Tud Or Cap. 21/22. Rey Lobo.

De Tudmir a Oriola XXI.

Separados temporalmente los reinos de Castilla y León y unidos los condados catalanes al de Aragón, el periodo almohade ha sido etiquetado como la Hispania de los cinco reinos: Aragón, Castilla, León, Navarra y Portugal.

Durante un cuarto del siglo XII hubo uno más: un paréntesis hispano entre almorávides y almohades.

Ninguneado por los cronistas cristianos y musulmanes, de las segundas taifas emergió un monarca singular, un personaje sin nada que envidiar al Cid Campeador: el «rey lobo» de Mursya y, por supuesto, también de Uryula.

Muhammad Ben Mardanis nació en Peñíscola, miembro de una familia hispana de añejo linaje afincada en la poderosa taifa de Zaragoza.

Probablemente su origen tenga que ver con aquellos eslavos a los que el califato encargó las tareas militares. Oficiales que se dispersaron por la península tras su descomposición.

La mayoría de los cronistas lo califican simplemente como un Muladí de origen mozárabe cuyo apellido asocian a Martínez o Mardones.

Su padre era el gobernador de Medina Fraga cuando hincó la rodilla el invencible Batallador.

Diez años después apareció en Balasya, junto a su tío Abd Allah, lugarteniente de Ben Iyad con el que estaban emparentados.

Ya contamos en la entrega anterior que, desaparecidos ambos, Muhamad se hizo dueño de todo el Levante andalusí.

Hombre corpulento de gran fuerza física, las crónicas resaltan su lujuria y el gusto por la buena vida: un producto de la refinada civilización andalusí.

Alternaba el árabe con las lenguas romances. Gustaba vestir y aparejar su cabalgadura al uso de los cristianos.

Poco ortodoxo en la religión y defensor de la tradicional escuela Maliki, signo de identidad local frente a la intolerancia africana.

Prudente, generoso, valiente, ambicioso, cruel…. Todos estos adjetivos caben en el personaje.

De su apodo Lope, surgió el Rey Lobo en las crónicas cristianas: el dictador que creó el reino de Mursya.

Primero se ocupó de asegurar el territorio.

Por el Norte pactó con Aragón y Castilla pagando generosas parias.  Para los reinos cristianos Ben Mardanis era un colchón frente a la amenaza Almohade.

Nutrió sus ejércitos con mercenarios castellanos, aragoneses, navarros… hasta italianos y alemanes reclutó a base de oro.

Muy generoso con sus soldados creó zonas específicas para las mesnadas cristianas. Barrios provistos de tabernas en los que los oficiales vivían como príncipes y las fiestas eran legendarias.

Con estas tropas cristianas de élite controló el Sur, con Lorca como fortín. Y para completar su ambicioso plan se anexionó un cordón de localidades estratégicas.

Aseguradas sus fronteras y pacificado el territorio, acogió grandes contingentes de población poniendo en marcha una moderna estructura económica.

Potenció la agricultura de regadío en el Segura creando acequias, acueductos, norias y toda clase de ingenios hídricos.

En Uryula el sistema de riegos llegó a decenas de nuevas alquerías o núcleos rurales con acequias como la de Alquibla.

Una superficie de más de 40.000 tahúllas que gravitaba en torno la medina amurallada.

Además de la triada mediterránea: cereal, vino y aceite, puso en marcha la industria de la seda, el papel y la cerámica.

Volcado en el comercio y la exportación autorizó el establecimiento de depósitos mercantiles europeos, especialmente genoveses.

Sus agentes gozaban de salvoconductos por toda Europa; y para agilizar el tráfico mercantil, acuñó su propia moneda, los morabetinos lupinos de oro que circularon durante muchos años después de su muerte.

Dinar. Murcia. (1147-1172) o (541-566). Muhammad ibn Mardanís. «Rey Lobo».

También destacó como constructor de palacios, no así de mezquitas.

Fortificó Mursya y sus alrededores. Y para su recreo levanto la residencia conocida como el «Castillejo de Monteagudo», unas instalaciones rodeadas de grandes albercas y huertos, junto a un inexpugnable castillo.

Castillejo de Monteagudo. Murcia. Gregorico. Wikipedia.

La Orihuela musulmana (Uryula) era una importante plaza en la ruta entre Valencia y Cartagena. Su proximidad a la corte facilitó la instalación de numerosos oligarcas dedicados a la agricultura.

Uryula fue también reforzada y su población se multiplicó notablemente, comenzando a poblarse el otro lado del río hasta formar un nuevo arrabal en el camino de Cartagena, antecedente al barrio de San Agustín.

En el asunto de edificaciones no está del todo claro cuales fueron del rey lobo y cuales debemos a los almohades.

En ese periodo se reforzó el castillo, se construyó la torre Embergoñes, la muralla que sube por la calle torreta, las torres conservadas en el museo de la muralla…

Idealización con Inteligencia Artificial de la construcción del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia.

Todo este sistema era muy costoso y se mantenía exclusivamente de los impuestos recaudados a los ciudadanos andalusíes; fomentando el descontento y el crecimiento del partido almohade.

Los africanos, luchando simultaneamente en el Magreb, en el centro y en el oeste de la península, habían sido solo una amenaza lejana y Ben Mardanis se permitió atacarles en sus plazas del sur.

Con ayuda de su suegro Ibrahim Ibn Hamusk, conocido como el «señor de Segura», lanzó audaces incursiones contra los almohades, empleando como punta de lanza a las unidades militares cristianas.

Así conquistó Jaén, atacó Córdoba y Sevilla, asedió Granada….  

Una vez controlado Marruecos las cosas cambiaron.

Los almohades pusieron a trabajar sus astilleros navales, sus talleres de armamento. Compraron caballos, reclutaron tropas regulares y mercenarias.

Un impresionante ejército se trasladó a la península utilizando Gibraltar como cabeza de puente.

Sus días estaban contados.

Incapaz de detener la marea almorávide, entre 1164 y 1165 perdió gran parte de su ejército y Lorca abrió sus puertas a los Almohades.

Desarticulado su dispositivo de defensa todo se volvió contra él. 

Hasta su suegro, repudiada su esposa, se pasó a las filas de los almohades.  

Pedro Ruiz de Azagra se apropió de Albarracín y la convirtió en taifa cristiana.  

Aragón aprovechó que había dejado de pagar parias para darle el golpe de gracia invadiendo su reino por el norte.

Probó a someterse a Castilla cediéndole plazas estratégicas como la de Alcaraz.

Pero no había remedio.

Los africanos camparon a placer por la región asolando las indefensas aldeas y alquerías, talando la huerta y arrasando el castillejo de Monteagudo.

Cuando entraron en Uryula cortaron su comunicación con Balasya (Valencia). Toda la región quedó bajo control almohade y su propio hermano entregó Valencia.

En 1171 seguía encerrado tras los muros de Medina Mursya con unos pocos mercenarios a los que apenas podía pagar; y aún aguantó otro asalto.

Hundido física y anímicamente, recomendó a su familia que pactasen con los almohades para conservar su posición y murió en su lecho en la primavera de 1172. 

Los suyos entregaron el reino de Mursya a cambio de privilegios políticos y económicos y se integraron totalmente en el mundo almohade.

Sus hijas casaron con soberanos. Su hijo consiguió también un buen matrimonio y mantuvo el poder en Mursya. Su hermano continuó gobernando Balasya durante muchos años.

Tras aquellos pactos el califa almohade entró a tambor batiente en Uryula y Mursya.

El reino del lobo, agotado y arrasado, recibió a los invasores con aclamaciones y júbilo.

Los almohades acamparon cerca de Uryula y el califa hizo la correspondiente plegaria por la victoria en su mezquita aljama.

Hoy en día se pueden visitar los restos palaciegos en Monteagudo.

Y el conjunto monumental de San Juan de Dios de Murcia, donde está lo que queda del Alcázar mayor y parte de la muralla que lo custodiaba.

También un oratorio privado y el panteón real con nueve tumbas atribuidas a la familia del rey Lobo, aquel musulmán al que el papa citó como «El rey Lope, de gloriosa memoria».  

Dicen en los Alcázares que uno de sus edificios de recreo, un alcázar, dio nombre a esa población costera.

Programa 21.
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De Tudmir a Oriola XXII.

Seguimos en este viaje que nos está llevando desde el siglo VIII al XIV. De Teodomiro a Jaime II, el artífice de nuestro paso a la Corona de Aragón.

Este hecho devolvió a Oriola/Orihuela parte del protagonismo perdido en favor de Murcia.

Ser la frontera de Aragón fue durante muchos años nuestra seña de identidad y así lo reflejan los escudos que pueblan nuestras más antiguas iglesias.

Es por eso que también estamos hablando un poco de la historia del reino como parte de nuestra propia historia.

Llevamos ya relatados más de cuatrocientos años y vamos a dedicar esta entrega a refrescar la memoria.

Dejamos nuestro relato en el último cuarto del siglo XII, en la Hispania de los Almohades y los cinco reinos cristianos.

A pesar de la amenaza africana, Aragón, Castilla, León, Navarra y Portugal siguen manteniendo frecuentes disputas territoriales en casi todas sus fronteras.

En la Mursya musulmana a la que pertenece Uryula, Ben Mardanis, el famoso rey Lobo, ha muerto y sus familiares han abrazado por fin la causa almohade.

Tras la experiencia almorávide, su aceptación por los musulmanes de la península ha sido lenta, especialmente en nuestro territorio, que ha resistido casi un cuarto de siglo pactando con los cristianos.

Pero por fin han completado la unificación de Al-Ándalus.

Desaparecido el Rey Lobo, la pacifica transición ha consolidado el esplendor que inició este singular personaje en el levante o Sark Al-Ándalus.

La región no deja de ser la periferia de sus dominios peninsulares, cuyo centro de gravedad está situado en Sevilla.

Mursya es una provincia fronteriza y conflictiva dentro del inmenso imperio almohade, por lo que han preferido mantener las estructuras de poder delegando en las élites locales.

