Tud Or Cap. 45/46. Jaume I. Murcia.

De Tudmir a Oriola XLV.

De l’entrevista del rei Jaume amb el rei Alfons de Castella a Alcaraz / De la entrevista del rey Jaime con el rey Alfonso de Castilla en Alcaraz.

En los primeros días del mes de diciembre de 1265, el Conquistador viajó de Orihuela a Alcaraz.

La comitiva real estaba compuesta por trescientos caballeros más doscientos almogávares que cabalgaban en vanguardia asegurando el camino.

E ab tant partim-nos d’aquí e anam-nos-en a Alcarraç, e foren nostres fills ab nós ab .CCC. cavallers. E fom al dia que havíem emprés ab ell, ço és, ab lo rey de Castella, en Alcarràs.

Con esto, marchamos de tal punto y nos fuimos a Alcoraz, acompañado de nuestros hijos y de trescientos caballeros, donde estuvimos el mismo día que habíamos convenido con el rey de Castilla.

Llegó puntual a la cita con Alfonso X, que salió a recibirlo a una legua de la ciudad.

En su crónica repite dos veces el número de caballeros que le acompañaron en aquel viaje, presumiendo de haber dejado a otros trescientos en Orihuela.

Y lo compara con los sesenta que escoltaban a su yerno cuando salió a su encuentro. 

E anans que entràssem en Alcarràs, exí’ns reebre el rey de Castella .I. gran legua. E poc haver ab ell tro a .LX. cavallers, e ab nós pus de .CCC. E lexam-ne, quant partim d’Oriola, aquí mateix, altres .CCC., menys dels almugàvers, que podien ésser .CC. E, quant lo rey nos veé, fo molt alegre e molt pagat de la nostra venguda.

Antes de entrar en la población, salió a recibirnos más allá de una legua dicho rey, llevando consigo como unos sesenta caballeros: con Nos iban más de trescientos, y aun podíamos haber llevado otros trescientos que dejamos en Orihuela cuando de aquí salimos; formando además parte de nuestro acompañamiento como unos doscientos almogávares. Al vernos el rey, mostróse muy satisfecho y alegre de nuestra llegada.

Más allá de la alegría y satisfacción que sintió durante aquella semana en Alcaraz al reunirse con su familia, Jaime no da detalles de aquella cita destinada a tratar el destino de los sarracenos murcianos.

Y al estar en la ciudad, donde encontramos a la reina y sus hijas, a doña Berenguela y a Alfonso, que luego se vino con Nos, hablamos del asunto de los sarracenos, y nos quedemos en la población ocho días con grande alegría y beneplácito de todos.

Juntaba a sus hijos, los infantes Pedro y Jaime, con su hija Violante y comprobaba cuanto habían crecido sus nietos.

Se reunía con Berenguela, la joven prima del rey castellano que, a pesar de las advertencias eclesiásticas, ocupaba su lecho mientras Teresa, su legítima esposa de la que el Papa no le permitía separarse, languidecía en un convento consumida por la lepra.

Alfonso X podía volver tranquilo a Andalucía.

Su suegro remataría la campaña en su nombre cercando la capital.

La conquista de Murcia era cosa hecha. 

De com Villena trencà el pacte amb el rei Jaume i de com Elx es rendí a l´infant Manuel / De cómo Villena rompió el pacto con el rey Jaime y de cómo Elche se rindió al infante Manuel.

Escudo de armas del Infante Manuel de Castilla y escudo de Villena.

Terminadas aquellas imprevistas y gozosas vacaciones partió hacia Orihuela acompañado por Manuel, el infante castellano incorporado a su ejército como adelantado mayor de Castilla.

E puys tornam-nos-en vers Oriola.

Volvímonos después a Orihuela.

Había llegado el momento de devolverle las plazas que formaban su señorío en el Vinalopó.

Pero mal empezó la cosa.

Y por el camino tuvimos cierto disgustillo con algunos.

Venía con Nos don Manuel, por lo que los sarracenos de Villena nos habían prometido, es decir, que le entregarían la villa, según el convenio que con Nos hicieron, y que aun cuando él no viniese, también nos la rendirían a Nos.

