Bosquejo novela histórica.

Fraile franciscano. Rembrandt Van Rijn. Siglo XVII.

Oriola, en el año del Señor de 1600.

Todavía no había amanecido y fray Raymundo llevaba caminando ya casi dos horas. Muy cerca de su destino, apretó el paso intentando ignorar los calambres que sacudían su zona lumbar mientras maldecía la decisión tomada de hacer el trayecto a pie. No había tiempo para descansar y le atormentaba pensar en la vuelta.

La oscuridad difuminaba un paisaje de huertos y palmeras cuando atravesó lentamente la Puerta de Callosa. Había llegado a Oriola y una vez más quedó impresionado por el magnífico edificio situado en la entrada; la enorme mole de piedra que albergaba el Colegio de los Predicadores.

Aunque la empresa dominica se había iniciado en 1520 con una modesta iglesia y un paupérrimo convento, la fecunda herencia de Fernando de Loazes había propiciado una faraónica obra cuyo proceso constructivo perduraba en el tiempo.

Con la luz del amanecer, el espesor de sus muros macizos le transmitió la sensación de solidez propia de una fortaleza. Se fijó de nuevo en la iglesia que acogía los huesos del Patriarca de Antioquía, depositados provisionalmente en su capilla mayor hasta que fabricasen el digno sepulcro de mármol que había encargado en su testamento. Estaba pésimamente emplazada y el problema parecía no tener remedio.

Su fachada, recompuesta ya varias veces, mostraba unos artefactos de madera a modo de norias que utilizaban para elevar las piedras talladas. El fraile se entretuvo unos minutos inspeccionándolo todo como en él era costumbre. También curioseó el contenido de una carreta cargada de pedruscos, recién llegada de Abanilla. Su conductor roncaba envuelto en una manta con el sombrero calado hasta los ojos.

La calle que partía del Colegio era la nueva arteria del arrabal. Discurría entre el portal de Callosa y la que llamaban Porta Nova. Siguiendo su trazado, marcado por una acequia, se estaban edificando nuevas viviendas.

Al llegar a la Carretería optó por utilizar el antiguo acceso, situado al pie de una torre ruinosa emplazada en la sierra, en el inicio del Ravalete y el camino de Crevillente. La zona estaba desierta a esas horas. Andando con paso firme enlazó con la calle de la Feria, arteria principal de la ciudad que acogía la nueva puerta de la catedral. Y tras atravesar todo el casco, alcanzó el barrio más pobre y descuidado: el Arrabal Roig.

En la misma Puerta de Murcia, junto a la ermita de Montserrat, encontró la casa que le habían indicado. Golpeó la puerta con los nudillos y acercó el oído. No obtuvo respuesta. Tras dos intentos fracasados y movido como por un resorte, comenzó a dar zancadas arriba y abajo hasta que al fin abrió un hombre de mediana edad con los ojos llenos de legañas, el camisón desabrochado y una humeante lámpara de aceite en la mano.

— ¿Quién va?

—Con Dios, hermano. ¿Sois por ventura el que llaman Palput?

—Así es. Pero mi nombre es Roque, Roque Mula. Disculpe la espera padre. Cada vez me cuesta más mover este viejo cuerpo. No está lejos el día en que ya no pueda ni doblar el lomo. Primero se fue mi esposa; ahora se lleva al chico… Ya me dirá usted cómo voy a valerme solo en este mundo, a mi edad.

—No se queje, por Dios. Bien que le pago el perjuicio. —Dijo mientras le entregaba una bolsa de cuero. —No perdamos más tiempo. ¿Dónde está el muchacho?

—Tranquilícese, padre. Aquí lo tiene.

Raymundo comprendió pronto la razón del apodo. El tipo y su vivienda emitían un agrio tufo que le llegó a producir náuseas. El Palput nunca había sido un modelo de limpieza. Pero desde la muerte de su esposa había progresado en su dejadez física y moral. Hacía tiempo que no trabajaba. Y el poco dinero que el niño obtenía pidiendo limosna, acababa indefectiblemente en los bolsillos del mesonero.