Una vez sometidas, continúan en sus cargos facilitando el control territorial en nombre de los africanos.

El segundo califa almohade ha dividido Al-Ándalus en cuatro gobernaciones con Sevilla, Córdoba, Granada y Murcia como capitales.

Así pues, Medina Mursya mantiene el protagonismo y la provincia sigue en una etapa de crecimiento económico basado en la agricultura y el comercio.

La población local continúa percibiendo a los almohades como invasores, hecho del que los africanos son plenamente conscientes.

Pero también saben que, sin su fuerza militar, los musulmanes hispanos serían pasto de los cristianos.

Por este motivo basan su estrategia en la guerra santa, mostrándose como protectores de la fe y única respuesta posible a los poderosos ejércitos de los cinco reinos.

Los almohades o unitarios han traído también una revolución política, artística y tecnológica, cuyo principal impulsor es el citado califa, llamado Abu Yakub Yusuf, educado en Sevilla y conocido como Yusuf I.

Bajo su mandato construyen nuevas fortalezas más seguras que permiten el desarrollo de las ciudades; levantan nuevas mezquitas y promueven la cultura islámica.

La arquitectura y decoración almohade imprimen un estilo propio que se extiende a otros campos como la escritura y la numismática.

En Uryula/Orihuela se siguen perfeccionando los sistemas de regadío, creando acequias y norias para abastecer de agua a las nuevas alquerías o núcleos rurales en torno la madina.

Sus murallas son ampliadas y reforzadas con edificaciones como la torre de Embergoñes.

En esta prosperidad, la población se ha multiplicado y está ocupando la otra orilla del río en un nuevo arrabal formado en el camino de Cartagena: la futura morería y el futuro barrio de San Agustín.

En nuestra población se instalan familias influyentes que quieren vivir cerca de Medina Mursya.

Pero no deja de ser una ciudad secundaria; eso sí, con uno de los más inexpugnables castillos cuyas seguras mazmorras albergan a los enemigos peligrosos.

En Aragón, mientras tanto, se ha consolidado el proyecto de Ramiro el Monje que, como ya expliqué, casó a su hija Petronila con Ramón Berenguer IV, el Conde de Barcelona que actuó como príncipe hasta su muerte.

Petronila ha transmitido los derechos de su padre y de su marido a su hijo Alfonso II que es el primer rey de una nueva y poderosa entidad política, la Corona de Aragón. 

Nacido en Huesca, su padre lo llamaba Ramón, como los condes de Barcelona.

Para reinar ha tomado el nombre de Alfonso en honor al Batallador, el más famoso monarca aragonés hasta la fecha.

Ha llegado al trono muy niño y su tutor por testamento es Enrique II de Inglaterra.

Tiene la plena potestad del reino, pero los destinos de la corona están en manos de un consejo de regencia por su minoría de edad. 

Dicho consejo está formado por obispos, nobles y representantes de las ciudades en lo que podría llamarse las primeras cortes de Aragón.

El trono de Castilla lo ocupa otro adolescente de igual nombre, Alfonso VIII; y ambos han decidido acercarse, aliarse.

Estos dos jóvenes monarcas van a firmar varios tratados para recuperar el protagonismo y los territorios que les han esquilmado leoneses y navarros aprovechando la debilidad de sus reinos mientras eran niños.

Ahora, mediante pactos y matrimonios están creando una tupida red de intereses cruzados.

Alfonso de Castilla se ha casado con la hija de Enrique II de Inglaterra, el monarca más poderoso de la época, que domina además el sur y el este de Francia.

Así pues el castellano se ha convertido en cuñado de Ricardo Corazón de León.

Alfonso de Aragón, tutelado también por el monarca inglés, se ha casado en Zaragoza con Sancha, la tía del castellano, formando así un sólido triangulo de poder que amenaza a los otros reinos, especialmente a Navarra, en el punto de mira de castellanos y aragoneses.

En la alianza con Castilla se está fraguando nuestro destino.

Gracias al tratado de Cazola, firmado en Soria, los dos Alfonsos se reparten los futuros territorios de conquista.

El de Aragón es armado caballero a los dieciseis años; y toma por fin el complicado control de su herencia.

Rey de Aragón, conde de Barcelona y marqués de la Provenza, varios señores del otro lado de los Pirineos lo han aceptado como soberano y defenderlos cuesta un gran esfuerzo bélico.

Más preocupado por el norte se conforma con aspirar a Valencia, territorio que Aragón viene asediando desde la decadencia del «Rey Lobo».

La línea entre Calpe, Denia y el castillo de Biar, marcará la frontera entre las zonas de expansión de los dos reinos.

Alfonso de Castilla sale más beneficiado. Aspira a todo lo que hay al sur de esa línea comenzando por el reino de Mursya.

Este pacto lo firman para siempre, en su nombre y en el de sus descendientes, por lo que el futuro de nuestra Uryula quedó ligado a Castilla.

Esta es la situación en el último cuarto del siglo XII. Centuria que culminaremos en la próxima entrega.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 22.

Programa 22.
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Tud Or Cap. 19/20. Aragón.

De Tudmir a Oriola XIX.

La Campana de Huesca. José Casado del Alisal. 1880. Óleo sobre lienzo. Ayuntamiento de Huesca.

Dice la leyenda que, llegado al trono, Ramiro no conseguía domesticar a los nobles aragoneses.

Lo menospreciaban por no ser sabedor en armas; solo un manso clérigo haciendo de rey.

Y mandó un mensajero al otro lado de los Pirineos; al monasterio donde había hecho el noviciado, buscando el consejo del que fue su maestro.

Cuando aquel sabio abad escuchó el problema, no respondió con palabras. Llevó al mensajero a un huerto de coles, sacó una hoz y cortó las más altas.

Y añadió —dile a tu señor lo que has visto.

Informado Ramiro de su respuesta convocó cortes en Huesca, diciendo a sus nobles que pensaba fabricar una campana cuyo tañido resonaría en todo el reino.

Tomándolo como una locura del monje, acudieron curiosos a la llamada. Los hizo pasar uno a uno y los fue decapitando.

Colgó sus cabezas en círculo/ formando una gran campana/ y en el centro, por badajo/ colocó la del Obispo.

Y se las mostró a sus hijos, que a los padres aguardaban, diciendo que haría lo mismo/con cuantos no le acataran/ y así fue temido el Monje/con el son de su campana.

Ramiro Sánchez II El Monje. Felipe Ariosto. 1634. Óleo sobre lienzo. Pinchando la imagen se accede al cuadro completo en la Galería del Museo del Prado.

Ramiro era el tercer hijo del segundo matrimonio de Sancho Ramírez. Hermano menor del Batallador.

Nació predestinado para la Iglesia quedando excluido de la sucesión.

Ingresó de niño en un monasterio benedictino del sur de Francia, donde fue educado como hijo de rey.

Su hermano lo nombró abad de Sahagún y luego Obispo de Roda.

Con este bagaje llegó a Zaragoza para intentar salvar Aragón, cuya situación era desesperada.

Había heredado el reino en plena crisis económica, con el ejército diezmado por la derrota de Fraga.

Los nobles estaban descontrolados luchando unos contra otros; la población aterrorizada a merced de castellanos y almorávides; los de Navarra en secesión y el Papa reclamando sus derechos por el testamento del Batallador.

Contra todo pronóstico Ramiro demostró ser el hombre adecuado.

Vamos por partes: con Navarra cedió, no tenía otro remedio. Lo último que podía soportar Aragón era una guerra civil. Aceptó la secesión de Pamplona tras medio siglo de unión.

Navarra quedó en manos de García Ramírez, llamado «el restaurador», un nieto del Cid Campeador que en principio le juró obediencia.

El emperador Alfonso atacó las plazas fronterizas entre sus reinos y se plantó en Zaragoza alegando que «el Batallador» las había conquistado como consorte de su madre, la reina de Castilla.

El flamante rey de Pamplona le juró obediencia traicionando a Ramiro y muchos nobles acataron al castellano. Era lógico que la gente de la frontera optase por el monarca más fuerte.

Ramiro huyó de Zaragoza buscando refugio en los condados catalanes, bajo la protección del Conde de Barcelona. Una amistad que, a la larga, resultó muy interesante.

Con gran astucia escribió al Papa informándole de que el castellano estaba robando la herencia que Roma reclamaba.

El pontífice mandó a Alfonso VII devolver Zaragoza si quería ser coronado como emperador de la cristiandad y así lo hizo.

Con los almorávides pactó una tregua.

En cuanto a los nobles díscolos, hay constancia de que tuvo que emplearse a fondo con ellos y con algún obispo; dando origen a una de las leyendas más famosas de Aragón, la jornada de la Campana de Huesca que he resumido al principio.

En cuanto al tema de la sucesión, condición indispensable para estabilizar el reino, abandonó el sacerdocio después de cuarenta años y casó en Jaca con Inés de Poitiers, viuda y madre de varios hijos, una garantía de fecundidad.

Era hija del duque de Aquitania, un viejo aliado del Batallador.

Ramiro dejó bien claro que rompía su celibato por razones de Estado. Y una vez que Inés quedó embarazada se separó de ella.

Prefería un hijo. Pero la sucesión al trono estaba asegurada fuese varón o hembra.

Y fue niña. Rápidamente el emperador vio la oportunidad de casarla con su hijo Sancho, solo dos años mayor.

Ramiro tenía otros planes. Tenía claro que con Castilla y León su reino sería absorbido como un territorio más.

Por lo que encontró otro marido más interesante para su hija, a la que llamó Petronila.

Acosado por todas partes vio un potencial aliado en el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV.

Con la independencia de Navarra había perdido el acceso a la costa atlántica, pero con este matrimonio, Aragón alcanzaría por fin el Mediterráneo.

Para cuadrar el círculo el joven conde era templario. Entregándole su reino cumplía en parte la voluntad de su hermano.

Eso sí, tuvo que compensar económicamente al Papa y hacer generosas donaciones a las ordenes militares que, por otra parte, tampoco sabían que hacer con el legado y cedieron sus derechos al catalán.

