas; de torres y castillos dispuestos estratégicamente para vigilar y defender los caminos.
Fueron tiempos de cabalgadas, de correrías y celadas en busca de botín y esclavos.
En adelante ambos reinos aprovecharían cualquier elemento para dañar al vecino en una guerra que se alargó durante siglos favoreciendo el asentamiento de unos pobladores idóneos: los almogávares.
Para estos hombres de la frontera el negocio era la guerra, y la violencia su forma de vida.
Ya en la Corona de Aragón Oriola fue un buen ejemplo de plaza fronteriza.
Refugio de almogávares y asiento de dos órdenes dedicadas a la liberación de cautivos: Mercedarios y Trinitarios.
Transcribo un párrafo de nuestro mejor cronista, Mosen Bellot, que lo describe así en sus Anales de Orihuela:
En aquellos tiempos había muchos hombres cuyo sustento eran las entradas y salteamientos en tierra de enemigos; moros y cristianos; y particularmente los adalides, almocadenes y almogávares.
Estos aborrecían las treguas y la paz.
Y si la había, apenas sabían ellos que se acababa o rompía la tregua, hacían de las suyas, lastimado a los pobres labradores, pastores o viandantes que aún no sabían nada.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 49.
De Tudmir a Oriola L.

En el año del Señor de 1267.
Jaime volvía de una visita a Montpelier, su ciudad natal de la que era señor por herencia de su madre.
De camino a Barcelona se detuvo en Perpiñán, donde recibió una grata sorpresa: unos emisarios del khan de los tártaros, los mongoles de Persia, le esperaban para manifestar su gran amor y respeto por el Conquistador, valeroso guerrero contra los musulmanes cuya fama traspasaba los mares.
El bisnieto del legendario Gengis Khan le proponía encabezar una cruzada contra los mamelucos, antiguos esclavos islamizados, que habían derrotado y hecho prisionero al rey San Luis de Francia durante la séptima cruzada, en Egipto.
Sorprendido e interesado por la propuesta el monarca envió a un embajador: el mercader Jaime Alarrich, una especie de Marco Polo catalán que regresó con ellos para tratar el asunto más a fondo.
Pero no todo eran buenas noticias.
Ferriz de Lizana, uno de los nobles aragoneses más poderosos, se declaraba en rebeldía contra la corona por medio de una carta.
Protagonista en las revueltas anteriores a la campaña murciana solventadas en las Cortes de Ejea, para el de Lizana aquellas cortes solo habían sido una tregua mientras Jaime luchaba contra los musulmanes murcianos.
Terminada la campaña le desafiaba por escrito erigiéndose en portavoz del estamento nobiliario, muy descontento con el comportamiento de su rey.
Había llegado el momento de escarmentar de nuevo a los nobles.
El monarca acudió a las milicias ciudadanas, que le acusaron de blando cuando se trataba de meter en cintura a la nobleza.
En esta ocasión su primogénito Pedro no dudó en emplearse a fondo, ahorcando a unos cuantos rebeldes.
Ferriz conservó la vida pero el castigo fue ejemplarizante.
Su castillo en Lizana (Huesca), fue asediado con dos máquinas de guerra y, una vez conquistado en nombre del rey, acabó demolido y con sus defensores ejecutados.
Era momento de poner orden en el reino.
Tras una minuciosa investigación la corona desmontó una trama dedicada a fabricar maravedís falsos, monedas de cobre bañadas en oro.
En el escándalo se vieron implicadas altas personalidades del reino; incluso clérigos a los que el obispo de Barcelona encerró de por vida.
Por la fiesta de Todos los Santos de 1268 Jaime se encontraba en Cervera.
Allí le entregaron un mensaje: su hijo Sancho iba a celebrar su primera misa y le rogaba que viajase a Toledo para pasar con él la Navidad.
El infante Sancho era su cuarto hijo varón, destinado a la Iglesia desde la infancia y nombrado arzobispo de Toledo con dispensa papal por tener tan sólo dieciséis años.
Antes de ser consagrado se había sometido al ritual de tomar sobre sus vestiduras las insignias de cruzado contra los sarracenos hecho que, como veremos en otro capítulo, acabó por costarle la vida.
Jaime dejó a su hijo Pedro peleando con los nobles y viajó a Castilla para asistir a la toma de posesión de Sancho.
Informado de su viaje, Alfonso X salió a recibir a su suegro y no se separó de él durante los ocho días que duró la visita.
En Toledo recibió buenas nuevas del emisario enviado a Oriente hacía meses. Había regresado acompañado de importantes embajadores del Khan de los tártaros y de Miguel Paleólogo, coronado emperador en Constantinopla.
