Tud Or Cap. 44. Jaume I. Orihuela.

De Tudmir a Oriola XLIV.

De com el Rei Jaume anà a Oriola / De como el rey Jaime llegó a Orihuela.

En Elche dejó al Obispo de Barcelona y ese mismo día se dirigió hacia Orihuela, donde la sublevación tampoco había triunfado por la heroica resistencia de los atrincherados en el castillo que, alborozados, le abrieron las puertas.

E, tot açò feyt, aquell dia anam-nos-en a Oriola. E lexam en Elg n’Astruch de Bonsenyor, que·ns aduxés les cartes feytes entre nós e els sarrahins de Elg.

Hecho esto, marchamos aquel mismo día a Orihuela, dejando en Elche a En Astrugo de Bonsenyor, para que nos trajera las escrituras que hicimos con los sarracenos de dicha población.

Una vez instalado en nuestra ciudad, se entregó el alcaide de Crevillente, miembro de los Aben Hud que había permanecido al margen de la revuelta, poniendo la ciudad y sus castillos en manos de Jaime.

E, quant nós fom en Oriola, vench lo fill de Benut e arrais de Crivillén, e dix-nos que son pare era pres e tenie’l pres lo rey de Castella, e venia per ço a nós: que faria tot quan manàssem e que·ls nostres hòmens poguessen entrar en Crivillén salvament e segura; e venia a nós que·ns rendés aquells castells que havia, e que·ns podíem ajudar del seu axí com del nostre.

Y mientras estábamos en Orihuela, vino a vernos el hijo de Benud Alá, arrayaz de Crivillente, y nos dijo que su padre estaba preso y él tenía la población por el rey de Castilla.

De consiguiente, que venía a ofrecérsenos para hacer por Nos cuanto le mandásemos, y a fin de que nuestros hombres pudiesen entrar en Crivillente con toda seguridad. Para esto, nos ofreció dos castillos que tenía, diciéndonos que podíamos contar con tal ayuda, así como con lo nuestro propio.

E haguem deliurat e cobrat ço que havíem perdut, de Billena tro en Oriola, e de Alacant tro en Oriola, axí que tothom podia anar pels camins salvament e segura.

Y aceptándoselo, recobramos en efecto todo cuanto habíamos perdido desde Villena a Orihuela y desde Alicante al mismo punto; de manera que todo el mundo podía ya ir entonces por los caminos, seguro y libre de temor.

A finales de noviembre de 1265, sin disparar una flecha, el rey de Aragón había recuperado todo el terreno desde Villena y Alicante hasta Orihuela, la mejor base de operaciones para preparar el asedio a la capital, su próximo objetivo.

La conquista de Orihuela por parte de Jaime I no fue lo que se dice una hazaña militar.

Como ya he dicho, el propio monarca presumió en su crónica de haber llegado sin disparar una ballesta.

Es lógico suponer que, advertidos de la amenaza, los sublevados en Orihuela abandonasen la ciudad buscando refugio tras las murallas de Murcia o emigrando directamente a Granada.

Su entrada acabó con el suplicio de unos defensores que habían aguantado más de un año asediados en el inexpugnable castillo oriolano.

No quedó constancia del día exacto; pero sabiendo la fecha de su paso por Alicante; que su primera visita a Orihuela duró ocho días; y que en torno al cuatro de diciembre se reunió con su yerno en Alcaraz, la llegada a nuestra ciudad debió rondar el 25 de noviembre de 1265.

La heroica resistencia de aquel puñado de hombres sin llegar a perder la plaza en ningún momento fue recompensada con tierras, casas y solares.

Y sus nombres quedaron registrados para siempre en los repartos con los siguientes conceptos: los que se encerraron en el castillo, los que acudieron en su ayuda y los que fueron cercados en la ciudad.

Teniendo en cuenta que la población mozárabe había desaparecido durante el siglo XII, la tenaz resistencia nos hace pensar que el número de cristianos asentados por Alfonso X en la Orihuela musulmana fue más que una simple guarnición militar.

Y que antes de llegar el Conquistador los sitiados habrían recibido refuerzos; quizá en una de las cabalgadas del infante Pedro.

Hace ya casi un siglo Justo García Soriano intentó sacar del olvido sus nombres, pero siguen sepultados por el peso de nuestra hermosa leyenda fundacional.

Nadie recuerda a personajes como el caballero Fortún de Vergara, el maestre de campo Ferrando de Marfa, el capitán de infantería Juan Jové, Iñigo Darún, Ibáñez de Oriol, Bernardo Crespo, Pedro Zapatero, Pere Roca, Berenguer de Olivares; el judío llamado Jacob Avendino …

Estos y los que murieron en el empeño fueron los auténticos héroes, los primeros oriolanos.