De la oscuridad emergió una cabeza menuda y despeinada. En la penumbra reinante, el fraile no acertaba a distinguir sus rasgos.

— ¿Cuál es tu nombre, muchacho?

—Bermejo me llaman, señor.

— ¿No tienes nombre cristiano?

El muchacho se limitó a encoger los hombros; y avergonzado miró al suelo. Pasaron algunos segundos que se le antojaron eternos. El fraile seguía examinándolo sin decir palabra. Tomando la lámpara la acercó a su cabeza y palpándole el pelo, sonrió satisfecho. —No hay duda; eres el que busco. Quítate esos harapos, ponte esta ropa y sígueme. Alabado sea el Señor, que me ha permitido encontrarte.

Esperó impaciente a que el muchacho se vistiese mientras Roque verificaba el contenido de la bolsa con una asquerosa sonrisa de codicia. Raymundo pensó que estaba traduciendo el dinero en litros de vino.

El sol acababa de salir cuando regresaron al casco. La plaza de la Fruta comenzaba a desprender olores a pan caliente y salazones de pescado mientras se instalaban algunos vendedores que no repararon en un franciscano seguido por un muchacho pelirrojo.

Con paso frenético atravesaron la ciudad. Y ya más despacio, cruzaron el portal adosado al convento dominico y emprendieron el camino de vuelta a Callosa.

Elche.

Elche, en el año del Señor de 1584.

I

Aún no había amanecido cuando Mahmud llegó a las cercanías de Elche. En el cielo ondeaba una soberbia luna cuya luz mitigaba la negrura de los últimos instantes de la noche. Hacía frío. Llevaba demasiado tiempo cabalgando y su cuerpo comenzaba a resentirse tras el duro esfuerzo y la tensión acumulada por el miedo a ser descubierto. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a alumbrar las copas de las palmeras, se sintió sobrecogido por el espectáculo que la naturaleza desplegaba ante su vista.

Mahmud adoraba las palmeras, siempre ligadas a la historia de su pueblo. No en vano, cuando el Profeta abandonó la Meca decidió construir su casa con troncos del “árbol de la vida”, escogiendo los dátiles como alimento favorito, como símbolo de fertilidad y prueba de la generosidad de Allah.

Se detuvo un instante para admirar el bosque de palmeras y no pudo más que sentirse orgulloso de sus antepasados. El paraje, parecido a un oasis, no era un fenómeno natural ni una agrupación fortuita. Gracias al inteligente uso del agua salobre habían conseguido diseñar un bello jardín, generando a la vez las condiciones que permitían a sus habitantes extraer el máximo rendimiento de un terreno casi desértico.

Situada en la ruta de Alicante a Oriola, Elche estaba construida en una llanura atravesada por un canal derivado del río, al que llamaban acequia mayor. A través de sus numerosas hijuelas irrigaba el palmeral y se introducía en la ciudad. El ruido de los pájaros le transportó al breve periodo en que vivió a las afueras de Granada; los días más felices de su existencia. Se veía cuidando de sus huertos, paseando jubiloso a la sombra de los emparrados de su hermoso “Karm”.

Echaba de menos las flores, las fuentes, los verticales cipreses apuntando al cielo. Todo en perfecta armonía para componer el paraíso terrenal que algún día le habría de proporcionar un retiro placentero en el fértil valle del río Darro. Ahora, no quedaba nada de todos aquellos sueños.

Mahmud espoleó suavemente a su montura y, al trote, bordeó la sólida muralla de adobe y tapial rodeada por un foso. En la penumbra pudo contar al menos media docena de torres grandes y una docena de torretas más pequeñas. Eso sin tener en cuenta las de la barbacana. Para dar mayor consistencia al conjunto defensivo, cada veinticinco o treinta palmos la habían reforzado con muros transversales en piedra, de cuatro palmos de espesor.