Con tan solo un año de vida, Petronila quedó comprometida con el Conde de Barcelona, quien se encargó de criarla y desposarla a los catorce años.

El pacto tenía ciertas condiciones: Ramón Berenguer nunca sería rey, sólo príncipe de Aragón. La reina sería su esposa.

Y el fruto de ese matrimonio sería rey de Aragón y conde de Barcelona, unificando sus territorios.

Solo en caso de morir sin descendencia el reino pasaría a su marido.

Cumplido su deber Inés volvió a Aquitania y Ramiro se retiró a un monasterio de Huesca conservando el título de rey hasta su muerte, veinte años después.

Dejó todo el poder en manos del conde quien por cierto, lo hizo muy bien como príncipe.

Esperó trece años y, en el verano del 1150, la desposó en Lérida, ciudad recién conquistada. Tuvieron seis hijos.

Petronila tomó el título de reina de Aragón a la muerte de su padre y el de condesa de Barcelona a la de su marido, manteniéndolos hasta que su hijo alcanzó la edad para ser coronado.

Fallecido el primogénito Pedro, el segundo, llamado Ramón, reinó con el nombre de su tío: Alfonso II el trovador.

Daba inicio a una entidad política nueva: la Corona de Aragón, en la que prevaleció el nombre del reino por mayor categoría frente al condado.

Por sus venas corría sangre de los dos linajes: aragonés y catalán.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Esponsales de Doña Petronila con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. Claudio Lorenzale. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón.

Valencia, Mursya y parte de Jaén estaban bajo el dominio de Zafadola; quien soñaba con ser el emir de todos los musulmanes de la península.

Su linaje, los Banu Hud, descendía de los primeros árabes que llegaron en el siglo VIII.

Desde que su padre abandonó Zaragoza protegido por «el Batallador» había estado apartado del poder.

Ahora, con ayuda de su amigo el emperador ¿quién sabe?

Quizá pudiese formar un califato independiente de los africanos.

Sublevada Córdoba contra los almorávides corrió a conquistar la simbólica capital del califato.

Los cordobeses no aprobaron sus tratos con el emperador cristiano y lo echaron de la ciudad, refugiándose en Jaén.

Lo mismo le pasó en Granada. Y es que la sombra de Alfonso VII pesaba mucho.

Él también tenía un sueño: unificar la península mediante una confederación de reinos bajo su corona imperial.

Y olvidando el tema religioso, uno de ellos podía ser el de su aliado musulmán como rey de Al-Ándalus.

Cuando Jaén y otras ciudades cercanas se negaron también a obedecer a Zafadola, el emperador envió tropas castellanas para ayudarle.

De paso se hizo con algunas plazas estratégicas.

Sin almorávides a los que acudir, los de Jaén enviaron un mensaje de socorro al mismo que habían expulsado:

—Ven, líbranos de los cristianos y te serviremos.  Era su oportunidad.  

Zafadola formó un ejército y acudió como libertador, exigiendo a los castellanos que devolviesen el botín y liberasen a los esclavos.  

Ellos tenían orden de tomar las ciudades y entregárselas; pero el botín y los esclavos… eso no entraba en el trato.

En un gesto estúpido Zafadola intentó demostrar que no era una marioneta y se enfrentó militarmente a los cristianos que habían acudido en su ayuda.

Fue derrotado y hecho preso. Pensaban entregarlo a su aliado, el emperador.

Pero por motivos poco claros acabó asesinado. Las tropas de la frontera no entendían de tratos con moros.

Alfonso VII se enojó proclamando a los cuatro vientos que no había tenido nada que ver con el asesinato; pero la suerte estaba echada.

El sueño de un reino musulmán hispano aliado de Castilla se diluyó con aquella absurda muerte.

De lo que pasó en Balansya, en Mursya y en Uryula tras la muerte de Zafadola hablaremos en la próxima entrega.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 19.

Programa 19.
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De Tudmir a Oriola XX.

El Papa había otorgado el rango de Cruzada a la conquista de Almería y los príncipes cristianos juntaron sus armas contra los sarracenos.

La antigua base naval de los Almorávides se había convertido en un nido de piratas que asolaban el Mediterráneo.

Para la decisiva campaña se unieron todos los afectados en su comercio marítimo: naves catalanas, de Pisa, de Génova. Mil embarcaciones entre grandes y pequeñas esperaban en el puerto de Barcelona.

El emperador movilizó a las mesnadas castellano leonesas. Y así, cercada y combatida por tierra y por mar, en el otoño del 1147 Almería se rindió a los caudillos cristianos que penetraron en ella entregándola al furor de sus soldados.

Un año después, la cruzada se repitió en Tortosa; liderada esta vez por el Conde de Barcelona en su papel de príncipe de Aragón.

Estas dos plazas conquistadas marcaron las fronteras norte y sur de Sark Al Ándalus, el Levante Andalusí.

Un territorio musulmán hispano que resistió el acoso almohade durante más de dos décadas.

La elección de Ramiro el Monje había sido todo un acierto. El joven conde, sucesor de su padre con tan sólo 17 años, demostró estar a la altura de la empresa encomendada.

Aragón no era más que un conjunto de comarcas prácticamente independientes bajo una misma corona. Y lo que hoy conocemos por Cataluña, otro conglomerado de comarcas agrupadas en condados sometidos al de Barcelona.

Solo el territorio de Urgel era independiente manteniéndose a caballo entre las dos influencias.

Respetado entre los suyos que lo apodaron «el Santo», el príncipe de Aragón fue acatado por todos sus súbditos, excepto los navarros.  

Ramón Berenguer IV fue un digno gobernante que supo consolidar la herencia de su esposa, pactando con Castilla para recuperar las plazas robadas y bregando con el Papa y las órdenes militares por la herencia del Batallador.  

La cuestión de Navarra fue la única que no pudo resolver por su acercamiento a Castilla y al rey de Francia.

Precisamente pasó los últimos años de su vida absorbido por problemas más allá de los Pirineos, muriendo en Lombardía, donde había ido a entrevistarse con el emperador alemán Federico Barbarroja.

Quizá por ello nombró tutor de su hijo al rey de Inglaterra.

Pero fue Petronila la encargada de organizar su herencia reuniendo en Zaragoza a los nobles y obispos de Aragón y Cataluña para ratificar el testamento de su marido.

Ramón mostró además su carácter guerrero; virtud que había heredado de su padre, quien pasó a la historia como el primer caballero templario de Hispania, cediendo a la orden un castillo, su armadura y su caballo.

Participó en la conquista de Almería que he narrado al principio. Culminada esta empresa, él mismo organizó la toma de Tortosa.  

Luego, con ayuda del Conde de Urgel y de los caballeros templarios, terminó de conquistar el valle del Ebro, haciéndose con Fraga y Lérida en 1149.

Como ya dijimos en la anterior entrega, contrajo matrimonio en Lérida, apenas un año después.

Culminaba así la tarea que había dejado a medias «el Batallador».  

Esponsales de Doña Petronila con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. Claudio Lorenzale. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón.

Las tropas andalusíes, que pactaron la rendición, emigraron al sur haciéndose con los territorios de Levante para protagonizar el devenir de nuestra historia durante casi un cuarto de siglo.

La muerte de Zafadola propició la vuelta al poder de Abd el Ramán Ben Iyad. Aunque en realidad lo había tenido siempre.

Vamos a repasar su trayectoria haciendo hincapié en un detalle que no dejé claro anteriormente.

Aunque mencionase a Abdelazid como señor de Balansya, el brazo ejecutor de la toma de Uryula y Mursya fue Ben Iyad, general emparentado con una importante familia de militares autóctonos, los Banu Mardanis, emigrados de Fraga cuando fue conquistada por los cristianos.

Desde la sublevación contra los almorávides, el poder efectivo lo tenían los generales andalusíes.

Ben Iyad era el dueño de Balansya y el cadí Abdelazid no era más que una figura simbólica.

El cargo de cadí o juez solía recaer en los personajes más respetados de las comunidades musulmanas.

Por su prestigio recurrían a ellos como gobernantes en momentos de crisis. Aunque eran tan sólo un juguete en manos del ejército.

Con estos antecedentes paso a resumir lo acontecido en el territorio de Sark Al Ándalus.

Controlada Balansya, Ben Iyad expulsó a la guarnición almorávide de Játiva; y llegó hasta Alicante.  

En Mursya, Ben Chafar se lanzó a liquidar lo que quedaba de los almorávides.

Exterminó cruelmente a la guarnición africana de Uryula y colaboró con el valenciano cuando hizo lo propio en Játiva.

Acudir a Granada en ayuda de Zafadola le costó la vida. 

Al conocer su muerte, los murcianos auparon a otro personaje influyente y respetado, un miembro de la linajuda familia Banu Tahir.

Pero éste aguantó en el poder apenas unas semanas.

El caudillo de Balansya, Ben Iyad, se instaló en Uryula y desde allí tomó Mursya sin necesidad de recurrir a la violencia.

Luego se deshizo del cadí Abdelaziz y, con el apoyo de los Banu Mardanis, tomó el control de Balansya y Mursya.

Pasó voluntariamente a segundo plano al someterse a Zafadola y a su propósito de crear un reino musulmán andalusí fuerte, independiente de cristianos y africanos.

De esta forma Zafadola fue proclamado emir en Mursya.

El flamante emir, Abd Allah Ben Mardanis y el propio Ben Iyad fueron derrotados por los castellanos de la frontera como contamos en la última entrega; y sólo Ben Iyad escapó de milagro.

Muerto Zafadola, el viejo general decidió gobernar directamente proclamándose Emir, con Muhamad Ben Mardanix como lugarteniente.

Pero el Zegrí, aquel general enviado por Zafadola y expulsado por Ben Iyad, lo intentó de nuevo tomando Mursya al mando de un ejército de mercenarios cristianos.

Decía actuar en nombre del emperador como heredero de Zafadola en su alianza con Castilla.

