
De Tudmir a Oriola LI.

Corona de Castilla. En el año del señor de 1272.
Dieciséis años llevaba Alfonso X obsesionado con la corona imperial; despilfarrando inmensas cantidades de dinero en una causa casi perdida.
Cuando la muerte de Ricardo de Cornualles, el otro aspirante al trono de los romanos, le devolvió la esperanza.
El hijo de Juan sin Tierra, sobrino de Ricardo Corazón de León, había sido elegido. Pero murió sin ser coronado.
El enorme desembolso económico empleado en lo que se llamó «el fecho del Imperio» lo pagaron los castellanos a base de impuestos, provocando el lógico descontento general.
A fin de cuentas ¿Qué beneficios obtenía el pueblo del caro capricho de su rey?
En cuanto a la nobleza, la perdida de privilegios y el abuso con pagos y diezmos destinados a la causa, provocaron una reunión secreta en la localidad burgalesa de Lerma.
Lo más granado de Castilla se confabuló para rebelarse contra Alfonso si no atendía a sus demandas.
No era la primera vez que los ricos hombres se resistían a las reformas políticas del rey sabio; pero en esta ocasión tenía en contra a los Lara, a los Castro, al señor de Vizcaya, al de Cameros…
Hasta su propio hermano, el infante Felipe, participó en lo que se llamó la conjura de Lerma.
Aquellos hombres, además de reprocharle que dilapidase los caudales del reino, protestaban por el Fuero Real.
El nuevo código legislativo restaba poder y privilegios a nobles y ciudades en beneficio del monarca.
Cuando se hizo público muchos municipios que se resistían a perder sus viejos fueros y costumbres se unieron a la rebelión.
Alfonso, ciego en su quimera imperial dejó el espinoso asunto en manos de intermediarios.
Hasta que las noticias fueron tan alarmantes que se vio obligado a intervenir personalmente, presentándose en Burgos de mala gana para escuchar las quejas de sus nobles.
Decidido a solucionar el problema de cualquier manera para centrarse en lo suyo accedió fácilmente a parte de las exigencias.
Su comportamiento no hizo más que reafirmar a los conjurados, que pusieron toda la carne en el asador: si no retiraba el Fuero Real estaban dispuestos a buscarse un nuevo señor, otro rey al que servir.
Intentaron establecer contacto con Enrique I de Navarra; pero Alfonso interceptó unas cartas y les ganó la mano pactando antes con el monarca vecino.
Eso complicó todavía más las cosas.
Eliminada la posibilidad de servir a un señor cristiano los sublevados optaron por pedir asilo al emir de Granada.
Y allí se refugiaron con el enemigo musulmán.
Instalados en la corte de Granada los nobles desnaturalizados cambiaron el tablero de juego de aquella guerra fría.
Buena parte de las mesnadas castellanas pasaban al servicio de Muhammad I; quien por supuesto los recibió con los brazos abiertos.
El emir se colocaba en mejor posición neutralizando el control que Alfonso ejercía sobre los disidentes granadinos, los Banu Asquilula que mencionamos hace dos entregas.
Curiosa situación: el rey cristiano apoyado por mesnadas musulmanas y el emir de Granada por tropas de la alta nobleza cristiana.
Poco pudo disfrutar Muhamad I del nuevo equilibrio.
En enero de 1273 el impulsor de la construcción de la Alhambra, el primer emir del reino de Granada, falleció al caer de un caballo.
Con el apoyo de los señores castellanos en la transición, su hijo y heredero subió al trono dispuesto a continuar con la misma política: para Muhammad II, la prioridad seguía siendo acabar con los rebeldes y unificar el reino.
Reforzado por sus nuevos aliados decidió atacar Guadix, territorio de los Asquilula, aliados de Alfonso X.
Vista la situación, el Sabio convocó cortes en Almagro, si se pueden llamar cortes a una reunión en la que faltaba la flor y nata de su nobleza.
Allí aceptó devolver las posesiones confiscadas a los conjurados, reducirles los impuestos y obligaciones, y regresar a los antiguos fueros eliminando su código legislativo.
Perdonados los nobles desnaturalizados éstos dejaron de atacar a los Asquilula para no poner en peligro sus recuperadas posesiones en Castilla.
