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Tud Or Cap. 7/8. Taifas.

De Tudmir a Oriola VII.

Fallecido Jairán en el verano de 1028 Zuhayr el castrado reinó durante diez años.

Hasta que él y lo mejor de su ejército cayeron aplastados por los bereberes mercenarios de Granada.

Su señor había muerto y los de Almería juraron fidelidad a Abd al Azid, soberano de Valencia.

Uryula fue conquistada por el señor de Denia.

Y fue voluntad de Alá que violentos terremotos sacudiesen Uryula y Mursya.

Las casas se desplomaron, los alminares cayeron con todos los edificios altos y la mezquita mayor de Uryula se derrumbó junto con su minarete.

La tierra se abrió en toda la vega secándose los manantiales y surgiendo nuevas fuentes que manaban agua podrida.

En la anterior entrega dejamos Uryula (Orihuela ) en el verano de 1028, bajo el reinado del eunuco Zuhayr, el segundo emir de la taifa de Almería.

Muerto Almanzor y sus hijos muchos eslavos de su corte y ejército huyeron de Córdoba para instalarse en el sureste peninsular.

Allí fundaron varios reinos taifas: el de Almería, el de Denia y el de Valencia, donde acabó reinando un nieto de Almanzor, el hijo de Abderramán Sanchuelo.

Uryula pertenecía al de Almería. Durante los diez años de reinado de Zuhayr dicha taifa alcanzó su máxima extensión territorial.

Sus dominios abarcaron la cora de Tudmir, desde Alicante hasta Lorca, y las provincias de Albacete, Almería y Jaén.

Al poco de acceder al poder recibió también el vasallaje de la ciudad de Játiva, cuya fortaleza constituía una estratégica posición entre Tudmir y el reino de Valencia.

Y se la cedió al valenciano en un gesto de amistad con su poderoso vecino.

Zuhayr llegó a tomar Córdoba durante un breve plazo. Otra cosa era controlar tantos territorios.

Además de la rebelión que contamos en la entrega anterior (aquella que fue sofocada tras seis meses de asedio a Uryula), tuvo problemas en Medina Mursya.

Cuando se fue a Almería dejó como gobernador de Tudmir a Abu Bark, de los Banu Tahir, uno de los clanes árabes más poderosos.

Este nombramiento enfureció a otra poderosa familia de la que hablamos en capítulos anteriores: los Banu Jattab, descendientes de Teodomiro, tan ricos que llegaron a alojar a Almazor con todas sus tropas.

El primer rey de Almería se había apoyado en ellos durante su mandato y no se resignaron a perder el poder. Ofrecieron sus servicios al señor de la vecina taifa de Denia.

La nueva situación política se mantenía en un equilibrio de poderes: la nobleza árabe ponía el prestigio y la influencia para gobernar; los eslavos la fuerza militar.

Muyahid de Denia, que aspiraba a absorber Tudmir, decidió intervenir en la disputa apoyando la revuelta de los Banu Jattab.

Apresó al gobernador y se lo llevó a Denia.

Zuhair pagó un generoso rescate y lo repuso en el poder. Y para evitar nuevas intentonas se llevó a Almería al sublevado Abu Amir, cabeza de los Banu Jattab.

Esto no bastó para controlar la zona. Muyahid había conseguido crear muchos intereses a su favor y pronto los utilizó.

Los Banu Tahir fueron fieles a Zuhayr aunque en la práctica gobernaron con independencia.

Sentaron los pilares de lo que sería una nueva taifa independiente: la de Mursya.

Hasta el último momento Zuhayr intentó ensanchar sus dominios. Fallecido el emir de Granada decidió atacar su territorio.

En agosto del 1038 acampó a pocas millas de la capital.

El hijo y sucesor del difunto estaba esperando con un ejército de mercenarios bereberes y le prepararon una emboscada.

El ataque de las tropas granadinas fue demoledor. Algunas fuentes indican que el señor de Almería murió durante la batalla; otras que se despeñó por un barranco durante la huida.

Lo cierto es que no se volvió a saber de Zuhayr ni vivo ni muerto.

Enterados de la derrota y muerte de su rey los almerienses, temiendo al granadino, pusieron la ciudad en estado de defensa y se acogieron a la soberanía del emir de Valencia.

Abd al Azid entró sin lucha en la alcazaba de Almería ejerciendo su señorío en todos los territorios de la taifa y trasportando sus abundantes tesoros a Valencia.

Muhayid de Denia, siempre alerta, no dejó escapar la ocasión de meter mano en la herencia y ocupó los territorios costeros hasta Elche y Orihuela (Uryula).

Mursya, protegida por Abdelazid al que juró obediencia, fue ganando autonomía bajo el linaje árabe de los Banu Tahir.

La antigua cora de Tudmir quedó fraccionada y Jaén pasó a la taifa de Granada.

Los Banu Tahir fundaron la taifa de Murcia (Mursya), con capital en Medina Mursya.

Y Uryula, tras un breve periodo en la taifa de Valencia, quedó sometida a la de Denia.

Muyahid de Denia, el nuevo señor de Uryula, era otro eslavo vendido en el mercado de Córdoba y antiguo servidor de la familia de Almanzor. Un tipo culto y ambicioso que había logrado formar su propia taifa protegida por un rosario de plazas fuertes.

Pequeña y cercada por las poderosas Almería y Valencia, puso sus ojos en el mar.

Conquistó las islas Baleares y llegó hasta Cerdeña, donde acabó derrotado, quedando su esposa e hijo como prisioneros.

A partir de ahí las crónicas lo presentan como un soberano pacífico e ilustrado, arabizado totalmente. Fue el primero en acuñar moneda.

Como mecenas de la cultura, en Uryula favoreció las escuelas de estudios islámicos.

A su muerte, en el 1044, fue sucedido por su hijo Alí.

Pero la verdadera desgracia para la vega del Segura llegó pocos años después en forma de terremotos que sacudieron la comarca varias veces a al día durante cerca de un año.

La fecha es imprecisa, probablemente entre el verano de 1048 y el 1049. 

Como ya he contado al principio, las casas se derrumbaron, los alminares y edificios cayeron y se derrumbó la mezquita mayor de Uryula con su minarete.

La tierra se abrió en todo el término agrícola de la vega secándose muchos manantiales y surgiendo nuevas fuentes que manaban agua podrida y pestilente.

La devastación debió ser enorme en Mursya, en Uryula y en las diversas alquerías que las rodeaban.

También provocó la destrucción de parte de la rabita de Guardamar, aquella que los morabitos o almorávides habían abandonado treinta años antes, durante la fitna de los beréberes.

En cuanto al fenómeno de los campos abiertos y el cambio en las aguas que mencionan las crónicas, se explica con una subida del nivel freático.

El terremoto debió destrozar el sistema de riegos iniciado dos siglos antes, con el que habían ganado mucha tierra para la agricultura.

La inundación de las zonas bajas recuperó parte de los marjales propiciando el estancamiento de las aguas y su putrefacción.

En la segunda mitad del siglo XI las volátiles taifas siguieron cambiando.

Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

Programa 7.
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De Tudmir a Oriola VIII.

A pesar del imparable empuje de los reinos cristianos los musulmanes seguían controlando las zonas más fértiles y prósperas de la península.

Pero militarmente quedaron indefensos.

Los pequeños reinos taifas no podían ya importar los contingentes africanos que antaño nutrían los ejércitos del califato.

En esta precaria situación pidieron ayuda a los reyes cristianos.

Y esa ayuda había que pagarla: así nacieron las parias. 

La protección cristiana les dio independencia, al principio, pero fue pan para hoy y hambre para mañana.

Las costosas parias obligaron a multiplicar los impuestos. Y cuando estos no fueron suficientes acosaron a las taifas vecinas.

Así las más poderosas se fueron comiendo a las débiles.

Con el paso del tiempo las parias se convirtieron en una extorsión, en un chantaje que pagaban para defenderse de sus vecinos musulmanes y también de los propios cristianos que a su vez luchaban entre si para hacerse con más y más parias.

Esto provocó una guerra de moros contra moros, moros contra cristianos, y cristianos contra cristianos: una complicada red de alianzas en busca de dinero y territorio.

El confuso siglo XI fue la transición entre dos períodos: la época dorada del Califato Omeya; y la etapa africana dominada por Almorávides y Almohades.

En la segunda mitad Uryula pasó a la taifa de Mursya tras pertenecer a las de Almería y Denia.

