
De Tudmir a Oriola III.
Siete años duró la guerra civil en la Cora de Tudmir.
En los días de Abderramán II se fundó Medina Mursya.
El emir ordenó al gobernador que se trasladase a ella y así se hizo, en el verano del año 825.
Desde entonces fue capital, centro del poder y cuartel militar del emirato.
Cuando estuvo terminada, ordenó la destrucción de Eio.
Después derrotó a los Mayus, esos demonios del norte que durante siete días saquearon Sevilla.
Pero las velas negras volvieron. Y esta vez, los vikingos sembraron el terror en Uryula.

El segundo Abderraman fue un emir ilustrado.
Adoraba la poesía, la literatura, la filosofía, las ciencias y la música, haciendo de Córdoba la ciudad más culta, civilizada y famosa del mundo.
Su gran pasión fueron las mujeres. Dicen las fuentes que nunca tomaba hembra que no fuese virgen y cifran sus hijos en cerca de un centenar.
Sus dos primeros conflictos tuvieron como escenario la Cora de Tudmir.

Sofocada la rebelión del valenciano el reino había quedado prácticamente pacificado. Pero esta provincia periférica seguía sin control.
Ya dijimos que fue aquí donde su tío abuelo reclutó el ejército con el que intentó disputarle el trono.
Las luchas tribales entre árabes y a la vez contra el emirato no cesaron; sobre todo en Eio, una de las siete ciudades señaladas en el pacto de Teodomiro, cuya ubicación sigue siendo muy discutida.
Rodeada de tierra fértil, en la cora de Tudmir convivían dos etnias de la península arábiga: los norteños mudaríes y los yemeníes del sur, enemigos ancestrales que andaban matándose entre ellos y arrasando haciendas.
Cuando el emir enviaba tropas para someterlos se dispersaban para volver pronto a las andadas.
Esta soterrada guerra civil se mantuvo durante años y, cuentan las crónicas, que el detonante de la lucha sin cuartel fue una humilde hoja de parra.
Dice la leyenda que un yemení llenó en Lorca un cántaro de agua; y para tapar su boca arrancó una hoja en los viñedos de un mudarí.
Éste, sintiéndose burlado, le dio muerte; y los suyos buscaron venganza provocando una encarnizada batalla campal con miles de muertos.
Leyendas aparte la situación era ya intolerable. Y para colmo, el líder de los yemeníes, osó proclamarse emir desafiando a Córdoba.
En esta situación Abderramán II envió a su ejército con una doble misión: pacificar Tudmir y construir un campamento militar que controlase el territorio.
Escogió un antiguo asentamiento hispano-romano en un meandro del Segura, situado estratégicamente en el centro del valle.
Las huestes cordobesas derrotaron a los rebeldes y su líder acabó decapitado.
Luego tomaron Eio o Ello a sangre y fuego.
En el verano del 825 el gobernador de la Cora recibió la orden de arrasar dicha ciudad hasta los cimientos e instalarse con las tropas en aquel sitio, estableciendo una nueva ciudad que acogería la administración civil y militar.
Esa ciudad era Mursya, la nueva capital de la cora en sustitución de Uryula.

Todavía costó algunos años someter a los rebeldes. A mediados del siglo IX Tudmir quedó casi pacificada.
Pero les esperaba una desagradable visita sorpresa.
En el 844, tras asolar las costas de los francos, los normandos llegaron a la península por primera vez.
En la tierra de Santiago (como llamaban a Galicia) Ramiro I rey de Asturias mató a muchos y quemó buena parte de sus navíos.
Los que escaparon tuvieron tiempo de saquear Lisboa y remontar el Guadalquivir para asolar Sevilla.
Las huestes califales les aplicaron otro severo correctivo en la batalla de Tablada.
A pesar de la victoria, Abderramán II pactó con los mayus (así les llamaban los musulmanes).
Y los demonios del norte ya no volvieron durante el resto de su emirato.
Los supervivientes de aquella aventura contaron a su regreso las riquezas que habían visto en Al-Ándalus.
En el 858, ya bajo el emirato de Muhammad I, formaron una poderosa flota al mando de dos grandes caudillos guerreros que aparecieron de nuevo por la costa atlántica devastando a fuego y espada cuanto encontraron en su camino.
Entraron por la ría de Arousa, sitiaron Santiago y, de nuevo, las tropas asturianas los pusieron en fuga perdiendo hombres y barcos.
Asaltaron Lisboa, saquearon Algeciras y buscaban el Guadalquivir para remontarlo de nuevo.
El emirato había aprendido la lección y tenía dispuestas atalayas y una importante flota de guerra que se apresuró a interceptarlos.
Los normandos desistieron y optaron por dividirse.
Una parte asoló Mauritania y el resto costeó el sur de la península.
Doblando el Cabo de Gata llegaron a la tierra de Tudmir, donde el orden cordobés brillaba por su ausencia.
Sin defensas en la costa remontaron el Segura y cayeron por sorpresa en Uryula.
Siempre se ha dicho que penetraron en el castillo; pero tal castillo no existía todavía.
La palabra «hins» que mencionan las crónicas significa fortaleza; y se refiere a la primitiva ciudadela parapetada tras sus defensas en altura.
El «hisn» de Uryula era pues el embrión de la futura «madina».
La construcción del castillo se iniciaría medio siglo después.

