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Tud Or Cap. 17/18. Aragón.

De Tudmir a Oriola XVII.

Granada, en el año del Señor de 1125.

Mi Señor: esta generosa vega produce copiosas cosechas de trigo, de cebada, de lino. Abunda la seda, las viñas, los olivares y toda clase de frutos.

Goza de muchas fuentes y arroyos, y de una fortísima alcazaba que os servirá de plaza fuerte para las siguientes conquistas.

En Granada os esperamos doce mil combatientes, sin contar ancianos ni adolescentes. Este número es bastante y los puntos flacos del país son visibles.

Entre nosotros hay orden y disposición; y cuando asomen los estandartes de Aragón con el rey a la cabeza, se descubrirán y se unirán a vos en su totalidad.

No era la primera carta que Alfonso recibía de las comunidades mozárabes andalusíes.

Desde la llegada de los almorávides su situación era desesperada por el acoso de los fanáticos alfaquíes, empeñados en exterminarlos.

Liberar a aquellas gentes podía ser la última gesta del rey de Aragón: atravesar la península de norte a sur para crear un principado cristiano en Granada; en el mismo corazón de Al-Ándalus.

Sólo dos locos podían acometer tal empresa: el Batallador y su viejo amigo Gastón de Bearn, el héroe de Jerusalén que tanto le había ayudado en la toma de Zaragoza.

Los preparativos se mantuvieron en secreto y, en el otoño de aquel mismo año, estos dos aventureros, ya cincuentones, salieron de Zaragoza junto a tres obispos, cuatro mil caballeros escogidos y quince mil infantes, no sin antes juramentarse entre ellos.

Lo natural para llegar a Granada era bajar en línea recta, pasando por Toledo.

Pero no podían pisar Castilla, con la que seguían enemistados desde aquella maldita boda.

Así pues, harían el trayecto más difícil: íntegramente por territorio almorávide.

Al llegar a Valencia sostuvieron la primera escaramuza.

En sus planes no entraba el asedio. Mientras la guarnición se entretenía con los atacantes, saqueaban huertos, talaban bosques y miles de mozárabes salieron de todas partes para unirse a la hueste aragonesa.

Repitieron el procedimiento en Alcira, en Denia, en Játiva.

Por el camino iban asolando territorios musulmanes y liberando a más y más cristianos que les servían de guía en aquellos parajes desconocidos.

Pasaron por Uryula, por Mursya y Almería. Y por Baza llegaron a Guadix. 

Allí se detuvieron para enviar mensajeros a los emboscados mientras celebraban la Navidad con gran gozo y abastecimiento de viandas que los mozárabes trajeron de todas partes.

Por fin, en enero del 1126, acamparon cerca de Granada.

Desde las atalayas avistaron aquella inmensa muchedumbre y en la ciudad cundió el pánico.

Durante varios días esperó a los doce mil combatientes que facilitarían su entrada en la ciudad.

Pero nunca llegaron. El lento avance de aquella hueste dio tiempo a preparar la movilización general almorávide.

Bajo el mando del gobernador de Granada, hermano del emir, formaron un ejército con tropas de Marruecos, de Sevilla, de Granada y de Mursya y, por supuesto, con contingentes de Uryula.

Los refuerzos mozárabe contestaron al rey reprochándole su tardanza. Advertidos los almorávides de su llegada se había anulado el factor sorpresa.

Y una vez descubiertos lo habían perdido todo. Los que no habían huido de la ciudad a tiempo estaban ya neutralizados.

Alfonso no venía preparado para el asedio y el invierno no era buen aliado para el combate.

Así pues decidió practicar incursiones por el rico valle del Guadalquivir, buscando víveres y leña para aquella inmensa multitud a la que seguían uniéndose más y más cristianos con sus familias.

Algunas crónicas hablan de cincuenta mil pero, como siempre, son cifras muy exageradas. 

El ejército almorávide se dedicó a hostigar a los aragoneses hasta que consiguió rodearlos cerca de Puente Genil. Habían caído en una ratonera.

Alfonso respondió a su manera: se colocó la armadura, dividió sus tropas en cuatro cuerpos con cuatro banderas y cargaron contra los sarracenos en todas las direcciones, rompiendo el cerco y poniendo en fuga a los almorávides.

De allí se fue a Motril, donde se adentró en el mar y comió pescado.

Los cronistas musulmanes se preguntaban si aquello era una promesa o simplemente una provocación para que hablasen de él.

No voy a extenderme más en esta aventura: cargados de botín, de mujeres y niños; asolados por el cansancio, por la peste; hostigados por los almorávides, volvieron por el mismo camino.  

Al llegar a su reino Alfonso concedió tierras y privilegios en el nuevo sur de Aragón a los miles de cristianos rescatados.

Esta gesta quedó para la historia plasmada en varias crónicas árabes, peninsulares y francas.

Los mozárabes que no consiguieron huir sufrieron las represalias. Muchos acabaron asesinados o deportados a África, donde su destino fue la esclavitud o engrosar los ejércitos que luchaban contra los almohades.

Alfonso había puesto de manifiesto la fragilidad almorávide: un imperio en decadencia que no podía mantener tantos frentes.

Les obligó a reforzar las defensas de las ciudades, empezando por Granada, con la consiguiente subida de impuestos.

Entre los emigrados al norte y los deportados al sur, Al Ándalus se fue quedando sin aquellos contribuyentes forzosos, traspasando sus cargas fiscales a los musulmanes andalusíes que no tardaron en rebelarse aprovechando la debilidad de sus opresores.

Al llegar los almorávides, Uryula, Mursya y todo el reino de Denia fueron conquistados por el prestigioso general Aysa, un hijo del emir Yusuf «justo en sus juicios, honrado y continente».

Durante su gobierno la provincia siguió prosperando en base a su riqueza agraria; especialmente Mursya, capital de distrito donde construyeron una nueva Mezquita Aljama.

Vencedor en Aledo y en Uclés, Aysa quedó ciego y perdió el juicio tras una derrota cerca de Martorell.

Le sucedió su hermano (o cuñado) Abu Bark, oscuro personaje cuya carrera militar terminó con la derrota de Cutanda, donde pereció mucha gente de Mursya y Uryula, entre ellos un famoso maestro en el Corán.

En ambas ciudades había florecido la cultura entre la burguesía, surgiendo una generación de poetas y eruditos islámicos.

Los ricos propietarios agrícolas debieron sufrir un buen golpe cuando el Batallador asoló la comarca llevándose a gran número de mozárabes, la mano de obra de los campos.

Pero si en algo destacaron realmente los almorávides fue en la construcción de defensas.

Sus alarifes reforzaron las fortalezas de la región con la sólida técnica del tapial. Ya contamos que Orihuela les debe los emblemáticos tres torreones que se mantienen en el castillo.

Idealización con Inteligencia Artificial del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia

Durante el levantamiento general contra los opresores africanos, las murallas de Uryula se convirtieron en bastión almorávide, acogiendo a contingentes dispersos que se agruparon formando un pequeño ejército que ponía en riesgo la seguridad de la vecina Mursya.

El dominio almorávide no pudo aguantar el acoso simultáneo de los almohades en África, de los reyes cristianos en la península, y de una población sometida y descontenta que acabó por exterminarlos.

Tras una larga agonía se hundieron definitivamente en 1147 con la pérdida de Marrakés.

Sus despojos en la península quedaron repartidos entre los antiguos poderes locales que emergieron rápidamente, comenzando las segundas taifas; un confuso periodo que se mantuvo hasta que los almohades tomaron el control.

De todo esto hablaremos en la próxima entrega.

Programa 17.
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De Tudmir a Oriola XVIII.

Al amanecer del martes 17 de julio de 1134 los centinelas avistaron un ejército musulmán que se acercaba a Fraga.

Inmediatamente alertaron al Batallador y sin tiempo para reaccionar, cayó sobre los sitiadores una lluvia de lanzas, saetas, dardos y piedras, matando a buen número de hombres y bestias.

Y viendo que no podían sostener la batalla en el campamento salieron a pelear a campo abierto.

Mientras derrotaban a los que tenían de frente, una tropa más numerosa atacó por la espalda provocando el pánico y la derrota.

El día de las Santas Justa y Rufina, hubo una gran y terrible matanza de cristianos en Fraga.

Casi todos perecieron por la espada; salvo unos pocos que, desarmados, huyeron con el rey.

El largo conflicto con Castilla provocado por aquella fallida boda terminó en el Pacto de Tamara.

Alfonso el Batallador renunció al título de emperador en favor del hijo de Urraca.

Con casi sesenta años, el monarca aragonés seguía peleando incansable a ambos lados de los Pirineos.

Sus dos grandes amigos, Esteban, obispo de Huesca y Gastón de Bearn, señor de Zaragoza cayeron en una escaramuza cerca de Valencia.

La cabeza de Gastón, clavada en una pica, viajó a Granada, donde fue paseada por zocos y calles acompañada de redobles de tambor.

La muerte de sus compañeros de armas fue un duro golpe.

Aquel mismo año, mientras asediaba Bayona, Alfonso redacto su testamento, que fue jurado por todos sus oficiales.

Antes de morir quería culminar su tarea tomando las plazas de Tortosa y Lérida, deseadas también por el Condado de Barcelona.

Para dominar la ribera del Ebro hasta Tortosa utilizó una táctica novedosa. Sus hombres talaron bosques hasta formar una pequeña flota fluvial que partiendo de Zaragoza descendió por el caudaloso río.

Con gran astucia, Alí Ben Yusuf, el emir de los almorávides, negoció un pago de doce mil dinares anuales con el conde de Barcelona.

De esta forma, aseguraba la frontera y se quitaba de en medio a un enemigo.

Este pacto enfureció a Alfonso, que juró solemnemente añadir los territorios a su reino arrebatando el provecho al habilidoso barcelonés.

En el verano de 1133 inició el asedio a Fraga.   

Su carácter se había endurecido con los años.  Cuando los defensores le ofrecieron una rendición pactada, la rechazó.

