
De Tudmir a Oriola LIII.

Resumen.
Comenzamos esta publicación a mediados del siglo octavo, cuando Tudmir, con capital en Aurariola abarcaba las actuales provincias de Alicante, Murcia, parte de Albacete y un trozo de Almería.
Una especie de protectorado cristiano fruto del pacto firmado por el noble visigodo Teodomiro con Abdelaziz, hijo de Musa, gobernador en Mauritania y promotor de la invasión de la península.
Estos acuerdos con los invasores garantizaban la seguridad, las propiedades y las costumbres religiosas a cambio de sumisión y tributos.
Además, Teodomiro casó a su hija con un noble sirio dando lugar a una poderosa familia que perduró durante siglos en Murcia.
Con la llegada del primer Abderramán el principado cristiano fue totalmente inviable pasando a ser una provincia o cora del emirato cordobés, un territorio al que los geógrafos árabes dieron el nombre del legendario godo.
En la Cora de Tudmir se fueron asentando clanes de mayoría yemení junto a grupos de bereberes en las zonas montañosas.
Los cristianos residentes, llamados mozárabes, acabaron en los arrabales o convertidos al Islam.
Así comenzó el periodo conocido como Emirato.
En el verano del 825 el segundo Abderramán fundó una nueva ciudad que acogió la administración civil y militar.
Esa ciudad era Mursya, la nueva capital de la Cora o provincia, sustituyendo a Aurariola que pasó a llamarse Uryula.
A mediados del siglo IX los normandos bordearon el sur de la península y doblando el Cabo de Gata llegaron a Tudmir.
Sin defensas en la costa, remontaron el Segura y cayeron por sorpresa sobre Uryula, penetrando en la primitiva ciudadela amurallada.
El incendio y saqueo supuso un duro golpe para una ciudad en decadencia tras perder la capitalidad.
En el siglo X el tercer Abderramán, octavo emir de Córdoba, pacificó un territorio que ardía por los cuatro costados y conquistó la robusta fortificación de Uryula.
Su proclamación como Califa independiente dio inicio al periodo llamado Califato.
Almanzor llevó el Califato a lo más alto.
Tras su muerte y la de sus hijos, el estado andalusí estalló y sus fragmentos pasaron a manos de pequeños reyezuelos.
Eran las primeras taifas.
Durante el siglo XI la antigua cora de Tudmir se descompuso para siempre.
En las luchas internas Uryula fue asediada y conquistada varias veces.
Formó parte de la taifa de Almería, de la de Valencia y de la de Denia.
Luego fue sacudida por terremotos durante cerca de un año. Sus casas se derrumbaron y cayó la Mezquita mayor.
Más tarde fue el Cid Campeador quien asoló estas tierras dejando un reguero de muerte, miseria y desolación.
En el siglo XII llegó el huracán almorávide, expertos en construcciones militares.
Uryula ya contaba con un proto-castillo y una barbacana.
Los emblemáticos tres torreones que conservamos se los debemos a sus alarifes.
El dominio almorávide cayó tras una larga agonía y sus despojos quedaron repartidos entre los antiguos poderes locales que emergieron rápidamente, comenzando las segundas taifas, un periodo que se mantuvo hasta que los Almohades tomaron el control.
En nuestra región tuvieron que esperar veinticinco años, hasta la muerte del famoso rey Lobo de Murcia.
Al igual que el resto de su reino, nuestra Uryula fue mejorada sin quedar del todo claro que hizo el rey lobo y que debemos a los Almohades.
Lo cierto es que ese periodo se reforzó de nuevo el castillo, se construyó la torre de Embergoñes, la muralla que sube por la calle torreta y las torres conservadas en el museo.
También perfeccionaron los sistemas de regadío, creando nuevas acequias y norias.
En esta prosperidad la población se multiplicó ocupando la otra orilla del río en un nuevo arrabal formado en el camino de Cartagena: el futuro barrio de San Agustín.