Por ello fueron mejorados en el primer reparto, fechado en el verano de 1266.  

Aunque tuvieron que esperar hasta el domingo 4 de septiembre de 1272; cuando reunido el concejo de Orihuela en la iglesia del Salvador, el escribano Juan García firmó las escrituras a favor de los primitivos moradores de nuestra ciudad; otorgándoles la mitad más de lo que recibieron los que llegaron después.

Pero volvamos a noviembre de 1265.

De la noticia que arriba al rei Jaume sobre els genets que voilen introducir que viures a Múrcia / De la noticia que llegó al rey Jaime sobre los jinetes que querían introducir víveres en Murcia.

Jaime descansaba en Orihuela. La conquista del reino estaba ya muy adelantada.

Tan sólo la capital y algunos castillos cercanos seguían en poder de los rebeldes, destacando el de Alhama, importante enlace con Lorca en la ruta hacia Granada.

Había llegado el momento de que suegro y yerno se reuniesen para coordinar la estrategia a seguir en el asedio a la capital. La plaza escogida fue Alcaraz, y la fecha, en torno al cuatro de diciembre. 

Una semana antes, a media noche, dos almogávares procedentes de Lorca llegaron a Orihuela a uña de caballo. 

Las noticias que traían eran tan urgentes como para despertar al rey.

Al ponerse el sol, ochocientos jinetes granadinos, dos mil peones y dos mil acémilas cargadas de provisiones, habían pasado por Lorca con dirección a la capital. 

Si se daban prisa podrían interceptarlos y bloquear la entrada de aquellos alimentos destinados a mantener la resistencia de los murcianos. 

E nós, qui érem en Oriola, que y érem romases bé per .VIII. dies, .I a . nuyt vengren-nos .II. almugàvers de Lorcha e tocaren a la nostra porta. E podia ésser bé a  mige nuyt.

E dixeren-nos que·ns feÿen saber los de Lorcha que .DCCC. genets, ab .II. mília atzembles carregades e .II. mília hòmens d’armes qui les tocaven, metien conduyt en Múrcia

Estando todavía en Orihuela, donde permanecimos ocho días, aconteció uno de estos que a eso de media noche vinieron dos almogávares de Lorca y llamaron a la puerta, diciéndonos que los de Lorca nos hacían saber como, ochocientos jinetes, con dos mil acémilas cargadas y dos mil hombres de armas que las escoltaban, introducían provisiones en Murcia.

Que al ponerse el sol habían pasado por frente de Lorca; y así, que nos los participaban, por creer que si Nos salíamos, nos sería fácil apoderarnos de toda la recua, mas que lo hiciésemos pronto, porque podría ser que nos escaparan, atendido a que llevaban todos yeguas o caballos muy corredores.

Sin perder un segundo mandó despertar a sus hijos, a los responsables de las órdenes militares y a todos los caballeros destacados para que preparasen sus caballos y reuniesen a sus hombres frente a la puerta del Puente. 

De madrugada Jaime atravesó el que hoy conocemos como puente viejo, entonces una pasarela de madera sobre barcas, y se plantó en la explanada situada al otro lado del río.

No bien oímos tal novedad, llamamos al punto a nuestros porteros para que se levantaran y fuesen sin tardanza a avisar al infante En Pedro, al infante don Jaime, a don Manuel, al maestre de Uclés, al que hacía las veces de maestre del Hospital, a don Alfonso García y a todos los demás ricos-hombres.

Y les dijeran que se preparasen a montar a caballo y marchasen luego a la puerta del puente, que allí nos encontrarían, pues acababa de llegar de Lorca un mensajero, con una noticia de grande importancia; previniéndoles al propio tiempo que llevasen provisiones para un día.

Nos salimos al momento, y pasando el puente que hay sobre el río Segura, esperámonos a la otra parte.

Reunida su hueste, al despuntar el sol remontaron el Segura para emboscarse en una alquería situada en el Camino de Cartagena, entre Murcia y la montaña, un cerro donde según cita en su crónica, estaba enterrados los Banu Hud.

 Se refería al Castillo de la Asomada, una fortaleza edificada por el rey lobo, cuyas ruinas, en el puerto de la Cadena, están ofreciendo sorprendentes hallazgos arqueológicos, entre ellos un panteón real donde pudieron estar enterrados varios emires murcianos.

Castillo de la Asomada. El Palmar (Murcia). Fotografía Laura Pérez Ibáñez.

Luego vinieron los nuestros, y reunidos, marchamos, al esclarecer el alba, a una alquería que se halla entre Murcia y la montaña, hacia el camino que va a Cartagena, en cuyo punto solía enterrarse a los reyes de Murcia, en un cerrillo que hay sobre la misma alquería y en el que descansa entre otros Abenud.

