Justo García Soriano 3. (1901). Madrid

«Por entonces me gradué de bachiller en Alicante, y con no pocos afanes pude volar a Madrid a continuar mis estudios. No voy a seguir paso a paso, ni a mencionar siquiera mis estrecheces estudiantiles y mis andanzas literarias en la Corte. Sólo diré que, en medio de aquella vorágine, donde naufragan tantas ilusiones y tantos buenos propósitos, si perdí pronto mis sueños románticos de gloria, puse en cambio a prueba mi voluntad y el temple de mi alma: fui un “denodado y silencioso luchador”, como me llamó en cierto artículo mi amigo Antón del Olmet»...

Justo García Soriano. «Noticia crítica y autobiográfica».

AMO Legado JGS. 

Esta entrega es la que abarca el periodo más corto de la serie; poco más de dos meses. Diez semanas decisivas en la vida de nuestro protagonista en las que disponemos de generosa correspondecia que he decidido transcribir prácticamente integra; a modo de relato epistolar.

No creo poder encontrar mejor narrador de su primera experiencia madrileña que el propio «Justico» con sus padres como interlocutores. Pero antes comenzamos con unas cartas de don Justo a su sobrina Eugenia; preparando el terreno en Madrid para la llegada de su hijo.

Orihuela 22 de octubre de 1901. Querida sobrina Eugenia: Deseamos no tengas novedad, nosotros todos buenos. El objeto de la presente no es otro que manifestarte que Justo, piensa marchar a esa para los primeros días del próximo Noviembre, y quisiéramos, te tomaras la molestia de buscarle una casa de huéspedes que no fuera cara. Espero contestes pronto pues es urgente.

Dime dónde vive tu hermano Luis pues deseo saberlo. Sin más con los aftos de Ramona, Milagros y Justo; y tú, lo que quieras de tu tío que te quiere. JUSTO. Tu tía Rosa, está en Murcia con el tío Filomeno, la tía Pepita está muy decaída por sus muchos años. Vivo Calle de la Corredera, nº 48, donde tienes tu casa.  

La Corredera. Colección Javier Sánchez Portas.

Justico estaba a punto de abandonar el nido, de lanzarse al vacío casi sin plumas. Y Justo, desde la Corredera, trataba de tejer un colchón en la Corte con sus escasos medios económicos; apelando a su familia.

Orihuela 6 de Noviembre de 1901. Querida sobrina Eugenia: recibí tu carta por la que vemos con gusto que no tienes novedad. Nosotros seguimos buenos. En respuesta a lo que me dices de cuánto puedo mandarle a Justito mensualmente para su permanencia en esa, por ahora sólo le puedo pasar sesenta pesetas. Contéstame cuanto antes sobre este asunto, pues para el jueves de la semana próxima venidera, piensa salir ya para esa Corte; así que Dios mediante llegará el sábado de la misma semana.

Dime dónde se ha de dirigir. Sin más, con los aftos de Ramona, míos, Milagros y Justo, para ti, Luis y familia, sin olvidar a Isabelita, y tú lo que quieras de tu tío que te quiere. JUSTO. Le dices a tu hermano Luis, que ya le escribiré un día de estos; la tía Pepita, te da sus afctos, y sigue regular de salud.

Eugenia había localizado un cuarto en su misma calle, la de La Bolsa. Solucionado el alojamiento, don Justo ultimaba los detalles para la recepción de su hijo en la estación a través de una última carta a su sobrina.

Orihuela 13 de Noviembre de 1901. Querida sobrina Eugenia: He recibido tu carta y te damos las gracias por el interés que te tomas por tu primo Justo, nos alegramos que esté de huésped al lado de tu habitación, pues ya estará más cuidado estando tan cerca de ti. Mañana, 14 del actual, saldrá de esta por la tarde en el tren de Alicante, se detendrá un día en Elda, pues quiere despedirse de su tía Luisa; y el viernes 15 del presente, saldrá de Elda para esa Corte a las 11 de la noche, en el tren mixto, llegando ahí el sábado 16 por la tarde, deseando que no faltes en la estación a esperarlo, pues como sabes, él no ha estado nunca en Madrid y no conoce nada de esa.

Puedes tú cuando llegue el tren a la estación llamarlo por su nombre y él también te llamará por el tuyo, esto lo digo porque os encontraréis pronto, y que tú acaso no lo conocerás porque está muy crecido, casi un hombre, que te acompañe Isabel por si ella lo conoce más. Dile a tu hermano Luis que Justo le llevará el pan que dice de su tierra. Sin más, recibir los aftos de Ramona, Milagros y míos para ti, Luis, Isabel y demás familia, y tú lo que quieras de tu tío que te quiere. JUSTO. Justo no os escribe porque ha ido hoy a despedirse de la familia de Murcia.

La siguiente misiva a la prima Eugenia la escribió el propio Justo desde Elda. En ella avisaba del retraso en la fecha prevista de llegada a Madrid a causa de un inoportuno resfriado.

Querida prima Eugenia: Deseo que tú y tu familia continuéis en perfecto estado de salud. Desde Elda, donde he interrumpido mi viaje con gusto de conocer a la tía Luisa y estar en compañía de Narciso y Dolores un día, te escribo esta; su objeto es el siguiente: salí algo constipado de Orihuela, y en el viaje hasta ésta ha tomado un poquito de incremento mi resfriado; por lo que, obrando prudentemente, no parto esta noche para llegar mañana sábado, como tenía proyectado; así que sirva esta carta de justificación al telegrama que te pondré mañana para que no os incomodéis en salir a la estación a esperarme.

Hacedlo el domingo por la tarde en el que llegaré, Dios mediante, en el mixto, pues lo que tengo no es cosa de importancia. Dolores y Narciso, como también la tía Luisa, me encargan te dé sus recuerdos. Da los míos a tu hermano y familia, y tú recibe la expresión sincera del cariño de tu primo, que pronto te ha de abrazar. JUSTO. Elda, noche del 15 de Noviembre de 1901.

Elda a principios del siglo XX.

De su breve estancia en Elda sabemos los detalles gracias a dos cartas: una que envió a sus padres desde allí mismo, intentando tranquilizarlos; y otra redactada desde Madrid.

Elda 17 de Noviembre de 1901. Queridísimos padres: Deseo que os encontréis sin novedad. Mi viaje desde Orihuela a esta fue algo incómodo, pues como iba junto a una ventanilla y ya estaba constipado, como sabéis, sufrí casi de continuo el tajo del vientecillo frío que orea a estas regiones. Como consecuencia de ello, mi resfriado se hizo más interesante, por lo que, para no cometer ninguna imprudencia, me he visto precisado a permanecer algunos días más en esta villa, donde la familia y los amigos se han portado muy afablemente conmigo, como era de esperar.