Elche había sido durante siglos tierra de límites, de peligros al acecho. Como toda la gobernación de Oriola, fue baluarte contra Aragón cuando perteneció a Castilla; y luego frontera con Murcia cuando cambiaron de corona, anexionados al reino de Valencia. Siempre frontera con el Islam; por mar y por tierra. Tan peligrosos eran los ataques corsarios en las costas como las incursiones granadinas por la garganta de Crevillente. Fruto de estas tensiones, la villa se fortificó a conciencia.

Al sur de la ciudad, extramuros, divisó las casas de la aljama, un arrabal asignado a los moriscos llamado de San Juan Bautista desde la conversión forzosa a la que fueron sometidos. Buscaba la casa de su hermana; y el único dato que tenía era su cercanía a la antigua mezquita, convertida en iglesia para “cristianos nuevos de moro”. Pasando junto a ella divisó un horno donde dos hombres cocían pan. El tahonero era un anciano de aspecto venerable al que ayudaba un adolescente flaco, desgarbado y legañoso.

—Perdonad señores —preguntó Mahmud— ¿pueden decirme cuál es la casa de Razín el Adel?

—No conozco a nadie con ese nombre— respondió el más joven utilizando un tono de voz demasiado alto y aflautado.

El anciano estudió al barbudo forastero con visible inquietud, fijando la mirada en la ostentosa daga enfundada en su vaina de cuero y pedrería que llevaba al cinto. El jinete era bastante corpulento, de estatura media, hombros vigorosos y manos finas. Tenía la tez clara, aunque visiblemente tostada por el sol. Su cabello y su barba eran bermejos y ensortijados. Su ropa, a pesar de encontrase sucia y con las mangas deshilachadas, era de buena calidad.

El viejo enjugó su rostro sudoroso con un pañuelo que extrajo del bolsillo; y en completo silencio, señaló hacia un grupo de casas con su dedo huesudo y curvado, sin quitarle la vista de encima.

—Ah, se refiere a Alonso. Sí, Alonso Aledo. Es aquella casa, la que tiene flores junto a la puerta—dijo el muchacho señalando en la misma dirección.

Mahmud rememoró la pasión de Maryam por las flores. Como las mimaba y cuidaba en su jardín del Albaicín. Descabalgó, golpeó la puerta con los nudillos y, tras una breve espera, apareció un hombre despeinado portando un camisón ajado. Sus ojos somnolientos, en un instante se abrieron por la sorpresa.

—Por la barba del profeta; eres Mahmud. No te había reconocido con ese aspecto. Maryam se va a llevar una inmensa alegría, no hay día que no piense en ti.  Se te ve cansado y sediento. ¡Maryam, ven!, ¡mira que nos ha traído Allah!—exclamó alborozado.

La mujer asomó la cabeza con inquietud. Vestía un camisón hasta los pies y llevaba el pelo suelto y despeinado. Miró durante un segundo al recién llegado, gritó sofocando el sonido con sus manos y se abalanzó sobre él.

— ¡Mahmud, mi hermano Mahmud…! ¡Bendito sea Allah!

Razín se unió al abrazo al tiempo que preguntaba con voz quebrada:

— ¿Dónde has estado todos estos años? Te hacíamos muerto, o remando en alguna galera del rey.

—Estoy vivo y entero, Razín. ¿O debo llamarte Alonso? Allah ha cuidado de mí— suspiró mientras dejaba que su hermana le cubriese el rostro de sonoros besos. Aún permanecieron largos minutos mirándose con incredulidad. Maryam no quitaba ojo al rostro de su hermano.

—No hemos sabido nada de ti en quince años—le dijo.

—Ni yo de vosotros. ¿Estáis casados?

—Sí. El mes que viene hará siete años— respondió Razín—ahora somos hermanos. Y puedes llamarme como quieras.

— ¿Qué ha sido de nuestro padre? ¿Y de Yasira? —inquirió Mahmud mirando a su hermana.

—Nuestro padre murió hace años— dijo ella con la voz rota por la emoción —Siempre esperó tu regreso. Sólo él y yo manteníamos la esperanza de que volvieses algún día.

— ¿Cómo murió?

— Es una historia muy triste—contestó Razín— fue detenido y encarcelado. Al salir de prisión, poco a poco se fue apagando como una vela mortecina. Hasta que una mañana su corazón se paró de pronto y nos dejó sin decir una palabra.