Expulsados los Almohades en el siglo XIII llegaron las terceras taifas. Un periodo en el que Murcia tuvo gran protagonismo.
Uryula, ciudad de mediana importancia, fue descrita por los cronistas musulmanes como fortaleza muy bien defendida por un inexpugnable castillo y construida sobre el río blanco.
Sus muros estaban bañados por dicho río y se accedía a ella mediante un puente de barcas.
La vida era fácil rodeada de alquerías, de jardines y huertos.
En ella vivían comerciantes, artesanos, propietarios agrícolas, juristas, literatos, estudiosos del Corán. Gente cada vez más civilizada y urbana, con un creciente sentimiento nacionalista andalusí.
Las antiguas familias hispanas decidieron que era hora de librarse definitivamente de los almohades, como antes habían hecho con los almorávides.
Nuestra ciudad se fue uniendo a las diversas revoluciones que sacudieron el territorio pasando varias veces de Murcia a Valencia.
En el sur, un nuevo poder había surgido para mantenerse durante siglos.
La dinastía nazarí fundada por Muhamad I estableció el reino de Granada y comenzó a construir su nuevo palacio, la Alhambra.
En la primavera de 1239 Zayyan Ben Mardanis, humillado y expulsado de Valencia, fue proclamado en Murcia.
El gobernador de Uryula no aceptó al nuevo monarca y se declaró independiente.
Pertenecía a los Banu Isam, prestigiosa familia con suficiente influencia para seducir a muchos intelectuales exiliados.
Unos atrajeron a otros y así, poco a poco nuestra ciudad fue concentrando entre sus murallas a destacados juristas, literatos y científicos, gente con experiencia política durante la revolución anti-almohade.
Una nueva sublevación llevó al trono a Muhamad Aben Hud, que pasó a las crónicas cristianas como Abenhudiel.
Mientras Al- Ándalus se desangraba en guerras y anarquía, en Uryula se celebraban concurridas justas literarias y certámenes poéticos.
A este reducto cultural seguían acudiendo refugiados valencianos y murcianos que alabaron sus huertos, sus jardines, sus baños y su forma de vida.
Durante años, el Consejo de Isam o Wizara Isamiyya se mantuvo independiente de un anciano soberano sin proyecto político que pronto se entregó a Castilla.
Con la firma del pacto de Alcaraz en la primavera de 1243, los murcianos se convirtieron en vasallos de Castilla, que alcanzaba al fin su sueño de salir al Mediterráneo.
Terminadas las negociaciones el infante don Alfonso y su hueste entraron en la capital murciana el día uno de mayo.
Y desde aquel mismo verano su padre, Fernando III, comenzó a firmar como rey de Murcia.
Las huestes castellanas fueron penetrando en los castillos, dejando pendientes las plazas de Cartagena, Lorca y Mula, cuya situación y resistencia aconsejaban esperar a la primavera.
Uryula, que llevaba tiempo actuando por libre se resistió y tuvo que ser asediada, pero sin llegar al asalto.
Sometido todo el reino, comenzó el protectorado Castellano.
En Uryula, instalados los castellanos en la alcazaba, la ciudad continuó bajo la dirección de la Wizara Isamyya.
No hay constancia de ningún episodio bélico que le arrebatase el poder.
Poco a poco, aquel grupo de intelectuales fue emigrando.
En 1248 murió Ben Isam, el carismático gobernador que dio nombre al consejo de Uryula; pero este siguió funcionando encabezado por su hijo.
Las noticias sobre la Uryula musulmana desaparecen en 1250.
La rebelión mudéjar de 1264 fue una de las pruebas más duras que tuvo que soportar Alfonso X durante su reinado.
Orgulloso, hizo que su esposa Violante pidiese ayuda a su padre, Jaime I.
Cuando el rey de Aragón pudo reunir un ejército acudió sin dudarlo.
Entre la frontera valenciana y la capital de Murcia dos ciudades mantenían la bandera castellana gracias a sus reforzadas guarniciones: Alicante y Orihuela.