Hizo traer las reliquias más preciadas de su capilla; y ante lo más granado de sus jefes militares juró e hizo jurar que no se apartarían hasta ocupar la plaza; que ninguno de sus defensores saldría con vida; y que reduciría al cautiverio a sus mujeres e hijos.

Desesperados, los de Fraga pidieron ayuda a todas las ciudades almorávides. Y se formó un ejército de socorro con tropas de Córdoba, Lérida, Valencia y Murcia.

Tras más de un año de asedio las tropas aragonesas se habían relajado y muchos nobles estaban ausentes temporalmente, dispensados por el rey para arreglar los asuntos de sus dominios.

El ataque les pilló desprevenidos y el resultado lo hemos narrado al principio: un desastre sin paliativos del que Alfonso  escapó de milagro.

Hundido moral y físicamente, no aguantó ni un mes.

Realizó sus últimas disposiciones, ratificó su testamento y nombró obispo de Roda a Ramiro, su único hermano.

El 7 de septiembre moría Alfonso I el Batallador tras treinta años de lucha que habían puesto Aragón en el mapa.

Desautorizado su hermano y sin hijos que defendieran lo conseguido, su singular testamento dejó el reino a tres órdenes militares: los Templarios, los Hospitalarios y los caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén.

Este legado abría una profunda crisis en Aragón.

Los nobles no aceptaron esa locura idealista y sin perder tiempo elevaron al trono a Ramiro, el hermano de Alfonso.

Tan rápido que durante un tiempo fue a la vez obispo y rey.  

Aprovechando la confusión los de Navarra abandonaron Aragón eligiendo rey a García Ramírez, superviviente de la Batalla de Fraga que pasó a la historia como «el Restaurador».

Los castellanos se lanzaron a rebañar las fronteras y los almorávides, contraatacaron recuperando algunas zonas conquistadas por Alfonso.

Menudo legado le había caído encima a Ramiro II « el monje».

En el norte de África los almohades seguían reclutado a miles de bereberes y cada día estaban más cerca de la capital.   

Los almorávides no tenían más remedio que seguir traspasando efectivos a Marruecos. Esta retirada de la península dejó las guarniciones en precario. 

A pesar de la debilidad almorávide, Alfonso de León y Castilla, el hijo de Urraca, sabía que no podía someter Al-Ándalus por la fuerza.

Necesitaba un líder musulmán autóctono, un enemigo de los almorávides que pudiese controlar fácilmente.

¿Os acordáis del rey de Zaragoza? ¿Aquel que pactó con el batallador y abandonó la capital al llegar los almorávides?

Su hijo, el último de los Banu Hud, vivía en su señorío de Rueda de Jalón, protegido por el emperador.

Se llamaba Saif al Dawla, Zafadola para los cristianos.

Sus agentes hicieron campaña por toda la península incitando a la rebelión contra los almorávides.

Simultáneamente, en Córdoba y en el Algarbe se postularon otros dos candidatos.

Las sublevaciones se extendieron surgiendo multitud de poderes territoriales; familias locales que ansiaban librarse de los malditos africanos.

Los del Algarve pidieron ayuda a los almohades que, en ese momento, estaban muy entretenidos en Marruecos.

En poco tiempo Al-ándalus se había convertido de nuevo en un avispero.

El gobierno de Balansya y el de Mursya (Valencia y Murcia) estuvieron en las mismas manos durante la etapa almorávide.

Y su suerte siguió pareja durante los tres años de anarquía que siguieron a la sublevación contra los africanos, un periodo caótico en el que se sucedían proclamaciones y derrocamientos.

Cuando el gobernador almorávide se trasladó a Córdoba, los de Valencia entregaron el mando a su cadí Ben Abdelazid, apoyado por el jefe militar Abdalá Ben Mardanix un personaje importante para nuestra futura historia.

Los de Murcia encumbraron a Ben Chafar, un lorquino cuyo gobierno asociado a Córdoba duró menos de un mes.

Zafadola envió a Abdalá el Zegrí, caudillo militar que se hizo dueño de Mursya en su nombre, dejando a Ben Chafar como Cadí.

Solo en Uryula resistían los almorávides. Y el de Lorca reunió un ejército para desalojarlos. 

Se habían fortificado bien. Encerrados en la alcazaba con sus mujeres y niños, estaban dispuestos a vender caras sus vidas.

No fue necesario. Tras un corto asedio pactaron una rendición ventajosa que no se cumplió.

Los almorávides fueron traicionados y murieron acuchillados arrebatándoles sus bienes y sus mujeres.

Dueño de Uryula, Ben Chafar rgresó a Mursya, depuso al Zegrí y se hizo reconocer como emir bajo la autoridad de Zafadola.

Luego intentó continuar su campaña anti almorávide en Játiva, pero se topó con el valenciano, quien rápidamente consiguió extender sus dominios hasta Alicante.

Fracasado el intento acudió a Granada en socorro de Zafadola con un nutrido ejército. Y perdió la vida en una emboscada que propició una humillante derrota.

Cuando llegó la noticia de su muerte, los de Mursya entregaron el mando a Muhamad Banu Tahir, miembro de la vieja y prestigiosa familia que ya había reinado en Murcia durante las primeras taifas, un hombre culto, erudito y aficionado a la poesía.

Su poder se limitó a la capital y duró poco más de un mes. 

El Gobernador de Uryula, lugarteniente del fallecido Ben Chafar, pidió ayuda a Ben Abdelazid, el líder valenciano.

Este se instaló en Medina Uryula y fue acogiendo a todos los opositores hasta organizar un ejército que se presentó en Mursya y la tomó sin lucha en nombre de Zafadola.

Ben Tahir recogió sus cosas, dejó la alcazaba y volvió a casa, donde lo dejaron vivir en paz.

Zafadola era rey de Balansya y Mursya; haciendo su entrada triunfal en la capital y visitando Madina Uryula, donde fue agasajado durante varios días.

De lo que aconteció con Ramiro II el Monje y con el rey moro Zafadola, hablaremos en la próxima entrega.

Programa 18.
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Tud Or Cap. 15/16. Aragón.

De Tudmir a Oriola XV.

Cuenta la leyenda que en el llano de Alcoraz, San Jorge bajó del cielo a lomos de su caballo portando una cruz de color rojo para motivar a los de Aragón en su lucha contra los sarracenos.

Pocos días después de aquella tremenda batalla campal contra las huestes del rey de Zaragoza, los aragoneses entraron en Huesca tras meses de asedio.

Y mandó el rey don Pedro labrar una iglesia en honra del gran mártir y en memoria de aquella gloriosa victoria.

La devoción que tenían a Santiago en el Oeste fue creciendo hacia San Jorge en el Este.

Y con el paso del tiempo lo adoptaron como patrón, como abogado al que rezar en sus batallas.

Aquella legendaria cruz permanece hoy día en el escudo de Aragón, rodeada de cuatro cabezas de moro.

Pedro I de Aragón y Pamplona nació entre los años 1068 y 1069. 

Primogénito de Sancho Ramírez, fue el único hijo de su matrimonio con Isabel de Urgel.

Siendo aún quinceañero lo nombraron régulo; compartiendo con su padre las tareas de gobierno y sus campañas militares.

Protegiendo la frontera con Lérida adquirió gran destreza militar y con poco más de veinte años Sancho creó para él el reino de Monzón.

Casó en Jaca, con Inés de Aquitania, de la que nacieron los infantes Pedro e Isabel.  

Ignorando la costumbre de Pamplona, al morir su padre en el sitio de Huesca, recibió la herencia completa: rey de Aragón y de Pamplona en el año 1094.

Con la obstinación de sus predecesores, sin prisa pero sin pausa, siguió conquistando plazas fuertes con sus ejércitos reforzados por caballeros francos y normandos.

No hubo año que no aumentase sus territorios. Dos tardó en cumplir la promesa hecha a su padre ante los muros de Huesca.

Pero antes tuvo que derrotar a los musulmanes en la batalla de Alcoraz, la que hemos mencionado al principio. Y quedó escrito:

«Así, vencido el rey moro de Zaragoza junto con sus numerosos sarracenos y una multitud de falsos cristianos, muertos unos cuarenta mil de ellos, conquistamos la ínclita y famosísima ciudad de Huesca en el año del Señor de 1096».  

El número de muertos es una exageración propia de la época. Aún así, aquella fue una batalla decisiva que permitió por fin tomar Huesca.

La mención a falsos cristianos se refiere a los castellanos, aliados de Zaragoza que pagaba parias por su defensa.

La relación de Castilla con Aragón era complicada: enemigos frente a Zaragoza y aliados contra los almorávides.

Cumplido su primer objetivo recibió una petición de ayuda del Campeador.

Recordemos que Rodrigo era aliado de su padre desde que fue desterrado de Castilla. Los enemigos de mis enemigos, son mis amigos.

Pedro marchó hacia Valencia acompañado de su hermanastro Alfonso y una numerosa hueste que unida a las tropas del Cid derrotaron a los almorávides.

En estas correrías junto al Campeador, con él que quedó ligado al casar al infante con su hija María, aprovechó para hacerse con el dominio de toda la actual provincia de Castellón, cumpliendo otro de sus empeños: llegar al mar.

Estas posesiones aragonesas se perdieron en 1103, cuando muerto el Cid, los almorávides se apoderaron de Valencia.

Muerto el infante Pedro Pérez sin alcanzar el trono María Rodríguez se casó con el Conde de Barcelona.

En el 1099 Pedro inició el cerco de Barbastro.

Aquella fortaleza conquistada por los cruzados en tiempos de su padre y recuperada por Zaragoza, era un bastión estratégico, famoso por sus defensas y alimentada por sus ricas huertas.

Tomada tras meses de asedio, ese mismo año Jerusalén caía en manos de los cruzados. Y todo caballero cristiano soñaba con participar en esas gestas.  

Pedro había heredado la religiosidad y el espíritu cruzado de sus antecesores. Como no podía viajar a Tierra Santa montó su propia cruzada contra Zaragoza.

Para preparar el asedio a la plaza más importante de la marca norte, creó una posición militar a la que llamó «Deus lo vol», el grito de guerra de los cruzados que significaba «Dios lo quiere».