No voy a contar lo que ocurrió en toda la península. Tan solo un poco de lo acontecido en las taifas levantinas.

En la de Denia, muerto Muyahid en el 1045, el trono pasó a su primogénito llamado Alí, aquél que quedó preso con su madre en la derrota de Cerdeña.

Este cautiverio entre cristianos ocupó buena parte de su juventud y condicionó su educación alejada del mundo árabe.

Heredó de su padre el gusto por la cultura.

Durante su reinado las crónicas solo mencionan un hecho notable: un importante convenio firmado con el Condado de Barcelona por el que sus súbditos cristianos quedaron sometidos a la diócesis catalana, donando todas sus iglesias al obispado de Barcelona.

En él se citan las ínsulas Baleares y las diócesis de Denia y Oriola a pesar de que, en esas fechas, Orihuela (Uryula) ya pertenecía a Murcia (Mursya).

Gracias a este acuerdo los mozárabes del sur de Valencia y las Baleares quedaron en la órbita eclesiástica de Barcelona.

Este pacto tuvo importantes consecuencias siglos después, legitimando las conquistas de Jaime I y condicionando la frontera sur entre Castilla y Aragón.

En la taifa de Balansya (Valencia) siguió el linaje de Almanzor en la persona de su biznieto Abdelmalik, sustituyendo a su padre en el 1061.

Solo pudo mantenerse en el poder cuatro años.

Las crónicas lo describen como un tipo negligente, aficionado al vino, poco religioso y sin carácter.

Atacado por el rey de León recibió ayuda de su suegro, el emir de Toledo, el mismo que lo depuso en el 1065 para anexionarse la taifa valenciana.

En cuanto a Mursya, Abu Bark de los Banu Tahir, continuó gobernando la franja central de la antigua cora de Tudmir bajo la soberanía nominal de Balansya (Valencia).

Fue sucedido por su hijo, Abu Abderramán, un famoso literato que convirtió su corte en importante centro cultural consiguiendo la independencia completa. Pero sin Lorca y su demarcación.  

La conquista de la Cora de Mursya por la taifa de Sevilla nos dejó la conocida y trágica historia entre el famoso rey poeta sevillano Almutamid y su visir. Una relación más propia de dos enamorados.  

Con solo doce años, el emir de Sevilla encargó la educación de su hijo a Abu Bark Ben Ammar, un joven poeta de origen humilde que causó gran impresión en el adolescente Almutamid.  

Benamar, sólo nueve años mayor, lo introdujo en la poesía, en el vino y los placeres de la carne. Hasta que, informado su padre, encomendó al príncipe tareas militares para alejarlo de esa mala influencia.

Ben Ammar, temiendo la cólera real, se exilió en Zaragoza donde pasó más de una década.

Almutamid nunca olvidó a su amigo y confidente. Y cuando alcanzó el trono se acordó de su mentor. Lo nombró primero gobernador y luego visir de Sevilla.

Ambicioso, astuto y con gran habilidad diplomática, en el 1078 viajó a Barcelona para entrevistarse con el Conde Ramón Berenguer II. 

Al pasar por Medina Mursya fue acogido como huésped de honor y tomó nota de las defensas y debilidades de la ciudad.

Benammar salió de allí decidido a conquistarla. Aprovechando el viaje convenció al conde de Barcelona y a su propio soberano.

Poco tiempo después un ejército catalán y otro sevillano asediaron Medina Mursya.

Aunque las desavenencias entre los sitiadores dieron al traste con la empresa Benammar no desistió en su empeño.

Logró convencer a su buen amigo para formar un nuevo ejército con el que partió de Sevilla con destino a Mursya.

Por el camino encontró a un oportunista llamado Ben Rasiq, que se unió a la empresa.

Montado de nuevo el asedio Ben Rasiq quedó al mando de las tropas y el visir regresó a la corte sevillana.

Medina Mursya resistió hasta que, rendidos por hambre, abrieron las puertas y se entregaron.

Así, entre el 1079 y el 1080, Ben Rasiq se hizo con el control de la ciudad y de la cora.

Su soberano fue encerrado en el castillo de Monteagudo. Luego se exilió en Valencia donde vivió muchos años interviniendo activamente en la vida cultural y política de la ciudad.

Al recibir noticias de la victoria, el visir partió inmediatamente haciendo una espectacular entrada triunfal como gobernador del señor de Sevilla.

Pero sus planes eran otros: una vez instalado en Mursya se comportó como un auténtico soberano firmando edictos sin mencionara a su rey.

Para bajarle los humos Almutamid envió un poema satírico a su amigo, recordándole sus orígenes humildes.

Benamar encajó mal la crítica y, en un ataque de ira, redactó una réplica en verso burlándose de toda la familia real.

Las cartas que se cruzaron, propias de ex amantes, fueron la comidilla del reino. 

Almutamid se sintió traicionado por el vasallo; pero sobre todo por el amigo.

Benammar cortó los lazos con Sevilla. Se declaró señor independiente de la cora de Mursya y, por lo tanto, también de Uryula.

Según cuenta la crónica, su conducta como soberano fue desastrosa: altanero, libertino, bebedor…

En pocos meses perdió el afecto y el respeto de sus súbditos creciendo la autoridad de Ben Rasiq, al que había dejado el gobierno.

Un día en que Benammar salió de la ciudad, el gobernador se sublevó y le cerró las puertas.

Así comenzó una larga y penosa peregrinación por toda la península mora y cristiana pidiendo ayuda para recuperar su taifa perdida.

Lo acogieron de nuevo en Zaragoza, donde curiosamente compartió destierro con el mismísimo Cid Campeador.

Al final fue capturado y entregado al sevillano, que pagó por él una buena recompensa.

Llegó a Sevilla de la manera más humillante posible: en un mulo cargado de cadenas para mortificar su orgullo.

Allí fue encerrado en las mazmorras de palacio, donde escribió enternecedoras poesías pidiendo clemencia.

Almutamid, que seguía sintiendo por él gran afecto, estuvo a punto de perdonarle, pero sus enemigos en la corte hicieron públicas unas cartas que dejaban al emir en evidencia.

Almutamid, ciego de ira, bajó a los calabozos y lo mató a hachazos con sus propias manos.

El emir de Sevilla se hizo con Lorca. Pero Uryula y la cora de Mursya quedaron en manos del astuto Ben Rasiq.

La enemistad entre Sevilla y Mursya fue decisiva pocos años después, en el fracaso del asedio de Aledo por parte de los Almorávides.

Pero no adelantemos acontecimientos. De los almorávides hablaremos en la próxima entrega.

Programa 8.
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Tud Or Cap. 5/6. Almanzor Taifas.

De Tudmir a Oriola V.

El glorioso Al-Masur fue enterrado bajo el polvo recogido en sus numerosas aceifas contra los infieles.

Cada vez que volvía de ellas los sirvientes sacudían sus ropas sobre un tapete de cuero para reunir todo el polvo que acumulaban.

Al fin, la divina piedad se compadeció de tanta ruina y permitió alzar la cabeza a los cristianos.

Robados todos los tesoros de las iglesias y después de muchas y horribles matanzas fue llevado en Medinaceli por el demonio que le había poseído en vida.

Y sepultado en el infierno.    

En esta serie estoy tratando de contextualizar permanentemente el panorama en Orihuela (Uryula), en la cora y en el resto de Al-Ándalus.

Pero una vez sometida por Abderramán, apenas hay noticias locales durante el periodo califal de Uryula.

No podemos comprender que pasó en nuestra ciudad entrado el siglo XI sin hablar del final del siglo X y de la descomposición del Califato.

Así pues voy a dedicar esta entrega a dicho periodo.

El segundo califa fue elegido sucesor cuando solo contaba ocho años. La longevidad de Abderramán III obligó a esperar hasta los cuarenta y siete para ser proclamado.

Mientras tuvo tiempo de recibir una refinada educación, participar en las tareas de gobierno y acompañar a su padre en algunas campañas militares.

Ya en el trono Al-Hakam II supo mantener la paz y la prosperidad.

Amplió de nuevo la mezquita aljama de Córdoba y, para ello, convocó a astrónomos, alfaquíes, artistas y alarifes.

Su belleza y elegancia desafiaron toda descripción. Ni griegos, ni musulmanes labraron jamás obra tan exquisita

Entre todos los Omeyas hispanos Al-Hakam II fue el que más amó la ciencia y el arte. Organizó una fabulosa biblioteca con más de cuatrocientos mil volúmenes y una moderna red de escuelas públicas.

