La Iglesia y el convento de los mercedarios.

La iglesia y convento de mercedarios.

Introducción.

Durante centurias de hostilidades con las huestes musulmanas en todas sus variantes —berberiscos, granadinos o turcos—, los viajeros y pobladores de las zonas fronterizas se enfrentaban al grave peligro de ser tomados como cautivos, un negocio que se mantuvo pujante hasta el siglo XVIII.

Esta psicosis se agudizó en nuestra gobernación por su doble frontera con el islam: la piratería berberisca por mar y las incursiones granadinas por tierra.

En el apogeo de la «cruzada ibérica» nacieron dos órdenes religiosas dedicadas a la redención de presos cristianos  y ambas fundaron casa en Oriola: la de la Merced y la de la Santísima Trinidad.

La pésima recomposición de la portada instalada en el museo de Semana Santa y un escudo tallado sobre una cochera en la calle Alfonso XIII nos recuerdan que, ocupando toda esa manzana, existió un impresionante convento de mercedarios, el primer cenobio oriolano. (1)

Ajomalba
Francisco Luis Galiano Moreno.

Dicho escudo presenta en la parte superior la cruz de la catedral de Barcelona, y en la inferior las barras de Aragón. Completa la talla una corona real en honor a su benefactor Jaume I, cuatro banderas y las cadenas y grilletes de los cautivos.

Y es que, aunque a algunos les cueste asumir el pasado, la coyuntura territorial de Oriola al abandonar Castilla para erigirse en Gobernación General de la Corona de Aragón hizo aflorar una profunda identidad catalana; un sentimiento incrementado durante los siglos XIV, XV y XVI en contraposición a la cultura e idioma de sus vecinos de Murcia.

A poco que se rasque en la superficie de esta Orihuela castellano-parlante, aparecen símbolos y costumbres que permanecen escondidos evocando el linaje de una ciudad que, obviando la transformación fonética, adoptó como patrona a la mismísima Virgen de Montserrat.

Barras de Aragón en Santas Justa y Rufina. Ajomalba.

La orden mercedaria y su llegada a Oriola.

La Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced nació en el primer cuarto del siglo XIII de la mano del seglar Pedro Nolasco, un mercader barcelonés obsesionado con la liberación de cautivos.

Con el apoyo de Raimundo de Peñafort —confesor del rey Jaume I—, fundó la orden de Santa María de la Misericordia o de la Merced de los Cautivos,  en la catedral de Barcelona.

Ante su obispo, Nolasco hizo los tres votos habituales: castidad, pobreza y obediencia;  pero añadió un cuarto juramento: dedicar su vida a liberar esclavos cristianos de manos de los seguidores de Mahoma hasta «quedar rehén, si fuere preciso, en lugar de un cautivo».

Esta práctica se fue extendiendo hasta llegar a considerarse como un específico y distintivo cuarto voto de los mercedarios.

Gregorio IX la confirmó el 17 de enero de 1235 siguiendo la regla de San Agustín con las constituciones propias de una orden laical hasta que, un siglo después, se redactaron nuevas. Desde entonces la Merced es canónicamente una orden clerical.

En poco tiempo sus fundaciones se multiplicaron por Aragón, Cataluña y Valencia, llegando a la villa de Oriola en torno al cambio de centuria. (2)

Se instalaron inicialmente en el Ravalet, concretamente en el solar que ahora ocupa el Monasterio de San Juan de la Penitencia, convento de clarisas que acabó dando nombre al arrabal. (3)

José Antonio Ruiz Peñalver.

El terreno les fue entregado por el Consell con algo de dinero, fondos que los mercedarios emplearon en la construcción de un convento provisto de capilla y huerto,  bajo la advocación de Santa Eulalia, la patrona de Barcelona.

Santa Eulalia, patrona de Barcelona.

Pero el modesto cenobio quedó fatalmente emplazado; la proximidad del pantanoso Vallet y de las acequias de Almoradí, de Callosa, Escorrata y Escorratel configuraban un paraje insano; a ello se unió su situación extramuros, muy peligrosa durante las guerras del siglo XIV entre Castilla y Aragón. (4)

El largo asedio a Oriola por parte del castellano Pedro I «el Cruel» en 1365, dejó el monasterio y todo el arrabal prácticamente arruinado. (5)

Traslado intramuros.

La llamada «Guerra de los dos Pedros» convenció a los mercedarios de que, fuera de la muralla, estaban a merced de las enfermedades, de los castellanos y de las correrías de los moros granadinos.

Asedio a Oriola Guerra de los dos Pedros. Cartulario.

Terminada la contienda, pasaron varios años reclamando sin éxito una indemnización del Consell por los estragos sufridos.

En 1377 la villa había progresado mucho. Pedro IV «el Ceremonioso» se comprometió a no separar más a los oriolanos de la corona de Aragón, otorgándoles en 1366 su concesión más preciada, la Gobernación General Ultra Sexona o lo que es lo mismo: el control independiente de los territorios del reino por debajo de la línea de Jijona.

En este contexto, una orden tan catalana auspiciada por el mismísimo Jaume I, pronto encontró nuevos apoyos.

Pedro IV «el Ceremonioso».

El poderoso caballero Pere Roca les cedió unas casas intramuros, junto a la Torre de Navalflor. Pero edificar tan cerca de la muralla les acarreó algunos problemas con las ordenanzas municipales; dificultades que solventaron con el aval de Roca.

De esta forma crecieron y se consolidaron en un espléndido monasterio cuya primera iglesia fue consagrada en el siglo XV. (6)

Pero la Guerra de los dos Pedros no fue la única vez en que los mercedarios sufrieron el acoso de los castellanos.

El 30 de agosto de 1521, durante la Guerra de las Germanías, un poderoso contingente militar, formado por 200 jinetes y 6.000 infantes apoyados por artillería de campaña y gruesos cañones marchó sobre Oriola al mando de Pedro Fajardo, marqués de los Vélez.

Augusto Ferrer-Dalmau. El pintor de batallas

En el Rincón de Bonanza se desarrolló una feroz batalla en la que las tropas reales aplastaron a los agermanados falleciendo más de 3.000 rebeldes; bien en la lucha, o ahogados en las aguas del Segura y sus azarbes.

Temiendo las represalias, los insurrectos huyeron dejando la ciudad semidesierta, en manos de las tropas murcianas que se emplearon con saña, no sólo contra los agermanados, sino contra toda una ciudad a la que detestaban, un sentimiento incrementado en los últimos años a consecuencia del pleito del obispado.

Los treinta y cinco revolucionarios capturados fueron ahorcados y desmembrados. La cruel rapiña de los castellanos se mantuvo durante todo el mes de septiembre con plena impunidad.

Autorizados para saquear las casas de los agermanados, de las que se llevaron hasta los clavos, pronto sus miradas se dirigieron a las ricas residencias de caballeros y nobles leales a la causa real; no pudiendo contener éstos a los murcianos que les superaban en número.

Armas, ropas, trigo, bestias y esclavos, todo fue susceptible de ser robado.

Una vez despojadas las viviendas se emplearon con los edificios eclesiásticos y no cesaron hasta que no quedó absolutamente nada de valor.

En el convento de la Merced, que es el que nos interesa, encontraron una inesperada resistencia por parte de los frailes. Está documentado el caso de un mercedario llamado Nicasio Olivares que se enfrentó a un grupo de soldados que habían robado los corporales sagrados de la sacristía para usarlos como pañuelos y que fue pisoteado.

El marqués de los Vélez, según su costumbre, entró en el templo montado en su caballo arropado por mucha gente armada. Mientras paseaba por la iglesia, un soldado trató de arrebatar la ropa a un pobre desgraciado.

Ofuscado por la crueldad de los saqueadores, otro mercedario llamado Pedro Gómez salió en su defensa y el marqués acudió para increpar al fraile quien, en un descuido, se hizo con la ropa y la arrojó a una sepultura abierta fuera del alcance de la soldadesca.

Ante la osadía del religioso el marqués montó en cólera y, echando mano de su lanza, intentó golpear al fraile quien,  evitando la lanzada y ciego de rabia, se abalanzó sobre el noble armado con una pica.

El de Fajardo, experimentado soldado, esquivó la acometida del mercedario y se dispuso a dar cuenta de él; pero Gómez desapareció por una portezuela que daba al claustro escapando de la ira de «el de los Vélez».

Toda esta epopeya y el odio visceral entre murcianos y oriolanos están magistralmente detallados en un trabajo del doctor en Historia Moderna Antonio Carrasco. (7)

Anécdotas aparte, la fundación mercedaria se fue haciendo más y más poderosa monopolizando las limosnas dedicadas a los cautivos, circunstancia que les enfrentó a los trinitarios, instalados en 1558 y dedicados a la misma función.

Una curiosidad: Los trinitarios terminaron la portada de su iglesia en 1580, fecha que quedó impresa en la misma.

Portada de La Trinidad.

Por una curiosa coincidencia, en mayo de ese año llegaba a Argel Fray Juan Gil, procurador general de los trinitarios. Tras entregar el correspondiente rescate, Miguel de Cervantes fue puesto en libertad.

Siempre pesó la antigüedad de los mercedarios y su origen catalán. Llegaron al siglo XVIII como una de las órdenes más acaudaladas. Su fortuna sólo era comparable a la de los predicadores.

Los arriendos de sus tierras arrojaban pingües beneficios, caudales que utilizaban para comprar más tierras, que a su vez generaban nuevos arrendamientos.

En una época de auge agrícola, las cúpulas y portadas de los edificios religiosos rivalizaron con las de los palacios de la nobleza.

Era el momento de reformar su convento que, por aquellas fechas, albergaba a cuarenta religiosos.

Archivo Municipal de Orihuela.

En 1747 Luis Roca y Moncada edificó una «casa principal en el sitio que estaban las pertenecientes a su mayorazgo», hermoseando el frontis y dando línea recta al edificio.