Hoy en día es un municipio situado a cinco kilómetros de Zaragoza llamado Juslibol.

Pedro falleció en el 1104, durante un viaje por el valle de Arán, con poco más de treinta y cinco años.

Sus hijos habían muerto poco antes.  Solo estuvo diez en el trono pero dejó Aragón situado a un paso de Zaragoza y de las ricas tierras del valle del Ebro.

Pocos reyes han hecho tanto honor al sobrenombre que le asignó la tradición como nuestro siguiente personaje.

Con él enlazaremos en el punto donde dejamos nuestra narración cronológica hace ya varios programas, la época de los almorávides.

Para narrar sus hazañas necesitaremos más de una entrega. 

El que pasó a la historia como Alfonso el Batallador nació en el año 1073 del segundo matrimonio del rey Sancho Ramírez con Felicia de Roucy, dama relacionada familiarmente con toda la nobleza franca desde los Pirineos a París.

Como segundón de la segunda rama, su acceso al trono era improbable. Su destino fue formarse en letras y en artes militares para convertirse en señor feudal.

Educado en un monasterio bajo la tutela de los agustinos, creció influenciado por la religión, el espíritu cruzado de los caballeros francos y el propio ambiente de cruzada que se respiraba en Aragón.

Esta educación marcó su vida con un solo propósito: la guerra contra el infiel para ampliar su reino sirviendo a la cristiandad en la lucha sin cuartel contra los almorávides. 

Su sueño, al igual que el de su predecesor, era liberar las tierras de sarracenos hasta llegar a la costa, preparando el viaje a Jerusalén por mar, para participar en las Cruzadas. 

Alfonso Sánchez, varón dotado de gran valor y animosidad, no estaba destinado a ser rey.

Por ironías del destino llegó a ser titular de tres reinos: los de Navarra y Aragón por natura; y el de Castilla por matrimonio.

Es más, llegó a tomar el título de emperador que ostentaba su suegro.

De haber tenido descendencia se habrían unido bajo la misma persona los reinos de Castilla, Aragón y Pamplona cuatro siglos antes de los Reyes católicos.

Alfonso fue quien sacó de una vez su reino de los Pirineos, configurando el Aragón histórico, culminando así la tarea de sus predecesores al conquistar la tierra llana regada por el Ebro que tanto necesitaban para desarrollar la agricultura.

En pocos años arrebató a los musulmanes más de veinticinco mil kilómetros cuadrados de terreno.

Para llegar al trono, tuvo que morir su hermano mayor, su hermanastro y su sobrino.

Tan alejado estaba de la línea sucesoria que a los treinta años no se había casado.

Se ha especulado mucho con su odio hacia las mujeres, incluso se le ha tildado de homosexual sin fundamento.

Seguramente por estas palabras que le dedicó un cronista árabe:

«Ningún rey cristiano tuvo más valor, ni más energía para combatir a los musulmanes. Dormía con su coraza puesta y sin colchón. Cuando una vez le preguntaron por qué no se acostaba con las hijas de los jefes musulmanes vencidos, respondió: un verdadero soldado debe vivir entre hombres, no con mujeres».

Monumento Alfonso I el Batallador. Cabezo de Buena Vista. Zaragoza.

Anécdotas aparte, experiencia para la corona no le faltaba. Su padre lo había involucrado en tareas militares y de gobierno desde la adolescencia.

Y su hermanastro contó con él en sus campañas bélicas, participando en la toma de Huesca y en la expedición de ayuda al Cid, donde aprendió a luchar contra los Almorávides.

Contactos internacionales tampoco le faltaban, al estar emparentado con la nobleza del otro lado de los Pirineos a través de la familia de su madre.

Todo esto hizo de Alfonso un gobernante y un caudillo militar experimentado desde el principio de su reinado. 

Su ascenso al trono supuso la continuación de las políticas expansionistas de sus predecesores.

En Aragón, cada monarca asumía lo hecho por el anterior y arrancaba desde allí marchando siempre a la cabeza; muriendo en el empeño si era necesario.

Y junto al rey marchaban la nobleza y el clero.

Los obispos aragoneses participaban en las campañas; bien con apoyo económico o directamente con su presencia encabezando una mesnada.

Dando sentido de cruzada a sus empresas militares, Alfonso contó también con la ayuda de numerosos nobles del otro lado de los Pirineos, la mayoría parientes o vasallos suyos.

Si unimos a todo esto la debilidad militar de los almorávides en el Valle del Ebro, muy alejados de sus bases en Córdoba, todo estaba a favor de Alfonso.

Y lo aprovechó, vaya si lo aprovecho, como veremos en la próxima entrega.

Programa 15.
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De Tudmir a Oriola XVI.

Por fin había llegado el momento de asestar el golpe decisivo.

Alfonso envió mensajeros a la tierra de los francos convocando a todas las naciones cristianas para ayudarle en su empresa.

Y las gentes de estos países, contestando a su llamada, se congregaron bajo su estandarte como enjambres de langostas y hormigas.

Pronto se encontró a la cabeza de innumerables fuerzas con las que acampó ante Zaragoza, que fue sometida tras largos meses de asedio en diciembre de 1118.  

Y en el decimoquinto día de las calendas de julio de 1120, el conde Guillermo de Potiers, el duque de los aquitanos y el rey de Aragón, lucharon con Ibrahim y otros cuatro reyes de las Españas en el campo de Cutanda.

Vencieron completamente, matando a 15.000 mahometanos y haciendo numerosos prisioneros. 

Se apoderaron de dos mil camellos, de otras bestias sin número y sometieron muchos castillos.

Alfonso el Batallador alcanzó el trono en plena ofensiva almorávide.

El destino le había entregado la corona para continuar la tarea de sus predecesores.

El siguiente objetivo era muy ambicioso: nada menos que Zaragoza, la Cesar Augusta con su muralla romana, la cabeza del valle del Ebro.

Después de Córdoba sólo Toledo podía rivalizar con la capital de la marca superior.

Sin dudarlo un segundo comenzó a conquistar importantes plazas y consolidó fortalezas para preparar la campaña.

Pero un contratiempo cambió radicalmente sus planes.

Muerto Yusuf, el emir de los Almorávides, su hijo Alí propinó un duro golpe a los castellanos, en 1108, derrotándolos en Uclés.

En aquella batalla Alfonso VI de León y Castilla perdió a su hijo Sancho, aún adolescente, su único heredero varón.

Había nacido de su relación con la mora Zaida. Ahora, su hija Urraca, viuda y con un hijo de tres años, era la heredera de su extenso reino.

Proclamada en Toledo poco antes de morir su padre, la obligó a casarse con el Batallador.

Sólo él tenía suficiente autoridad para evitar las disputas entre leoneses y castellanos.

Y capacidad militar para protegerlos de la amenaza almorávide.

El matrimonio tuvo lugar en 1109. Y aquella maldita y descomulgada boda que, como ya dijimos podría haber anticipado la unidad peninsular en varios siglos, tuvo el efecto contrario: provocó un conflicto en los territorios castellano leoneses que duró casi dos décadas.

De fuerte carácter, Alfonso quiso controlar los reinos de su esposa a su manera: en lo militar, en lo religioso y en lo diplomático; proclamándose emperador de Hispania.

Pero la nobleza, sobre todo la gallega, no estaba dispuesta a perder sus privilegios y se aferraron a los derechos del hijo de Urraca, Alfonso Raimúndez, todavía muy niño.

La rebelión estalló en Galicia y el Batallador derrotó fácilmente a los sublevados.

Poco a poco se fue extendiendo hasta convertirse en una auténtica guerra civil a la que  respondió con extrema dureza.

Alfonso no dudó en someter las ciudades levantiscas a hierro y fuego.

El avance de Aragón se detuvo. El Batallador, olvidando a los musulmanes, se dedicó a pelear encarnizadamente contra sus nuevos súbditos.

Alfonso I El Batallador. Francisco Pradilla Ortiz. / Urraca I de León. Carlos Múgica Pérez.

Su matrimonio fue tortuoso. Educado para la guerra, misógino y violento, mantuvo una relación muy difícil con Urraca, apodada «la temeraria».

La Historia Compostelana puso en boca de la primera reina de Castilla:

«Cuáles y cuántas deshonras, dolores y tormentos padecí mientras estuve con él.

El cruel, fantástico y tirano rey de Aragón, no solo me deshonraba continuamente con torpes palabras.

Muchas veces mi rostro fue manchado con sus sucias manos y fui golpeada con su pie».

Mientras tanto, Almustain, rey de Zaragoza, aprovechó los problemas internos del batallador para marcarse un tanto ante los almorávides, que le acusaban de traidor por sus alianzas con los cristianos.

En el 1110 encabezó personalmente una campaña para invadir el reino de Pamplona y consiguió rendir la plaza de Olite.

Pero a su regreso fue interceptado por tropas aragonesas y cayó muerto en Valtierra.

En la confusión que produjo su muerte, el rey Alfonso ocupó varias plazas. Este hecho determinó la intervención almorávide.

Zaragoza, ante la amenaza aragonesa, abrió las puertas a los africanos que entraron jaleados por buena parte de la población y tomaron el control de la taifa.

Abd el Malik, el hijo y heredero, huyó con sus fieles.

La marea almorávide amenazaba toda la línea del Ebro mientras los cristianos seguían perdiendo el tiempo en disputas internas.

Aquella guerra civil, repleta de traiciones y cambios de bando, se fue enquistando.

Los opositores a Alfonso se sacaron de la manga el argumento de la consanguinidad, a pesar de que el parentesco era muy remoto: ambos eran biznietos de Sancho el Mayor.

Pero triunfó. Sin descendientes el matrimonio fue declarado nulo.

En 1114 se produjo la separación canónica y el rey aragonés volvió a las tareas de conquista y repoblación sin ceder el control de extensas zonas de Castilla que le eran favorables.

Su objetivo volvía a ser Zaragoza. Pero ahora estaba en manos de los almorávides y no iba a ser empresa fácil.

El empuje necesario llegó gracias a un concilio celebrado en Toulouse que concedió beneficios de cruzada a cuantos acudiesen a conquistar la capital musulmana.