En aquel cerro elevado reunió a su consejo y resolvieron salir a por ellos.

Para facilitar la persecución sin fatigar a las monturas decidió aligerar a buena parte de la caballería, dejando tan solo un centenar de caballos armados.

Sus hijos saldrían en vanguardia; el infante castellano, el maestre de Uclés y Pere Guzmán cubrirían los flancos; el rey, con la caballería pesada, quedaría en retaguardia. 

Si llegaba el caso de tener que batirse con los jinetes granadinos nadie avanzaría hasta que mandase sonar las trompetas.

Y a su señal la caballería ligera se abalanzaría sobre ellos.

Detrás llegaría él con los caballos armados, arrasando cuanto quedase en el campo de batalla.

Despejado ya el día, reunimos consejo para ver lo que haríamos; y en él el infante don Pedro, el infante don Jaime, don Manuel, el maestre de Uclés, don Pero Guzmán y don Alfonso García fueron de parecer que Nos saliésemos de allí y previniésemos de lejos atalayas para ver si venía o no el enemigo.

Aleccionados sus hombres envió a Mosén Rocafull con quince caballeros para que atalayasen si venían o no los granadinos.

Al poco recibió un mensaje confirmando el avistamiento. 

Enterados el maestre de Uclés y varios caballeros, presionaron al rey para salir contra ellos sin perder tiempo.

Si no se daban prisa los veloces jinetes musulmanes podrían alcanzar Murcia en una galopada y no conseguirían darles alcance.

Jaime los tranquilizó. Era mejor esperar, dejarlos llegar a la llanura para situarse entre ellos y la ciudad.

Contestamos Nos que no éramos de aquella opinión, pues tenían una costumbre los jinetes cuando se encontraban con otros, que procuraban fatigarlos, especialmente a los que llevaban caballos.

De esta forma no importaría lo que hiciesen los jinetes.

Los peones y lo que es más importante, las mulas cargadas que portaban, quedarían a su merced.

Antes de pasar a la acción el monarca buscó a Arnaldo de Segarra, un fraile predicador.

Su conciencia le atormentaba y quería confesar.

Jaime era hombre devoto pero muy mujeriego.

Muerta Violante, su segunda esposa, había tomado a otra, de nombre Teresa, para después abandonarla por padecer la lepra.

Desde entonces vivía en concubinato con Berenguela, una joven prima del rey de Castilla. 

Después de conquistar tantos territorios para la cristiandad, el monarca esperaba que Dios no tuviese en cuenta sus pecadillos carnales.

El fraile le advirtió de lo grave que podía ser combatir en pecado mortal. Para ser perdonado tenía que prometer no volver a las andadas. 

Jaime, sin mucha convicción, le respondió que con tal intención entraba en batalla, que le diese la bendición de una vez, que venían los moros. 

La hueste se colocó en orden de batalla con las señeras desplegadas. 

El monarca recordó a sus hijos de donde descendían y quien era su padre.

Y juró ante Dios desheredarlos si no cumplían con honor en el combate.

Llibre dels Feits de Jaume I. Reproducción facsimilar de la Biblioteca de Catalunya, correspondiente a la versión de la Crónica del rey Jaime I, que su biznieto, Pedro el Ceremonioso, ordenó copiar el 1380. 

—Hijos míos, ya sabéis de dónde descendisteis y quién es vuestro padre: portaos hoy, de consiguiente, en este hecho de armas, de manera que todo el mundo pueda decirlo que valéis y de donde habéis descendido: si no, juramos a Dios que os hemos de desheredar de cuanto os hemos dado.

A tales palabras nos contestaron a una los infantes En Pedro y En Jaime, diciéndonos que tendrían bien presente de dónde descendían y quién era su padre, y que por lo mismo no llegaría el caso de tener que desheredarles.

Volvimos luego a nuestra retaguardia; y cuando estuvimos colocados ya en batalla, En Bernardo de Vilanova, que era caballero de Cataluña, se expresó de esta manera:

—Catalanes, por la fe que debéis a Dios, portaos de manera en esta empresa, que todo el mundo hable de nosotros y del bien que haremos. Contestaron cuantos le oyeron, que así lo harían;

No hubo tal combate. Por la lejana polvareda supieron que los granadinos habían descubierto la celada y volvían sobre sus pasos.

Sus hombres quisieron lanzarse en persecución pero Jaime, prudente, lo prohibió.

Alhama distaba cuatro leguas y cuando llegase el momento de embestirlos, estarían demasiado cansados corriendo tras ellos.

A esos ochocientos jinetes y dos mil peones se les podían unir otros seiscientos hombres que defendían el castillo y la ciudad.

