
De Tudmir a Oriola XLI.

Protectorado castellano. Reino de Murcia. Año del Señor de 1245.
Las operaciones militares sobre las plazas rebeldes al pacto de Alcaraz habían terminado con éxito.
Una vez sometida la oposición musulmana, para Castilla fue todo un problema repoblar el reino de Murcia.
Fernando III seguía imparable en su campaña andaluza y Jaén cayó un año después.
Definitivamente, no había castellanos y leoneses suficientes para cubrir tantos territorios conquistados.
Durante las dos décadas que separan el pacto de la sublevación murciana, la población cristiana siguió limitada a las guarniciones militares en las fortalezas y castillos cuya dimensión estaba relacionada con la forma en la que fueron sometidas y su situación estratégica.
En plazas fronterizas como Lorca o en los puertos de Alicante y Cartagena, Alfonso utilizó el derecho de conquista para evacuar a los musulmanes más peligrosos, instalar nutridas guarniciones y organizar la población en los primeros concejos castellanos.
La frontera con Granada quedó bajo control de los de Santiago, única orden militar establecida en Murcia durante la primera parte del protectorado.
En sus encomiendas, a la vez que defendían el territorio, ponían en marcha grandes explotaciones agrícolas en las que utilizaban mano de obra musulmana.
La paz estaba temporalmente asegurada en ambas fronteras.
Con Aragón quedó reforzada gracias a la boda del infante Alfonso con Violante, la hija de Jaime I.
Comprometidos cuando ella solo tenía tres años y él dieciocho, el infante mantuvo relaciones con una dama de la corte, tía del famoso Guzmán el Bueno, que le dio su primera hija, Beatriz.
Mientras Violante crecía, el adolescente Alfonso siguió fabricando bastardos; quedando más que probada su virilidad.
La boda llegó por fin en 1246 cuando Violante cumplió diez años.
A pesar de su juventud a la reina se le exigía rápida descendencia y, como su primer embarazo se retrasó varios años, llegaron a barajar una posible anulación matrimonial basada en la infertilidad de la aragonesa.
No podían imaginar cuan equivocados estaban.
Una vez abierto el camino la reina dio a Alfonso cinco varones y seis hijas. Y solo una hija murió en la infancia.
Hay una bonita leyenda en la tradición alicantina que atribuye ese primer y esperado embarazo a un periodo de reposo que Violante pasó en Alicante, concretamente en el Pla del Bon Repós, donde estuvo el hospital provincial y ahora se ubica el Museo Arqueológico.
En la otra frontera Muhamad I de Granada firmó con Fernando III el llamado pacto de Jaén.
Como vasallo del rey santo sus tropas colaboraron en la toma de Sevilla en 1248, gesta en la que el infante Alfonso participó combatiendo en primera línea.
El astuto monarca granadino consiguió así dos décadas de relativa paz que le permitieron organizar su reino y acoger a multitud de emigrantes de los territorios ocupados por cristianos.
Granada crecía mientras se despoblaba Murcia.
Y, como suele ocurrir, entre esos emigrantes viajaron los más cultos y capacitados convirtiendo el reino nazarí en una potencia comercial cuyos productos competían en los mercados del Norte de África.
Fernando III el santo falleció el 30 de mayo de 1252, mientras preparaba otra campaña.
El infante subió al trono con el nombre de Alfonso X y tuvo que hacerse cargo de los frentes abiertos por su padre en Andalucía y Norte de África, aparcando el asunto murciano durante algunos años.
Por fin en 1257 Alfonso X se dedicó de forma personal a organizar una de sus posesiones más queridas: el reino que había conquistado siendo infante y que, desde su primera visita, le había impresionado por su deslumbrante modo de vida.
Ese año marca una nueva etapa dentro del protectorado; un cambio de política con el que buscaba asegurar y repoblar el territorio, saltándose a la torera lo pactado en Alcaraz.
Alfonso visitó Alicante a mediados de enero. De allí viajó a Orihuela, donde estuvo instalado una semana.