Presionaron al emir para que buscase un pacto con su rey; pero sin decirle que habían regresado a la obediencia castellana.
Así, con engaños, comenzaron las negociaciones en las que, en nombre de Alfonso X, participaron la reina Violante y el infante Fernando.
Muhamad se mostró dispuesto a ceder plazas, a pagar las parias atrasadas, a restaurar su vasallaje…
Todo menos reconocer a los disidentes y mucho menos devolverles Guadix.
Con los Asquilula nunca habría tregua. Antes entregaría sus tierras a los Benimerines de Abu Yusuf.
Alfonso intentó neutralizar la amenaza africana exigiendo el control de los puertos de Algeciras, Tarifa y Málaga a cambio de diez años sin cobrar parias.
Las negociaciones no avanzaban.
La alternativa era la guerra abierta y ninguno estaba en condiciones de afrontarla con garantías.
Alfonso X sumido en el pantanoso asunto imperial, con buena parte de su nobleza en Granada.
Muhamad, acorralado y con el reino dividido….
Cuando supo que todo era una trampa, que había perdido los refuerzos castellanos, no le quedó más remedio que ceder.
Tenía que pagar una descomunal suma en parias atrasadas, devolver lo conquistado a los Asquilula y comprometerse a respetarlos como aliados de Castilla.
El primer año en el trono de Muhamad II no podía acabar peor: humillado, con su reino dividido y las arcas saqueadas.
Siempre amenazados por el posible acuerdo entre Castilla y Granada, los Asquilula se hartaron de ser moneda de cambio.
Decidieron adelantarse a los acontecimientos enviando mensajeros a Marruecos para ofrecer sumisión al sultán.
Aceptada la oferta, los rebeldes granadinos quedaron bajo la protección del propio Abu Yusuf, en calidad de gobernadores delegados.
Así, sin renunciar al pacto con los castellanos, reforzaron su posición frente a Granada y se cubrieron las espadas por si les fallaba Castilla.
Mientras Alfonso X seguía a lo suyo.
Estaba convencido de que la amenaza africana era solo una bravata del granadino y solicitó una entrevista con el Papa para negociar personalmente el asunto imperial.
En contra de los consejos de su suegro, pensando que todo estaba resuelto, y con la bolsa repleta de maravedís extorsionados al granadino, emprendió viaje acompañado de numeroso séquito.
Estaba muy equivocado. Había tensado demasiado la cuerda.
Muhamad II, solo y acorralado, decidió ofrecer al sultán de los Benimerines los puertos de Algeciras y Tarifa como base de operaciones para la posible reconquista de Al-Andalus.
En mayo de 1275 Alfonso X se reunió con el pontífice en el sur de Francia.
Allí le recordó que gracias a la herencia de su madre era el único descendiente de la dinastía imperial alemana; y presumió de los grandes servicios prestados a la cristiandad en su lucha contra los musulmanes en España.
Todo fue en vano. Gregorio X se había decidido por Rodolfo de Habsburgo, al que esperaban en Roma para ser coronado emperador.
Después de tanto esfuerzo y sacrificio, Alfonso no tuvo más remedio que renunciar a un sueño que durante veinte años solo le había provocado disgustos.
Estaba muy enfadado, herido en su amor propio.
Había llegado a creer que podía ser el emperador de la cristiandad. Incluso firmó documentos con el título «Rey de los Romanos».
Aun no sabía que los problemas no habían hecho más que empezar.
En su irresponsable ausencia, veinte naves con cinco mil jinetes atravesaron el Estrecho.
Mientras se paseaba por Francia, los herederos de los almohades desembarcaban en Tarifa.
Y su primogénito, Fernando de la Cerda, se preparaba para ponerse al frente del ejército castellano.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 51.
De Tudmir a Oriola LII.

Corona Aragonesa. Reino de Valencia. En el año del señor de 1272.
En Sagunto, Jaime I recibió una carta de Ferrán Sánchez, el hijo bastardo del que hablamos hace dos entregas, cuando se lo llevó de cruzada para apartarlo de las tentaciones nobiliarias.
En ella le contaba que su hermanastro Pedro, el primogénito y heredero, había entrado en su casa de Burriana espada en mano, con intención de asesinarle.
