Justo García Soriano 4. La Feria.

Los días 16 y 17 de agosto de 1904, «El diario orcelitano» en sus números 154 y 155 publicó un trabajo de Justo García Soriano sobre la Feria de Orihuela dividido en dos partes. Tres años después, del 27 de agosto al 5 de septiembre de 1907, «La iberia» en sus números del 57 al 65 publicó un nuevo estudio sobre el mismo tema más amplio y completo. He fusionado ambos trabajos teniendo en cuenta que, en la segunda parte, falta al menos una entrega.

La Feria de Orihuela. Historia de su origen y de las modificaciones más notables que ha sufrido.

Como tema de actualidad en estos días clásicos para los oriolanos, apuntaremos al correr de la pluma y limitándonos al reducido espacio de que disponemos, el origen o punto de partida de nuestra feria, la que a través de seiscientos treinta y dos años que cuenta de duración, llegó a alcanzar considerable importancia proporcionando a este vecindario medios de pingües utilidades y horas de solaz y esparcimiento; si bien, desgraciadamente, cruza ahora por un período de desanimación y decadencia que, inspirados en espontáneos sentimientos de patriotismo, no podemos menos de lamentar al tiempo que apetecemos recobre en breve su prístino esplendor.

Aún hendía los espacios el eco de las armas de nuestros valientes libertadores y manchaba los aceros la sangre húmeda de los esforzados adalides de nuestra reconquista, cuando entre la consiguiente confusión de la pasada guerra y sus anejas circunstancias, Alfonso el Castellano, uno de los pocos monarcas de la interminable serie de reyes ineptos que llenan nuestra historia que merecen benignas censuras de la crítica sensata e imparcial, poco después de haber visitado a Orihuela, se apresuró a organizarla políticamente, instituyendo su Concejo con las prerrogativas propias de aquella época; otorgándole fueros, franquezas o inmunidades; señalando los límites jurisdiccionales de su término; privilegiando a los próceres de su corte y a los que más se habían distinguido en la guerra con un reparto general de los ricos latifundios de nuestra huerta y de las extensas heredades y vicos de nuestros campos.

Dictando disposiciones acertadas para la mejor urbanización de la villa y su régimen interior, como también un admirable código de riego u ordenanzas de aguas, para que éstas vengan “sin embargo neguno, assi como venía en tempo de moros”; y terminando, un año antes de su muerte, con la concesión de una amnistía para todos sus ingratos súbditos, reos de deslealtad o rebeldía, “viniendo ellos a la nuestra merced e mostrando que lo fizieron por fuerza o por enganyo en que los metieron”.

Comenzaba a transcurrir el año 1272. Los todavía escasos vecinos de nuestro pueblo, acomodados al nuevo estado de cosas, después de luengos y recios años de revueltas, desolación, inquietudes, muertes y lutos continuos, iban a disfrutar prósperos días de descanso en el seguro recinto de sus hogares con la posesión de los óptimos tratos que les reportara su gloriosa reconquista. Cada cristiano había sido un héroe en aquella obra magna de independencia, que duró cinco siglos y medio; y cuando llegara la hora feliz tan largamente deseada, en que una nueva era de paz y prosperidades tuviese comienzo para los adoradores de Cristo, en que las simbólicas puertas de Jano se hubieran de cerrar tras de tantas centurias de persistente lucha, ¿qué fiesta, qué solemnidad, qué apoteosis fueran bastantes para celebrar debidamente acontecimiento tan fausto?

Todavía se hallaban presentes el adalid Ferrando de Marfa, el judío Jacob Avendino, Iñigo Darún, Juan Jove, Ibáñez de Oriol, Gil y Andreu Lobet, Jaime de Groño, Jaime de Tormeo, Bernardo Crespo, Fortún de Úgara, García Navarro, Juan Pérez de Tudela, Bernardo de Parage, Pedro Zapatero, Domingo Muñoz, Calviello Peligero, Pedro de Benayos, Pons de Granana, Antonio de Pugcerdán, En Barceló, Pedro Roca, Bg. nee Olivars, y estaba fresca la memoria de los malaventurados Ramón Serrador, Domingo de Tona, Esteban Pérez de Alcántara, Pedro González y Ñuño, los bravos defensores del castillo contra la perfidia agarena.