La construcción del actual hotel Tudemir cambió la fisonomía de la zona de los Hostales al sacar una «casa noble» al arrabal por encima de la muralla que, convertida en un obstáculo, fue desapareciendo para conformar la que ahora es la calle Alfonso XIII.

Quizá siguiendo su ejemplo, los mercedarios emprendieron la restauración de su enorme edificio conventual cambiando la orientación de su portada principal hacia los Hostales, en línea con el extremo del palacio. Las obras finalizaron en 1773. (8)

Archivo Alberto Zerón.

Desamortización y venta.  

Aunque la desamortización de bienes eclesiásticos se inició en 1798, el fin de esta insolente acumulación de propiedades llegó bien entrado el siglo XIX.

En Real Cédula publicada en la primavera de 1807, Pío VIII facultó a la arruinada Monarquía española para que enajenase en pública subasta, parte de las propiedades eclesiásticas de carácter rústico y urbano.

Colección Javier Sánchez Portas.

En esta ocasión los mercedarios salieron bien parados con sólo 15 tahullas de huerta expropiada; sobre todo si tenemos en cuenta que al clero oriolano le desamortizaron más de 4.000 tahullas, 2.000 de ellas al cabildo catedralicio; ojo, sólo la mitad de las que poseía. (9)

La puntilla llegó en marzo de 1836. Por Real Decreto, los conventos y monasterios de religiosos varones quedaron suprimidos y todo su patrimonio, convertido en «Bienes Nacionales», pasó a poder del Gobierno.

Los mercedarios fueron exclaustrados y su convento e iglesia acabaron en manos de un próspero capitalista de Barcelona llamado Juan Vilaregut quien los adquirió para utilizarlos como almacén y posada.

Colección Javier Sánchez Portas.

Gracias a Jesús Millán supe que Vilaregut era un personaje muy importante, socio de otro destacado empresario, Bonaplata. En 1830 fundaron la primera empresa que aplicó en España la máquina de vapor, símbolo de la revolución industrial.  Se llamó «El Vapor Vell»,  instalado en el Raval de Barcelona, entre la Rambla y Montjuïc.

En julio de 1835, durante la oleada de insurrecciones en protesta por cómo llevaba el Gobierno la lucha contra los carlistas, en Barcelona se produjo una oleada de incendios en conventos y asesinatos de frailes, sospechosos de ser afines al carlismo. Los  disturbios se extendieron a la fábrica de Bonaplata, Vilaregut i Cia., que quedó completamente destrozada.

En 1856 Juan Vilaregut había muerto y  su viuda gestionaba los múltiples arriendos de este convento y otros dos más en Orihuela. Si os interesa saber como acabó troceado este convento, pinchad la siguiente imagen.

Enlace a artículo.

También grabé de forma casera la historia de los mercedarios. Podéis escucharla en estos dos audios.

Primer audio.
Segundo audio.

O acceder a cuatro vídeos de youtube pinchando estos enlaces.

Capítulo 1.
Capítulo 2
Capítulo 3
Cápitulo 4.

La Iglesia

La iglesia permaneció cerrada y despojada de sus ornamentos;  hasta que tres religiosos encabezaron una piadosa empresa: a base de donativos y limosnas pretendían comprar el edificio y devolverlo al culto. (10)

Desanimados por lo costoso del proyecto, recurrieron al canónigo Juan Alfonso Alburquerque para que apelase ante sus parientes, la ilustre familia Roca de Togores, recordándoles que, antaño, tenían la sepultura en la Merced, en el lado del evangelio, justo debajo de la media naranja.

Mariano Roca de Togores y Carrasco. I marqués de Molíns.

En 1846 Mariano Roca de Togores y Carrasco -el que dos años después fue primer marqués de Molíns- intercedió ante su suegro Juan Roca de Togores y Alburquerque, marqués de Asprillas y alcalde de Valencia; quien decidió, no sólo comprar el camposanto de sus antepasados, sino también costear su rehabilitación.

El 11 de mayo, ante el notario de Madrid, Manuel María de Paz, formalizó la compra de la iglesia, la sacristía y un pedazo del patio conventual por doce mil reales.

El 7 de julio comenzó la obra de restauración y embellecimiento del templo. Bajo los auspicios del maestro arquitecto Francisco Regidor y la supervisión del canónigo Alburquerque, un ejército de profesionales trabajó durante dos meses. (11)

Para vestirlo intentaron recuperar sus ornamentos e imágenes que estaban repartidos por conventos y casas particulares. El órgano, llevado a Rojales, fue sustituido por otro propiedad de los trinitarios, que permanecía en Santa Lucía.

El crucifijo de la capilla de Letrán, depositado en Santa Justa, fue trasladado en procesión.

Colección Javier Sánchez Portas.

La fecha escogida para su reapertura con misa cantada por el canónigo Alburquerque fue -no podía ser otra-, el 24 de septiembre, festividad de la Merced.

La víspera, por la noche, tuvo lugar el traslado más importante: utilizando unas andas llevaron la imagen mariana que el medio racionero de la catedral Pedro Miravete, había custodiado durante ocho años en su casa de la calle Timor.

Para la solemne ceremonia Miravete invitó por escrito al Ayuntamiento al completo, al Cabildo, a los cleros y a todas las autoridades civiles y militares, en una espectacular procesión en la que participaron más de trescientas personas. (12)

Colección Javier Sánchez Portas.
Colección Javier Sánchez Portas.
Colección Javier Sánchez Portas.

Esta actuación demostró ser sólo un lavado de cara.  Abierta de nuevo al culto, tardó veinte años en volver a amenazar ruina. Tan deteriorada estaba que, en 1887, previa denuncia, el Ayuntamiento determinó que «el templo de la Merced era un peligro constante para los transeúntes y para las casas próximas».

Así pues ofició al gobernador eclesiástico para que, a la mayor brevedad, procediese a demoler el edificio amenazando con hacerlo de oficio la corporación municipal en el caso de no cumplir lo acordado. (13)

Las obras de restauración, a cargo del obispado, comenzaron ese mismo año, abriéndose de nuevo al culto el 4 de junio de 1893 con una misa cantada por Fernando Boné García, a quien el obispo Maura nombró capellán de la Merced cuatro meses después.

Colección Javier Sánchez Portas. Obras 1911.

Él mismo se encargó de consolidar la obra con la reparación del campanario, efectuada en 1911.

Archivo Mariano Pedrera.

Durante el siglo XX suplió varias veces a la Catedral, actuando de parroquia cuando fue necesario como iglesia más cercana a la del Salvador.

Colección Javier Sánchez Portas.
Colección Javier Sánchez Portas.
Cúpula de la Merced.
Cúpula de la Merced. Colección Javier Sánchez Portas.

Abandonada a su suerte, su cúpula se desplomó en 1982.

Colección Javier Sánchez Portas.

Demolido el edificio, el desmonte, numeración y recomposición de la fachada fue una enorme chapuza, quedando en estado pésimo.

En el solar se construyó el actual Museo de Semana Santa.

Colección Javier Sánchez Portas.
Gaspar Poveda.
Museo de Semana Santa, Coque Celdrán Sánchez.
Mariano Pedrera.
José María Pérez Basanta.

El Claustro.

El claustro que ahora se muestra adosado a la catedral como«claustro de los caídos» permaneció durante casi cuatro siglos en el convento de la Merced.

Su construcción se inició en la década de 1560 por el maestro picapedrero, Hernando Veliz.

Una vez desamortizado y vendido, tras muchos años de ser utilizado como cuadra-cochera, en 1942 lo compraron para ser reconstruido sobre el antiguo fosal de la catedral.

El claustro de la Merced en su emplazamiento original.
El claustro de la Merced en su emplazamiento original.
Colección Javier Sánchez Portas.
José Antonio Ruiz Peñalver.

El artífice de la obra fue el Vicario General Luís Almarcha Hernández.  El traslado y las obras de adaptación fueron costeados por la Federación de Sindicatos Católicos Agrarios y finalizaron en noviembre de 1943. 

Cumplían así «el deber patriótico de instalar una cruz de los caídos, orlada por el bello y singular claustro».

Antonio José Mazón Albarracín. (Ajomalba).

Publicado en la revista de Moros y Cristianos de 2.012. Modificado y ampliado. El original en PDF pinchando el siguiente enlace.

Pinchad aquí.

Notas:

1 BELLOT, Pedro. Anales de Orihuela II:  «El más antiguo de los que se conservan, exceptuando dos de templarios: uno de freires donde estaba el granero (calle López Pozas) y otro de monjas en lo que es el Hospital».

2 La fecha concreta depende del cronista, barajándose hasta ocho posibles: 1243, 1249, 1251, 1256, 1257, 1265 y 1286. Yo comparto la opinión de Juan Bautista Vilar,  que sitúa la fundación en los albores del siglo XIV, cuando Oriola se incorpora a la Corona de Aragón.  Así es fácil comprender la donación que les hace el Consell por recomendación real.

3 BELLOT, Pedro. “Anales de Orihuela II”:  Año 474 (1474). Hizo el consejo ordenación que se fundase en Orihuela un convento de monjas, y cometió a los jurados buscasen puesto acomodado, y les pareció el mejor la casa de Santa Eulalia, donde solía estar el convento de la Merced, y allí se fundó con título de San Juan.

4 La que hoy conocemos como calle Ballesteros Villanueva, fue titulada originalmente como del Vallet, nombre de una zona insalubre por la acumulación de aguas muertas que comenzó a ser nivelada y desaguada en 1356.

5 La devastación de este barrio fue tal, que durante muchos años fue conocido como «el arrabal destruido»; aprovechando la fundación del convento de clarisas y, para fomentar su repoblación, el Consell lo apellidó en 1499 como: «Arrabal Moderno de San Juan Bautista».

6  Hacia el año 1600,  el cuarto obispo de Orihuela, José Esteve les consagró una nueva iglesia.

7 CARRASCO RODRÍGUEZ, Antonio. «Una aportación al estudio de las Germanías valencianas: El Saco de Orihuela de 1521», en Revista de Historia Moderna. Anales de la Universidad de Alicante, núm. 17 (1998-99), pp. 215-230. 

