
De Tudmir a Oriola IX.

Salió el rey Alfonso con su ejército matando y cautivando; devastando todo cuanto encontró a su paso.
Acampó cerca de Sevilla, asoló su región y la deshizo.
Dirigiose después a la playa de Tarifa, y allí las olas del mar batieron las patas de su caballo en el final de Al-Ándalus.
Era sólo un aviso. Tres años después conquistó Toledo.
Las demás taifas, aterrorizadas, buscaron el auxilio de Yusuf, el emir de los creyentes.
Y sus tropas cruzaron el mar.
El velo fue el adorno con que Alá distinguió a los Almorávides.
Su armadura: una túnica de lana. Sus armas: escudos de piel, arcos, lanzas y espadas ligeras.
Tras ellos atronadores tambores de guerra golpeados por negros senegaleses.
Los cristianos no habían visto nunca ejército tan temible en el campo de batalla.
En esta entrega he ampliado el foco para intentar explicar lo que significó la revolución Almorávide.
Cuando Al Mamún, emir de Toledo, acogió al desterrado príncipe Alfonso en 1072 su taifa era muy poderosa.
Había arrebatado a su yerno la de Balansya (Valencia) y seguía protegido pagando las parias al reino de León.
Alfonso había perdido el trono a manos de su hermano. Y trabó gran amistad con su anfitrión toledano.
Muerto Sancho II en circunstancias dudosas, Alfonso alcanzó la corona de Castilla y la de León.
El Cantar del Mio Cid cuenta que tuvo que jurar su inocencia antes de ceñírsela; pero no hay evidencia documental que verifique este hecho.
Alfonso VI ayudó al toledano a tomar la taifa cordobesa y fue su aliado hasta que murió envenenado precisamente allí, en Córdoba, en el año 1075.
El nieto y heredero del toledano, llamado Al Qádir, se consideró lo suficientemente fuerte para prescindir de la protección de Alfonso y dejó de pagar las parias.
Pero sin el apoyo de las tropas castellanas perdió Córdoba. Valencia se declaró independiente y las tropas de Badajoz entraron en Toledo en el 1080.
Refugiado en Cuenca, Al Qádir se vio forzado a pedir nuevamente la ayuda del castellano.
Éste aprovechó la ocasión y puso cercó a Toledo mientras hostigaba a las taifas de Sevilla, Zaragoza y Valencia.
Por fin, en mayo de 1085, tras cuatro años de asedio, Toledo se rindió y Alfonso VI hizo su entrada triunfal.
Al títere de Al Qádir le dejó la taifa de Valencia.
Aquello fue un salto importante en la cruzada del sur. Una hazaña que resonó en toda Europa y también en África.
Toledo era un símbolo, la antigua capital de los godos. Su conquista fue la demostración de que pagando o sin pagar, Alfonso iba a por todas.
Sólo el imperio Almorávide estaba en condiciones de plantarle cara. Pero los reyezuelos taifas sabían que sus corruptas coronas caerían bajo el dominio de los hombres del velo.
Cuentan que Al Mutamid, el famoso rey poeta sevillano, dijo: prefiero pastorear los camellos de los almorávides que guardar los cerdos de los cristianos.
Su voluntad se cumplió: los almorávides pasaron el estrecho cambiando completamente el tablero de juego en Al-Ándalus.
¿Quiénes eran estos Almorávides?
Los almorávides nacieron como un movimiento integrista de regeneración islámica. Todo empezó en la zona sur del Sahara.
En el siglo XI el Magreb era un mosaico de pequeños reinos. El Islam se había extendido entre las tribus beréberes que luchaban por controlar el comercio a través del desierto.
El jeque de una tribu situada entre las actuales Mauritania y Mali, en su obligada peregrinación a la Meca, descubrió que el Islam que practicaba su pueblo no era el verdadero.
Yaya, que así se llamaba, buscó un buen alfaquí que adoctrinase a su pueblo. Y encontró a Abdalá Ben Jasim, un fundamentalista Malikí.