Tan entretenido andaba con poetas y filósofos que dejó el poder en manos de ambiciosos funcionarios.

Fallecido su primogénito y mal aconsejado, dejó como sucesor a un niño nacido de una concubina vascona cuando Al-Hakam rondaba ya los cincuenta años.

Tras su muerte, acaecida en el 976, el tercer califa, Hisam II,  sólo fue un juguete en manos de un dictador.

Abi Amir Muhammad pasó a la historia de España como Almanzor, castellanización del sobrenombre «Al Mansur», el victorioso.

Era descendiente de aquella minoría árabe que participó en la conquista de la Península Ibérica en el 711.

De clase media, su padre era un terrateniente venido a menos. Destacó como estudiante en la madrasa de Córdoba, donde se convirtió en algo parecido a un jurista.

Sin recursos ni influencias comenzó su carrera como escribano en un pequeño tenderete, llamando la atención del Cadí de Cordoba, que le ofreció trabajo como auxiliar de su tribunal.

Allí conoció al que fue su mentor, el visir o primer ministro Al-Musafi. Inteligente y culto, el propio califa se fijó en él, quedando como tesorero de los bienes de su heredero.

Así conoció a la favorita de palacio, una vascona convertida al Islam. Y dicen las malas lenguas que fue su amante.

Muerto el primogénito siguió tutelando al pequeño Hixam, el hijo de la vascona.

Hombre de confianza del visir Al-Musafi, a los treinta años ya era gobernador de la Ceca, donde acumuló una gran fortuna manejando el dinero del Califato.

Luego fue Cadí de Córdoba, jefe de la policía y responsable de las tropas mercenarias.

La muerte de Al-Hakan desató una disputa sucesoria entre el heredero, de tan solo diez años, y un hermano del Califa.

Lacayo fiel del visir (en apariencia) utilizó a la policía para asaltar el palacio del pretendiente y por orden de su mentor lo asesinó con sus propias manos.

Así el visir se convirtió en regente y Al Mansur en visir.

El último fleco lo cosió casándose con la hija del general Galib, eslavo y héroe militar del emirato en mil batallas.

Como visir desarrolló la típica política populista: lucha contra la delincuencia, bajada de impuestos y mucha propaganda. 

Se ganó el favor de los imanes endureciendo el trato a los mozárabes y quemando buena parte de la biblioteca reunida por Al-Hakan, que fue expurgada de todos los escritos clásicos, cristianos o judíos.

Rico, poderoso, popular, con el ejército y el clero bajo control, era el momento de dar el golpe definitivo deshaciéndose de su mentor y luego de su suegro.

Al-Mansur nunca se proclamó califa. Eliminados todos los obstáculos, se convirtió en el amo incuestionable del califato.

Coronó a Hixam II y lo encerró en la Medina Al Zahara, rodeado de lujos y placeres, una jaula de oro para aislarlo del poder.

El pueblo le adoraba mientras la aristocracia árabe lo consideraba un advenedizo.

Para librarse de su influencia suprimió las mesnadas de los señores en el ejército y lo llenó de mercenarios bereberes, reclutados personalmente en el norte de África.

Carismático entre sus tropas y con gran talento militar, llevó a cabo más de medio centenar de campañas contra los cristianos sin conocer la derrota, haciendo honor al título que él mismo se había impuesto: «Al-Mansur bi Allah» «el victorioso de Dios».

Para mantener el descomunal ejército que había creado emprendió devastadoras incursiones que sembraron el terror en los reinos del norte.

Asoló Burgos, León, Barcelona, Santiago, Pamplona…

Cuerdas de miles de esclavos y toneladas de botín llegaban a la capital en medio de desfiles victoriosos dignos de los emperadores romanos, con el califa rodeado por el dictador y sus hijos, destinados a sucederle.

En Santiago utilizó a los cautivos para trasladar a hombros las campanas de la catedral y las puertas de la ciudad hasta Córdoba.

Otro medio de legitimación y propaganda fue la construcción de la Medina al-Zahira, su propia ciudad, el símbolo de su familia: la nueva dinastía Amirí.

En su última correría, con más de setenta años, se puso a la cabeza de su ejército a pesar de sentirse enfermo. Corría el año de 1002.

Su estado se agravó y decidieron trasladarlo a la base de Medinaceli, donde murió probablemente a causa de una artritis gotosa.

Por fin, los reinos cristianos suspiraron aliviados con la desaparición del que llamaron el azote de Dios.

Más de un siglo después los cristianos se inventaron la batalla de Catalañazor, donde dicen que Almanzor perdió el tambor.

Una leyenda tan falsa como el uso de tambores en combate antes de la llegada de los Almorávides.

Le sucedió Abd al-Malik, su hijo predilecto. «Almanzor el chico» le llamaron los cristianos; un gobernante eficiente y un buen jefe militar.

Pero los inmensos ejércitos organizados por su padre necesitaban algo más: un líder indiscutible y continuas campañas para mantenerlos contentos a base de botín.

La cohesión era difícil: los Bereberes eran fieles al hijo de Almanzor; los eslavos al califa; árabes y muladíes se agruparon de nuevo por afinidades tribales...

En una de sus campañas Abdel Malik cayó misteriosamente enfermo y llegó cadáver a Córdoba.

Su hermano Abderramán heredó todo el poder y el pueblo le acusó de un posible envenenamiento.

Era el hijo segundón que Almanzor tuvo con una princesa vascona, la que trajo como rehén de Pamplona.  Por lo tanto era nieto del Rey Sancho.

Por su parecido físico le apodaron despectivamente «Sanchuelo».

Había convivido junto al califa en su palacio y tenía con él mucho en común: hijos de vascona, viciosos y amigos de la juerga.  

Para colmo, Abderramán Sanchuelo tuvo la osadía de proclamarse sucesor del califa, algo a lo que no se había atrevido ni su padre.

El califa, sin hijos, así lo declaró. Y aquello cayó como una bomba entre la aristocracia de Córdoba.

Se sentían humillados por un advenedizo sin sangre real, hijo de cristiana, impío y bebedor.

Para conseguir algo del prestigio alcanzado por su padre y su medio hermano, su última estupidez fue ponerse al frente de una campaña militar en febrero.

La palabra aceifa que hemos utilizado varias veces, deriva del árabe y quiere decir cosecha o expedición estival, de verano, cuando se hacía la guerra desde tiempo de los romanos.

En su camino hacia el norte, acompañado por las setenta mujeres de su harem, quedó atrapado en Toledo por las condiciones meteorológicas.

Su salida de Córdoba con el ejército fue aprovechada para consumar un golpe de estado.

Árabes y eslavos tomaron la Medina al Zahara, haciendo abdicar al pelele de Hixam II en la persona de otro Omeya llamado Muhamad, biznieto de Abderramán.  

Asaltaron la ciudad palacio construida por Almanzor y, durante una semana, fue saqueada y demolida hasta los cimientos.

Controlada la capital se proclamó califa con el nombre de Muhammad II, declarando la fitna o guerra civil a Sanchuelo.

Este intentó regresar para hacerle frente, pero las tropas le abandonaron.

Se refugió en un monasterio y allí mismo fue degollado.

El nuevo califa puso precio a las cabezas de los bereberes, fieles a la familia de Almanzor. Y estos coronaron a otro biznieto del primer califa llamado Suleymán.

Derrotados por Muhamad, los bereberes huyeron a Tudmir, donde tomaron Uryula. 

Muhamad fue asesinado por los generales eslavos y repusieron al legítimo Hixam.

Suleyman regresó y depuso de nuevo a Hixam, del que nunca más se supo. 

En medio de este caos la poderosa estructura estatal se vino abajo perdiendo el control de todo el territorio.

Almanzor había llevado el Califato a la cima del poder político y militar; pero sentando las bases para su destrucción definitiva.

Tras su muerte y la de sus hijos el estado cayó en un continuo proceso de violencia y descomposición, estallando en múltiples taifas que quedaron en manos de pequeños reyezuelos que ya no podían hacer frente a los reinos del norte, notablemente reforzados por la emigración de los mozárabes provocada por Almanzor.

Tudmir dejó de ser una provincia y sus territorios se repartieron en varias taifas.

Así Uryula fue pasando por la de Almería, la de Denia, la de Murcia….