¿Por qué escogieron Uryula?
Quizás por su fama de capital de Tudmir. Pero, sobre todo, por su fácil acceso desde el mar para aquellos barcos sin apenas calado.
Es lógico pensar que esta indefensión propició que en años posteriores decidiesen reforzar aquel punto débil en la costa.
A finales del siglo IX se construyó una rábita o ribat, especie de fortaleza monasterio en el que vivían un grupo de monjes soldados, ermitaños musulmanes muy parecidos a las órdenes militares cristianas, dispuestos a defender el Islam y el territorio.
Pinchando en la siguiente imagen se accede a la web memoria de arena, de Guardamar.
En ella se habla de este edificio singular.
Estos integristas religiosos eran conocidos como los Almorávides originalmente «al muravit».
Los restos de esta joya única en España han aparecido sepultados por las dunas muy cerca de la actual Guardamar.

El incendio y saqueo de Uryula supuso un duro golpe para una ciudad en decadencia tras perder la capitalidad.
Muchas familias importantes marcharon a Mursya.
El siglo IX acabó con dos emires: Al Mundir y Abd Ala, dos torpes hermanos que poco aportaron al esplendor cordobés.
Al proclamarse Abd Ala el emirato ardía en rebeliones por los cuatro costados.
En Tudmir un muladí llamado Daysam se hizo dueño y señor de la cora.
Este cristiano converso al que las crónicas árabes llamaban «perro hijo de perro» hizo de Lorca su capital y bastión.
Armó un respetable ejército de cinco mil jinetes y puso bajo su jurisdicción a Mursiya, Uryula, Mula, Cartagena …
Fue acatado en toda la cora de Tudmir, acuñó moneda y organizó una eficiente administración.
Poeta y guerrero, generoso y afable, aunó tras de sí a árabes, bereberes, muladíes y mozárabes.
En el verano del 896 el emir envío un fuerte contingente de tropas que recorrió la región comenzando desde Almería.
Saquearon e incendiaron aldeas y alquerías talando y destruyendo cuanto encontraban a su paso.
En las ciudades cobraron tributos a sus fieles por las buenas; y a los rebeldes por las malas.
Las huestes cordobesas sufrieron una derrota en los desfiladeros del Valle de Ricote y no pudieron tomar Lorca, donde se había refugiado el muladí tras perder gran parte de su ejército.
Los cordobeses marcharon sin conseguir atraparlo; pero se fueron cargados de botín y tributos.
Daysam se mantuvo independiente hasta su muerte, a comienzos del siglo X.
Pocos años después falleció el emir. Su nieto y sucesor, el tercer Abderramán, pasaría a la Historia como el primer Califa de Al-Ándalus.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 3.
De Tudmir a Oriola IV.

El tercer Abderramán envió un potente ejército al mando de su visir contra los rebeldes de Tudmir y Balansya, haciendo sentir su paso por ambas coras con firmeza, humillando a los enemigos que en ellas había y recaudando muchos tributos de sus regiones.
Conquistó la robusta fortificación de Uryula, la más antigua de sus ciudades y la más inexpugnable de sus fortalezas, que había servido de refugio a los cristianos de los primeros tiempos, por lo que habían puesto todo su esfuerzo en fortificarla y en cuidar sus tierras, generosas en plantaciones de peregrinos árboles y de los más sabrosos frutales.

En el año 912 Abderramán III sucedió a su abuelo alcanzando el trono con tan solo veintiún años.
El emirato era de nuevo un caos incontrolable dividido en decenas de poderes locales independizados del poder central.
Su influencia se limitaba a la ciudad de Córdoba y sus arrabales.
Más allá, caudillos beréberes, árabes y muladíes actuaban por su cuenta y beneficio.
Esta crisis de autoridad y su incapacidad para recaudar impuestos pusieron en peligro la supervivencia del propio Estado.
Por otro lado los reinos del norte estaban en plena expansión ocupando ya un tercio de la península alcanzando la ribera del Duero.
Para completar el sombrío panorama tres años antes de su llegada al trono se había proclamado el califato fatimí que intentaba controlar toda Mauritania: y desde allí Al-Ándalus.
Fatimí deriva de Fátima, la hija del profeta Mahoma. Por lo tanto eran chiíes, enemigos de los Omeyas, de la facción sunní.