Tras una breve estancia en Cartagena pasó el mes de marzo en Lorca, organizando el baluarte en la frontera con Granada.
Y por fin, llegó a la capital.
Durante los meses de mayo y junio repartió su tiempo entre el alcázar murciano y el palacio veraniego del rey lobo en Monteagudo, donde pasaba el tiempo libre cazando, leyendo y escribiendo.
Alfonso se encontró con un reino culturalmente muy superior a Castilla.
A pesar de que gran parte de los intelectuales se habían exiliado, Murcia mantenía una calidad científica que mereció el interés de castellanos y catalanes.
Ya hemos hablado de Orihuela y su Wizara Isamya.
Durante dos décadas de tolerancia pudieron intercambiar ideas y conocer las obras de aquellos sabios musulmanes.
El periodo del protectorado fue un breve paréntesis dorado con las tres culturas conviviendo en relativa paz.
De entre todos aquellos sabios murcianos destacó Al Ricoti, símbolo del esplendor de la cultura murciana.
Nacido en Ricote, este Leonardo del siglo XIII murciano dedicó su vida al conocimiento en todas sus facetas: geometría, aritmética, derecho, filosofía, música, retórica, medicina…
Dominaba el árabe, el latín y el romance, por lo que podía relacionarse con todas nacionalidades que se mezclaban en la Murcia del protectorado.
Alfonso, como persona interesada en la cultura, quedó impresionado por su sabiduría, preparación científica y don de lenguas, llevándoselo a la capital.
Allí mantuvo su condición social y puso a su disposición una madrasa; un centro de estudios donde intentó fusionar lo mejor de cristianos, musulmanes y judíos.
Este tipo de colaboración había obtenido ya brillantes resultados en la famosa escuela de traductores de Toledo.
El monarca castellano soñaba con mantener el grado cultural que se había alcanzado en Murcia y mostrar a toda la cristiandad europea sus valiosas obras científicas; especialmente las que provenían de la antigüedad clásica.
En las labores de traducción intervenían científicos y religiosos cristianos, especialmente los frailes dominicos, con su famosa escuela de lenguas, donde trabajaban el árabe y el hebreo.
Los sabios de todo el territorio acudieron a Murcia respondiendo al ambicioso proyecto del monarca. Una beneficiosa fusión del saber antiguo atesorado en aquellos escritos orientales con los modernos conocimientos europeos.
A partir de 1257 se inició el proceso de verdadera colonización en lo que solo era un protectorado.
Alfonso X autorizó a los pobladores cristianos a comprar tierras a los mudéjares, adquisiciones que muchas veces se efectuaban por la fuerza.
También se permitió efectuar un primer reparto en la capital: 450 tahúllas a diez kilómetros de las murallas en el camino de Orihuela.
Un conjunto de fincas de dominio compartido cuyo topónimo os sonará: «las Condominas».
Aunque la corona seguía en manos de los Aben Hud, el emir era cada día más un pelele en manos del castellano, que siguió aumentando su intervencionismo, disponiendo a su antojo del territorio y reforzando el papel de los concejos cristianos.
Así terminaron los años de equilibrio, tolerancia y respeto.
Poco a poco se fue imponiendo la castellanización hasta que los nativos se hartaron estallando las famosas revueltas de las que hablaremos en próximas entregas.
El tan cacareado mito de las tres culturas duró apenas veinte años y el esplendor cultural murciano quedó para el recuerdo.
Al endurecerse las condiciones para los musulmanes, Al Ricoti, como otros muchos intelectuales, se exilió en Granada invitado por el segundo emir.
El granadino le otorgó una alta dignidad palaciega y puso a su disposición una madrasa como la que tenía en Murcia.
Allí permaneció el resto de su vida fiel a su religión: querido, admirado y rodeado de discípulos, como siempre había vivido.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 41.
De Tudmir a Oriola XLII.

Castilla, a comienzos de 1264 .