—Fue todo por mi culpa. Mi padre pagó por mis errores.

— No. Su detención no tuvo que ver nada contigo. En eso puedes estar tranquilo. Pero mejor hablamos de todo eso más tarde, cuando te hayas instalado.

—Que su alma descanse en paz—dijo Mahmud profundamente apenado— ¿Y Yasira?

Razín calló mirando al suelo con gesto serio y avergonzado.

— ¿Dónde está Yasira? —insistió Mahmud—no me digas que también ha muerto.

—No—contestó Razín haciendo una pausa— ella no. Yasira vive muy cerca de aquí, en Oriola. La vi por última vez hace meses y aparentemente estaba bien.

—No te entiendo— comentó Mahmud con expresión asustada.

—Como te ha dicho, vive en Oriola y se encuentra bien—dijo su hermana intentando tranquilizarle. Y sosteniendo fuertemente su mano le susurró al oído:

—Hermano mío: es una bendición tu vuelta.

Dicho esto le cogió las manos y poniendo la cabeza en su pecho añadió:

— Yasira se casó hace tiempo. Lo siento.

Mahmud se apartó de ella y al mirarla no pudo evitar pensar que con la edad se había convertido en la viva imagen de su madre. El recuerdo provocó un estremecimiento de emoción que le dejó mudo y una lágrima rodó por su mejilla. Como por contagio Maryam mudó el rostro y comenzó a llorar a lágrima viva.

—Tu hermana dice la verdad—interrumpió Razín— se casó con un comerciante de la vecina Oriola que trabajaba con tu padre. No te consolará, pero por lo que sabemos, vive relativamente bien. Su marido la trata con respeto y no le falta de nada.

—Necesito verla. He viajado muchos días para venir a buscarla, para llevarla conmigo. Y si os parece, a vosotros también

—Y…. ¿a dónde nos piensas llevar? —preguntó Razín con un mal disimulado gesto de escepticismo.

—A Marsella, allí tengo amigos, casa y negocios.

—No sé si sabes que tenemos prohibido embarcar bajo pena de muerte. Mucho menos intentar abandonar el país. Tras el levantamiento de las Alpujarras nos podemos ni acercarnos a la costa.

Mahmud parecía no escuchar. En su mente solo aparecía la imagen de Yasira en manos de un extraño. Saltando como un resorte agarró a su cuñado por las ropas y le espetó en el rostro:

— ¿Y dónde puedo encontrar a ese comerciante? Necesito verla, pedirle perdón.

—Ya te lo he dicho; viven en Oriola—contestó recomponiéndose la vestimenta mientras intentaba zafarse— si lo deseas te ayudaré a buscarla. Te lo prometo. Pero ahora debes descansar—cortó Razín— hoy es día de alegría y celebración. Vamos Maryam, tu hermano necesita asearse y comer algo.

 —Tiene razón. Luego hablaremos de todo—sentenció Maryam mientras abandonaba la estancia.

—He dejado el caballo en la puerta, cansado y hambriento. Y mis cosas están en las alforjas.

Salieron a la puerta, desensillaron la montura y la metieron en un establo junto a un par de bueyes de labor. Razín le trajo una alpaca de forraje y, mientras llenaba un cubo de agua, preguntó.

— ¿Dónde has estado todo este tiempo?

—En Marsella. Al principio ayudando a los que como yo decidieron abandonar la península antes de que los cristianos les expoliasen y echasen a patadas de su propia tierra. Después dedicado plenamente al negocio del jabón.

— Y ¿cómo nos has encontrado?  

— Recibí una carta de mi padre. No sé cómo llegó a Marsella; pero tardó tanto en caer en mis manos….

Cuando regresaron Maryam se había puesto un sencillo vestido oscuro de algodón, un sobretodo de lino de color hueso y un delantal blanco con bordados. Llevaba el pelo recogido y cubierto con un pañuelo que caía sobre sus hombros. Sobre su pecho generoso colgaba una cadena de plata con una pequeña mano de Fátima que normalmente guardaba escondida. Mahmud se sintió orgulloso de que su hermana, tres años mayor que él,  fuese todavía una mujer atractiva a pesar de estar bastante ajada por el trabajo.

