Tud Or Cap. 25/26. Almohades-Jaume I.

De Tudmir a Oriola XXV.

El califa Al-Nasir tenía preparado un poderoso ejército para combatir en Hispania.

A sus huestes se unieron tribus de Marruecos, contingentes de Ifriquiya, milicias de las ciudades de Al-Ándalus y miles de voluntarios al reclamo de la Guerra Santa. Carne de lanza destinada a la primera línea de combate con muchas probabilidades de alcanzar el paraíso.

El ejército de Aragón llegó bien pertrechado con su rey a la cabeza.

A las mesnadas castellanas se agregaron las milicias de las ciudades y las órdenes militares.

Aunque no comparecieron sus reyes, participaron también voluntarios de Portugal y de León.

A partir de la primavera fueron llegando riadas de cruzados del otro lado de los Pirineos. Miles de hombres de toda condición: caballeros, obispos, soldados y gente de pie a la que hubo que armar.

Esta cruzada no iba dirigida contra un territorio o plaza concreta. Toda esa marea humana marchaba sin remedio hacia una batalla campal.

Un combate singular entre la cruz y el Islam.

Acudid a la guerra, el éxito es seguro. Alcanzad la gloria en este mundo o conquistad la vida eterna.

Las fuerzas cristianas se concentraron en Toledo, base militar de Castilla defendida por cuatro recintos amurallados.  

Cabalgadas, saqueos y campañas tenían allí su punto de partida como plaza destacada para reunir y aprovisionar tropas.

Aquella multitud desbordaba toda su capacidad logística.

A principios de junio llegó un gran contingente de cruzados europeos capitaneados por el arzobispo de Narbona, multiplicando los problemas.

Esta gente no sabía nada de convivencias y tratados. Andaba deseosa de botín y sangre. Como aperitivo saquearon la judería toledana provocando una matanza.

Tras semanas de preparativos en las que fue muy difícil mantener el orden, aquél enorme ejército partió hacia el sur.

En las primeras plazas musulmanas pasaron a cuchillo a todos sus habitantes como era costumbre en las cruzadas.

Nada de pactos ni rendiciones honrosas. Aquellos soldados europeos practicaban otro tipo de guerra y se enojaron con la orden de respetar a los vencidos.

A eso se unieron las terribles privaciones habituales de aquella Hispania en perpetua guerra y el insoportable calor.

A finales de junio gran parte de los cruzados regresaron a casa.

La deserción en masa minó la moral de una muchedumbre cansada, hambrienta y sedienta, pero mejoró su situación al reducir las bocas que alimentar.

Y así llegaron a Sierra Morena.

Atravesar los desfiladeros y gargantas del actual puerto de Despeñaperros era un suicidio. El «Miramamolín» los esperaba al otro lado con sus fuerzas descansadas y desplegadas en altura para aplastarles.

No podían avanzar ni tampoco desandar lo andado con las tropas agotadas, desmoralizadas y sin víveres.

Cuentan las crónicas que los cristianos pidieron un milagro y este llegó personificado en un pastor de la comarca que guió al ejército cristiano por un paso que los almohades desconocían.

Aquel tortuoso sendero los situó en el flanco izquierdo de los musulmanes sin montañas de por medio.

La ventaja escénica que el «Miramamolín» había preparado y sus tácticas de combate quedaron anuladas.

Todo se resolvería en un choque sin apenas espacio para maniobrar.  

Las cifras de combatientes en ambos ejércitos son muy variables según quien las cuente; pero siempre muy favorables a los sarracenos.

Por la capacidad de aquel campo de batalla se puede calcular que Alfonso de Castilla consiguió llegar con veinticinco o treinta mil hombres y que el califa lo esperaba con más o menos el doble.

No voy a relatar la batalla: aquella carnicería parecía decantarse por los musulmanes hasta que Alfonso de Castilla desenvainó su espada y, volviéndose hacia el arzobispo de Toledo gritó:

«Aquí, señor obispo, morimos todos». 

Y así tuvo lugar la legendaria carga de los tres reyes con las tropas de reserva. Atravesando el frente llegaron hasta la tienda del califa.

El lunes 16 de julio del año 1212 el ejército del «Miramamolín» fue destrozado y puesto en fuga.

El principal vencedor fue Alfonso VIII de Castilla, quien no pudo aprovechar la circunstancia para seguir conquistando territorios por una terrible hambruna seguida de una epidemia de peste.

Fue su nieto Fernando III el que recogió el testigo.

Gran fama ganó el rey de Navarra, aunque en un principio se resistió a colaborar.

Sancho consideraba más enemigo a su primo el castellano que al propio «Miramamolín».

Sancho de Navarra rompiendo la cadena de esclavos del Califa Almohade.

Al final acudió con solo doscientos caballeros, casi obligado por Roma.

Quizá por eso sus cronistas explotaron bien aquel triunfo contando que fue Sancho quien cayó sobre la famosa tienda roja del Califa.

Y así nació la leyenda que relaciona las cadenas del escudo de Navarra con los esclavos encadenados que protegían al «Miramamolín».

Pedro II acudió de buen grado a ayudar a su amigo y aliado.

Los almohades le habían golpeado en las costas catalanas. Pero no tuvo mucho tiempo para saborear aquella victoria. Antes de un año volvieron sus problemas en el norte.

Ante la amenaza de los cruzados de Simón de Montfort, que como ya contamos tenía a su hijo Jaime como rehén, organizó de nuevo su ejército y cruzó los Pirineos para ayudar a sus vasallos.

Puso bajo su protección a los condes y se dirigió a por los cruzados que, en inferioridad numérica, lo esperaban fortificados en Muret, muy cerca de Tolosa.

Durante el sitio, una hábil maniobra de Montfort acabó con la vida del rey de Aragón en septiembre de 1213.

A su muerte la corona quedó en una lamentable situación.

Pedro II se había enfrentado a sus nobles, aumentado la presión fiscal. Arrendó sus derechos, pidió préstamos, vendió plazas conquistadas a Navarra.

Hasta empeñó el tesoro personal para sus campañas militares.

Un reino arruinado y dividido, con los nobles descontentos y un rey menor de edad en poder de Simón de Montfort.

Dos batallas en menos de un año habían marcado su reinado: La victoria contra los Almohades y la derrota y muerte en Muret.

Una abría el sur y otra cerraba el norte, impulsando el avance de Aragón hacia Valencia y el Mediterráneo.

En cuanto al «Miramamolín», nunca se repuso de aquella derrota. Volvió a Marruecos dejando un Al-Ándalus descompuesto en manos de su hijo de catorce años.

Entregado al vino y los placeres falleció poco después, probablemente envenenado.

Muerto su hijo los últimos califas almohades se sucedieron a un ritmo vertiginoso.

La gesta cristiana en las Navas de Tolosa supuso el pistoletazo de salida a una etapa convulsa y caótica en el conjunto de la población musulmana peninsular que desembocó en las terceras taifas.

Un periodo en el que Mursya tuvo gran protagonismo.

El proceso de construcción de castillos y fortificaciones que había comenzado en el Califato, progresó con los almorávides y tuvo su mayor esplendor con los almohades.

Las murallas dieron seguridad, y la seguridad trajo población y desarrollo económico.

Medina Mursya, en su momento cumbre, quedaba como la indiscutible capital de un territorio cambiante.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 25

Programa 25.
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De Tudmir a Oriola XXVI.

El peligro de islamización de la península quedó enterrado en las Navas de Tolosa dando paso a un siglo XIII pródigo en conquistas cristianas.

Pero las consecuencias de aquella batalla no fueron inmediatas.

Castilla bajó la línea de frontera del Tajo a Sierra Morena, dominando una docena de fortalezas situadas entre Toledo y Córdoba.

Todo quedó en suspenso a causa de una serie de hambrunas y epidemias de peste que forzaron una tregua.

En dos años murieron los tres principales protagonistas de aquella legendaria batalla: el califa Al Nasir, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón.

Durante la década siguiente, a la que vamos a dedicar esta entrega, la frontera apenas se movió y el dominio almohade se mantuvo estable.

El Miramamolín fue sucedido por su hijo Yusuf, calificado en las crónicas árabes como un joven sin experiencia, entregado a los placeres de la vida.

Este quinceañero abandonó totalmente la guerra santa y dejó los asuntos del imperio en manos de ministros y gobernadores, miembros de diversas facciones de su familia que actuaban en sus distritos como señores independientes.

En Castilla, fallecido el primogénito Fernando antes que su padre, depositaron sus esperanzas en Enrique, un rey todavía muy niño.

Pero su muerte accidental complicó todavía más las cosas.

El trono pasó a su hermana Berenguela, quien inmediatamente abdicó en su hijo Fernando, heredero de León gracias a aquel matrimonio anulado por el Papa del que ya hablamos.

Así, tras una dura lucha contra una facción de los nobles y enfrentado a su propio padre, Fernando III acabó reinando en Castilla.

En Aragón, a Pedro II le sucedió su hijo Jaume, personaje al que estamos dedicando esta serie de programas en el 750 aniversario de su llegada a Mursya.

Jaime I fue el monarca medieval que más tiempo permaneció en el trono: sesenta y dos años. Así pues, nos va a acompañar unos cuantos capítulos.

El Conquistador dictó sus memorias en primera persona, dejándonos el «Llibre dels Feits».

El libro de los hechos del rey Jaime abarca toda su legendaria vida.

Llibre dels Feits de Jaume I. Reproducción facsimilar de la Biblioteca de Catalunya, correspondiente a la versión de la Crónica del rey Jaime I, que su biznieto, Pedro el Ceremonioso, ordenó copiar el 1380. 