No alarmaros y sed racionales, mi enfermedad no es cosa de cuidado, y si os escribo diciéndooslo,  es porque como para mañana ya os prometí carta desde Madrid, la recibáis de cualquier modo. A Eugenia ya le he escrito que no me esperara por la misma razón que a vosotros os he dado. Mañana noche probablemente si el tiempo favorece continuaré mi marcha para la villa coronada. Yo siento mucho la interrupción de mi viaje por razones que ya comprenderéis, pero no quiero exponerme a funestos resultados, pues con mi ligera indisposición y el frío de Venta de la Encina podría combinárseme otra cosa. Os repito, porque os conozco, que no os alarméis, que lo que tengo y nada todo viene a ser una misma cosa. Dios querrá que llegue a Madrid sin novedad, pues si yo no hubiera traído mi constipado ya de Orihuela, no hubiera tenido nada, pues bien sabéis que también soy fuerte para el frío si no son adversas las circunstancias. Insisto: ¡¡fuera de tonterías!!

Cuando llegué aquí me esperaban en la estación Narciso, Maximiliano y otros amigos. El viernes por la mañana estuve en la botica del segundo. Por la tarde fuimos a dar un paseo él y otros jóvenes distinguidos de esta localidad por sus inmediaciones; el vientecillo fresco que recibí cooperó en mi mal. Ayer y hoy he tenido que retenerme en casa. Ya os comunicaré más detalles de Maximiliano y de mi viaje desde Madrid. A mí me ha comenzado a hacer, como es natural, alguna mella vuestra ausencia; pero no hay más remedio que hacerse hombre, desechar las niñerías y apretar un poquito el corazón. He sido siempre muy propenso al mal de “maere”, y ahora quiero hacer algunos esfuerzos para librarme de él, pues nunca sabemos lo que nos ha de pasar y es conveniente curarse en salud.

Inútil es decir que mi pensamiento nunca se aparta de vosotros, que me parece mentira que nos separen por lo menos catorce leguas, y que en mis ensueños y en mis fantasías veo siempre la glorieta de Orihuela que tanto me aburría antes, la Corredera y vuestras caras animadas por la expresión dulcísima del cariño paternal. Pero mis altas aspiraciones me sostiene en mi abatimiento: este es el mundo en el que conviene luchar con pecho de acero contra todas las adversidades y todos los acontecimientos.

Hasta otra, que Dios querrá sea desde Madrid, al que, como comprenderéis, ya tengo ganas de llegar. Mis afectos a mi hermana; recuerdos a los de la familia y amigos; y vosotros recibid un apretadísimo abrazo de vuestro hijo, que no os olvida ni un instante, porque os adora entrañablemente. JUSTO. ¡Adiós! Esperad que yo os escriba otra. Nunca os olvido, nunca. ¡Adiós! La tía Luisa os manda su recuerdo.   

Estación de Ferrocarril de Elda a principios del siglo XX.

El siguiente fragmento forma parte de una carta enviada posteriormente en la que amplió detalles de su estancia en Elda y de su encuentro con Maximiliano: el boticario poeta eldense con apellidos similares, al que Justo llamaba cariñosamente «hermanico».

(Extracto de la carta escrita en Madrid, el 25 de Noviembre de 1901) ... Os voy a hablar cuatro palabras de mi entrevista con Maximiliano, puesto que lo deseáis. Ya os dije en la otra, creo, que cuando llegué a la estación de Elda, me esperaban Narciso, Maximiliano y otros amigos. Como quiera que yo no conocía a este, saludé en general y me dirigí a Narciso, el que en tono serio me dijo: — ¿No ha avisado Vd. su venida a Maximiliano? —No señor; —le respondí —yo creí que Vd. lo haría. Pero no importa; de este modo le daremos una sorpresa. —A esto se me dirigió uno de los embozados, acompañantes de Narciso, y me dijo: —No señor; quien va a darle a usted una sorpresa, es él.

De este modo se me dio a conocer mi “tocayo”, y acto seguido nos dimos un apretón de manos. Un criado que Narciso sacó a la estación se encargó de llevarme los bultos a la casa. Serían las once y media cuando entramos a Elda por el pintoresco y tortuoso camino de la estación. La villa es de mal aspecto: calles estrechas y mal empedradas, por lo que a media noche ofrecía un aspecto lúgubre y tristón.

Maximiliano y los amigos me acompañaron hasta casa de Narciso, donde me esperaba la tía Luisa, ya muy decaída, Dolores y los chicos. A las doce y cuarto me acostaba y el día siguiente me levanté a las ocho. A las diez y media fuimos a la farmacia en la que está colocado el amigo, y estuve con él un rato amenizado de mucha conversación; entonces me enseñó “El Diario de Murcia” que traía el elogio de “Esperanza”. Vi también al dueño de la farmacia, un señor de unos sesenta y cinco años, cano y algo bajo, muy amable y dice haber sido íntimo de Castelar, del que me habló mucho.

Por la tarde después de comer fuimos al Casino, bastante feo, por cierto, donde me contó Maximiliano su triste historia amorosa, y que en otra ya os referiré. Después, en unión de otros jóvenes que me distinguieron mucho, fuimos a dar un paseo por las afueras del pueblo; llevándome a una quinta muy bonita, desde donde se divisa todo el campo de Elda, y donde uno de los muchachos tocó admirablemente el piano. De allí fuimos a ver la fábrica de la electricidad, muy pequeña, pero muy bonita, y a continuación, por la orilla poética del Vinalopó, volvimos a la población.

Un aire muy desagradable se notaba y yo, que me salí a cuerpo, me vi precisado a levantarme el cuello de la solapa. Cuando llegamos a casa, apenas se me entendía la voz y en cuanto cené, que sería a la diez, me acosté. Al día consecutivo amanecí con mucha calentura y una gran ronquera, obligándome a quedar en cama. Se llamó al médico, y aquel mismo día me hizo dos visitas; el domingo continué igual por la mañana, pero por la tarde experimenté mejoría, y al día siguiente, lunes, aunque muy débil, pues me hicieron sudar mucho, me atreví a levantarme, pues en la cama me desesperaba y me afligía mucho acordándome continuamente de vosotros y permaneciendo en una continua zozobra.

Maximiliano García Soriano y su calle en Elda.

Os haré el retrato de Maximiliano: es de una estatura bastante regular, más bien moreno que rubio, pelo negro, bigote crecido y tuerto, pero lleva un ojo de cristal, que le disimula mucho. Se quedó tuerto cuando tenía nueve años a causa de una fístula que le salió. El ojo tuerto es el derecho. Todos se han portado muy bien conmigo ….  