Y pasando Nos luego delante, descubrimos ya la polvareda de los jinetes, que, según nos contó un mensajero, huían volviendo atrás.

Fueron algunos de parecer que les diésemos alcance: pero Nos no lo quisimos, fundado en que desde allí a Alhama sólo había cuatro leguas, y ellos tenían ochocientos jinetes y dos mil peones, sin contar aun otros seis o setecientos que había dentro de la población.

Además de que, cuando nuestros caballeros tendrían que dar precisamente la embestida, sería cuando estarían fatigados de correr, sin haber podido alcanzar siquiera a los peones.

Y saliendo entonces los otros de la fortaleza y de la villa, nos arrojarían a la fuerza de ésta a Nos y a los nuestros; por cuyo motivo prohibimos por entonces dar el alcance.

De regreso a Orihuela se detuvieron en Alcantarilla.

Allí reunió de nuevo a sus hijos, a los principales caballeros y a los maestres de Uclés, del Hospital y de los Templarios.

Los castellanos, conocedores del terreno, aconsejaron asediar el castillo de Alhama utilizando algún ingenio militar para lanzarles piedras.

En su opinión, un buen mandrón emplazado en la colina terminaría en ocho días con la resistencia de aquella fortaleza.

Pasamos luego a un lugar llamado Alcantarilla, donde estuvimos con nuestros hijos, el maestre de Uclés, Pedro de Queralt, el maestre del Templo, En Hugo de Malavespa, que lo era del Hospital, y algunos otros.

Reunidos por Nos todos estos ricoshombres en consejo, preguntámosles qué era lo que debía hacerse en tal negocio; mas dichos nuestros hijos y ricos-hombres de nuestra tierra fueron unánimemente de parecer que antes de todos, debían hablar el maestre de Uclés, don Pero Guzmán y don Alfonso García, como más conocedores que aquellos del país.

Con esto dijo el maestre, que si poníamos cerco al castillo de Alhama, lo podríamos tomar, y que si llevábamos allí un ingenio, sería asunto de pocos días.

Señalaron luego a don Alfonso García para que hablase, y éste cedió la palabra a don Pero Guzmán.

Excusóse don Pero, diciendo que no conocía mucho a Alhama y que mejor hablaría sobre tal asunto don Alfonso, por cuanto tenía el señorío de aquella tierra; en vista de lo que, contestó don Alfonso García:

—Cierto que puedo decir algo sobre ese punto, porque he tenido el lugar de Alhama por algún tiempo. —¿Quién, pues, mejor que vos puede hacerlo? — respondimos Nos.

Y así, tomó la palabra don Alfonso, y dijo: —Mi opinión es, de consiguiente, que si el rey coloca un mandrón en la colina que hay sobre la villa, dentro ocho días Alhama será suya.

Dicho esto, aprobaron todos lo que había manifestado don Alfonso, creyendo que sería bueno el que pudiese ponerse por obra su idea.

Jaime no estaba dispuesto a correr riesgos. En una semana tenía la cita ineludible con su yerno en Alcaraz.

Aquellos moros, reforzados por los de Granada sabían defender su castillo y contaban con suficientes provisiones. 

No había garantías de que la empresa fuese tan rápida como aventuraban; pudiendo alargarse más de un mes. 

Por otra parte, en aquel asedio, la capital quedaría entre sus tropas y la base de Orihuela, corriendo el riesgo de quedar atrapados entre dos fuegos si los murcianos decidían acudir en su ayuda.

Lo más prudente era volver y tratar el asunto en la reunión con el rey de Castilla.

Nos, sin embargo, contestamos de esta manera:

—Barones, cuatro cosas vemos que nos son contrarias en este consejo: la primera es, que en día fijo debemos vernos con el rey de Castilla en Alcoraz; hasta tal entrevista sólo faltan siete días, y por lo que vemos, ese castillo está situado en la sierra y el mandrón sólo podríamos colocarlo a la parte de la colina.

La segunda, que los moros saben conservar y defender su castillos tan bien como cualquiera, lo que nos hace temer que no podríamos estar en el día señalado donde prometimos al rey de Castilla; pues creemos que ni en un mes tendremos bastante para combatirles, supuesto que dentro tienen dos mil cargas de pan y buena guarnición para defenderse.

La tercera, que Múrcia era enmig de nós e d’Oriola, e que y havia gran poder de hòmens a cavall e de peu, e les rècues serien males de guiar, que vinguessen tro a (a) Alfama.

La tercera, era que Murcia estaba entre Nos y Orihuela, y que en aquel punto había grandes fuerzas de caballería y de a pie, atendido lo que, si llegasen a venir a Alhama, no sabríamos adonde volver las riendas.

Y la cuarta, en fin, que entonces solo teníamos provisiones para aquel día, lo que no era de extrañar que así fuese, cuando únicamente íbamos para dar batalla a los moros.