Como él mismo dejó claro, sus padres no se querían y su nacimiento fue fruto de un engaño.

Pedro II era un hombre mujeriego que rechazaba yacer con su esposa, la reina María de Montpelier.

En una confabulación de la corte para conseguir heredero, la hicieron pasar por una de sus amantes.

Así logró engendrar al futuro rey de Aragón, nacido en Montpelier en el año 1208.

Despechada con su marido su madre no quiso otorgarle un nombre vinculado a la corona aragonesa.

Y cuentan las crónicas que encendió doce cirios del mismo tamaño y peso, en los que escribió los nombres de los doce apóstoles.

El último en consumirse fue el de Santiago, o Sant Jaume como se nombraba en aquellos territorios.

Una infancia muy difícil marcó su carácter. No fue reconocido por su padre hasta los dos años.

Y como ya contamos fue para dejarlo como rehén en manos de Simón de Montfort, quien pretendía casarlo con su hija.

Quiso el destino que su tutor y carcelero derrotase a su padre en Muret, donde dejó su vida.

Y así quedó Jaime: preso en territorio francés con apenas cinco años de edad, huérfano de padre y madre, con su familia conspirando para alcanzar el trono.

Un año tardó Simón de Montfort en devolverlo y no fue por iniciativa propia. Tuvo que intervenir el papa Inocencio III a petición de una embajada aragonesa.  

Jaime pisó Aragón por primera vez a los seis años de edad. De su reclusión en el castillo de Carcasone al castillo de Monzón: esta vez bajo la tutela de los templarios.

Allí pasó otros cuatro años mientras el reino quedaba en manos de un consejo de regencia presidido por su tío Sancho.

Antes fue jurado rey en las cortes de Lérida.

De Monzón salió a los diez años para hacerse cargo de un completo desastre. Su padre lo había dejado en la ruina.

Tanto, que el propio Jaime se quejaba de que sus rentas apenas cubrían los gastos de un día.

Mientras, sus tíos se disputaban la regencia y los nobles, aragoneses y catalanes campaban a sus anchas en una completa anarquía.

Sus inicios en el trono fueron una sucesión de traiciones, malos consejos, conflictos y revueltas señoriales con facciones enfrentadas para conseguir controlar la voluntad de aquel niño.

De nuevo el Papa tuvo que intervenir para poner orden, haciendo que aragoneses y catalanes le jurasen fidelidad.

Pronto decidió entrar en territorio valenciano. Y para la campaña, intentó concentrar a sus nobles en Teruel.

Estos ignoraron su primer llamamiento de conquista.

En 1220 intentó someter al poderoso Rodrigo de Lizana, que en abierta rebeldía huyó pidiendo refugio en Albarracín, el señorío de los Azagra.

Ante la negativa de entregar al fugitivo Jaime puso sitio a la plaza. Pero aquel asedio solo fue un nuevo fracaso para el joven rey.

Otra vez en Teruel, plaza fuerte de su frontera, convocó a los aragoneses para atacar a los moros valencianos. Y obtuvo la misma respuesta.

Aun así penetró en territorio musulmán arrancando un pacto con los valencianos que le permitió retirarse con dignidad.

Pero de vuelta hacia Aragón tropezó con uno de sus nobles que, por su propia cuenta, se disponía a atacar territorio musulmán rompiendo la palabra dada por su rey.

Tras una acalorada discusión el caballero acabó muerto por la escolta del rey provocando un nuevo alzamiento de la nobleza aragonesa, que no renunciaba a someter a su joven soberano.

Cumplidos los doce años fue nombrado caballero en Tarazona.

Sus consejeros, para evitar conflictos dinásticos, lo casaron con Leonor de Castilla, la hija de Alfonso VIII, cuando según sus propias palabras, no podía hacer eso que los hombres hacen con sus mujeres.

Aquel matrimonio concertado fue otro fracaso, pero al menos, proporcionó al reino un heredero, su primogénito Alfonso.

Y así llegamos al 1224, un año decisivo.

El califa Yusuf falleció sin hijos en oscuras circunstancias. Por primera vez, la línea directa de sucesión almohade quedaba rota y la administración entraba en estado agónico.

Los jeques en Marrakech proclamaron califa a un hermano de su abuelo, un anciano de nombre, Muhammad al-Majlu.

Dos meses después, convencido de su derecho al trono, Muhamad al-Adil, gobernador de Mursya y sobrino del anciano, se proclamó también califa.

Era sólo el principio.

Jaime I no pudo reaccionar a los acontecimientos. Seguía envuelto en traiciones y revueltas.

Sus nobles lo atrajeron a Zaragoza mediante engaños y allí fue secuestrado y encerrado en el torreón de la Zuda, junto a su esposa.

Fernando III, afianzado al fin su poder, no desaprovechó la ocasión que le brindaban las disputas almohades.

En el verano de 1224 salía de Toledo con dirección a Sierra Morena, acompañado de un fuerte contingente de nobles castellanos y miembros de las órdenes militares con sus maestres al frente.

Una nueva y apasionante etapa de nuestra historia acababa de empezar.

Programa 26.
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Tud Or Cap. 23/24. Almohades.

De Tudmir a Oriola XXIII.

El medio siglo que transcurrió entre la muerte de Mardanis «rey Lobo» y el alzamiento general contra los almohades, cuya mecha prendió precisamente en Mursya, es un periodo oscuro del que apenas tenemos noticias regionales y mucho menos locales.

Como provincia almohade los cronistas árabes unieron su historia a la de la península sin concretar detalles.

Aun así, podemos afirmar que, perdiendo su independencia política, la región gozó de una relativa paz.

Eso no significa que estuviese libre de las algaradas cristianas en las fronteras y de algún levantamiento local.

Mursya y Uryula siguieron progresando económica y culturalmente; como demuestran los numerosos restos arqueológicos encontrados.

También el gran número de sabios, literatos y juristas murcianos de aquella época que aparecen en los repertorios biográficos, un género literario tradicional en el mundo musulmán que se ocupaba de contar la vida y obra de los personajes más destacados.

Durante el último cuarto del siglo XII los almohades alcanzaron su apogeo político y económico.

Abu Yacub Yusuf, conocido como Yusuf I, continuó la tarea emprendida por su padre, el primer califa almohade.

Yusuf era un hombre muy culto educado en Sevilla. Y en dicha ciudad fue gobernador con tan solo dieciséis años.

El joven príncipe beréber amaba las artes y las letras, rodeándose de literatos, filósofos y hombres de ciencia entre los que destacó especialmente el famoso Averroes.

En 1171 se estableció en su amada Sevilla, donde instaló su cuartel general en la península.

Demostró gran inteligencia política casándose con una hija del «rey Lobo» y comprando la lealtad de todos sus familiares, a los que permitió desempeñar importantes cargos en los mismos territorios que antes ocupaban.

Así logró una transición pacífica y una fácil integración de la región en el estado almohade.

Tras un éxito relativo en sus campañas por Andalucía consiguió una tregua con los reyes cristianos y se dedicó a embellecer Sevilla hasta que tuvo que volver a Marrakech para hacer frente a una sublevación.

Fruto de su amor por esta ciudad fue el comienzo de la famosa Giralda, alminar sin parigual en ninguna de las mezquitas de Al Ándalus.

Mientras reprimía a los insurrectos africanos comenzó a recibir noticias alarmantes de la península: los reinos cristianos se habían aliado para acosar sus territorios hispanos.

Sin pensárselo dos veces, preparó un gran ejército con el que desembarcó en Algeciras.

En Sevilla se le unieron las tropas peninsulares, entre las que había contingentes reclutados en Mursya y parte de los cuales salieron de Uryula.

Desde allí se dirigió al corazón de Portugal poniendo sitio a la estratégica plaza de Santarem.

En una de las crónicas quedo reflejado un dato curioso: durante el asedio, tropas murcianas hicieron una incursión para alimentar a las mulas y fueron atacados por los cristianos, perdiendo las cincuenta acémilas.

Apoyados por tropas de León, los portugueses resistieron; y en el desordenado repliegue, el califa fue gravemente herido falleciendo poco después.

Su muerte se mantuvo en secreto hasta que volvieron Sevilla; donde su hijo fue proclamado sucesor en el año 1184.

Barras de Aragón.

Mientras tanto en Aragón, como ya contamos en el capítulo anterior, Alfonso II heredó todos los derechos de su padre y de los antepasados de su madre.

Al ser reconocido por Roma quedó enterrado definitivamente el complejo testamento del Batallador a favor de las órdenes militares.

Unidos por la corona, Aragón y los condados catalanes fueron eliminando sus fronteras interiores a la vez que acentuaban sus diferentes personalidades.

La frontera del reino había bajado en dirección a Castellón y Teruel.

Esta última plaza, fundada y fuertemente fortificada por Alfonso II, se convirtió en su punta de lanza y se fue poblando rápidamente gracias a un fuero especial muy ventajoso.

Siguiendo los dictados del Papa, los reinos de León, Castilla y Aragón pactaron para hacer frente a los Almohades, atacando simultáneamente en todos los frentes.

Fruto de esta alianza fue la importante conquista de Cuenca en 1177 por parte de Castilla, un enclave estratégico muy reforzado por los almohades que fue sitiado y atacado con catapultas.

El propio rey de Aragón participó personalmente en esta campaña exhibiendo por primera vez las barras de Aragón.

La Crónica de San Juan de la Peña lo refiere así : «mudó las armas y señales de Aragón y prendió bastones».

Hasta su reinado no hay constancia de los signos o emblemas que los reyes de Aragón utilizaban en el campo de batalla. Lo más lógico es que fuese la enseña de Cristo, una simple cruz.

¿Quién fue el primer rey que usó las barras rojas y amarillas?