En Villena, al verlo llegar con aquel personaje al que detestaban, rompieron el juramento y se negaron a abrir las puertas.

Fue, pues, el caso, que al avisar Nos a los sarracenos de Villena que estábamos allí con don Manuel, no quisieron salir, y faltaron de consiguiente al convenio y al juramento por su ley que nos habían hecho.

En Elche sí se cumplió lo previsto. Don Manuel tomó posesión de la Torre de la Calahorra y según lo pactado, perdonó los asesinatos y robos cometidos por los rebeldes.

Los musulmanes fueron expulsados al Arrabal de San Juan.

E de Billena venguem-nos-en a Nompot e de Nompot a Elch. E, quant fom a Elch, liuram la torre de Calahorra a don Manuel, e la vila tota.

De Villena pasamos luego a Nompot y do aquí a Elche, en cuyo punto entregamos la torre de Calahorra y toda la villa a don Manuel.

Del Nadal del rei Jaume a Oriola / De las Navidades del rey Jaime en Orihuela.

A Orihuela llegaron el 21 de diciembre encontrando a sus hombres muy animados.

Durante su ausencia se habían dedicado a practicar productivas cabalgadas en la huerta murciana.

Se acercaba la Navidad y en nuestra ciudad decidieron pasar las fiestas.

E altre dia fom en Oriola e trobam nostra companya pagada e alegra, e que havien feytes algunes cavalcades a Múrcia, e que y havien guanyats bé alscuns d’ells.

E aquí venguem prop Nadal e romanguem-hi per .XV. dies o per .XII., car nós hi entram .IIII. dies ans de Nadal e romanguem tro a Ninou en Oriola.

El día siguiente llegamos a Orihuela, y aquí encontramos a nuestra compañía alegre y entusiasmada, por cuanto se habían hecho algunas cabalgadas a Murcia y con ellas habían hallado algunos su provecho.

Cuando Nos llegamos era cerca de Navidad, y permanecimos allí unos quince días, es decir, desde cuatro días antes de tal fiesta hasta entrado año nuevo en Orihuela.

Al igual que en Elche, los musulmanes salieron del recinto amurallado y quedaron instalados en el arrabal del camino de Cartagena, urbanizado en el siglo XII.

Está fue la primera morería oriolana, el futuro arrabal de San Agustín.

Es difícil imaginar aquellas dos semanas; con toda esa gente acampada en nuestra ciudad.

La actividad febril dentro y fuera de las murallas preparando la campaña de asedio.

Fabricando flechas, forjando espadas, construyendo ingenios militares… 

Nunca estuvo Orihuela tan llena de gente principal. Tras sus murallas se concentró lo más selecto de la caballería cristiana. 

Además del monarca aragonés figuraban los Infantes de Aragón, Pedro y Jaime; el de Castilla, don Manuel. 

Los maestres o lugartenientes de las Órdenes militares de Santiago, el Hospital y los Templarios.

Los obispos de Barcelona y Cartagena. La flor y nata de la nobleza catalana y aragonesa. Los adelantados y caballeros castellanos.

Imaginaos esas ceremonias religiosas de Navidad con ilustres oradores como el prelado catalán Arnau de Gurb; o Pedro Gallego, confesor del rey Alfonso y primer obispo de la restituida diócesis de Cartagena.

El colorido de las órdenes militares: los hospitalarios con sus capas negras; los templarios y santiaguistas de color blanco...

Las navidades de 1265 deberían ser recordadas como una efeméride oriolana y tener un sitio en las fiestas de la Reconquista.

De com el Rei Jaume entrà a Múrcia / De como el rey Jaime entró en Murcia.

Entrada de Jaime I en Murcia en 1266. Mauricio Federico Ramos 1876.

Y así pasaron las fiestas y llegó el 1266.

Al otro día del año nuevo, Jaime I salió de Orihuela acompañado por su hueste.

Era la hora de tomar Murcia y quería ser de los primeros en llegar para dirigir la instalación del campamento y organizar el sitio de la capital.

E en l’altre dia de Ninou, entrada de janer, nós anam assetiar Múrcia.