Si fue cierto, de poco le sirvió. Las tropas de Ben Iyad asaltaron la ciudad y le dieron muerte cuando huía por una de sus puertas.

Consolidado en el trono, el reinado de Ben Iyad duró casi dos años. Hasta que herido por una flecha, murió en el verano de 1147 tras varios días de agonía. 

La región se descompuso de nuevo. En Balansya tomó el control su lugarteniente Muhamad, el sobrino del fallecido general Abdala Ben Mardanix.

En este desbarajuste Uryula quedó en manos de un grupo de familias locales formando una especie de república islámica en la que el poder ejecutivo lo ostentaba un consejo de notables presididos por el Cadí.

Se llamaba Abú Said Abd el Ramán, un personaje de origen alicantino, poco ambicioso, querido y respetado en la ciudad por haber dirigido la oración de la mezquita aljama. 

Temeroso de acabar asesinado en esta vorágine, a los dos meses renunció irrevocablemente al cargo.

En Murcia confiaron el mando al gobernador de la plaza, otro militar llamado Abdul Hasan, pero cuando Ben Mardanix se dirigió hacia ella, salió a recibirle y le rindió homenaje como heredero de Ben Iyad.

El joven lugarteniente, que había permanecido en un discreto segundo plano, pasó de repente a ser el líder del Sharq Al-Ándalus: de Murcia, de Valencia y de algunos distritos orientales.

Muhamad ben Mardanix había llegado para quedarse.

La leyenda del «rey lobo» había comenzado y de él hablaremos en la próxima entrega.

Programa 20.
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Tud Or Cap. 17/18. Aragón.

De Tudmir a Oriola XVII.

Granada, en el año del Señor de 1125.

Mi Señor: esta generosa vega produce copiosas cosechas de trigo, de cebada, de lino. Abunda la seda, las viñas, los olivares y toda clase de frutos.

Goza de muchas fuentes y arroyos, y de una fortísima alcazaba que os servirá de plaza fuerte para las siguientes conquistas.

En Granada os esperamos doce mil combatientes, sin contar ancianos ni adolescentes. Este número es bastante y los puntos flacos del país son visibles.

Entre nosotros hay orden y disposición; y cuando asomen los estandartes de Aragón con el rey a la cabeza, se descubrirán y se unirán a vos en su totalidad.

No era la primera carta que Alfonso recibía de las comunidades mozárabes andalusíes.

Desde la llegada de los almorávides su situación era desesperada por el acoso de los fanáticos alfaquíes, empeñados en exterminarlos.

Liberar a aquellas gentes podía ser la última gesta del rey de Aragón: atravesar la península de norte a sur para crear un principado cristiano en Granada; en el mismo corazón de Al-Ándalus.

Sólo dos locos podían acometer tal empresa: el Batallador y su viejo amigo Gastón de Bearn, el héroe de Jerusalén que tanto le había ayudado en la toma de Zaragoza.

Los preparativos se mantuvieron en secreto y, en el otoño de aquel mismo año, estos dos aventureros, ya cincuentones, salieron de Zaragoza junto a tres obispos, cuatro mil caballeros escogidos y quince mil infantes, no sin antes juramentarse entre ellos.

Lo natural para llegar a Granada era bajar en línea recta, pasando por Toledo.

Pero no podían pisar Castilla, con la que seguían enemistados desde aquella maldita boda.

Así pues, harían el trayecto más difícil: íntegramente por territorio almorávide.

Al llegar a Valencia sostuvieron la primera escaramuza.

En sus planes no entraba el asedio. Mientras la guarnición se entretenía con los atacantes, saqueaban huertos, talaban bosques y miles de mozárabes salieron de todas partes para unirse a la hueste aragonesa.

Repitieron el procedimiento en Alcira, en Denia, en Játiva.

Por el camino iban asolando territorios musulmanes y liberando a más y más cristianos que les servían de guía en aquellos parajes desconocidos.

Pasaron por Uryula, por Mursya y Almería. Y por Baza llegaron a Guadix. 

Allí se detuvieron para enviar mensajeros a los emboscados mientras celebraban la Navidad con gran gozo y abastecimiento de viandas que los mozárabes trajeron de todas partes.

Por fin, en enero del 1126, acamparon cerca de Granada.

Desde las atalayas avistaron aquella inmensa muchedumbre y en la ciudad cundió el pánico.

Durante varios días esperó a los doce mil combatientes que facilitarían su entrada en la ciudad.

Pero nunca llegaron. El lento avance de aquella hueste dio tiempo a preparar la movilización general almorávide.

Bajo el mando del gobernador de Granada, hermano del emir, formaron un ejército con tropas de Marruecos, de Sevilla, de Granada y de Mursya y, por supuesto, con contingentes de Uryula.

Los refuerzos mozárabe contestaron al rey reprochándole su tardanza. Advertidos los almorávides de su llegada se había anulado el factor sorpresa.

Y una vez descubiertos lo habían perdido todo. Los que no habían huido de la ciudad a tiempo estaban ya neutralizados.

Alfonso no venía preparado para el asedio y el invierno no era buen aliado para el combate.

Así pues decidió practicar incursiones por el rico valle del Guadalquivir, buscando víveres y leña para aquella inmensa multitud a la que seguían uniéndose más y más cristianos con sus familias.

Algunas crónicas hablan de cincuenta mil pero, como siempre, son cifras muy exageradas. 

El ejército almorávide se dedicó a hostigar a los aragoneses hasta que consiguió rodearlos cerca de Puente Genil. Habían caído en una ratonera.

Alfonso respondió a su manera: se colocó la armadura, dividió sus tropas en cuatro cuerpos con cuatro banderas y cargaron contra los sarracenos en todas las direcciones, rompiendo el cerco y poniendo en fuga a los almorávides.

De allí se fue a Motril, donde se adentró en el mar y comió pescado.

Los cronistas musulmanes se preguntaban si aquello era una promesa o simplemente una provocación para que hablasen de él.

No voy a extenderme más en esta aventura: cargados de botín, de mujeres y niños; asolados por el cansancio, por la peste; hostigados por los almorávides, volvieron por el mismo camino.  

Al llegar a su reino Alfonso concedió tierras y privilegios en el nuevo sur de Aragón a los miles de cristianos rescatados.

Esta gesta quedó para la historia plasmada en varias crónicas árabes, peninsulares y francas.

Los mozárabes que no consiguieron huir sufrieron las represalias. Muchos acabaron asesinados o deportados a África, donde su destino fue la esclavitud o engrosar los ejércitos que luchaban contra los almohades.

Alfonso había puesto de manifiesto la fragilidad almorávide: un imperio en decadencia que no podía mantener tantos frentes.

Les obligó a reforzar las defensas de las ciudades, empezando por Granada, con la consiguiente subida de impuestos.

Entre los emigrados al norte y los deportados al sur, Al Ándalus se fue quedando sin aquellos contribuyentes forzosos, traspasando sus cargas fiscales a los musulmanes andalusíes que no tardaron en rebelarse aprovechando la debilidad de sus opresores.

Al llegar los almorávides, Uryula, Mursya y todo el reino de Denia fueron conquistados por el prestigioso general Aysa, un hijo del emir Yusuf «justo en sus juicios, honrado y continente».

Durante su gobierno la provincia siguió prosperando en base a su riqueza agraria; especialmente Mursya, capital de distrito donde construyeron una nueva Mezquita Aljama.

Vencedor en Aledo y en Uclés, Aysa quedó ciego y perdió el juicio tras una derrota cerca de Martorell.

Le sucedió su hermano (o cuñado) Abu Bark, oscuro personaje cuya carrera militar terminó con la derrota de Cutanda, donde pereció mucha gente de Mursya y Uryula, entre ellos un famoso maestro en el Corán.

En ambas ciudades había florecido la cultura entre la burguesía, surgiendo una generación de poetas y eruditos islámicos.

Los ricos propietarios agrícolas debieron sufrir un buen golpe cuando el Batallador asoló la comarca llevándose a gran número de mozárabes, la mano de obra de los campos.

Pero si en algo destacaron realmente los almorávides fue en la construcción de defensas.

Sus alarifes reforzaron las fortalezas de la región con la sólida técnica del tapial. Ya contamos que Orihuela les debe los emblemáticos tres torreones que se mantienen en el castillo.

Idealización con Inteligencia Artificial del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia

Durante el levantamiento general contra los opresores africanos, las murallas de Uryula se convirtieron en bastión almorávide, acogiendo a contingentes dispersos que se agruparon formando un pequeño ejército que ponía en riesgo la seguridad de la vecina Mursya.

El dominio almorávide no pudo aguantar el acoso simultáneo de los almohades en África, de los reyes cristianos en la península, y de una población sometida y descontenta que acabó por exterminarlos.

Tras una larga agonía se hundieron definitivamente en 1147 con la pérdida de Marrakés.

Sus despojos en la península quedaron repartidos entre los antiguos poderes locales que emergieron rápidamente, comenzando las segundas taifas; un confuso periodo que se mantuvo hasta que los almohades tomaron el control.

De todo esto hablaremos en la próxima entrega.

Programa 17.
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De Tudmir a Oriola XVIII.

Al amanecer del martes 17 de julio de 1134 los centinelas avistaron un ejército musulmán que se acercaba a Fraga.

Inmediatamente alertaron al Batallador y sin tiempo para reaccionar, cayó sobre los sitiadores una lluvia de lanzas, saetas, dardos y piedras, matando a buen número de hombres y bestias.

Y viendo que no podían sostener la batalla en el campamento salieron a pelear a campo abierto.

Mientras derrotaban a los que tenían de frente, una tropa más numerosa atacó por la espalda provocando el pánico y la derrota.

El día de las Santas Justa y Rufina, hubo una gran y terrible matanza de cristianos en Fraga.

Casi todos perecieron por la espada; salvo unos pocos que, desarmados, huyeron con el rey.

El largo conflicto con Castilla provocado por aquella fallida boda terminó en el Pacto de Tamara.

Alfonso el Batallador renunció al título de emperador en favor del hijo de Urraca.