Estas fueron sus bases de operaciones.
A finales de 1265 el rey de Aragón había recuperado todo lo que su yerno había perdido desde Villena y Alicante hasta Orihuela, donde estableció la base de operaciones para el asedio a la capital.
Su entrada en Orihuela, en torno al 25 de noviembre, no fue una hazaña militar; encontró las puertas abiertas.
El propio monarca presumió en su crónica de haber llegado sin disparar una ballesta.
Así acabó el suplicio de unos defensores que aguantaron más de un año asediados en el castillo oriolano.
La heroica resistencia de aquel puñado de hombres, sin llegar a perder la plaza en ningún momento, fue recompensada con tierras, casas y solares.
Sus nombres quedaron registrados para siempre en los repartos con los siguientes conceptos: «los que se encerraron en el castillo», «los que acudieron en su ayuda» y «los que fueron cercados en la ciudad».
Como se acercaba la Navidad, aquel ejercito decidió pasar las fiestas en nuestra ciudad.
Tras las murallas oriolanas se concentró lo más selecto de la caballería cristiana.
Las navidades de 1265 deberían ser recordadas como una efeméride de la que hace poco se cumplieron 750 años sin pena ni gloria.
El treinta de enero de 1266 Jaime I entró en Murcia sofocando totalmente la rebelión.
El monarca, emocionado, bajo del caballo y puesto de rodillas besó la tierra dando gracias a Dios.
La incorporación a la Corona de Castilla provocó un brusco cambio de civilización en una ciudad construida y modelada, al gusto y manera de los musulmanes, a lo largo de cinco siglos.
El concejo comenzó a reunirse en la antigua mezquita aljama, convertida al culto cristiano como Iglesia del Salvador y Santa María.
La de Santas Justa y Rufina quedó situada en el barrio más poblado; un entorno en el que se mantuvo la zona de abastecimiento: carnicerías, pescaderías, la venta de hortalizas y leña, la lonja de contratación, etc.
El licenciado Francisco Cascales calcula que Jaime I dejó en nuestra ciudad a más de un millar de pobladores.
La organización y el idioma oficial, el de los documentos fue el castellano, generando una primitiva población bilingüe que mantuvo el catalán en el habla coloquial.
Cuando Jaime regresó al reino de Murcia a principios de 1274, su recibimiento fue apoteósico.
Aunque no pertenecía a su corona, muchos de los asentados en aquellas tierras, eran naturales de Aragón y Cataluña y lo consideraban su señor natural. Un año después llegaron terribles noticias.
Mientras Alfonso X, su yerno, había abandonado el reino en pos de un sueño imperial desoyendo sus consejos, los africanos habían desembarcado de nuevo en la península.
Corría el año 1275 y en él continuaremos en la próxima entrega.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 53.
De Tudmir a Oriola LIV.

Castilla, en el año del señor de 1275.
Diez años habían pasado desde que Jaime I sofocó la revuelta de los mudéjares murcianos.
Devuelto el territorio a su yerno, Alfonso X, la antigua Uryula continuó en el Reino de Murcia, sometido a la Corona de Castilla.
La repoblación cristiana realizada por ambos monarcas en Valencia y Murcia estaba forjando una nueva identidad multicultural en la que se mezclaban catalanes, aragoneses y castellanos.
El monarca musulmán murciano no era más que una triste figura decorativa sin poder ni prestigio.
Su título había quedado reducido a Rey de la Arrixaca, arrabal amurallado de la capital donde vivía confinado junto a los suyos, utilizando el alcázar menor como residencia.
Un simulacro de corte controlada por Alfonso X.
Al igual que en Murcia, en nuestra ciudad llamada por unos Oriola y por otros Oriuela, los musulmanes expulsados vivían en un arrabal no amurallado, dotado de mezquita y cementerio, en el Camino de Cartagena.
