
De Tudmir a Oriola LVI.

En esta entrega despedimos a otro personaje fundamental.
Nada menos que «el Sabio» Don Alfonso, por la gracia de Dios rey de castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarve.
Con su muerte desapareció el más culto y universal de nuestros reyes medievales.
Un hombre adelantado a su tiempo, incomprendido, impopular; con una vejez muy desgraciada.
Educado por los mejores profesores de la época, musulmanes incluidos, en su corte se mezclaron las corrientes humanistas tradicionales, con la filosofía de Aristóteles traducida por Averroes.
Rodeado de juristas, de poetas, de científicos y traductores, dejó como legado una extensa obra en lengua castellana que tocaba todos los campos del saber.
Las siete partidas, las Cantigas de Santa María, la estoria de España, la General estoria, un libro de astrología, otro sobre los juegos de mesa…
En resumen: un auténtico erudito que abarcó numerosas facetas artísticas y literarias.
También fue el monarca que se dirigió por primera vez a sus súbditos en el leguaje que hablaba el pueblo, desechando el latín en sus documentos.
A nivel local concedió a Orihuela los fueros y franquezas de Murcia, similares a los de Sevilla; los primeros repartimentos entre los pobladores y los privilegios de mercado semanal y de la feria anual.
A pesar de su esplendoroso reinado sus últimos años fueron muy amargos.
A la renuncia definitiva al imperio, se unieron los problemas en la frontera con Granada y el principio de un conflicto dinástico que, como veremos, fue decisivo en nuestro pasó a la corona de Aragón.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Guerra del Estrecho, Castilla año 1277.
Hace dos entregas dejamos Castilla en 1275, sumida en una guerra con Granada y con los nuevos invasores africanos.
Dos años después el sultán Abú Yusuf volvió a desembarcar en Tarifa sembrando el terror con devastadoras campañas en territorio castellano.
Alfonso X se empleó personalmente en la defensa, pero la superioridad militar de los benimerines destrozó todas sus esperanzas.
Hundida la armada castellana en Algeciras, con ella se hundió el sueño de una cruzada en el norte de África.
A pesar del severo castigo el ejército castellano volvió a atacar Granada con ayuda de las órdenes militares.
Por indisposición del monarca fue su hijo, el infante Sancho, el encargado de dirigir la campaña, alcanzando gran protagonismo entre la nobleza.
Alfonso era un monarca enfermo, desmoralizado y con las arcas del reino vacías por los enormes dispendios que había ocasionado el sueño imperial.
En 1281 reanudó el hostigamiento contra Granada devastando gran parte del territorio nazarí y obligando a Muhammad II a firmar una tregua ventajosa en la que las fortalezas y castillos de la frontera pasaron a manos castellanas.
No podía recuperar los territorios ocupados por los benimerines, pero al menos diseñó un sistema defensivo para evitar males mayores.
Asegurada la frontera, en las Cortes de Sevilla trató de consolidar la estabilidad interna de su reino, que parecía haber pasado su etapa más crítica.
Pero allí reventó la peor de sus amenazas:
En aquellas Cortes Alfonso se entrevistó con su hijo Sancho para dejar bien claros los derechos al trono del infante Alfonso de la Cerda, hijo del fallecido primogénito Fernando.
Sancho se enfureció con su padre proclamándose heredero por encima de los derechos de su sobrino y así comenzó el grave conflicto sucesorio: una guerra civil entre padre e hijo en la que Sancho jugaba con ventaja.
Gracias a sus hazañas militares y al papel desempeñado como cabeza visible de la corona durante las continuas ausencias de su padre, se había ganado el respeto de la nobleza y del clero, que mayoritariamente le brindaron su apoyo.
Fue también muy fácil aprovecharse de la impopularidad de su padre, que llevaba demasiados años multiplicado los impuestos para financiar proyectos que el pueblo no podía entender.
En aquellos momentos preferían un rey bravo a un rey sabio.
Frente a un monarca tan revolucionario en leyes y costumbres, el infante aparecía como defensor de las tradiciones castellanas, el líder que podía acabar con la crisis en la que su padre había metido a Castilla.
Sancho convocó sus propias cortes en Valladolid, y el Sabio fue depuesto por un consejo de nobles y obispos encabezados por el propio hermano de Alfonso.
Aunque lo proclamaron rey se conformó con quedar como heredero hasta la muerte de su padre.
Alfonso maldijo a Sancho en su testamento, apartándolo de la sucesión.