Como hemos contado al principio, un numeroso ejército se concentró para la campaña cerca de Zaragoza.

Aragón contaba en sus filas con gran número de caballeros cristianos del otro lado de los Pirineos, entre ellos Gastón de Bearne, viejo amigo de Alfonso que había destacado en la primera cruzada de Jerusalén por su experiencia en máquinas de asedio.

Gastón, afincado en Aragón, lideró a los caballeros francos aportando catapultas y torres móviles.

A finales de mayo los cruzados estaban a las puertas de la ciudad y comenzó el largo y prolongado asedio que duró hasta diciembre.

Una vez rendida, el batallador permitió a los moros instalarse en los arrabales y seguir cultivando sus tierras.

Luego desmanteló la región tomando las ciudades y fortalezas que estaban en poder de los almorávides.

La toma de Zaragoza supuso la sumisión de prácticamente todo su reino taifa.

Los almorávides habían subestimado a Alfonso.

Cuando llegaron las noticias a Marruecos, el emir Ali Ben Yusuf proclamó la Guerra Santa y encargó a su hermano Ibrahim que organizase un ejército capaz de detener a los cruzados.

Junto él se reunieron las tropas de Murcia, Granada, Valencia, Lérida; y miles de voluntarios al reclamo de la Yihad.

Enterado el Batallador, lejos de rehuir el combate, levantó el asedio que mantenía sobre Calatayud y salió a su encuentro acompañado por el conde de Poitiers, el duque de Aquitania y multitud de caballeros francos y normandos.

En los alrededores de Cutanda aguardaron la llegada del grueso de las fuerzas almorávides y cayeron sobre ellos, aniquilando el contingente musulmán.

No llegarían a quince mil, como escribió la crónica franca que he leído al principio, pero fue una carnicería con miles de muertos que dejó para la historia una expresión popular en Aragón: peor fue la de Cutanda.

Aprovechando la debacle musulmana, Alfonso entró en Calatayud y se apoderó de un sinfín de plazas.

Su siguiente objetivo era Lérida; pero una curiosa carta recibida, dio lugar a una increíble aventura que le hizo llegar hasta los muros de Uryula y amenazar nada menos que Granada.

Pero eso, lo contaremos en el próximo episodio.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 16.

Programa 16.
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Tud Or Cap. 13/14. Aragón.

De Tudmir a Oriola XIII

Dice una crónica del siglo XIII: «No pienso que galera, bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón.

Tampoco que pez alguno pueda surcar agua marina sin llevar en su cola el escudo con sus barras».

Esas legendarias barras son las que pueblan nuestras iglesias y monumentos como recuerdo de una época en la que fuimos el último baluarte de Aragón, un humilde condado habitado por pastores que consiguió liderar un reino.

Y con el natural empecinamiento de sus gentes, ese reino fue bajando hacia el sur como una flecha; cuya punta, tras desgajarse del reino de Murcia, fue nuestra ciudad: Oriola.

En los últimos episodios han ido apareciendo nuevos personajes: Pedro I, Alfonso el Batallador, los condes de Barcelona…. 

Quiero recordar que esta serie de programas son un homenaje al 750 aniversario de la llegada de Jaume I al reino de Murcia.

Y no podríamos entender al personaje y sus circunstancias sin conocer la historia de Aragón.

Hasta ahora habíamos centrado nuestro relato en el sureste peninsular; la vieja Cora de Tudmir y los territorios cercanos, Murcia, Denia, Jaén, Valencia.

Pero mientras Uryula pasaba de taifa en taifa, en el Pirineo nacía un reino emancipado del dominio pamplonés.  

Antes de terminar con los almorávides y pasar a los almohades, vamos a interrumpir la narración cronológica, para hacer una especie de flash-back, comentando muy de pasada como se formó la Corona de Aragón, de la que fuimos frontera y baluarte.

Volvemos pues a la decisiva batalla de Poitiers, donde comenzamos este relato hace ya doce programas.

Carlos Martel. Batalla de Poitiers. Año 732. Charles de Steuben.

En el año 732 la fulminante invasión musulmana fue detenida cerca de París por Carlos Martel, el caudillo militar abuelo de Carlomagno.

Tras aquella trascendental victoria los francos emplearon casi medio siglo en expulsar a los invasores al otro lado de los Pirineos.

Pero eso no impedía las frecuentes incursiones de saqueo.  

Para asegurar la frontera sur, los francos debían penetrar en la Hispania musulmana. Y dicen que la ocasión la pintan calva.

En el año 777 el gobernador musulmán de Zaragoza encabezó una embajada que se presentó ante Carlomagno con una tentadora oferta: la marca superior de Al-Andalus, en plena revuelta contra el primer Abderramán, se ponía bajo su obediencia a cambio de protección.

El rey de los francos no se lo pensó dos veces. La dimensión del ejército que movilizó demuestra que su objetivo era algo más que un simple apoyo a los sublevados, una conquista en toda regla.

Al llegar la primavera, acompañado de sus mejores caballeros y de miles de soldados, atravesó los Pirineos.

A su paso por Pamplona recibió la sumisión de los vascones. Desde allí, solo tenían que seguir la antigua vía romana que unía Pamplona con Zaragoza.  

Las mesnadas francas pensaban realizar una fácil campaña con ayuda de sus nuevos aliados. Pero en Zaragoza les cerraron las puertas y optaron por sitiar la ciudad.

Cuando el cerco se fue alargando Carlomagno, resignado y con asuntos pendientes en su reino, ordenó la retirada.

Ya de vuelta los francos asolaron cuanto encontraron a su paso y destruyeron las murallas de Pamplona.

En un desfiladero de Roncesvalles la retaguardia de su ejército fue atacada de forma sorpresiva por vascones emboscados en las montañas.  

Fue seguramente en represalia por los estragos que un ejército de esas dimensiones dejó a su paso.  

Algunos historiadores dicen que fue cosa de los moros; otros que de moros y vascones; y que no fue en Roncesvalles…  

Lo cierto es que en aquel combate murieron destacados nobles francos, el más famoso: el duque Roldán, lugarteniente y sobrino del rey.  

Esta derrota supuso un duro golpe para Carlomagno quedando para siempre en el recuerdo gracias al cantar de Roldan, el poema más importante de la épica medieval francesa.

Tras aquella dolorosa experiencia los francos cambiaron de estrategia.

Durante más de veinte años fueron avanzando palmo a palmo, siguiendo el litoral mediterráneo a través de las calzadas romanas; arrebatando pedazos de terreno a los musulmanes y organizándolos políticamente en condados, como el resto del imperio carolingio.

Estos núcleos quedaban a cargo de un conde o jefe militar nombrado y controlado por los francos.

Así se fueron formando: Gerona, Osona, Urgel, Pallars…

La última gran conquista hacia el sur fue Barcelona en el 801. 

Luego avanzaron hacia el oeste y así nacieron, Sobrarbe, Ribagorza y Aragón.

Para completar la marca o cordón defensivo solo les faltaba Pamplona. Pero los vascones eran duros de roer.

Los moros decían de ellos que eran masas desharrapadas e incivilizadas que atacaban en manadas, como bestias de carga.   

Sublevados constantemente, los vascones nunca llegaron a estar completamente sometidos.

El primer Abderramán logró conquistar Pamplona.

Hasta que en el 799 los vascones mataron al gobernador musulmán y se colocaron bajo la protección de Carlomagno.

Así, a comienzos del siglo IX, los francos controlaban toda la frontera al otro lado de los Pirineos.

Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y todos los futuros condados catalanes eran gobernados por condes francos o impuestos por los francos.

El primer conde de Aragón se cita indistintamente como Oriol o Aureolo, nombres, curiosamente muy parecidos a los de nuestra ciudad.

Aurariola para los godos. Oriola para los aragoneses.

En el 812 los francos sometieron a la levantisca Pamplona. Doce años después enviaron una nueva expedición con el mismo propósito.

Esa vez fueron derrotados por un conde llamado Iñigo Arista, que fue proclamado rey naciendo así el reino de Pamplona.

Tras esta derrota se desató una sublevación general contra los francos en los condados de la marca hispánica.  

A diferencia del resultado en los territorios del oeste, los condados catalanes fueron duramente reprimidos, sustituyendo a todos los condes autóctonos por caballeros puramente francos.

Aragón sí consiguió una relativa independencia, pero carecía de infraestructura para sobrevivir por sí solo y pronto pasó a la órbita de Pamplona, reino al que quedó anexionado definitivamente en el 929, gracias al matrimonio de Sancho I con la condesa de Aragón.

Tras el periodo de terror protagonizado por Almanzor llegó al trono Sancho III, apodado «el mayor».

Coincidiendo con la descomposición del califato el tercer Sancho se convirtió en el rey cristiano más poderoso de la toda la península, acuñando moneda con el título de Imperator.  

Pero de acuerdo con el derecho pamplonés, a su muerte dividió sus posesiones.

Dejó el reino de Pamplona a García, su hijo primogénito. El condado de Castilla a Fernando. Gonzalo recibió Sobrarbe y Ribagorza.

Por último Ramiro, hijo natural, recibió el condado de Aragón.

Cada hermano comenzó a actuar como régulo, es decir como hijo de rey.

Los dos reinos que se crearon a partir de esta herencia, Castilla y Aragón, con el paso de los siglos se unieron para conquistar medio mundo.  

Es muy posible que, de no haberse producido esta división, la historia de España habría cambiado completamente.

En el 1045 Gonzalo falleció asesinado y Ramiro se anexionó Sobrarbe y Ribagorza fundiendo los tres territorios en el nuevo reino de Aragón.

«De Tudmir a Oriola». Serie de programa emitidos por Radio Orihuela Ser. Guion, locución y efectos: Antonio José Mazón Albarracín. Presentación y montaje: Alfonso Herrero López. Programa 13.

Programa 13.
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De Tudmir a Oriola XIV.

Aquel moro al que llamaban Sádaba, vecino de la frontera, vestía al modo de los cristianos y hablaba muy bien su lengua.