—Hermano, quiero que conozcas a tus sobrinos— dijo mientras rodeaba con los brazos su cuello alzándose de puntillas—no puedo creer que estemos de nuevo juntos.

De la penumbra surgieron dos niños: un varón y una chiquilla deliciosa. Jazmín, la mayor, tenía seis años. Su hermano, de cinco, se llamaba Nayib. 

—Éste es vuestro tío, mi hermano.

Mahmud se enterneció al verlos. Su sobrina sonreía mientras el pequeño señalaba con el dedo hacia la daga que llevaba al cinto. Tomó a la niña por las manos y la giró hasta levantarla del suelo. Luego la abrazó y cubrió su rostro de ruidosos besos.

El niño, escondido entre las faldas de su madre, lo miraba entre curioso y asustado. Pero tan pronto alargó los brazos hacia él quedó paralizado y tembloroso, agarrado a la pierna. Cuando pudo zafarse del abrazo de su hijo, quien salió corriendo, Maryam dejó la habitación para volver con un jarro de agua fresca, unos pastelillos especiados con miel y un cuenco con frutos secos.

Ayudado por Mahmud, Razín colocó una tina de cobre muy cerca de la chimenea, donde Maryam había puesto a calentar una enorme olla con agua. Su cuñado se retiró y le dejó desvestirse junto al fuego, dejando la ropa sucia amontonada en el suelo. Una vez llena la bañera se sentó en cuclillas e intento introducir el cuerpo. A causa de su corpulencia tuvo que encogerse mucho y sufrió un calambre en el muslo. Pero la agradable temperatura del agua le produjo una relajante sensación de bienestar.

Maryam recogió sus ropas y dejó prendas limpias cuidadosamente dobladas sobre el arca en la que guardaba las prendas de su marido. Luego se sentó junto a la bañera y le frotó el cuerpo con un áspero trozo de estopa. Acto seguido comenzó a lavarle el pelo, lenta y suavemente, como cuando ella tenía doce años y él era solo un crío. Mahmud se dejó hacer hasta que el agua quedó fría. Su hermana secó su cuerpo frotándolo con energía. Lo perfumó con agua de azahar y se marchó a preparar la comida. Mahmud se vistió con las prendas que le había dejado: una túnica de seda blanca, un chaleco de seda con bordados y unas confortables babuchas.  

Con ayuda de su cuñado vaciaron y retiraron la bañera. Extendieron una alfombra y se sentaron en mullidos cojines. El pequeño Nayib se acomodó acurrucado junto a su padre. Maryam y su hija regresaron con un caldero humeante, un guiso compuesto con muslos de pollo especiados, habas frescas, hierbabuena y perejil. Era una ocasión especial por lo que ambas se sentaron para comer junto a los hombres.

—Hermano, haznos el honor de bendecir la comida—dijo Razín.

Mahmud cerró los ojos, levantando la barbilla y los brazos. Y recitó sin mucha convicción.

—Allah ha derramado el agua en abundancia, hendido la tierra y hecho crecer en ella el grano,  las vides,  los olivos y las palmeras. También los  pastos que engordan vuestros rebaños. Él es quien nos alimenta y por eso le damos gracias.

Terminada la oración, el invitado fue el primero en ser servido. Estaba hambriento y no esperó a que el guiso se enfriase.

—Qué placer saborear nuestra comida. Estoy harto de ollas saturadas de ajo para ocultar el sabor de la carne podrida. Y de la manteca y del tocino. No sé por qué los cristianos no usan aceite para cocinar.

—Dicen que el aceite es cosa de moros y judíos. En estos tiempos es motivo suficiente para ser rechazado en la cocina de un cristiano viejo. El aceite se lo dan a los muertos—sentenció Razín con la boca medio llena.