Acceso a PDF.

«Una aportación al estudio de las Germanías valencianas: El Saco de Orihuela de 1521»

8 Inicialmente, la portada principal del convento debió estar anexa a la de la iglesia, como era costumbre, con salida a la plazuela. La de los Hostales se abrió en el siglo XVIII adaptándose a la nueva fisonomía de la zona.

9 RAMOS VIDAL, Juan A. «Democracia, economía y sociedad en la comarca del Bajo Segura durante el siglo XVIII». Caja de Ahorros de Alicante y Murcia 1980.

10 Los religiosos eran: Monserrate Linares, ex mercedario; Pedro Miravete, medio racionero de la Catedral; Trinitario Ruiz Lozano, Parroquia de Santiago.

11 Los maestros alarifes Antonio García y José Andrés con sus respectivas cuadrillas; José Puerto y Mariano Mateo como herreros cerrajeros; Raimundo Córdova como pintor; José Rufete, latonero; Miguel Xaraco, organero; por último, Rafael Plá se encargó de pintar el escudo de armas de los Roca de Togores.

12 ALBURQUERQUE, Juan Alfonso, «Las memorias de Orihuela».

13 El Diario de Orihuela, núm. 299, 22 de Julio de 1887.

LISTADO DE REPRESALIADOS 12: CAMPILLO-CARMONA

LISTADO 12: CAMPILLO-CARMONA

CAMPILLO ALCARAZ, Antonio, (a) Gorrión:

Natural y vecino de Orihuela (Torremendo). Agricultor, nacido el 9-X-1917. Capturado cuando luchaba en el ejército rojo, ingresó en la celular de Valencia el 29-IV-1939 desde la prisión Central de Guadalajara. El 5-XI-1941 pasó al Reformatorio de Alicante. El 21-XI fue enviado a Elche y el 9-IV-1942 volvió al Reformatorio de Alicante.

Asistió a Consejo de guerra el 30-IV, condenado a 12 años y 1 día de reclusión por auxilio a la rebelión: se le acusó de ser de antecedentes izquierdistas, haber estado afiliado al PSOE y a la UGT, intervenir en el incendio de las Iglesias de Torremendo y Rabate, actuar como miliciano armado buscando a personas de derechas que estaban escondidas y conminarlas a entregar las armas que suponía en su poder, ser un “exaltado partidario de la causa roja, con gritos subversivos”.

Llevaba cuatro años, dos meses y veintiocho días de prisión. El 26-VIII fue enviado al pantano de Benagéber, pero se dijo que no tenía condiciones para trabajar allí y el 3-IX fue enviado a Valencia. Ingresó en San Miguel de los Reyes el 13-IX-1942 y el 18-XI obtuvo la prisión atenuada. El 24-II-1943 la libertad condicional, volviendo al Reformatorio de Alicante el 5-V-1945 desde Elche, a disposición del Gobernador Civil. Pasó a la Justicia Militar el 22-V procesado por propaganda y organización subversiva. El 15-XII volvió a la jurisdicción ordinaria procesado por tenencia de armas y delito contra la forma de gobierno. Salió el 22-XII-1945, obteniendo la libertad definitiva el 13-V-1950. Se le aplicó la LRP.

(Fuente: M. Ors – AHPA. Legajos 9135 y 9276).

CAMPILLO GARCÍA, Bernabé:

Natural y vecino de Pilar de la Horadada (Orihuela). Jornalero, de 45 años. El 16-XI-1939 ingresó en la Prisión de Orihuela a disposición de su Juzgado Militar, desde San Miguel de Salinas. Fue procesado por la Justicia Militar en 1940. Puesto en libertad condicional el 18-IV-1941 regresó a su localidad.

(Fuente: AHPA. Legajo 12519).

CAMPILLO JARA, Ángel:

Natural y vecino de Orihuela (Desamparados). Jornalero / injertador, de 32 años. Afiliado a UGT. Voluntario en el Ejército Popular, fue comisario político en la 3ª Compañía, 2º Batallón, Brigada 102 de la 43 División. Un Consejo de guerra le condenó a 6 años y un día de reclusión por rebelión militar. Estuvo preso en el seminario de Orihuela y en el Reformatorio de Alicante. Salió en libertad condicional de la cárcel de la cárcel de Talavera el 1-IV-1944, a los 33 años, volviendo a su pueblo tras ser calificado de “no peligroso para la Causa Nacional”. Se le aplicó la LRP.

(Fuente: A. Mazón – M. Ors).

CAMPILLO JARA, Antonio:

Natural y vecino de Orihuela (Desamparados). Jornalero / escardador, de 36 años. Voluntario al frente. Fue apresado el 2-IV-1939 ingresando en la cárcel de Orihuela el 5-IV-1939. El 25-X-1939 fue enviado a Consejo de guerra, volvió el mismo día y de nuevo fue enviado a Consejo de guerra el 4-XII-1939. Condenado a 6 años y 1 día estuvo preso en San Miguel. Lo enviaron al Reformatorio de Alicante desde la Central de Orihuela el 21-IV-1940. Asistió a Consejo de guerra el 24-IV, 3 y 10-V, 2-VI-1940 y 17-I-1942. En la última fecha fue condenado a 25 años y 1 día de prisión mayor por adhesión a la rebelión: según la sentencia, fue miliciano armado, tomó parte en requisas, detenciones y agresiones contra personas de derechas.

Llevaba preso 3 años, 9 meses y 10 días. El 16-II-1943 fue enviado a la cárcel de Santa Rita (Madrid). De allí pasó a Talavera el 11-IX-1943. Aunque fue calificado de peligroso para la Causa Nacional, en 1944 salió en libertad vigilada y volvió a su pueblo. Consiguió la definitiva por indulto el 13-XI-1947. Se le aplicó la LRP.

(Fuente: M. Ors – AHPA. Legajos 9088 y 12582 – A. Mazón).

CAMPILLO JARA, Francisco, (a) Meliana:

Natural y vecino de Orihuela. Jornalero, de 30 / 34 años. Detenido el 15-VII-1939 en Orihuela por orden del Juzgado Militar al estar reclamado en sumarísimo de urgencia. Ingresó en la cárcel de Orihuela el 14-VII-1939 y fue enviado a Alicante el 19-XII-1939, donde un Consejo de guerra celebrado tres días después le condenó a 12 años y 1 día de reclusión menor por auxilio a la rebelión. Enviado a la cárcel de Elche el 5-VII-1940, y a trabajar a Belchite el 20-IX-1941.

(Fuente: AHPA. Legajos 1066, 9268, 12591 y 19615).

CAMPILLO MEDINA, Josefa, (a) La Sarra:

Natural y vecina de Orihuela. Sus labores / modista, de 25 años. Acusada de haber marchado al frente para “dar ejemplo a los hombres” y de atemorizar a los elementos de derechas. Conducida por la Guardia Civil, el 3-IV-1939 ingresó en la prisión de Orihuela.

El 11-VIII-1941 fue enviada a Monóvar, y el 6-XII-1941 pasó al Reformatorio de Alicante. Un Consejo de guerra la condenó a 20 años de reclusión menor por auxilio a la rebelión. Llevaba presa 2 años, 9 meses y 29 días. El 22-V-1942 la enviaron a Málaga. Recibió el indulto el 21-VII-1947. El TRP le condenó a 2 años de inhabilitación por participar en requisas y saqueos.

(Fuente: BOPA, 30-X-1944 – AHPA. Legajos 807, 9055, 9088 y 12520 – A. Mazón).

CAMPOS FABREGAT, José:

Natural de Archena (Murcia) y vecino de Orihuela. Mosaista, de 32 años. Ingresó en la cárcel de Orihuela el 23-I-1941 a disposición del Juez Militar de Murcia, donde fue trasladado en marzo de 1941. Fue detenido el 9-VIII-1943 junto a otros diecisiete vecinos, acusado de asistir a unas reuniones clandestinas en la taberna de Manuel Nieves Hernández, (a) Lorente. Ingresado en el Reformatorio de Alicante, lo pusieron en libertad el 8-IX-1943. Según la Guardia Civil era de ideas izquierdistas. Un Consejo de guerra le condenó a 12 años de reclusión por auxilio a la rebelión.

(Fuente: AHPA. Legajos 779, 2002 y 12522).

CANALES HERNÁNDEZ, Mariano:

Vecino de Orihuela. Un Consejo de guerra celebrado en Alicante el 17-IV.1941 le condenó por adhesión a la rebelión a la pena de muerte. Le fue conmutada por 30 años de reclusión mayor.

(Fuente: José Ramón García Gandía – A Militar de Guadalajara).

CANDELA ZOYA, Ángela:

Vecina de Orihuela. Maestra propietaria desde 1936. Acusada de haber pertenecido al PCE y a la FETE antes de la guerra; de ser indiferente en materia religiosa, de mala labor docente y por haber sido portavoz de los ataques contra los maestros de derechas de la localidad.

Fue sancionada por la Comisión depuradora de la Enseñanza con traslado dentro de la provincia sin poder pedir vacante en cinco años.

(Fuente: Isabel Domenech).

CANO CANO, Jesús:

Natural y vecino de Orihuela, donde nació el 11-XI-1916. Deportado a los campos de concentración nazis, murió en Gusen el 8-XII-1941.

(Fuente: Memorial deportados).

CÁNOVAS MARTÍNEZ, José:

Natural de Totana y vecino de Orihuela. Jornalero, nacido el 6-III-1877. Apresado, ingresó en la cárcel de Orihuela el 9-VIII-1939.

Trasladado al Reformatorio de Alicante el 22-I-1940, un consejo de guerra celebrado en Alicante el 15-IV-1940 le condenó por adhesión a la rebelión a pena de muerte, que le fue conmutada por 30 años: según la sentencia, era de ideas izquierdistas y con otros procesados firmó una denuncia pidiendo la detención por desafectos de veinticinco vecinos, algunos de los cuales fueron luego asesinados.