En heráldica se nombran como palos de gules iguales entre sí sobre campo de oro.

La referencia más antigua son unos sellos de Ramón Berenguer IV, cuando ya era Príncipe de Aragón y conde de Barcelona.

Lo que está claro es que esas barras no representaban a ningún territorio. Eran el distintivo de una familia; en este caso la Casa Real aragonesa. Fue mucho después cuando quedó escrito:

«No pienso que galera, bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, ni tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».

La historia y la cultura son los elementos que forman la identidad de un pueblo. Y el prestigio de esas barras lo ganaron aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos.

Por lo tanto son un símbolo que pertenece a todos lo que una vez formaron parte de la corona de Aragón, por mucho que se empeñen los catalanes en inventar fantásticas leyendas para apropiárselas.

Alfonso fue un gran aficionado a leer y escribir poesía, especialmente de cortejo, lo que le valió el apodo de «el trovador».

Este mote regio no guarda mucha relación con el que le otorgaron siglos después, por no haber dejado hijos bastardos: «el casto».

Consolidó la presencia aragonesa en Occitania como actor principal y aliado del rey de Inglaterra.

Retiró su vasallaje al emperador apoyando al Papa.

Trató sin éxito de recuperar Navarra y participó en la lucha contra los almohades.

Falleció en Perpiñán en el año 1196, dejando tres varones y tres hembras.

Averroes en Córdoba. Escultura realizada por Pablo Yusti Conejo en 1967.

El tercer califa almohade Abu Yusuf Yaqub, conocido como Yusuf II, subió al trono tras la muerte de su padre.

Tanto en África, contra una rama de los Almorávides que había sobrevivido en las Baleares, como en la península, batallando contra los reinos cristianos, demostró grandes dotes para la guerra.

Logró conjurar las amenazas al califato con brillantes y efímeros triunfos militares, adoptando el sobrenombre de Al-Mansur, «el victorioso».

Continuó la obra constructiva de su padre, culminando la Giralda.Y tuvo que bregar con los fundamentalistas religiosos que veían una amenaza en las ideas filosóficas.

Presionado por los teólogos optó por deshacerse de ellos y sus escritos ardieron en las plazas públicas.

Entre ellos estaba Averroes, quien fue desterrado y sus obras quedaron prohibidas.

En lo político pactó treguas con Castilla, con León y Portugal. Pero esas treguas siempre fueron el preludio de nuevas guerras.

En 1195 volvió a la península para enfrentarse con Alfonso VIII de Castilla, al que derrotó en la famosa batalla de Alarcos, al norte de Córdoba.

El califa entró triunfal en Sevilla, donde celebró su victoria.

Con esta hazaña consiguió un gran prestigio que dio esperanzas a los musulmanes hispanos.

Por el contrario la derrota de Alarcos supuso un duro golpe para los reinos cristianos cuyas fronteras volvieron a las riberas del Tajo.

Pero de aquella larga campaña andalusí regresó enfermo a Marraquech. Y desde allí volvió a llamar a Averroes, revocando su condena.

El famoso médico y filósofo falleció en la corte a finales de 1198.

Yusuf II poco después, en 1199.

Su muerte dio comienzo a la irremediable decadencia del imperio almohade.

Y así terminamos el siglo XII.  

Programa 23.
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De Tudmir a Oriola XXIV.

El primer cuarto del siglo XIII trajo la decadencia del imperio almohade.

Sin embargo, la centuria no pudo comenzar más favorable para los africanos con Al-Ándalus unificado y un califa fortalecido por las victorias al otro lado del estrecho.

De Uryula seguimos sin datos.

De la región solo tenemos la participación de contingentes murcianos en las batallas y los cada vez más frecuentes cambios en su gobierno.

Aquellos dirigentes locales heredados del «rey Lobo» fueron sustituidos por los saydes o señores almohades, familiares del califa que formaban el armazón del imperio. 

Pero también fueron el vivero para futuros alzamientos y luchas dinásticas.

La primera traición documentada ocurrió en Mursya a finales del siglo XII, todavía en vida de Yusuf II.

Aprovechando su regreso a Marruecos para luchar contra los almorávides, uno de sus hermanos intentó rebelarse con ayuda de su tío.

Era gobernador de Mursya, corrupto y ladrón a decir de las crónicas.

Cuando las autoridades religiosas se opusieron a sus propósitos asesinó al anciano cadí murciano propinándole un fuerte golpe en el pecho con la empuñadura de su espada. 

Aquello no pasó de una intentona. Y cuando las noticias llegaron al Califa, tío y sobrino fueron apresados, juzgados y ejecutados en Marruecos.

Abu Abdálá Muhammad Al Nasir, cuarto califa Almohade, sucedió a su padre con solo diecisiete años.

En las crónicas cristianas lo llamaron «el Miramamolín», versión romance de su título: Amir al Muminín «el príncipe de los creyentes». 

La victoria de su padre en la batalla de Alarcos marcó el devenir de Al-Ándalus durante varios años con la temible potencia militar castellana desarbolada.

A diferencia de los almohades que disponían de un inmenso vivero de hombres en África, Castilla reclutaba las mesnadas en sus territorios, por lo que necesitó una nueva generación de hombres para recuperar su esplendor militar.

El frente común contra el sarraceno se había roto y el califa pactaba treguas individuales con los diferentes reinos. 

Las viejas disputas territoriales volvieron: acercamientos, alianzas, rupturas….

Pedro II de Aragón renovó sus pactos con Castilla y juntos golpearon a Navarra.

En aquella campaña, los castellanos le arrebataron el actual país vasco, abriéndose paso al Cantábrico.  

Cada rey buscaba su espacio a costa del reino vecino, todos contra todos.

Los almohades no avanzaron más en la península.

Poco a poco relajaron sus costumbres y abandonaron la Guerra Santa. Se conformaban con hostigar las fronteras arrasando la repoblación emprendida años antes por los cristianos.

Fuera de estas cabalgadas y saqueos puntuales, su actividad bélica se concentró en África, donde obtuvieron varias victorias contra los descendientes almorávides, a los que arrebataron las Islas Baleares.

El cambio de siglo trajo también un nuevo papa inusualmente joven. Inocencio III buscó a toda costa la unión de fuerzas bajo el emblema de la cruz.

Las coronas cristianas debían buscar acuerdos.

La principal herramienta para sellar pactos entre cristianos topaba con el cercano parentesco y las consiguientes nulidades matrimoniales.

El ejemplo más claro fue el de Alfonso de León: casado con la hija del rey de Castilla.

Los demás monarcas denunciaron el enlace entre parientes y fue declarado nulo por Roma.

De aquel matrimonio frustrado nació un santo que unificó Castilla y León con el nombre de Fernando III, principal protagonista de las futuras conquistas cristianas. 

Pero no adelantemos acontecimientos.

Pedro II heredó el reino de Aragón y el condado de Barcelona. Por deseo de su padre la Provenza quedó en manos de su hermano Alfonso.

De elevada estatura y arrogante presencia era señor feudal de buena parte del sur de Francia. Y pronto aumentó sus territorios al casarse con María, la única hija del señor de Montpellier.

Ambos esposos se odiaban. Pero de este matrimonio nació Jaime I, el futuro rey «Conquistador».

Las cuestiones del otro lado de los Pirineos monopolizaron buena parte de su reinado.

Pedro II fue el primer rey aragonés coronado en Roma. El mismo año de su boda su esposa pagó el viaje para que el propio Papa le impusiese la corona.

De esta forma se declaraba vasallo de San Pedro, lo que le valió el apodo de «el católico».

Durante estos primeros años reafirmo la amistad con Castilla, acometiendo juntos la campaña contra Navarra y fijando definitivamente las fronteras entre ambos reinos.

Pronto se vio involucrado en un largo período de hostilidades que estallaron a comienzos de siglo con la herejía de los cátaros.

Sus compromisos señoriales tras los Pirineos le obligaron a enfrentarse al mismo Papa que le había coronado.

En 1208 se inició la cruzada contra la secta de los puros y Pedro acudió en ayuda de sus vasallos, solucionando temporalmente la situación de manera diplomática.

En aquellos territorios del sur de Francia se libraban demasiados conflictos que no tenemos tiempo de explicar aquí.

Dos años después, desde las islas Baleares, una flota almohade saqueó duramente las costas catalanas provocando la reacción de Pedro II.

El monarca aragonés reclutó un poderoso ejército a base de préstamos y atacó el territorio valenciano.  En la campaña se hizo con Ademuz y otras plazas. 

El agravamiento de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos le impidió continuar sus conquistas en el Levante.

En enero de 1211 asistió a la conferencia de Narbona para tratar de conciliar a los condes occitanos con la Santa Sede. 

Allí fue donde Simón de Montfort, noble francés que lideraba la cruzada contra los cátaros le propuso casar a su hija con el príncipe de Aragón.

Este matrimonio no llegó a celebrarse. Pero el futuro Jaime I, todavía muy niño, quedó en poder de Montfort como rehén.

Pedro regresó a Aragón y en pocos meses su ejército comenzó a prepararse para ayudar a Castilla en otra Cruzada contra el «Miramamolín».

Castilla se había recuperado militarmente y mantenía tregua con los almohades.

Pero sus obispos, por orden de Roma, incitaron a la población para atacar al moro.

Huestes de las ciudades castellanas comenzaron a presionar en las fronteras.

Su rey estaba por la labor aunque romper la tregua era arriesgarse a que sus vecinos aprovechasen la ocasión para apuñalarle por la espalda.

Había una solución: ofrecerse al Papa para liderar una cruzada en Hispania. De esta forma ningún cristiano podría atacarle sin ser excomulgado.