Y no sólo eso: previendo la guerra civil que se avecinaba en la minoría de edad de sus nietos, declaró heredero de Castilla y León nada menos que al rey de Francia, calculando que, como tío y tutor de los infantes de la Cerda, administraría el reino hasta la mayoría de edad del infante Alfonso.
No olvidemos que la viuda de Fernando de la Cerda era Blanca de Francia, hija de San Luis.
Es por eso que Felipe III no dejo de presionar desde el otro lado de los Pirineos, amenazando incluso con la guerra si el heredero no era su sobrino.
Y para colmo, la reina le dio otro disgusto llevándose a sus nietos a escondidas.
Violante viajó a Aragón en secreto y puso a salvo de la guerra a los infantes, dejándolos al cuidado de su hermano Pedro III, quien supo utilizarlos para mantener controlado a su sobrino Sancho.
La obediencia a Alfonso X quedó limitada prácticamente a los reinos de Sevilla y de Murcia.
Ya muy enfermo se refugió en la capital del Guadalquivir, pasando la última etapa de su vida arropado por algunos fieles y por el pueblo sevillano que siempre le manifestó su cariño.
Y allí falleció el 4 de abril del año 1284, a los sesenta y dos años de edad.
Cuenta la leyenda que, en señal de gratitud, Alfonso otorgó al leal pueblo de Sevilla un lema a modo de jeroglífico que adorna el escudo de la ciudad.
Esta formado por las sílabas NO y DO, separadas por una madeja, creando la expresión fonética «No madeja do».
Suena bonito, sí, pero no es más que una preciosa reinterpretación de un símbolo añadido al escudo de Sevilla en el siglo XV.
Existen otras teorías que lo relacionan con el nudo gordiano de Alejandro Magno, o con la frase latina «Nomen Domini», es decir: en nombre de Dios.
Otra cosa que nunca sabremos es si, como indica la Crónica de Alfonso X, el monarca perdonó a Sancho en el lecho de muerte, o si se trató de un bulo lanzado por los partidarios de su hijo para facilitar su llegada al trono.
Lo cierto es que Sancho, apodado «el Bravo», no tuvo problemas para ser elegido rey a la muerte de su padre, olvidando las disposiciones sucesorias de su testamento y contando con el apoyo de casi todos los sectores del reino.
Desaparecido Alfonso, su hijo Sancho IV y su nuera María de Molina implantaron en la corte un modelo cultural completamente diferente al que el sabio había defendido, volviendo a los usos y costumbres de la época.
En cuanto a su tumba, los testamentos del Rey Sabio, escritos de su puño y letra con hermosa caligrafía, no dejaron claro el lugar exacto en el que había de reposar su cuerpo.
Deseaba ser sepultado en Sevilla su ciudad favorita, o en Murcia, su primera conquista.
Con una condición: debían extraer su corazón y entregárselo al maestre del Temple para que lo enterrase en Tierra Santa.
Decidieron depositar su cuerpo en la Catedral de Sevilla.
El corazón y el resto de sus órganos se encuentran en la Catedral de Murcia.
Si en el último programa hablamos de las dos cabezas de su suegro Jaime I, en éste toca hablar las dos tumbas de Alfonso X.
Extraídas sus vísceras para llevarlas a Murcia dejaron el corazón al adelantado Mayor del Reino para que se encargase de custodiarlo hasta que los Templarios organizasen una expedición a Jerusalén.
Pero eso no ocurrió nunca.
Y seguramente, ante la imposibilidad de cumplir el último deseo del fallecido, decidieron depositarlo junto al resto de sus órganos en la Capilla que llamaban Santa María la Real de Murcia.
En el siglo XV el concejo murciano los traspasó a la recién inaugurada Catedral, donde el corazón de Sabio aún espera su viaje a Jerusalén.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 56.
De Tudmir a Oriola LVII.

En esta entrega presentamos a uno de los monarcas más breves de la Corona de Aragón.
Un rey que, ante la dificultad para ampliar sus dominios en la península, volvió la vista hacia el Mediterráneo.
Aunque reinó solo nueve años Pedro III consiguió pasar a la historia como Pere «el grande».
Dice el cronista Ramón Muntaner que no era ángel, ni demonio, sino hombre, el hombre que había nacido con más gracias después de Jesucristo.
Fue tan famoso en su tiempo que hasta Dante y el propio Shakespeare se inspiraron en él como el ejemplo de caballero.