Portero del local del PCE, partido al que se afilió durante la guerra. Intervino en saqueos y registros. Trasladado a El Dueso el 17-II-1941, llegó allí el 23-II.

Regresó al Reformatorio de Alicante el 6-III-1943. Se le conmutó la pena por la de 20 años el 29-I-1944, obteniendo la libertad condicional el 23-II-1944 y la definitiva el 13-XI-1959. Se le aplicó la LRP.

(Fuente: AHPA. Legajos 781, 9214 y 12580 – M. Ors).

CÁRCELES MÁS, Manuel, (a) Buero:

Natural y vecino de Orihuela. Panadero, de 31 años. Afiliado a la CNT. Presidente del Sindicato de Panaderos implicado en el incendio del local de la Federación de Sindicatos Católicos. El 22-IX-1939 ingresó en la cárcel de Orihuela.

El 14-III-1940 fue puesto en libertad condicional, pero entró de nuevo en la cárcel de Orihuela el 23-I-1942. El 23-V-1942 fue enviado al Reformatorio de Alicante para comparecer ante Consejo de guerra, que se celebró el 15-X-1942.
Condenado a 12 años y un día por auxilio a la rebelión: según la sentencia, era de significación izquierdista, formó parte del Control de la industria panadera llevando a cabo incautaciones y requisas, se expresaba a favor del régimen rojo y en contra de personas de derechas, aunque no se había podido comprobar si lo hizo contra un vecino que fue condenado a muerte.
Llevaba preso 3 años, 7 meses y 21 días. El 10-XII-1942 obtuvo la prisión atenuada, el 25-IV-1943 la libertad condicional y la definitiva por indulto el 22-IV-1947.

(Fuente: AHPA. Legajos 9146, 12522 y 12582 – A. Mazón).

CARMONA LÓPEZ, Manuel:

Vecino y vecino de Orihuela (Las Norias). Jornalero, de 27 años. Afiliado a la CNT. Fundador y destacado dirigente del sindicato libertario en Las Norias. Fue apresado el 18-IV-1939, ingresando en la prisión de Elche desde la de Orihuela el 25-VI-1941.

Trasladado al Reformatorio de Alicante el 31-X-1941, asistió a Consejo de guerra el 29-XI, el 16 y el 22-XII-1941, donde fue condenado a 20 años de reclusión menor por auxilio a la rebelión: según la sentencia, formó parte de “un tribunal” que decidió detenciones y recogida de armas, fue miliciano sin poder probar su participación en unos asesinatos.
Llevaba preso 2 años, 9 meses y 14 días. Obtuvo la libertad condicional el 22-V-1943. Posteriormente acabó implicado en “el complot comunista” y reingresó en el Reformatorio de Alicante el 2-V-1945, quedando a disposición del gobernador civil. El 22-V pasó a la jurisdicción militar obteniendo la libertad definitiva el 28-VI-1945. Se le aplicó la LRP.

(Fuente: M. Ors – A. Mazón – AHPA. Legajos 9214 y 9268).

Tud Or Cap. 11/12. Almorávides Cid.

De Tudmir a Oriola XI.

El Emir de los Creyentes concentró sus tropas en Ceuta; y desde allí las fue embarcando hacia Algeciras, la base naval de los almorávides en Al-Andalus.

Se cumplió la profecía del rey poeta sevillano; sus días terminaron sirviendo a los almorávides en una remota aldea del desierto.  

Peor fue el destino de su hijo; con su cabeza ensartada en una pica para escarnio del pueblo.  

Este tercer desembarco, marcó la hora final de las taifas andalusíes. Granada, Málaga, Sevilla, Jaén…

Una por una fueron cayendo bajo el huracán almorávide.

Conquistada Mursya las ciudades de la Taifa de Denia, comenzando por Uryula, fueron casi un paseo triunfal.

Solo un hombre pudo contener temporalmente la avalancha que ascendía por Levante; y este fue Rodrigo Díaz de Vivar, el príncipe de Valencia.

Entre el fracaso de Aledo y la llegada definitiva de los almorávides, las taifas volvieron a someterse a las parias de Alfonso VI, quien traicionado en Sagrajas, las exprimió a fondo con su ejército, amenazando las fronteras.

La de Sevilla sufrió un castigo especial; las tropas castellanas asolaron y saquearon sus tierras como venganza y advertencia.

Ya dijimos en la última entrega que, tras la destitución del sublevado Ben Rasiq, Mursya quedó sometida a Sevilla; pero Uryula pasó a Denia.

Denia y Tortosa estaban en poder de Lérida, tributaria del Conde de Barcelona. Así pues, cuando el Cid saqueó sus territorios, el emir de Lérida llamó a todos los reinos vecinos contra el Campeador, pero solo acudió el Conde de Barcelona Berenguer Ramón II.  

Los desencuentros entre el Cid y Berenguer, «el fratricida», venían de lejos. En su primer destierro Rodrigo se ofreció al catalán y este rechazó sus servicios; craso error.

Contratado por Al Mutadir de Zaragoza, el Campeador ya había derrotado al catalán, aliado de Lérida en la lucha entre hermanos por la herencia paterna.

Cumpliendo su compromiso, obligado por las parias, el conde de Barcelona se enfrentó de nuevo al Cid en la batalla de Tevar; y Rodrigo lo volvió a derrotar; pero esta vez, cobró un fabuloso rescate por el fratricida y sus caballeros, a los que había tomado prisioneros.

Las condiciones de la liberación incluyeron el traspaso de las parias de Denia, por lo que Uryula pasó a ser tributaria del Cid.

Poco a poco Rodrigo fue montando un extenso protectorado.

El flujo constante de oro lo empleó en mantener un poderoso ejército que ya no servía al rey Alfonso. Sus mesnadas cobraban del Cid, y solo obedecían al Cid.

En su segundo destierro el Campeador no solo rompió con Castilla; a partir de entonces utilizaría su poderío militar en beneficio propio, consolidando su domino desde Tortosa a Uryula.

En el año 1090 los almorávides regresaron. Y como prueba de fuerza, Yusuf dirigió su primer ataque a Toledo.

Los emires taifas, sabedores sus intenciones, no solo no le apoyaron esta vez, sino que corrieron a los brazos de Alfonso.

El rey castellano, reforzado por Aragón y Pamplona, rechazó el asedio demostrando de nuevo la poca destreza almorávide en la técnica de sitiar ciudades.

Yusuf no tenía intención de enfrentarse a los reinos cristianos. Abandonó Toledo y organizó su ejército para someter a todas las taifas.

Las primeras en caer fueron Granada y Málaga, cuyos emires eran dos hermanos enfrentados, que acabaron presos, humillados y deportados a África.

Los señores andalusíes se arrepintieron de haber llamado a aquellos hombres del desierto. El anciano Yusuf, hombre austero y muy religioso, cayó sobre los corruptos emires con el peso de la ley coránica.

Los almorávides encarnaban la pureza de la fe y contaban con una fatua dictada por los alfaquíes, doctores del Islam y sus mejores aliados haciendo propaganda desde las mezquitas.

Los andalusíes quedaron divididos entre los partidarios de sus emires y los de los almorávides, facilitando así la toma de las ciudades.

Contra la voluntad de sus señores, miles de voluntarios se unieron a Yusuf, que declaró la guerra sin cuartel contra Sevilla, la taifa más poderosa del Sur.

La llegada de los almorávides representó una inyección de fuerza militar y ortodoxia religiosa.

Su doctrina limitaba el número de mujeres, prohibía el vino, la música… pero también reducía notablemente los impuestos.

En el régimen de parias, el pueblo cargaba con los costosos pagos a los cristianos.

Los almorávides prometieron implantar solo el impuesto islámico, una limosna obligatoria, parecida al diezmo que pagaban los cristianos a sus iglesias.

A principios de 1091 Al-Mutamid tuvo conciencia de lo que le esperaba y pidió socorro urgente a Alfonso.

A su hijo, emir de Córdoba, le encomendó la difícil tarea de aguantar como fuese hasta la llegada de los castellanos. 

Al Mamún, que así se llamaba, envió a su familia con buena parte del tesoro al castillo de Almodóvar, lejos del peligro. Él quedó al mando de sus tropas, y cuando la ciudad fue tomada al asalto, murió decapitado. 

Alfonso había enviado un ejército en socorro de Sevilla, pero la columna fue interceptada y derrotada en Almodóvar.

Recogieron a la princesa cordobesa y se la llevaron a Castilla, donde Alfonso quedó prendado de su belleza. La mora Zaida (como paso a la historia) le dio al Rey lo que más deseaba: un hijo varón, el infante Sancho Ramírez. 

Tras Córdoba cayó Sevilla; y Al-Mutamid, el poderoso y refinado rey poeta, fue depuesto, humillado, y desterrado muy cerca de Marrakech, donde se encontró con Abdalá de Granada. Ambos murieron en la miseria.

Después cayeron Jaén y Almería; y, en el verano de 1091, las huestes almorávides al mando del hijo de Yusuf tomaron medina Mursya tras dos meses de asedio.

La Taifa de Denia, indefendible ante la ola africana fue abandonada a su suerte y desde Mursya, el príncipe almorávide se apoderó de Uryula y sus restantes plazas hasta llegar a la capital.

Uryula y su demarcación, tras el paso del Cid y de los almorávides, quedó arrasada y su conquista fue seguida de una ola de intolerancia religiosa que provocó la huida masiva de mozárabes hacia Castilla y Aragón.

Perdida Denia, el Cid fortifico la zona montañosa que separa las actuales provincias de Alicante y Valencia.

Y consiguió el apoyo del rey de Aragón.

El enfrentamiento entre Rodrigo y Alfonso era inevitable; y llegó en el 1092.

El rey de Castilla había movilizado una poderosa alianza para hacerse con Valencia: contaba con el rey de Aragón, con el conde de Barcelona y con las flotas de Pisa y de Génova.

Rotas sus relaciones, no avisó al Campeador, que seguía cobrando de la taifa valenciana por su protección.

Sus aliados, temiendo el enfrentamiento con el Cid, no se presentaron; fracasando la campaña organizada por Alfonso que, a pesar de todo, intentó sin éxito cobrar las parias de Valencia.

