Tud Or Cap. 15/16. Aragón.

De Tudmir a Oriola XV.

Cuenta la leyenda que en el llano de Alcoraz, San Jorge bajó del cielo a lomos de su caballo portando una cruz de color rojo para motivar a los de Aragón en su lucha contra los sarracenos.

Pocos días después de aquella tremenda batalla campal contra las huestes del rey de Zaragoza, los aragoneses entraron en Huesca tras meses de asedio.

Y mandó el rey don Pedro labrar una iglesia en honra del gran mártir y en memoria de aquella gloriosa victoria.

La devoción que tenían a Santiago en el Oeste fue creciendo hacia San Jorge en el Este.

Y con el paso del tiempo lo adoptaron como patrón, como abogado al que rezar en sus batallas.

Aquella legendaria cruz permanece hoy día en el escudo de Aragón, rodeada de cuatro cabezas de moro.

Pedro I de Aragón y Pamplona nació entre los años 1068 y 1069. 

Primogénito de Sancho Ramírez, fue el único hijo de su matrimonio con Isabel de Urgel.

Siendo aún quinceañero lo nombraron régulo; compartiendo con su padre las tareas de gobierno y sus campañas militares.

Protegiendo la frontera con Lérida adquirió gran destreza militar y con poco más de veinte años Sancho creó para él el reino de Monzón.

Casó en Jaca, con Inés de Aquitania, de la que nacieron los infantes Pedro e Isabel.  

Ignorando la costumbre de Pamplona, al morir su padre en el sitio de Huesca, recibió la herencia completa: rey de Aragón y de Pamplona en el año 1094.

Con la obstinación de sus predecesores, sin prisa pero sin pausa, siguió conquistando plazas fuertes con sus ejércitos reforzados por caballeros francos y normandos.

No hubo año que no aumentase sus territorios. Dos tardó en cumplir la promesa hecha a su padre ante los muros de Huesca.

Pero antes tuvo que derrotar a los musulmanes en la batalla de Alcoraz, la que hemos mencionado al principio. Y quedó escrito:

«Así, vencido el rey moro de Zaragoza junto con sus numerosos sarracenos y una multitud de falsos cristianos, muertos unos cuarenta mil de ellos, conquistamos la ínclita y famosísima ciudad de Huesca en el año del Señor de 1096».  

El número de muertos es una exageración propia de la época. Aún así, aquella fue una batalla decisiva que permitió por fin tomar Huesca.

La mención a falsos cristianos se refiere a los castellanos, aliados de Zaragoza que pagaba parias por su defensa.

La relación de Castilla con Aragón era complicada: enemigos frente a Zaragoza y aliados contra los almorávides.

Cumplido su primer objetivo recibió una petición de ayuda del Campeador.

Recordemos que Rodrigo era aliado de su padre desde que fue desterrado de Castilla. Los enemigos de mis enemigos, son mis amigos.

Pedro marchó hacia Valencia acompañado de su hermanastro Alfonso y una numerosa hueste que unida a las tropas del Cid derrotaron a los almorávides.

En estas correrías junto al Campeador, con él que quedó ligado al casar al infante con su hija María, aprovechó para hacerse con el dominio de toda la actual provincia de Castellón, cumpliendo otro de sus empeños: llegar al mar.

Estas posesiones aragonesas se perdieron en 1103, cuando muerto el Cid, los almorávides se apoderaron de Valencia.

Muerto el infante Pedro Pérez sin alcanzar el trono María Rodríguez se casó con el Conde de Barcelona.

En el 1099 Pedro inició el cerco de Barbastro.

Aquella fortaleza conquistada por los cruzados en tiempos de su padre y recuperada por Zaragoza, era un bastión estratégico, famoso por sus defensas y alimentada por sus ricas huertas.

Tomada tras meses de asedio, ese mismo año Jerusalén caía en manos de los cruzados. Y todo caballero cristiano soñaba con participar en esas gestas.  

Pedro había heredado la religiosidad y el espíritu cruzado de sus antecesores. Como no podía viajar a Tierra Santa montó su propia cruzada contra Zaragoza.

Para preparar el asedio a la plaza más importante de la marca norte, creó una posición militar a la que llamó «Deus lo vol», el grito de guerra de los cruzados que significaba «Dios lo quiere».