Y sin más percances, Justo llegó a su destino: la capital de España.

Noviembre de 1901 (Madrid)

Madrid a principios del siglo XX.

El lunes 18 de noviembre de 1901, después de un accidentado viaje que acabó alargándose cuatro días, «Justico» llegaba a Madrid. El adolescente oriolano desembarcaba en una ciudad que acababa de superar el medio millón de habitantes.

Como estaba previsto se instaló en la calle de la Bolsa; que debía su nombre a la Bolsa de Comercio, emplazada en ella hasta hacía pocos años. En una pensión de mala muerte, acorde a sus posibilidades económicas; pero con una patrona que, en principio, le pareció una «buena persona». Aún convaleciente dio su primer paseo con el primo Manolo y conoció al resto de la familia. También visitó la Universidad; donde compró los programas y se informó de los horarios.

Madrid, 20 de Noviembre de 1901. Queridísimos papás: Así estéis todos al recibo de esta como yo deseo. Mi salud ya es regular; es decir, buena en comparación a la bastante quebrantada que he tenido estos días, como ya os dije en mi carta desde Elda y tal vez lo sepáis ya por Narciso. Ahora que ya estoy bien, gracias a Dios, y que me he estirado las piernas un “poquito” en las calles de Madrid, pues le he recorrido ya casi en la mayoría, puedo deciros sin que, como naturalmente se desprende, os alarméis ni estéis con cuidado, que he tenido un trancacito de marca mayor, que me ha tenido en Elda dos días en cama y he recibido seis visitas del médico. Con la tristeza y la impaciencia natural permanecí en Elda tres días más al único que, como sabéis, proyectamos estaría.

El lunes, por fin, aunque aún bastante indispuesto, y hallándome a dieta, salí del lugar de mi detención en el correo, pues no me encontraba dispuesto, de ninguna manera, para salir en el mixto a las once y media de la noche, recibiendo ese viento engendrador de pulmonías, y pasarme cerca de veinte y cuatro horas en un viaje tan molesto y teniendo el cuerpo tan malo, tan angustioso y tan débil como suele dejar “el dengue” (que bien podría llamarse también “el mengue”). Evidentemente que he tenido más gastos, pero la salud debe anteponerse a todo. El apetito lo había perdido por completo, cosa que estoy seguro os extrañara, pues he sido siempre un regular gastrónomo, aún en mis enfermedades.

Ahora ya lo voy recobrando a merced de los grandes paseos que doy, y del agua de esta corte, que bien sabido tenéis, es inmejorable. La impresión que he recibido con la vista de Madrid, podréis comprender cual habrá sido. Ya me parece respirar el ambiente de mi elemento. Para estar en mi centro sólo me hace falta vuestra compañía ¡Ay si yo lo consiguiera! Ya veremos; yo haré todo lo posible.

Eugenia Tribello. AMO. LJGS.

A continuación os daré cuenta de mis gestiones. Cuando llegué aquí me esperaban en la estación Eugenia y Manolo, el hijo de Concha. Inmediatamente nos encaminamos a la calle de la Bolsa, mi residencia, y descansé en el cuarto de Eugenia, que tiene el número 6. La habitación donde yo vivo es la inmediata, nº 7: es bastante inferior, pero no se encuentra todo a gusto de uno, ni mucho menos cuando se lleva poco dinero.

La patrona y su marido parecen buenas personas, amables y bondadosas, artesanos, tienen el mobiliario como es consiguiente. La comida es regular. Por la mañana me dan chocolate con media tostada; al medio día, sopa, cocido y algún postre; por la noche, o una taza de caldo y unas costillas, o un filete o unos huevos. El vino, si quiero, tengo que comprarlo por mi cuenta.

Ayer tarde salí con Manolo a dar una recorrida que fue inmensa; omito toda descripción, porque eso sería interminable; solo diré que estuvimos en el Senado y oímos un debate bastante ruidoso, me acordé de ti, papá, enseguida, pues le encontré como tú me lo pintaste. En el guardarropa dejé la capa y me dieron el consabido número. Después volví a casa muy cansado, pues estoy muy débil; cené con poco apetito y después, en compañía de Eugenia, Isabelita y su hermano Luis, fui a casa del padre de estos últimos. Allí conocí a Luis, a su esposa y demás hijos; me recibieron muy obsequiosos, y tu sobrino me prometió colocarme en el Heraldo o en algún otro periódico o por lo menos colocarme en casa de un abogado de los que él conoce muchos. Me dijo también que le había gustado mi “Esperanza”. Espero mucho de él, como me lo aseguraba la mamá; ¡más que de otros!

Palacio del Senado. Madrid. Principios del siglo XX.

De vuelta estuvimos en un restaurant que hay cerca de la puerta del Sol, cuya dueña es prima hermana de la primera mujer de Luis. No creáis que cené allí otra vez, sólo fuimos de visita. Allí me hice amigo del hijo de la dueña, que está estudiando el 3º año de Medicina; y es un muchacho muy listo y de mucho dinero, bastante partidario de los jesuitas. El Domingo próximo, Dios mediante, iré con él a los Luises, pues él lo es.

Esta mañana estuve con el hijo de Concha en la Universidad. Ya me he enterado de las horas en que tengo que ir a clase, que son de 8 de la mañana a las 12 y ½ de las tarde. He comprado los programas y uno de los textos muy barato. Mañana comenzaré ya a ir a clase, pues no quiero perderme ningún día. Ahora acabo de ver a Enrique Luis, que ha venido a recoger el encargo que le traía. Aún no he hecho ninguna visita. Esta tarde iré a ver a Maestre y al médico Marín; mañana a los murcianos y… ya veremos.

Universidad Central. Madrid. Principios del siglo XX.

Muchas cosas más se me ocurren, porque estaría escribiéndoos todo el día de seguido, pero se acerca la hora del correo y no puedo extenderme cuanto quisiera, que para vosotros siempre sería poco. Un abrazo a mi hermana; recuerdos a la familia y a los amigos, y vosotros recibid todo el afecto cariñoso de vuestro hijo, condensado en un abrazo. JUSTO. Escribidme pronto, pues será el consuelo de mi melancolía. ¡Adiós, siempre os tengo presentes en la memoria! Me encargan os salude y os dé sus recuerdos Eugenia, Luis y familia; y Manolo, el de Concha; ¡Nunca puedo olvidaros! En otra carta será la tinta mejor. Hoy he pagado a la pupilera medio mes adelantado; más no puede ser.

La Universidad Central era el objetivo de cualquier estudiante. A comienzos del siglo XX, sólo en ella se podían cursar casi todas las carreras, las licenciaturas oficiales del Estado y los doctorados. Esta exclusividad atraía a muchos jóvenes de toda España.