Rodrigo, que se encontraba en Zaragoza, respondió a Alfonso atacándole en La Rioja.

El rey claudicó en su empeño de someterlo y le ofreció la posibilidad de volver a Castilla; un nuevo perdón que Rodrigo rechazó; pero entre ellos quedó un pacto no escrito por el que el rey aceptaba a su antiguo servidor como aliado independiente.

Mientras tanto, los partidarios de los almorávides dirigidos por el Cadí, habían detenido y ejecutado al títere emir de Valencia, poniendo la ciudad a disposición de los invasores.

Y el Cid la sitió por primera vez.  

Ya no se conformaba con someter Levante a su régimen de parias. Por su cabeza empezaba a dar vueltas la idea de crear su propio reino, un principado que pudiese heredar su hijo Diego.

Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

Programa 11.
Enlace a vídeo en You Tube.

De Tudmir a Oriola XI.

¿Quién era ese maldito Cid que por dos veces había expulsado a sus hombres de Valencia?

No era un rey, ni siquiera un conde, tan solo un mercenario que ponía en juego el prestigio del emir de los almorávides.

Yusuf envió un poderoso ejército al mando de su sobrino que acampó a cuatro millas de Valencia, cerca de Quart.

En clara inferioridad numérica, Rodrigo puso en marcha su genio militar. Propagó el rumor de que las tropas de Castilla y Aragón acudían en su ayuda.

Y una noche la mitad de sus tropas abandonaron furtivamente la ciudad; y dando un largo rodeo se situaron en la retaguardia de los sitiadores.

Por la mañana se abrieron las puertas y las tropas restantes mandadas por Rodrigo, salieron en una carga suicida.

Pero a medio camino dieron la vuelta simulando la huída; estrategia aprendida de los propios moros que llamaban «tornafluye».

Los almorávides corrieron tras ellos y los emboscados cayeron sobre el campamento desguarecido incendiándolo con gran estrépito.

Los sitiadores pensaron que habían llegado los refuerzos castellanos y huyeron en desbandada perseguidos por las mesnadas del Cid, que en aquella memorable jornada consiguió un fabuloso botín con armas y caballos.

En la batalla de Quart, el Cid entró definitivamente en la leyenda.  

Ya dijimos que mientras Rodrigo andaba por Zaragoza, el cadí de Valencia había liderado a los partidarios de los invasores africanos en una rebelión.

Pidió ayuda a los almorávides y abrió las puertas a un destacamento con el que asaltaron el alcázar y asesinaron al emir Al Qadir, aliado de Castilla y tributario del Cid, poniendo la ciudad bajo la obediencia de Yusuf.

Pero el Campeador regresó y arrasó todas las aldeas y huertas cercanas. En el verano de 1093 comenzó el primer asedio de Valencia.

No tenía intención de ocuparla; así que les propuso asumir esa especie de república islámica liderada por el Cadí y quedarse fuera. Siempre que le pagasen sus parias y los almorávides abandonasen la ciudad.  

Tras dos meses de asedio y devastación, las condiciones fueron aceptadas: levantó el sitio y sus tropas escoltaron a los almorávides hasta zona segura.

Yusuf no podía tolerar esta humillación y rápidamente envió desde Mursya un ejército para recuperar la ciudad.

Los valencianos, confiando en la pronta llegada de los almorávides, rompieron el pacto y se negaron a pagar.

El Cid preparó cuidadosamente el terreno a su favor y consiguió repeler el ataque; entonces comenzó el verdadero, cruel y largo asedio en el que los valencianos llegaron a comer cadáveres.

En junio de 1094 el Cid entró con sus tropas en Valencia. Se instaló en el alcázar y puso allí su bandera. Ahora sí tenía unas murallas donde refugiarse y montar su propio reino.

Expulsó a los partidarios de los almorávides, detuvo al Cadí y lo ejecutó por el asesinato de Al Qadir.

Se intituló como príncipe de Valencia y se puso bajo la autoridad de Roma, que nombró un obispo para el nuevo principado cristiano.

Pronto regresaron los almorávides con más efectivos; pero fueron derrotados en la batalla de Quart, la que he narrado al principio.

Y aún los derrotó una vez más con ayuda de Pedro I de Aragón. Esta vez, los invasores habían llegado por mar.

Esta fue su última hazaña. La muerte de su hijo Diego, aun adolescente, en la batalla de Consuegra, apoyando a Alfonso VI, acabó con su única esperanza de formar una dinastía.

Sin heredero, casó a sus hijas Cristina y María con el infante de Pamplona y con el Conde de Barcelona. 

Agotado cayó en cama y murió en el verano del 1099 con solo cincuenta años.

Poco pudo aguantar Valencia bajo el gobierno de su esposa Jimena. Tres años después, Alfonso VI acudió a socorrerla.

Sin tropas suficientes para enfrentarse a los almorávides optó por abandonar la plaza, no sin antes incendiarla.

En el 1102 Valencia era ya solo otra provincia más del imperio africano.

Rodrigo Díaz de Vivar, embalsamado y escoltado por sus hombres viajó hasta Burgos donde fue enterrado de nuevo, dando paso al héroe legendario de «el cantar de mio Cid».  

«La despedida». Dibujo de Augusto Ferrer-Dalmau para la portada de la novela «Sidi».

Yusuf murió en el año 1106 y su hijo Alí heredó un inmenso imperio que abarcaba el norte de África y casi toda la Hispania musulmana.

Sometida Valencia, el anciano emir de los creyentes había preferido respetar la taifa de Zaragoza, un territorio que servía de colchón entre los dominios almorávides y los reinos cristianos.  

Pero el implacable avance del rey de Aragón y la muerte del emir de Zaragoza en la batalla de Valtierra, provocó su rápida intervención.

Con ayuda de los partidarios internos, tomaron fácilmente la última taifa hispana en mayo del 1110.  Así, el Imperio almorávide consiguió su máxima expansión territorial en la península.

Con el apogeo militar y político empezó la decadencia.

Durante el reinado del anciano Yusuf, las obras emprendidas acusaron la austeridad y falta de ornamentación impuestas por su fervor religioso.

Pero ese rigor fue decayendo con su hijo Alí, quién deslumbrado por el refinamiento andalusí, costeó algunas obras repletas de elementos decorativos.

En Orihuela han aparecido restos almorávides en la calle mayor, en Santa Lucía y en el Barrio nuevo. Viviendas excavadas que siguen el esquema andalusí en torno a un patio central, con cocina y letrinas en la planta baja.

Muros en su mayoría de tapial de tierra, y algunos de adobe. Pavimentos de tierra compactada y decoración a base de estructuras de yeso conocidas como atauriques.

Los rudos almorávides, acostumbrados a la vida del desierto, se ablandaron pronto en Al Ándalus; tierras ricas y fértiles donde la poesía y los placeres habían sustituido a la guerra permanente.

Esta relajada situación de los hispanos y su promesa de quitarles los impuestos habían facilitado su conquista; pero fue también la causa de su perdición.

Idealización con Inteligencia Artificial de la construcción del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia

La legendaria cabalgada de Alfonso I el Batallador, que pasando por Uryula llegó hasta las puertas de Granada, aconsejó reforzar sus murallas y las defensas de otras muchas localidades peninsulares.

En Orihuela les debemos los tres emblemáticos torreones orientados a mediodía; puramente almorávides, fabricados en el primer cuarto del siglo XII.  

Idealización con Inteligencia Artificial del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia

Estas obras se extendieron a lo largo de todo su imperio, por lo que Alí Ben Yusuf se vio obligado a implantar un impuesto específico. Otro más.

¿Dónde había quedado aquella promesa de suprimir los impuestos a los musulmanes? 

El sistema almorávide se había basado en exprimir a los cristianos mozárabes y mantener el ejército a base de botines de guerra.

Pero las conquistas acabaron en Zaragoza y los mozárabes, arruinados y perseguidos, huyeron al norte o fueron deportados a África, dejando los campos sin brazos con el consiguiente hundimiento de la economía.

Los gobernadores tuvieron que establecer nuevos tributos; los alfaquíes, que los habían eliminado por considerarlos ilícitos, necesitaban también financiarse… 

El descontentó creció día a día y los conquistadores africanos comenzaron a ser vistos por la población hispana como insufribles dominadores; parásitos que no solo limitaban su libertad, sino que les acosaban con más y más impuestos…

Y así llegaron las revueltas. En 1121, por primera vez en Al-Ándalus, Córdoba se sublevó contra la administración almorávide. 

Alí tuvo noticia de lo ocurrido y cruzó el estrecho para sofocar la rebelión. Los cordobeses le explicaron su justa indignación y acabó por perdonarlos.

Pero esta revuelta solo fue el primer chispazo de un fuego que estaba prendiendo en toda la península.

Simultáneamente, una nueva corriente religiosa aún más radical, se extendía por el norte de África: se llamaban a sí mismos los «Almuwaidum», los que reconocen la unidad de Alá.

En Hispania fueron conocidos como los Almohades, de los que hablaremos muy pronto…

Programa 12.
Enlace a vídeo en You Tube.
Enlace al siguiente capítulo.

Tud Or Cap. 9/10. Almorávides.

De Tudmir a Oriola IX.

Salió el rey Alfonso con su ejército matando y cautivando; devastando todo cuanto encontró a su paso.

Acampó cerca de Sevilla, asoló su región y la deshizo.

Dirigiose después a la playa de Tarifa, y allí las olas del mar batieron las patas de su caballo en el final de Al-Ándalus.

Era sólo un aviso. Tres años después conquistó Toledo.

Las demás taifas, aterrorizadas, buscaron el auxilio de Yusuf, el emir de los creyentes. 

Y sus tropas cruzaron el mar.

El velo fue el adorno con que Alá distinguió a los Almorávides.

Su armadura: una túnica de lana. Sus armas: escudos de piel, arcos, lanzas y espadas ligeras.