Aquellos hombres del desierto tomaron con recelo la rigurosa doctrina islámica y muy pocos abrazaron sus enseñanzas. Ben Jassim y un grupo de unos sesenta discípulos se encerraron en una ribat.
De ahí viene el término Almorávide, Al-Murábitun; el que vive en la ribat, una especie de monjes guerreros al estilo de las órdenes militares cristianas que se encerraban en conventos fortificados como el que mencionamos en Guardamar.
Sus contemporáneos los llamaron también «al mulatimun», que quiere decir los velados, pues cubrían su rostro con un velo por debajo de los ojos, costumbre muy práctica para la arena del desierto que podemos ver aún en los famosos tuareg.
Para los Almorávides, más que una protección, el velo se convirtió en una especie de uniforme que los distinguía en cualquier parte.
Aquel maestro religioso jugó un papel muy importante en la formación del imperio Almorávide creando una sociedad basada en un estilo de vida sencillo, con estrictas normas religiosas, al que se fueron uniendo numerosos adeptos hasta superar el millar de monjes soldados.
Desde allí sometieron o se fueron aliando con diferentes tribus beréberes con dos objetivos claros: difundir el verdadero Islam y hacerse con el control de las rutas comerciales a través del Sahara.
Las tribus no islamizadas fueron conquistadas en nombre de la Yihad o guerra santa.
Así, a mediados del siglo XI dominaban el desierto y siguieron ampliando su territorio hacia el norte, hasta cruzar el Atlas.
Aunque la cabeza visible en lo político y militar era el jeque, el propio Ben Jasimm encabezó aquel ejército de fanáticos hasta que, muerto en combate, el estado islámico que había creado se convirtió en un Emirato liderado por Abu Bakr, su general más destacado.
En torno al 1070 Abu Bark fundó una base militar en un llano con abundantes pastos llamado Marrakus.
Allí recibió noticia de unas revueltas que amenazaban a su tribu. Inmediatamente partió hacia el desierto dejando el mando en manos de su primo y lugarteniente Yusuf Ben Tasfin.
Yusuf construyó allí una verdadera ciudad amurallada a la que llamó Marrakés, la futura capital del imperio almorávide.
Consiguió caballos, esclavos y varios miles de negros senegaleses. Cuando regresó su primo dos años después, supo que nunca podría arrebatarle el poder.
Rendido ante la evidencia cedió el trono a Yusuf y volvió al desierto, dejando buena parte de sus tropas que se unieron al nuevo emir.
Yusuf agradecido lo colmó de dinero y regalos.
Aquel hombre, austero y profundamente religioso, nunca aceptó el título de Califa, por eso le llamaron Emir de los Creyentes «Amir al Muminín», apelativo que pasó al castellano como «Miramamolín».
Yusuf era un ejemplo para sus hombres: maduro, flaco, vestido con pieles de oveja. Se alimentaba de leche y dátiles como los fundadores del Islam.
A sus tropas se fueron uniendo miles de voluntarios formando un poderoso ejército que luchaba con tácticas revolucionarias: caballería ligera, arqueros a caballo, infantes con largas lanzas y jabalinas….
A todo ello añadió fuertes contingentes de negros subsaharianos, provistos de tambores de piel de hipopótamo cuyo sonido aterrorizaba al enemigo y marcaba las maniobras de las diferentes unidades en el campo de batalla.
En pocos años conquistó Fez, Orán, Argel y por fin Ceuta, controlando así el Estrecho de Gibraltar.
Al otro lado, aquellos reyezuelos acosados por los cristianos reclamaba su ayuda.
Y Yusuf acudió en el 1086 haciendo sonar en Al-Ándalus sus temibles tambores de guerra …
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 9.
De Tudmir a Oriola X.

En el 1086, los almorávides desembarcaron en Algeciras y avanzaron hacia el norte.
A su ejército se fueron incorporando las huestes de todas las taifas andalusíes.