Todo lo que quedaba del viejo y poderoso Al‑Ándalus estaba sometido al rey de Castilla y León.
Alfonso X, candidato a emperador, seguía instalado en Sevilla firmando privilegios, escribiendo, leyendo y cazando, sin imaginar lo que se avecinaba.
En Murcia, Muhamad Aben Hud, el monarca con el que pactó siendo infante, había fallecido en torno a 1260.
Su hijo y sucesor Abu Yafar murió tres años después.
El trono lo ocupaba su nieto, de nombre Muhamad, un títere en manos de Castilla.
La población murciana seguía con su vida y sus costumbres.
El emir emitía la moneda. Mezquitas, madrasas, zocos y baños públicos, mantenían su actividad. Artesanos y agricultores seguían desempeñando sus oficios.
Pero la presión política, fiscal y religiosa se había hecho insoportable.
Abu Bark Al Watiq, miembro de los Banu Hud apartado del trono por su tío durante su minoría de edad, se opuso a la política servil con el rey castellano y envió una delegación a Roma para pedir al Papa que controlase a Alfonso y le obligase a cumplir lo firmado en Alcaraz.
No consiguió más que buenas palabras.
En el reino de Granada el emir era también vasallo de Castilla. Y sus relaciones las de dos buenos vecinos.
El astuto granadino supo mantener la farsa hasta el último momento, fingiendo lealtad a Alfonso X.
Al mismo tiempo que movía los hilos de una intriga que daría paso a la rebelión general contra el rey sabio.
La revuelta sorprendió por su organización y coordinación.
Tejida en el más absoluto de los secretos, los agentes granadinos consiguieron el alzamiento simultáneo en las plazas de Murcia y Andalucía.
Simultáneamente el ejército nazarí, reforzado con efectivos de Marruecos, penetraba en territorio castellano.
La parte más complicada de aquel plan quedó en manos de los musulmanes sevillanos: su objetivo era capturar a la familia real asaltando el alcázar.
Allí colocarían el rojo estandarte del emir de Granada.
En la primavera de 1264 el plan se puso en marcha. En Murcia Abu Bark Al Watiq se alzó como caudillo de los rebeldes.
Derrocó a su primo Muhammad, rompió el vasallaje con Castilla y se puso a las órdenes del emir de Granada.
La escasa población cristiana en las plazas facilitó un éxito casi completo.
Pocas localidades resistieron y fue por contar con una fuerte guarnición militar, como por ejemplo Lorca, Alicante y Orihuela, donde los cristianos aguantaron parapetados en el castillo.
La rebelión mudéjar de 1264 fue una de las pruebas más duras que tuvo que soportar Alfonso X durante su reinado.
El complot sevillano fue neutralizado y la respuesta militar castellana comenzó en la segunda mitad del año.
El monarca no podía acudir a todos los frentes. Mandó predicar la cruzada, preparó sus huestes y las dirigió inicialmente contra los sublevados en Andalucía.
En Aragón Jaime I andaba muy preocupado.
Según las noticias recibidas su yerno había reñido con el emir de Granada y este había llamado a los moros de ultramar, cuyos jinetes avanzaban tierra adentro.
Antes habían contactado con los súbditos de Castilla para levantarlos en armas. La vida de su hija y de sus nietos estaba en peligro.
Luego supo que Alfonso había esquivado la trampa sevillana.
Pero en menos de tres semanas había perdido trescientas plazas entre villas y castillos.
En junio de 1264, aunque en su crónica diga que fue domingo de Ramos, le comunicaron que Beltrán de Vilanova le esperaba en Huesca con un mensaje de su hija, la reina de Castilla.
Jaime leyó la carta encontrando lo que esperaba.
Violante le decía lo mucho que lo amaba. Y le recordaba como, aceptando su voluntad, se había casado con uno de los hombres más poderosos del mundo, al que había dado ya nueve hijos, sus nietos.
Los moros les habían quitado gran parte de las tierras y no tenía a nadie más para pedir ayuda.