En estas circunstancias nadie hubiese dado un dirhan por el futuro de este joven emir.
Abderramán era inteligente, astuto, culto y diplomático.
Pero también impetuoso, irascible y cruel.
Su infancia estuvo marcada por la violencia y las conspiraciones.
Hijo de Muhammad, el primogénito del anterior emir Abdala, su madre fue una esclava cristiana concubina de palacio.
También su padre nació de una cristiana; vascona por más señas y princesa de Pamplona; cuyo padre y ella misma fueron prisioneros en Córdoba durante muchos años.
Dicen las crónicas que el emir tenía ojos azules, piel blanca y el cabello y la barba rojiza, por lo que se tintaba de oscuro para infundir respeto.
Liberada la vascona el pequeño Muhamad quedó en Córdoba y se convirtió en favorito del emir.
Tenía más hijos que ambicionaban el trono y uno de ellos lo asesinó. Addalá lo hizo ejecutar y nombró sucesor a su nieto.
Su primer objetivo fue pacificar al-Ándalus, invirtiendo en ello buena parte del medio siglo que duró su reinado.
Y como ya hiciese el primer Abderramán, armó un potente ejército con numerosos efectivos de origen eslavo, como contrapeso entre árabes y bereberes.
Ya explicamos que llamaban eslavos a los cautivos cristianos del norte, fuese cual fuese su nacionalidad.
Su estrategia fue muy eficaz: sitiaban las fortalezas, destruían cosechas, talaban árboles y cortaban el suministro de agua.
Pasado un tiempo prudencial ofrecían la paz a cambio de los cabecillas rebeldes.
Decapitados estos indultaba a los asediados, mejorando incluso su situación.
De esta forma obtenía sumisión y fidelidad.
También era generoso con los dirigentes que le juraban lealtad, ofreciéndoles cargos y una cómoda vida en Córdoba.
Así en muy poco tiempo consolidó la estructura administrativa y política del emirato, impulsando un irreversible proceso de islamización que redujo a los cristianos mozárabes a una minoría.
En Tudmir, muerto el rebelde muladí del que hablamos en el capítulo anterior, un árabe advenedizo se deshizo de sus hijos y le sucedió como señor de la fortaleza de Lorca.
Pronto pactó con el emir y marchó a vivir a la capital.
Uryula se independizó de este oportunista acogiendo a cuantos ignoraban la autoridad de Córdoba.
Como ya hemos contado al principio, entre el año 916 y el 917, Abderramán envió sus tropas a Tudmir y Balansya (Valencia), conquistando Uryula.
Muy cerca vivía el señor de Qalyusa, la actual Callosa, que dominó también la vila murada de Elche y la fortaleza de Lacant, actual Alicante.
Este personaje al que apodaban «el jeque» alternó periodos de sumisión y rebeldía contra el emir.
Primero fue confinado en Lacant donde actuó como gobernador de la zona.
Desterrado luego a Albacete terminó sus días viviendo confortablemente en Córdoba.
Abderramán pasó por Tudmir liderando aceifas contra los reinos cristianos y en cada ocasión aprovechó para someter a los disidentes.
La campaña de Pamplona, cuya reina viuda era nada menos que su tía, comenzó con refriegas bélicas en esta cora y en la de Balansya, mostrando su poder e incorporando tropas comandadas por señores y gobernadores que así, atestiguaban la sumisión al poder de Córdoba.
Sabemos que Uryula colaboró en aquellas aceifas con hombres y avituallamientos.
Con Al-Ándalus sometido las victorias contra reinos cristianos y los éxitos cosechados en el Norte de África, donde tomó Ceuta, le llevaron a dar un paso más.
Para consolidar su posición, en el 929 se proclamó Califa.
Una aclaración: el título de Emir se corresponde con el de rey. Califa es comendador de los creyentes, la máxima autoridad religiosa y civil en el Islam. Algo así como un papa emperador.
Durante su mandato Córdoba alcanzó un gran prestigio en todo el mundo conocido.

La pacificación interna provoco un fabuloso desarrollo económico y demográfico cuya máxima expresión fue la construcción en las afueras de la capital, de la palaciega Medina al-Zahra.
Como príncipe de los creyentes emprendió la guerra santa contra los cristianos, utilizando la religión como elemento de unión y argumento para la lucha.
En 939 sufrió un enorme contratiempo: la coalición entre los reinos de León, Pamplona y el condado de Castilla propició una terrible derrota en Simancas que casi le cuesta la vida.
Este acontecimiento supuso un duro golpe a su confianza y ya nunca más dirigió personalmente el ejército.
Hábil político, tenía claro que los líderes andalusíes le seguían por las victorias y el botín, y que cualquier muestra de debilidad podía minar su autoridad.
Así pues, decidió culpar a sus oficiales de la derrota y crucificó a decenas de ellos, aprovechando la ocasión para hacer una brutal purga entre los posibles disidentes.
Durante el siglo X en Tudmir se reorganizó el poblamiento.
El estado reguló el control fiscal y militar estructurando el territorio en distritos, a cuyo frente situaba una fortificación en lugar estratégico.
Así comenzaron a desarrollarse los castillos de Uryula, Qalyusa y Lacant, cuya construcción se data en esas fechas.
Esto favoreció el aumento demográfico de la región, con numerosa inmigración procedente de otros territorios islamizados.
Más allá de algún levantamiento ocasional apenas tenemos noticias de Tudmir en el período califal.
Las periódicas sustituciones de gobernadores se pueden interpretar como un síntoma de estabilidad y prosperidad en la región, de la misma forma que el resto de Al-Andalus.
Abderamán III murió en el 961.
«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 4.
Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).
Próxima entrega pinchando la siguiente imagen.



