
De Tudmir a Oriola LVIII.

En la última entrega dejamos nuestro relato en el año 1285, fallecido el rey de Aragón Pedro III.
La villa de Orihuela llevaba más de cuarenta años en la Corona de Castilla. Veinte desde que fue repoblada por Jaime I.
Situada en un enclave estratégico, bien amurallada, y con un formidable castillo, su concejo controlaba un amplio término municipal salpicado de lugares y alquerías.
Gracias a la mejora y ampliación de los sistemas de acequias heredados de los musulmanes, el agua llegaba cada vez más lejos aumentando los terrenos cultivables.
A finales del siglo XIII el territorio controlado por el concejo de Orihuela producía suficiente cereal para cubrir sus necesidades y exportar grano a otras localidades deficitarias como, por ejemplo, Valencia.
La villa crecía habitada por gentes de diversas procedencias: buena parte los aragoneses y catalanes que llegaron con el Conquistador.
Su población era multilingüe. La lengua oficial, la de los documentos, era un castellano al que cada poblador añadía términos utilizados en su lengua materna.
Las líneas divisorias con Aragón, pactadas en Almizra por Jaime I y su yerno Alfonso, eran demasiado inconcretas y muy permeables, marcadas por rosarios de castillos y fortalezas que penetraban en el área de demarcación de Orihuela.
Pero la verdadera frontera, la que separaba Europa de África, el Islam de la cristiandad, era la de Granada.
Para las huestes musulmanas era demasiado fácil atravesar territorio murciano y caer por sorpresa en el sur de Valencia.
El rey de Castilla, de Murcia, y por lo tanto de Orihuela era Sancho IV, «el Bravo», quien confirmó cuantos fueros, privilegios, donaciones, franquezas y mercedes había hecho su padre, Alfonso X, a la villa y su concejo.
También nos concedió la escribanía pública para usarla como hacía el de la capital, la vecina Murcia.
Y la explotación de las Salinas mayores, reservando para la Corona las de Guardamar, actualmente de La Mata.
La muerte del Papa y la de los reyes de Aragón y Francia en ese mismo año 1285, brindaron a Sancho la ocasión idónea para mejorar su posición en la escena internacional.
No olvidemos que la rebelión contra su padre le había procurado una excomunión; que Francia apoyaba la pretensión al trono de los infantes de la Cerda; y que su tío, el rey de Aragón, los había retenido como una espada de Damocles sobre su corona.
Todo parecía haber cambiado. El nuevo Papa dejaba en suspenso la excomunión pero seguía negándole la dispensa matrimonial que permitía legitimar su matrimonio con la reina María de Molina.
Con Francia firmó el tratado de Lyón por el que ambos reinos se prometieron ayuda militar contra el rey de Aragón.
De esta forma Sancho lograba que Felipe IV de Francia se desentendiese de la causa del pretendiente.
En Aragón, muerto Pedro el Grande, ocupaba el trono su primogénito Alfonso III, llamado «el Liberal», cuya reacción ante la peligrosa alianza de sus vecinos no se hizo esperar.
Había llegado el momento de activar la bomba de relojería que su padre guardaba: en septiembre de 1288,el infante Alfonso de la Cerda fue jurado rey de Castilla en la localidad de Jaca.
Las fronteras entre ambas coronas se incendiaron. Tanto Aragón como Castilla reforzaron sus defensas y desplegaron tropas.
Las hostilidades quedaron limitadas a operaciones militares de escaso relieve más parecidas a actos de rapiña y saqueo; altercados que las órdenes militares trataron de controlar.
Quedaba claro que, a pesar de sus cinco años en el trono, el talón de Aquiles de Sancho seguía siendo la pretensión al trono de Alfonso de la Cerda, amparada ahora claramente por Aragón.
El 16 de junio de 1291 Alfonso III falleció sin dejar descendencia.
Inmediatamente subió al trono de Aragón su hermano, Jaime II llamado «el Justo».
El segundo Jaime, nieto del Conquistador, había nacido en el palacio real de Valencia el 10 de abril de 1267, hijo de Pedro el Grande y de Constanza de Sicilia.
Rey de Aragón, Cataluña, Valencia y Sicilia, desconocemos sus rasgos físicos.
Las crónicas se deshacen en elogios sobre sus cualidades como monarca: justo, prudente, generoso, piadoso, protocolario…
No tenía residencia fija. La corte viajaba con él por sus territorios, utilizando principalmente los palacios reales de Zaragoza, Barcelona y Valencia, edificios con estancias sencillas, sin mucho lujo.