Hoy en día es un municipio situado a cinco kilómetros de Zaragoza llamado Juslibol.

Pedro falleció en el 1104, durante un viaje por el valle de Arán, con poco más de treinta y cinco años.

Sus hijos habían muerto poco antes.  Solo estuvo diez en el trono pero dejó Aragón situado a un paso de Zaragoza y de las ricas tierras del valle del Ebro.

Pocos reyes han hecho tanto honor al sobrenombre que le asignó la tradición como nuestro siguiente personaje.

Con él enlazaremos en el punto donde dejamos nuestra narración cronológica hace ya varios programas, la época de los almorávides.

Para narrar sus hazañas necesitaremos más de una entrega. 

El que pasó a la historia como Alfonso el Batallador nació en el año 1073 del segundo matrimonio del rey Sancho Ramírez con Felicia de Roucy, dama relacionada familiarmente con toda la nobleza franca desde los Pirineos a París.

Como segundón de la segunda rama, su acceso al trono era improbable. Su destino fue formarse en letras y en artes militares para convertirse en señor feudal.

Educado en un monasterio bajo la tutela de los agustinos, creció influenciado por la religión, el espíritu cruzado de los caballeros francos y el propio ambiente de cruzada que se respiraba en Aragón.

Esta educación marcó su vida con un solo propósito: la guerra contra el infiel para ampliar su reino sirviendo a la cristiandad en la lucha sin cuartel contra los almorávides. 

Su sueño, al igual que el de su predecesor, era liberar las tierras de sarracenos hasta llegar a la costa, preparando el viaje a Jerusalén por mar, para participar en las Cruzadas. 

Alfonso Sánchez, varón dotado de gran valor y animosidad, no estaba destinado a ser rey.

Por ironías del destino llegó a ser titular de tres reinos: los de Navarra y Aragón por natura; y el de Castilla por matrimonio.

Es más, llegó a tomar el título de emperador que ostentaba su suegro.

De haber tenido descendencia se habrían unido bajo la misma persona los reinos de Castilla, Aragón y Pamplona cuatro siglos antes de los Reyes católicos.

Alfonso fue quien sacó de una vez su reino de los Pirineos, configurando el Aragón histórico, culminando así la tarea de sus predecesores al conquistar la tierra llana regada por el Ebro que tanto necesitaban para desarrollar la agricultura.

En pocos años arrebató a los musulmanes más de veinticinco mil kilómetros cuadrados de terreno.

Para llegar al trono, tuvo que morir su hermano mayor, su hermanastro y su sobrino.

Tan alejado estaba de la línea sucesoria que a los treinta años no se había casado.

Se ha especulado mucho con su odio hacia las mujeres, incluso se le ha tildado de homosexual sin fundamento.

Seguramente por estas palabras que le dedicó un cronista árabe:

«Ningún rey cristiano tuvo más valor, ni más energía para combatir a los musulmanes. Dormía con su coraza puesta y sin colchón. Cuando una vez le preguntaron por qué no se acostaba con las hijas de los jefes musulmanes vencidos, respondió: un verdadero soldado debe vivir entre hombres, no con mujeres».

Monumento Alfonso I el Batallador. Cabezo de Buena Vista. Zaragoza.

Anécdotas aparte, experiencia para la corona no le faltaba. Su padre lo había involucrado en tareas militares y de gobierno desde la adolescencia.

Y su hermanastro contó con él en sus campañas bélicas, participando en la toma de Huesca y en la expedición de ayuda al Cid, donde aprendió a luchar contra los Almorávides.

Contactos internacionales tampoco le faltaban, al estar emparentado con la nobleza del otro lado de los Pirineos a través de la familia de su madre.

Todo esto hizo de Alfonso un gobernante y un caudillo militar experimentado desde el principio de su reinado. 

Su ascenso al trono supuso la continuación de las políticas expansionistas de sus predecesores.

En Aragón, cada monarca asumía lo hecho por el anterior y arrancaba desde allí marchando siempre a la cabeza; muriendo en el empeño si era necesario.

Y junto al rey marchaban la nobleza y el clero.

Los obispos aragoneses participaban en las campañas; bien con apoyo económico o directamente con su presencia encabezando una mesnada.

