

De Tudmir a Oriola XL.
Huerta de Almoradí, 1 de mayo de 1296.
Acampado en sus cercanías el rey de Aragón preparaba el asedio a Orihuela/Oriola. No sabemos de cuantos efectivos disponía.
Recordemos que, según cuenta la crónica de Ramón Muntaner, simultáneamente otro contingente militar formado por mil caballeros y cincuenta mil peones estaba atacando el corazón de Castilla.
Resulta imposible creer que Aragón pudiese reclutar dos ejércitos muy numerosos.
Organizada la cerca trasladó su campamento a las afueras de la villa y castillo de Orihuela, donde recibió buenas noticias: Miquel García, el alcaide de Abanilla, acataba la soberanía aragonesa respetando la fidelidad a su señor, el poderoso Guillem de Rocafull.
Poco después se rindió Callosa de Segura, cuyo alcaide fue reemplazado mientras la nueva guarnición del castillo recibía provisiones y armas.
Diez días duraron las negociaciones, Tiempo empleado en ocupar la huerta mientras patrullas de almogávares hacían estragos en lugares y alquerías.
El 10 de mayo Orihuela abrió sus puertas. El asedio había sido más bien una formalidad y los daños mínimos.
Solo tenemos constancia del incendio de unos molinos junto a la Puerta de Elche. Seguramente los antecesores de los molinos de Cox y del Riacho.
Después de la violenta toma de Alicante las ciudades fueron cayendo con breves asedios protocolarios en los que los aragoneses no tuvieron tiempo ni de montar sus máquinas de guerra.
En el caso de Orihuela todo fue muy fácil.
El concejo y los hombres buenos de la villa habían recibido en febrero una carta de Alfonso de la Cerda informándoles de la donación del reino.
Como rey de Murcia les ordenó obedecer al de Aragón, absolviéndolos de cualquier otra fe, homenaje o fidelidad anterior.
Sabemos también que, en agradecimiento a sus gestiones, el oriolano Berenguer de Liminyana recibió los lugares de Xacara y Xacarella, actualmente Jacarilla y Jacarilleta, confiscados a sus dueños castellanos.
Pero todo cambio de monarca creaba un clima de incertidumbre que Jaime se esforzó en disipar.
A la mañana siguiente confirmó a los oriolanos todos sus privilegios, asegurando la propiedad de sus casas y haciendas, cosa que no había hecho todavía ni en Alicante ni en Guardamar.
No olvidemos que Orihuela era el núcleo urbano más importante del Reino de Murcia después de la capital.
El 11 de mayo de 1296, en la iglesia del Salvador, antigua mezquita mayor de Uryula en proceso de transformación, los treinta y ocho miembros de la corporación oriolana acataron a Jaime II como legítimo soberano y señor natural.
El acta de homenaje prestado por el Consell y la Villa al rey Jaime II de Aragón fue el primer documento oficial escrito en catalán en Orihuela.
Está firmado por Pere de Liminyana, un notario que hasta entonces había redactado en castellano.
En ese momento desaparecían las figuras del alcalde y el alguacil; y se creaban las del Justicia y los Jurados.
Allí mismo, el nuevo rey firmó un privilegio en el que reconocía a Oriola como dominio pleno de Aragón, comprometiéndose a mantenerla unida por siempre a la corona, no permitiendo jamás su separación, cambio o enajenación, bajo ningún motivo.
Controlada la villa, el alcaide del castillo supo que no podría aguantar mucho tiempo y se comprometió a entregarlo de manera honrosa.
Lo haría el 21 de junio si antes no recibía refuerzos del rey de Castilla, cosa totalmente improbable.
Solucionado el tema oriolano, el 14 de mayo Jaime II se desplazó a otro asedio que tenía montado en el castillo de Monteagudo.
Luego regresó a Orihuela y comenzó a preparar la rendición de la capital, negociando con destacados personajes murcianos.
Controlada la comarca del bajo Segura estableció su campamento frente al castillo de Monteagudo y allí recibió una estupenda noticia: la sumisión del Arráez de Crevillente y su reconocimiento como nuevo rey de Murcia.
Crevillente era un caso insólito: integrado en el amplio término municipal de Orihuela, medio siglo después de la cristianización del reino por Alfonso X, se mantenía como señorío musulmán autónomo e independiente, bajo la Corona de Castilla.
Ya vimos en entregas anteriores como los caudillos musulmanes de Crevillente, descendientes de los Aben Hud, aceptaron el pacto de Alcaraz y el protectorado castellano.
Como juraron vasallaje conservando el poder; y como, en agradecimiento, «el Sabio» añadió a su gobierno las alquerías de Cox y Albatera.
También supieron mantener el gobierno en la revuelta mudéjar homenajeando a Jaime I a su paso por Orihuela.
Pues lo mismo con Jaime II: adaptarse o morir.