Conocía bien el oficio. No en vano durante la guerra que su padre mantuvo con Francia quedó a cargo de Sicilia: primero como lugarteniente y luego como rey.
Allí aprendió a manejarse políticamente entre las intrigas del Papa y Carlos de Anjou.
Al subir al trono de Aragón Jaime dejó Sicilia en manos de su hermano Federico, también llamado Fabrique, en calidad de lugarteniente.
Recordemos que la isla era una llave que permitía el control de las principales rutas del comercio en el Mediterráneo.
Controlarla contra Francia y contra el Papa necesitaba demasiado esfuerzo y, para dedicarse de lleno, trató primero de acercarse a Castilla.
Buscaba una alianza que apagase el conflicto entre vecinos y Sancho necesitaba también dicha alianza para centrarse en una ambiciosa campaña contra el Sultán de Marruecos, que llevaba demasiado tiempo campando a sus anchas por Jerez y Sevilla.
En noviembre de 1291 ambos monarcas firmaron el Tratado de Monteagudo: un pacto por el que se prometieron ayuda militar en caso de conflicto convirtiéndose en «amigos de sus amigos y enemigos de sus enemigos».
Se repartieron las áreas de influencia en el norte de África en previsión de futuras conquistas: las costas de Argelia y Túnez para Aragón, las de Marruecos para Castilla.
El tratado de Monteagudo quedó sellado con el compromiso matrimonial entre Jaime II y la infanta Isabel de Castilla.
De esta forma el rey Sancho IV alcanzaba un equilibrio político que parecía dar por zanjada la cuestión sucesoria.
Por fin podía centrar sus esfuerzos en la lucha contra los africanos y su primer objetivo fue Tarifa.
A las fuerzas castellanas se unieron las galeras aragonesas. De los abastecimientos se ocupó Granada, cuyo emir estaba ya harto de los africanos.
En octubre de 1292, tras un duro asedio que duró seis meses, Tarifa cayó en poder de Sancho.
Aquello era un primer paso para el control del estrecho; pero Mohamed II de Granada volvió a los brazos del sultán y juntos pusieron de nuevo cerco a Tarifa.
En este nuevo asedio un caballero leonés llamado Alfonso Pérez de Guzmán pasó a la historia como «Guzmán el Bueno» al negarse a entregar Tarifa aún a cambio de la vida de su propio hijo.
Cuando las cosas parecían más tranquilas entre Castilla y Aragón, durante una campaña militar en el norte Sancho cayó enfermo falleciendo en Toledo en la primavera de 1295.
En su testamento confiaba a su esposa, María de Molina, la regencia del reino mientras durase la minoría de edad de su heredero, Fernando IV, un niño de diez años cuyos padres seguía casados sin la aprobación de Roma.
Las circunstancias cambiaron radicalmente y todo se volvió contra Castilla.
Los contactos diplomáticos para resolver la cuestión siciliana, dirigidos por el nuevo Papa, consiguieron que Aragón y Francia firmasen un tratado por el que Jaime II renunciaba a la isla de Sicilia, reconociendo los derechos de Roma y de la Casa de Anjou.
La alianza firmada con Aragón fue pronto papel mojado. Ahora Jaime debía disolver los esponsales con Isabel de Castilla y contraer matrimonio con Blanca, la hija de Carlos II de Anjou, el rey de Nápoles.
A cambio el papa anulaba la excomunión lanzada sobre Aragón y su monarca y, como compensación por la perdida de Sicilia, le confiaba la conquista de Córcega y Cerdeña con la investidura pontificia sobre dichas islas.
Nadie contó con los sicilianos y estos se sintieron traicionados por su protector Jaime II. Rechazaron los apaños entre el Papa, Aragón y los Anjou y coronaron al hermano menor de Jaime como Federico III.
El acuerdo firmado con Roma obligaba al monarca aragonés a atacar la isla luchando contra su propio hermano.
Pero Federico supo aguantar en el trono y una rama secundaria de Aragón reinó durante casi un siglo en Sicilia.
Jaime II tenía claro que la crisis castellana tras la muerte de Sancho IV era su gran oportunidad para ampliar los dominios de la corona rebasando las fronteras que su generoso abuelo, el primer Jaime, había pactado con su yerno Alfonso.
Era el momento de centrarse en la política peninsular.
Como primera medida, rompió las relaciones amistosas con Castilla y el matrimonio concertado con la infanta Isabel, que regresó a casa humillada.