Y las batallas sabido es que en poco tiempo se deciden, dando Dios la victoria a quien le place.

Por tales razones, pues, añadimos que el plan mejor y más saludable sería que fuésemos a ver al rey de Castilla, y que con el tratásemos juntamente lo que podría hacerse respecto de Murcia.

E enteneren nostres fills e aquells qui eren ab nós que deýem bona rahó. E ab açò tornam-nos-en en l’altre dia a Oriola.

Y aprobada esta idea por nuestros hijos y demás que allí estaban, resolvimos marcharnos, lo que hicimos dirigiéndonos el día siguiente a Orihuela.

Al día siguiente, ya en Orihuela, a la hora de ponerse el sol desde el castillo divisaron una nube de polvo entre Alhama y Murcia.

Entre los hombres corrió la noticia de que los jinetes volvían a la capital con el convoy de alimentos.

Sus hijos, los maestres de las órdenes militares y algunos caballeros pidieron permiso para acudir a interceptarlos: tenían que apoderándose de las provisiones antes de que llegasen a Murcia. 

E, quant fom en Oriola, al sol post, veeren, del castell d’Oriola, pols de companyes qui venien d’Alfama vers Múrcia.

Estando en Orihuela, a la hora de ponerse el sol, vieron desde el castillo el polvo que levantaban unas compañías que iban desde Alhama a Murcia.

Movióse con esto cierto rumor en la villa, de que los jinetes entraban en Murcia con el convoy; y viniendo a nuestra presencia nuestros hijos, el maestre de Uclés, el del Hospital y algunos otros ricos-hombres, nos dijeron que entre Alhama y Murcia se levantaba una gran polvareda, movida por los jinetes que por allí pasaban.

Y así, tenían por conveniente que los que tuviesen caballos armados fuesen allá y los acometiesen, por cuyo medio se apoderarían al menos de las provisiones que introducían en Murcia.

Pero de nuevo habló el monarca prudente: salir a su encuentro en ese momento no le parecía acertado.

Aquella lejana polvareda podía ser obra del viento; y aunque fueran ellos ¿merecía la pena arriesgarse por unos días más de comida en la capital? 

Menos iba a durar ese alimento en una ciudad repleta que su estancia en Alcaraz. 

Cuanto más corriesen para alcanzarlos, más fatigados llegarían a su encuentro; y sería ya noche cerrada.

La huerta era un escenario demasiado peligroso para la caballería, repleta de traicioneras acequias y terrenos enfangados.

Una emboscada en aquellos parajes podría estropear la campaña y poner en peligro el asedio de la capital y a eso, no estaba dispuesto por mucho que le insistieran…

Respondímosles que no lo teníamos por acertado, pues era tarde y cuando llegarían allá sería ya enteramente de noche; además de que, cuanto más aprisa fuesen y más corriesen caballos y caballeros, más fatigados estarían luego: de modo que al llegar a Murcia, en cuya huerta hay muchas y malas acequias, podrían salir los moros de a pie y de a caballo.

Y juntos con los otros que llegasen, vencerían precisamente a los nuestros y sería de consideración el mal que les harían; logrando de esta manera que se perdiera y malograra el plan que teníamos de ganar a Murcia.

—Pero vamos a ver —añadimos luego—: en nuestro concepto aquel polvo nada significa; pues no creemos mas sino que hay polvo allí, porque hace viento; y esto os lo decimos, porque conocemos mucho lo que es pasar entre polvo, como que hoy mismo lo hemos probado.

Supongamos, sin embargo, lo peor, y demos que los jinetes pasen en efecto por allí: por poco que coman los de dentro, vendrán a consumir cada día al menos doscientas cargas de pan de las mil que hay en el convoy, y al fin y al cabo nada ganaremos, pues el resultado será dejar provisiones para diez días a Murcia, los cuales necesitamos ya que antes no se habrá verificado nuestra entrevista con el rey de Castilla.

Calculado esto con nuestros hijos, respondieron, no obstante, que Nos estorbábamos el bien de la hueste; mas Nos les replicamos que se engañaban; que con lo que Nos haríamos y sabíamos se ganaría el reino, y que por lo que ellos dijesen o hiciesen se perdería; y así, que no pondríamos por obra su proyecto ni lo comenzaríamos siquiera.

Y en efecto, viose después claramente que lo que ellos decían era tan solo polvareda que el viento levantaba, y que no había tales jinetes que llevasen provisiones.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 44.

Programa 44.
Enlace al siguiente capítulo.

Tud Or Cap. 43. Jaume I. Alicante.

De Tudmir a Oriola XLIII.

En esta entrega he modificado la estructura con nuevos apartados y añadidos.