El otro día de año nuevo, comenzado enero, nos fuimos a poner sitio a Murcia,

En los asedios el monarca gustaba de situarse en primera línea; por lo que su tienda quedó emplazada a un tiro de ballesta de las murallas.

Mientras montaban los pertrechos, defensores murcianos salieron por los portillos hostigando a los acampados con lanzamientos de flechas y piedras; hiriendo a hombres y caballos.

El veterano monarca no se alteró. Conocía demasiado bien el comportamiento de los defensores en estos casos.

Bastaba con aguantar el tiempo necesario para que aceptasen estar cercados sin remedio.

Aseguró el campamento desplegando a treinta ballesteros; y contingentes de caballería pesada cubrieron las puertas, dispuestos a cargar contra cualquier intento de salida hostil.

Durante días los murcianos intentaron evitar lo inevitable; fueron los últimos coletazos de aquella gente desesperada y hambrienta.

En dos semanas se dieron cuenta de que su aventura revolucionaria había terminado.

Jaime mandó llamar al responsable de la plaza por medio de un caballero que hablaba la algarabía y del judío Astrurgo, escribano real en el idioma de los moros.

El miércoles 20 de enero de 1266 organizó la primera reunión en su tienda de campaña que previamente había ornamentado lujosamente con colgaduras, tapices y cómodos asientos.

También mandó preparar gallinas, carneros y cabritos para ser degollados y cocinados en ollas nuevas, haciendo honor a sus invitados.

La estrategia del monarca era muy descarada: aquella gente llevaba muchos días sin alimentos.

Los dos representantes murcianos se arrodillaron ante él y le besaron la mano. Después negociaron en privado utilizando al escribano judío como traductor.

El monarca les convenció de que no quería más muerte ni destrucción. Todos podían vivir en Castilla conservando su religión.

Y en nombre de su yerno prometió respetar los acuerdos anteriores a la rebelión, perdonar a los rebeldes y olvidar los agravios cometidos.

La ciudad quedaría dividida en dos partes: una para los musulmanes, conservando sus mezquitas, y otra para los cristianos.

Esa era su única oferta: o la aceptaban, o no se movería de allí hasta tomarla por la fuerza.

Aquellos hombres se negaron a comer con él; sabían que los suyos no se tomarían bien esas confianzas; pero se llevaron la comida prometiendo volver en unos días con la respuesta.

El sábado 23 de enero regresaron y de nuevo el monarca preparó comida en abundancia para toda la comitiva.

En nombre del consejo de ancianos presentaron una lista de condiciones; las habituales: conservar su religión, llamar a la oración desde sus mezquitas, regirse por sus leyes, y ser juzgados por los suyos.

Resueltos estos puntos la ciudad estaba dispuesta a entregarse.

Sólo quedaba convencer al oficial granadino, cuya guarnición custodiaba el alcázar y le habían ocultado los tratos que llevaban entre manos.

Jaime les aconsejó que se dieran prisa; rodeando la ciudad había demasiada gente de armas y quería evitar por todos los medios que siguiesen talando y destruyendo la huerta.

A los tres días regresaron dispuestos a rendirse; pero antes querían saber como partirían la ciudad.

Una vez explicado el reparto se comprometieron a deshacerse del granadino, despejando el alcázar y la zona asignada a los cristianos.

El 29 de enero los refuerzos nazaríes abandonaron la ciudad.

Al día siguiente, sábado, Jaime I se situó impaciente junto al Segura, cerca del alcázar.

Lo rodeaban cincuenta caballeros con sus monturas armadas y sus escuderos. También ciento cincuenta ballesteros de Tortosa.

Un destacamento penetró en la ciudad y la espera se hizo larga.

Por fin, la señera ondeó en lo alto del alcázar y en las torres fueron apareciendo los cristianos.

El monarca, emocionado, bajo del caballo y puesto de rodillas besó la tierra dando gracias a Dios.

La capital del reino de Murcia era suya.

Programa 45.

De Tudmir a Oriola XLVI.

Rendida la capital y ocupada su alcazaba por tropas aragonesas, Jaime I regresó al campamento.

Esa misma noche, se presentó en su tienda el alcaide musulmán. A pesar del acuerdo firmado, los soldados estaban expoliando a su gente.