Junto a su mujer había escapado de milagro gracias a un oportuno aviso.
Aquella acusación era muy grave. Convocó cortes en Lérida, haciendo llamar a su heredero, la mano del rey.
El futuro Pedro III se limitó a negar los hechos; pero sus argumentos no convencieron a Jaime y le desposeyó de la tenencia del reino hasta que se aclarase el turbio asunto.
De regresó a Valencia volvió a interrogar al infante en presencia de religiosos y letrados.
Pedro pidió un tiempo de reflexión, posponiendo la reunión para el día siguiente. Y no apareció.
Informado el rey de que había salido de la ciudad con otros tres o cuatro caballeros vestidos para el combate se temió lo peor.
En ausencia de Pedro se presentó Ferrán y pasó en Valencia una semana interpretando el papel de buen hijo.
Como padre de ambos Jaime trató de frenar el odio entre ellos.
Ferrán, aunque bastardo, era un perfecto soldado, un guerrero al que había introducido en la nobleza otorgándole tierras y casándolo con una persona de alcurnia, la hija del noble Jimeno de Urrea.
El misterioso comportamiento de Pedro quedó desvelado por dos emisarios que pidieron hablar en su nombre.
El infante acusaba a su hermanastro de intentar envenenarlo y de encabezar un complot contra Jaime I en complicidad con varios nobles aragoneses, entre ellos su poderoso suegro.
El de Urrea, principal acusado, se lamentó de que el heredero no hubiese hecho acto de presencia para poder defenderse de sus insultos con un desafío, con un juicio de Dios.
Sin pruebas, Jaime se resistió a creer a su hijo. Pero el infante sabía de lo que hablaba.
En la entrega anterior ya mencionamos la dudosa actitud del hijo natural frente a los revoltosos.
Desde su regreso de Tierra Santa, algunos nobles, especialmente su suegro, le habían hecho creer que, jugando bien sus cartas, un bastardo podría llegar al trono de Aragón.
En las cortes de Alzira el rey trató de resolver el conflicto.
La tensión entre Jaime y su heredero llegó hasta el punto de confiscarle sus feudos.
No tenemos tiempo para contar todo el proceso, lo importante es que se hizo pública la liga de nobles contra la corona, y las hostilidades estallaron de manera abierta.
El rey y el infante por un lado; la nobleza levantisca y el bastardo por el otro.
La resistencia nobiliaria a las reformas era un problema que compartían Jaime I y Alfonso X.
Los monarcas del siglo XIII pretendían sepultar el sistema feudal, sustituir el derecho de la tierra por su propio derecho atropellando los antiguos usos y costumbres.
Celosos del ascenso de la burguesía urbana, para los señores feudales el rey seguía siendo un «primus inter pares», es decir, el primero entre iguales, y trataban de recortar su autoridad.
Ferrán el bastardo se había convertido en la cabeza visible de los descontentos arrastrando en su favor a nobles aragoneses y catalanes.
El reino estaba al borde de la anarquía y Jaime no se veía con fuerzas para meter en cintura a los aragoneses.
No había más remedio que cortar por lo sano y sabía que a su hijo no le temblaba el pulso a la hora de hacer justicia con la nobleza.
Dejó que el infante se encargase personalmente de Aragón mientras él trataba poner orden en tierras catalanas.
1272 fue un mal año para el Conquistador.
En junio moría en Narbona Berenguela Alfonso, la joven amancebada que ocupaba su lecho desde que se conocieron en Alcaraz, durante la conquista de Murcia.
Aquel verano, cargado de años, deprimido y enfermo se dirigió a su señorío natural, Montpellier, donde ratificó su testamento, dando instrucciones para ser enterrado en Poblet, Tarragona.
Dejó a Pedro: Aragón, Cataluña y Valencia.
Y a Jaime, su segundo hijo varón, Mallorca con todas sus islas, Montpellier, el Rosellón y la Cerdaña.
Pero todavía no había llegado su hora.
En 1273, al tener conocimiento de que los nobles castellanos se habían aliado con el emir de Granada en contra de Alfonso X, envió cartas a la nobleza de Cataluña, Aragón y Valencia, ordenando que tuviesen a punto sus mesnadas para socorrer al rey de Castilla.