El infante Pedro nació en Valencia, como primer varón del matrimonio entre Jaime I y su segunda esposa, Violante de Hungría.
No fue el primogénito. Pero la muerte sin descendencia de su hermanastro Alfonso le llevo directo al trono.
Mucho antes había demostrado sobradamente su capacidad guerrera.
Dotado de gran corpulencia física y educado por nobles en su mayoría catalanes, fue bien adiestrado en el manejo de las armas, especialmente en la maza.
Imprudente ante el peligro, resistente a las inclemencias del tiempo, peleaba hombro con hombro con sus almogávares sin dar tregua al adversario, con juicio, con arrojo y osadía.
Estamos probablemente ante el verdadero liberador de los asediados en el castillo de Orihuela durante la primera revuelta mudéjar.
Acuartelado en el castillo de Biar, Pedro y sus almogávares prepararon el terreno mientras a Jaime I reunía al ejército, abasteciendo a los sitiados y reforzando las defensas.
En una de sus violentas incursiones que se alargó durante un mes, llegó hasta Monteagudo, en las mismas puertas de la capital, talando y arrasando las huertas, hostigando a los sublevados para facilitar el posterior paseo triunfal de su padre hasta Orihuela.
Heredero de Aragón, Cataluña y Valencia, Pedro III se coronó en Zaragoza a la edad de 36 años, rechazando el vasallaje al Papa.
Y en apenas cuatro, logró solventar los problemas internos heredados de su padre con los nobles y con los musulmanes de Valencia, en la segunda revuelta mudéjar.
En aquella campaña encabezó también a sus tropas, enfundado en su armadura, alimentando el mito del héroe caballeresco.
Tampoco se le dieron mal los asuntos políticos. Con diecisiete años era ya procurador general de Cataluña.
Además conocía palmo a palmo sus reinos y también a sus cuñados, el rey de Castilla Alfonso X; y el rey de Francia Felipe III, viudo de su hermana Isabel.
Para colmo su boda con Constanza de Sicilia, nieta del emperador Federico II, supuso el acercamiento de la dinastía aragonesa al Sacro Imperio Romano Germánico.
Fallecido su padre y controlado la mayoría del territorio Pedro firmó una tregua con los mudéjares que resistían en los lugares bien fortificados, terrenos montañosos con escasos asentamientos cristianos.
Rápidamente eliminó el sistema de pequeñas guarniciones a sueldo, implantando nuevos asentamientos estables, colonos con sus familias a los que entregó tierras cerca de los castillos que debían defender.
Aquella fue la última revuelta.
Tras su reinado los mudéjares acabaron integrándose en la economía señorial, perdiendo sus recursos económicos, su condición jurídica, su libertad religiosa y su valoración social.
La rica cultura acuñada durante siglos desapareció de un plumazo.
A partir de este momento los musulmanes hispanos pasaron a ser instrumentos de trabajo acosados por el clero y el pueblo, cuya única ambición era ya la subsistencia.
Durante aquella revuelta muchos fueron esclavizados legalmente como castigo; pero también proliferaron los secuestros del mudéjar que permanecía trabajando su tierra o cuidando el ganado pacíficamente.
Trasladados a Valencia, a Ibiza o a Castilla, acabaron vendidos como esclavos.
En 1282 el famoso suceso conocido como «Las vísperas sicilianas» abrió el Mediterráneo a la expansión de la Corona de Aragón.
El matrimonio de Pedro con la hija de Manfredo de Sicilia, puso en bandeja el trono de la isla, sometido por los franceses con ayuda de Roma.
Desde Corleone a Messina, los sicilianos habían pasado a cuchillo a las tropas de Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia; una rebelión en la que miles de soldados fueron masacrados en toda la isla.
Poco después, temiendo la represalia y sin otro recurso al que acudir, los sicilianos ofrecieron la Corona de la isla al famoso rey Pedro, que en esos momentos guerreaba con sus almogávares en las costas de Túnez.
Aragón era una potencia de segundo orden, y los rebeldes habían acudido a Pedro con poca convicción.
Pero cuando vieron llegar a sus salvadores quedaron estupefactos: la avanzadilla aragonesa estaba compuesta por almogávares: unos tipos mal vestidos, desgreñados y roñosos, calzados con simples abarcas, mal armados, sin escudos, con la piel quemada por el sol de Túnez.
¿Estos eran los soldados de Aragón que se iban a enfrentar al poderoso ejército francés?