Fue así como pudo infiltrase en sus ejércitos y acercarse a Ramiro, quien forrado de hierro de pies a cabeza y con la visera bajada, apenas dejaba ver sus ojos. 

Pero el traidor buscó la ocasión propicia y cuando estaba junto al rey, se arrojó contra él hincándole su lanza en un ojo.

Ramiro, hijo de Sancho, cayó de bruces a tierra y el asesino gritó en lengua romance: ¡el Rey ha muerto, el Rey ha muerto! 

Y las tropas de Aragón se dispersaron. 

Cuenta la tradición que así murió Ramiro, considerado el primer rey de Aragón.

Primogénito de Sancho el Mayor nació en fecha desconocida entre los años 1006 y 1013.

Hombre ambicioso quedó apartado de la sucesión a la corona por su condición de hijo natural.

En aquella polémica herencia que deshizo el reino de Pamplona tuvo que conformarse con el condado de Aragón, un conjunto de estrechos valles en el Pirineo, aislados y sin zonas de cultivo.

Desde el primer momento tuvo claro que solo tenía dos opciones: conquistar o ser conquistado.

Necesitaba expandirse hacia el sur, llegar a la tierra llana y fértil que dominaba la poderosa taifa de Zaragoza, pero la empresa no era sencilla.

Primero buscó esposa: y está fue Ermesinda, hija del conde franco Bernardo Roger, iniciando así la costumbre de establecer alianzas familiares entre el reino aragonés y los condados del otro lado de los Pirineos.

De este matrimonio nació su sucesor Sancho Ramírez en el 1043.

Ramiro nunca se tituló así mismo como rey, pero así fue considerado por sus vasallos, recibiendo la fidelidad de los nobles.

Tras estructurar y repoblar su territorio, reafirmó la figura del obispo de Aragón otorgándole un monasterio y cuantiosas riquezas que le hicieron ganar el favor de una iglesia que comenzó a titularlo como «cristianísimo rey Ramiro».

Una vez organizados sus dominios debía decidir a quien se enfrentaba para expandir su reino: a los moros o a su propio hermanastro.

Y escogió la segunda opción.

En el año 1043 Ramiro atacó a García, rey de Pamplona.

Para ello se alió con los musulmanes de Zaragoza y de Lérida.  

Aunque acabó completamente derrotado, perdiendo hasta el caballo en la batalla de Tafalla, en los pactos firmados con Pamplona obtuvo un conjunto de fortalezas fronterizas con Huesca.

Dos años después, muerto su hermanastro Gonzalo, se anexionó los condados de Sobrarbe y Ribagorza, apropiación permitida por su hermanastro García, quien prefería tenerlo como aliado en las luchas que sostenía con su otro hermano, convertido ahora en rey de León.

Esto necesita una pequeña explicación: García rey de Pamplona, había ayudado a su hermano Fernando, heredero de Castilla, en su lucha contra Bermudo de León, su cuñado.

Juntos derrotaron al monarca leones que murió en la batalla de Tamarón.

Años después, los hermanos se enfrentaron por el condado de Castilla; y el rey de Pamplona murió en la batalla de Atapuerca.  

Así, con las muertes de su cuñado y de su hermano, Fernando I de León y de Castilla, pasó a ser el monarca más poderoso de la península, sometiendo Zaragoza a su protectorado a cambio de generosas parias.  

Por su parte Ramiro, que había multiplicado el territorio de Aragón, frenó el empuje del Conde Ramón Berenguer de Barcelona con un doble matrimonio con el Condado de Urgell: el de su hija Sancha con el conde Ermengol III; y el de su primogénito Sancho con Isabel, la hija del citado conde.  

De este modo el Condado de Urgell y el Reino de Aragón establecieron una sólida alianza que permitió a Ramiro la toma de varias fortalezas musulmanas.

Envalentonado por sus éxitos planifico el asedio de Graus, un bastión situado en la confluencia de dos ríos.  

Para la defensa de esta importante plaza acudió el propio rey moro de Zaragoza al frente de un ejército reforzado por contingentes de tropas castellanas a las que pagaba por su defensa.

Formando parte de aquella mesnada, luchó un desconocido y adolescente caballero llamado Rodrigo Díaz de Vivar. 

Y en el año 1063 Ramiro murió en esta empresa, fruto de la traición que hemos narrado al comienzo de esta entrega.

La muerte del Ramiro paralizó temporalmente el avance de los aragoneses.

Su hijo y sucesor, Sancho Ramírez, apoyado por su suegro Ermengol III de Urgel, continuó con el proyecto emprendido por su padre.

Sancho era consciente de que el apoyo castellano obstaculizaba su expansión hacia el valle del Ebro.

Sin fuerzas para doblegar militarmente a Castilla tuvo una gran idea: acudió al Papa para que condenase la ayuda cristiana a los musulmanes.

En 1063 el pontífice Alejandro II llamó a los europeos a la que pasó a la Historia como primera cruzada, anterior a las de Oriente: la cruzada de Aragón.

Amparados en la bula y neutralizados los castellanos el ejército aragonés, reforzado por caballeros aquitanos, normandos, borgoñones y los catalanes del conde Ermengol, tomaron la inexpugnable fortaleza de Barbastro.

Aquellos cruzados solo la aguantaron un año, volviendo a poder de Zaragoza de la misma forma.

El rey de Zaragoza invocó la yihad o guerra Santa.

Mientras, el astuto Sancho abandonó Barbastro y, en el revuelo, se apropió de la fortaleza de Alquezar, plaza clave para posteriores conquistas.

Muerto Fernando I dos años después, comenzó la guerra de los tres Sanchos: Sancho I de Aragón y Sancho IV de Navarra se enfrentaron a Sancho II de Castilla.

En esta breve campaña que terminó sin claro vencedor estallaron todas las tensiones acumuladas en la complicada herencia de Sancho el mayor, abuelo paterno de los tres contendientes.

El rey de Aragón siguió cimentando su autoridad moral y política declarándose vasallo del Papa y soldado de San Pedro.

Viajó a Roma y a su regreso suprimió los ritos mozárabes, aplicando la reforma gregoriana y los usos romanos; asumiendo además un pago anual de 500 mancusos de oro al sumo pontífice.

Se casó dos veces y fue padre de tres reyes.

La primera con Isabel de Urgel que murió al dar a luz al infante Pedro.

La segunda con Felicia, biznieta del rey de Francia, de la que nacieron Fernando, Alfonso y Ramiro. Esta dama fue la encargada de modernizar el reino con los usos y costumbres europeas.

En el 1076 su primo Sancho Garcés, rey de Pamplona, fue asesinado y Sancho Ramírez accedió al trono navarro reducido ahora al antiguo condado.

Como rey de Aragón y Pamplona necesitaba una corte digna. Y escogió la ciudad más importante del condado de Aragón: Jaca.

Jaca sería su capital, bien comunicada con los Pirineos y en pleno camino de Santiago.

Para potenciarla estimuló la instalación de artesanos francos, aplicando exenciones fiscales para ellos y para los peregrinos que, pasando por Jaca y Pamplona, propiciaron el comercio en su reino.

Fortalecido política, económica y culturalmente, Sancho continuó sus conquistas, tomando las fortalezas de Graus y Monzón, que le abrieron el camino hacia Lérida y Tortosa.

En su avance hacia el Mediterráneo se topó de nuevo con el Cid. Enemigo hasta que la amenaza almorávide y su destierro de Castilla unió a estos antiguos adversarios.

Con su nuevo aliado, Sancho llegó hasta la actual provincia de Tarragona.

El objetivo siguiente fue Huesca, con tres lienzos de muralla y más de ochenta torres.

Haciendo honor a su padre murió durante el asedio, en junio del 1094, a la cabeza de sus tropas.

Sancho Ramírez revisaba la muralla de Huesca calculando por donde podía penetrarla cuando vio flaco un lugar en el muro. Y subido en su caballo señaló con el índice de la mano diestra diciendo: por aquí se puede entrar.

La manga de su loriga se abrió lo justo para que un moro ballestero, que estaba muy atento a sus movimientos, le hiriese en el costado con una saeta.

Sancho no dijo nada. Se fue a por la hueste e hizo jurar a su hijo Pedro por rey.

Una vez jurado le hizo prometer que no levantaría el sitio hasta que no tuviese Huesca en su mano.

Animando a sus desoladas tropas se hizo sacar la saeta y allí mismo murió. 

De su hijo, Pedro I, hablaremos en la próxima entrega.

Programa 14.
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Tud Or Cap. 11/12. Almorávides Cid.

De Tudmir a Oriola XI.

El Emir de los Creyentes concentró sus tropas en Ceuta; y desde allí las fue embarcando hacia Algeciras, la base naval de los almorávides en Al-Andalus.

Se cumplió la profecía del rey poeta sevillano; sus días terminaron sirviendo a los almorávides en una remota aldea del desierto.  

Peor fue el destino de su hijo; con su cabeza ensartada en una pica para escarnio del pueblo.  

Este tercer desembarco, marcó la hora final de las taifas andalusíes. Granada, Málaga, Sevilla, Jaén…

Una por una fueron cayendo bajo el huracán almorávide.

Conquistada Mursya las ciudades de la Taifa de Denia, comenzando por Uryula, fueron casi un paseo triunfal.

Solo un hombre pudo contener temporalmente la avalancha que ascendía por Levante; y este fue Rodrigo Díaz de Vivar, el príncipe de Valencia.

Entre el fracaso de Aledo y la llegada definitiva de los almorávides, las taifas volvieron a someterse a las parias de Alfonso VI, quien traicionado en Sagrajas, las exprimió a fondo con su ejército, amenazando las fronteras.

La de Sevilla sufrió un castigo especial; las tropas castellanas asolaron y saquearon sus tierras como venganza y advertencia.

Ya dijimos en la última entrega que, tras la destitución del sublevado Ben Rasiq, Mursya quedó sometida a Sevilla; pero Uryula pasó a Denia.