Las notas con fondo azul pertenecen a la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner. Las de fondo rojo al «Llibre dels feits» del rey Jaime I.

Los párrafos en los que se menciona Oriola aparecen también en catalán, sobre fondo gris.

Sometido a sangre y fuego el Valle del Guadalete junto al resto de las plazas andaluzas sublevadas, el ejército castellano volcó su fuerza contra el verdadero responsable de aquella rebelión.

Durante el verano de 1265, el reino Nazarí sufrió los devastadores efectos de una cabalgada castellana que, partiendo de Córdoba, se internó en la Vega granadina talando, incendiando y procurando todo el mal posible, amparados por la bula de Cruzada.

En el reino de Murcia, la guarnición cristiana de la capital se había rendido, abandonando desarmados el alcázar.

Pero las plazas fuertes de Alicante, Orihuela y Lorca mantenían la bandera castellana. Sus defensores se habían atrincherado en las fortalezas, aguantando el asedio de sus propias ciudades.

Desde Sevilla Alfonso X les animó a resistir hasta que pudiese organizar una expedición de socorro, prometiendo generosas recompensas.

La prioridad principal era recuperar Cartagena antes de que pudiesen desembarcar refuerzos de ultramar.

A finales de 1265, cuando la situación andaluza lo permitió, Alfonso X mandó a las milicias de varias ciudades castellanas.

Los de Lorca recibieron ayuda y la zona quedó asegurada por la Orden Militar de Santiago.

Por fin, con el apoyo de una flota enviada desde Sevilla, los castellanos recuperaron el puerto cartagenero y reforzaron el de Alicante.

Las tropas de Alfonso X se hicieron con las fortalezas de la Asomada y Tabala, controlando los caminos entre Murcia y Cartagena.

Aquella hueste era insuficiente para recuperar la totalidad del reino. Especialmente la capital, con sus impresionantes murallas bien guarnecidas por contingentes granadinos.

Cuando Jaime I se presentó con su ejército en la frontera los murcianos ya tenían noticias de la violenta respuesta de Alfonso X.  

«Crónica catalana» de Ramón Muntaner.

Entre la primavera y el verano de 1265 el infante Pedro hostigó duramente el territorio que hoy se corresponde con la provincia de Alicante, entonces parte del reino de Murcia.

Así quedó reflejado en la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner, soldado y cronista que vivió entre los siglos XIII y XIV.

Ordenó (Jaime I) que dicho señor infante En Pedro hiciese una correría hacia el reino de Murcia, a fin de reconocer en qué estado se hallaba dicho reino.

Así pues, que dicho señor infante En Pedro tuvo arreglado su ejército, compuesto de muchos ricos hombres y caballeros de Cataluña, de Aragón y del reino de Valencia, y de ciudadanos y hombres de mar y almogávares, recorriendo por mar y por tierra dicho reino, fue talando y destruyendo todo el país, sin moverse de cualquier lugar a donde fuese, hasta tanto que lo había talado.

En una de sus violentas incursiones, que se alargó durante un mes, llegó hasta Monteagudo, en las mismas puertas de la capital del reino, talando y arrasando las huertas de Orihuela y Murcia, saqueando y esclavizando a los sublevados, dejando a su paso un rastro de fuego y muerte.

Lo primero que taló y destruyó fue toda la huerta de Alicante, Nompot y Aquast; luego taló Elche, el valle de EIda y de Novelda, Villena, Aspe y Petrel, Crivillente, Catral, Abanilla, Callosa, Guardamar y Orihuela, y llegó hasta el castillo de Montagut, que està en la huerta de Murcia, cuyo lugar taló y destruyó.

Estando allí se dejó ver el rey sarraceno de Murcia, con todas sus fuerzas de a caballo y peones, y si bien el dicho señor infante le aguardó por espacio de dos dias, en orden de batalla, el tal rey no se atrevió jamás a combatir contra él.

Tras un breve descanso en Alicante, en junio reanudó su devastadora campaña, dejando preparado el terreno para la llegada de su padre, Jaime I el Conquistador.

Cuentan las crónicas que los que le acompañaron se enriquecieron gracias al botín, los esclavos y el ganado obtenido.

Cuando el monarca aragonés se presentó con su ejército en la frontera del reino, el recorrido hasta la capital era ya fruta madura.

De com s’iniciaren els pactes per a la rendició de Villena / De como se iniciaron los pactos para la rendición de Villena.

En la campaña murciana encontramos a un Jaime I negociador, dispuesto a convencer y a sobornar antes de emplear la fuerza. Un paseo triunfal con poca sangre y mucha mano izquierda.

En Biar trató con los de Villena, viejos conocidos de la campaña de 1240. Y los villenenses achacaron su revuelta al mal trato recibido de Castilla.