Como padre y señor, le suplicaba por Dios y ponía en él todas sus esperanzas para que su marido y sus hijos no perdiesen lo que era suyo.
El aragonés sabía que detrás de la carta estaba su yerno. Y así lo dejó escrito.
Sucede en este negocio como cuando un hombre cata un vino; los que quieren aguarlo prueban primero si es flaco o fuerte. Y eso ha hecho el rey de Castilla valiéndose de mi hija.
Desde un principio tuvo claro que les ayudaría. Aunque demoró la respuesta hasta consultar a su consejo.
A la mañana siguiente planteó la petición a sus hombres de confianza. Estos, dada la envergadura del asunto, lo remitieron a las cortes, sugiriendo que aprovechase para solicitar Requena y otros castillos que tenían en litigio con el castellano.
Jaime aceptó reunir a las cortes de Aragón en Zaragoza y a las de Cataluña en Barcelona. Estaba dispuesto a proponerles el asunto y suplicar ayuda si era necesario.
Acudiría a la llamada sí o sí alegando tres razones.
La primera: no pensaba abandonar a su hija y a sus nietos.
La segunda: no negaría ayuda al hombre más poderoso del mundo; pues si salía del apuro, sería para siempre su enemigo.
La tercera y más importante: si caía Murcia, Valencia caería detrás.
Así pues, antes de consultar a las cortes, comenzó a preparar su flota, reforzó las defensas en Valencia para evitar el posible contagio y autorizó a su hijo, el infante Pedro, a hostigar a los de Murcia desde Biar, el castillo más importante de la frontera.
Las siempre obedientes cortes catalanas esta vez se lo pensaron.
Intentaron chantajearlo, exigiendo que resolviera varios entuertos en los que se sentían perjudicados.
Tras muchos tira y afloja, en noviembre aceptaron contribuir a la campaña.
El rey pensó que el apoyo de los catalanes empujaría a los de Aragón; pero estos se negaron en redondo y así terminó el año 1264.
Si complicado había sido en Barcelona, en Zaragoza de nada sirvieron los ruegos del monarca recordándoles que todo lo conseguido había sido gracias a él.
No valieron ni las visiones de un franciscano al que un aparecido le comunicó que Jaime era el elegido para liberar Hispania de los musulmanes.
Los nobles seguían sin perdonarle lo que había hecho en Valencia, montando un nuevo reino.
Tampoco las particiones entre Cataluña y Aragón, las nuevas leyes que recortaban su poder en beneficio de las ciudades, el pacto con su yerno liquidando toda posibilidad de nuevas conquistas…
Sus respuestas llegaron a la insolencia. Aquellos nobles estaban dispuestos a perderlo todo antes que acceder a su petición y se conjuraron contra el rey.
Mientras, el tiempo seguía pasando.
Por fin, tras muchas negociaciones, el domingo 26 de abril de 1265, en la Iglesia de Santa María de Ejea de los Caballeros, Jaime juró ante el obispo de Zaragoza un paquete de acuerdos que pasaron a los fueros, entre los que destaca la institución del Justicia de Aragón.
Para los que se mantuvieron en rebeldía a pesar de sus concesiones el rey utilizó argumentos más convincentes.
Con ayuda de la nobleza catalana y de las milicias de las ciudades atacó a los conjurados asediando, golpeando y demoliendo sus castillos hasta que entraron en razón.
Sometidos los disidentes convocó a cuantos hombres pudo reunir.
Había tomado a sueldo dos mil caballeros, de los que aparecieron mil doscientos.
En Teruel cargó provisiones para abastecer a la hueste.
En Valencia se reunió con sus hijos y con el resto del ejército reclutado, consiguiendo más provisiones, especialmente pan, vino y avena.
Pasó por Játiva y por fin, en noviembre de 1265, año y medio después de la petición de ayuda, Jaime estaba en Biar encabezando un ejército dispuesto a penetrar en territorio murciano en socorro de su yerno, el rey de Castilla.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 42.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.