El Conquistador envió a tres hombres para impedir que los ocupantes saliesen de la alcazaba y citó al consejo de ancianos.

Era urgente hacer efectiva la partición de la ciudad. El contacto entre vencedores y vencidos solo podía traer problemas.

Al día siguiente oyó misa; y entrando por primera vez al alcázar se reunió con el alcaide acompañado por cinco de los principales musulmanes murcianos.

La medina amurallada, hasta entonces reservada para los moros, quedó dividida por la construcción de un muro de separación.  

De esta forma, la capital se partía en dos: la zona oeste para los musulmanes y la del este, incluyendo el alcázar y la cercana mezquita aljama, para los cristianos.

Los murcianos pusieron el grito en el cielo; no podían creer lo que oían: la mezquita mayor no entraba en lo pactado.

Jaime reconoció que esta exigencia se salía del acuerdo, pero necesitaba una iglesia para dedicársela a Santa María, una rutina que repetía en todas las ciudades que conquistaba a los sarracenos.

Su gente merecía un templo lo más amplio posible. Y estando la mezquita mayor tan cerca del alcázar, no estaba dispuesto a escuchar los gritos del muecín desde su lecho.

Para el consejo de ancianos su mezquita aljama era innegociable; pero Jaime se cerró en banda.

Los musulmanes contaban con otras diez mezquitas para mantener sus ritos. La mayor sería la Iglesia de Santa María.

Dicho esto, volvió a su campamento y dejó a aquellos hombres deliberando.

No solo tuvo que enfrentarse a los murcianos. Al regresar a su tienda encontró a sus hijos reunidos con los obispos, los maestres de las órdenes militares y los principales caballeros de la hueste.

Los suyos tampoco estaban de acuerdo con la partición. A su entender, era poco lo reservado para los cristianos después de tanto esfuerzo.

Si dejaba a los musulmanes ocupar parte de la ciudad amurallada, les sería muy fácil volver a sublevarse cuando se marchase el ejército aragonés.

Los moros tenían que quedar fuera, como se había hecho en las anteriores plazas sometidas.

Apelando a su experiencia en conquistas les pidió paciencia; había llevado personalmente las negociaciones y sabía lo que se hacía.

El astuto zorro se había comprometido a dejarlos vivir en la ciudad; pero según el derecho, los arrabales y la huerta también eran ciudad.

Una vez firmada la rendición, con la ciudad totalmente controlada, podría instalarlos en el arrabal murado llamado Al-Rasaka.

De esta forma los echarían de la ciudad sin faltar a lo pactado.

La discusión había terminado: pondría Murcia al servicio de Dios y lo haría a su manera.

La negociación se complicaba. El alcaide y más de veinte ancianos se presentaron de nuevo exigiendo conservar su principal sitio de oración. Venían dispuestos a romper el acuerdo si era necesario.

El monarca les ordenó volver a la ciudad y atenerse a las consecuencias: la mezquita aljama sería templo de Santa María por las buenas o por las malas.

Inmediatamente mandó alertar a los cincuenta caballeros y ciento veinte ballesteros que tenía concentrados en la alcazaba.

Si los moros rompían el trato entrarían a saco en la medina.

Viendo que Jaime no daría su brazo a torcer, con el enemigo en la alcazaba y rodeando la ciudad, a los murcianos no les quedó otro remedio que ceder.

Solucionado el asunto ordenó construir un altar a la virgen y darle aspecto de iglesia.

Dos días duraron las obras de adaptación.  La reconvertida mezquita quedó adornada lujosamente con paños, colgaduras y ornamentos procedentes de su capilla privada.

Murcia, la ciudad más importante de Al-ándalus después de Sevilla, no se merecía menos.

Y por fin llegó el día. El martes 2 de febrero convocó a los obispos de Barcelona y Cartagena para preparar la solemne ceremonia de entrada.

Todo el clero se engalanó con capas de terciopelo y telas de oro.

Desde el campamento partió una espectacular procesión portando altas cruces y una imagen de Santa María.

Entraron a Murcia cantando el himno al Espíritu Santo por la puerta que fue bautizada como de Santa Eulalia, la patrona de Barcelona, la única que se conserva en el museo murciano de la muralla.