Reunido con los treinta mejores de la villa prometió interceder para que su yerno los perdonase si se entregaban pacíficamente.

Le pidieron de plazo hasta la noche. Al oscurecer llegaron dos mensajeros y uno de ellos hablaba romance.

Para «engrasar» el trato, a escondidas, Jaime le entregó cien besantes; y todo quedó resuelto firmando las escrituras de sumisión.

La misma noche enviáronnos la respuesta por dos sarracenos, el uno de los cuales era latinado; y consistía aquella en decirnos que la mañana siguiente volviésemos allá, y que ellos jurarían por su ley estar con don Manuel, cuando volviese, a los pactos o convenios que con Nos hiciesen; que haciéndoles perdonar el yerro cometido, rendirían la villa mas que si don Manuel no les perdonaba, no debiesen estar obligados a lo convenido.

Por otra parte, que si Nos les jurábamos no devolver Villena al rey de Castilla ni a don Manuel, que fuésemos allá y nos la rendirían enseguida.

Dijímosles que les agradecíamos cuanto nos habían dicho, y que el día siguiente trataríamos con ellos el asunto de manera, que quedarían contentos de Nos; y que en la entrevista extenderíamos las correspondientes escrituras.

Después de esto regalamos al latinado cien besantes, para que abogara a favor nuestro; lo cual hicimos a escondidas del otro, que no queríamos lo supiese, y en vista de que aquel nos decía que, confiando en Dios, haría por Nos cuanto quisiésemos.

De allí pasó a Elda, acampando fuera de la villa.

Los sublevados, que se habían negado a rendirse, salieron suplicando que no talase la huerta al ver llegar a su hueste.

De Elda marchó a Petrer y, antes de ponerse el sol, en su castillo lucía también el pendón cristiano. 

Al día siguiente cayó Nompot, una aldea alicantina que con el tiempo se llamaría Monforte.

E l’altre dia anam-nos-en a Nonpot, que és aldea d’Alacant, e en l’altre dia [entram] en Alacant. E aquí ordenam nostra companya.

El día siguiente nos fuimos a una aldea de Alicante llamada Nompot, y de aquí pasamos a aquella ciudad, donde ordenamos nuestra compañía.

De com el Rei Jaume entrà a Alacant / De como el rey Jaime entró en Alicante.

En este recorrido hasta la capital del reino utilizó dos bases operativas; dos ciudades que mantenían la bandera castellana gracias a sus reforzadas guarniciones: Alicante y Orihuela. 

Alicante, además de puerto en el Mediterráneo, contaba con un poderoso castillo.

Como ciudad que no aceptó el pacto de Alcaraz y fue reducida por la fuerza de las armas, desde 1252 tenía constituido su concejo castellano y Alfonso X se había esforzado en repoblarla.

En Alicante pasó Jaime varios días organizando su hueste formada por catalanes, aragoneses, castellanos, la nueva población valenciana y un buen contingente de tropas almogávares. 

El 21 de noviembre de 1265 reunió a los infantes Pedro y Jaime, al obispo de Barcelona, a los ricos hombres y caballeros para dictarles las normas a seguir en la campaña contra los rebeldes murcianos.

Lo hizo en una iglesia, pero no en la Mayor o de Santa María, erigida sobre la Mezquita Aljama, sino en la que Alfonso X había mandado construir extramuros en honor a San Nicolás. 

Les inculcó su papel en el reino de Murcia; que no era otro que someterlo de nuevo a la Corona de Castilla.

Sus hombres debían evitar incidentes con castellanos y mudéjares. Avanzarían en bloque, sin dispersarse en grupos que pudiesen ser presa fácil en una emboscada.

Nadie usaría las armas sin su autorización expresa, avisando de cualquier amenaza y acudiendo al grito catalán de «vía fora». Las disputas entre ellos serían juzgadas por dos caballeros nombrados para tal menester.

En cuanto al reparto del botín, fuente permanente de conflictos, este sería subastado atendiendo al rango, condición, actuación en combate, pérdidas materiales y heridas recibidas.

Cualquier acto que contraviniese sus instrucciones sería juzgado como traición.

Terminada aquella reunión envió un mensajero a Elche, convocando a sus negociadores.

Llegaron tres en nombre de la Aljama ilicitana y pronto les dejó claras sus opciones: entregarse y continuar como antes de la revuelta o, usando sus propias palabras, probar el filo de su espada.

Después de consultar con los suyos regresaron y Jaime apartó a uno de ellos, de nombre Muhamad.

En privado le ofreció mejorar su hacienda, un puesto de administrador, y le metió por la manga de la chilaba trescientos besantes. 