Madrid albergaba los ministerios, el Parlamento, las academias artísticas, las sociedades científicas, los mejores museos, las redacciones de los principales periódicos y revistas de tirada nacional… La capital era el sueño que, mal gestionado, podía convertirse en una pesadilla para un adolescente escaso de recursos. Como tarjeta de presentación contaba con «Esperanza»; su «opera prima» en las letras.

Madrid, 25 de Noviembre de 1901. Queridos padres: Ayer recibí vuestra carta del 22, por la que me entero con mucha alegría que estáis todos buenos y que recibisteis la mía. Yo estoy ya bien casi del todo de mi constipado, a pesar que hace aquí un frío insoportable y un airecillo que corta, sólo me ha quedado como residuo una tosecilla picante y molesta, que suele afligirme en las madrugadas y en las noches. (Aquí es donde cuenta su estancia en Elda que he transcrito anteriormente).

Voy todos los días a la Universidad; las clases las tengo por la mañana, de ocho y media  a doce y media. Estudian conmigo Escudero, Salvá y Flores, que ya han sido condiscípulos míos en los jesuitas. Ellos me han presentado a los profesores, que me han alistado como si fuera oficial. Aquí en la Universidad he venido también en conocimiento de Juan Pujol Martínez, el muchacho premiado en los juegos florales de Albacete; tiene veinte años y es un muchacho muy humilde y muy fino. Le he regalado un ejemplar de mi poema que le ha gustado mucho. Así es como se puede hacer algo.

He visto a Concha, pero no a Paco. Y os comunicaré impresiones. Ayer fui a un Museo muy bueno que hay nuevo, llamado de Reproducciones, en compañía de Enrique Luis. Es muy bonito y asistiremos a hacer copias. Después nos fuimos al retiro; hacía mucho frio. Anoche estuvimos Isabelita, Eugenia y yo en el café de la Concepción, que está en la calle de la Corredera a ver a Angelón. Le encontramos allí, y cuento con su ayuda para presentarme a muchos directores de periódicos que él conoce. Ya os daré más detalles. Mandadme sin falta y cuanto antes los libros y varios ejemplares de mi poema. Mandadme El Diario todos los días. Ya tengo que cortar la hebra por falta de papel. Recibid recuerdos de toda la familia; dádselos de mi parte a mi hermana y vosotros recibid un abrazo apretadísimo y un millón de besos de Vuestro Hijo. JUSTO. Expresiones a los vecinos de abajo. Recuerdos a la familia y a los amigos.

Entrada al Retiro y Museo de Reproducciones. Madrid.

Poco a poco fue perdiendo la ilusión inicial y sus cartas se impregnaron de la amargura y la soledad de un muchacho de provincias arrancado de su familia y trasladado a la capital con escasos medios para sobrevivir; hospedado en una miserable pensión; con un constipado persistente en un clima adverso; y dedicando su tiempo libre a tocar infructuosamente en múltiples puertas buscando ese empujón que le proporcionase un empleo. Especial enfado le produjo la visita a los jesuitas: «esa gente fementida que sólo presta ayuda al que no lo necesita y al pobre le escupen en la cara».

Madrid, 2 de Diciembre de 1901. Queridísimos padres: El sábado tuve la alegría de recibir vuestra anhelada carta del 28 pasado; ella me hizo sabedor de vuestro buen estado de salud, por lo que quedo con gran satisfacción. Yo todavía continúo con mi constipado, pues ayer hice una pequeña recaída, y es que están haciendo aquí uno fríos atroces, que vienen a cambiarse a veces en calor, cosa que es tan mala para la salud. En vista de esto hago ya todo lo posible por mi cuidado y en adelante no iré a los teatros y cafés, aunque me conviden. Lo que más me atormenta es la tristeza, que me domina la mayor parte del día y me quita las ganas de todo. Yo creía que aquí en Madrid encontraría la alegría que hace ya algunos meses llevo perdida; pero ha sido todo lo contrario, pues cuanta más distracción y animación veo, más me devora la melancolía y el tedio. Eso creo que debe estar en mi carácter reflexivo, y, verdaderamente, no quisiera ser así, pues mi vida es un continuo martirio lleno de sinsabores y penalidades.

Pero es que pienso en mi futuro y creo verlo todo lleno de sombras como la noche, y tiemblo porque sé que la consecuencia inmediata de mi adversidad ha de ser mi muerte, que la veo en mis sueños vestida con los horribles atavíos de la fealdad más espantosa, páramo silencioso de eterno dolor. Yo procuro con todas mis fuerzas desechar estas imágenes tristes; pero a veces, las más, no puedo. Vuestras cartas son las que más me consuelan, son las que me reviven en mis momentos de abatimiento y angustia. Así que os ruego me escribáis a menudo. No vayáis a figuraros que estos conceptos son vanos engendros de mi cerebro romántico; si este papel en que escribo fuese el foco de una máquina fotográfica, o mejor dicho, su cliché, mi rostro aparecería regado por dos lágrimas ardientes, que con mucha lentitud van descendiendo por mis mejillas.

Os voy a hablar de mis asuntos. A los dos días de mi venida fui a ver a Tomás Maestre. Eran las ocho y media de la noche. La criada me dijo que había salido; yo la indiqué que le esperaría si no tardaba mucho; y entonces la muchacha con cierto recelo me hizo pasar a su despacho; pero conocí la intranquilidad que tenía y me manifestó que tenía orden de su señorito para no dejar pasar a nadie a su despacho mientras él no estuviera. En vista de esto le expresé el objeto de mi visita y le dejé la tarjeta de presentación, prometiendo volver al día siguiente. Y han pasado los días y aún no he ido; pero es que no quiero presentarme a él sin un ejemplar de “Esperanza”, y no tengo ninguno. Espero que, como me prometéis en vuestra última, me mandéis varios, cuantos más mejor; y entonces me presentaré a Maestre.

No creáis que he estado parado por esto. Acompañado por Luis he ido ya infinidad de veces a ver a un señor que es el secretario del marqués de Fontanar; el cual me puede recomendar a un redactor de “El Heraldo”; pero es tan mala mi suerte que nunca le hemos encontrado en su casa. También fuimos a ver a un abogado muy notable, llamado D. Rafael Planelles, que dicen es hijo bastardo de Cristino Martos (su cara no lo desmiente); el cual prometió darme dos cartas de recomendación, una para José de Loma y otra para otro escritor de Blanco y Negro; pero aún no he recibido ninguna de las dos.

«Blanco y Negro», Tomás Maestre, Tomás Luceño, «El Heraldo».