Edificaron su raval o Morería los musulmanes sumisos en la parte S.O. de Orihuela; y a su vez ensanchábase la villa con los nuevos pobladores venidos a la conquista en los ejércitos castellanos y aragoneses, por el raval de la Puerta de Elche, que ocupaba el perímetro de lo que se ha llamado después Barrio Nuevo. Formaban aquel año el Consejo los alcaldes Ramón Vidal y Pedro de Esperandeu, vecinos de la colación de Santiago, y los jurados García Garcés, Pedro Samatán, Miguel García y Pedro Rosell.

Esta era, pintada desaliñadamente y a grandes rasgos, la situación de Orihuela, cuando Alfonso X le otorgó, con fecha 8 de Abril, autorización para celebrar una feria anual, que había de tener principio el 16 de Agosto, otro día después de sancta María, y durar hasta el 18 inclusive del mismo mes. Además concedía franquicias y salvoconductos, eximiendo les del pago de toda tributación o derecho, a los concurrentes a dicho festival emporio, con objeto de proporcionarle toda clase de facilidades, porque la villa se pueble mejor: la concesión tenía este fin utilitario, norma de todas las disposiciones de aquel relevante monarca.

Transcribiremos seguidamente, literal e integro, el documento en que se contiene esta gracia y que se ha hallado inédito hasta hoy, día del aniversario de la inauguración de la primera feria:

Sepan quantos esta carta vieren como nos don Alfonso por la gracia de Dios Rey de Castella, de Toledo, de León, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarue. Por fazer bien e merced, al Concejo de horihuela a los que agora y son e seran de aquí adelante e porque ayan más e valan mas o porque la villa se pueble mejor damoslos e otorgárnoslos que ayan feria una vez cada Anyo en Orihuela. E esta feria que comience otro día después de sancta María de mediado Agosto e que dure tres días. E todos los que a esta feria vinieren que vengan salvos e seguros con todo lo suyo e que sean francos que non den portazgo nyn otro derecho nynguno de lo que compraren e vendieren en Orihuela quanto la feria durare e mandamos e defendemos que nenguno non sea osado de yr contra esto nyn degelo enbargar. E a qualquier que lo fiziese a él o a quanto ouiesse nos tornariamos por ello e porque esto sea más firme e non venga en dubda diemos vos ende esta nuestra carta seellada con nuestro seello de cera colgado fecha la carta en Murcia viernes ocho días de Abril. Era de mill e trecientos e diez Anyos. Yo García Domínguez notario del Rey en la andalucia la fiz escreuir por mandado del Rey.

Dos años más tarde, acaso por motivo de la estación, plena canícula, o por otras causas o circunstancias difíciles de precisar por carencia de datos que las corroboren, a petición y ruego del Concejo expidió el rey Sabio un nuevo privilegio otorgando la traslación y permuta de la fecha para la celebración de la feria, del 16 de Agosto al 1º de Noviembre, festividad de Todos Santos, y en el ratificaba las mismas garantías y exenciones a los concurrentes y feriantes, por tantos días como son aquellos que vienen a la de Murcia, assy como es fuero é costumbre de feria. Hállase datado este otorgamiento en Burgos a catorce de Marzo, año 1274 de J. C, cuyo texto no se había dado todavía a la luz pública.  Dice así:

Sepan quantos esta carta vieren como yo don Alfonso por la gra. de Dios Rey de Castella, de Toledo, de Leon, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarbe. Por Ruego del Concejo de Orihuela e por les fazer merced tengo por bien que la feria que les yo otorgué que iziesen en su villa cada anyo por la sancta María de agosto que la fagan en la fiesta de todos sanctos. E mando que aquellos que a esta feria vinieren que sean francos de entrada e de salida por tantos días como son aquellos que vienen a la de Murcia. E que pueden venir o estar o tornar sanos e seguros con todo lo suyo assy como es fuero e costumbre de feria. E porque esto non venga en dubda doles ende esta my carta abierta seellada con myo seello. Dada en Burgos, XIIII  días de Marzo. Era de mil CCC e XII. Anyos. Yo bon amic la escreuí por mandado del Rey.

Después volvió a realizarse en la primitiva época por motivos que también desconocemos; y así ha continuado, con pequeñas alteraciones, hasta el presente. Tal fue el origen y fundación de nuestra antiquísima feria, y al cerrar estos cortos y pobres apuntes, reiteramos la expresión de nuestro deseo excitando a todos los bueno oriolanos para que, poniendo cada cual de su parte el empeño que esté al alcance de sus fuerzas, podamos en el año próximo celebrarla con la solemnidad, animación y pompa, de que nuestra ciudad es digna, con lo que todos saldremos beneficiados, e iremos perpetuando tradición tan ventajosa y plausible.