Así, protegida su retaguardia por Roma, Castilla se lanzó contra los almohades.

El airado califa cruzó el estrecho con un inmenso ejército dispuesto a dar otra lección a los infieles.

Concentró sus fuerzas en Sevilla y desde allí asestó un golpe certero en el Castillo de Salvatierra, el camino hacia el norte, una plaza estratégica defendida por la orden de Santiago.

La noticia corrió por Europa: el más poderoso soberano del Islam amenazaba a toda la cristiandad.

Por fin el Papa proclamó la cruzada hispana. Miles de combatientes atravesaron los Pirineos: francos, alemanes, italianos… 

El pontífice ofrecía la remisión de sus pecados por combatir a los enemigos de la fe. 

El futuro de la cristiandad parecía decidirse cerca de Sierra Morena, en 1212.

Programa 24.
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Tud Or Cap. 21/22. Rey Lobo.

De Tudmir a Oriola XXI.

Separados temporalmente los reinos de Castilla y León y unidos los condados catalanes al de Aragón, el periodo almohade ha sido etiquetado como la Hispania de los cinco reinos: Aragón, Castilla, León, Navarra y Portugal.

Durante un cuarto del siglo XII hubo uno más: un paréntesis hispano entre almorávides y almohades.

Ninguneado por los cronistas cristianos y musulmanes, de las segundas taifas emergió un monarca singular, un personaje sin nada que envidiar al Cid Campeador: el «rey lobo» de Mursya y, por supuesto, también de Uryula.

Muhammad Ben Mardanis nació en Peñíscola, miembro de una familia hispana de añejo linaje afincada en la poderosa taifa de Zaragoza.

Probablemente su origen tenga que ver con aquellos eslavos a los que el califato encargó las tareas militares. Oficiales que se dispersaron por la península tras su descomposición.

La mayoría de los cronistas lo califican simplemente como un Muladí de origen mozárabe cuyo apellido asocian a Martínez o Mardones.

Su padre era el gobernador de Medina Fraga cuando hincó la rodilla el invencible Batallador.

Diez años después apareció en Balasya, junto a su tío Abd Allah, lugarteniente de Ben Iyad con el que estaban emparentados.

Ya contamos en la entrega anterior que, desaparecidos ambos, Muhamad se hizo dueño de todo el Levante andalusí.

Hombre corpulento de gran fuerza física, las crónicas resaltan su lujuria y el gusto por la buena vida: un producto de la refinada civilización andalusí.

Alternaba el árabe con las lenguas romances. Gustaba vestir y aparejar su cabalgadura al uso de los cristianos.

Poco ortodoxo en la religión y defensor de la tradicional escuela Maliki, signo de identidad local frente a la intolerancia africana.

Prudente, generoso, valiente, ambicioso, cruel…. Todos estos adjetivos caben en el personaje.

De su apodo Lope, surgió el Rey Lobo en las crónicas cristianas: el dictador que creó el reino de Mursya.

Primero se ocupó de asegurar el territorio.

Por el Norte pactó con Aragón y Castilla pagando generosas parias.  Para los reinos cristianos Ben Mardanis era un colchón frente a la amenaza Almohade.

Nutrió sus ejércitos con mercenarios castellanos, aragoneses, navarros… hasta italianos y alemanes reclutó a base de oro.

Muy generoso con sus soldados creó zonas específicas para las mesnadas cristianas. Barrios provistos de tabernas en los que los oficiales vivían como príncipes y las fiestas eran legendarias.

Con estas tropas cristianas de élite controló el Sur, con Lorca como fortín. Y para completar su ambicioso plan se anexionó un cordón de localidades estratégicas.

Aseguradas sus fronteras y pacificado el territorio, acogió grandes contingentes de población poniendo en marcha una moderna estructura económica.

Potenció la agricultura de regadío en el Segura creando acequias, acueductos, norias y toda clase de ingenios hídricos.

En Uryula el sistema de riegos llegó a decenas de nuevas alquerías o núcleos rurales con acequias como la de Alquibla.

Una superficie de más de 40.000 tahúllas que gravitaba en torno la medina amurallada.

Además de la triada mediterránea: cereal, vino y aceite, puso en marcha la industria de la seda, el papel y la cerámica.

Volcado en el comercio y la exportación autorizó el establecimiento de depósitos mercantiles europeos, especialmente genoveses.

Sus agentes gozaban de salvoconductos por toda Europa; y para agilizar el tráfico mercantil, acuñó su propia moneda, los morabetinos lupinos de oro que circularon durante muchos años después de su muerte.

Dinar. Murcia. (1147-1172) o (541-566). Muhammad ibn Mardanís. «Rey Lobo».

También destacó como constructor de palacios, no así de mezquitas.

Fortificó Mursya y sus alrededores. Y para su recreo levanto la residencia conocida como el «Castillejo de Monteagudo», unas instalaciones rodeadas de grandes albercas y huertos, junto a un inexpugnable castillo.

Castillejo de Monteagudo. Murcia. Gregorico. Wikipedia.

La Orihuela musulmana (Uryula) era una importante plaza en la ruta entre Valencia y Cartagena. Su proximidad a la corte facilitó la instalación de numerosos oligarcas dedicados a la agricultura.

Uryula fue también reforzada y su población se multiplicó notablemente, comenzando a poblarse el otro lado del río hasta formar un nuevo arrabal en el camino de Cartagena, antecedente al barrio de San Agustín.

En el asunto de edificaciones no está del todo claro cuales fueron del rey lobo y cuales debemos a los almohades.

En ese periodo se reforzó el castillo, se construyó la torre Embergoñes, la muralla que sube por la calle torreta, las torres conservadas en el museo de la muralla…

Idealización con Inteligencia Artificial de la construcción del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia.

Todo este sistema era muy costoso y se mantenía exclusivamente de los impuestos recaudados a los ciudadanos andalusíes; fomentando el descontento y el crecimiento del partido almohade.

Los africanos, luchando simultaneamente en el Magreb, en el centro y en el oeste de la península, habían sido solo una amenaza lejana y Ben Mardanis se permitió atacarles en sus plazas del sur.

Con ayuda de su suegro Ibrahim Ibn Hamusk, conocido como el «señor de Segura», lanzó audaces incursiones contra los almohades, empleando como punta de lanza a las unidades militares cristianas.

Así conquistó Jaén, atacó Córdoba y Sevilla, asedió Granada….  

Una vez controlado Marruecos las cosas cambiaron.

Los almohades pusieron a trabajar sus astilleros navales, sus talleres de armamento. Compraron caballos, reclutaron tropas regulares y mercenarias.

Un impresionante ejército se trasladó a la península utilizando Gibraltar como cabeza de puente.

Sus días estaban contados.

Incapaz de detener la marea almorávide, entre 1164 y 1165 perdió gran parte de su ejército y Lorca abrió sus puertas a los Almohades.

Desarticulado su dispositivo de defensa todo se volvió contra él. 

Hasta su suegro, repudiada su esposa, se pasó a las filas de los almohades.  

Pedro Ruiz de Azagra se apropió de Albarracín y la convirtió en taifa cristiana.  

Aragón aprovechó que había dejado de pagar parias para darle el golpe de gracia invadiendo su reino por el norte.

Probó a someterse a Castilla cediéndole plazas estratégicas como la de Alcaraz.

Pero no había remedio.

Los africanos camparon a placer por la región asolando las indefensas aldeas y alquerías, talando la huerta y arrasando el castillejo de Monteagudo.

Cuando entraron en Uryula cortaron su comunicación con Balasya (Valencia). Toda la región quedó bajo control almohade y su propio hermano entregó Valencia.

En 1171 seguía encerrado tras los muros de Medina Mursya con unos pocos mercenarios a los que apenas podía pagar; y aún aguantó otro asalto.

Hundido física y anímicamente, recomendó a su familia que pactasen con los almohades para conservar su posición y murió en su lecho en la primavera de 1172. 

Los suyos entregaron el reino de Mursya a cambio de privilegios políticos y económicos y se integraron totalmente en el mundo almohade.

Sus hijas casaron con soberanos. Su hijo consiguió también un buen matrimonio y mantuvo el poder en Mursya. Su hermano continuó gobernando Balasya durante muchos años.

Tras aquellos pactos el califa almohade entró a tambor batiente en Uryula y Mursya.

El reino del lobo, agotado y arrasado, recibió a los invasores con aclamaciones y júbilo.

Los almohades acamparon cerca de Uryula y el califa hizo la correspondiente plegaria por la victoria en su mezquita aljama.

Hoy en día se pueden visitar los restos palaciegos en Monteagudo.

Y el conjunto monumental de San Juan de Dios de Murcia, donde está lo que queda del Alcázar mayor y parte de la muralla que lo custodiaba.

También un oratorio privado y el panteón real con nueve tumbas atribuidas a la familia del rey Lobo, aquel musulmán al que el papa citó como «El rey Lope, de gloriosa memoria».  

Dicen en los Alcázares que uno de sus edificios de recreo, un alcázar, dio nombre a esa población costera.

Programa 21.
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De Tudmir a Oriola XXII.

Seguimos en este viaje que nos está llevando desde el siglo VIII al XIV. De Teodomiro a Jaime II, el artífice de nuestro paso a la Corona de Aragón.

Este hecho devolvió a Oriola/Orihuela parte del protagonismo perdido en favor de Murcia.

Ser la frontera de Aragón fue durante muchos años nuestra seña de identidad y así lo reflejan los escudos que pueblan nuestras más antiguas iglesias.

Es por eso que también estamos hablando un poco de la historia del reino como parte de nuestra propia historia.

Llevamos ya relatados más de cuatrocientos años y vamos a dedicar esta entrega a refrescar la memoria.