Programa 5.
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De Tudmir a Oriola VI.

Jairán el eslavo derrochó bravura en las puertas de Córdoba.

Pero el aluvión africano pudo más que el valor, y los defensores fueron arrollados por las hordas berberiscas. 

Los cadáveres eran tan numerosos, que ni siquiera trataron de contarlos. Acribillado su cuerpo en el combate, fue dado por muerto.

Los otros de su natura, que llamaban castrados, escaparon de aquella matanza y marcharon a tierras de Mursya, tomando a los bereberes la fortaleza de Uryula.

Y luego que Jairán se sintió sano y guarido, fue con ellos y los eslavos lo acogieron como señor, poniendo en sus manos la ciudad.

En los umbrales del siglo XI seguimos teniendo pocos datos de Orihuela, la Uryula islámica.

Salvo escasas excepciones, sus niveles arqueológicos se encuentran por debajo de la cota máxima de excavación o fueron arrasados para emplear los materiales en obras posteriores.

Perdida la capitalidad, Uryula era cabeza de una comarca con gran actividad agrícola.

Hace ya tiempo que la población descendió del llano de San Miguel; pero el urbanismo sigue disperso, permitiendo la construcción de amplias viviendas con patio central documentadas por Silvia Yus en las calles de Santa Lucía o Barrio Nuevo.

Contaba con una incipiente red sanitaria doméstica comunicada con desagües situados en las calles: albellones que vertían en el río.

VÉLEZ MURCIA, S. (2001): «La necrópolis islámica de la Plaza Teniente Linares».

Esta ocupación no saturada, toleraba las molestas actividades artesanales intramuros, como el horno cerámico localizado por Emilio Diz en las excavaciones del edificio de los Juzgados.

Y permitía mantener un cementerio cercano a la mezquita aljama, excavado por Soledad Vélez, del que se conserva una estela funeraria del siglo X.

VÉLEZ MURCIA, S. (2001): «La necrópolis islámica de la Plaza Teniente Linares».

Tenía al menos tres puertas; una a cada extremo de la calle que sustituyó al antiguo camino de Murcia a Crevillente, y otra en el de Cartagena, al que se accedía a través de un puente de madera o de barcas.

Es de suponer que contaba con un proto-castillo y una barbacana autosuficiente, con buenos aljibes para soportar asedios, y con puerta de la traición.

De hecho, en la alcazaba y en los muros que descienden hasta abrazar la población, se han encontrado restos de etapas constructivas entre los siglos IX y XI, salpicando la obra militar que los Almorávides hicieron un siglo después.

En cuanto a la población, a pesar de haber contado con una de las comunidades mozárabes más sólida gracias al ventajoso tratado de Tudmir, después de tres siglos de presión islámica, la mayoría había optado por la conversión o por la emigración a los reinos del norte.

Cristianos y judíos eran ya solo minorías. La comunidad bilingüe y multicultural quedaba muy lejos; mozárabes y muladíes hablaban, vestían y comían a la usanza musulmana.

La lengua oficial era el árabe clásico, el del Corán. Pero había otro árabe de uso cotidiano, mezclado con giros y términos latinos, incluso con aportaciones bereberes, un dialecto propio de la zona. 

Una vez situados en la Orihuela de comienzos del siglo XI vamos a hablar de un personaje muy conocido en Almería al que la «Crónica General» de Alfonso X unió para siempre a la historia de nuestra ciudad. 

Nacido en torno al 970 Jairán el eslavo fue uno de esos adolescentes capturados en las incursiones militares en el norte.

Esclavizado y castrado por los judíos de Lucena pasó a servir en palacio como eunuco.  Durante el califato, muchos de estos esclavos castrados se convirtieron en leales servidores de la corte, relegando a la corrupta aristocracia árabe.

Como funcionaros solo tenían ventajas: fieles, discretos, sin familiares ni amigos a los que beneficiar y sin descendientes que pudieran heredar el cargo.

Jairam entró al servicio de Almazor haciendo carrera militar en sus tropas mercenarias, donde destacó por su valentía y lealtad.

Hombre de confianza del dictador, fue nombrado general y gobernador de la cora de Almería, la capital naval del califato.

Muerto Sanchuelo, el último hijo de su amo, tomó partido por los bereberes en la fitna declarada por el golpista Muhamad.

Como ya contamos en el capítulo anterior, los bereberes nombraron a Suleymán, un bisnieto del primer califa que se alió con el conde de Castilla para saquear la capital.

Expulsados de Córdoba, los bereberes se alzaron victoriosos en la Cora de Tudmir poniendo en fuga a los morabitos de la Ribat de Guardamar y tomando la ciudad de Uryula.

Durante su larga estancia en la provincia vivieron de la extorsión y el saqueo. 

Mientras, los oficiales eslavos asesinaron a Muhamad y restituyeron a Hixam, su legítimo califa.

Reforzado por las tribus bereberes del otro lado del estrecho, Suleymán regresó para asediar la capital durante más de dos años hasta proclamarse califa en la primavera del 1013. 

Jairán se empleó en la defensa de Córdoba hasta que, gravemente herido, fue abandonado en los arrabales y dado por muerto.

La capital fue saqueada y Hixán desapareció para siempre, probablemente asesinado.

Los eslavos supervivientes huyeron a Tudmir y tomaron Uryula.

Pero Jairán seguía vivo. Por la noche se arrastró al interior de la ciudad y se escondió hasta que pudo valerse para viajar.

Aún convaleciente marchó a Tudmir, donde fue aclamado como señor por los eslavos, montando en Uryula su fortaleza y base de operaciones.

Gracias a su fama como señor de Almería y antiguo general del califato, muchos eslavos dispersos decidieron alistarse bajo su bandera.

A Uryula acudieron proscritos de Almería, de Jaén, de Calatrava, de Baeza… de todas las comarcas donde había sido dueño y gobernador. 

El experimentado militar preparó en nuestra ciudad una hueste de fugitivos, de soldados de fortuna sin nada que perder.

En pocos meses limpió Tudmir de beréberes.  

Se hizo con Murcia, con Lorca y con Jaén. Y una vez controlado el territorio, dejó el gobierno de la cora en manos de otro eslavo castrado, de nombre Zuhayr, su lugarteniente y fiel camarada.

Con aquellas mesnadas se dirigió hacia Almería. A su paso por los poblados, el improvisado ejército se nutría de voluntarios.

Veinte días con sus noches aguantó Almería las tremendas acometidas de Jairán.

Con ingenios y máquinas descoyuntó los muros y torreones de su inexpugnable fortaleza. 

Y una vez tomada la alcazaba, se nombró a si mismo Emir de Almería.

Hace mil años, Uryula pasó a formar parte de su taifa, un vasto territorio que llegaba de Almería hasta Lacant (Alicante).

Jairán fue un emir preocupado por su pueblo y con altas aspiraciones políticas. 

Se alió con otras taifas para participar en casi todos los intentos de restauración del califato; ya fuese en la persona de un omeya, o en la de un descendiente de Almanzor.

En el verano de 1028, viendo próxima su muerte, mando llamar a su fiel Zuhayr, el que gobernaba Tudmir en su nombre, y lo nombró sucesor.

Una vez fallecido de muerte natural, su lugarteniente fue acatado en Almería.

Pero en Tudmir otro eslavo se levantó contra él y le hizo la guerra desde Uryula.

Zuhayr puso cerco a nuestra ciudad y ésta aguantó seis meses de asedio hasta que por fin la sometió a su obediencia.

Así Uryula siguió formando parte de la taifa de Almería algunos años más.   

Programa 6.
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Enlace a la siguiente entrega.

Tud Or Cap. 3/4. Emirato – Califato.

De Tudmir a Oriola III.

Siete años duró la guerra civil en la Cora de Tudmir.

En los días de Abderramán II se fundó Medina Mursya.

El emir ordenó al gobernador que se trasladase a ella y así se hizo, en el verano del año 825.

Desde entonces fue capital, centro del poder y cuartel militar del emirato.

Cuando estuvo terminada, ordenó la destrucción de Eio.

Después derrotó a los Mayus, esos demonios del norte que durante siete días saquearon Sevilla.

Pero las velas negras volvieron. Y esta vez, los vikingos sembraron el terror en Uryula.

El segundo Abderraman fue un emir ilustrado.