Justo García Soriano. Orihuela, 16 agosto de 1904.

1907. En «La Iberia»: La Feria de Orihuela. Historia de su origen y de las modificaciones más notables que ha sufrido.

Una variación más tenemos que añadir este año a nuestra feria sobre las muchas vicisitudes y alternativas, experimentadas a través de los seis siglos y siete lustros, que desde su origen o instauración acá median. Las guerras, las pestes, las inundaciones, la inopia, todas las calamidades y otros diversos motivos determinaron multitud de veces su suspensión y otras el cambio de la fecha y hasta del lugar en que debía celebrarse. Sería labor costosa y larga redactar su historial completo, siguiendo año por año su relato minucioso, lo cual bien pudiera ser objeto de una extensa y curiosa monografía.

No intentamos hoy hacerla nosotros en este volandero artículo de actualidad, por las proporciones que obligados venimos a darle y, además, porque no disponemos en esta ocasión de cuantos datos aportarse pudieran; pero sí ordenaremos en unas pocas cuartillas sus más culminantes accidentes, a fin de, satisfacer al curioso lector en estos días oportunos.

En un breve trabajo que escribimos nosotros con el título de «Protohistoria de nuestra feria» y publicó «El Diario Orcelitano» los días 16 y 17 de Agosto de 1904, apuntamos algunas interesantes noticias acerca de su fundación, las cuales habremos de reproducir ahora para aumentarlas seguidamente con la reseña de otros acontecimientos posteriores que a ella se refieren.

Veintinueve años justos habían transcurridos desde el homenaje prestado por el arráez do Orihuela Abenassam a Alfonso X de Castilla, y sólo diez u once desde que aquella plaza quedó definitivamente sometida a la dominación cristiana, cuando el mencionado rey le otorgó, en privilegio expedido en Murcia, el 8 de Abril de 1272, autorización a su Concejo para celebrar la primera Feria, la que había de comenzar el «otro día después de sancta María de mediado Agosto e que dure tres días»; es decir, había de comprender los días 16, 17 y 18 del mes referido, durante los cuales se concedía a los que a la feria concurrieran, salvoconducto y franquicias eximiéndoles del portazgo y de cualquier otro derecho que pudiera gravar lo que en ella compraren o vendieren.

El curioso documento por el que estas gracias se conceden, estuvo inédito pues sólo había sido inventariado por Ascensio de Morales («Colección de escrituras y privilegios de las iglesias de España», tomo XII, núm. 305), hasta que nosotros lo publicamos por primera vez en el artículo a que antes hemos hecho referencia. Sin embargo, dada su extraordinaria importancia para nuestro objeto, creemos conveniente volverlo a insertar en estas columnas.

Nota: Este documento ya está publicado en 1904.

Sepan quantos esta carta vieren como nos don Alfonso por la gracia de Dios Rey de Castella, de Toledo, de León, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarue. Por fazer bien e merced, al Concejo de horihuela a los que agora y son e seran de aquí adelante e porque ayan más e valan mas o porque la villa se pueble mejor damoslos e otorgárnoslos que ayan feria una vez cada Anyo en Orihuela. E esta feria que comience otro día después de sancta María de mediado Agosto e que dure tres días. E todos los que a esta feria vinieren que vengan salvos e seguros con todo lo suyo e que sean francos que non den portazgo nyn otro derecho nynguno de lo que compraren e vendieren en Orihuela quanto la feria durare e mandamos e defendemos que nenguno non sea osado de yr contra esto nyn degelo enbargar. E a qualquier que lo fiziese a él o a quanto ouiesse nos tornariamos por ello e porque esto sea más firme e non venga en dubda diemos vos ende esta nuestra carta seellada con nuestro seello de cera colgado fecha la carta en Murcia viernes ocho días de Abril. Era de mill e trecientos e diez Anyos. Yo García Domínguez notario del Rey en la andalucia la fiz escreuir por mandado del Rey.

Alfonso el Sabio que, como la Crónica de su reinado (Cap. XVI) dice: señaladamente facía mucho por poblar de cristianos la villa de Orihuela, por la cual sintió siempre especial predilección, la prodigaba sin descanso favores, leyes y exenciones, tendiendo siempre a su buen régimen, prosperidad y acrecentamiento.

Además del privilegio que hemos transcrito, por el que otorgaba a Orihuela la celebración de una feria anual, concedióla en este mismo año de 1272 otros muchos, porque sus moradores sean más ricos e más abondados e porque hayan más e vallan más, según la expresión consagrada que en todos ellos se consigna.