Dejamos nuestro relato en el último cuarto del siglo XII, en la Hispania de los Almohades y los cinco reinos cristianos.

A pesar de la amenaza africana, Aragón, Castilla, León, Navarra y Portugal siguen manteniendo frecuentes disputas territoriales en casi todas sus fronteras.

En la Mursya musulmana a la que pertenece Uryula, Ben Mardanis, el famoso rey Lobo, ha muerto y sus familiares han abrazado por fin la causa almohade.

Tras la experiencia almorávide, su aceptación por los musulmanes de la península ha sido lenta, especialmente en nuestro territorio, que ha resistido casi un cuarto de siglo pactando con los cristianos.

Pero por fin han completado la unificación de Al-Ándalus.

Desaparecido el Rey Lobo, la pacifica transición ha consolidado el esplendor que inició este singular personaje en el levante o Sark Al-Ándalus.

La región no deja de ser la periferia de sus dominios peninsulares, cuyo centro de gravedad está situado en Sevilla.

Mursya es una provincia fronteriza y conflictiva dentro del inmenso imperio almohade, por lo que han preferido mantener las estructuras de poder delegando en las élites locales.

Una vez sometidas, continúan en sus cargos facilitando el control territorial en nombre de los africanos.

El segundo califa almohade ha dividido Al-Ándalus en cuatro gobernaciones con Sevilla, Córdoba, Granada y Murcia como capitales.

Así pues, Medina Mursya mantiene el protagonismo y la provincia sigue en una etapa de crecimiento económico basado en la agricultura y el comercio.

La población local continúa percibiendo a los almohades como invasores, hecho del que los africanos son plenamente conscientes.

Pero también saben que, sin su fuerza militar, los musulmanes hispanos serían pasto de los cristianos.

Por este motivo basan su estrategia en la guerra santa, mostrándose como protectores de la fe y única respuesta posible a los poderosos ejércitos de los cinco reinos.

Los almohades o unitarios han traído también una revolución política, artística y tecnológica, cuyo principal impulsor es el citado califa, llamado Abu Yakub Yusuf, educado en Sevilla y conocido como Yusuf I.

Bajo su mandato construyen nuevas fortalezas más seguras que permiten el desarrollo de las ciudades; levantan nuevas mezquitas y promueven la cultura islámica.

La arquitectura y decoración almohade imprimen un estilo propio que se extiende a otros campos como la escritura y la numismática.

En Uryula/Orihuela se siguen perfeccionando los sistemas de regadío, creando acequias y norias para abastecer de agua a las nuevas alquerías o núcleos rurales en torno la madina.

Sus murallas son ampliadas y reforzadas con edificaciones como la torre de Embergoñes.

En esta prosperidad, la población se ha multiplicado y está ocupando la otra orilla del río en un nuevo arrabal formado en el camino de Cartagena: la futura morería y el futuro barrio de San Agustín.

En nuestra población se instalan familias influyentes que quieren vivir cerca de Medina Mursya.

Pero no deja de ser una ciudad secundaria; eso sí, con uno de los más inexpugnables castillos cuyas seguras mazmorras albergan a los enemigos peligrosos.

En Aragón, mientras tanto, se ha consolidado el proyecto de Ramiro el Monje que, como ya expliqué, casó a su hija Petronila con Ramón Berenguer IV, el Conde de Barcelona que actuó como príncipe hasta su muerte.

Petronila ha transmitido los derechos de su padre y de su marido a su hijo Alfonso II que es el primer rey de una nueva y poderosa entidad política, la Corona de Aragón. 

Nacido en Huesca, su padre lo llamaba Ramón, como los condes de Barcelona.

Para reinar ha tomado el nombre de Alfonso en honor al Batallador, el más famoso monarca aragonés hasta la fecha.

Ha llegado al trono muy niño y su tutor por testamento es Enrique II de Inglaterra.

Tiene la plena potestad del reino, pero los destinos de la corona están en manos de un consejo de regencia por su minoría de edad. 

Dicho consejo está formado por obispos, nobles y representantes de las ciudades en lo que podría llamarse las primeras cortes de Aragón.

El trono de Castilla lo ocupa otro adolescente de igual nombre, Alfonso VIII; y ambos han decidido acercarse, aliarse.

Estos dos jóvenes monarcas van a firmar varios tratados para recuperar el protagonismo y los territorios que les han esquilmado leoneses y navarros aprovechando la debilidad de sus reinos mientras eran niños.

Ahora, mediante pactos y matrimonios están creando una tupida red de intereses cruzados.

Alfonso de Castilla se ha casado con la hija de Enrique II de Inglaterra, el monarca más poderoso de la época, que domina además el sur y el este de Francia.

Así pues el castellano se ha convertido en cuñado de Ricardo Corazón de León.

Alfonso de Aragón, tutelado también por el monarca inglés, se ha casado en Zaragoza con Sancha, la tía del castellano, formando así un sólido triangulo de poder que amenaza a los otros reinos, especialmente a Navarra, en el punto de mira de castellanos y aragoneses.

En la alianza con Castilla se está fraguando nuestro destino.

Gracias al tratado de Cazola, firmado en Soria, los dos Alfonsos se reparten los futuros territorios de conquista.

El de Aragón es armado caballero a los dieciseis años; y toma por fin el complicado control de su herencia.

Rey de Aragón, conde de Barcelona y marqués de la Provenza, varios señores del otro lado de los Pirineos lo han aceptado como soberano y defenderlos cuesta un gran esfuerzo bélico.

Más preocupado por el norte se conforma con aspirar a Valencia, territorio que Aragón viene asediando desde la decadencia del «Rey Lobo».

La línea entre Calpe, Denia y el castillo de Biar, marcará la frontera entre las zonas de expansión de los dos reinos.

Alfonso de Castilla sale más beneficiado. Aspira a todo lo que hay al sur de esa línea comenzando por el reino de Mursya.

Este pacto lo firman para siempre, en su nombre y en el de sus descendientes, por lo que el futuro de nuestra Uryula quedó ligado a Castilla.

Esta es la situación en el último cuarto del siglo XII. Centuria que culminaremos en la próxima entrega.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 22.

Programa 22.
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Tud Or Cap. 19/20. Aragón.

De Tudmir a Oriola XIX.

La Campana de Huesca. José Casado del Alisal. 1880. Óleo sobre lienzo. Ayuntamiento de Huesca.

Dice la leyenda que, llegado al trono, Ramiro no conseguía domesticar a los nobles aragoneses.

Lo menospreciaban por no ser sabedor en armas; solo un manso clérigo haciendo de rey.

Y mandó un mensajero al otro lado de los Pirineos; al monasterio donde había hecho el noviciado, buscando el consejo del que fue su maestro.

Cuando aquel sabio abad escuchó el problema, no respondió con palabras. Llevó al mensajero a un huerto de coles, sacó una hoz y cortó las más altas.

Y añadió —dile a tu señor lo que has visto.

Informado Ramiro de su respuesta convocó cortes en Huesca, diciendo a sus nobles que pensaba fabricar una campana cuyo tañido resonaría en todo el reino.

Tomándolo como una locura del monje, acudieron curiosos a la llamada. Los hizo pasar uno a uno y los fue decapitando.

Colgó sus cabezas en círculo/ formando una gran campana/ y en el centro, por badajo/ colocó la del Obispo.

Y se las mostró a sus hijos, que a los padres aguardaban, diciendo que haría lo mismo/con cuantos no le acataran/ y así fue temido el Monje/con el son de su campana.

Ramiro Sánchez II El Monje. Felipe Ariosto. 1634. Óleo sobre lienzo. Pinchando la imagen se accede al cuadro completo en la Galería del Museo del Prado.

Ramiro era el tercer hijo del segundo matrimonio de Sancho Ramírez. Hermano menor del Batallador.

Nació predestinado para la Iglesia quedando excluido de la sucesión.

Ingresó de niño en un monasterio benedictino del sur de Francia, donde fue educado como hijo de rey.

Su hermano lo nombró abad de Sahagún y luego Obispo de Roda.

Con este bagaje llegó a Zaragoza para intentar salvar Aragón, cuya situación era desesperada.

Había heredado el reino en plena crisis económica, con el ejército diezmado por la derrota de Fraga.

Los nobles estaban descontrolados luchando unos contra otros; la población aterrorizada a merced de castellanos y almorávides; los de Navarra en secesión y el Papa reclamando sus derechos por el testamento del Batallador.

Contra todo pronóstico Ramiro demostró ser el hombre adecuado.

Vamos por partes: con Navarra cedió, no tenía otro remedio. Lo último que podía soportar Aragón era una guerra civil. Aceptó la secesión de Pamplona tras medio siglo de unión.

Navarra quedó en manos de García Ramírez, llamado «el restaurador», un nieto del Cid Campeador que en principio le juró obediencia.

El emperador Alfonso atacó las plazas fronterizas entre sus reinos y se plantó en Zaragoza alegando que «el Batallador» las había conquistado como consorte de su madre, la reina de Castilla.

El flamante rey de Pamplona le juró obediencia traicionando a Ramiro y muchos nobles acataron al castellano. Era lógico que la gente de la frontera optase por el monarca más fuerte.

Ramiro huyó de Zaragoza buscando refugio en los condados catalanes, bajo la protección del Conde de Barcelona. Una amistad que, a la larga, resultó muy interesante.

Con gran astucia escribió al Papa informándole de que el castellano estaba robando la herencia que Roma reclamaba.

El pontífice mandó a Alfonso VII devolver Zaragoza si quería ser coronado como emperador de la cristiandad y así lo hizo.

Con los almorávides pactó una tregua.