El viernes pasado fui con Luis al Senado a ver a otro señor, taquígrafo de dicho parlamento, que es íntimo amigo de Tomás Luceño, también taquígrafo del Senado. D. José García y Goñi, que así se llama ese conocido de Luis, me dijo que para ello es indispensable que le lleve algunos números de los periódicos en que he escrito y un ejemplar de “Esperanza”. Por no tener este último no pude ir el sábado por la tarde; pero ahora mismo sí iré, pues le he pedido el ejemplar que le di a Manolo; son en este momento las tres y treinta y cinco, e interrumpo la carta para ver en qué queda este negocio. A la vuelta os contaré el resultado y alguna otra cosa más. …………………………………………

Son las cuatro y treinta y cinco y acabo de llegar del Senado. Allí me ha enterado un ujier que el Sr. D. José García Goñi ya hace dos días que no viene al Senado por hallarse enfermo. Esta es mi suerte. Sobradas razones tengo para morirme de tristeza. Esta noche iré, Dios mediante, a casa de D. Tomás Maestre. Estoy seguro que el resultado es el mismo o será el mismo. Si estuvierais vosotros aquí a mi lado estoy seguro de que me alentaríais en mis desmayos. ¡Os echo tanto de menos!….  

Y luego mi salud tampoco me ayuda; tengo el frío metido en los huesos y siento un peso horrible en todos mis miembros. Dios se apiade de mí, pues necesito mucho de su compasión y de su aliento. Dios y mis padres… El primero parece que no me escucha; los segundos… están muy lejos de mí. ¡Qué soledad tan triste en medio de la muchedumbre bullidora!…

Recibí la carta que fue dirigida para mí. Es de Fernández Nieto, que me escribe desde Bilbao, donde está estudiando en el Colegio o Universidad de Deusto para ingeniero industrial, dándome la enhorabuena por “Esperanza”. Que recibió. También recibí “Las Provincias de Levante”, que hacían elogio de mi poema, y todos los días “El Diario”. Decidme si se ha vendido algún ejemplar de mi “Esperanza”; y qué hay sobre la publicación de “El Resucitado”. La semana pasada le mandé la primera crónica a “El Labrador”; pero como no he recibido su último número, no sé si se habrá publicado, y por lo tanto no he querido escribir la segunda.

No sé papá por qué te extraña que en la Universidad me hayan inscrito en la lista de los alumnos, no oficiales, sino libres; lo que dije es que, a nosotros, si nos alistamos, se nos tiene casi tanta consideración como aquellos. Tampoco te puede extrañar que a Pujol le pusieran en los periódicos que tenía 17 años teniendo ya 20, pues esto son cosas del mundo, que todo es una mentira; y lo que desde lejos parece más bonito y encantador, es un triste desengaño lleno de amargura.

AMO. LJGS.

Ayer hizo 8 días que fui a ver al Director de los Luises (se refiere a la congregación universitaria jesuita de Nuestra Señora del Buen Consejo y San Luis Gonzaga, llamada vulgarmente de «Los Luises», cuya residencia estaba en la calle de Zorrilla); le entregué la tarjeta y en el acto me interrogó qué me parecía la Congregación; yo le repuse que muy bien, y a esto me dijo: peor para Vd. si no fuera así… Todos lo mismo ¡Hipócritas!… y luego, al que quiere ser Luis le cuesta tres pesetas mensuales. Esa gente fementida sólo presta ayuda al que no lo necesita, al pobre le escupen en la cara: ya lo veis. ¡Esperad en los jesuitas!

Aún no he visto a D. Francisco García Villalba; si tuviera tiempo y me encontrara bien le visitaría esta noche. A Concha sí la vi hace más de una semana, me recibió amable; era la hora en que iba a comer y se empeñó en que la acompañara; pero yo no lo hice porque ya había cenado. Me prometió convidarme a comer otros días. Ya veremos. Quedo enterado de lo que dice mi primo Paco López sobre que tiene ganas de que tenga una buena colocación. Me choca su cinismo. ¡Poco hace él para que la consiga! Ya no os escribo más, pues me encuentro mareado y con mal cuerpo. Todo se opone a mi bienestar. Por faltarme creo que me va a faltar hasta la salud.

Toda la familia de Luis os manda sus recuerdos como también Eugenia. Manolo está colocado, según dicen en el Ayuntamiento, encargado de pasar lista a los Barrenderos. Saludad a mi hermana en nombre mío, como a todos mis amigos y parientes, y vosotros recibid el amor único y exclusivo, cuanto grande, de vuestro hijo que se muere en vuestra ausencia. JUSTO. Escribidme pronto. ¡Considerad mi situación!…  Adiós. Sólo por vosotros vivo.

Al fin «El Labrador» publicó su primera «crónica madrileña», enviada a Orihuela a finales de noviembre. Como anunció a su padre por carta, se convertía en corresponsal destacado en la capital. Pero ciertos imprevistos complicaron las cosas inicialmente; entre ellos, la renuncia del director; quien tuvo que dejar el periódico.

El labrador. Número 9 – 3 de diciembre de 1901. Desde Madrid: Empresa ardua y difícil, sino imposible, es la que he de acometer; y no porque mi torpe pluma se haya comprometido a ventilar y analizar grandes problemas sociales y financieros (…) sino por tener que escribir una crónica semanal desde esta corte a ese periódico independiente (…)  Mi cabeza se niega a hacer fantasías; mi pensamiento vuela ligero y penetra en el vacío, buscando la inercia y el silencio, y mi mano, yerta y amoratada por el frío punzante, se haría más idónea para buscar el repliegue y el calorcito del bolsillo, que para empuñar con vigor la difícil péñola. Todas las que llevo dichas son razones de mucho peso para poder exigir de los considerados lectores de “El Labrador” una benevolencia, que ahora más que nunca he de menester. Así que sirva ésta de introito de mis crónicas futuras, en las que prometo ser más ameno e interesante; y entretanto… ¡dejemos pasar el tiempo! Justo García Soriano. Madrid 23 Noviembre 1901.

Nueva carta de Justo a su padre en la que le daba cuentas de como había gastado el dinero que trajo de Orihuela. También le puso al corriente de sus infructuosas gestiones buscando un empleo; y hablaron del misterioso unionense que le había dedicado un poema en el «Diario de Murcia». Poco a poco se incrementó su abatimiento y desesperación; odiando ya hasta a la patrona.

Madrid, 8 de Diciembre de 1901. Queridísimos papás: Recibí con la mayor alegría vuestra última carta, por la que veo que estáis todos buenos. Yo ya estoy bien de mi constipado, gracias a Dios. También parece que la paciencia, el ánimo y la resignación me van entrando, pues esto sucede siempre que no hay otro remedio. Vuestra carta me ha fortalecido mucho y tal vez dentro de poco lo estaré por completo; pero la verad es que tengo razones sobradas para decaer y abatirme si pienso en el futuro próximo. Por lo demás, estoy bien.