Confirmábase mientras tanto el tercero y último de los repartimientos de las casas, solares y heredades de Orihuela, con arreglo al ordenamiento de D. Enrique Pérez, Adelantado Mayor en el reino de Murcia, refrendado por García Domínguez, notario del Rey en el Andaluzia, y por Johan García, escriuano del Rey. Formaban a la sazón el Concejo los alcaldes Ramón Vidal y Pero de Esperandeu, vecinos de la colación de Santiago, con los jurados de villa García Garcés, Pedro Samatán, Miguel García y Pedro Rosell.

Habían entonces las mismas parroquias que en la actualidad, teniendo la primacía la del Salvador, que había sido en tiempo de moros cabeza de las otras mezquitas. En ella celebraba sus reuniones públicas y solemnes el Concejo, para deliberar y resolver en todos los asuntos relacionados con el gobierno de la villa, hasta que poco después fue construida la Sala sobre el puente de Poniente, o Viejo, el único que existía en aquel tiempo.

Era, no obstante, la colación de Santa Justa la más céntrica, populosa y aristocrática de las tres: en ella estaba la plaza mayor (hoy de la Fruta) con algunos edificios públicos, la carnicería y la lonja. La judería o barrio israelita comprendía todas las callejuelas que se extienden al pie del monte, desde el Churripel hasta la espalda do Santiago, constituyendo su núcleo principal lo que todavía se llama barrio de Triana.

Las puertas principales que daban acceso a la población eran la de Murcia (en la parte S. E. de la plaza de Monserrate), entrando por la partida de Beniaçan (hoy de Bonanza); la de Emborgoñes (en la Cruz del Rio); la del Puente o de la Sala; el Postigo de Elche (en la Soledad), y la de Crevillente, en el barrio Nuevo, ensanche que se hizo después de la reconquista. La morería se hallaba extramuros, en lo que actualmente ocupa la barriada de San Agustín, y en ella estaban el burdel o mancebía pública y algún tiempo después el Pósito.

En lo antiguo se instalaba la feria siempre en la calle que por este motivo aún conserva aquel nombre, y allí sin duda debió celebrarse la primera de todas, aunque no consta este detalle. En los portales y entradas de las casas de esta rua tortuosa y estrecha, acomodaban sus tenduchos y mostradores los feriantes y mercaderes do ropas, baratijas, utensilios, golosinas y vituallas, en abigarrada y heterogénea promiscuidad que mareaba a la vista.

Otras tiendecillas y barracones menos pretenciosos, pero no menos llamativos, llenaban e invadían la plaza del Salvador y la de Santa Justa, el zoco moruno. Por este concepto, muchas casas de la calle de la Feria, que pertenecían a la corona, hicieron fadigas o recargos por enfiteusis, al patrimonio real hasta bien entrado el siglo XVIII.

El alma de las ferias hubieron de ser en aquellos primeros tiempos los moros y los judíos, traficantes y mercachifles, nómadas del comercio, que convivían entonces con los cristianos, como después lo fueron los genoveses y los buhoneros catalanes.

Para contribuir al esplendor y engrandecimiento de tráfagos tan provechosos al bien de la república, se verificaban simultáneamente festejos populares y religiosos, aquellos que estaban más en armonía, uso y boga, según las distintas épocas. Se jugaban cañas con estafermos y otras divertidas invenciones; se hacían zambras, torneos y justas; se corrían y azotaban toros, y se organizaban tiros de ballesta, los juegos conocidos con los nombres locales de la palometa, la tafureria y otros, farsas y mimos con titereros y juglares, danzas, mojigangas y demás regocijantes excesos.

Con algunas dificultades o desventajas de monta tropezarían nuestros antepasados, cuando dos años después de efectuada la primera feria, hubieron de recurrir en súplica a su rey a fin de que les mudara la fecha marcada para su celebración anual, de modo que el emporio, en vez de comenzar en la Virgen de Agosto, como estaba establecido, principiara en la fiesta de Todos los Santos, en primero de Noviembre.

No constan los motivos que movieran al Concejo a apetecer esta variación, aunque a nuestro parecer fueron evitar los excesivos ardores de la canícula. Habremos de limitarnos a copiar otro privilegio del mismo monarca, datado en Burgos en 14 de Marzo de 1274, por el cual autorizaba el cambio pedido y confirmaba, ratificaba y aumentaba las franquicias en el anterior concedidas, haciéndolas iguales a las otorgadas en pro de los asistentes a la feria de Murcia, así como los días de su duración.

Nota: Este documento ya está publicado en 1904.