Denia y Tortosa estaban en poder de Lérida, tributaria del Conde de Barcelona. Así pues, cuando el Cid saqueó sus territorios, el emir de Lérida llamó a todos los reinos vecinos contra el Campeador, pero solo acudió el Conde de Barcelona Berenguer Ramón II.  

Los desencuentros entre el Cid y Berenguer, «el fratricida», venían de lejos. En su primer destierro Rodrigo se ofreció al catalán y este rechazó sus servicios; craso error.

Contratado por Al Mutadir de Zaragoza, el Campeador ya había derrotado al catalán, aliado de Lérida en la lucha entre hermanos por la herencia paterna.

Cumpliendo su compromiso, obligado por las parias, el conde de Barcelona se enfrentó de nuevo al Cid en la batalla de Tevar; y Rodrigo lo volvió a derrotar; pero esta vez, cobró un fabuloso rescate por el fratricida y sus caballeros, a los que había tomado prisioneros.

Las condiciones de la liberación incluyeron el traspaso de las parias de Denia, por lo que Uryula pasó a ser tributaria del Cid.

Poco a poco Rodrigo fue montando un extenso protectorado.

El flujo constante de oro lo empleó en mantener un poderoso ejército que ya no servía al rey Alfonso. Sus mesnadas cobraban del Cid, y solo obedecían al Cid.

En su segundo destierro el Campeador no solo rompió con Castilla; a partir de entonces utilizaría su poderío militar en beneficio propio, consolidando su domino desde Tortosa a Uryula.

En el año 1090 los almorávides regresaron. Y como prueba de fuerza, Yusuf dirigió su primer ataque a Toledo.

Los emires taifas, sabedores sus intenciones, no solo no le apoyaron esta vez, sino que corrieron a los brazos de Alfonso.

El rey castellano, reforzado por Aragón y Pamplona, rechazó el asedio demostrando de nuevo la poca destreza almorávide en la técnica de sitiar ciudades.

Yusuf no tenía intención de enfrentarse a los reinos cristianos. Abandonó Toledo y organizó su ejército para someter a todas las taifas.

Las primeras en caer fueron Granada y Málaga, cuyos emires eran dos hermanos enfrentados, que acabaron presos, humillados y deportados a África.

Los señores andalusíes se arrepintieron de haber llamado a aquellos hombres del desierto. El anciano Yusuf, hombre austero y muy religioso, cayó sobre los corruptos emires con el peso de la ley coránica.

Los almorávides encarnaban la pureza de la fe y contaban con una fatua dictada por los alfaquíes, doctores del Islam y sus mejores aliados haciendo propaganda desde las mezquitas.

Los andalusíes quedaron divididos entre los partidarios de sus emires y los de los almorávides, facilitando así la toma de las ciudades.

Contra la voluntad de sus señores, miles de voluntarios se unieron a Yusuf, que declaró la guerra sin cuartel contra Sevilla, la taifa más poderosa del Sur.

La llegada de los almorávides representó una inyección de fuerza militar y ortodoxia religiosa.

Su doctrina limitaba el número de mujeres, prohibía el vino, la música… pero también reducía notablemente los impuestos.

En el régimen de parias, el pueblo cargaba con los costosos pagos a los cristianos.

Los almorávides prometieron implantar solo el impuesto islámico, una limosna obligatoria, parecida al diezmo que pagaban los cristianos a sus iglesias.

A principios de 1091 Al-Mutamid tuvo conciencia de lo que le esperaba y pidió socorro urgente a Alfonso.

A su hijo, emir de Córdoba, le encomendó la difícil tarea de aguantar como fuese hasta la llegada de los castellanos. 

Al Mamún, que así se llamaba, envió a su familia con buena parte del tesoro al castillo de Almodóvar, lejos del peligro. Él quedó al mando de sus tropas, y cuando la ciudad fue tomada al asalto, murió decapitado. 

Alfonso había enviado un ejército en socorro de Sevilla, pero la columna fue interceptada y derrotada en Almodóvar.

Recogieron a la princesa cordobesa y se la llevaron a Castilla, donde Alfonso quedó prendado de su belleza. La mora Zaida (como paso a la historia) le dio al Rey lo que más deseaba: un hijo varón, el infante Sancho Ramírez. 

Tras Córdoba cayó Sevilla; y Al-Mutamid, el poderoso y refinado rey poeta, fue depuesto, humillado, y desterrado muy cerca de Marrakech, donde se encontró con Abdalá de Granada. Ambos murieron en la miseria.

Después cayeron Jaén y Almería; y, en el verano de 1091, las huestes almorávides al mando del hijo de Yusuf tomaron medina Mursya tras dos meses de asedio.

La Taifa de Denia, indefendible ante la ola africana fue abandonada a su suerte y desde Mursya, el príncipe almorávide se apoderó de Uryula y sus restantes plazas hasta llegar a la capital.

Uryula y su demarcación, tras el paso del Cid y de los almorávides, quedó arrasada y su conquista fue seguida de una ola de intolerancia religiosa que provocó la huida masiva de mozárabes hacia Castilla y Aragón.

Perdida Denia, el Cid fortifico la zona montañosa que separa las actuales provincias de Alicante y Valencia.

Y consiguió el apoyo del rey de Aragón.

El enfrentamiento entre Rodrigo y Alfonso era inevitable; y llegó en el 1092.

El rey de Castilla había movilizado una poderosa alianza para hacerse con Valencia: contaba con el rey de Aragón, con el conde de Barcelona y con las flotas de Pisa y de Génova.

Rotas sus relaciones, no avisó al Campeador, que seguía cobrando de la taifa valenciana por su protección.

Sus aliados, temiendo el enfrentamiento con el Cid, no se presentaron; fracasando la campaña organizada por Alfonso que, a pesar de todo, intentó sin éxito cobrar las parias de Valencia.

Rodrigo, que se encontraba en Zaragoza, respondió a Alfonso atacándole en La Rioja.

El rey claudicó en su empeño de someterlo y le ofreció la posibilidad de volver a Castilla; un nuevo perdón que Rodrigo rechazó; pero entre ellos quedó un pacto no escrito por el que el rey aceptaba a su antiguo servidor como aliado independiente.

Mientras tanto, los partidarios de los almorávides dirigidos por el Cadí, habían detenido y ejecutado al títere emir de Valencia, poniendo la ciudad a disposición de los invasores.

Y el Cid la sitió por primera vez.  

Ya no se conformaba con someter Levante a su régimen de parias. Por su cabeza empezaba a dar vueltas la idea de crear su propio reino, un principado que pudiese heredar su hijo Diego.

Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

Programa 11.
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De Tudmir a Oriola XI.

¿Quién era ese maldito Cid que por dos veces había expulsado a sus hombres de Valencia?

No era un rey, ni siquiera un conde, tan solo un mercenario que ponía en juego el prestigio del emir de los almorávides.

Yusuf envió un poderoso ejército al mando de su sobrino que acampó a cuatro millas de Valencia, cerca de Quart.

En clara inferioridad numérica, Rodrigo puso en marcha su genio militar. Propagó el rumor de que las tropas de Castilla y Aragón acudían en su ayuda.

Y una noche la mitad de sus tropas abandonaron furtivamente la ciudad; y dando un largo rodeo se situaron en la retaguardia de los sitiadores.

Por la mañana se abrieron las puertas y las tropas restantes mandadas por Rodrigo, salieron en una carga suicida.

Pero a medio camino dieron la vuelta simulando la huída; estrategia aprendida de los propios moros que llamaban «tornafluye».

Los almorávides corrieron tras ellos y los emboscados cayeron sobre el campamento desguarecido incendiándolo con gran estrépito.

Los sitiadores pensaron que habían llegado los refuerzos castellanos y huyeron en desbandada perseguidos por las mesnadas del Cid, que en aquella memorable jornada consiguió un fabuloso botín con armas y caballos.

En la batalla de Quart, el Cid entró definitivamente en la leyenda.  

Ya dijimos que mientras Rodrigo andaba por Zaragoza, el cadí de Valencia había liderado a los partidarios de los invasores africanos en una rebelión.

Pidió ayuda a los almorávides y abrió las puertas a un destacamento con el que asaltaron el alcázar y asesinaron al emir Al Qadir, aliado de Castilla y tributario del Cid, poniendo la ciudad bajo la obediencia de Yusuf.

Pero el Campeador regresó y arrasó todas las aldeas y huertas cercanas. En el verano de 1093 comenzó el primer asedio de Valencia.

No tenía intención de ocuparla; así que les propuso asumir esa especie de república islámica liderada por el Cadí y quedarse fuera. Siempre que le pagasen sus parias y los almorávides abandonasen la ciudad.  

Tras dos meses de asedio y devastación, las condiciones fueron aceptadas: levantó el sitio y sus tropas escoltaron a los almorávides hasta zona segura.

Yusuf no podía tolerar esta humillación y rápidamente envió desde Mursya un ejército para recuperar la ciudad.

Los valencianos, confiando en la pronta llegada de los almorávides, rompieron el pacto y se negaron a pagar.

El Cid preparó cuidadosamente el terreno a su favor y consiguió repeler el ataque; entonces comenzó el verdadero, cruel y largo asedio en el que los valencianos llegaron a comer cadáveres.

En junio de 1094 el Cid entró con sus tropas en Valencia. Se instaló en el alcázar y puso allí su bandera. Ahora sí tenía unas murallas donde refugiarse y montar su propio reino.

Expulsó a los partidarios de los almorávides, detuvo al Cadí y lo ejecutó por el asesinato de Al Qadir.

Se intituló como príncipe de Valencia y se puso bajo la autoridad de Roma, que nombró un obispo para el nuevo principado cristiano.

Pronto regresaron los almorávides con más efectivos; pero fueron derrotados en la batalla de Quart, la que he narrado al principio.

Y aún los derrotó una vez más con ayuda de Pedro I de Aragón. Esta vez, los invasores habían llegado por mar.

Esta fue su última hazaña. La muerte de su hijo Diego, aun adolescente, en la batalla de Consuegra, apoyando a Alfonso VI, acabó con su única esperanza de formar una dinastía.

Sin heredero, casó a sus hijas Cristina y María con el infante de Pamplona y con el Conde de Barcelona. 