Tras ellos atronadores tambores de guerra golpeados por negros senegaleses. 

Los cristianos no habían visto nunca ejército tan temible en el campo de batalla.

En esta entrega he ampliado el foco para intentar explicar lo que significó la revolución Almorávide.

Cuando Al Mamún, emir de Toledo, acogió al desterrado príncipe Alfonso en 1072 su taifa era muy poderosa.

Había arrebatado a su yerno la de Balansya (Valencia) y seguía protegido pagando las parias al reino de León.

Alfonso había perdido el trono a manos de su hermano. Y trabó gran amistad con su anfitrión toledano.

Muerto Sancho II en circunstancias dudosas, Alfonso alcanzó la corona de Castilla y la de León.

El Cantar del Mio Cid cuenta que tuvo que jurar su inocencia antes de ceñírsela; pero no hay evidencia documental que verifique este hecho.

Alfonso VI ayudó al toledano a tomar la taifa cordobesa y fue su aliado hasta que murió envenenado precisamente allí, en Córdoba, en el año 1075.

El nieto y heredero del toledano, llamado Al Qádir, se consideró lo suficientemente fuerte para prescindir de la protección de Alfonso y dejó de pagar las parias.

Pero sin el apoyo de las tropas castellanas perdió Córdoba. Valencia se declaró independiente y las tropas de Badajoz entraron en Toledo en el 1080.

Refugiado en Cuenca, Al Qádir se  vio forzado a pedir nuevamente la ayuda del castellano.

Éste aprovechó la ocasión y puso cercó a Toledo mientras hostigaba a las taifas de Sevilla, Zaragoza y Valencia.

Por fin, en mayo de 1085, tras cuatro años de asedio, Toledo se rindió y Alfonso VI hizo su entrada triunfal.

Al títere de Al Qádir le dejó la taifa de Valencia.

Aquello fue un salto importante en la cruzada del sur. Una hazaña que resonó en toda Europa y también en África.

Toledo era un símbolo, la antigua capital de los godos. Su conquista fue la demostración de que pagando o sin pagar, Alfonso iba a por todas.

Sólo el imperio Almorávide estaba en condiciones de plantarle cara. Pero los reyezuelos taifas sabían que sus corruptas coronas caerían bajo el dominio de los hombres del velo.

Cuentan que Al Mutamid, el famoso rey poeta sevillano, dijo: prefiero pastorear los camellos de los almorávides que guardar los cerdos de los cristianos.

Su voluntad se cumplió: los almorávides pasaron el estrecho cambiando completamente el tablero de juego en Al-Ándalus.

¿Quiénes eran estos Almorávides?

Los almorávides nacieron como un movimiento integrista de regeneración islámica. Todo empezó en la zona sur del Sahara.

En el siglo XI el Magreb era un mosaico de pequeños reinos. El Islam se había extendido entre las tribus beréberes que luchaban por controlar el comercio a través del desierto.

El jeque de una  tribu situada entre las actuales Mauritania y Mali, en su obligada peregrinación a la Meca, descubrió que el Islam que practicaba su pueblo no era el verdadero.

Yaya, que así se llamaba, buscó un buen alfaquí que adoctrinase a su pueblo. Y encontró a Abdalá Ben Jasim, un fundamentalista Malikí.

Aquellos hombres del desierto tomaron con recelo la rigurosa doctrina islámica y muy pocos abrazaron sus enseñanzas. Ben Jassim y un grupo de unos sesenta discípulos se encerraron en una ribat.

De ahí viene el término Almorávide, Al-Murábitun; el que vive en la ribat, una especie de monjes guerreros al estilo de las órdenes militares cristianas que se encerraban en conventos fortificados como el que mencionamos en Guardamar. 

Sus contemporáneos los llamaron también «al mulatimun», que quiere decir los velados, pues cubrían su rostro con un velo por debajo de los ojos, costumbre muy práctica para la arena del desierto que podemos ver aún en los famosos tuareg.

Para los Almorávides, más que una protección, el velo se convirtió en una especie de uniforme que los distinguía en cualquier parte. 

Aquel maestro religioso jugó un papel muy importante en la formación del imperio Almorávide creando una sociedad basada en un estilo de vida sencillo, con estrictas normas religiosas, al que se fueron uniendo numerosos adeptos hasta superar el millar de monjes soldados.

Desde allí sometieron o se fueron aliando con diferentes tribus beréberes con dos objetivos claros: difundir el verdadero Islam y hacerse con el control de las rutas comerciales a través del Sahara.  

Las tribus no islamizadas fueron conquistadas en nombre de la Yihad o guerra santa.

Así, a mediados del siglo XI dominaban el desierto y siguieron ampliando su territorio hacia el norte, hasta cruzar el Atlas.

Aunque la cabeza visible en lo político y militar era el jeque, el propio Ben Jasimm encabezó aquel ejército de fanáticos hasta que, muerto en combate, el estado islámico que había creado se convirtió en un Emirato liderado por Abu Bakr, su general más destacado.

En torno al 1070 Abu Bark fundó una base militar en un llano con abundantes pastos llamado Marrakus.

Allí recibió noticia de unas revueltas que amenazaban a su tribu. Inmediatamente partió hacia el desierto dejando el mando en manos de su primo y lugarteniente Yusuf Ben Tasfin.

Yusuf construyó allí una verdadera ciudad amurallada a la que llamó Marrakés, la futura capital del imperio almorávide.

Consiguió caballos, esclavos y varios miles de negros senegaleses. Cuando regresó su primo dos años después, supo que nunca podría arrebatarle el poder.

Rendido ante la evidencia cedió el trono a Yusuf y volvió al desierto, dejando buena parte de sus tropas que se unieron al nuevo emir.

Yusuf agradecido lo colmó de dinero y regalos.  

Aquel hombre, austero y profundamente religioso, nunca aceptó el título de Califa, por eso le llamaron Emir de los Creyentes «Amir al Muminín», apelativo que pasó al castellano como «Miramamolín».

Yusuf era un ejemplo para sus hombres: maduro, flaco, vestido con pieles de oveja. Se alimentaba de leche y dátiles como los fundadores del Islam.

A sus tropas se fueron uniendo miles de voluntarios formando un poderoso ejército que luchaba con tácticas revolucionarias: caballería ligera, arqueros a caballo, infantes con largas lanzas y jabalinas….

A todo ello añadió fuertes contingentes de negros subsaharianos, provistos de tambores de piel de hipopótamo cuyo sonido aterrorizaba al enemigo y marcaba las maniobras de las diferentes unidades en el campo de batalla.

En pocos años conquistó Fez, Orán, Argel y por fin Ceuta, controlando así el Estrecho de Gibraltar.

Al otro lado, aquellos reyezuelos acosados por los cristianos reclamaba su ayuda.

Y Yusuf acudió en el 1086 haciendo sonar en Al-Ándalus sus temibles tambores de guerra …

Programa 9.
Enlace a vídeo en You Tube.

De Tudmir a Oriola X.

En el 1086, los almorávides desembarcaron en Algeciras y avanzaron hacia el norte.

A su ejército se fueron incorporando las huestes de todas las taifas andalusíes.

Alfonso VI, apoyado por el rey de Aragón, salió a su encuentro y Yusuf le ofreció tres opciones: convertirse al Islam, pagar tributos o luchar.

Alfonso escogió el combate.

La legendaria batalla tuvo lugar en un paraje cercano a Badajoz, llamado Sagrajas por los cristianos y Zalaca por los musulmanes. Alfonso atacó al amanecer.

Yusuf había dividido su ejército en tres grupos: el primero, formado por tropas andalusíes, recibió la impresionante carga cristiana sufriendo muchas bajas.

El segundo, dirigido por el propio emir almorávide, envolvió a los castellanos. Y cuando ya estaban agotados, un último contingente de cuatro mil guerreros subsaharianos los destrozó.

Sagrajas fue una jornada gloriosa para el Islam, una victoria como no se recordaba en Al-Ándalus desde los tiempos de Almanzor.

La derrota de Alfonso fue total. Él mismo escapó de milagro con una lanzada en la pierna.

Los almorávides no hicieron prisioneros. Yusuf mandó decapitar a muertos y a heridos. Y sobre los montículos formados con sus cabezas los almuédanos llamaron a la oración.

Luego los macabros trofeos fueron repartidos por todas las ciudades como prueba de su victoria.

En su primera visita los almorávides pasaron como un huracán. Y de la misma forma se retiraron desaprovechando la ocasión de llegar a Toledo.

Parece ser que la muerte de su primogénito y los daños sufridos en su ejército, aconsejaron regresar a África.

Pero Yusuf era ya el nuevo líder de Al-Ándalus, el príncipe de los creyentes, la esperanza para el pueblo andalusí.

Alfonso aprovechó el respiro para asegurar sus posiciones, buscar la ayuda de otros reyes cristianos y la de Rodrigo Díaz de Vivar, que andaba haciendo su propia guerra en tierras valencianas.

Casi dos años tardaron los almorávides en regresar de nuevo a la península. Y esta vez su objetivo estaba en la cora de Mursya.

Como ya contamos, muerto el amigo y mentor del emir sevillano, el oportunista gobernador Ben Rasiq se había autoproclamado señor independiente de Mursya. 

El rey poeta Almutamid recuperó Lorca y la comarca de la Vera, pero no pudo hacerse con la fértil Vega del Segura.

Aprovechando las disputas, una hueste castellana se había apropiado del castillo de Aledo, una inexpugnable fortaleza construida en un cerro escarpado, entre Lorca y Mursya, en mismo corazón de la cora.

Desde allí se dedicaron a hostigar y saquear Uryula, Mursya, Lorca, Cartagena, Almería…

Esta plaza fuerte les daba el control de la ruta que comunicaba el Levante con Andalucía a través del valle del Guadalentín. 

Las crónicas, como siempre exageradas, calculan una mesnada de mil caballeros y doce mil infantes acuartelados en el castillo de Aledo, campando a sus anchas por todos los territorios cercanos.