La noche del día que os escribí fui a casa de Maestre y le encontré en ella; me recibió con mucho afecto, me preguntó por ti, pues dice que te conoce y luego me interrogó qué era lo que deseaba. Le manifesté mis deseos, y me aseguró apoyarme en cuanto sea posible y probablemente colocarme como redactor meritorio en un periódico de importancia; pero sin ganar por lo pronto. Díjome que volviera algunos días después y me daría la contestación. Anoche fui, pero ya estaba en cama pues está algo constipado, así es que no pude verle. Esta noche probablemente pasaré de nuevo a ver cuál es su contestación. Dios quiera que sea buena. La misma noche que estuve casa Maestre, fui a ver a Paco. Me recibieron bien y Julia me hizo tomar unos bollos con una copita de vino; también me han convidado para comer con ellos todos los domingos. Hoy, por lo tanto comeré con ellos;  ya son las doce y me marcho a la calle de Ventura de la Vega. Esta tarde continuaré la carta.

Son las seis menos ocho y os escribo en casa de Paco. En el saloncito de enfrente están Celia y Verdú visitando a Paco; no me han conocido, me dan recuerdos para vosotros. Esta tarde he estado en paseo con Paquito y un amigo suyo. Ya veis que no estoy del todo mal. Si yo tuviera recursos, pronto me haría aquí grandes reconocimientos. Anoche estuve con Luis en el café de la Concepción, donde vimos a Angelón; allí mismo me presentó este último a un señor que ha sido director de varios periódicos y ahora trata de publicar otro: si esto se realiza, que será muy probable, formaré parte de la redacción.

He hecho grandes amistades con Pujol Martínez; es un muchacho muy digno y que tiene mis mismas aspiraciones. Ya veremos, ya veremos ¡Para conseguir algo se necesita mucho tiempo; si pudiera disponer de él! … Recibí en la misma carta el giro cobrable de las 35 pesetas: ya las he invertido; pues Maximiliano G. Soriano me encargó fuera a pagarle un ojo de cristal casa de un cristalero y las veinte y cinco pesetas que me dio me las gasté en necesidades correspondientes, y ahora he tenido que ponerlas para quedar decentemente. De las 110 pesetas que me saqué de esas, se han ido ya todas, y a continuación os indicaré minuciosamente su inversión. Hasta 10 pesetas de Orihuela y Elda, en viajes y en imprescindibles; 40 en el viaje a Madrid; 36 en la casa de pupilos; 25 en libros y programas: ya veis la totalidad.

La patrona que tengo es una tía parrala de esas que dicen “Madriz” y “verdá”, “usté”, muy descarada, insultante y de mucho veneno. Anoche tuve con ella una riña “decente”, pues tiene unos muebles que debió haber comprado en el Rastro a principios del siglo pasado y están hechos yescas; para sentarme en una silla tengo que bajarme muy despacito y haciendo gimnasia; pues bueno, anoche apoyé muy suavemente un pie en un barrote y lo rompí, bronca fenomenal; me trató de bruto y yo casi le rompo el tintero encima de la cabeza. ¡Ya veis si estoy padeciendo! Pues si la llegara a deber algo no digo la que movería… Tengo que pagarla adelantado y el martes quedaré ya en blanco, así que os suplico que me mandéis a vuelta de correos lo necesario para satisfacer el resto de este mes, pues de lo contrario me pondrá en la calle.

¡Dios mío, Dios mío, cuánto os echo de menos! Ya voy investigando a ver si encuentro otra casa de huéspedes en la que me traten con más educación y no me digan ¡Animal! ¡Y aún me aconsejáis que no me desanime!… ¡Si lo veo todo muy negro! … digo, por ahora nada más, pues estoy seguro que con el tiempo me haría un perfecto madrileño y con recursos pero hay que hacer el aprendizaje… Hoy escribo también al Labrador. He leído con extrañeza la poesía que me dirige ese señor o lo que sea de la Unión: Ya le contestaré.

Poesía dedicada a Justo en el «Diario de Murcia» del 3 de diciembre de 1901.

No tengo más tiempo. Mándame el cajón de los libros, pues desisto de ir a esa. El día 15 nos dan vacaciones hasta el 13 de enero en la Universidad; pero en este tiempo estudiaré más que ahora, pues toda la mañana la paso en ella  y por la tarde voy a la Biblioteca Nacional. Adiós. Seguid bien y dar mis recuerdos a mi hermana, a la que agradezco su dietario y consejos, a la familia y a los amigos; y vosotros recibid el cariño entero de vuestro hijo que nunca os olvida. JUSTO. Ya os manifestaré otras cosas en la próxima, pues ahora estoy violentado y por eso me sale tan mala letra. ¡Adiós! Recuerdos de la familia en general y Paco.

Nueva carta de Justo a sus padres en la que contabilizaba el último dinero recibido y solicitaba más urgentemente. La pensión era ya una «pocilga», la Navidad estaba muy cerca y él muy lejos; aún así, quitaba importancia a su depresión y buscaba la forma de mandar buenas noticias a su familia; sabiendo que desde Orihuela hacían todo lo que podían.

14 de Diciembre de 1901. Madrid. Queridísimos padres: En este momento acabo de recibir vuestra carta certificada con un billete de veinte y cinco pesetas y el último número del Diario conteniendo en su interior una tarjeta para entregar a D. Vicente Turón. Ya esperaba desde el miércoles el dinero y me ha venido también como podréis comprender por mi última carta del 11, que supongo tendréis desde el 12 por la noche en vuestro poder.

Os vuelvo a decir una vez más que no os alarméis por los conceptos tristes que en ella difundo, pues brotaron en unos momentos de mucha contrariedad. Mis asuntos no val tan mal como parece, pues aunque nada he conseguido todavía, no es de extrañar en cosas tan difíciles de alcanzar y en las que se ha de menester mucho tiempo y más paciencia. Si alguna vez me desespero es porque yo soy muy pesimista, cosa que es muy mala y muy buena: mala, porque pasa uno muy malos ratos; buena, porque si sucede o se alcanza algo bueno es mayor la alegría.

Yo soy muy considerado entre los amigos de la Universidad, donde hay muy buenos y estudiosos muchachos; entre ellos hay un tal Antonio Roldán, que tendrá poco más de mi tiempo y está colocado en la redacción del Globo; demuestra apreciarme mucho y quiere que compongamos entre los dos una piececita para el teatro.