Agotado cayó en cama y murió en el verano del 1099 con solo cincuenta años.

Poco pudo aguantar Valencia bajo el gobierno de su esposa Jimena. Tres años después, Alfonso VI acudió a socorrerla.

Sin tropas suficientes para enfrentarse a los almorávides optó por abandonar la plaza, no sin antes incendiarla.

En el 1102 Valencia era ya solo otra provincia más del imperio africano.

Rodrigo Díaz de Vivar, embalsamado y escoltado por sus hombres viajó hasta Burgos donde fue enterrado de nuevo, dando paso al héroe legendario de «el cantar de mio Cid».  

«La despedida». Dibujo de Augusto Ferrer-Dalmau para la portada de la novela «Sidi».

Yusuf murió en el año 1106 y su hijo Alí heredó un inmenso imperio que abarcaba el norte de África y casi toda la Hispania musulmana.

Sometida Valencia, el anciano emir de los creyentes había preferido respetar la taifa de Zaragoza, un territorio que servía de colchón entre los dominios almorávides y los reinos cristianos.  

Pero el implacable avance del rey de Aragón y la muerte del emir de Zaragoza en la batalla de Valtierra, provocó su rápida intervención.

Con ayuda de los partidarios internos, tomaron fácilmente la última taifa hispana en mayo del 1110.  Así, el Imperio almorávide consiguió su máxima expansión territorial en la península.

Con el apogeo militar y político empezó la decadencia.

Durante el reinado del anciano Yusuf, las obras emprendidas acusaron la austeridad y falta de ornamentación impuestas por su fervor religioso.

Pero ese rigor fue decayendo con su hijo Alí, quién deslumbrado por el refinamiento andalusí, costeó algunas obras repletas de elementos decorativos.

En Orihuela han aparecido restos almorávides en la calle mayor, en Santa Lucía y en el Barrio nuevo. Viviendas excavadas que siguen el esquema andalusí en torno a un patio central, con cocina y letrinas en la planta baja.

Muros en su mayoría de tapial de tierra, y algunos de adobe. Pavimentos de tierra compactada y decoración a base de estructuras de yeso conocidas como atauriques.

Los rudos almorávides, acostumbrados a la vida del desierto, se ablandaron pronto en Al Ándalus; tierras ricas y fértiles donde la poesía y los placeres habían sustituido a la guerra permanente.

Esta relajada situación de los hispanos y su promesa de quitarles los impuestos habían facilitado su conquista; pero fue también la causa de su perdición.

Idealización con Inteligencia Artificial de la construcción del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia

La legendaria cabalgada de Alfonso I el Batallador, que pasando por Uryula llegó hasta las puertas de Granada, aconsejó reforzar sus murallas y las defensas de otras muchas localidades peninsulares.

En Orihuela les debemos los tres emblemáticos torreones orientados a mediodía; puramente almorávides, fabricados en el primer cuarto del siglo XII.  

Idealización con Inteligencia Artificial del castillo de Orihuela. Pepe Sarabia

Estas obras se extendieron a lo largo de todo su imperio, por lo que Alí Ben Yusuf se vio obligado a implantar un impuesto específico. Otro más.

¿Dónde había quedado aquella promesa de suprimir los impuestos a los musulmanes? 

El sistema almorávide se había basado en exprimir a los cristianos mozárabes y mantener el ejército a base de botines de guerra.

Pero las conquistas acabaron en Zaragoza y los mozárabes, arruinados y perseguidos, huyeron al norte o fueron deportados a África, dejando los campos sin brazos con el consiguiente hundimiento de la economía.

Los gobernadores tuvieron que establecer nuevos tributos; los alfaquíes, que los habían eliminado por considerarlos ilícitos, necesitaban también financiarse… 

El descontentó creció día a día y los conquistadores africanos comenzaron a ser vistos por la población hispana como insufribles dominadores; parásitos que no solo limitaban su libertad, sino que les acosaban con más y más impuestos…

Y así llegaron las revueltas. En 1121, por primera vez en Al-Ándalus, Córdoba se sublevó contra la administración almorávide. 

Alí tuvo noticia de lo ocurrido y cruzó el estrecho para sofocar la rebelión. Los cordobeses le explicaron su justa indignación y acabó por perdonarlos.

Pero esta revuelta solo fue el primer chispazo de un fuego que estaba prendiendo en toda la península.

Simultáneamente, una nueva corriente religiosa aún más radical, se extendía por el norte de África: se llamaban a sí mismos los «Almuwaidum», los que reconocen la unidad de Alá.

En Hispania fueron conocidos como los Almohades, de los que hablaremos muy pronto…

Programa 12.
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Enlace al siguiente capítulo.

Tud Or Cap. 9/10. Almorávides.

De Tudmir a Oriola IX.

Salió el rey Alfonso con su ejército matando y cautivando; devastando todo cuanto encontró a su paso.

Acampó cerca de Sevilla, asoló su región y la deshizo.

Dirigiose después a la playa de Tarifa, y allí las olas del mar batieron las patas de su caballo en el final de Al-Ándalus.

Era sólo un aviso. Tres años después conquistó Toledo.

Las demás taifas, aterrorizadas, buscaron el auxilio de Yusuf, el emir de los creyentes. 

Y sus tropas cruzaron el mar.

El velo fue el adorno con que Alá distinguió a los Almorávides.

Su armadura: una túnica de lana. Sus armas: escudos de piel, arcos, lanzas y espadas ligeras.

Tras ellos atronadores tambores de guerra golpeados por negros senegaleses. 

Los cristianos no habían visto nunca ejército tan temible en el campo de batalla.

En esta entrega he ampliado el foco para intentar explicar lo que significó la revolución Almorávide.

Cuando Al Mamún, emir de Toledo, acogió al desterrado príncipe Alfonso en 1072 su taifa era muy poderosa.

Había arrebatado a su yerno la de Balansya (Valencia) y seguía protegido pagando las parias al reino de León.

Alfonso había perdido el trono a manos de su hermano. Y trabó gran amistad con su anfitrión toledano.

Muerto Sancho II en circunstancias dudosas, Alfonso alcanzó la corona de Castilla y la de León.

El Cantar del Mio Cid cuenta que tuvo que jurar su inocencia antes de ceñírsela; pero no hay evidencia documental que verifique este hecho.

Alfonso VI ayudó al toledano a tomar la taifa cordobesa y fue su aliado hasta que murió envenenado precisamente allí, en Córdoba, en el año 1075.

El nieto y heredero del toledano, llamado Al Qádir, se consideró lo suficientemente fuerte para prescindir de la protección de Alfonso y dejó de pagar las parias.

Pero sin el apoyo de las tropas castellanas perdió Córdoba. Valencia se declaró independiente y las tropas de Badajoz entraron en Toledo en el 1080.

Refugiado en Cuenca, Al Qádir se  vio forzado a pedir nuevamente la ayuda del castellano.

Éste aprovechó la ocasión y puso cercó a Toledo mientras hostigaba a las taifas de Sevilla, Zaragoza y Valencia.

Por fin, en mayo de 1085, tras cuatro años de asedio, Toledo se rindió y Alfonso VI hizo su entrada triunfal.

Al títere de Al Qádir le dejó la taifa de Valencia.

Aquello fue un salto importante en la cruzada del sur. Una hazaña que resonó en toda Europa y también en África.

Toledo era un símbolo, la antigua capital de los godos. Su conquista fue la demostración de que pagando o sin pagar, Alfonso iba a por todas.

Sólo el imperio Almorávide estaba en condiciones de plantarle cara. Pero los reyezuelos taifas sabían que sus corruptas coronas caerían bajo el dominio de los hombres del velo.

Cuentan que Al Mutamid, el famoso rey poeta sevillano, dijo: prefiero pastorear los camellos de los almorávides que guardar los cerdos de los cristianos.

Su voluntad se cumplió: los almorávides pasaron el estrecho cambiando completamente el tablero de juego en Al-Ándalus.

¿Quiénes eran estos Almorávides?

Los almorávides nacieron como un movimiento integrista de regeneración islámica. Todo empezó en la zona sur del Sahara.

En el siglo XI el Magreb era un mosaico de pequeños reinos. El Islam se había extendido entre las tribus beréberes que luchaban por controlar el comercio a través del desierto.

El jeque de una  tribu situada entre las actuales Mauritania y Mali, en su obligada peregrinación a la Meca, descubrió que el Islam que practicaba su pueblo no era el verdadero.

Yaya, que así se llamaba, buscó un buen alfaquí que adoctrinase a su pueblo. Y encontró a Abdalá Ben Jasim, un fundamentalista Malikí.

Aquellos hombres del desierto tomaron con recelo la rigurosa doctrina islámica y muy pocos abrazaron sus enseñanzas. Ben Jassim y un grupo de unos sesenta discípulos se encerraron en una ribat.

De ahí viene el término Almorávide, Al-Murábitun; el que vive en la ribat, una especie de monjes guerreros al estilo de las órdenes militares cristianas que se encerraban en conventos fortificados como el que mencionamos en Guardamar. 

Sus contemporáneos los llamaron también «al mulatimun», que quiere decir los velados, pues cubrían su rostro con un velo por debajo de los ojos, costumbre muy práctica para la arena del desierto que podemos ver aún en los famosos tuareg.

Para los Almorávides, más que una protección, el velo se convirtió en una especie de uniforme que los distinguía en cualquier parte. 

Aquel maestro religioso jugó un papel muy importante en la formación del imperio Almorávide creando una sociedad basada en un estilo de vida sencillo, con estrictas normas religiosas, al que se fueron uniendo numerosos adeptos hasta superar el millar de monjes soldados.

Desde allí sometieron o se fueron aliando con diferentes tribus beréberes con dos objetivos claros: difundir el verdadero Islam y hacerse con el control de las rutas comerciales a través del Sahara.  

Las tribus no islamizadas fueron conquistadas en nombre de la Yihad o guerra santa.

Así, a mediados del siglo XI dominaban el desierto y siguieron ampliando su territorio hacia el norte, hasta cruzar el Atlas.