En cuanto a los nobles díscolos, hay constancia de que tuvo que emplearse a fondo con ellos y con algún obispo; dando origen a una de las leyendas más famosas de Aragón, la jornada de la Campana de Huesca que he resumido al principio.

En cuanto al tema de la sucesión, condición indispensable para estabilizar el reino, abandonó el sacerdocio después de cuarenta años y casó en Jaca con Inés de Poitiers, viuda y madre de varios hijos, una garantía de fecundidad.

Era hija del duque de Aquitania, un viejo aliado del Batallador.

Ramiro dejó bien claro que rompía su celibato por razones de Estado. Y una vez que Inés quedó embarazada se separó de ella.

Prefería un hijo. Pero la sucesión al trono estaba asegurada fuese varón o hembra.

Y fue niña. Rápidamente el emperador vio la oportunidad de casarla con su hijo Sancho, solo dos años mayor.

Ramiro tenía otros planes. Tenía claro que con Castilla y León su reino sería absorbido como un territorio más.

Por lo que encontró otro marido más interesante para su hija, a la que llamó Petronila.

Acosado por todas partes vio un potencial aliado en el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV.

Con la independencia de Navarra había perdido el acceso a la costa atlántica, pero con este matrimonio, Aragón alcanzaría por fin el Mediterráneo.

Para cuadrar el círculo el joven conde era templario. Entregándole su reino cumplía en parte la voluntad de su hermano.

Eso sí, tuvo que compensar económicamente al Papa y hacer generosas donaciones a las ordenes militares que, por otra parte, tampoco sabían que hacer con el legado y cedieron sus derechos al catalán.

Con tan solo un año de vida, Petronila quedó comprometida con el Conde de Barcelona, quien se encargó de criarla y desposarla a los catorce años.

El pacto tenía ciertas condiciones: Ramón Berenguer nunca sería rey, sólo príncipe de Aragón. La reina sería su esposa.

Y el fruto de ese matrimonio sería rey de Aragón y conde de Barcelona, unificando sus territorios.

Solo en caso de morir sin descendencia el reino pasaría a su marido.

Cumplido su deber Inés volvió a Aquitania y Ramiro se retiró a un monasterio de Huesca conservando el título de rey hasta su muerte, veinte años después.

Dejó todo el poder en manos del conde quien por cierto, lo hizo muy bien como príncipe.

Esperó trece años y, en el verano del 1150, la desposó en Lérida, ciudad recién conquistada. Tuvieron seis hijos.

Petronila tomó el título de reina de Aragón a la muerte de su padre y el de condesa de Barcelona a la de su marido, manteniéndolos hasta que su hijo alcanzó la edad para ser coronado.

Fallecido el primogénito Pedro, el segundo, llamado Ramón, reinó con el nombre de su tío: Alfonso II el trovador.

Daba inicio a una entidad política nueva: la Corona de Aragón, en la que prevaleció el nombre del reino por mayor categoría frente al condado.

Por sus venas corría sangre de los dos linajes: aragonés y catalán.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Esponsales de Doña Petronila con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. Claudio Lorenzale. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón.

Valencia, Mursya y parte de Jaén estaban bajo el dominio de Zafadola; quien soñaba con ser el emir de todos los musulmanes de la península.

Su linaje, los Banu Hud, descendía de los primeros árabes que llegaron en el siglo VIII.

Desde que su padre abandonó Zaragoza protegido por «el Batallador» había estado apartado del poder.

Ahora, con ayuda de su amigo el emperador ¿quién sabe?

Quizá pudiese formar un califato independiente de los africanos.

Sublevada Córdoba contra los almorávides corrió a conquistar la simbólica capital del califato.

Los cordobeses no aprobaron sus tratos con el emperador cristiano y lo echaron de la ciudad, refugiándose en Jaén.

Lo mismo le pasó en Granada. Y es que la sombra de Alfonso VII pesaba mucho.

Él también tenía un sueño: unificar la península mediante una confederación de reinos bajo su corona imperial.

Y olvidando el tema religioso, uno de ellos podía ser el de su aliado musulmán como rey de Al-Ándalus.

Cuando Jaén y otras ciudades cercanas se negaron también a obedecer a Zafadola, el emperador envió tropas castellanas para ayudarle.

De paso se hizo con algunas plazas estratégicas.

Sin almorávides a los que acudir, los de Jaén enviaron un mensaje de socorro al mismo que habían expulsado:

—Ven, líbranos de los cristianos y te serviremos.  Era su oportunidad.  

Zafadola formó un ejército y acudió como libertador, exigiendo a los castellanos que devolviesen el botín y liberasen a los esclavos.  

Ellos tenían orden de tomar las ciudades y entregárselas; pero el botín y los esclavos… eso no entraba en el trato.

En un gesto estúpido Zafadola intentó demostrar que no era una marioneta y se enfrentó militarmente a los cristianos que habían acudido en su ayuda.

Fue derrotado y hecho preso. Pensaban entregarlo a su aliado, el emperador.

Pero por motivos poco claros acabó asesinado. Las tropas de la frontera no entendían de tratos con moros.

Alfonso VII se enojó proclamando a los cuatro vientos que no había tenido nada que ver con el asesinato; pero la suerte estaba echada.

El sueño de un reino musulmán hispano aliado de Castilla se diluyó con aquella absurda muerte.

De lo que pasó en Balansya, en Mursya y en Uryula tras la muerte de Zafadola hablaremos en la próxima entrega.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 19.

Programa 19.
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De Tudmir a Oriola XX.

El Papa había otorgado el rango de Cruzada a la conquista de Almería y los príncipes cristianos juntaron sus armas contra los sarracenos.

La antigua base naval de los Almorávides se había convertido en un nido de piratas que asolaban el Mediterráneo.

Para la decisiva campaña se unieron todos los afectados en su comercio marítimo: naves catalanas, de Pisa, de Génova. Mil embarcaciones entre grandes y pequeñas esperaban en el puerto de Barcelona.

El emperador movilizó a las mesnadas castellano leonesas. Y así, cercada y combatida por tierra y por mar, en el otoño del 1147 Almería se rindió a los caudillos cristianos que penetraron en ella entregándola al furor de sus soldados.

Un año después, la cruzada se repitió en Tortosa; liderada esta vez por el Conde de Barcelona en su papel de príncipe de Aragón.

Estas dos plazas conquistadas marcaron las fronteras norte y sur de Sark Al Ándalus, el Levante Andalusí.

Un territorio musulmán hispano que resistió el acoso almohade durante más de dos décadas.

La elección de Ramiro el Monje había sido todo un acierto. El joven conde, sucesor de su padre con tan sólo 17 años, demostró estar a la altura de la empresa encomendada.

Aragón no era más que un conjunto de comarcas prácticamente independientes bajo una misma corona. Y lo que hoy conocemos por Cataluña, otro conglomerado de comarcas agrupadas en condados sometidos al de Barcelona.

Solo el territorio de Urgel era independiente manteniéndose a caballo entre las dos influencias.

Respetado entre los suyos que lo apodaron «el Santo», el príncipe de Aragón fue acatado por todos sus súbditos, excepto los navarros.  

Ramón Berenguer IV fue un digno gobernante que supo consolidar la herencia de su esposa, pactando con Castilla para recuperar las plazas robadas y bregando con el Papa y las órdenes militares por la herencia del Batallador.  

La cuestión de Navarra fue la única que no pudo resolver por su acercamiento a Castilla y al rey de Francia.

Precisamente pasó los últimos años de su vida absorbido por problemas más allá de los Pirineos, muriendo en Lombardía, donde había ido a entrevistarse con el emperador alemán Federico Barbarroja.

Quizá por ello nombró tutor de su hijo al rey de Inglaterra.

Pero fue Petronila la encargada de organizar su herencia reuniendo en Zaragoza a los nobles y obispos de Aragón y Cataluña para ratificar el testamento de su marido.

Ramón mostró además su carácter guerrero; virtud que había heredado de su padre, quien pasó a la historia como el primer caballero templario de Hispania, cediendo a la orden un castillo, su armadura y su caballo.

Participó en la conquista de Almería que he narrado al principio. Culminada esta empresa, él mismo organizó la toma de Tortosa.  

Luego, con ayuda del Conde de Urgel y de los caballeros templarios, terminó de conquistar el valle del Ebro, haciéndose con Fraga y Lérida en 1149.

Como ya dijimos en la anterior entrega, contrajo matrimonio en Lérida, apenas un año después.

Culminaba así la tarea que había dejado a medias «el Batallador».  

Esponsales de Doña Petronila con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. Claudio Lorenzale. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón.

Las tropas andalusíes, que pactaron la rendición, emigraron al sur haciéndose con los territorios de Levante para protagonizar el devenir de nuestra historia durante casi un cuarto de siglo.

La muerte de Zafadola propició la vuelta al poder de Abd el Ramán Ben Iyad. Aunque en realidad lo había tenido siempre.

Vamos a repasar su trayectoria haciendo hincapié en un detalle que no dejé claro anteriormente.

Aunque mencionase a Abdelazid como señor de Balansya, el brazo ejecutor de la toma de Uryula y Mursya fue Ben Iyad, general emparentado con una importante familia de militares autóctonos, los Banu Mardanis, emigrados de Fraga cuando fue conquistada por los cristianos.

Desde la sublevación contra los almorávides, el poder efectivo lo tenían los generales andalusíes.

Ben Iyad era el dueño de Balansya y el cadí Abdelazid no era más que una figura simbólica.

El cargo de cadí o juez solía recaer en los personajes más respetados de las comunidades musulmanas.

Por su prestigio recurrían a ellos como gobernantes en momentos de crisis. Aunque eran tan sólo un juguete en manos del ejército.

Con estos antecedentes paso a resumir lo acontecido en el territorio de Sark Al Ándalus.