Alfonso VI, apoyado por el rey de Aragón, salió a su encuentro y Yusuf le ofreció tres opciones: convertirse al Islam, pagar tributos o luchar.
Alfonso escogió el combate.
La legendaria batalla tuvo lugar en un paraje cercano a Badajoz, llamado Sagrajas por los cristianos y Zalaca por los musulmanes. Alfonso atacó al amanecer.
Yusuf había dividido su ejército en tres grupos: el primero, formado por tropas andalusíes, recibió la impresionante carga cristiana sufriendo muchas bajas.
El segundo, dirigido por el propio emir almorávide, envolvió a los castellanos. Y cuando ya estaban agotados, un último contingente de cuatro mil guerreros subsaharianos los destrozó.
Sagrajas fue una jornada gloriosa para el Islam, una victoria como no se recordaba en Al-Ándalus desde los tiempos de Almanzor.
La derrota de Alfonso fue total. Él mismo escapó de milagro con una lanzada en la pierna.
Los almorávides no hicieron prisioneros. Yusuf mandó decapitar a muertos y a heridos. Y sobre los montículos formados con sus cabezas los almuédanos llamaron a la oración.
Luego los macabros trofeos fueron repartidos por todas las ciudades como prueba de su victoria.
En su primera visita los almorávides pasaron como un huracán. Y de la misma forma se retiraron desaprovechando la ocasión de llegar a Toledo.
Parece ser que la muerte de su primogénito y los daños sufridos en su ejército, aconsejaron regresar a África.
Pero Yusuf era ya el nuevo líder de Al-Ándalus, el príncipe de los creyentes, la esperanza para el pueblo andalusí.
Alfonso aprovechó el respiro para asegurar sus posiciones, buscar la ayuda de otros reyes cristianos y la de Rodrigo Díaz de Vivar, que andaba haciendo su propia guerra en tierras valencianas.
Casi dos años tardaron los almorávides en regresar de nuevo a la península. Y esta vez su objetivo estaba en la cora de Mursya.
Como ya contamos, muerto el amigo y mentor del emir sevillano, el oportunista gobernador Ben Rasiq se había autoproclamado señor independiente de Mursya.
El rey poeta Almutamid recuperó Lorca y la comarca de la Vera, pero no pudo hacerse con la fértil Vega del Segura.
Aprovechando las disputas, una hueste castellana se había apropiado del castillo de Aledo, una inexpugnable fortaleza construida en un cerro escarpado, entre Lorca y Mursya, en mismo corazón de la cora.
Desde allí se dedicaron a hostigar y saquear Uryula, Mursya, Lorca, Cartagena, Almería…
Esta plaza fuerte les daba el control de la ruta que comunicaba el Levante con Andalucía a través del valle del Guadalentín.
Las crónicas, como siempre exageradas, calculan una mesnada de mil caballeros y doce mil infantes acuartelados en el castillo de Aledo, campando a sus anchas por todos los territorios cercanos.
Amenazado por el sevillano que ansiaba colocar a su hijo en Mursya y acosado por las mesnadas cristianas, el astuto Ben Rasiq encontró una solución.
Pagando parias a los castellanos y abasteciéndolos de víveres, consiguió que dejasen de hostigar sus dominios, centrando sus tropelías en Lorca y Almería, tierras de Almutamid que, entretenido con los ataques cristianos, dejaría de amenazar su cora.
Almutamid no quedó de brazos cruzados. Atravesó personalmente el estrecho para entrevistarse con Yusuf.
Allí le hizo ver la importancia de Aledo, una fortaleza en pleno corazón del territorio musulmán. Y consiguió convencerle para que volviese a la península con su ejército.
A su regreso escribió a todas las ciudades de Al Ándalus para que preparasen tropas y fabricasen flechas, jabalinas y todos los pertrechos necesarios para la campaña.
Yusuf desembarco de nuevo en Algeciras, dirigiéndose hacía Aledo.