En la antigua mezquita celebraron una emocionante misa cantada en la que Jaime lloró copiosamente, quedando consagrada como iglesia cristiana: un templo que a la larga sería la Catedral de Santa María de Murcia.

Terminados los festejos Jaime se retiró satisfecho a sus aposentos en el alcázar.

La campaña había terminado. Era el momento de decidir el proceso de repliegue y vuelta a casa.

El monarca reunió al consejo formado por sus hijos, el obispo de Barcelona y los caballeros principales.

El infante Pedro, de acuerdo con su hermano, sugirió escribir a Alfonso X para que tomase posesión de la ciudad y del resto del territorio.

El Obispo de Barcelona, teniendo en cuenta lo que costaba mantener movilizado aquel numeroso ejército que pagaban de sus bolsillos, opinó que no hacía falta esperar al rey de Castilla.

Bastaba con dejar la ciudad en manos de su adelantado, Alfonso García de Villamayor.

Pero Jaime no se fiaba de dejar el reino en manos de los mismos que lo habían perdido.

Y mucho menos después de haber consagrado la iglesia. No podría soportar el dolor de ver a Santa María en manos de los sarracenos.

Enviaría un mensaje al rey Alfonso y, cuando este llegase con refuerzos, se marcharían.

En cuanto a los gastos, correrían de su cuenta. Pagando el rey, obispo y caballeros aceptaron esperar a los refuerzos castellanos.

Dos adalides partieron con cartas en las que reclamaban la presencia del monarca castellano para tomar posesión.

Rendida la capital, las villas y aldeas cercanas se habían entregado pacíficamente y las huestes cristianas habían ocupado sus fortalezas.

Según el propio Jaime fueron veintiocho castillos los que devolvió a su yerno.  Comenzando por el propio alcázar murciano, donde quedó instalado el adelantado castellano y su guarnición.

Alfonso X contestó agradeciendo las buenas noticias y el enorme favor prestado por su suegro.

Podían marcharse. A partir de ese momento él se encargaría de todo.

El conquistador premió con tierras a los suyos.  En la crónica presume de haber dejado a 10.000 pobladores en el Reino de Murcia; todos hombres de armas a disposición de Castilla.

Aunque en el corto espacio de tiempo que permaneció en dicho reino, no pudo realizar verdaderos repartos, concedió generosas donaciones a su gente.

Donaciones que quedaron firmadas en nombre del rey de Castilla, quien debería hacerlas firmes posteriormente respetando la palabra de su suegro.

Jaime I permaneció en la capital hasta el 4 de marzo.

Una vez asegurada volvió a Orihuela.

Seguramente no fueron tantos los aragoneses que quedaron en Murcia pues las crónicas siempre exageran.

Pero fueron muchos y principalmente catalanes. Una clara mayoría en la repoblación cristiana.

El licenciado Francisco Cascales calcula que dejó en Orihuela a más de un millar de pobladores.

También tenemos la «Crónica catalana» de Ramón Muntaner, soldado y cronista que vivió entre los siglos XIII y XIV.

Luego que el rey hubo tomado la referida ciudad (Murcia), la pobló toda de catalanes, y lo propio hizo en Orihuela, Elche, Guardamar, Alicante, Cartagena y en los demás lugares; porque debéis saber, que todos cuantos pueblan la tal ciudad de Murcia y los antedichos lugares son verdaderos catalanes, y hablan el más bello catalán del mundo, y además gente buena para la guerra, y capaz de todo.

«Crónica catalana» de Ramón Muntaner.

Sin dificultad puede decirse, que aquel reino es uno de los más agradables del mundo, y os digo en verdad, que ni yo ni otro alguno es capaz de saber dónde existan dos provincias mejores ni más agradables, do quiera que busquéis, como son el reino de Valencia y el de Murcia.

Accidental o premeditadamente el Conquistador sembró un territorio cuyo fruto recogería su nieto, Jaime II.

Buena parte de aquel reino, generosamente recuperado y devuelto a Alfonso X, acabaría formando parte de la Corona de Aragón, devolviendo el protagonismo a una futura Oriola fuera de Castilla.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Programa 46.