Con casi sesenta años, el monarca aragonés seguía peleando incansable a ambos lados de los Pirineos.

Sus dos grandes amigos, Esteban, obispo de Huesca y Gastón de Bearn, señor de Zaragoza cayeron en una escaramuza cerca de Valencia.

La cabeza de Gastón, clavada en una pica, viajó a Granada, donde fue paseada por zocos y calles acompañada de redobles de tambor.

La muerte de sus compañeros de armas fue un duro golpe.

Aquel mismo año, mientras asediaba Bayona, Alfonso redacto su testamento, que fue jurado por todos sus oficiales.

Antes de morir quería culminar su tarea tomando las plazas de Tortosa y Lérida, deseadas también por el Condado de Barcelona.

Para dominar la ribera del Ebro hasta Tortosa utilizó una táctica novedosa. Sus hombres talaron bosques hasta formar una pequeña flota fluvial que partiendo de Zaragoza descendió por el caudaloso río.

Con gran astucia, Alí Ben Yusuf, el emir de los almorávides, negoció un pago de doce mil dinares anuales con el conde de Barcelona.

De esta forma, aseguraba la frontera y se quitaba de en medio a un enemigo.

Este pacto enfureció a Alfonso, que juró solemnemente añadir los territorios a su reino arrebatando el provecho al habilidoso barcelonés.

En el verano de 1133 inició el asedio a Fraga.   

Su carácter se había endurecido con los años.  Cuando los defensores le ofrecieron una rendición pactada, la rechazó.

Hizo traer las reliquias más preciadas de su capilla; y ante lo más granado de sus jefes militares juró e hizo jurar que no se apartarían hasta ocupar la plaza; que ninguno de sus defensores saldría con vida; y que reduciría al cautiverio a sus mujeres e hijos.

Desesperados, los de Fraga pidieron ayuda a todas las ciudades almorávides. Y se formó un ejército de socorro con tropas de Córdoba, Lérida, Valencia y Murcia.

Tras más de un año de asedio las tropas aragonesas se habían relajado y muchos nobles estaban ausentes temporalmente, dispensados por el rey para arreglar los asuntos de sus dominios.

El ataque les pilló desprevenidos y el resultado lo hemos narrado al principio: un desastre sin paliativos del que Alfonso  escapó de milagro.

Hundido moral y físicamente, no aguantó ni un mes.

Realizó sus últimas disposiciones, ratificó su testamento y nombró obispo de Roda a Ramiro, su único hermano.

El 7 de septiembre moría Alfonso I el Batallador tras treinta años de lucha que habían puesto Aragón en el mapa.

Desautorizado su hermano y sin hijos que defendieran lo conseguido, su singular testamento dejó el reino a tres órdenes militares: los Templarios, los Hospitalarios y los caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén.

Este legado abría una profunda crisis en Aragón.

Los nobles no aceptaron esa locura idealista y sin perder tiempo elevaron al trono a Ramiro, el hermano de Alfonso.

Tan rápido que durante un tiempo fue a la vez obispo y rey.  

Aprovechando la confusión los de Navarra abandonaron Aragón eligiendo rey a García Ramírez, superviviente de la Batalla de Fraga que pasó a la historia como «el Restaurador».

Los castellanos se lanzaron a rebañar las fronteras y los almorávides, contraatacaron recuperando algunas zonas conquistadas por Alfonso.

Menudo legado le había caído encima a Ramiro II « el monje».

En el norte de África los almohades seguían reclutado a miles de bereberes y cada día estaban más cerca de la capital.   

Los almorávides no tenían más remedio que seguir traspasando efectivos a Marruecos. Esta retirada de la península dejó las guarniciones en precario. 

A pesar de la debilidad almorávide, Alfonso de León y Castilla, el hijo de Urraca, sabía que no podía someter Al-Ándalus por la fuerza.

Necesitaba un líder musulmán autóctono, un enemigo de los almorávides que pudiese controlar fácilmente.

¿Os acordáis del rey de Zaragoza? ¿Aquel que pactó con el batallador y abandonó la capital al llegar los almorávides?

Su hijo, el último de los Banu Hud, vivía en su señorío de Rueda de Jalón, protegido por el emperador.

Se llamaba Saif al Dawla, Zafadola para los cristianos.

Sus agentes hicieron campaña por toda la península incitando a la rebelión contra los almorávides.

Simultáneamente, en Córdoba y en el Algarbe se postularon otros dos candidatos.

Las sublevaciones se extendieron surgiendo multitud de poderes territoriales; familias locales que ansiaban librarse de los malditos africanos.

Los del Algarve pidieron ayuda a los almohades que, en ese momento, estaban muy entretenidos en Marruecos.

En poco tiempo Al-ándalus se había convertido de nuevo en un avispero.

El gobierno de Balansya y el de Mursya (Valencia y Murcia) estuvieron en las mismas manos durante la etapa almorávide.

Y su suerte siguió pareja durante los tres años de anarquía que siguieron a la sublevación contra los africanos, un periodo caótico en el que se sucedían proclamaciones y derrocamientos.

Cuando el gobernador almorávide se trasladó a Córdoba, los de Valencia entregaron el mando a su cadí Ben Abdelazid, apoyado por el jefe militar Abdalá Ben Mardanix un personaje importante para nuestra futura historia.

Los de Murcia encumbraron a Ben Chafar, un lorquino cuyo gobierno asociado a Córdoba duró menos de un mes.

Zafadola envió a Abdalá el Zegrí, caudillo militar que se hizo dueño de Mursya en su nombre, dejando a Ben Chafar como Cadí.

Solo en Uryula resistían los almorávides. Y el de Lorca reunió un ejército para desalojarlos. 

Se habían fortificado bien. Encerrados en la alcazaba con sus mujeres y niños, estaban dispuestos a vender caras sus vidas.

No fue necesario. Tras un corto asedio pactaron una rendición ventajosa que no se cumplió.

Los almorávides fueron traicionados y murieron acuchillados arrebatándoles sus bienes y sus mujeres.

Dueño de Uryula, Ben Chafar rgresó a Mursya, depuso al Zegrí y se hizo reconocer como emir bajo la autoridad de Zafadola.

Luego intentó continuar su campaña anti almorávide en Játiva, pero se topó con el valenciano, quien rápidamente consiguió extender sus dominios hasta Alicante.

Fracasado el intento acudió a Granada en socorro de Zafadola con un nutrido ejército. Y perdió la vida en una emboscada que propició una humillante derrota.

Cuando llegó la noticia de su muerte, los de Mursya entregaron el mando a Muhamad Banu Tahir, miembro de la vieja y prestigiosa familia que ya había reinado en Murcia durante las primeras taifas, un hombre culto, erudito y aficionado a la poesía.

Su poder se limitó a la capital y duró poco más de un mes. 

El Gobernador de Uryula, lugarteniente del fallecido Ben Chafar, pidió ayuda a Ben Abdelazid, el líder valenciano.

Este se instaló en Medina Uryula y fue acogiendo a todos los opositores hasta organizar un ejército que se presentó en Mursya y la tomó sin lucha en nombre de Zafadola.

Ben Tahir recogió sus cosas, dejó la alcazaba y volvió a casa, donde lo dejaron vivir en paz.

Zafadola era rey de Balansya y Mursya; haciendo su entrada triunfal en la capital y visitando Madina Uryula, donde fue agasajado durante varios días.

De lo que aconteció con Ramiro II el Monje y con el rey moro Zafadola, hablaremos en la próxima entrega.

Programa 18.
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Tud Or Cap. 15/16. Aragón.

De Tudmir a Oriola XV.

Cuenta la leyenda que en el llano de Alcoraz, San Jorge bajó del cielo a lomos de su caballo portando una cruz de color rojo para motivar a los de Aragón en su lucha contra los sarracenos.

Pocos días después de aquella tremenda batalla campal contra las huestes del rey de Zaragoza, los aragoneses entraron en Huesca tras meses de asedio.

Y mandó el rey don Pedro labrar una iglesia en honra del gran mártir y en memoria de aquella gloriosa victoria.

La devoción que tenían a Santiago en el Oeste fue creciendo hacia San Jorge en el Este.

Y con el paso del tiempo lo adoptaron como patrón, como abogado al que rezar en sus batallas.

Aquella legendaria cruz permanece hoy día en el escudo de Aragón, rodeada de cuatro cabezas de moro.

Pedro I de Aragón y Pamplona nació entre los años 1068 y 1069. 

Primogénito de Sancho Ramírez, fue el único hijo de su matrimonio con Isabel de Urgel.

Siendo aún quinceañero lo nombraron régulo; compartiendo con su padre las tareas de gobierno y sus campañas militares.

Protegiendo la frontera con Lérida adquirió gran destreza militar y con poco más de veinte años Sancho creó para él el reino de Monzón.

Casó en Jaca, con Inés de Aquitania, de la que nacieron los infantes Pedro e Isabel.  

Ignorando la costumbre de Pamplona, al morir su padre en el sitio de Huesca, recibió la herencia completa: rey de Aragón y de Pamplona en el año 1094.

Con la obstinación de sus predecesores, sin prisa pero sin pausa, siguió conquistando plazas fuertes con sus ejércitos reforzados por caballeros francos y normandos.

No hubo año que no aumentase sus territorios. Dos tardó en cumplir la promesa hecha a su padre ante los muros de Huesca.

Pero antes tuvo que derrotar a los musulmanes en la batalla de Alcoraz, la que hemos mencionado al principio. Y quedó escrito:

«Así, vencido el rey moro de Zaragoza junto con sus numerosos sarracenos y una multitud de falsos cristianos, muertos unos cuarenta mil de ellos, conquistamos la ínclita y famosísima ciudad de Huesca en el año del Señor de 1096».  

El número de muertos es una exageración propia de la época. Aún así, aquella fue una batalla decisiva que permitió por fin tomar Huesca.

La mención a falsos cristianos se refiere a los castellanos, aliados de Zaragoza que pagaba parias por su defensa.

La relación de Castilla con Aragón era complicada: enemigos frente a Zaragoza y aliados contra los almorávides.