Dando sentido de cruzada a sus empresas militares, Alfonso contó también con la ayuda de numerosos nobles del otro lado de los Pirineos, la mayoría parientes o vasallos suyos.

Si unimos a todo esto la debilidad militar de los almorávides en el Valle del Ebro, muy alejados de sus bases en Córdoba, todo estaba a favor de Alfonso.

Y lo aprovechó, vaya si lo aprovecho, como veremos en la próxima entrega.

Programa 15.
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De Tudmir a Oriola XVI.

Por fin había llegado el momento de asestar el golpe decisivo.

Alfonso envió mensajeros a la tierra de los francos convocando a todas las naciones cristianas para ayudarle en su empresa.

Y las gentes de estos países, contestando a su llamada, se congregaron bajo su estandarte como enjambres de langostas y hormigas.

Pronto se encontró a la cabeza de innumerables fuerzas con las que acampó ante Zaragoza, que fue sometida tras largos meses de asedio en diciembre de 1118.  

Y en el decimoquinto día de las calendas de julio de 1120, el conde Guillermo de Potiers, el duque de los aquitanos y el rey de Aragón, lucharon con Ibrahim y otros cuatro reyes de las Españas en el campo de Cutanda.

Vencieron completamente, matando a 15.000 mahometanos y haciendo numerosos prisioneros. 

Se apoderaron de dos mil camellos, de otras bestias sin número y sometieron muchos castillos.

Alfonso el Batallador alcanzó el trono en plena ofensiva almorávide.

El destino le había entregado la corona para continuar la tarea de sus predecesores.

El siguiente objetivo era muy ambicioso: nada menos que Zaragoza, la Cesar Augusta con su muralla romana, la cabeza del valle del Ebro.

Después de Córdoba sólo Toledo podía rivalizar con la capital de la marca superior.

Sin dudarlo un segundo comenzó a conquistar importantes plazas y consolidó fortalezas para preparar la campaña.

Pero un contratiempo cambió radicalmente sus planes.

Muerto Yusuf, el emir de los Almorávides, su hijo Alí propinó un duro golpe a los castellanos, en 1108, derrotándolos en Uclés.

En aquella batalla Alfonso VI de León y Castilla perdió a su hijo Sancho, aún adolescente, su único heredero varón.

Había nacido de su relación con la mora Zaida. Ahora, su hija Urraca, viuda y con un hijo de tres años, era la heredera de su extenso reino.

Proclamada en Toledo poco antes de morir su padre, la obligó a casarse con el Batallador.

Sólo él tenía suficiente autoridad para evitar las disputas entre leoneses y castellanos.

Y capacidad militar para protegerlos de la amenaza almorávide.

El matrimonio tuvo lugar en 1109. Y aquella maldita y descomulgada boda que, como ya dijimos podría haber anticipado la unidad peninsular en varios siglos, tuvo el efecto contrario: provocó un conflicto en los territorios castellano leoneses que duró casi dos décadas.

De fuerte carácter, Alfonso quiso controlar los reinos de su esposa a su manera: en lo militar, en lo religioso y en lo diplomático; proclamándose emperador de Hispania.

Pero la nobleza, sobre todo la gallega, no estaba dispuesta a perder sus privilegios y se aferraron a los derechos del hijo de Urraca, Alfonso Raimúndez, todavía muy niño.

La rebelión estalló en Galicia y el Batallador derrotó fácilmente a los sublevados.

Poco a poco se fue extendiendo hasta convertirse en una auténtica guerra civil a la que  respondió con extrema dureza.

Alfonso no dudó en someter las ciudades levantiscas a hierro y fuego.

El avance de Aragón se detuvo. El Batallador, olvidando a los musulmanes, se dedicó a pelear encarnizadamente contra sus nuevos súbditos.

Alfonso I El Batallador. Francisco Pradilla Ortiz. / Urraca I de León. Carlos Múgica Pérez.

Su matrimonio fue tortuoso. Educado para la guerra, misógino y violento, mantuvo una relación muy difícil con Urraca, apodada «la temeraria».

La Historia Compostelana puso en boca de la primera reina de Castilla:

«Cuáles y cuántas deshonras, dolores y tormentos padecí mientras estuve con él.