Controlada Balansya, Ben Iyad expulsó a la guarnición almorávide de Játiva; y llegó hasta Alicante.  

En Mursya, Ben Chafar se lanzó a liquidar lo que quedaba de los almorávides.

Exterminó cruelmente a la guarnición africana de Uryula y colaboró con el valenciano cuando hizo lo propio en Játiva.

Acudir a Granada en ayuda de Zafadola le costó la vida. 

Al conocer su muerte, los murcianos auparon a otro personaje influyente y respetado, un miembro de la linajuda familia Banu Tahir.

Pero éste aguantó en el poder apenas unas semanas.

El caudillo de Balansya, Ben Iyad, se instaló en Uryula y desde allí tomó Mursya sin necesidad de recurrir a la violencia.

Luego se deshizo del cadí Abdelaziz y, con el apoyo de los Banu Mardanis, tomó el control de Balansya y Mursya.

Pasó voluntariamente a segundo plano al someterse a Zafadola y a su propósito de crear un reino musulmán andalusí fuerte, independiente de cristianos y africanos.

De esta forma Zafadola fue proclamado emir en Mursya.

El flamante emir, Abd Allah Ben Mardanis y el propio Ben Iyad fueron derrotados por los castellanos de la frontera como contamos en la última entrega; y sólo Ben Iyad escapó de milagro.

Muerto Zafadola, el viejo general decidió gobernar directamente proclamándose Emir, con Muhamad Ben Mardanix como lugarteniente.

Pero el Zegrí, aquel general enviado por Zafadola y expulsado por Ben Iyad, lo intentó de nuevo tomando Mursya al mando de un ejército de mercenarios cristianos.

Decía actuar en nombre del emperador como heredero de Zafadola en su alianza con Castilla.

Si fue cierto, de poco le sirvió. Las tropas de Ben Iyad asaltaron la ciudad y le dieron muerte cuando huía por una de sus puertas.

Consolidado en el trono, el reinado de Ben Iyad duró casi dos años. Hasta que herido por una flecha, murió en el verano de 1147 tras varios días de agonía. 

La región se descompuso de nuevo. En Balansya tomó el control su lugarteniente Muhamad, el sobrino del fallecido general Abdala Ben Mardanix.

En este desbarajuste Uryula quedó en manos de un grupo de familias locales formando una especie de república islámica en la que el poder ejecutivo lo ostentaba un consejo de notables presididos por el Cadí.

Se llamaba Abú Said Abd el Ramán, un personaje de origen alicantino, poco ambicioso, querido y respetado en la ciudad por haber dirigido la oración de la mezquita aljama. 

Temeroso de acabar asesinado en esta vorágine, a los dos meses renunció irrevocablemente al cargo.

En Murcia confiaron el mando al gobernador de la plaza, otro militar llamado Abdul Hasan, pero cuando Ben Mardanix se dirigió hacia ella, salió a recibirle y le rindió homenaje como heredero de Ben Iyad.

El joven lugarteniente, que había permanecido en un discreto segundo plano, pasó de repente a ser el líder del Sharq Al-Ándalus: de Murcia, de Valencia y de algunos distritos orientales.

Muhamad ben Mardanix había llegado para quedarse.

La leyenda del «rey lobo» había comenzado y de él hablaremos en la próxima entrega.

Programa 20.
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Tud Or Cap. 17/18. Aragón.

De Tudmir a Oriola XVII.

Granada, en el año del Señor de 1125.

Mi Señor: esta generosa vega produce copiosas cosechas de trigo, de cebada, de lino. Abunda la seda, las viñas, los olivares y toda clase de frutos.

Goza de muchas fuentes y arroyos, y de una fortísima alcazaba que os servirá de plaza fuerte para las siguientes conquistas.

En Granada os esperamos doce mil combatientes, sin contar ancianos ni adolescentes. Este número es bastante y los puntos flacos del país son visibles.

Entre nosotros hay orden y disposición; y cuando asomen los estandartes de Aragón con el rey a la cabeza, se descubrirán y se unirán a vos en su totalidad.

No era la primera carta que Alfonso recibía de las comunidades mozárabes andalusíes.

Desde la llegada de los almorávides su situación era desesperada por el acoso de los fanáticos alfaquíes, empeñados en exterminarlos.

Liberar a aquellas gentes podía ser la última gesta del rey de Aragón: atravesar la península de norte a sur para crear un principado cristiano en Granada; en el mismo corazón de Al-Ándalus.

Sólo dos locos podían acometer tal empresa: el Batallador y su viejo amigo Gastón de Bearn, el héroe de Jerusalén que tanto le había ayudado en la toma de Zaragoza.

Los preparativos se mantuvieron en secreto y, en el otoño de aquel mismo año, estos dos aventureros, ya cincuentones, salieron de Zaragoza junto a tres obispos, cuatro mil caballeros escogidos y quince mil infantes, no sin antes juramentarse entre ellos.

Lo natural para llegar a Granada era bajar en línea recta, pasando por Toledo.

Pero no podían pisar Castilla, con la que seguían enemistados desde aquella maldita boda.

Así pues, harían el trayecto más difícil: íntegramente por territorio almorávide.

Al llegar a Valencia sostuvieron la primera escaramuza.

En sus planes no entraba el asedio. Mientras la guarnición se entretenía con los atacantes, saqueaban huertos, talaban bosques y miles de mozárabes salieron de todas partes para unirse a la hueste aragonesa.

Repitieron el procedimiento en Alcira, en Denia, en Játiva.

Por el camino iban asolando territorios musulmanes y liberando a más y más cristianos que les servían de guía en aquellos parajes desconocidos.

Pasaron por Uryula, por Mursya y Almería. Y por Baza llegaron a Guadix. 

Allí se detuvieron para enviar mensajeros a los emboscados mientras celebraban la Navidad con gran gozo y abastecimiento de viandas que los mozárabes trajeron de todas partes.

Por fin, en enero del 1126, acamparon cerca de Granada.

Desde las atalayas avistaron aquella inmensa muchedumbre y en la ciudad cundió el pánico.

Durante varios días esperó a los doce mil combatientes que facilitarían su entrada en la ciudad.

Pero nunca llegaron. El lento avance de aquella hueste dio tiempo a preparar la movilización general almorávide.

Bajo el mando del gobernador de Granada, hermano del emir, formaron un ejército con tropas de Marruecos, de Sevilla, de Granada y de Mursya y, por supuesto, con contingentes de Uryula.

Los refuerzos mozárabe contestaron al rey reprochándole su tardanza. Advertidos los almorávides de su llegada se había anulado el factor sorpresa.

Y una vez descubiertos lo habían perdido todo. Los que no habían huido de la ciudad a tiempo estaban ya neutralizados.

Alfonso no venía preparado para el asedio y el invierno no era buen aliado para el combate.

Así pues decidió practicar incursiones por el rico valle del Guadalquivir, buscando víveres y leña para aquella inmensa multitud a la que seguían uniéndose más y más cristianos con sus familias.

Algunas crónicas hablan de cincuenta mil pero, como siempre, son cifras muy exageradas. 

El ejército almorávide se dedicó a hostigar a los aragoneses hasta que consiguió rodearlos cerca de Puente Genil. Habían caído en una ratonera.

Alfonso respondió a su manera: se colocó la armadura, dividió sus tropas en cuatro cuerpos con cuatro banderas y cargaron contra los sarracenos en todas las direcciones, rompiendo el cerco y poniendo en fuga a los almorávides.

De allí se fue a Motril, donde se adentró en el mar y comió pescado.

Los cronistas musulmanes se preguntaban si aquello era una promesa o simplemente una provocación para que hablasen de él.

No voy a extenderme más en esta aventura: cargados de botín, de mujeres y niños; asolados por el cansancio, por la peste; hostigados por los almorávides, volvieron por el mismo camino.  

Al llegar a su reino Alfonso concedió tierras y privilegios en el nuevo sur de Aragón a los miles de cristianos rescatados.

Esta gesta quedó para la historia plasmada en varias crónicas árabes, peninsulares y francas.

Los mozárabes que no consiguieron huir sufrieron las represalias. Muchos acabaron asesinados o deportados a África, donde su destino fue la esclavitud o engrosar los ejércitos que luchaban contra los almohades.

Alfonso había puesto de manifiesto la fragilidad almorávide: un imperio en decadencia que no podía mantener tantos frentes.

Les obligó a reforzar las defensas de las ciudades, empezando por Granada, con la consiguiente subida de impuestos.

Entre los emigrados al norte y los deportados al sur, Al Ándalus se fue quedando sin aquellos contribuyentes forzosos, traspasando sus cargas fiscales a los musulmanes andalusíes que no tardaron en rebelarse aprovechando la debilidad de sus opresores.

Al llegar los almorávides, Uryula, Mursya y todo el reino de Denia fueron conquistados por el prestigioso general Aysa, un hijo del emir Yusuf «justo en sus juicios, honrado y continente».

Durante su gobierno la provincia siguió prosperando en base a su riqueza agraria; especialmente Mursya, capital de distrito donde construyeron una nueva Mezquita Aljama.

Vencedor en Aledo y en Uclés, Aysa quedó ciego y perdió el juicio tras una derrota cerca de Martorell.

Le sucedió su hermano (o cuñado) Abu Bark, oscuro personaje cuya carrera militar terminó con la derrota de Cutanda, donde pereció mucha gente de Mursya y Uryula, entre ellos un famoso maestro en el Corán.

En ambas ciudades había florecido la cultura entre la burguesía, surgiendo una generación de poetas y eruditos islámicos.