Sepan quantos esta carta vieren como yo don Alfonso por la gra. de Dios Rey de Castella, de Toledo, de Leon, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarbe. Por Ruego del Concejo de Orihuela e por les fazer merced tengo por bien que la feria que les yo otorgué que iziesen en su villa cada anyo por la sancta María de agosto que la fagan en la fiesta de todos sanctos. E mando que aquellos que a esta feria vinieren que sean francos de entrada e de salida por tantos días como son aquellos que vienen a la de Murcia. E que pueden venir o estar o tornar sanos e seguros con todo lo suyo assy como es fuero e costumbre de feria. E porque esto non venga en dubda doles ende esta my carta abierta seellada con myo seello. Dada en Burgos, XIIII  días de Marzo. Era de mil CCC e XII. Anyos. Yo bon amic la escreuí por mandado del Rey.

La fiesta de Todos los Santos parecía ya la fecha indicada a perpetuidad para comenzar nuestras ferias. Sólo transcurrió un periodo de veintiún años hasta dejar de ser así. Ya había muerto, tras un largo reinado tan pródigo en hechos gloriosos como en agitaciones y desasosiegos, Alfonso X de Castilla, aquel monarca sabio y previsor que hubo de enaltecer a Orihuela con el código admirable de todos sus numerosos privilegios, disposiciones y pragmáticas.

Era la feria de Murcia a quinze días después de sant Miguel, o sea el 14 de Octubre. De modo que desde su terminación hasta el comienzo de la feria de Orihuela mediaba un intervalo que, a muchos feriantes que venían de pueblos lejanos dispuestos a concurrir a ambas ferias, les obligaba a detenerse aquí con perjuicio de sus intereses o a regresar a sus tierras sin llegar a la nuestra.

Percatado el Concejo de esta causa que aminoraba la animación y concurrencia de nuestra feria, pensó sin pérdida de tiempo en obviar el obstáculo, para lo que se apresuró a pedir a Fernando IV el Emplazado que acababa de subir al trono de Castilla por muerte de su padre Sancho IV el Bravo, la merced de que le autorizara el hacer la feria de Orihuela en cuanto finalizare la de Murcia.

Muy propicios andaban los tutores del niño rey en acceder a cuantas solicitudes les elevaban los pueblos, con el ánimo de sumar adictos en el partido del monarca, inseguro en aquellos tiempos de divisiones y revueltas; cuanto más habían de estarlo en probar la pretensión de Orihuela que era justa, razonable e insignificante. Seguidamente insertamos el documento que contiene esta gracia.

Sepan quantos esta carta vieren como yo don Fernando por la gra. de Dios Rey de Castiella, de Toledo, de Leon, de Galicia, de Seuilla, de Cordoua, de Murcia, de Jaén, e del Algarue, e Senior de Molina. Por fazer bien e merced al Concejo de Orihuela, e porque me embiaron pedir por merced. Tengo por bien que la feria que les el Rey don Alfonso mio Auelo otorgó que isziessen en su villa cada año por la fiesta de todos sanctos, que la fagan cada año quando salieren de la feria de Murcia que es a quinze días después de sant Miguel. E mando que todos aquellos que a esta feria vernan, que vengan saluos e seguros e francos con todas sus cosas según dize en la otra carta que ellos tienen del Rey don Alfonso myo Auelo en Razón de esta feria e que vsen de ella asy como vsaron en el su tiempo o del Rey don Sancho myo padre fasta aquí. E defiendo firmemente que nenguno non sea osado de los pasar contra esta merced que yo fago. E aqualquier que lo fiziesse peyar meya en pena mili marauedis de la moneda nueva. E al Concejo o a quien su voz toniesse todo el danio doblado. E de esto les mando dar esta my carta abierta sellada con myo sello colgado de cera. Dada en Medina del Campo veinte e quatro días andados del mes de nouiembre. Era de mill e trezientos e treinta e tres años. Gil Gutiérrez, Justicia maior de la cassa del Rey e amo del Infante don Pedro, llamando fazer por mandado del infante don Enrique su tío e su tutor e guarda de los sus Reynos.

Los motivos y circunstancias que originaron el nuevo cambio de fechas establecido por el privilegio precedente fueron cesando y desapareciendo poco a poco; hasta volver a ser la festividad de Todos los Santos el día inicial de la feria; lo cual perduró, tomando carta de naturaleza hasta el siglo XVIII en que fue preferida la primitiva fecha de Agosto. La costumbre que todavía existe en Orihuela de celebrar el día de Todos los Santos con algunas comidas características y clásicas como las gachas, especie de puches, son los únicos vestigios que ha guardado la tradición de cuando la feria se hacía a primeros de Noviembre.