Después de siete campañas en Tierra Santa las cruzadas no tenían ya la repercusión de otros tiempos y a Jaime le sobraban gloria y prestigio.
Aquella era una aventura muy peligrosa para un hombre de más de sesenta años. Con esa edad pocos volvían del largo y penoso viaje.
Aun así, sin territorios que conquistar en la península, Jerusalén podía ser una fantástica opción para su última gesta: el Conquistador convertido en paladín de la Cristiandad.
Inmediatamente informó a su yerno, quien receló de aquellas gentes. Pero Jaime, educado por los Templarios, solo pensaba en la magnitud de la empresa: el Santo Sepulcro; la Tierra Santa…
De nada sirvieron los consejos de Alfonso X ni los ruegos de su hija Violante. Ambos intentaron disuadirlo por todos los medios de semejante locura.
Todo fue inútil. Jaime estaba decidido.
Al correr la noticia el maestre de la Orden del Hospital se puso a su servicio.
También el de Uclés, dispuesto a acompañarle con cien caballeros.
Rendido a la evidencia, el propio Alfonso X le proporcionó cien mil maravedís de oro y otros cien caballeros de la orden de Santiago pronunciando la frase: «Dios lo quiere, pues quiera nuestro señor que bien os vaya».
Terminadas las fiestas de Navidad, Jaime salió con destino a Valencia, donde esperaban los tártaros y el emisario de Constantinopla.
Le aseguraban ayuda militar, avituallamientos y bases logísticas para su cruzada.
Jaime I agilizó los preparativos y, en siete meses, una escuadra formada por más de treinta naves estaba preparada para zarpar en el puerto de Barcelona.
Más de dos mil tripulantes entre caballeros, peones, almogávares y miembros de las órdenes militares con sus maestres a la cabeza, esperaban a Jaime I para soltar amarras con destino a Tierra Santa.
Para sorpresa de todos en aquel viaje decidió llevarse a Fernando Sánchez de Castro y a Pedro Fernández de Híjar; dos de sus hijos bastardos como única representación familiar.
Tiene su explicación: Fernando andaba coqueteando con los señores rebeldes en posición ambigua. Con la nobleza revuelta y el rey lejos de Aragón, era prudente mantener controlada a su descendencia.
En septiembre de 1269, tres o cuatro días antes de Santa María, la armada cristiana se hizo a la mar.
Cuando llevaban navegadas cuarenta millas la nave real perdió contacto visual con la vanguardia y la flota quedó partida en dos.
Se juntaron los cuatro vientos y todos combatían entre sí, durando esto todo el día del martes y toda la noche hasta el miércoles, que fue cuando cesó tal borrasca.
Marineros teníamos que habían estado veinte o veinte y cinco años en ultramar, y decían que nunca habían visto tempestad tan deshecha como aquella.
Una inoportuna tempestad provocó que la nave de los Templarios perdiese el timón.
Luego que amaneció, divisamos la nave del Temple que venía hacia Nos, y nos envió un mensaje para decirnos, como se le había roto el timón.
Tras varias semanas de confusión y sobresaltos, con varias naves averiadas y algunas bajas, gran parte de la armada real se refugió en Aguas Muertas, cerca de Montpelier, donde Jaime desembarcó para regresar por tierra a Cataluña.
Viendo, pues, que Dios no quería mejorarnos el tiempo, hicimos seña a la nave del sacristán de Lérida, que después fue obispo de Huesca, a la de Calatrava y a la de En Pedro de Queralt, de que nos volvíamos; y al efecto dieron la vuelta con Nos.
Sólo las naves que habían salido en cabeza al mando de sus hijos bastardos llegaron a San Juan de Acre según lo previsto.
Hartos de esperar al rey y a los tártaros desembarcaron a los voluntarios que quisieron quedarse, a los emisarios extranjeros y regresaron a Barcelona haciendo escala en Creta y Sicilia.
La empresa había sido un fracaso. El obispo de Barcelona, los maestres de las órdenes militares y hasta los dueños de las naves le rogaron que aplazase el viaje dos meses pues era la voluntad de Dios.
Quizá en la cabeza del viejo conquistador resonaron las palabras del fallecido papa al enterarse de su propósito: si bien hemos sabido con alegría que os proponéis ir en auxilio de Tierra Santa, el Crucificado no acepta el servicio de quien, maculándose en un contubernio incestuoso, le crucifica de nuevo.
Entre el pueblo corrió el rumor de que la verdadera causa fue esa, el remordimiento que le torturaba por su pecado con Berenguela, la concubina real.
La relación incestuosa y adúltera era conocida por todos y condenada por Roma.
Dicen que al desembarcar corrió de nuevo a encamarse con ella.
Genio y figura hasta la sepultura.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 50.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