Emigrados los intelectuales de la Wisara Isamya, la gran mayoría de los mudéjares se dedicaba a la agricultura.
El eficaz sistema de riego diseñado por sus antepasados, no sólo se mantuvo en funcionamiento bajo la dominación cristiana: fue ampliado para que las aguas del Río Blanco llegasen cada vez a más y más tahúllas de tierra cultivable.
Precisamente en 1275 Alfonso X confirmó a un tal Pedro Zapatero en el cargo de sobrecequiero, encargado de dirigir y mantener el sistema de acequias en la huerta oriolana; una especie de juez de aguas.
Las esperanzas del Islam en la península estaban depositadas en el emir Muhamad II; el hijo del fundador del Reino de Granada.
Allí se refugiaban los musulmanes que huían de los territorios conquistados.
Como ya contamos, el poderío militar Nazarí quedó neutralizado por Alfonso X gracias a los pactos con las familias disidentes granadinas.
Todo parecía bajo control. Pero el equilibrio de fuerzas se quebró fácilmente al involucrarse el Sultán de Marruecos en la guerra entre Castilla y Granada.
Derrotados los almohades en África, Abu Yusuf había desplazado su punto de mira hacia Al-Ándalus.
Una terrible amenaza a la que el Sabio no dio suficiente credibilidad a pesar de los consejos de su suegro.
Y la amenaza se cumplió. En la primavera de 1275, cinco mil soldados dirigidos por el hijo del sultán desembarcaron en Tarifa y los disidentes granadinos se le sometieron inmediatamente rompiendo los pactos con Alfonso X.
La temible caballería africana penetró en territorio castellano destruyendo aldeas y quemando cosechas.
Los cristianos que encontraron a su paso acabaron muertos o esclavizados.
Aquel mismo verano, tras esta expedición militar de reconocimiento, el propio Abu Yusuf llegó a Tarifa al mando de un gran ejército.
Y al confiado Alfonso X le pilló en Francia, arrastrándose ante el papa en pos de la maldita corona imperial que de nuevo le fue negada.
En su ausencia el primogénito Fernando de la Cerda tomó el mando de las tropas. Pero la desgracia quiso que falleciese mientras preparaba la campaña.
El adelantado mayor de la frontera en Andalucía intentó cerrar el paso al aluvión africano.
Fue un sacrificio inútil.
El legendario Nuño González de Lara y sus hombres cayeron derrotados en una desesperada batalla campal. Y su cabeza acabó convertida en trofeo de guerra.
1275 fue un año terrible para Jaime I.
A la resistencia de los nobles aragoneses y catalanes se unió un nuevo y grave problema: el Sultán de Marruecos atravesaba el estrecho con su yerno lejos de Castilla.
Las malas noticias se multiplicaban.
Primero su nieto, el heredero del trono de Castilla, muerto de forma repentina.
Luego su hijo Sancho, arzobispo de Toledo, capturado por los invasores cerca de Jaén.
Ya hablamos en otro programa de Sancho; de su primera misa en Toledo y de cómo, antes de ser consagrado, tomó las insignias de cruzado.
Haciendo honor a su juramento se lanzó contra las líneas enemigas y cayó prisionero. Sus captores, tropas aliadas del Sultán de Marruecos y del Emir de Granada, se disputaron la suculenta presa.
Para evitar enfrentamientos entre ellos decidieron ejecutarlo despreciando el cuantioso rescate.
Sancho de Aragón acabó decapitado y su mano derecha, la que portaba el anillo arzobispal, le fue amputada.
Paradójicamente el hijo que Jaime I había destinado a la iglesia fue el único que murió en combate.
Las noticias de los jinetes benimerines machacando cristianos en el sur levantaron el ánimo de los mudéjares valencianos.
Había llegado el momento de ajustar cuentas.
La tensión al sur del reino de Valencia aumentó todavía más con la entrada en escena de los almogávares, que aprovechaban cualquier atisbo de conflicto para hacer lo que mejor sabían: saquear y cautivar musulmanes de forma indiscriminada.