Rápidamente adoptó medidas de precaución concentrando tropas en la frontera; efectivos dispuestos a responder en caso de ataque.
Como siempre, a la hora de emprender campaña, importantes caballeros se resistieron a acompañarle para ayudar a un rey ajeno.
En agosto se entrevistó con Alfonso X en Requena. Allí diseñaron la estrategia en una posible guerra con Granada.
Pero como contamos en el último programa, las aguas volvieron a su cauce gracias a un forzado pacto con Muhamad II y al regreso al orden de los nobles castellanos.
En su viaje al Reino de Murcia, a principios de 1274, visitó la capital.
El recibimiento fue apoteósico. En las proximidades de la ciudad, hombres, mujeres y niños; cristianos, moros y judíos; gentes a pie y a caballo salieron a esperarle con ostentosas muestras de alegría.
Aunque Murcia no pertenecía a su corona muchos de los asentados en aquellas tierras eran naturales de Aragón y Cataluña y lo consideraban su señor natural.
El encuentro con los veteranos de guerra convertidos en pobladores fue emocionante. Aquellos hombres que habían luchado con él, codo con codo, le rindieron armas.
Y así la impresionante figura de aquel anciano se paseó gloriosa por las calles de la ciudad que él mismo había arrebatado a los sarracenos.
Recordamos a Muntaner cuando dejó reflejado en su crónica: podéis estar seguros, que todos aquellos que se encuentran en la ciudad de Murcia; en Orihuela, Elche, Alicante y Almodovar son verdaderos catalanes y hablan el mejor catalán del mundo.
De vuelta a Valencia, en Alcira le esperaba Fray Pedro de Alcalá con un importante mensaje: el nuevo Papa pedía consejo al Conquistador, invitándolo al concilio de Lyon.
Gregorio X había participado personalmente en la octava cruzada antes de ser elegido Papa y seguía obsesionado con liberar la Tierra Santa.
En su proyecto quería contar con el rey de Aragón, experimentado caudillo en la guerra contra los infieles, que disponía de barcos y tropas.
Lleno de orgullo dejó el reino en manos de su hijo Pedro y emprendió viaje.
En mayo de 1274 estaba en Lyon, como único monarca invitado al concilio.
Al acabar su discurso los presentes quedaron impresionados por el vigor y la decisión de aquel hombre tan anciano.
Para la cruzada, el rey de Aragón ofrecía mil caballeros de los más escogidos a cambio de que el pontífice le permitiera usar el diezmo de la iglesia para cubrir gastos.
Aprovechando la ocasión y el viaje, a Jaime le pareció oportuno pedir al papa que le coronase como había hecho Inocencio III con su padre.
El pontífice, necesitado de dinero para su cruzada, le pidió a cambio que se declarase vasallo de Roma y pagase el tributo que su padre había otorgado a la iglesia en su coronación.
El conquistador, orgulloso, le contestó que habiendo servido fielmente a nuestro Señor y a la iglesia romana durante toda su vida, no necesitaba humillarse ante nadie ni pagar más tributos.
Y regresó sin ser coronado.
De vuelta en Aragón su hijo se había empleado a fondo y la revuelta era ya una auténtica guerra civil.
Ya hemos dicho que Pedro no se andaba con chiquitas.
En 1275 sus tropas sorprendieron a Ferrán Sánchez y este buscó refugió en el castillo de Pomar de Cinca.
Por fin lo tenía a su alcance.
El infante mandó cercar la fortaleza y su hermanastro trató de escapar disfrazado de pastor.
Descubierto y capturado, Pedro mandó que lo ahogasen allí mismo, en el río Cinca.
Jaime, aunque se trataba de su hijo, no pudo más que alegrarse por acabar de una vez con aquella amenaza para la corona.
Pocas semanas después llegaban terribles noticias.
Mientras su yerno, desoyendo sus consejos, había abandonado el reino en pos del sueño imperial, los benimerines africanos habían desembarcado en la península.
Y su nieto, Fernando de la Cerda, el heredero de Castilla había fallecido de manera repentina.
Era el momento de emprender su última campaña.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 52.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.