Adoraba la poesía, la literatura, la filosofía, las ciencias y la música, haciendo de Córdoba la ciudad más culta, civilizada y famosa del mundo.

Su gran pasión fueron las mujeres. Dicen las fuentes que nunca tomaba hembra que no fuese virgen y cifran sus hijos en cerca de un centenar.

Sus dos primeros conflictos tuvieron como escenario la Cora de Tudmir.

Cora de Tudmir.

Sofocada la rebelión del valenciano el reino había quedado prácticamente pacificado. Pero esta provincia periférica seguía sin control.

Ya dijimos que fue aquí donde su tío abuelo reclutó el ejército con el que intentó disputarle el trono.

Las luchas tribales entre árabes y a la vez contra el emirato no cesaron; sobre todo en Eio, una de las siete ciudades señaladas en el pacto de Teodomiro, cuya ubicación sigue siendo muy discutida.

Rodeada de tierra fértil, en la cora de Tudmir convivían dos etnias de la península arábiga: los norteños mudaríes y los yemeníes del sur, enemigos ancestrales que andaban matándose entre ellos y arrasando haciendas.

Cuando el emir enviaba tropas para someterlos se dispersaban para volver pronto a las andadas.

Esta soterrada guerra civil se mantuvo durante años y, cuentan las crónicas, que el detonante de la lucha sin cuartel fue una humilde hoja de parra.

Dice la leyenda que un yemení llenó en Lorca un cántaro de agua; y para tapar su boca arrancó una hoja en los viñedos de un mudarí.

Éste, sintiéndose burlado, le dio muerte; y los suyos buscaron venganza provocando una encarnizada batalla campal con miles de muertos.

Leyendas aparte la situación era ya intolerable. Y para colmo, el líder de los yemeníes, osó proclamarse emir desafiando a Córdoba.

En esta situación Abderramán II envió a su ejército con una doble misión: pacificar Tudmir y construir un campamento militar que controlase el territorio.

Escogió un antiguo asentamiento hispano-romano en un meandro del Segura, situado estratégicamente en el centro del valle.

Las huestes cordobesas derrotaron a los rebeldes y su líder acabó decapitado.

Luego tomaron Eio o Ello a sangre y fuego.

En el verano del 825 el gobernador de la Cora recibió la orden de arrasar dicha ciudad hasta los cimientos e instalarse con las tropas en aquel sitio, estableciendo una nueva ciudad que acogería la administración civil y militar.  

Esa ciudad era Mursya, la nueva capital de la cora en sustitución de Uryula.  

Abderramán II. Obra de José Carrilero Gil. Fotografías de José Antonio S. Egea. Rincones de Murcia.

Todavía costó algunos años someter a los rebeldes. A mediados del siglo IX Tudmir quedó casi pacificada. 

Pero les esperaba una desagradable visita sorpresa.

En el 844, tras asolar las costas de los francos, los normandos llegaron a la península por primera vez.  

En la tierra de Santiago (como llamaban a Galicia) Ramiro I rey de Asturias mató a muchos y quemó buena parte de sus navíos.

Los que escaparon tuvieron tiempo de saquear Lisboa y remontar el Guadalquivir para asolar Sevilla.

Las huestes califales les aplicaron otro severo correctivo en la batalla de Tablada.

A pesar de la victoria, Abderramán II pactó con los mayus (así les llamaban los musulmanes).

Y los demonios del norte ya no volvieron durante el resto de su emirato.

Los supervivientes de aquella aventura contaron a su regreso las riquezas que habían visto en Al-Ándalus.

En el 858, ya bajo el emirato de Muhammad I, formaron una poderosa flota al mando de dos grandes caudillos guerreros que aparecieron de nuevo por la costa atlántica devastando a fuego y espada cuanto encontraron en su camino.

Entraron por la ría de Arousa, sitiaron Santiago y, de nuevo, las tropas asturianas los pusieron en fuga perdiendo hombres y barcos.

Asaltaron Lisboa, saquearon Algeciras y buscaban el Guadalquivir para remontarlo de nuevo.

El emirato había aprendido la lección y tenía dispuestas atalayas y una importante flota de guerra que se apresuró a interceptarlos.  

Los normandos desistieron y optaron por dividirse.

Una parte asoló Mauritania y el resto costeó el sur de la península.

Doblando el Cabo de Gata llegaron a la tierra de Tudmir, donde el orden cordobés brillaba por su ausencia.

Sin defensas en la costa remontaron el Segura y cayeron por sorpresa en Uryula.

Siempre se ha dicho que penetraron en el castillo; pero tal castillo no existía todavía.

La palabra «hins» que mencionan las crónicas significa fortaleza; y se refiere a la primitiva ciudadela parapetada tras sus defensas en altura.

El «hisn» de Uryula era pues el embrión de la futura «madina».

La construcción del castillo se iniciaría medio siglo después.

Idealización con Inteligencia Artificial de la construcción del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia.

¿Por qué escogieron Uryula?

Quizás por su fama de capital de Tudmir. Pero, sobre todo, por su fácil acceso desde el mar para aquellos barcos sin apenas calado.

Es lógico pensar que esta indefensión propició que en años posteriores decidiesen reforzar aquel punto débil en la costa.

A finales del siglo IX se construyó una rábita o ribat, especie de fortaleza monasterio en el que vivían un grupo de monjes soldados, ermitaños musulmanes muy parecidos a las órdenes militares cristianas, dispuestos a defender el Islam y el territorio.

Pinchando en la siguiente imagen se accede a la web memoria de arena, de Guardamar.

En ella se habla de este edificio singular.

Recreación Vistual. La Rábita Califal de las dunas. Memoria de Arena. Guardamar. Imagen enlace.

Estos integristas religiosos eran conocidos como los Almorávides originalmente «al muravit». 

Los restos de esta joya única en España han aparecido sepultados por las dunas muy cerca de la actual Guardamar. 

Rábita Califal Guardamar del Segura. Salu Heredia. Wikipedia.

El incendio y saqueo de Uryula supuso un duro golpe para una ciudad en decadencia tras perder la capitalidad.

Muchas familias importantes marcharon a Mursya.

El siglo IX acabó con dos emires: Al Mundir y Abd Ala, dos torpes hermanos que poco aportaron al esplendor cordobés.

Al proclamarse Abd Ala el emirato ardía en rebeliones por los cuatro costados. 

En Tudmir un muladí llamado Daysam se hizo dueño y señor de la cora.

Este cristiano converso al que las crónicas árabes llamaban «perro hijo de perro» hizo de Lorca su capital y bastión.

Armó un respetable ejército de cinco mil jinetes y puso bajo su jurisdicción a Mursiya, Uryula, Mula, Cartagena …

Fue acatado en toda la cora de Tudmir, acuñó moneda y organizó una eficiente administración.

Poeta y guerrero, generoso y afable, aunó tras de sí a árabes, bereberes, muladíes y mozárabes.

En el verano del 896 el emir envío un fuerte contingente de tropas que recorrió la región comenzando desde Almería.

Saquearon e incendiaron aldeas y alquerías talando y destruyendo cuanto encontraban a su paso.

En las ciudades cobraron tributos a sus fieles por las buenas; y a los rebeldes por las malas.

Las huestes cordobesas sufrieron una derrota en los desfiladeros del Valle de Ricote y no pudieron tomar Lorca, donde se había refugiado el muladí tras perder gran parte de su ejército.

Los cordobeses marcharon sin conseguir atraparlo; pero se fueron cargados de botín y tributos.

Daysam se mantuvo independiente hasta su muerte, a comienzos del siglo X.

Pocos años después falleció el emir. Su nieto y sucesor, el tercer Abderramán, pasaría a la Historia como el primer Califa de Al-Ándalus.

Programa 3.
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De Tudmir a Oriola IV.

El tercer Abderramán envió un potente ejército al mando de su visir contra los rebeldes de Tudmir y Balansya, haciendo sentir su paso por ambas coras con firmeza, humillando a los enemigos que en ellas había y recaudando muchos tributos de sus regiones.

Conquistó la robusta fortificación de Uryula, la más antigua de sus ciudades y la más inexpugnable de sus fortalezas, que había servido de refugio a los cristianos de los primeros tiempos, por lo que habían puesto todo su esfuerzo en fortificarla y en cuidar sus tierras, generosas en plantaciones de peregrinos árboles y de los más sabrosos frutales.

Abderramán III.

En el año 912 Abderramán III sucedió a su abuelo alcanzando el trono con tan solo veintiún años.