Cumplido su primer objetivo recibió una petición de ayuda del Campeador.

Recordemos que Rodrigo era aliado de su padre desde que fue desterrado de Castilla. Los enemigos de mis enemigos, son mis amigos.

Pedro marchó hacia Valencia acompañado de su hermanastro Alfonso y una numerosa hueste que unida a las tropas del Cid derrotaron a los almorávides.

En estas correrías junto al Campeador, con él que quedó ligado al casar al infante con su hija María, aprovechó para hacerse con el dominio de toda la actual provincia de Castellón, cumpliendo otro de sus empeños: llegar al mar.

Estas posesiones aragonesas se perdieron en 1103, cuando muerto el Cid, los almorávides se apoderaron de Valencia.

Muerto el infante Pedro Pérez sin alcanzar el trono María Rodríguez se casó con el Conde de Barcelona.

En el 1099 Pedro inició el cerco de Barbastro.

Aquella fortaleza conquistada por los cruzados en tiempos de su padre y recuperada por Zaragoza, era un bastión estratégico, famoso por sus defensas y alimentada por sus ricas huertas.

Tomada tras meses de asedio, ese mismo año Jerusalén caía en manos de los cruzados. Y todo caballero cristiano soñaba con participar en esas gestas.  

Pedro había heredado la religiosidad y el espíritu cruzado de sus antecesores. Como no podía viajar a Tierra Santa montó su propia cruzada contra Zaragoza.

Para preparar el asedio a la plaza más importante de la marca norte, creó una posición militar a la que llamó «Deus lo vol», el grito de guerra de los cruzados que significaba «Dios lo quiere».

Hoy en día es un municipio situado a cinco kilómetros de Zaragoza llamado Juslibol.

Pedro falleció en el 1104, durante un viaje por el valle de Arán, con poco más de treinta y cinco años.

Sus hijos habían muerto poco antes.  Solo estuvo diez en el trono pero dejó Aragón situado a un paso de Zaragoza y de las ricas tierras del valle del Ebro.

Pocos reyes han hecho tanto honor al sobrenombre que le asignó la tradición como nuestro siguiente personaje.

Con él enlazaremos en el punto donde dejamos nuestra narración cronológica hace ya varios programas, la época de los almorávides.

Para narrar sus hazañas necesitaremos más de una entrega. 

El que pasó a la historia como Alfonso el Batallador nació en el año 1073 del segundo matrimonio del rey Sancho Ramírez con Felicia de Roucy, dama relacionada familiarmente con toda la nobleza franca desde los Pirineos a París.

Como segundón de la segunda rama, su acceso al trono era improbable. Su destino fue formarse en letras y en artes militares para convertirse en señor feudal.

Educado en un monasterio bajo la tutela de los agustinos, creció influenciado por la religión, el espíritu cruzado de los caballeros francos y el propio ambiente de cruzada que se respiraba en Aragón.

Esta educación marcó su vida con un solo propósito: la guerra contra el infiel para ampliar su reino sirviendo a la cristiandad en la lucha sin cuartel contra los almorávides. 

Su sueño, al igual que el de su predecesor, era liberar las tierras de sarracenos hasta llegar a la costa, preparando el viaje a Jerusalén por mar, para participar en las Cruzadas. 

Alfonso Sánchez, varón dotado de gran valor y animosidad, no estaba destinado a ser rey.

Por ironías del destino llegó a ser titular de tres reinos: los de Navarra y Aragón por natura; y el de Castilla por matrimonio.

Es más, llegó a tomar el título de emperador que ostentaba su suegro.

De haber tenido descendencia se habrían unido bajo la misma persona los reinos de Castilla, Aragón y Pamplona cuatro siglos antes de los Reyes católicos.

Alfonso fue quien sacó de una vez su reino de los Pirineos, configurando el Aragón histórico, culminando así la tarea de sus predecesores al conquistar la tierra llana regada por el Ebro que tanto necesitaban para desarrollar la agricultura.

En pocos años arrebató a los musulmanes más de veinticinco mil kilómetros cuadrados de terreno.

Para llegar al trono, tuvo que morir su hermano mayor, su hermanastro y su sobrino.

Tan alejado estaba de la línea sucesoria que a los treinta años no se había casado.

Se ha especulado mucho con su odio hacia las mujeres, incluso se le ha tildado de homosexual sin fundamento.

Seguramente por estas palabras que le dedicó un cronista árabe:

«Ningún rey cristiano tuvo más valor, ni más energía para combatir a los musulmanes. Dormía con su coraza puesta y sin colchón. Cuando una vez le preguntaron por qué no se acostaba con las hijas de los jefes musulmanes vencidos, respondió: un verdadero soldado debe vivir entre hombres, no con mujeres».

Monumento Alfonso I el Batallador. Cabezo de Buena Vista. Zaragoza.

Anécdotas aparte, experiencia para la corona no le faltaba. Su padre lo había involucrado en tareas militares y de gobierno desde la adolescencia.

Y su hermanastro contó con él en sus campañas bélicas, participando en la toma de Huesca y en la expedición de ayuda al Cid, donde aprendió a luchar contra los Almorávides.

Contactos internacionales tampoco le faltaban, al estar emparentado con la nobleza del otro lado de los Pirineos a través de la familia de su madre.

Todo esto hizo de Alfonso un gobernante y un caudillo militar experimentado desde el principio de su reinado. 

Su ascenso al trono supuso la continuación de las políticas expansionistas de sus predecesores.

En Aragón, cada monarca asumía lo hecho por el anterior y arrancaba desde allí marchando siempre a la cabeza; muriendo en el empeño si era necesario.

Y junto al rey marchaban la nobleza y el clero.

Los obispos aragoneses participaban en las campañas; bien con apoyo económico o directamente con su presencia encabezando una mesnada.

Dando sentido de cruzada a sus empresas militares, Alfonso contó también con la ayuda de numerosos nobles del otro lado de los Pirineos, la mayoría parientes o vasallos suyos.

Si unimos a todo esto la debilidad militar de los almorávides en el Valle del Ebro, muy alejados de sus bases en Córdoba, todo estaba a favor de Alfonso.

Y lo aprovechó, vaya si lo aprovecho, como veremos en la próxima entrega.

Programa 15.
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De Tudmir a Oriola XVI.

Por fin había llegado el momento de asestar el golpe decisivo.

Alfonso envió mensajeros a la tierra de los francos convocando a todas las naciones cristianas para ayudarle en su empresa.

Y las gentes de estos países, contestando a su llamada, se congregaron bajo su estandarte como enjambres de langostas y hormigas.

Pronto se encontró a la cabeza de innumerables fuerzas con las que acampó ante Zaragoza, que fue sometida tras largos meses de asedio en diciembre de 1118.  

Y en el decimoquinto día de las calendas de julio de 1120, el conde Guillermo de Potiers, el duque de los aquitanos y el rey de Aragón, lucharon con Ibrahim y otros cuatro reyes de las Españas en el campo de Cutanda.

Vencieron completamente, matando a 15.000 mahometanos y haciendo numerosos prisioneros. 

Se apoderaron de dos mil camellos, de otras bestias sin número y sometieron muchos castillos.

Alfonso el Batallador alcanzó el trono en plena ofensiva almorávide.

El destino le había entregado la corona para continuar la tarea de sus predecesores.

El siguiente objetivo era muy ambicioso: nada menos que Zaragoza, la Cesar Augusta con su muralla romana, la cabeza del valle del Ebro.

Después de Córdoba sólo Toledo podía rivalizar con la capital de la marca superior.

Sin dudarlo un segundo comenzó a conquistar importantes plazas y consolidó fortalezas para preparar la campaña.

Pero un contratiempo cambió radicalmente sus planes.

Muerto Yusuf, el emir de los Almorávides, su hijo Alí propinó un duro golpe a los castellanos, en 1108, derrotándolos en Uclés.

En aquella batalla Alfonso VI de León y Castilla perdió a su hijo Sancho, aún adolescente, su único heredero varón.

Había nacido de su relación con la mora Zaida. Ahora, su hija Urraca, viuda y con un hijo de tres años, era la heredera de su extenso reino.

Proclamada en Toledo poco antes de morir su padre, la obligó a casarse con el Batallador.

Sólo él tenía suficiente autoridad para evitar las disputas entre leoneses y castellanos.

Y capacidad militar para protegerlos de la amenaza almorávide.

El matrimonio tuvo lugar en 1109. Y aquella maldita y descomulgada boda que, como ya dijimos podría haber anticipado la unidad peninsular en varios siglos, tuvo el efecto contrario: provocó un conflicto en los territorios castellano leoneses que duró casi dos décadas.

De fuerte carácter, Alfonso quiso controlar los reinos de su esposa a su manera: en lo militar, en lo religioso y en lo diplomático; proclamándose emperador de Hispania.

Pero la nobleza, sobre todo la gallega, no estaba dispuesta a perder sus privilegios y se aferraron a los derechos del hijo de Urraca, Alfonso Raimúndez, todavía muy niño.

La rebelión estalló en Galicia y el Batallador derrotó fácilmente a los sublevados.

Poco a poco se fue extendiendo hasta convertirse en una auténtica guerra civil a la que  respondió con extrema dureza.

Alfonso no dudó en someter las ciudades levantiscas a hierro y fuego.

El avance de Aragón se detuvo. El Batallador, olvidando a los musulmanes, se dedicó a pelear encarnizadamente contra sus nuevos súbditos.

Alfonso I El Batallador. Francisco Pradilla Ortiz. / Urraca I de León. Carlos Múgica Pérez.

Su matrimonio fue tortuoso. Educado para la guerra, misógino y violento, mantuvo una relación muy difícil con Urraca, apodada «la temeraria».

La Historia Compostelana puso en boca de la primera reina de Castilla:

«Cuáles y cuántas deshonras, dolores y tormentos padecí mientras estuve con él.

El cruel, fantástico y tirano rey de Aragón, no solo me deshonraba continuamente con torpes palabras.