Amenazado por el sevillano que ansiaba colocar a su hijo en Mursya y acosado por las mesnadas cristianas, el astuto Ben Rasiq encontró una solución.

Pagando parias a los castellanos y abasteciéndolos de víveres, consiguió que dejasen de hostigar sus dominios, centrando sus tropelías en Lorca y Almería, tierras de Almutamid que, entretenido con los ataques cristianos, dejaría de amenazar su cora.

Almutamid no quedó de brazos cruzados. Atravesó personalmente el estrecho para entrevistarse con Yusuf.  

Allí le hizo ver la importancia de Aledo, una fortaleza en pleno corazón del territorio musulmán. Y consiguió convencerle para que volviese a la península con su ejército.  

A su regreso escribió a todas las ciudades de Al Ándalus para que preparasen tropas y fabricasen flechas, jabalinas y todos los pertrechos necesarios para la campaña.

Yusuf desembarco de nuevo en Algeciras, dirigiéndose hacía Aledo.

A las huestes almorávides se unieron las mesnadas de Sevilla, Granada, Almería, Málaga y de manera forzosa las de Mursya, entre las que figuraba mucha gente de Uryula.

Ben Rasiq no tuvo más remedio que ponerse bajo la autoridad de Yusuf, cortando los suministros a los castellanos.

La primera intención fue tomar el castillo al asalto utilizando máquinas de guerra construidas por los carpinteros, herreros y albañiles de la propia cora de Mursya.

Pero fue imposible. Por más que lo intentaron no lograron traspasar las murallas.

Fracasado el ataque optaron por el asedio, rodeando Aledo con fosos, torres, empalizadas y un campamento estable.

Pero la convivencia entre las diferentes huestes duró muy poco.  Todas las taifas andaban enfrentadas por problemas fronterizos.

Sevilla con Almería y Mursya; Málaga con Granada…

Aquellos reyezuelos reclamaban sus derechos ante el Emir de los Creyentes que, en el fondo, los despreciaba. 

Almutamid de Sevilla convenció a Yusuf de que el señor de Mursya era un traidor que pagaba a los cristianos y los abastecía.

Ben Rasiq fue detenido y cargado de cadenas, imponiendo a sus súbditos la autoridad del sevillano.

Inmediatamente las mesnadas de Uryula, Mursya, Elche, Alicante y Hellín, todas las que aportaba el detenido, abandonaron el sitio destruyendo las máquinas de asedio que había construido y llevándose a los obreros, panaderos y comerciantes locales que mantenían a los sitiadores.

Pronto empezaron a sufrir la falta de víveres.

Al mismo tiempo llegaron noticias del rey Alfonso, que se dirigía a la zona con tropas de socorro.

La codicia de los emires taifas había hecho de la campaña un fracaso estrepitoso y Yusuf no se fiaba de enfrentarse a Alfonso con aquellas tropas que peleaban entre sí.

Furioso y decepcionado optó por volver a África decidido a aniquilar a aquel grupo de corruptos codiciosos.

La próxima vez que cruzase el estrecho sería para exterminarlos, agregando al-Andalus a su vasto imperio.

Alfonso llegó, recogió a los supervivientes y, sin posibilidad de mantener aquella lejana fortaleza, la incendió y se marchó rápidamente.

El fracaso del sitio de Aledo fue una inyección de moral para los cristianos y provocó algo más: el segundo destierro del Cid.

Alfonso VI lo necesitaba para controlar el Este y había perdonado su primer destierro. En la campaña de Aledo quiso contar con su experiencia y con sus tropas. 

El campeador andaba por Requena cuando recibió la orden de unirse a su rey en Villena. Pero llegó muy tarde a la cita.

Aunque cabalgó hasta Uryula y Mursya no se encontró con las tropas castellanas. Plantó su campamento en Elche y allí pasó la Navidad del año 1089.

Nunca se sabrá que pasó. Quizá fue verdad que no llegó a tiempo; quizá no estaba dispuesto a perder sus efectivos, tropas que tanto necesitaba en su campaña valenciana… 

Lo cierto es que alentado por los muchos enemigos que tenía en la corte, el rey desterró a Rodrigo por segunda vez.

Entre el suceso de Aledo y la conquista almorávide, Mursya permaneció en manos de Almutamid.  

Pero los de Uryula, detenido su señor Ben Rasiq, se negaron a someterse al sevillano y se incorporaron de nuevo a Denia, cuyo soberano era entonces el emir de Lérida, el mayor enemigo del Campeador.

Desterrado de nuevo y falto de dinero para pagar a su mesnada, Rodrigo asoló las tierras comprendidas entre Uryula y Játiva, sin dejar «piedra inhiesta, ni señal de puebla ninguna».

Cargado de botín regresó a tierras valencianas dejando un reguero de muerte, miseria y desolación.

Este viaje dio lugar a lo que hoy conocemos como el camino del Cid en nuestra provincia.

Programa 10.
Enlace a vídeo en You Tube.
Enlace a la siguiente entrega. Pinchad sobre la imagen.

Tud Or Cap. 7/8. Taifas.

De Tudmir a Oriola VII.

Fallecido Jairán en el verano de 1028 Zuhayr el castrado reinó durante diez años.

Hasta que él y lo mejor de su ejército cayeron aplastados por los bereberes mercenarios de Granada.

Su señor había muerto y los de Almería juraron fidelidad a Abd al Azid, soberano de Valencia.

Uryula fue conquistada por el señor de Denia.

Y fue voluntad de Alá que violentos terremotos sacudiesen Uryula y Mursya.

Las casas se desplomaron, los alminares cayeron con todos los edificios altos y la mezquita mayor de Uryula se derrumbó junto con su minarete.

La tierra se abrió en toda la vega secándose los manantiales y surgiendo nuevas fuentes que manaban agua podrida.

En la anterior entrega dejamos Uryula (Orihuela ) en el verano de 1028, bajo el reinado del eunuco Zuhayr, el segundo emir de la taifa de Almería.

Muerto Almanzor y sus hijos muchos eslavos de su corte y ejército huyeron de Córdoba para instalarse en el sureste peninsular.

Allí fundaron varios reinos taifas: el de Almería, el de Denia y el de Valencia, donde acabó reinando un nieto de Almanzor, el hijo de Abderramán Sanchuelo.

Uryula pertenecía al de Almería. Durante los diez años de reinado de Zuhayr dicha taifa alcanzó su máxima extensión territorial.

Sus dominios abarcaron la cora de Tudmir, desde Alicante hasta Lorca, y las provincias de Albacete, Almería y Jaén.

Al poco de acceder al poder recibió también el vasallaje de la ciudad de Játiva, cuya fortaleza constituía una estratégica posición entre Tudmir y el reino de Valencia.

Y se la cedió al valenciano en un gesto de amistad con su poderoso vecino.

Zuhayr llegó a tomar Córdoba durante un breve plazo. Otra cosa era controlar tantos territorios.

Además de la rebelión que contamos en la entrega anterior (aquella que fue sofocada tras seis meses de asedio a Uryula), tuvo problemas en Medina Mursya.

Cuando se fue a Almería dejó como gobernador de Tudmir a Abu Bark, de los Banu Tahir, uno de los clanes árabes más poderosos.

Este nombramiento enfureció a otra poderosa familia de la que hablamos en capítulos anteriores: los Banu Jattab, descendientes de Teodomiro, tan ricos que llegaron a alojar a Almazor con todas sus tropas.

El primer rey de Almería se había apoyado en ellos durante su mandato y no se resignaron a perder el poder. Ofrecieron sus servicios al señor de la vecina taifa de Denia.

La nueva situación política se mantenía en un equilibrio de poderes: la nobleza árabe ponía el prestigio y la influencia para gobernar; los eslavos la fuerza militar.

Muyahid de Denia, que aspiraba a absorber Tudmir, decidió intervenir en la disputa apoyando la revuelta de los Banu Jattab.

Apresó al gobernador y se lo llevó a Denia.

Zuhair pagó un generoso rescate y lo repuso en el poder. Y para evitar nuevas intentonas se llevó a Almería al sublevado Abu Amir, cabeza de los Banu Jattab.

Esto no bastó para controlar la zona. Muyahid había conseguido crear muchos intereses a su favor y pronto los utilizó.

Los Banu Tahir fueron fieles a Zuhayr aunque en la práctica gobernaron con independencia.

Sentaron los pilares de lo que sería una nueva taifa independiente: la de Mursya.

Hasta el último momento Zuhayr intentó ensanchar sus dominios. Fallecido el emir de Granada decidió atacar su territorio.

En agosto del 1038 acampó a pocas millas de la capital.

El hijo y sucesor del difunto estaba esperando con un ejército de mercenarios bereberes y le prepararon una emboscada.

El ataque de las tropas granadinas fue demoledor. Algunas fuentes indican que el señor de Almería murió durante la batalla; otras que se despeñó por un barranco durante la huida.

Lo cierto es que no se volvió a saber de Zuhayr ni vivo ni muerto.

Enterados de la derrota y muerte de su rey los almerienses, temiendo al granadino, pusieron la ciudad en estado de defensa y se acogieron a la soberanía del emir de Valencia.

Abd al Azid entró sin lucha en la alcazaba de Almería ejerciendo su señorío en todos los territorios de la taifa y trasportando sus abundantes tesoros a Valencia.

Muhayid de Denia, siempre alerta, no dejó escapar la ocasión de meter mano en la herencia y ocupó los territorios costeros hasta Elche y Orihuela (Uryula).

Mursya, protegida por Abdelazid al que juró obediencia, fue ganando autonomía bajo el linaje árabe de los Banu Tahir.

La antigua cora de Tudmir quedó fraccionada y Jaén pasó a la taifa de Granada.

Los Banu Tahir fundaron la taifa de Murcia (Mursya), con capital en Medina Mursya.

Y Uryula, tras un breve periodo en la taifa de Valencia, quedó sometida a la de Denia.

Muyahid de Denia, el nuevo señor de Uryula, era otro eslavo vendido en el mercado de Córdoba y antiguo servidor de la familia de Almanzor. Un tipo culto y ambicioso que había logrado formar su propia taifa protegida por un rosario de plazas fuertes.