El emirato era de nuevo un caos incontrolable dividido en decenas de poderes locales independizados del poder central.

Su influencia se limitaba a la ciudad de Córdoba y sus arrabales.

Más allá, caudillos beréberes, árabes y muladíes actuaban por su cuenta y beneficio.

Esta crisis de autoridad y su incapacidad para recaudar impuestos pusieron en peligro la supervivencia del propio Estado.

Por otro lado los reinos del norte estaban en plena expansión ocupando ya un tercio de la península alcanzando la ribera del Duero.

Para completar el sombrío panorama tres años antes de su llegada al trono se había proclamado el califato fatimí que intentaba controlar toda Mauritania: y desde allí Al-Ándalus.

Fatimí deriva de Fátima, la hija del profeta Mahoma. Por lo tanto eran chiíes, enemigos de los Omeyas, de la facción sunní.

Mapa Siglo X. Francisco Daniel Llamas Gómez.

En estas circunstancias nadie hubiese dado un dirhan por el futuro de este joven emir.

Abderramán era inteligente, astuto, culto y diplomático.

Pero también impetuoso, irascible y cruel.

Su infancia estuvo marcada por la violencia y las conspiraciones.

Hijo de Muhammad, el primogénito del anterior emir Abdala, su madre fue una esclava cristiana concubina de palacio.

También su padre nació de una cristiana; vascona por más señas y princesa de Pamplona; cuyo padre y ella misma fueron prisioneros en Córdoba durante muchos años.

Dicen las crónicas que el emir tenía ojos azules, piel blanca y el cabello y la barba rojiza, por lo que se tintaba de oscuro para infundir respeto. 

Liberada la vascona el pequeño Muhamad quedó en Córdoba y se convirtió en favorito del emir.

Tenía más hijos que ambicionaban el trono y uno de ellos lo asesinó. Addalá lo hizo ejecutar y nombró sucesor a su nieto.

Su primer objetivo fue pacificar al-Ándalus, invirtiendo en ello buena parte del medio siglo que duró su reinado.

Y como ya hiciese el primer Abderramán, armó un potente ejército con numerosos efectivos de origen eslavo, como contrapeso entre árabes y bereberes.

Ya explicamos que llamaban eslavos a los cautivos cristianos del norte, fuese cual fuese su nacionalidad.

Su estrategia fue muy eficaz: sitiaban las fortalezas, destruían cosechas, talaban árboles y cortaban el suministro de agua.

Pasado un tiempo prudencial ofrecían la paz a cambio de los cabecillas rebeldes.

Decapitados estos indultaba a los asediados, mejorando incluso su situación.

De esta forma obtenía sumisión y fidelidad.

También era generoso con los dirigentes que le juraban lealtad, ofreciéndoles cargos y una cómoda vida en Córdoba.

Así en muy poco tiempo consolidó la estructura administrativa y política del emirato, impulsando un irreversible proceso de islamización que redujo a los cristianos mozárabes a una minoría.

En Tudmir, muerto el rebelde muladí del que hablamos en el capítulo anterior, un árabe advenedizo se deshizo de sus hijos y le sucedió como señor de la fortaleza de Lorca.

Pronto pactó con el emir y marchó a vivir a la capital.

Uryula se independizó de este oportunista acogiendo a cuantos ignoraban la autoridad de Córdoba.

Como ya hemos contado al principio, entre el año 916 y el 917, Abderramán envió sus tropas a Tudmir y Balansya (Valencia), conquistando Uryula. 

Muy cerca vivía el señor de Qalyusa, la actual Callosa, que dominó también la vila murada de Elche y la fortaleza de Lacant, actual Alicante.

Este personaje al que apodaban «el jeque» alternó periodos de sumisión y rebeldía contra el emir.

Primero fue confinado en Lacant donde actuó como gobernador de la zona.

Desterrado luego a Albacete terminó sus días viviendo confortablemente en Córdoba.

Abderramán pasó por Tudmir liderando aceifas contra los reinos cristianos y en cada ocasión aprovechó para someter a los disidentes.

La campaña de Pamplona, cuya reina viuda era nada menos que su tía, comenzó con refriegas bélicas en esta cora y en la de Balansya, mostrando su poder e incorporando tropas comandadas por señores y gobernadores que así, atestiguaban la sumisión al poder de Córdoba.

Sabemos que Uryula colaboró en aquellas aceifas con hombres y avituallamientos.

Con Al-Ándalus sometido las victorias contra reinos cristianos y los éxitos cosechados en el Norte de África, donde tomó Ceuta, le llevaron a dar un paso más.

Para consolidar su posición, en el 929 se proclamó Califa.

Una aclaración: el título de Emir se corresponde con el de rey. Califa es comendador de los creyentes, la máxima autoridad religiosa y civil en el Islam. Algo así como un papa emperador. 

Durante su mandato Córdoba alcanzó un gran prestigio en todo el mundo conocido.

La civilització del califat de Còrdova en temps d’Abd-al-Rahman III. Dionisio Baixeras (1862–1943). 

La pacificación interna provoco un fabuloso desarrollo económico y demográfico cuya máxima expresión fue la construcción en las afueras de la capital, de la palaciega Medina al-Zahra.

Como príncipe de los creyentes emprendió la guerra santa contra los cristianos, utilizando la religión como elemento de unión y argumento para la lucha.

En 939 sufrió un enorme contratiempo: la coalición entre los reinos de León, Pamplona y el condado de Castilla propició una terrible derrota en Simancas que casi le cuesta la vida.

Este acontecimiento supuso un duro golpe a su confianza y ya nunca más dirigió personalmente el ejército.

Hábil político, tenía claro que los líderes andalusíes le seguían por las victorias y el botín,  y que cualquier muestra de debilidad podía minar su autoridad.

Así pues, decidió culpar a sus oficiales de la derrota y crucificó a decenas de ellos, aprovechando la ocasión para hacer una brutal purga entre los posibles disidentes.

Durante el siglo X en Tudmir se reorganizó el poblamiento.

El estado reguló el control fiscal y militar estructurando el territorio en distritos, a cuyo frente situaba una fortificación en lugar estratégico.

Así comenzaron a desarrollarse los castillos de Uryula, Qalyusa y Lacant, cuya construcción se data en esas fechas.

Esto favoreció el aumento demográfico de la región, con numerosa inmigración procedente de otros territorios islamizados.

Más allá de algún levantamiento ocasional apenas tenemos noticias de Tudmir en el período califal.

Las periódicas sustituciones de gobernadores se pueden interpretar como un síntoma de estabilidad y prosperidad en la región, de la misma forma que el resto de Al-Andalus.

Abderamán III murió en el 961.

Programa 4.
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Enlace a los siguientes capítulos.

Tud Or Cap. 1/2. Tudmir- Omeyas.

Representación Batalla de Guadalete. Año 711.
La Batalla de Guadalete. Salvador Martínez Cubells. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

En el 2016 se cumplieron 750 años desde la toma de Murcia por Jaime I de Aragón.

El aniversario de su entrada en Orihuela debió celebrarse en 2015.

Por desgracia dicha efeméride pasó sin pena ni gloria.

En esas fechas emprendí una enorme tarea: un largo viaje radiofónico entre los siglos VIII y XIV.

Más de quinientos años de historia en una serie que titulé «de Tudmir a Oriola».

Cuatro años y sesenta entregas después, la muerte de mi padre y el estallido de la pandemia acabaron con el proyecto.

Los programas quedaron guardados en la web de Radio Orihuela, en mi cuenta de Ivoox, y algunos en You Tube.

He recuperado los guiones originales y, poco a poco, los estoy adaptando y ampliando, alojados en mi web con transcripciones, documentos, imágenes, etc.

Al final de cada entrega dejaré también un archivo sonoro con la locución del programa correspondiente, un enlace a la siguiente entrega y, en algunos capítulos, un enlace al vídeo de Youtube.

De Tudmir a Oriola I.

Cora de Tudmir. Octubre del año del Señor de 732.

Hace ya veinte años que los invasores musulmanes se apropiaron fácilmente de la península aprovechando la descomposición del reino visigodo.

Su hasta entonces imparable avance ha sido detenido por los francos en Poitiers.

Estamos en Tudmir, una especie de protectorado cristiano resultante del famoso pacto firmado por el dux visigodo Teodomiro o Tudmir para los árabes, con Abdelaziz, el hijo de Musa, gobernador en Mauritania y promotor de la invasión.