Muchas veces mi rostro fue manchado con sus sucias manos y fui golpeada con su pie».

Mientras tanto, Almustain, rey de Zaragoza, aprovechó los problemas internos del batallador para marcarse un tanto ante los almorávides, que le acusaban de traidor por sus alianzas con los cristianos.

En el 1110 encabezó personalmente una campaña para invadir el reino de Pamplona y consiguió rendir la plaza de Olite.

Pero a su regreso fue interceptado por tropas aragonesas y cayó muerto en Valtierra.

En la confusión que produjo su muerte, el rey Alfonso ocupó varias plazas. Este hecho determinó la intervención almorávide.

Zaragoza, ante la amenaza aragonesa, abrió las puertas a los africanos que entraron jaleados por buena parte de la población y tomaron el control de la taifa.

Abd el Malik, el hijo y heredero, huyó con sus fieles.

La marea almorávide amenazaba toda la línea del Ebro mientras los cristianos seguían perdiendo el tiempo en disputas internas.

Aquella guerra civil, repleta de traiciones y cambios de bando, se fue enquistando.

Los opositores a Alfonso se sacaron de la manga el argumento de la consanguinidad, a pesar de que el parentesco era muy remoto: ambos eran biznietos de Sancho el Mayor.

Pero triunfó. Sin descendientes el matrimonio fue declarado nulo.

En 1114 se produjo la separación canónica y el rey aragonés volvió a las tareas de conquista y repoblación sin ceder el control de extensas zonas de Castilla que le eran favorables.

Su objetivo volvía a ser Zaragoza. Pero ahora estaba en manos de los almorávides y no iba a ser empresa fácil.

El empuje necesario llegó gracias a un concilio celebrado en Toulouse que concedió beneficios de cruzada a cuantos acudiesen a conquistar la capital musulmana.

Como hemos contado al principio, un numeroso ejército se concentró para la campaña cerca de Zaragoza.

Aragón contaba en sus filas con gran número de caballeros cristianos del otro lado de los Pirineos, entre ellos Gastón de Bearne, viejo amigo de Alfonso que había destacado en la primera cruzada de Jerusalén por su experiencia en máquinas de asedio.

Gastón, afincado en Aragón, lideró a los caballeros francos aportando catapultas y torres móviles.

A finales de mayo los cruzados estaban a las puertas de la ciudad y comenzó el largo y prolongado asedio que duró hasta diciembre.

Una vez rendida, el batallador permitió a los moros instalarse en los arrabales y seguir cultivando sus tierras.

Luego desmanteló la región tomando las ciudades y fortalezas que estaban en poder de los almorávides.

La toma de Zaragoza supuso la sumisión de prácticamente todo su reino taifa.

Los almorávides habían subestimado a Alfonso.

Cuando llegaron las noticias a Marruecos, el emir Ali Ben Yusuf proclamó la Guerra Santa y encargó a su hermano Ibrahim que organizase un ejército capaz de detener a los cruzados.

Junto él se reunieron las tropas de Murcia, Granada, Valencia, Lérida; y miles de voluntarios al reclamo de la Yihad.

Enterado el Batallador, lejos de rehuir el combate, levantó el asedio que mantenía sobre Calatayud y salió a su encuentro acompañado por el conde de Poitiers, el duque de Aquitania y multitud de caballeros francos y normandos.

En los alrededores de Cutanda aguardaron la llegada del grueso de las fuerzas almorávides y cayeron sobre ellos, aniquilando el contingente musulmán.

No llegarían a quince mil, como escribió la crónica franca que he leído al principio, pero fue una carnicería con miles de muertos que dejó para la historia una expresión popular en Aragón: peor fue la de Cutanda.

Aprovechando la debacle musulmana, Alfonso entró en Calatayud y se apoderó de un sinfín de plazas.

Su siguiente objetivo era Lérida; pero una curiosa carta recibida, dio lugar a una increíble aventura que le hizo llegar hasta los muros de Uryula y amenazar nada menos que Granada.

Pero eso, lo contaremos en el próximo episodio.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 16.

Programa 16.
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Tud Or Cap. 13/14. Aragón.

De Tudmir a Oriola XIII

Dice una crónica del siglo XIII: «No pienso que galera, bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón.

Tampoco que pez alguno pueda surcar agua marina sin llevar en su cola el escudo con sus barras».

Esas legendarias barras son las que pueblan nuestras iglesias y monumentos como recuerdo de una época en la que fuimos el último baluarte de Aragón, un humilde condado habitado por pastores que consiguió liderar un reino.

Y con el natural empecinamiento de sus gentes, ese reino fue bajando hacia el sur como una flecha; cuya punta, tras desgajarse del reino de Murcia, fue nuestra ciudad: Oriola.

En los últimos episodios han ido apareciendo nuevos personajes: Pedro I, Alfonso el Batallador, los condes de Barcelona…. 

Quiero recordar que esta serie de programas son un homenaje al 750 aniversario de la llegada de Jaume I al reino de Murcia.

Y no podríamos entender al personaje y sus circunstancias sin conocer la historia de Aragón.

Hasta ahora habíamos centrado nuestro relato en el sureste peninsular; la vieja Cora de Tudmir y los territorios cercanos, Murcia, Denia, Jaén, Valencia.

Pero mientras Uryula pasaba de taifa en taifa, en el Pirineo nacía un reino emancipado del dominio pamplonés.  

Antes de terminar con los almorávides y pasar a los almohades, vamos a interrumpir la narración cronológica, para hacer una especie de flash-back, comentando muy de pasada como se formó la Corona de Aragón, de la que fuimos frontera y baluarte.

Volvemos pues a la decisiva batalla de Poitiers, donde comenzamos este relato hace ya doce programas.

Carlos Martel. Batalla de Poitiers. Año 732. Charles de Steuben.

En el año 732 la fulminante invasión musulmana fue detenida cerca de París por Carlos Martel, el caudillo militar abuelo de Carlomagno.

Tras aquella trascendental victoria los francos emplearon casi medio siglo en expulsar a los invasores al otro lado de los Pirineos.

Pero eso no impedía las frecuentes incursiones de saqueo.  

Para asegurar la frontera sur, los francos debían penetrar en la Hispania musulmana. Y dicen que la ocasión la pintan calva.

En el año 777 el gobernador musulmán de Zaragoza encabezó una embajada que se presentó ante Carlomagno con una tentadora oferta: la marca superior de Al-Andalus, en plena revuelta contra el primer Abderramán, se ponía bajo su obediencia a cambio de protección.

El rey de los francos no se lo pensó dos veces. La dimensión del ejército que movilizó demuestra que su objetivo era algo más que un simple apoyo a los sublevados, una conquista en toda regla.

Al llegar la primavera, acompañado de sus mejores caballeros y de miles de soldados, atravesó los Pirineos.

A su paso por Pamplona recibió la sumisión de los vascones. Desde allí, solo tenían que seguir la antigua vía romana que unía Pamplona con Zaragoza.  

Las mesnadas francas pensaban realizar una fácil campaña con ayuda de sus nuevos aliados. Pero en Zaragoza les cerraron las puertas y optaron por sitiar la ciudad.

Cuando el cerco se fue alargando Carlomagno, resignado y con asuntos pendientes en su reino, ordenó la retirada.

Ya de vuelta los francos asolaron cuanto encontraron a su paso y destruyeron las murallas de Pamplona.

En un desfiladero de Roncesvalles la retaguardia de su ejército fue atacada de forma sorpresiva por vascones emboscados en las montañas.  

Fue seguramente en represalia por los estragos que un ejército de esas dimensiones dejó a su paso.  

Algunos historiadores dicen que fue cosa de los moros; otros que de moros y vascones; y que no fue en Roncesvalles…  

Lo cierto es que en aquel combate murieron destacados nobles francos, el más famoso: el duque Roldán, lugarteniente y sobrino del rey.  

Esta derrota supuso un duro golpe para Carlomagno quedando para siempre en el recuerdo gracias al cantar de Roldan, el poema más importante de la épica medieval francesa.

Tras aquella dolorosa experiencia los francos cambiaron de estrategia.

Durante más de veinte años fueron avanzando palmo a palmo, siguiendo el litoral mediterráneo a través de las calzadas romanas; arrebatando pedazos de terreno a los musulmanes y organizándolos políticamente en condados, como el resto del imperio carolingio.

Estos núcleos quedaban a cargo de un conde o jefe militar nombrado y controlado por los francos.

Así se fueron formando: Gerona, Osona, Urgel, Pallars…

La última gran conquista hacia el sur fue Barcelona en el 801. 

Luego avanzaron hacia el oeste y así nacieron, Sobrarbe, Ribagorza y Aragón.

Para completar la marca o cordón defensivo solo les faltaba Pamplona. Pero los vascones eran duros de roer.

Los moros decían de ellos que eran masas desharrapadas e incivilizadas que atacaban en manadas, como bestias de carga.   

Sublevados constantemente, los vascones nunca llegaron a estar completamente sometidos.

El primer Abderramán logró conquistar Pamplona.

Hasta que en el 799 los vascones mataron al gobernador musulmán y se colocaron bajo la protección de Carlomagno.

Así, a comienzos del siglo IX, los francos controlaban toda la frontera al otro lado de los Pirineos.

Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y todos los futuros condados catalanes eran gobernados por condes francos o impuestos por los francos.

El primer conde de Aragón se cita indistintamente como Oriol o Aureolo, nombres, curiosamente muy parecidos a los de nuestra ciudad.

Aurariola para los godos. Oriola para los aragoneses.

En el 812 los francos sometieron a la levantisca Pamplona. Doce años después enviaron una nueva expedición con el mismo propósito.

Esa vez fueron derrotados por un conde llamado Iñigo Arista, que fue proclamado rey naciendo así el reino de Pamplona.

Tras esta derrota se desató una sublevación general contra los francos en los condados de la marca hispánica.  

A diferencia del resultado en los territorios del oeste, los condados catalanes fueron duramente reprimidos, sustituyendo a todos los condes autóctonos por caballeros puramente francos.