Recordemos al cronista Muntaner cuando afirmaba que Murcia estaba poblada toda de catalanes, como Orihuela, Elche, Alicante, Guardamar y Cartagena: «verdaderos catalanes que hablaban el más bello catalán del mundo».
Así pues si breve había sido el asedió de Orihuela, aún más lo fue el de Murcia si se le puede llamar asedio a una acampada de tres días, tiempo justo para cerrar negociaciones.
El 19 de mayo Jaime II entraba en la capital y la ciudad se acogió al procedimiento que explicamos en la entrega anterior: treinta días para decidir quién le aceptaba como rey.
Pasado el plazo le juraron fidelidad.
El castillo o alcázar urbano de Murcia adoptó también la fórmula pactada en Orihuela: la honrosa y caballeresca rendición que incluía un plazo para que su rey intentase socorrerles.
En junio se entregó al igual que Monteagudo.
Una vez instalado en la capital sus tropas se encargaron de someter los lugares de la huerta mientras negociaba con varias localidades.
También con Templarios, Hospitalarios y Santiaguistas, órdenes militares que poseían importantes señoríos en el Reino de Murcia.
Una tras otra, fueron cayendo Molina, Hellín, Cieza, Ricote, Lorquí, Ceutí, Alguazas…
El 28 de mayo puso cerco sobre Mula y, tras negociar con su alcaide, en menos de un mes fue reconocido como soberano.
A primeros de junio cayó Cartagena y el alcaide de la ciudad fue confirmado en su cargo por entregar la plaza sin resistencia.
Su castillo se rindió el 23 julio.
La rendición del castillo de Mula, plaza especialmente estratégica, fue efímera. Pronto se rebeló contra Aragón y ya no logró someterla.
También inició el asedio al castillo de Alhama, que resistió dos años. Y el de Lorca, que aguantó cuatro.
A primeros de junio, harto de negociar con los representantes de Don Juan Manuel. decidió sitiar también la villa de Elche.
Recordemos que había dado un rodeo para no invadir el señorío del Infante don Manuel, hermano de Alfonso X, una cuña de terreno en la vega del Vinalopó que se comportaba de forma casi independiente entre Castilla y Aragón.
El infante había fallecido tres años antes dejando a un niño como heredero.
Sin más dilación sus tropas, concentradas en Orihuela, iniciaron el asedio de la villa y diez días después el propio rey acampó en la huerta de Elche para dirigir personalmente las operaciones.
En esta ocasión sí entraron en funcionamiento las máquinas de guerra machacando las murallas.
El asedio se mantuvo hasta finales de julio, cuando dos lugartenientes capitularon en nombre de un mocoso de catorce años.
La rendición incluía Elche, Santa Pola, Aspe, Monóvar, Pinoso y Salinas.
Los representantes consiguieron una tregua por siete años reconociendo al rey de Aragón hasta que Juan Manuel cumpliese los veintiuno y pudiese prestarle el verdadero vasallaje como señor y rey de Murcia.
Durante el asedio de Elche envió al nuevo procurador general del Reino de Murcia para que el jueves 21 de junio estuviese en Orihuela.
Se cumplía el plazo pactado y debía hacerse cargo del castillo en su nombre.
Como premio a su noble comportamiento el monarca aragonés confirmó en su cargo al alcaide oriolano llamado Pedro Ruiz de San Cebrián.
Ya instalado en Murcia capital Jaime II prosiguió con la conquista.
Mandó a su representante en el Reino que identificase a los castellanos insumisos en Orihuela y Murcia para proceder al embargo de sus bienes.
Los castellanos expulsados de las ciudades conquistadas pasaron a engrosar las fuerzas de las que resistían.
El nieto del Conquistador había emprendió esta guerra con vigor y empeño pero no podía mantener la intensidad por mucho tiempo.
En agosto visitó de nuevo Orihuela ordenando que reparasen su castillo y el de Alicante con cargo a la Corona.
Tras cuatro meses de conquistas y asedios su atención se dispersó en otros asuntos.
Durante 1297 estuvo muy ocupado.
Viajó a Italia, donde le esperaba el Papa para concederle el señorío sobre los reinos de Córcega y Cerdeña: una compensación por la cesión de Sicilia.
Ese compromiso le obligó a armar dos flotas para enfrentarse a su propio hermano, Federico.
En 1298 regresó al Reino de Murcia para retomar las operaciones militares.
Ordenó a su almirante y consejero real, Bernat de Sarrià, que armase en Mallorca el mayor número mayor posible de galeras y reclutase hombres bien equipados de caballos y aparatos de guerra para someter de una vez las plazas rebeldes del Reino de Murcia.
En esta campaña cayó Alhama; pero Lorca, Mula y Alcalá siguieron resistiendo apoyados por incursiones castellanas.
En el verano de 1300 volvió a convocar a los nobles de Aragón para marchar contra los castillos rebeldes del Reino de Murcia.
Escribió a los oficiales para que activasen la mayor leva posible de soldados.