Al día siguiente volvió con respuesta afirmativa. Cuando llegase a Elche, le entregarían la Torre de la Calahorra, la mejor y más fuerte de la villa.

El astuto monarca ocultó esta información a los suyos. 

Nada quisimos decir de este asunto a nuestros ricos-hombres, sí sólo les reunimos, llamando al mismo tiempo al infante En Pedro, al infante En Jaime y al obispo de Barcelona.

Por fin llegaron al puerto alicantino dos galeras catalanas que remolcaban dos naves más pequeñas cargadas de Trigo.

Sucediendo esto en ocasión que llegaron dos galeras que Nos habíamos armado, las cuales remolcaron dos navecillas cargadas de trigo, cuyo valor no bajaría seguramente de cincuenta mil sueldos.

Bien avituallados, reunió a su consejo y preguntó qué plaza sería la siguiente. Estos votaron por Elche, situada en el camino hacia Orihuela y Murcia. 

Sin decir que ya tenía pactada la rendición, se ofreció para negociar con ellos antes de pasar al asedio, pues era plaza bien abastecida que podría aguantar mucho tiempo.

Reunidos, pues, los antedichos ricos-hombres en consejo, les preguntamos, qué haríamos y a dónde iríamos.

E fo aquest lo consell de tots: que anàssem a Elch per aquesta raó: car ells eren al camí, e els qui irien d’Alacant vers Múrcia e Oriola, que·ls poríem barrejar.

El voto general fue que fuésemos a Elche, por la razón de que, estando los moros en el camino, yendo ellos desde Alicante hacia Murcia y Orihuela, los podríamos batir fácilmente.

Oído lo que, Nos les contestamos: que pasásemos por Elche y hablaríamos con los moros, pudiendo estar seguros de que tanta suerte nos había de deparar el Señor en tal jornada, que al punto aquellos se nos rendirían.

No quisimos, de consiguiente, descubrir a nuestros ricos-hombres lo que teníamos tratado con los moros, a fin de evitar todo estorbo que pudiera haber: y así, lo único que les dijimos fue, que, a nuestro entender, Elche se sostendría más tiempo que Murcia, y esto sería, porque aquel punto tenía muchas más provisiones que el otro.

Se adelantó con cien caballeros y, cuando el grueso del ejército llegó, Jaime estaba ya firmando la rendición, dejando maravillados a sus hombres por su poder de persuasión.

Resuelto, pues, el día en que debíamos emprender la marcha, dijimos a aquellos, que Nos pasaríamos adelante con cien caballeros, para saber si nos rendirían la villa de buen grado y que en caso contrario, resolveríamos allí mismo si la sitiaríamos o proseguiríamos el camino.

Marchamos adelante; y no bien llegamos al indicado punto, cuando los viejos y los más poderosos hombres de la villa, en número de unos cincuenta, nos salieron a recibir.

Y enseguida nos otorgaron las escrituras y El convenio, tal como se había tratado entre Nos y su mensajero, jurándonos al mismo tiempo, que lo observarían puntualmente ellos y todos cuantos habitaban en la villa.

Al llegar la hueste, encontronos ya a Nos con los sarracenos que estábamos extendiendo las escrituras; y al verles jurar, así como se había convenido en Alicante, maravilláronse sobremanera los nuestros, que no atinaban cómo tan pronto habíamos salido del negocio.

Como era ya de noche, suplicáronnos los moros que tuviésemos paciencia hasta la mañana siguiente, pues entonces vendrían a nuestra presencia todos los sarracenos de la villa, y otorgándoles las escrituras y convenios, nos rendirían la torre de Calahorra, que era la más fuerte de Elche; en vista de cuya súplica, no pudimos menos que conformarnos a esperar el indicado tiempo.

Extendieron, pues, el escrito durante la mañana, y a hora de tercia quedaron otorgados los convenios y demás tratos, así como en nuestro poder la torre de Calahorra que nos rindieron, la cual encargamos al obispo de Barcelona, para que guardara a los habitantes y evitase que hombre alguno les talara.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 43.

Programa 43.

Tud Or Cap. 41/42. Alfonso X revuelta.

De Tudmir a Oriola XLI.

Programa 41.

De Tudmir a Oriola XLII.

Programa 42.
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Tud Or Cap. 39/40. Alfonso X-Al Azraq.

De Tudmir a Oriola XXXIX.

Programa 39.

De Tudmir a Oriola XL.

Portada del libro «Al-Azraq, visir i senyor d’Alcalà de Gallinera». José Lull.
Programa 40.
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Tud Or Cap. 37/38. Jaume I-Alfonso X.

De Tudmir a Oriola XXXVII.

Programa 37.

De Tudmir a Oriola XXXVIII.

Programa 38.
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Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba), historias de Orihuela, fotos, postcast y vídeos.