Pequeña y cercada por las poderosas Almería y Valencia, puso sus ojos en el mar.

Conquistó las islas Baleares y llegó hasta Cerdeña, donde acabó derrotado, quedando su esposa e hijo como prisioneros.

A partir de ahí las crónicas lo presentan como un soberano pacífico e ilustrado, arabizado totalmente. Fue el primero en acuñar moneda.

Como mecenas de la cultura, en Uryula favoreció las escuelas de estudios islámicos.

A su muerte, en el 1044, fue sucedido por su hijo Alí.

Pero la verdadera desgracia para la vega del Segura llegó pocos años después en forma de terremotos que sacudieron la comarca varias veces a al día durante cerca de un año.

La fecha es imprecisa, probablemente entre el verano de 1048 y el 1049. 

Como ya he contado al principio, las casas se derrumbaron, los alminares y edificios cayeron y se derrumbó la mezquita mayor de Uryula con su minarete.

La tierra se abrió en todo el término agrícola de la vega secándose muchos manantiales y surgiendo nuevas fuentes que manaban agua podrida y pestilente.

La devastación debió ser enorme en Mursya, en Uryula y en las diversas alquerías que las rodeaban.

También provocó la destrucción de parte de la rabita de Guardamar, aquella que los morabitos o almorávides habían abandonado treinta años antes, durante la fitna de los beréberes.

En cuanto al fenómeno de los campos abiertos y el cambio en las aguas que mencionan las crónicas, se explica con una subida del nivel freático.

El terremoto debió destrozar el sistema de riegos iniciado dos siglos antes, con el que habían ganado mucha tierra para la agricultura.

La inundación de las zonas bajas recuperó parte de los marjales propiciando el estancamiento de las aguas y su putrefacción.

En la segunda mitad del siglo XI las volátiles taifas siguieron cambiando.

Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

Programa 7.
Enlace a vídeo en You Tube.

De Tudmir a Oriola VIII.

A pesar del imparable empuje de los reinos cristianos los musulmanes seguían controlando las zonas más fértiles y prósperas de la península.

Pero militarmente quedaron indefensos.

Los pequeños reinos taifas no podían ya importar los contingentes africanos que antaño nutrían los ejércitos del califato.

En esta precaria situación pidieron ayuda a los reyes cristianos.

Y esa ayuda había que pagarla: así nacieron las parias. 

La protección cristiana les dio independencia, al principio, pero fue pan para hoy y hambre para mañana.

Las costosas parias obligaron a multiplicar los impuestos. Y cuando estos no fueron suficientes acosaron a las taifas vecinas.

Así las más poderosas se fueron comiendo a las débiles.

Con el paso del tiempo las parias se convirtieron en una extorsión, en un chantaje que pagaban para defenderse de sus vecinos musulmanes y también de los propios cristianos que a su vez luchaban entre si para hacerse con más y más parias.

Esto provocó una guerra de moros contra moros, moros contra cristianos, y cristianos contra cristianos: una complicada red de alianzas en busca de dinero y territorio.

El confuso siglo XI fue la transición entre dos períodos: la época dorada del Califato Omeya; y la etapa africana dominada por Almorávides y Almohades.

En la segunda mitad Uryula pasó a la taifa de Mursya tras pertenecer a las de Almería y Denia.

No voy a contar lo que ocurrió en toda la península. Tan solo un poco de lo acontecido en las taifas levantinas.

En la de Denia, muerto Muyahid en el 1045, el trono pasó a su primogénito llamado Alí, aquél que quedó preso con su madre en la derrota de Cerdeña.

Este cautiverio entre cristianos ocupó buena parte de su juventud y condicionó su educación alejada del mundo árabe.

Heredó de su padre el gusto por la cultura.

Durante su reinado las crónicas solo mencionan un hecho notable: un importante convenio firmado con el Condado de Barcelona por el que sus súbditos cristianos quedaron sometidos a la diócesis catalana, donando todas sus iglesias al obispado de Barcelona.

En él se citan las ínsulas Baleares y las diócesis de Denia y Oriola a pesar de que, en esas fechas, Orihuela (Uryula) ya pertenecía a Murcia (Mursya).

Gracias a este acuerdo los mozárabes del sur de Valencia y las Baleares quedaron en la órbita eclesiástica de Barcelona.

Este pacto tuvo importantes consecuencias siglos después, legitimando las conquistas de Jaime I y condicionando la frontera sur entre Castilla y Aragón.

En la taifa de Balansya (Valencia) siguió el linaje de Almanzor en la persona de su biznieto Abdelmalik, sustituyendo a su padre en el 1061.

Solo pudo mantenerse en el poder cuatro años.

Las crónicas lo describen como un tipo negligente, aficionado al vino, poco religioso y sin carácter.

Atacado por el rey de León recibió ayuda de su suegro, el emir de Toledo, el mismo que lo depuso en el 1065 para anexionarse la taifa valenciana.

En cuanto a Mursya, Abu Bark de los Banu Tahir, continuó gobernando la franja central de la antigua cora de Tudmir bajo la soberanía nominal de Balansya (Valencia).

Fue sucedido por su hijo, Abu Abderramán, un famoso literato que convirtió su corte en importante centro cultural consiguiendo la independencia completa. Pero sin Lorca y su demarcación.  

La conquista de la Cora de Mursya por la taifa de Sevilla nos dejó la conocida y trágica historia entre el famoso rey poeta sevillano Almutamid y su visir. Una relación más propia de dos enamorados.  

Con solo doce años, el emir de Sevilla encargó la educación de su hijo a Abu Bark Ben Ammar, un joven poeta de origen humilde que causó gran impresión en el adolescente Almutamid.  

Benamar, sólo nueve años mayor, lo introdujo en la poesía, en el vino y los placeres de la carne. Hasta que, informado su padre, encomendó al príncipe tareas militares para alejarlo de esa mala influencia.

Ben Ammar, temiendo la cólera real, se exilió en Zaragoza donde pasó más de una década.

Almutamid nunca olvidó a su amigo y confidente. Y cuando alcanzó el trono se acordó de su mentor. Lo nombró primero gobernador y luego visir de Sevilla.

Ambicioso, astuto y con gran habilidad diplomática, en el 1078 viajó a Barcelona para entrevistarse con el Conde Ramón Berenguer II. 

Al pasar por Medina Mursya fue acogido como huésped de honor y tomó nota de las defensas y debilidades de la ciudad.

Benammar salió de allí decidido a conquistarla. Aprovechando el viaje convenció al conde de Barcelona y a su propio soberano.

Poco tiempo después un ejército catalán y otro sevillano asediaron Medina Mursya.

Aunque las desavenencias entre los sitiadores dieron al traste con la empresa Benammar no desistió en su empeño.

Logró convencer a su buen amigo para formar un nuevo ejército con el que partió de Sevilla con destino a Mursya.

Por el camino encontró a un oportunista llamado Ben Rasiq, que se unió a la empresa.

Montado de nuevo el asedio Ben Rasiq quedó al mando de las tropas y el visir regresó a la corte sevillana.

Medina Mursya resistió hasta que, rendidos por hambre, abrieron las puertas y se entregaron.

Así, entre el 1079 y el 1080, Ben Rasiq se hizo con el control de la ciudad y de la cora.

Su soberano fue encerrado en el castillo de Monteagudo. Luego se exilió en Valencia donde vivió muchos años interviniendo activamente en la vida cultural y política de la ciudad.

Al recibir noticias de la victoria, el visir partió inmediatamente haciendo una espectacular entrada triunfal como gobernador del señor de Sevilla.

Pero sus planes eran otros: una vez instalado en Mursya se comportó como un auténtico soberano firmando edictos sin mencionara a su rey.

Para bajarle los humos Almutamid envió un poema satírico a su amigo, recordándole sus orígenes humildes.

Benamar encajó mal la crítica y, en un ataque de ira, redactó una réplica en verso burlándose de toda la familia real.

Las cartas que se cruzaron, propias de ex amantes, fueron la comidilla del reino. 

Almutamid se sintió traicionado por el vasallo; pero sobre todo por el amigo.

Benammar cortó los lazos con Sevilla. Se declaró señor independiente de la cora de Mursya y, por lo tanto, también de Uryula.

Según cuenta la crónica, su conducta como soberano fue desastrosa: altanero, libertino, bebedor…

En pocos meses perdió el afecto y el respeto de sus súbditos creciendo la autoridad de Ben Rasiq, al que había dejado el gobierno.

Un día en que Benammar salió de la ciudad, el gobernador se sublevó y le cerró las puertas.

Así comenzó una larga y penosa peregrinación por toda la península mora y cristiana pidiendo ayuda para recuperar su taifa perdida.

Lo acogieron de nuevo en Zaragoza, donde curiosamente compartió destierro con el mismísimo Cid Campeador.

Al final fue capturado y entregado al sevillano, que pagó por él una buena recompensa.

Llegó a Sevilla de la manera más humillante posible: en un mulo cargado de cadenas para mortificar su orgullo.

Allí fue encerrado en las mazmorras de palacio, donde escribió enternecedoras poesías pidiendo clemencia.

Almutamid, que seguía sintiendo por él gran afecto, estuvo a punto de perdonarle, pero sus enemigos en la corte hicieron públicas unas cartas que dejaban al emir en evidencia.

Almutamid, ciego de ira, bajó a los calabozos y lo mató a hachazos con sus propias manos.

El emir de Sevilla se hizo con Lorca. Pero Uryula y la cora de Mursya quedaron en manos del astuto Ben Rasiq.

La enemistad entre Sevilla y Mursya fue decisiva pocos años después, en el fracaso del asedio de Aledo por parte de los Almorávides.

Pero no adelantemos acontecimientos. De los almorávides hablaremos en la próxima entrega.

Programa 8.
Enlace a vídeo en You Tube.
Enlace a la siguiente entrega. Pinchad sobre la imagen.

Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba), historias de Orihuela, fotos, postcast y vídeos.