Tanta importancia llegó a alcanzar la feria andando el tiempo, que el municipio se vio en la precisión de formar un estatuto, el cual fue confirmado en un privilegio cuyo texto y data desconocemos, y por el que se regía Orihuela para nombrar anualmente con el título de alcaldes de feria, a dos funcionarios con el encargo de intervenir y conocer en todos los asuntos con ella relacionados. Mosén Pedro Bellot registra en su Compendio los nombres de algunos que fueron elegidos alcaldes de feria en diferentes años: en el año 1485 lo fueron Jaime Desprats y J. Guilabert; y en el 1493 M. And. Ruis y N. Peres.

El Rector de Catral, el mismo diligente y puntual cronista, nos refiere en su obra citada (Tomo 11, cap. XXV.) una importante cuestión promovida por la cobranza de tributos a los que acudieron a la feria del año 1498.

El almojarife o colector general, especie de recaudador de contribuciones que había sido designado por la diputación del reino de Valencia, sin ningún género de contemplaciones, con grave perjuicio de los intereses de Orihuela y contraviniendo todos sus fueros e inmunidades, osó cobrar durante los días de feria del año predicho, diez sueldos de portazgo a la entrada y a la salida, por cada uno de los esclavos que en su compañía llevaran los feriantes y haciéndoles pagar también por los paños y otras mercancías aunque no se vendieran.

Ante tamaño descomedimiento y desafuero, no pudo menos el Concejo, celoso siempre cuando de guardar escrupulosamente sus prerrogativas se trataba, de adoptar una enérgica actitud de protesta, alzándose contra la conducta del colector; lo cual patentiza el hidalgo espíritu de independencia que animaba a nuestros antepasados hasta obligar o imponer a los más altos poderes el respeto a sus derechos, con un valor cívico y una abnegación de las que en los actuales tiempos con alardes de libertad y democracia, no se encuentran ejemplos parecidos, y evidenciando a la vez el rebajamiento moral de una raza que decae.

Véase en la siguiente carta que el municipio dirigió a su mensajero en corte Jaime Ruiz, en réplica a una misiva de éste; el tono enérgico, el valiente desenfado y la altura de miras con que hizo ostensible su protesta y salió a la defensa de sus privilegios. El texto catalán dice así:

Molt mag. Sr. Ab. Mateu, criat e de la casa del mag. Fr. Masquefa y vra. hauem rebut una vra. lletra. E jat sia hauem vist una lletra del Mag. Baile gral. feta al mag. P. Desprats son lloch hauem vist lo poc es quart que los SS. Diputats de aquest Regne han vers aquesta ciut lo que fer no deurien porque lo preu ab que compraren nres. priuilegis fon la vida y sanch de predecessors axi en lo temps que eren de Castella per deffendre la terra dels enemigs de la Sta. Fe Cath.ª com en lo temps que som estats del Regne de Val.ª en deffendre la vida y estat de tots los Valencians e poblats en dit regne. Y lo preu que vres. nos predecessors donaren obtenir los delliberam donar per deffendres. Es tam certs que la Magd. real nos tendra en Justª. E lo Ext. Sr. Infant lloch gural. E ab aquesta querella delliberen morir puix tan por recort tenen aquexos SS. del que deves. E deuriense recordar que si som units el regne de y.a ab nres, priuilegis axi podrat y concordat quels nos han aservar e que hui tenim temps disposicis iao séruant nos cap. de sus, com som units procurarn que han reduit a prouincia per si puix som de un Rey y Sr. E serem Heu res de las Vexacions que dels Valenciaus tots jorns rebem. E deurien considerar aquexos S.S. que en nra, ma estala justicia de aquest fet liara es pronuncie eufauor nra. o en contra. Per que no usant del privilegi de la fira questa en nra. ma cesaran estes alteracions, ett.

Lo que traducido libremente viene a ser: Muy magnífico señor: Con Mateu, criado de la casa del magnífico Francisco Masquefa y vuestra, habernos recibido una carta vuestra. Y así mismo hemos visto una carta del Magnífico Baile general dirigida al magnífico Pedro Desprats, su lugarteniente, por las cuales vemos la poca consideración y respeto que los señores diputados de este Reino tienen para con esta ciudad, lo que no deberían hacer, porque el precio a que compraron nuestros predecesores nuestros privilegios fue con el de su vida y su sangre, así en el tiempo que eran de Castilla por defender la tierra contra los enemigos de la Santa Fe Católica, como en el tiempo que estamos perteneciendo al reino de Valencia, defendiendo la vida y estado de todos los valencianos y pobladores de dicho reino.