Este vasto territorio con capital en Aurariola abarcaba las actuales provincias de Alicante, Murcia, parte de Albacete y un trozo de Almería.

La invasión islámica.

Una extensión tan grande y fértil, regada por dos caudalosos ríos, con campos y dehesas, despertó pronto la codicia de los inmigrantes que llegaban sin cesar del otro lado del estrecho de Yabal Tarik, la montaña en la que desembarcó el general bereber que encabezó la conquista en el 711.

El documento firmado por Teodomiro, dos años después, garantizaba la seguridad, las propiedades y costumbres religiosas a cambio de sumisión y tributos.

Con estos acuerdos las élites visigodas se aseguraron la continuidad en el poder.

Y los invasores, sin interés ni efectivos para ocupar tantos territorios, un flujo constante de dinero.

El Pacto de Tudmīr versión al-Ḍabbī. Monasterio del Escorial.

En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Edicto de ‘Abd al-‘Aziz ibn Musa ibn Nusair a Tudmir ibn Abdush (Teodomiro, hijo de los godos).

Este último obtiene la paz y recibe la promesa, bajo la garantía de Dios y su profeta, de que su situación y la de su pueblo no se alterará; de que sus súbditos no serán muertos, ni hechos prisioneros, ni separados de sus esposas e hijos; de que no se les impedirá la práctica de su religión, y de que sus iglesias no serán quemadas ni desposeídas de los objetos de culto que hay en ellas; todo ello mientras satisfaga las obligaciones que le imponemos. 

Se le concede la paz con la entrega de las siguientes ciudades: Uryula, Baltana, Laqant, Mula, Villena, Lurqa y Ello. Además, no debe dar asilo a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni producir daño a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni producir daño a nadie que goce de nuestra amnistía; ni ocultar ninguna información sobre nuestros enemigos que pueda llegar a su conocimiento. 

Él y sus súbditos pagarán un tributo anual, cada persona, de un dinar en metálico, cuatro medidas de trigo, cebada, zumo de uva y vinagre, dos de miel y dos de aceite de oliva; para los siervos, solo una medida. Dado en el mes de Rayab, año 94 de la Hégira (713).

Como testigos, ‘Uthman ibn Abi ‘Abda, Habib ibn Abi ‘Ubaida, Idrís ibn Maisara y Abu l-Qasim al-Mazali. 

La tensa calma entre vencedores y protegidos se respetó mientras la península se mantuvo bajo el control de los walies o gobernadores nombrados personalmente por el califa de Damasco.

Enterado de que el gobernador había muerto en Poitiers, un oportunista llamado Abd al Malik se lanzó al saqueo de los cristianos sometidos.

Y en Tudmir ocupó Cartagena con su puerto y sus minas. 

Teodomiro no podía quedarse de brazos cruzados mientras amenazaban su protectorado.

La llamada «Crónica mozárabe» o «Crónica del 754» cuenta como, en el año 715, viajó a Damasco junto a otros nobles visigodos.

Formaba parte de la expedición que Musa organizó para dar cuenta de sus conquistas al califa Omeya.

En Damasco el caudillo godo confirmó personalmente con el califa el pacto que había establecido anteriormente con Abdelaziz.

Confirmación del pacto en Damasco. Extracto de una lámina de Roberto López Fuentes.

Este gesto le permitió recuperar Cartagena y ser respetado hasta su muerte. Pero no se libró de continuas violencias y rapiñas.

Al-Andalus se había convertido en un avispero y las luchas intestinas eran continuas.

A fin de cuentas, lo único que mantenía unidos a los conquistadores era la propia conquista, la victoria y el botín.

Los invasores no eran un grupo uniforme.

Religiosamente estaban divididos en suníes y chiíes gracias al cisma surgido tras la muerte del profeta.

Por su origen se dividían en bereberes, procedentes del norte de África: y árabes, originarios de la península Arábiga y dotados de más derechos.

El Islam no había cumplido un siglo cuando llegaron a la península Ibérica y las viejas rencillas entre tribus seguían vigentes, divididos entre caysíes y calvíes.

Para no complicarnos mucho, en adelante llamaremos sirios a los árabes del norte y yemeníes a los del sur.

La gota que colmó el vaso en aquel polvorín fue la revuelta bereber iniciada en Mauritania en el 740 contra los sirios, una rebelión que contagió a Al-Andalus. 

Los árabes consideraban inferiores a los bereberes. De hecho bereber no es más que la adaptación a su idioma de la palabra bárbaro.

A pesar de ser más numerosos y de haber protagonizado la victoria de Guadalete, les recortaban el botín, les adjudicaban las peores tierras y les hacían pagar impuestos reservados a los infieles.

El Corán igualaba a todos los creyentes. Pero para los aristocráticos sirios, los bereberes eran ciudadanos de segunda comparables a los muladíes, los conversos hispanos.

Intentando sofocar la rebelión en Mauritania, siete mil jinetes sirios del ejercito de Damasco quedaron sitiados en Ceuta.

Y pidieron ayuda al gobernador de Al-Andalus, un yemení al que no hizo mucha gracia la propuesta.

Acosado también por los bereberes en su propio territorio aceptó pasarlos a la península con ciertas condiciones de regreso.

Sofocados los rebeldes, los pactos no se cumplieron y el anciano gobernador murió crucificado entre un cerdo y un perro.

Las tropas que habían cruzado el estrecho en apoyo de los árabes lucharon contra ellos y acabaron asentándose repartidas por la península.

A Tudmir llegaron principalmente contingentes de Egipto.

Legalmente se convertían en protectores del territorio asignado al modo de los «chunds» sirios, una especie de mercenarios a los que había que mantener y dar asiento.

¿A quién le iba a tocar ceder tierras y cargar con los nuevos tributos? A los indefensos cristianos.

Para suavizar las relaciones con los recién llegados y cubrirse las espaldas, el astuto Teodomiro entregó la mano de su hija a un noble sirio llamado Al Jattar, dotándola con dos alquerías.

En el año 2006 el equipo técnico del Museo Arqueológico de Alicante identifico una de estas alquerías en la excavación del Cabezo Pardo, en San Isidro de Albatera.

Pinchando en la imagen se puede acceder al informe del MARQ

Cabezo Pardo. San Isidro – Albatera. Enlace al informe.

La otra, según las crónicas, estaba cerca de Elche.

Con Teodomiro, la Aurariola instalada en el llano de San Miguel, se extendió por las laderas hasta llegar a la orilla del río.

Al abrigo de tres décadas de paz la población debió aumentar notablemente sin muchos cambios en su estructura urbana.

Muerto Teodomiro en torno al 743 su sucesor se llamó Atanagildo.

En contra de lo que siempre se ha dicho no era su hijo, ni siquiera un familiar.

A la manera de los godos este rico noble fue elegido y ungido por la iglesia.

Sin el prestigio de su antecesor tuvo más de un encontronazo con los ocupantes; especialmente con el yerno de Teodomiro, quien esperaba heredar todas las propiedades de su suegro.  

Cuando comprobó que gran parte del patrimonio quedaba con el título en manos de Atanagildo le exigió 27.000 sueldos, dándole solo tres días de plazo para reunirlos bajo la amenaza de ser expropiado.

El godo pagó religiosamente y aún pudo mantener lo que quedaba de aquel pacto más de una década.

Pero Al-Andalus era ya un caos de todos contra todos.

Y en estas llegó Abderramán, el príncipe errante.

Corría el año 756 y todas las disputas anteriores quedaron resumidas en dos: Omeyas o Abasíes.

La población mozárabe intentó permanecer ajena a las luchas entre sus dominadores; ganase quien ganase, perderían ellos.

Y venció el Omeya errante.

El principado de Teodomiro era inviable en la nueva Al-Andalus omeya.

Pronto sucumbió a la política centralizadora y unificadora del nuevo emir Abderaman I.

Como excusa para la ruptura del pacto acusó a sus habitantes de complicidad con sus enemigos, los Abasíes.

En cuanto a los Banu Jattar, el linaje de Teodomiro y del aquel noble sirio, fueron una aristocrática familia murciana cuyos descendientes vivieron en Tudmir durante mucho tiempo.

Y se hicieron tan ricos que, cuando Almanzor pasó por Mursya, fueron anfitriones de él y de todo su ejército.