Pidió ayuda a los nobles valencianos, a los obispos, a los consells de las ciudades.
La escasez de efectivos le llevó a contratar tropas mercenarias una compañía formada por cuatrocientos jinetes granadinos y marroquíes que había servido a su aliado, el emir de Granada.
La temible caballería musulmana se dedicó a hacer incursiones en la frontera castellana.
Por fin, en las navidades de 1300, Lorca se rindió. Había resistido cuatro años aislada a pesar de los esfuerzos militares de Aragón.
El 21 diciembre firmaron el acta en la iglesia de Santa María la Mayor.
La capitulación de Lorca y la incursión del ejército castellano, a principios de 1301, fueron las últimas operaciones destacables de esta guerra.
A pesar de su aparente victoria una serie de circunstancias empezaron a sucederse peligrosamente contra Jaime II.
El Reino de Murcia era prácticamente suyo aunque la situación económica impedía abastecer los castillos y alimentar a las tropas encargadas de defenderlos.
El Papa legitimó por fin el matrimonio del difunto Sancho IV con María de Molina. Este acto certificaba la sucesión al trono castellano de Fernando IV, desarmando la causa dinástica de Alfonso de la Cerda, razón principal esgrimida para justificar la conquista.
El rey de Castilla alcanzó la mayoría de edad y se casó con la infanta de Portugal. También falleció su buen amigo Muhammad II, el rey de Granada, y su hijo no tardó en firmar la paz con Castilla.
Si a eso unimos el asunto siciliano, la rebelión de la nobleza aragonesa, el dispendio que suponía mantener el ejército desplegado, y la disposición del monarca castellano a renunciar a una parte del Reino de Murcia, tenemos las razones por las que Jaime II intentó la paz con Castilla.
La solución al conflicto quedó en manos de una comisión formada por un infante de Castilla, el arzobispo de Zaragoza y el rey de Portugal, que actuó como árbitro.
Estos tres hombres impulsaron la famosa Sentencia Arbitral de Torrellas que partió en dos el Reino de Murcia fijando como frontera el cauce bajo del río Segura.
El territorio al norte quedó para Aragón y el sur para Castilla, excepto Guardamar y Cartagena, ambas situadas en la margen derecha del río.
Así pasaron a la Corona Aragonesa los términos de: Alicante, Elche, Orihuela, Guardamar, Cartagena y Villena, cuya jurisdicción señorial quedó en manos de Don Juan Manuel en compensación por la pérdida de Elche.
Pero la imprecisión de los límites territoriales trazados dio lugar a numerosas discrepancias y litigios.
Un año después intentaron solucionar el embrollo fronterizo con un nuevo pacto conocido como el acuerdo de Elche, firmado en mayo de 1305.
Allí se reunieron el canciller Mayor de Castilla y un consejero real de Aragón para esclarecer el asunto.
En Murcia y Cartagena, ciudades con mayoría catalano aragonesa, sus pobladores quedaron abandonados y señalados después de declararse partidarios de Jaime II.
Cedida la capital y su demarcación territorial, Cartagena había quedado aislada en una especie de marca dentro de Castilla.
Gracias a la habilidad de sus negociadores, este importante puerto, incomprensiblemente, acabó de nuevo en poder castellano.
Con el acuerdo de Elche pusieron punto final a la disputa precisando los límites territoriales.
Lo que quedó en manos de Castilla conservó el nombre histórico de Reino de Murcia.
El resto pasó a ser la recién nacida Procuración General de Orihuela o Reino de Valencia ultra Sexonam, territorio gobernado por un delegado del Procurador General de la Corona, con sede oficial en el nuevo baluarte de Aragón.
Reorganizada la configuración territorial, en 1308 las tierras conquistadas pasaron legalmente al Reino de Valencia.
El cambio de corona permitió a los oriolanos mantener los antiguos privilegios concedidos por Castilla y conseguir otros muchos de Jaime II, el artífice de la sexta partición, la última de nuestro Llibre de repartiment y la primera redactada en catalán.
La invasión aragonesa y la posterior partición del Reino de Murcia fue una vuelta de tuerca más en la peligrosidad de un terreno fronterizo, donde se forjó Orihuela.
Medio siglo después Pedro I el Cruel intentó recuperar lo perdido en otro conflicto mucho más sangriento y destructivo.
Durante la Guerra de los dos Pedros, «el Ceremonioso» introdujo algunas modificaciones en la procuración y comenzó a llamarla «Gobernasió d´Oriola», entidad que permaneció hasta el siglo XVIII, cuando el primer Borbón la suprimió dentro de los decretos de Nueva Planta.
Como os prometí hace sesenta entregas tomamos nuestra ciudad cuando era un protectorado del emirato Omeya y, tras pasar por diversos emiratos y califatos, por los reinos de Almería, Denia, Valencia y Murcia, la dejamos en la Corona de Aragón como segunda capital del Reino de Valencia.
Un viaje en el tiempo de Tudmir a Oriola.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 60.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