Y la deuda que vuestros predecesores reclamamos pudieran por libertarnos, la pagamos con creces defendiéndolos en muchos peligros. Estamos seguros que la Majestad real y su lugarteniente general el muy alto señor Infante, nos sabrán hacer la justicia a que en tan legítima demanda tenemos derecho y que, olvidando sus deberes, han hollado esos señores. Y si tratan de demostrarnos con nuestros privilegios que somos súbditos de Valencia y que a ella hemos de estar sometidos, los propios testifican nuestros fueros, que nos eximen de cualquier otro vasallaje que  no sea el que todos hemos de rendir a un mismo Rey y Señor.

Y quedaremos libres de las vejaciones que de los valencianos todos los días recibimos. Deberían considerar esos señores que ha de correspondemos siempre la justicia, tanto si se pronunciare en nuestro favor como si se declarare en nuestra contra; y sólo permitiéndonos el uso de las exenciones y franquicias que nuestros privilegios nos conceden, cesarán estos altercados.

Faltan los números 62 y 63 que pueden contener una o dos entregas. El número 64 comienza con la frase: Dice así el memorial a que nos referimos:

Excmo. Señor: El señor rey D. Alfonso el Sabio, con su real privilegio dado en Burgos a 14 de Marzo, era de 1312, otorgó a esta ciudad facultad de celebrar feria, franca de todos derechos, desde el primer día hasta el quince de noviembre, el cual, de tiempo tan antiquísimo está observando sin contradicción alguna, eligiendo la ciudad a su arbitrio el punto más acomodado para el comercio de la feria.

En lo antiguo se practicaba ejecutarla en la calle (quizás por esto) llamada de la Feria, que termina en la plaza de Sta. Justa, donde está esta parroquia y todos los tribunales de esta ciudad, hasta que con los repetidos contratiempos de avenidas de río y contagios que padeció este común, por la falta de moradores y pobreza de los vecinos, se extinguió el comercio, y con ello la frecuencia de feria, de forma que está muchos años suspensa y dormida su celebración, sin que de ella se hiciera conmemoración alguna.

Ha sido Dios servido restablecer la población (que no experimentó menores estos contratiempos) no sólo a su antiguo estado, sino también a mayor número de vecinos que hoy goza, y con el aumento de los frutos y cultivo de los términos, han crecido también los comercios, cuyo motivo le ofreció a nuestros antecesores, años hace, a acordar la práctica de su antiguo privilegio, por lo que el concurso de comerciantes en la feria nobilita los tratos; y reconociendo (lo que antiguamente jamás se experimentaba) que concurrían tratantes, no sólo de géneros y mercancías de ropas y vituallas, sino también de ganados, principalmente mayores, que es de lo que más este público necesita por lo dilatado de sus huertas y campos; y que para este efecto era sobradamente estrecha la calle de la Feria por serlo toda ella tanto que no permite lugar para pasar dos coches si se encuentran; y que a la bajada del Puente viejo toma principio (después de un espaciosísimo ámbito) la plaza Nueva, capaz de tener cómodamente muchos ganados, la calle de la Mancebería, bastantemente espaciosa, y la de S. Agustín que baja derecha desde el puente, que toma su principio de la Sala del concejo de esta ciudad y termina en las eras de S. Sebastián, donde hay una dilatadísima y anchurosa plaza extramuros.

Y como la aptitud del punto era lo más tratable y menos lejos a cualquiera distancia de la ciudad y sus arrabales, acordaron que en él se celebrase la feria, como con efecto se ejecutó por muchos años consecutivos, sin que en todos ellos se ofreciera el menor reparo ni a los magistrados que firmaron los pregones, ni a los vecinos de la ciudad, y en especial a los de la calle de la Feria.

Con esta subseguida observancia sin alteración ni novedad, se continuó en el referido puesto la feria, hasta el año pasado de 1704 en que se volvió a hacer, como se hizo en dicha calle; pero luego se experimentaron los inconvenientes de la estrechez del punto y copia del concurso, pues aquella estorbaba a este de forma que se vio la ciudad precisada a hacer teatro de tiendas y mercaderías, no sólo las paredes de la iglesia catedral, con que se perturba el culto de los divinos oficios con el estruendo y bullicio de la gente, sino también la lonja donde caen algunos tribunales y toda la plaza en que se venden los mantenimientos comunes de carnes, pescado y frutas, para minorar el concurso de la calle, lo que no es sobrado decente a este común.