En la provincia o «cora de Tudmir» se fueron asentando clanes de mayoría yemení con grupos de bereberes en las zonas montañosas, las tierras menos codiciadas.

A partir de aquí Aurariola sufrió un complejo proceso de transición que la convertiría en Medina Tudmir o Medina Uryula, una ciudad musulmana que iba a cambiar por completo su fisonomía.

Los mozárabes fueron desplazados a los arrabales y la mayoría acabaron convertidos al Islam.

Unos pocos escaparon al norte, donde el precario reino de Asturias comenzaba a organizarse aprovechando el vacío dejado por los bereberes en la frontera del Duero.

Acababa de empezar el Emirato de Córdoba.

Programa 1.
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De Tudmir a Oriola II.

Más de cuatro años anduvo vagando el príncipe Abderramán huyendo de los asesinos de su familia.

Pero quiso Alá que en la primavera del 756 se proclamase emir de Al-Andalus, independizándose del califato de Damasco que los suyos habían ostentado desde los comienzos del Islam.

Ahora el poder estaba en manos de sus feroces enemigos: los Abasíes.

Monumento Abderramán I. Almuñecar. Miguel Moreno Romera, 

Nacido en Damasco y miembro del mismo clan que el propio profeta Mahoma, el superviviente de la masacre Omeya, escapó atravesando ríos y desiertos, buscando el apoyo de los bereberes en Mauritania, donde su madre había nacido.

Ninguna tribu se atrevió a desafiar al califa.

Desde allí contactó con antiguos aliados al otro lado de estrecho, gentes beneficiadas por los Omeyas cuando gozaban del poder.

Ya he dicho que Al-Andalus se había convertido en un caos.

Desde la conquista, más de veinte gobernadores se habían sucedido en el cargo, todos incapaces de controlar a las diversas facciones que componían la población musulmana.

Cada uno pertenecía a una tribu y a un bando. Y gobernaba descaradamente en beneficio de los suyos reavivando odios ancestrales y continuas revueltas.

Abderramán desembarcó el 15 agosto del 755 en la ciudad de Almuñécar, en la costa granadina. Y en menos de un año derrotó a Yusuf, el último gobernador nombrado por el califa.

Con su carisma y decisión consiguió unir tras de sí a un ejército de bereberes, sirios y yemeníes.

Una vez en el trono, para consolidar su poder, llamó a los antiguos clientes de los Omeyas y los colocó en los cargos de confianza formando la nueva aristocracia del emirato. 

Después organizó la maquinaria fiscal y armó un poderoso ejército profesional reforzado con mercenarios bereberes y tropas eslavas, esclavos libertos europeos que no simpatizaban con ninguna facción. 

Su emirato, que duró más de treinta años, fue una batalla continua.

Primero contra Yusuf, que nunca se resignó y luchó hasta la muerte; después con los enviados desde el califato instalado en Bagdad. 

Siempre sofocando rebeliones internas y pacificando poco a poco sus dominios, su empeño permitió la creación de una nueva dinastía que se mantendría dos siglos y medio dominando la península.

Disuelto el pacto en el antiguo principado de Teodomiro sus territorios pasaron a ser una provincia más del emirato, lo que llamaban una cora.

Aunque estas demarcaciones tomaban el nombre de la que fuese su capital, los geógrafos árabes mantuvieron el del legendario godo hasta la llegada de las Taifas: la «Cora de Tudmir».

Gracias al documento firmado en aquel pacto, que os he dejado en el capítulo anterior, conocemos la producción agrícola anterior a la llegada de los musulmanes.

En el pago en especie figuran almudes de trigo y cebada, vinagre, miel y aceite. Esto demuestra que en Tudmir se cultivaba la trilogía mediterránea: trigo, vid y olivo.

Los nuevos pobladores revolucionaron la agricultura.

Los egipcios asentados en Tudmir importaron sus milenarias técnicas agrícolas.

El comportamiento del Segura, con sus continuos desbordamientos fertilizantes, era comparable al del río Nilo y ellos sabían aprovecharlo muy bien.

También trajeron innovaciones tecnológicas como las «senyas» o ruedas de sangre tiradas por animales; prototipos sirios anteriores a las norias.

En cuanto a la evolución de Aurariola a Medina Uryula es un misterio.

Sabemos que los primeros musulmanes continuaron en la ciudadela fortificada de San Miguel, un enclave estratégico muy importante que dominaba visualmente el llano y controlaba el paso hacia Cartagena y posteriormente hacia Murcia.

Por el pasillo estrecho entre el monte y el río corría la ruta de Crevillente a Murcia.

Este camino fosilizado determinó el trazado de las primeras calles de la ciudad que hoy conocemos.

Hasta bien entrado el siglo XX vías como la de la Feria formaron parte de la carretera general.

El amurallamiento del llano fue necesario para defenderse de los enemigos y también del río.

Cuando fue completado quedó una puerta en cada extremo de aquel camino: las de Murcia y Crevillente. 

No tenemos datos de estos primeros años. Los restos arqueológicos más antiguos en el llano datan de finales del siglo IX o principios del X.

Pero está claro que en torno a esas primeras calles se arracimaron las viviendas formando el intrincado callejero islámico de Uryula.

El Segura y el monte de San Miguel encorsetaron la ciudad obligándola a crecer abrazada a la sierra.

Pero no adelantemos tanto.

Estos procesos se consolidaron durante el Califato y aún faltan unos cuantos emires.

En Tudmir siguieron las continuas rebeliones y disputas.

El reparto de las tierras expropiadas a los mozárabes benefició de nuevo a los árabes del norte.

Desde la conquista, la mayoría de la población inmigrante fue yemení; tribus del sur bien relacionadas con los muladíes y mozárabes.

Y también bereberes, asentados en las peores tierras y dedicados al pastoreo.

El poder ejecutivo lo ejercían unas pocas familias de la aristocracia árabe.

La capital quedó en Uryula o Medina Tudmir, donde se instalaron los oligarcas dependientes del poder cordobés: el cadí, los agentes ejecutivos …  

Omeyas y sus aliados sirios.

La muerte de cada uno de los primeros emires desató una feroz lucha por el trono.

Y casi todas salpicaron de alguna forma a esta provincia levantina y levantisca.

A Abderramán I le sucedió su hijo Hixán, el primer Omeya hispano.

 Dírham. Hixam I . Imperio Numismático.

Tenía dos hijos más: Suleymán, el primogénito que llegó con él a la península; y Abd Ala.

Escogido el sucesor por su padre, como era costumbre, sus hermanos no aprobaron la decisión y decidieron disputarle el trono.

Suleymán fue derrotado en Toledo y se refugió en Tudmir.

Hixán I pactó con sus hermanos pagando una fabulosa suma para que abandonasen la península.

A su muerte ese mismo dinero sirvió para que Suleymán formase un ejército, volviese a la península y se rebelase contra su sobrino, el emir Al-Hakán I.

Y otra vez se le unió su hermano Abd Ala.

El joven emir, implacable y astuto, derrotó a Suleymán. Y ordenó su decapitación en Mérida.

A su otro tío lo dejó refugiarse en Balansya (Valencia) donde pactó una especie de estado semi independiente que duró más de veinte años.

Conocido como «Al Balansí» (el valenciano), guardó lealtad a su sobrino hasta su muerte, colaborando con él militarmente.

Pero nunca dejó de intentar extender su poder a la vecina Cora de Tudmir.

Al- Hakan I, apodado «el sanguinario», pasó su reinado sofocando rebeliones de manera contundente.

Dírham. Al Hakam I . Coins of al-Andalus.

Dejó 19 hijos y 23 hijas con diversas mujeres.

A su muerte, el ya muy anciano «Al Balansí» intentó de nuevo hacerse con el trono.

Bajó hasta Uryula y reclutó un ejército en la cora de Tudmir para marchar sobre Córdoba. 

Una repentina enfermedad y la rápida intervención del emir, que se aproximaba al mando de un ejército para neutralizarle, provoco la dispersión de sus tropas.

No tuvo más remedio que regresar a Valencia; donde murió el último hijo de Abderramán I, el primer emir Omeya de Al-Andalus.

Después de tanta sangre derramada, su biznieto Abderramán II recibió por fin un estado pacificado, organizado y próspero.

Tudmir seguía siendo un polvorín que solo necesitaba una chispa. 

Y pronto se encendió desencadenando una larga y sangrienta guerra civil.  

Programa 2.
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