Aragón sí consiguió una relativa independencia, pero carecía de infraestructura para sobrevivir por sí solo y pronto pasó a la órbita de Pamplona, reino al que quedó anexionado definitivamente en el 929, gracias al matrimonio de Sancho I con la condesa de Aragón.

Tras el periodo de terror protagonizado por Almanzor llegó al trono Sancho III, apodado «el mayor».

Coincidiendo con la descomposición del califato el tercer Sancho se convirtió en el rey cristiano más poderoso de la toda la península, acuñando moneda con el título de Imperator.  

Pero de acuerdo con el derecho pamplonés, a su muerte dividió sus posesiones.

Dejó el reino de Pamplona a García, su hijo primogénito. El condado de Castilla a Fernando. Gonzalo recibió Sobrarbe y Ribagorza.

Por último Ramiro, hijo natural, recibió el condado de Aragón.

Cada hermano comenzó a actuar como régulo, es decir como hijo de rey.

Los dos reinos que se crearon a partir de esta herencia, Castilla y Aragón, con el paso de los siglos se unieron para conquistar medio mundo.  

Es muy posible que, de no haberse producido esta división, la historia de España habría cambiado completamente.

En el 1045 Gonzalo falleció asesinado y Ramiro se anexionó Sobrarbe y Ribagorza fundiendo los tres territorios en el nuevo reino de Aragón.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 13.

Programa 13.
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De Tudmir a Oriola XIV.

Aquel moro al que llamaban Sádaba, vecino de la frontera, vestía al modo de los cristianos y hablaba muy bien su lengua.

Fue así como pudo infiltrase en sus ejércitos y acercarse a Ramiro, quien forrado de hierro de pies a cabeza y con la visera bajada, apenas dejaba ver sus ojos. 

Pero el traidor buscó la ocasión propicia y cuando estaba junto al rey, se arrojó contra él hincándole su lanza en un ojo.

Ramiro, hijo de Sancho, cayó de bruces a tierra y el asesino gritó en lengua romance: ¡el Rey ha muerto, el Rey ha muerto! 

Y las tropas de Aragón se dispersaron. 

Cuenta la tradición que así murió Ramiro, considerado el primer rey de Aragón.

Primogénito de Sancho el Mayor nació en fecha desconocida entre los años 1006 y 1013.

Hombre ambicioso quedó apartado de la sucesión a la corona por su condición de hijo natural.

En aquella polémica herencia que deshizo el reino de Pamplona tuvo que conformarse con el condado de Aragón, un conjunto de estrechos valles en el Pirineo, aislados y sin zonas de cultivo.

Desde el primer momento tuvo claro que solo tenía dos opciones: conquistar o ser conquistado.

Necesitaba expandirse hacia el sur, llegar a la tierra llana y fértil que dominaba la poderosa taifa de Zaragoza, pero la empresa no era sencilla.

Primero buscó esposa: y está fue Ermesinda, hija del conde franco Bernardo Roger, iniciando así la costumbre de establecer alianzas familiares entre el reino aragonés y los condados del otro lado de los Pirineos.

De este matrimonio nació su sucesor Sancho Ramírez en el 1043.

Ramiro nunca se tituló así mismo como rey, pero así fue considerado por sus vasallos, recibiendo la fidelidad de los nobles.

Tras estructurar y repoblar su territorio, reafirmó la figura del obispo de Aragón otorgándole un monasterio y cuantiosas riquezas que le hicieron ganar el favor de una iglesia que comenzó a titularlo como «cristianísimo rey Ramiro».

Una vez organizados sus dominios debía decidir a quien se enfrentaba para expandir su reino: a los moros o a su propio hermanastro.

Y escogió la segunda opción.

En el año 1043 Ramiro atacó a García, rey de Pamplona.

Para ello se alió con los musulmanes de Zaragoza y de Lérida.  

Aunque acabó completamente derrotado, perdiendo hasta el caballo en la batalla de Tafalla, en los pactos firmados con Pamplona obtuvo un conjunto de fortalezas fronterizas con Huesca.

Dos años después, muerto su hermanastro Gonzalo, se anexionó los condados de Sobrarbe y Ribagorza, apropiación permitida por su hermanastro García, quien prefería tenerlo como aliado en las luchas que sostenía con su otro hermano, convertido ahora en rey de León.

Esto necesita una pequeña explicación: García rey de Pamplona, había ayudado a su hermano Fernando, heredero de Castilla, en su lucha contra Bermudo de León, su cuñado.

Juntos derrotaron al monarca leones que murió en la batalla de Tamarón.

Años después, los hermanos se enfrentaron por el condado de Castilla; y el rey de Pamplona murió en la batalla de Atapuerca.  

Así, con las muertes de su cuñado y de su hermano, Fernando I de León y de Castilla, pasó a ser el monarca más poderoso de la península, sometiendo Zaragoza a su protectorado a cambio de generosas parias.  

Por su parte Ramiro, que había multiplicado el territorio de Aragón, frenó el empuje del Conde Ramón Berenguer de Barcelona con un doble matrimonio con el Condado de Urgell: el de su hija Sancha con el conde Ermengol III; y el de su primogénito Sancho con Isabel, la hija del citado conde.  

De este modo el Condado de Urgell y el Reino de Aragón establecieron una sólida alianza que permitió a Ramiro la toma de varias fortalezas musulmanas.

Envalentonado por sus éxitos planifico el asedio de Graus, un bastión situado en la confluencia de dos ríos.  

Para la defensa de esta importante plaza acudió el propio rey moro de Zaragoza al frente de un ejército reforzado por contingentes de tropas castellanas a las que pagaba por su defensa.

Formando parte de aquella mesnada, luchó un desconocido y adolescente caballero llamado Rodrigo Díaz de Vivar. 

Y en el año 1063 Ramiro murió en esta empresa, fruto de la traición que hemos narrado al comienzo de esta entrega.

La muerte del Ramiro paralizó temporalmente el avance de los aragoneses.

Su hijo y sucesor, Sancho Ramírez, apoyado por su suegro Ermengol III de Urgel, continuó con el proyecto emprendido por su padre.

Sancho era consciente de que el apoyo castellano obstaculizaba su expansión hacia el valle del Ebro.

Sin fuerzas para doblegar militarmente a Castilla tuvo una gran idea: acudió al Papa para que condenase la ayuda cristiana a los musulmanes.

En 1063 el pontífice Alejandro II llamó a los europeos a la que pasó a la Historia como primera cruzada, anterior a las de Oriente: la cruzada de Aragón.

Amparados en la bula y neutralizados los castellanos el ejército aragonés, reforzado por caballeros aquitanos, normandos, borgoñones y los catalanes del conde Ermengol, tomaron la inexpugnable fortaleza de Barbastro.

Aquellos cruzados solo la aguantaron un año, volviendo a poder de Zaragoza de la misma forma.

El rey de Zaragoza invocó la yihad o guerra Santa.

Mientras, el astuto Sancho abandonó Barbastro y, en el revuelo, se apropió de la fortaleza de Alquezar, plaza clave para posteriores conquistas.

Muerto Fernando I dos años después, comenzó la guerra de los tres Sanchos: Sancho I de Aragón y Sancho IV de Navarra se enfrentaron a Sancho II de Castilla.

En esta breve campaña que terminó sin claro vencedor estallaron todas las tensiones acumuladas en la complicada herencia de Sancho el mayor, abuelo paterno de los tres contendientes.

El rey de Aragón siguió cimentando su autoridad moral y política declarándose vasallo del Papa y soldado de San Pedro.

Viajó a Roma y a su regreso suprimió los ritos mozárabes, aplicando la reforma gregoriana y los usos romanos; asumiendo además un pago anual de 500 mancusos de oro al sumo pontífice.

Se casó dos veces y fue padre de tres reyes.

La primera con Isabel de Urgel que murió al dar a luz al infante Pedro.

La segunda con Felicia, biznieta del rey de Francia, de la que nacieron Fernando, Alfonso y Ramiro. Esta dama fue la encargada de modernizar el reino con los usos y costumbres europeas.

En el 1076 su primo Sancho Garcés, rey de Pamplona, fue asesinado y Sancho Ramírez accedió al trono navarro reducido ahora al antiguo condado.

Como rey de Aragón y Pamplona necesitaba una corte digna. Y escogió la ciudad más importante del condado de Aragón: Jaca.

Jaca sería su capital, bien comunicada con los Pirineos y en pleno camino de Santiago.

Para potenciarla estimuló la instalación de artesanos francos, aplicando exenciones fiscales para ellos y para los peregrinos que, pasando por Jaca y Pamplona, propiciaron el comercio en su reino.

Fortalecido política, económica y culturalmente, Sancho continuó sus conquistas, tomando las fortalezas de Graus y Monzón, que le abrieron el camino hacia Lérida y Tortosa.

En su avance hacia el Mediterráneo se topó de nuevo con el Cid. Enemigo hasta que la amenaza almorávide y su destierro de Castilla unió a estos antiguos adversarios.

Con su nuevo aliado, Sancho llegó hasta la actual provincia de Tarragona.

El objetivo siguiente fue Huesca, con tres lienzos de muralla y más de ochenta torres.

Haciendo honor a su padre murió durante el asedio, en junio del 1094, a la cabeza de sus tropas.

Sancho Ramírez revisaba la muralla de Huesca calculando por donde podía penetrarla cuando vio flaco un lugar en el muro. Y subido en su caballo señaló con el índice de la mano diestra diciendo: por aquí se puede entrar.

La manga de su loriga se abrió lo justo para que un moro ballestero, que estaba muy atento a sus movimientos, le hiriese en el costado con una saeta.

Sancho no dijo nada. Se fue a por la hueste e hizo jurar a su hijo Pedro por rey.

Una vez jurado le hizo prometer que no levantaría el sitio hasta que no tuviese Huesca en su mano.

Animando a sus desoladas tropas se hizo sacar la saeta y allí mismo murió. 

De su hijo, Pedro I, hablaremos en la próxima entrega.

Programa 14.
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