El pacto de Monteagudo quedaba anulado y Jaime exigió los castillos puestos como garantía.
La regente no pudo responder a la ofensa y no le quedó otra opción que aceptar la suspensión de los acuerdos.
Y así Jaime II casó con Blanca, la princesa de Nápoles, quien le dio diez hijos, cinco varones y cinco hembras.
Aragón era ahora aliado de Francia, de Portugal y de Granada.
En Castilla quedaba un niño tutelado por su madre al frente de un reino dividido entre dos pretendientes.
Y Aragón apoyaba a Alfonso de la Cerda quien, agradecido por la ayuda, regaló nada menos que el Reino de Murcia.
Las dos coronas más importantes de la península llegaron a la última década del siglo XIII en muy distinta situación: Aragón, fuerte y unido. Castilla, dividida y debilitada.
En febrero de 1296 Jaime II consideraba suyo el reino de Murcia.
Y envió un ultimátum a los castellanos: o se lo entregaban en quince días por la buenas o se encargaría de tomarlo por la fuerza.
Inmediatamente ordenó armar diez galeras en los astilleros de Valencia, Barcelona y Mallorca.
A Orihuela le quedaban pocos meses en Castilla.
Se avecinaba una guerra.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 58.
De Tudmir a Oriola LIX.
Las notas con fondo azul pertenecen a la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner. Verde para los «Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad de Murcia y su reino», de Francisco Cascales.
En la entrega anterior quedamos al borde de un suceso determinante para la futura historia de Orihuela y lo que hoy conocemos como la provincia de Alicante: la invasión del reino de Murcia por la Corona de Aragón.
A modo de recordatorio haré un breve resumen de cómo se llegó a este conflicto a finales del siglo XIII.
Después del costoso despliegue militar utilizado para someter el reino de Murcia treinta años antes, Jaime I no aprovechó la problemática situación de su yerno Alfonso X para obtener territorios a cuenta de Castilla.
Y no sólo eso: el generoso pacto firmado con «el Sabio» cerraba para Aragón toda posibilidad de nuevas conquistas en la península.
Los territorios musulmanes al sur quedaban como competencia exclusiva de la Corona de Castilla.
Recordemos también que a Alfonso X se le sublevó su hijo Sancho, apartado de la línea sucesoria en favor de los hijos del primogénito fallecido, los llamados infantes de la Cerda.
Pedro III, hijo del Conquistador, retuvo en Aragón a esos niños cuando huyeron de Castilla conducidos por su hermana, la reina Violante, esposa de Alfonso X.
Como abuela precavida alejó de la corte a los infantes por temor a que Sancho los eliminase para despejar el camino al trono.
Pedro no pudo sacar partido a causa de su prematura muerte. Pero su hijo Alfonso III reconoció a Alfonso de la Cerda, el mayor de los infantes, como legítimo heredero de Castilla.
Aquella amenaza fue tan efectiva que Sancho «el Bravo» llegó a ofrecer la mano de su hija, con el reino de Murcia como dote, si el de Aragón entregaba a los infantes.
Alfonso el liberal se negó. A fin de cuentas el pretendiente también ofrecía el reino de Murcia a cambio de su apoyo.
El caso es que, defraudado por los pactos de Sancho con Francia, Alfonso de la Cerda acabó proclamado rey de Castilla en Jaca, desatándose una primera guerra de baja intensidad entre aragoneses y castellanos.
La muerte de Alfonso y la llegada de su hermano Jaime II al trono de Aragón propiciaron un periodo de distensión, un tratado con Castilla que incluyó su matrimonio con Isabel, hija de Sancho.
Pero la muerte del monarca castellano cambió el tablero de juego.
Con ayuda del Papa, Isabel fue repudiada y devuelta a Castilla, cuyo trono estaba en manos de un niño.
Para el rey de Aragón era tan solo «don Fernando él que se decía rey de Castilla».
Llamando al de la Cerda: «el muy noble y muy honrado don Alfonso por la gracia de Dios rey de Castilla».
Le había cedido de nuevo el Reino de Murcia y, con esa legitimidad, se dispuso a tomar posesión de él por las buenas o por las malas.
Los castellanos justifican la sorprendente facilidad con la que Jaime II penetró en el Reino de Murcia con la gran cantidad de repobladores catalanes y aragoneses que Jaime I había dejado en el territorio.
Francisco Cascales lo dejó escrito en sus «Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad de Murcia y su reino».