Pronto cambiaron de opinión.
Aquellas tropas superaban a las de Aragón en infantería y caballería, pero la estrategia de Pedro III rompió los esquemas de guerra tradicional.
La flota aragonesa derrotó primero a los navíos franceses controlando la costa.
Sus naves trasladaban rápidamente a los almogávares, que asestaban sangrientos ataques relámpago, muchas veces nocturnos.
Las costas del sur de Italia fueron pasto de las algaradas de los almogávares, masacrando a los franceses e incendiando sus naves.
Así el monarca aragonés tomó posesión de la llave del Mediterráneo.
Coronado en Palermo añadió a sus títulos de rey de Aragón, de Valencia y conde de Barcelona, el de rey de Sicilia.
El beneficio obtenido fue impresionante.
Aragón y sus mercaderes catalanes tenían el control del comercio en el Mediterráneo y acrecentaban su armada con la flota siciliana, al mando de uno de los mejores almirantes de la historia: Roger de Lauria.
El Papa no se cruzó de brazos ante la osadía de Pedro. De origen francés, el pontífice debía su cargo al rey de Francia y tras la coronación en Sicilia, Pedro quedó excomulgado.
Defender la isla contra Francia y contra Roma era todo un desafío; durante tres años los navíos sicilianos y catalanes, comandados por Lauria, vencieron a los franceses.
Este poderío naval era fruto de una importante ampliación de la flota aragonesa, pagada con una brutal subida de impuestos, sobre todo entre judíos y musulmanes.
Pedro tenía claro desde el principio que el futuro estaba en el Mediterráneo.
Sin la construcción de las galeras y el brillante papel del almirante de origen siciliano, Aragón habría perdido pronto su preciada isla.
El rey de Francia Felipe III «el atrevido» no se resignó; y decidió poner toda la carne en el asador invadiendo Cataluña.
Con la excomunión de Pedro la empresa pasó a ser una cruzada destinada a suplantar al hereje en el trono aragonés.
Aquella era una verdadera prueba de fuego para Pedro III: la nobleza aragonesa no estaba interesada en defender Cataluña; su hermano Jaime le traicionó con el pretexto de la excomunión, aunque lo cierto es había pactado con Francia a cambio del Reino de Valencia.
Castilla decidió no meterse en líos.
Y para colmo su flota seguía luchando en Sicilia.
Tras dura resistencia los franceses tomaron Gerona.
Pero con sus tropas diezmadas por una oportuna peste; y ante el regreso de la flota aragonesa, al francés no le quedó otra opción que pedir una tregua.
Pedro sólo le permitió cruzar los Pirineos con su escolta personal. Desde un alto en la montaña, vio pasar al rey de Francia derrotado y moribundo, que junto a unos pocos jinetes y caballeros, trataba de volver a casa. Luego destrozó lo que quedaba del ejército invasor.
Aquella peste acabó con la vida de Felipe III en Perpiñán. La victoria fue total.
Pedro III apenas pudo disfrutarla. Intentó castigar a los traidores, especialmente a su hermano Jaime II de Mallorca, aliado de los franceses; también a Sancho IV de Castilla, que había incumplido sus promesas de ayuda.
No olvidemos que guardaba un as en la manga.
Su hermana Violante, reina de Castilla le había confiado a sus nietos, Alfonso y Fernando, temiendo por sus vidas tras la proclamación del infante Sancho como sucesor al trono.
La posesión del Reino de Murcia, donde estaba nuestra Orihuela, seguía en el objetivo de la Corona de Aragón.
Pedro conservó en su poder a los infantes de la Cerda, una poderosa herramienta para desestabilizar Castilla.
Apenas un mes después su repentina muerte, cuya causa no quedó reflejada en las crónicas, dejó todo en suspenso.
Con casi todas sus metas alcanzadas Pedro III dejó Aragón en lo más alto de la escena internacional.
Dueño del Mediterráneo su figura pasó a ser un mito.
Tuvo cuatro varones y dos hijas; aparte de los múltiples bastardos que siguieron engrosando la nobleza en Aragón y en Sicilia: en eso se parecía a su padre.
Mallorca fue restituida a la Corona por su primogénito Alfonso.
El segundo hijo legítimo, de nombre Jaime, heredó la Corona de Aragón a la muerte de su hermano, iniciando la invasión que cambiaría el vasallaje de Orihuela.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 57.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.