Jaime I viajó a Valencia para intentar controlar a unos y a otros, pero ya era tarde.
Al saber de su llegada la mayoría abandonó el reino y solo pudo capturar a unos cuantos almogávares que fueron ajusticiados para dar ejemplo.
La revuelta seguía creciendo.
Obligado por las circunstancias el rey autorizó el ataque a las aljamas en estado de guerra y ordenó proteger a las que se mantuviesen en paz.
Pero almogávares y otros desaprensivos no hacían distinciones. En el caos reinante aprovecharon la oportunidad para atacar a los mudéjares pacíficos que intentaban permanecer al margen trabajando la tierra o cuidando de su ganado.
Expoliados y secuestrados, su destino era el mercado de esclavos.
Cuando intentaban penetrar en las ciudades para ponerse a salvo, los cristianos, temerosos de que una vez dentro optasen por ayudar al enemigo, les obligaban a volver a las alquerías donde eran presas indefensas.
A muchos no les quedó otra opción que unirse a la revuelta o intentar emigrar a Granada.
Los mudéjares dejaron de confiar en la justicia cristiana y en la palabra del rey.
En estado de guerra los musulmanes valencianos formaron también sus bandas armadas dedicadas a la captura de esclavos y al saqueo de heredades cristianas.
Ocuparon torres y castillos mal protegidos o sencillamente se echaron al monte instalándose en zonas con buenas defensas naturales.
Los pobladores cristianos reaccionaron provocando motines en las ciudades, asaltos a las morerías y ataques a las aljamas rurales, cometiendo todo tipo de excesos.
Jaime reforzó las guarniciones en la frontera con Castilla.
La amenaza parecía mayor que la de la revuelta anterior; esta vez se enfrentaban a la peligrosa caballería africana que había aniquilado a los almohades.
Muchos colonos cristianos decidieron abandonar sus tierras temiendo caer en manos de los Benimerines africanos o en las de una de aquellas bandas de salteadores.
En febrero de 1276, ante el empeoramiento de la situación, Jaime I se trasladó a Játiva para dirigir personalmente las operaciones.
Enterado de la llegada de un numeroso grupo de jinetes envió a cuarenta caballeros para reforzar las defensas en Alcoy.
En esta incursión murió Alazraq, viejo enemigo de Jaime I al que dedicamos una entrega.
Más de dos décadas después había regresado acompañando a los benimerines, convertido en una leyenda.
Dice la tradición que murió el 23 de abril frente a las murallas de Alcoy, abatido por una saeta lanzada por el propio San Jorge.
Su muerte no evitó el tremendo descalabro de la hueste aragonesa.
Estas victorias animaron a que nuevas aljamas se sumasen a la revuelta asaltando más fortalezas.
El sur de Valencia era ya un polvorín incontrolable.
Alertado de la llegada de un nuevo contingente musulmán que asediaba la Puebla de Luchente, el anciano monarca envió tropas al mando del Maestre del Temple.
Él se quedó en Játiva. Sus problemas de salud y el excesivo calor de aquel verano aconsejaron protegerlo del combate.
En Luchente les esperaban cientos de jinetes y miles de infantes que cayeron sobre ellos matando a varios caballeros y apresando al maestre de los templarios con algunos de sus freires.
Al recibir estas duras noticias, enfermo y agotado, Jaime mandó llamar a su hijo Pedro para que se hiciese cargo de la situación.
Cuando el infante llegó a Játiva al mando de un numeroso ejército encontró un panorama desolador.
Buena parte del reino estaba sumido en la guerra y su padre era casi un moribundo.
A pesar de todo Jaime viajó como pudo a Alcira y allí reunió provisiones para abastecer al gran ejercito reclutado por su hijo.
Luego confesó con franciscanos y dominicos, purgó sus pecados y comulgó esperando la muerte que ya le acechaba.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 54.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
