Aunque la cabeza visible en lo político y militar era el jeque, el propio Ben Jasimm encabezó aquel ejército de fanáticos hasta que, muerto en combate, el estado islámico que había creado se convirtió en un Emirato liderado por Abu Bakr, su general más destacado.

En torno al 1070 Abu Bark fundó una base militar en un llano con abundantes pastos llamado Marrakus.

Allí recibió noticia de unas revueltas que amenazaban a su tribu. Inmediatamente partió hacia el desierto dejando el mando en manos de su primo y lugarteniente Yusuf Ben Tasfin.

Yusuf construyó allí una verdadera ciudad amurallada a la que llamó Marrakés, la futura capital del imperio almorávide.

Consiguió caballos, esclavos y varios miles de negros senegaleses. Cuando regresó su primo dos años después, supo que nunca podría arrebatarle el poder.

Rendido ante la evidencia cedió el trono a Yusuf y volvió al desierto, dejando buena parte de sus tropas que se unieron al nuevo emir.

Yusuf agradecido lo colmó de dinero y regalos.  

Aquel hombre, austero y profundamente religioso, nunca aceptó el título de Califa, por eso le llamaron Emir de los Creyentes «Amir al Muminín», apelativo que pasó al castellano como «Miramamolín».

Yusuf era un ejemplo para sus hombres: maduro, flaco, vestido con pieles de oveja. Se alimentaba de leche y dátiles como los fundadores del Islam.

A sus tropas se fueron uniendo miles de voluntarios formando un poderoso ejército que luchaba con tácticas revolucionarias: caballería ligera, arqueros a caballo, infantes con largas lanzas y jabalinas….

A todo ello añadió fuertes contingentes de negros subsaharianos, provistos de tambores de piel de hipopótamo cuyo sonido aterrorizaba al enemigo y marcaba las maniobras de las diferentes unidades en el campo de batalla.

En pocos años conquistó Fez, Orán, Argel y por fin Ceuta, controlando así el Estrecho de Gibraltar.

Al otro lado, aquellos reyezuelos acosados por los cristianos reclamaba su ayuda.

Y Yusuf acudió en el 1086 haciendo sonar en Al-Ándalus sus temibles tambores de guerra …

Programa 9.
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De Tudmir a Oriola X.

En el 1086, los almorávides desembarcaron en Algeciras y avanzaron hacia el norte.

A su ejército se fueron incorporando las huestes de todas las taifas andalusíes.

Alfonso VI, apoyado por el rey de Aragón, salió a su encuentro y Yusuf le ofreció tres opciones: convertirse al Islam, pagar tributos o luchar.

Alfonso escogió el combate.

La legendaria batalla tuvo lugar en un paraje cercano a Badajoz, llamado Sagrajas por los cristianos y Zalaca por los musulmanes. Alfonso atacó al amanecer.

Yusuf había dividido su ejército en tres grupos: el primero, formado por tropas andalusíes, recibió la impresionante carga cristiana sufriendo muchas bajas.

El segundo, dirigido por el propio emir almorávide, envolvió a los castellanos. Y cuando ya estaban agotados, un último contingente de cuatro mil guerreros subsaharianos los destrozó.

Sagrajas fue una jornada gloriosa para el Islam, una victoria como no se recordaba en Al-Ándalus desde los tiempos de Almanzor.

La derrota de Alfonso fue total. Él mismo escapó de milagro con una lanzada en la pierna.

Los almorávides no hicieron prisioneros. Yusuf mandó decapitar a muertos y a heridos. Y sobre los montículos formados con sus cabezas los almuédanos llamaron a la oración.

Luego los macabros trofeos fueron repartidos por todas las ciudades como prueba de su victoria.

En su primera visita los almorávides pasaron como un huracán. Y de la misma forma se retiraron desaprovechando la ocasión de llegar a Toledo.

Parece ser que la muerte de su primogénito y los daños sufridos en su ejército, aconsejaron regresar a África.

Pero Yusuf era ya el nuevo líder de Al-Ándalus, el príncipe de los creyentes, la esperanza para el pueblo andalusí.

Alfonso aprovechó el respiro para asegurar sus posiciones, buscar la ayuda de otros reyes cristianos y la de Rodrigo Díaz de Vivar, que andaba haciendo su propia guerra en tierras valencianas.

Casi dos años tardaron los almorávides en regresar de nuevo a la península. Y esta vez su objetivo estaba en la cora de Mursya.

Como ya contamos, muerto el amigo y mentor del emir sevillano, el oportunista gobernador Ben Rasiq se había autoproclamado señor independiente de Mursya. 

El rey poeta Almutamid recuperó Lorca y la comarca de la Vera, pero no pudo hacerse con la fértil Vega del Segura.

Aprovechando las disputas, una hueste castellana se había apropiado del castillo de Aledo, una inexpugnable fortaleza construida en un cerro escarpado, entre Lorca y Mursya, en mismo corazón de la cora.

Desde allí se dedicaron a hostigar y saquear Uryula, Mursya, Lorca, Cartagena, Almería…

Esta plaza fuerte les daba el control de la ruta que comunicaba el Levante con Andalucía a través del valle del Guadalentín. 

Las crónicas, como siempre exageradas, calculan una mesnada de mil caballeros y doce mil infantes acuartelados en el castillo de Aledo, campando a sus anchas por todos los territorios cercanos.

Amenazado por el sevillano que ansiaba colocar a su hijo en Mursya y acosado por las mesnadas cristianas, el astuto Ben Rasiq encontró una solución.

Pagando parias a los castellanos y abasteciéndolos de víveres, consiguió que dejasen de hostigar sus dominios, centrando sus tropelías en Lorca y Almería, tierras de Almutamid que, entretenido con los ataques cristianos, dejaría de amenazar su cora.

Almutamid no quedó de brazos cruzados. Atravesó personalmente el estrecho para entrevistarse con Yusuf.  

Allí le hizo ver la importancia de Aledo, una fortaleza en pleno corazón del territorio musulmán. Y consiguió convencerle para que volviese a la península con su ejército.  

A su regreso escribió a todas las ciudades de Al Ándalus para que preparasen tropas y fabricasen flechas, jabalinas y todos los pertrechos necesarios para la campaña.

Yusuf desembarco de nuevo en Algeciras, dirigiéndose hacía Aledo.

A las huestes almorávides se unieron las mesnadas de Sevilla, Granada, Almería, Málaga y de manera forzosa las de Mursya, entre las que figuraba mucha gente de Uryula.

Ben Rasiq no tuvo más remedio que ponerse bajo la autoridad de Yusuf, cortando los suministros a los castellanos.

La primera intención fue tomar el castillo al asalto utilizando máquinas de guerra construidas por los carpinteros, herreros y albañiles de la propia cora de Mursya.

Pero fue imposible. Por más que lo intentaron no lograron traspasar las murallas.

Fracasado el ataque optaron por el asedio, rodeando Aledo con fosos, torres, empalizadas y un campamento estable.

Pero la convivencia entre las diferentes huestes duró muy poco.  Todas las taifas andaban enfrentadas por problemas fronterizos.

Sevilla con Almería y Mursya; Málaga con Granada…

Aquellos reyezuelos reclamaban sus derechos ante el Emir de los Creyentes que, en el fondo, los despreciaba. 

Almutamid de Sevilla convenció a Yusuf de que el señor de Mursya era un traidor que pagaba a los cristianos y los abastecía.

Ben Rasiq fue detenido y cargado de cadenas, imponiendo a sus súbditos la autoridad del sevillano.

Inmediatamente las mesnadas de Uryula, Mursya, Elche, Alicante y Hellín, todas las que aportaba el detenido, abandonaron el sitio destruyendo las máquinas de asedio que había construido y llevándose a los obreros, panaderos y comerciantes locales que mantenían a los sitiadores.

Pronto empezaron a sufrir la falta de víveres.

Al mismo tiempo llegaron noticias del rey Alfonso, que se dirigía a la zona con tropas de socorro.

La codicia de los emires taifas había hecho de la campaña un fracaso estrepitoso y Yusuf no se fiaba de enfrentarse a Alfonso con aquellas tropas que peleaban entre sí.

Furioso y decepcionado optó por volver a África decidido a aniquilar a aquel grupo de corruptos codiciosos.

La próxima vez que cruzase el estrecho sería para exterminarlos, agregando al-Andalus a su vasto imperio.

Alfonso llegó, recogió a los supervivientes y, sin posibilidad de mantener aquella lejana fortaleza, la incendió y se marchó rápidamente.

El fracaso del sitio de Aledo fue una inyección de moral para los cristianos y provocó algo más: el segundo destierro del Cid.

Alfonso VI lo necesitaba para controlar el Este y había perdonado su primer destierro. En la campaña de Aledo quiso contar con su experiencia y con sus tropas. 

El campeador andaba por Requena cuando recibió la orden de unirse a su rey en Villena. Pero llegó muy tarde a la cita.

Aunque cabalgó hasta Uryula y Mursya no se encontró con las tropas castellanas. Plantó su campamento en Elche y allí pasó la Navidad del año 1089.

Nunca se sabrá que pasó. Quizá fue verdad que no llegó a tiempo; quizá no estaba dispuesto a perder sus efectivos, tropas que tanto necesitaba en su campaña valenciana… 

Lo cierto es que alentado por los muchos enemigos que tenía en la corte, el rey desterró a Rodrigo por segunda vez.

Entre el suceso de Aledo y la conquista almorávide, Mursya permaneció en manos de Almutamid.  

Pero los de Uryula, detenido su señor Ben Rasiq, se negaron a someterse al sevillano y se incorporaron de nuevo a Denia, cuyo soberano era entonces el emir de Lérida, el mayor enemigo del Campeador.

Desterrado de nuevo y falto de dinero para pagar a su mesnada, Rodrigo asoló las tierras comprendidas entre Uryula y Játiva, sin dejar «piedra inhiesta, ni señal de puebla ninguna».

Cargado de botín regresó a tierras valencianas dejando un reguero de muerte, miseria y desolación.

Este viaje dio lugar a lo que hoy conocemos como el camino del Cid en nuestra provincia.

Programa 10.
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