Los ricos propietarios agrícolas debieron sufrir un buen golpe cuando el Batallador asoló la comarca llevándose a gran número de mozárabes, la mano de obra de los campos.

Pero si en algo destacaron realmente los almorávides fue en la construcción de defensas.

Sus alarifes reforzaron las fortalezas de la región con la sólida técnica del tapial. Ya contamos que Orihuela les debe los emblemáticos tres torreones que se mantienen en el castillo.

Idealización con Inteligencia Artificial del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia

Durante el levantamiento general contra los opresores africanos, las murallas de Uryula se convirtieron en bastión almorávide, acogiendo a contingentes dispersos que se agruparon formando un pequeño ejército que ponía en riesgo la seguridad de la vecina Mursya.

El dominio almorávide no pudo aguantar el acoso simultáneo de los almohades en África, de los reyes cristianos en la península, y de una población sometida y descontenta que acabó por exterminarlos.

Tras una larga agonía se hundieron definitivamente en 1147 con la pérdida de Marrakés.

Sus despojos en la península quedaron repartidos entre los antiguos poderes locales que emergieron rápidamente, comenzando las segundas taifas; un confuso periodo que se mantuvo hasta que los almohades tomaron el control.

De todo esto hablaremos en la próxima entrega.

Programa 17.
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De Tudmir a Oriola XVIII.

Al amanecer del martes 17 de julio de 1134 los centinelas avistaron un ejército musulmán que se acercaba a Fraga.

Inmediatamente alertaron al Batallador y sin tiempo para reaccionar, cayó sobre los sitiadores una lluvia de lanzas, saetas, dardos y piedras, matando a buen número de hombres y bestias.

Y viendo que no podían sostener la batalla en el campamento salieron a pelear a campo abierto.

Mientras derrotaban a los que tenían de frente, una tropa más numerosa atacó por la espalda provocando el pánico y la derrota.

El día de las Santas Justa y Rufina, hubo una gran y terrible matanza de cristianos en Fraga.

Casi todos perecieron por la espada; salvo unos pocos que, desarmados, huyeron con el rey.

El largo conflicto con Castilla provocado por aquella fallida boda terminó en el Pacto de Tamara.

Alfonso el Batallador renunció al título de emperador en favor del hijo de Urraca.

Con casi sesenta años, el monarca aragonés seguía peleando incansable a ambos lados de los Pirineos.

Sus dos grandes amigos, Esteban, obispo de Huesca y Gastón de Bearn, señor de Zaragoza cayeron en una escaramuza cerca de Valencia.

La cabeza de Gastón, clavada en una pica, viajó a Granada, donde fue paseada por zocos y calles acompañada de redobles de tambor.

La muerte de sus compañeros de armas fue un duro golpe.

Aquel mismo año, mientras asediaba Bayona, Alfonso redacto su testamento, que fue jurado por todos sus oficiales.

Antes de morir quería culminar su tarea tomando las plazas de Tortosa y Lérida, deseadas también por el Condado de Barcelona.

Para dominar la ribera del Ebro hasta Tortosa utilizó una táctica novedosa. Sus hombres talaron bosques hasta formar una pequeña flota fluvial que partiendo de Zaragoza descendió por el caudaloso río.

Con gran astucia, Alí Ben Yusuf, el emir de los almorávides, negoció un pago de doce mil dinares anuales con el conde de Barcelona.

De esta forma, aseguraba la frontera y se quitaba de en medio a un enemigo.

Este pacto enfureció a Alfonso, que juró solemnemente añadir los territorios a su reino arrebatando el provecho al habilidoso barcelonés.

En el verano de 1133 inició el asedio a Fraga.   

Su carácter se había endurecido con los años.  Cuando los defensores le ofrecieron una rendición pactada, la rechazó.

Hizo traer las reliquias más preciadas de su capilla; y ante lo más granado de sus jefes militares juró e hizo jurar que no se apartarían hasta ocupar la plaza; que ninguno de sus defensores saldría con vida; y que reduciría al cautiverio a sus mujeres e hijos.

Desesperados, los de Fraga pidieron ayuda a todas las ciudades almorávides. Y se formó un ejército de socorro con tropas de Córdoba, Lérida, Valencia y Murcia.

Tras más de un año de asedio las tropas aragonesas se habían relajado y muchos nobles estaban ausentes temporalmente, dispensados por el rey para arreglar los asuntos de sus dominios.

El ataque les pilló desprevenidos y el resultado lo hemos narrado al principio: un desastre sin paliativos del que Alfonso  escapó de milagro.

Hundido moral y físicamente, no aguantó ni un mes.

Realizó sus últimas disposiciones, ratificó su testamento y nombró obispo de Roda a Ramiro, su único hermano.

El 7 de septiembre moría Alfonso I el Batallador tras treinta años de lucha que habían puesto Aragón en el mapa.

Desautorizado su hermano y sin hijos que defendieran lo conseguido, su singular testamento dejó el reino a tres órdenes militares: los Templarios, los Hospitalarios y los caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén.

Este legado abría una profunda crisis en Aragón.

Los nobles no aceptaron esa locura idealista y sin perder tiempo elevaron al trono a Ramiro, el hermano de Alfonso.

Tan rápido que durante un tiempo fue a la vez obispo y rey.  

Aprovechando la confusión los de Navarra abandonaron Aragón eligiendo rey a García Ramírez, superviviente de la Batalla de Fraga que pasó a la historia como «el Restaurador».

Los castellanos se lanzaron a rebañar las fronteras y los almorávides, contraatacaron recuperando algunas zonas conquistadas por Alfonso.

Menudo legado le había caído encima a Ramiro II « el monje».

En el norte de África los almohades seguían reclutado a miles de bereberes y cada día estaban más cerca de la capital.   

Los almorávides no tenían más remedio que seguir traspasando efectivos a Marruecos. Esta retirada de la península dejó las guarniciones en precario. 

A pesar de la debilidad almorávide, Alfonso de León y Castilla, el hijo de Urraca, sabía que no podía someter Al-Ándalus por la fuerza.

Necesitaba un líder musulmán autóctono, un enemigo de los almorávides que pudiese controlar fácilmente.

¿Os acordáis del rey de Zaragoza? ¿Aquel que pactó con el batallador y abandonó la capital al llegar los almorávides?

Su hijo, el último de los Banu Hud, vivía en su señorío de Rueda de Jalón, protegido por el emperador.

Se llamaba Saif al Dawla, Zafadola para los cristianos.

Sus agentes hicieron campaña por toda la península incitando a la rebelión contra los almorávides.

Simultáneamente, en Córdoba y en el Algarbe se postularon otros dos candidatos.

Las sublevaciones se extendieron surgiendo multitud de poderes territoriales; familias locales que ansiaban librarse de los malditos africanos.

Los del Algarve pidieron ayuda a los almohades que, en ese momento, estaban muy entretenidos en Marruecos.

En poco tiempo Al-ándalus se había convertido de nuevo en un avispero.

El gobierno de Balansya y el de Mursya (Valencia y Murcia) estuvieron en las mismas manos durante la etapa almorávide.

Y su suerte siguió pareja durante los tres años de anarquía que siguieron a la sublevación contra los africanos, un periodo caótico en el que se sucedían proclamaciones y derrocamientos.

Cuando el gobernador almorávide se trasladó a Córdoba, los de Valencia entregaron el mando a su cadí Ben Abdelazid, apoyado por el jefe militar Abdalá Ben Mardanix un personaje importante para nuestra futura historia.

Los de Murcia encumbraron a Ben Chafar, un lorquino cuyo gobierno asociado a Córdoba duró menos de un mes.

Zafadola envió a Abdalá el Zegrí, caudillo militar que se hizo dueño de Mursya en su nombre, dejando a Ben Chafar como Cadí.

Solo en Uryula resistían los almorávides. Y el de Lorca reunió un ejército para desalojarlos. 

Se habían fortificado bien. Encerrados en la alcazaba con sus mujeres y niños, estaban dispuestos a vender caras sus vidas.

No fue necesario. Tras un corto asedio pactaron una rendición ventajosa que no se cumplió.

Los almorávides fueron traicionados y murieron acuchillados arrebatándoles sus bienes y sus mujeres.

Dueño de Uryula, Ben Chafar rgresó a Mursya, depuso al Zegrí y se hizo reconocer como emir bajo la autoridad de Zafadola.

Luego intentó continuar su campaña anti almorávide en Játiva, pero se topó con el valenciano, quien rápidamente consiguió extender sus dominios hasta Alicante.

Fracasado el intento acudió a Granada en socorro de Zafadola con un nutrido ejército. Y perdió la vida en una emboscada que propició una humillante derrota.

Cuando llegó la noticia de su muerte, los de Mursya entregaron el mando a Muhamad Banu Tahir, miembro de la vieja y prestigiosa familia que ya había reinado en Murcia durante las primeras taifas, un hombre culto, erudito y aficionado a la poesía.

Su poder se limitó a la capital y duró poco más de un mes. 

El Gobernador de Uryula, lugarteniente del fallecido Ben Chafar, pidió ayuda a Ben Abdelazid, el líder valenciano.

Este se instaló en Medina Uryula y fue acogiendo a todos los opositores hasta organizar un ejército que se presentó en Mursya y la tomó sin lucha en nombre de Zafadola.

Ben Tahir recogió sus cosas, dejó la alcazaba y volvió a casa, donde lo dejaron vivir en paz.

Zafadola era rey de Balansya y Mursya; haciendo su entrada triunfal en la capital y visitando Madina Uryula, donde fue agasajado durante varios días.

De lo que aconteció con Ramiro II el Monje y con el rey moro Zafadola, hablaremos en la próxima entrega.

Programa 18.
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Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba), historias de Orihuela, fotos, postcast y vídeos.