De otras personas de más categorías no soy menos atendido: D. Vicente Colorado, poeta muy distinguido y celebrado, me ha hecho muy buena acogida, pues ha leído “Esperanza” y le ha gustado muchísimo. Por recomendación suya voy a ir esta tarde a ver a D. Manuel de Palacio, para que este a su vez me recomiende a Blanco y Negro. Ya veremos lo que se consigue, pues en esta revista me conviene entrar mucho más que en el “Heraldo”. Aún no he podido ver a D. Luis Canalejas, pues estos hombres se hacen inaccesibles de tal modo que es menester sudar antes para poderles hablar. Esta tarde iré a verle al Congreso, pues es diputado, y aquí estoy seguro que lograré hallarle.  

Manuel de Palacio, Luis Canalejas y Vicente Colorado.

D. Tomás Maestre se porta conmigo muy bien; me considera mucho desde que leyó mi poema. No dejad de mandarme muchos ejemplares cuando me remitáis el cajón de los libros, pues en estas vacaciones, que empiezan desde hoy, pienso estudiar mucho. Suelo ir con frecuencia a la biblioteca nacional, pues aquí hay muy buenas cosas. Luis es un padre para mí. Él me acompaña a todas partes, y si no fuera por él no hubiera comido estos días, pues como os digo en mi anterior, exigen aquí el pago adelantado.

El jueves, cuando vino de Chinchón y le manifesté lo que me había pasado, se incomodó mucho porque no fui a comer a su casa cuando me vi en aquel apuro. Al punto me dejó diez pesetas para que pagara en la casa de huéspedes y de este modo he podido continuar hasta hoy en ella. Ahora, en cuanto coma, le devolveré las diez pesetas y con las otras quince pagaré siete días adelantados en esta pocilga.  

Ahora, que es la una y 56´acabo de comer. Y continuamos hablando de comidas ya que he empezado. Esta noche estoy convidado a comer en casa de Concha Álvarez, como en adelante todos los sábados y domingos. Casa de Paco almuerzo todos los domingos por la mañana. De este modo me ahorro cuatro días de pagar en casa de la patrona. Con el dinero que me mandáis, tendré para comer hasta el día 22 inclusive, así que os suplico que no me vuelva a suceder lo que me pasó el miércoles, me remitáis aunque sean dos duros para el día 23.

Siento molestaros tanto, sabiendo bien la situación que ocupáis; pero ahora no hay más remedio que hacer un esfuerzo para poder conseguir algo y no tener ya que necesitaros. Este es el tiempo más crítico de mi vida, pues de él depende mi futuro bienestar o malestar; así que conviene trabajar; padecer y sembrar para luego recoger en el tiempo de la cosecha.

La recomendación de la de Turón no la pondré a prueba hasta ver en qué terminan estos asuntos que ahora llevo entre manos. De Paco López sí que quisiera una carta para Capdepón, para que éste a su vez me recomendara a D. Luis Canalejas, el de “El Heraldo” y poder ganar pronto en dicho periódico. Recuerdos a los de la calle del Molino. Decidle a mi hermana que, cuando le escriba a Linares le ponga expresiones mías, y a ver si pronto viene por aquí, a este charco: Recuerdo de todos para todos y míos. Y vosotros recibid el cariño de vuestro hijo: Dad las gracias y recuerdos a los de Turón. JUSTO.

Su padre, consciente de sus apuros, trataba de consolarlo en la distancia. Aunque el dinero escaseaba, sobraba la ilusión y el convencimiento de que Justo podía llegar lejos. Sólo quedaba apoyarse en la familia para completar su manutención mientras buscaba trabajo y una nueva pensión donde instalarse. El Paco López al que pedía una carta, era su primo; el hijo de la tía Pepita, ex alcalde oriolano del Partido Liberal a la sombra de Ruiz Capdepón que llegó a ser diputado provincial.

Orihuela 19 de diciembre de 1901. Querido hijo Justo: Hemos recibido tu carta y por ella vemos que no tienes novedad, nosotros todos buenos. Quedamos enterados de todo lo que en ella nos dices, y quiera Dios que muy pronto encuentres colocación para que tanto tú, como nosotros, estemos ya tranquilos. No te impacientes por nada, y ten paciencia que Dios proveerá;  si te encuentras en un apuro como dices que te pasó los otros días, pídele a Luis Tribello uno o dos duros y remédiate que yo te los mandaré para que los devuelvas, y no te apures pues en esta vida miserable, hay que sufrir con paciencia y resignación todo lo que venga hasta llegar a la meta y entonces cantar victoria.

Para el día 23 de los corrientes te mandaré los cuartos que pueda para que te remedies; quisiera que fuera un millón de duros. Celebramos mucho lo que nos dices de que Concha Álvarez te convide a comer dos días en la semana, y Paco, tu primo, te dé un día de comer; les das las gracias en nuestro nombre, lo que quisiéramos es que te dieran un rincón de casa para dormir, y de aquí te mandaríamos la cama completa, sin perjuicio de que tú comieras en una casa de huéspedes, y te saldría muy barata la comida. Propónselo así, diciéndoles que lo hemos dicho nosotros, a ver lo que te dicen; si fuera así, te mandaríamos cama de hierro, dos colchones, dos almohadas y tres sábanas con su manta.

Nos alegramos mucho de que te consideren tanto tus compañeros de la Universidad, y si tu amigo Roldán se empeña en que hagáis una piececita para el teatro, que le ayudes en su empresa, pues así os dais a conocer, es dar un gran paso. No te he mandado el cajón con los libros, porque como dices que vas a buscar otra casa de huéspedes, no tengas que hacer más gastos en mudar los libros, pues son muchos y pesan bastante, tú dirás; creo habrás recibido dos “Esperanzas” que te mandé ayer; dímelo.

Adjunta te remito una carta de tu primo Paco para que se la entregues a Capdepón, para que la que él te dé, sirva de recomendación a Don Luis Canalejas. Pon alguna poesía al Diario de Murcia, pues ya hace tiempo que no vemos ninguna. También lo haces al Labrador, pues así me lo dice su Director. Sin más recibe los afectos de toda la familia y amigos; y tú lo que quieras de tus padres que de corazón te quieren. JUSTO y RAMONA.

Nuestros afectos a todos los de la familia y en particular a Luis, a quien le doy las gracias por lo que hizo por ti, al sacarte del apuro en que te vistes. Tu hermana Milagros se marchó a Murcia el 15 del corriente a pasar una temporada con el tío Filomeno. Quieren que vayamos a pasar las pascuas con ellos; veremos lo que hacemos. Dicen que les escribas alguna vez. Recuerdos de Paco López y familia.