Teniendo rendidos todos los Castillos importantes, Villas y Lugares del Reino, era recibido de todos con grande fiesta, y reconocido por Señor.
Y tuvo gran facilidad el Rey en el rendimiento de Murcia, porque como dicho habemos, eran los más catalanes y aragoneses.
Y en tan poco tiempo como había pasado de la población acá, no había perdido la vasija el sabor de lo que recibió primero.
Cascales exagera al calificar la incursión aragonesa como un paseo militar.
Pero lo cierto es que, las ciudades que contaban con un porcentaje superior de población castellana, como Lorca o Mula, fueron difíciles de someter y aguantaron años.
Es justo decir también que no sólo facilitaron el trabajo los repobladores aragoneses y catalanes. Recordemos también que Jaime II se enfrentó a una Corona de Castilla muy debilitada, con su nobleza dividida.
Muchos de sus miembros, algunos muy destacados, eran partidarios de Alfonso de la Cerda, el aspirante apoyado por Aragón cuya legitimidad venía del testamento de Alfonso X.
Convengamos pues que lo tuvo bastante más fácil en las ciudades con gran porcentaje de de catalanes y aragoneses, como Orihuela y Murcia, cuyos asedios duraron lo justo paro salvar el honor de los gobernadores.
Los trabajos en el Archivo de la Corona de Aragón de María Teresa Ferrer y Mallol y de Juan Manuel del Estal, nos han permitido conocer con bastante detalle los sucesos de una guerra que, a pesar de todo, duró más de ocho años.
Concretamente desde la primavera del 1296 hasta el mes de octubre del 1304, fecha fijada por la Sentencia Arbitral de Torrellas para la partición efectiva del reino de Murcia que cambió el destino y la obediencia de Orihuela.
A partir de entonces Oriola.
Vencido el ultimátum lanzado sobre la reina regente y tras algún retraso en la organización, a mediados de abril Jaime II estaba en Valencia preparando su ejército para la conquista del Reino de Murcia.
Antes había enviado a un mensajero, un valenciano con contactos en Alicante, Elche, Orihuela y Murcia. Llevaba instrucciones del monarca para negociar con destacados personajes en cada localidad.
En la primavera de 1296 dos contingentes militares invadieron Castilla: Uno, liderado por Alfonso de la Cerda y un hermano de Jaime, estaba formado principalmente por tropas aragonesas y castellanos partidarios del pretendiente.
Transcribo la Cronica de Ramón Muntaner.
Fijáronse en la mente del señor rey de Aragón las cartas de desafío que el rey de Castilla le había enviado, y dándose gran vergüenza de ello, dijo que era menester hacerle arrepentir.
Así que mandó al señor infante En Pedro que se previniese con mil caballos armados y cincuenta mil almogávares.
Y viese de entraren Castilla, lo que debía verificar por Aragón.
Mientras él entraría por el reino de Murcia también con grandes fuerzas.

El otro, acuartelado en Valencia, lo encabezaba el propio monarca y estaba compuesto principalmente por catalanes y valencianos, escoltados por una pequeña flota de galeras.
El primero se encargó de mantener ocupado al ejército castellano entrando por Soria hasta tomar León.
En Pedro entró en Castilla con unos mil caballos armados de catalanes y aragoneses y unos cincuenta mil hombres de a pie.
Al mismo tiempo Jaime penetró sin oposición en el Reino de Murcia, un territorio periférico que se enfrentaba a Aragón sin esperanza de recibir refuerzos de su rey.
Para llegar a Murcia Jaime II no siguió la ruta natural, la que había usado su abuelo treinta años antes.
En vez de penetrar por Biar y de allí pasar a Villena salió directamente hacia Alicante.
No quería atravesar los señoríos de Elche y Crevillente, posibles aliados con los que andaba negociando.
Su objetivo militar eran las villas de realengo, señorío directo del monarca castellano y, por lo tanto, de su propiedad tras la donación.
El camino a Alicante por el litoral era impracticable para un ejército. Por Jijona, tampoco era muy apropiado para desplazar la pesada maquinaria de asedio.
Dice la crónica: Y así fue que el rey de Aragón movió su hueste y fue al Reino de Murcia por tierra, a la par que lo cercaba por mar con una escuadra.
No queda del todo clara la ruta utilizada. Lo más probable es que optase por el camino de Jijona mientras su flota de galeras trasportaba las máquinas de guerra, avituallamientos y tropas de refuerzo.