En vista de las facultades que hallamos establecidas y de la más cómoda situación del puesto para la feria, hemos acordado en el día de hoy se celebre en el Puente viejo, plazas y calles a él confinantes; y habiendo llevado a firmar el pregón a Don Carlos Ruiz, teniente de gobernador de esta ciudad, por medio de nuestro sub síndico, en la forma acostumbrada, hemos hallado la novedad de no haberle querido firmar con motivo de haberle insinuado el fiscal, don José Roca, ser en perjuicio de las regalías y real patrimonio de S.M. (q. D. g.).

Motiva el interés del real patrimonio en que por razón de la feria, todas las casas de la calle de la Feria hacen fadiga al rey, y que así carecían sus enfiteutas de esta utilidad; y que siendo la costumbre en lo antiguo inmemorial, tratándose de privilegio de la real hacienda, era necesaria otra contraria posesión centenaria o inmemorial que destruyera la primera.

Eficaz parece el argumento mirado por la contera, a no tener pronta la satisfacción, siendo incierta la primera suposición; porque el ánimo vidito de la fadiga ni se aumenta ni decrece a S. M. porque haya o no haya feria, se haga o no en dicha calle, redundando sólo en provecho del vecino el gaje que pudiera percibir de dar en su casa al feriante territorio, y no en aumento del patrimonio del rey. 

No consta que las fadigas se hagan al rey por razón de la feria, ni sitio de la calle, pues de ser esto regalía, se inferiría que toda la calle estaría de ipso afecta a esta infeudación, como lo están molinos, hornos y demás propios. No todas las casas de esta calle hacen fadiga al rey, sí sólo algunas, muchas le corresponden al cabildo eclesiástico, otras a diferentes comunidades y conventos, y otras son francas, sin hacer fadiga alguna. Y de aquí es el no poderse decir que por razón del sitio tienen las casas el gravamen de la enfiteusis al rey, pues a no tener alguna casa el procurador fiscal de S. M. en esta calle, aseguramos a V. E. serian menos las instancias, pues con el pretexto del celo del interés patrimonial, se celan otros de particulares que motivan las novedades que el teniente de gobernador introduce.

Esta es, señor, la realidad del hecho, en el que la ciudad no interesa otro que el beneficio del público, mayormente cuando el gobernador no concurre a la firma de pregones como parte principal en quien reside jurisdicción sobre elección de punto, si sólo por el aseguro que se concedo a algunos por delitos, y así se aseguran bajo palabra real.

El deseo de que V. E. quede enterado de la genuina verdad, nos obliga a despachar este expreso, suplicando à V. E. con el mayor rendimiento se sirva atender a que nuestra operación se mantenga, que entendemos ajustada a la facultad real, en virtud de la cual obramos. — Dios etc. Orihuela y octubre 20 de 1705.»

No pudieron surtir efecto ni adoptarse la solución y fallo emitidos por el virrey en este litigio, pues, como dice el Sr. Gea en su mencionada obra, «la feria no se celebró aquel año, ni en la calle de su nombre, ni en el barrio de S. Agustín, porque lo impidió la discordia que en los ánimos más esforzados y serenos introduce la guerra cuando esta funesta diversión se hace entre ciudadanos de una misma república». Era esta la guerra de sucesión, que había comenzado a arder con gran ímpetu y se corría rápidamente por todos los ámbitos de España.

Más tarde, sin que tampoco hayamos podido acotar la fecha, se mudó el tiempo de celebración de la feria, como insinuado tenemos, adoptándose la primitiva época, o sea la de la Virgen de Agosto. El lugar de la instalación fue definitivamente, en adelante, el barrio de San Agustín, siendo su principal asiento el amplio espacio de la plaza Nueva.

No hemos de descender a otros pormenores, ni a reseñar alguna otra pequeña variación de lugar y tiempo introducida posteriormente. Al comenzar estos mal hilvanados apuntes, hacíamos notar que no aspirábamos a redactar un historial completo de nuestra feria, pues se salía de nuestro objeto, el cual no ha sido otro que el de reunir los hechos y las vicisitudes más culminantes porque ha atravesado, disponiendo y ordenando estos modestos datos que pueden servir de base a una detallada monografía, labor que brindamos muy gustosos a nuestros eruditos cronistas locales.

Justo García Soriano. Transcripción: Antonio José Mazón Albarracín.