Las escasas colaboraciones en el «Diario de Murcia» tuvieron que esperar hasta junio. En cuanto a «El Labrador», su segunda crónica escrita el 7 de diciembre y destinada al número 10, llegó con retraso y salió publicada en el 11.

El labrador. Número 11 – 17 de diciembre de 1901. Crónica madrileña: La semana que hoy terminamos ha sido verdaderamente una gran semana para los periodistas de esta corte. Los sucesos importantes han abundado y, cosa rara, casi no han sido con detrimento de nadie, como ocurrió en la antecedente, en que la información se reducía a la muerte de Gamazo y Pi Margall. En esta se ha celebrado el natalicio del nuevo infante, ha habido protestas estudiantiles, comentarios y disturbios (…) Los mozos de cuerda y los aguadores y gallegos, llevan nota minuciosa de nuestro ministerio y de todos los personajes que tocan pito en la desconcertada orquesta de nuestra política…

Mi portero, que es un hombre ya de más de sesenta, tiene un gran criterio en el campo psicológico, muchísima lógica natural y, además, posee el don de la palabra. Yo, les voy a ser franco a ustedes, le tengo más miedo que al cólera morbo, a la fiebre amarilla y a la peste bubónica; y tengo razones sobradas para ello, pues, ya se sabe, en cuanto me ve descender por la escalera, sale a mi encuentro y dándome un golpecito cariñoso en la espalda, al que acompaña una sonrisita conquistadora, me pregunta con tono subidísimo de curiosidad: — ¿Qué tal, pollo? ¿Cómo andamos de actualidad? Y ya tenemos entre manos la carabina de Ambrosio. Inútil es intentar escapar de sus garras. Lo menos, lo menos le tiene a usted oyendo su voz aguardentosa, de matraca una hora que parece un siglo. Yo ya me he propuesto de aquí en adelante, como medio de evitar su cháchara infernal, embozarme la capa hasta los ojos y apretar el paso al pasar por delante de la portería, a ver si me toma por un señor desconocido y no me echa ningún discurso parlamentario. Justo García Soriano. Madrid, 7 Diciembre de 1901. (La presente carta recibida con retraso para ser publicada en el número anterior, tenemos el gusto de publicarla en el presente por el interés que despierta a nuestros lectores los trabajos de su autor).

Para desesperación de Justo, en su número 12 «El Labrador» cambió de director y propietario. José Cartagena Guillén dejaba el puesto por incompatibilidad con su nuevo cargo de fiscal municipal. El semanario pasó a manos de Rafael Rogel Rech, interesante personaje que ya traté en la biografía de su hermano Juan. Curtido periodista sin estudios, llegó a ser conocido a nivel provincial; y en estos primeros años fue uno de los mejores amigos de García Soriano en Orihuela.

El Labrador. 22 de diciembre de 1901.

En cuanto a su crónica, a pesar de redactarla puntualmente no consiguió la regularidad semanal que pretendía como buen corresponsal. En su debut, el nuevo director incluyó una crónica madrileña; pero calcada del «Heraldo de Madrid» (comportamiento muy común en Rafael cuando tenía que llenar un periódico). Y en el siguiente número sólo le publicó un soneto dedicado al Río Segura.

El joven aspirante a periodista llevaba una libreta manuscrita; una especie de borrador en el que quedó escrita la crónica que tenía preparada para el fin de año. En ella encontré el siguiente texto inédito que: o no llegó al periódico, o no se lo publicaron. Lo transcribo en rojo, como las cartas.

Dios Padre amoroso, por su bondad y justicia infinitas prefiere siempre el bien general al particular o individual. Aludiendo a esta consideración, he llevado con santa paciencia y resignación cristiana la afección catarral que he venido sufriendo estos días pasados; pues gracias a ella no he molestado atrozmente en estas pascuas que hoy terminamos a los pacientes lectores de “El Labrador”. Hoy vuelvo de nuevo a mi cháchara ¡Cielo Santo! … Y desde hoy voy a empezar a no ser tan egoísta, que este ha sido uno de mis mayores defectos. Pero es dispensable teniendo en cuenta que siempre he tenido por naturaleza “tendencias líricas” y esta es la poesía subjetiva.

Esto compuesto entremos en materia de actualidad. ¿De actualidad qué? Pues que se ha frustrado nuevamente nuestras esperanzas del gordo; que muchos las perdieron antes del sorteo gracias a los falsificadores de billetes de las loterías; que este invierno trae barbas muy blancas y espada de dos filos; que nuestra política, merced a las Cortes, adelanta una barbaridad; que el ilustre D. Gaspar Núñez de Arce se encuentra enfermo con temores de fatal desenlace; y que, alejando nuestra información de actualidad allende de los mares, la guerra entre los argentinos y chilenos se ha hecho inminente. Ya ven ustedes qué crónica tan negra. A mí se me quitan las ganas de escribir. ¡Desastres! ¡Todo Desastres! Menos los gabancitos de moda, que son más bien «de modistas».

Aunque me falten las ganas, voy a hablar un poco de la enfermedad de nuestro vate guerrero ya que es el único desastre que se lleva tras de sí la poesía. La semana pasada tuve el honor de visitar al notable D. Manuel de Palacio. Le interrogué por el estado del distinguido enfermo y el veterano poeta; contrajo tristemente su respetable rostro y dando una expresión de funesto augurio a sus penetrantes ojos azules, me repuso: —Mal hijo mío, mal. Temo que de esta no escape. Por desgracia, después de esta manifestación de D. Manuel, no se ha declarado todavía la reacción en la dolencia que tal vez nos prive del poeta de España, autor del “Gritos del Combate” y de “La selva oscura”. Ayer hizo delante de mí otra manifestación análoga D. José Castillo Soriano, intimo familiar y compañero inseparable de Núñez de Arce. ¡Pobre poesía española!… 27 de Diciembre de 1901.

Con el poema publicado para la nochevieja de 1901 cierro esta entrega.

El labrador. Número 13 – 31 de diciembre 1901: AL TADER (soneto): Sigue tu curso manso y dilatado/ hermoso Táder, argentado río/ ya siento palpitar el seno mío/de tu amor al ritmo prolongado./ Contemplando tu espejo plateado/ viendo las ondas de tu cauce frío/ abandona el dolor y el negro hastío/ mi pecho, por sus garras destrozado./ No dudo que la Musa que me inspira/ llena de amor en tu cristal se mira/baña su cuerpo en tu corriente bella/ y esconde de tu orilla en la espesura/ sus formas delicadas y hermosura/ cual recatada y púdica doncella.  Justo García Soriano. 

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Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).

Mi agradecimiento a Javier Sánchez Portas, a Jesús García Molina y a José Manuel Dayas.