El cruel, fantástico y tirano rey de Aragón, no solo me deshonraba continuamente con torpes palabras.

Muchas veces mi rostro fue manchado con sus sucias manos y fui golpeada con su pie».

Mientras tanto, Almustain, rey de Zaragoza, aprovechó los problemas internos del batallador para marcarse un tanto ante los almorávides, que le acusaban de traidor por sus alianzas con los cristianos.

En el 1110 encabezó personalmente una campaña para invadir el reino de Pamplona y consiguió rendir la plaza de Olite.

Pero a su regreso fue interceptado por tropas aragonesas y cayó muerto en Valtierra.

En la confusión que produjo su muerte, el rey Alfonso ocupó varias plazas. Este hecho determinó la intervención almorávide.

Zaragoza, ante la amenaza aragonesa, abrió las puertas a los africanos que entraron jaleados por buena parte de la población y tomaron el control de la taifa.

Abd el Malik, el hijo y heredero, huyó con sus fieles.

La marea almorávide amenazaba toda la línea del Ebro mientras los cristianos seguían perdiendo el tiempo en disputas internas.

Aquella guerra civil, repleta de traiciones y cambios de bando, se fue enquistando.

Los opositores a Alfonso se sacaron de la manga el argumento de la consanguinidad, a pesar de que el parentesco era muy remoto: ambos eran biznietos de Sancho el Mayor.

Pero triunfó. Sin descendientes el matrimonio fue declarado nulo.

En 1114 se produjo la separación canónica y el rey aragonés volvió a las tareas de conquista y repoblación sin ceder el control de extensas zonas de Castilla que le eran favorables.

Su objetivo volvía a ser Zaragoza. Pero ahora estaba en manos de los almorávides y no iba a ser empresa fácil.

El empuje necesario llegó gracias a un concilio celebrado en Toulouse que concedió beneficios de cruzada a cuantos acudiesen a conquistar la capital musulmana.

Como hemos contado al principio, un numeroso ejército se concentró para la campaña cerca de Zaragoza.

Aragón contaba en sus filas con gran número de caballeros cristianos del otro lado de los Pirineos, entre ellos Gastón de Bearne, viejo amigo de Alfonso que había destacado en la primera cruzada de Jerusalén por su experiencia en máquinas de asedio.

Gastón, afincado en Aragón, lideró a los caballeros francos aportando catapultas y torres móviles.

A finales de mayo los cruzados estaban a las puertas de la ciudad y comenzó el largo y prolongado asedio que duró hasta diciembre.

Una vez rendida, el batallador permitió a los moros instalarse en los arrabales y seguir cultivando sus tierras.

Luego desmanteló la región tomando las ciudades y fortalezas que estaban en poder de los almorávides.

La toma de Zaragoza supuso la sumisión de prácticamente todo su reino taifa.

Los almorávides habían subestimado a Alfonso.

Cuando llegaron las noticias a Marruecos, el emir Ali Ben Yusuf proclamó la Guerra Santa y encargó a su hermano Ibrahim que organizase un ejército capaz de detener a los cruzados.

Junto él se reunieron las tropas de Murcia, Granada, Valencia, Lérida; y miles de voluntarios al reclamo de la Yihad.

Enterado el Batallador, lejos de rehuir el combate, levantó el asedio que mantenía sobre Calatayud y salió a su encuentro acompañado por el conde de Poitiers, el duque de Aquitania y multitud de caballeros francos y normandos.

En los alrededores de Cutanda aguardaron la llegada del grueso de las fuerzas almorávides y cayeron sobre ellos, aniquilando el contingente musulmán.

No llegarían a quince mil, como escribió la crónica franca que he leído al principio, pero fue una carnicería con miles de muertos que dejó para la historia una expresión popular en Aragón: peor fue la de Cutanda.

Aprovechando la debacle musulmana, Alfonso entró en Calatayud y se apoderó de un sinfín de plazas.

Su siguiente objetivo era Lérida; pero una curiosa carta recibida, dio lugar a una increíble aventura que le hizo llegar hasta los muros de Uryula y amenazar nada menos que Granada.

Pero eso, lo contaremos en el próximo episodio.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 16.

Programa 16.
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