A las huestes almorávides se unieron las mesnadas de Sevilla, Granada, Almería, Málaga y de manera forzosa las de Mursya, entre las que figuraba mucha gente de Uryula.
Ben Rasiq no tuvo más remedio que ponerse bajo la autoridad de Yusuf, cortando los suministros a los castellanos.
La primera intención fue tomar el castillo al asalto utilizando máquinas de guerra construidas por los carpinteros, herreros y albañiles de la propia cora de Mursya.
Pero fue imposible. Por más que lo intentaron no lograron traspasar las murallas.
Fracasado el ataque optaron por el asedio, rodeando Aledo con fosos, torres, empalizadas y un campamento estable.
Pero la convivencia entre las diferentes huestes duró muy poco. Todas las taifas andaban enfrentadas por problemas fronterizos.
Sevilla con Almería y Mursya; Málaga con Granada…
Aquellos reyezuelos reclamaban sus derechos ante el Emir de los Creyentes que, en el fondo, los despreciaba.
Almutamid de Sevilla convenció a Yusuf de que el señor de Mursya era un traidor que pagaba a los cristianos y los abastecía.
Ben Rasiq fue detenido y cargado de cadenas, imponiendo a sus súbditos la autoridad del sevillano.
Inmediatamente las mesnadas de Uryula, Mursya, Elche, Alicante y Hellín, todas las que aportaba el detenido, abandonaron el sitio destruyendo las máquinas de asedio que había construido y llevándose a los obreros, panaderos y comerciantes locales que mantenían a los sitiadores.
Pronto empezaron a sufrir la falta de víveres.
Al mismo tiempo llegaron noticias del rey Alfonso, que se dirigía a la zona con tropas de socorro.
La codicia de los emires taifas había hecho de la campaña un fracaso estrepitoso y Yusuf no se fiaba de enfrentarse a Alfonso con aquellas tropas que peleaban entre sí.
Furioso y decepcionado optó por volver a África decidido a aniquilar a aquel grupo de corruptos codiciosos.
La próxima vez que cruzase el estrecho sería para exterminarlos, agregando al-Andalus a su vasto imperio.
Alfonso llegó, recogió a los supervivientes y, sin posibilidad de mantener aquella lejana fortaleza, la incendió y se marchó rápidamente.
El fracaso del sitio de Aledo fue una inyección de moral para los cristianos y provocó algo más: el segundo destierro del Cid.
Alfonso VI lo necesitaba para controlar el Este y había perdonado su primer destierro. En la campaña de Aledo quiso contar con su experiencia y con sus tropas.
El campeador andaba por Requena cuando recibió la orden de unirse a su rey en Villena. Pero llegó muy tarde a la cita.
Aunque cabalgó hasta Uryula y Mursya no se encontró con las tropas castellanas. Plantó su campamento en Elche y allí pasó la Navidad del año 1089.
Nunca se sabrá que pasó. Quizá fue verdad que no llegó a tiempo; quizá no estaba dispuesto a perder sus efectivos, tropas que tanto necesitaba en su campaña valenciana…
Lo cierto es que alentado por los muchos enemigos que tenía en la corte, el rey desterró a Rodrigo por segunda vez.
Entre el suceso de Aledo y la conquista almorávide, Mursya permaneció en manos de Almutamid.
Pero los de Uryula, detenido su señor Ben Rasiq, se negaron a someterse al sevillano y se incorporaron de nuevo a Denia, cuyo soberano era entonces el emir de Lérida, el mayor enemigo del Campeador.
Desterrado de nuevo y falto de dinero para pagar a su mesnada, Rodrigo asoló las tierras comprendidas entre Uryula y Játiva, sin dejar «piedra inhiesta, ni señal de puebla ninguna».
Cargado de botín regresó a tierras valencianas dejando un reguero de muerte, miseria y desolación.
Este viaje dio lugar a lo que hoy conocemos como el camino del Cid en nuestra provincia.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 10.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.