La primera cabeza de playa se montó en Alicante, una plaza con doble valor estratégico: puerto marítimo, vital para su estrategia combinada, y un sólido y empinado castillo.
Por el camino envió una amenazadora carta al gobernador de Alicante, de nombre Nicolás Pérez. En ella le ordenaba rendir la plaza para evitar un inútil derramamiento de sangre.
El alcaide castellano se negó a permitir cualquier intento de ocupación y preparó la defensa.
Como medida de precaución y para facilitar los movimientos, las familias destacadas llevaron a sus mujeres y niños a Elche, aprovechando para poner a salvo cuanto tenían de valor.
También los moros y judíos alicantinos, acostumbrados al maltrato de la soldadesca, buscaron protección en Elche y en el señorío musulmán de Crevillente.
Por fin Jaime II se plantó frente a las murallas de Alicante y volvió a ofrecer la rendición al castellano. Y éste la rechazó nuevamente.
La suerte estaba echada.
El primer lugar del reino de Murcia el cual se dirigió fue Alicante, de cuya villa se apoderó después de haberla combatido.
Subió después al castillo, que es uno de los bellos que en el mundo haya, y con tal empeño trató de combatirlo, que el mismo señor rey en persona acompañado de muchos caballeros, fue subiendo a pie montaña arriba hasta llegar a la misma puerta.
Cuenta Ramón Muntaner, testigo de los hechos, que el propio Jaime II luchó cuerpo a cuerpo en el ascenso al castillo. Y que a punto estuvo de perder la vida cuando el cuchillo montero de un defensor atravesó el escudo del rey.
Púsose el señor rey el escudo delante, y un caballero de los de dentro, que era compañero de Nicolás Peris, alcaide del castillo, hombre de buena talla y valiente, arrojóle la azcona montera que empuñaba, y le dio tan fuerte golpe por el cuarto primero del escudo, que lo pasó más de medio palmo.
Avanzó entonces el señor rey, que era joven, mozo y de buen humor, y tal cuchillada le dio con su espada por medio de la cabeza, que para nada le sirvió el tejido de malla que le cubría, pues hasta los dientes le partió en dos mitades.
Arrancó en seguida la espada de la cabeza en que se había clavado, y dirigiéndola contra otro le hirió también de modo que el brazo con todo el hombro cayó rodando en tierra.
El 22 de abril de 1296 la ciudad de Alicante fue tomada al asalto y, en tres o cuatro jornadas, cayó también su castillo.
Muerto el gobernador en combate, Jaime ordenó arrojar su cadáver a los perros y puso en su lugar a un caballero catalán.
Cinco días después recibió 336 arrobas de harina para alimentar a los nuevos defensores del castillo.
A pesar del violento comienzo de la invasión, Jaime dejó claras sus condiciones.
Cuando la villa capitulaba todo hombre tenía un mes de tiempo para decidir si le aceptaba o no como soberano.
Pasado el plazo, el que no lo hiciese era considerado enemigo.
Si decidía marcharse tenía un salvoconducto y la posibilidad de vender sus bienes. Si optaba por quedarse debía prestar juramento. Si permanecía ausente sus bienes quedaban confiscados.
Seguidamente montaba una espectacular ceremonia con asistencia de la iglesia, un acto que dejaba claro el cambio de soberanía.
En el caso de los caballeros, además de jurarle fidelidad, tenían que escenificar la ruptura con Castilla mediante una carta a su antiguo rey.
El 27 abril Jaime II embarcó con sus hombres en Alicante y tomó Guardamar, empresa al parecer sencilla pues nada de ella se escribió en las crónicas.
Solo quedó constancia de una carta ordenando al concejo la entrega del grano que almacenaban en la iglesia.
Guardamar no era un puerto especialmente seguro, pero sí un punto estratégico para el suministro y abastecimiento del ejército aragonés a través de la flota de galeras.
Allí supo que las familias alicantinas huidas seguían en Elche y estaban a punto de ser expulsadas.
Ante la posibilidad de un asedio los refugiados eran bocas que alimentar.
Jaime permitió que todos los huidos, cristianos, moros o judíos, volviesen a Alicante, donde ya había restablecido el orden.
Luego montó su campamento en la huerta de Almoradí, ya dentro del término municipal de Orihuela, y donó a su consejero unas tierras en La Daya, confiscadas a Fernando Pérez de Guzmán.
El 1 de mayo de 1296 Jaime II mandó iniciar el cerco de Orihuela.
Aragón llamaba a su puerta.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 59.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.