Acabada la comida, Maryam dispuso una bandeja con dulces fritos rebozados en miel y ajonjolí. Una vez dieron cuenta de ellos salieron al exterior. La estrechez de la casa se compensaba con un pequeño patio lleno de plantas aromáticas y una terraza en la azotea, donde secaban las uvas y mantenían un puñado de gallinas. La hermana regresó con una jarra y dos cuencos. Razín la tomó por el asa vertiendo sirope en el de Mahmud y luego en el suyo.

—Y tú ¿a qué te dedicas? ¿Sigues con la medicina? Mi padre decía que eras un gran aprendiz.

—Tu padre, Allah lo tenga en gloria, fue detenido precisamente por practicar la medicina— espetó Razín con gesto desconsolado.

— Entonces ¿no puedes atender a los enfermos?

—En el arrabal sólo una docena de vecinos desempeñan oficios. El resto sobrevivimos de la tierra y el ganado. Es lo que nos queda.

—Mi padre, ¿vivía aquí?

—No, en Oriola. Es una ciudad muy rica y necesitada de trabajadores cualificados. Pero tras intentar encerrarnos en aljamas, insultarnos y perseguirnos, apenas quedan cuarenta familias de origen musulmán. Gente acaudalada y medio convertida a la fe de los infieles. Y aún es peor en Callosa o Guardamar. Allí no nos aceptan. Estamos arrinconados; presos en las que fueron las tierras de nuestros antepasados. Nuestros hijos tienen que usar un nombre cristiano, asistir a charlas de curas, a misas y ceremonias donde somos humillados. La cultura de nuestros padres se ha declarado maldita y a nuestros jóvenes se les prohíbe hablar el idioma y cumplir los preceptos.

—Más o menos, como antes de marcharme—sentenció Mahmud.

—No, ahora es mucho peor. Desde la revuelta de las Alpujarras la presión es insoportable.

Maryam, que había terminado de fregar los cacharros y de preparar la cama de su hermano, interrumpió la conversación.

—Ya está bien por hoy, Razín. Déjame un rato a solas con mi hermano. Esta muy cansado. Mañana podréis continuar con la charla.

A Mahmud no le pareció bien aquella interrupción. Quería saberlo todo sobre la muerte de su padre. A pesar de su excitación, intentó mostrarse afable y cariñoso con su hermana; sumiso, se sometió al interrogatorio.
Maryam se interesó por detalles cotidianos de su vida en Marsella. Preguntó y preguntó hasta que se hizo tarde y el tiempo refrescó mucho.

Cuando por fin llegó al catre, se tumbó a oscuras, sin descalzarse, estaba agotado. Tras él entró Maryam y, a tientas, encendió un candil que dejó junto a la cabecera. Le quitó los zapatos, lo cubrió con una manta y se sentó en el arcón que completaba el mobiliario de la habitación. A la luz del candil se quedó mirando como dormía. Luego se incorporó, e inclinándose sobre él, estiró la manta sobre su cuerpo, le besó en la frente y susurró al oído:

— Buenas noches Mahmud, hermano mío. Por fin estás en casa, con tu familia.

II

Mahmud se despertó muy tarde. Su cuerpo acusaba la larga cabalgada y le dolían todos los huesos. Al levantarse la casa estaba vacía. Encontró junto al lecho un paquete de ropa limpia perfectamente doblada.

Una vez vestido tomó un ancho cinturón que había escondido en el jergón. Con ayuda del cuchillo sacó un puñado de monedas de oro incrustadas en la doble piel y las metió en una bolsa de cuero. Afuera escuchó voces femeninas y se asomó a la ventana. Nubes negras cubrían el cielo. Un grupo de mujeres recogía con prisa los higos y las ropas puestas a secar mientras hablaban entre ellas en algarabía.

Se dirigió al patio y allí enterró la bolsa, vigilando que nadie le observase. Al terminar disimuló el escondite todo lo posible, se lavó las manos concienzudamente y salió a la calle dispuesto a dar un paseo para desentumecerse. Sabía que sería peor para su cuerpo estar inactivo. Pensaba hacia donde dirigirse cuando a lo lejos divisó a su hermana que volvía por un camino bordeado de palmeras cuyas hojas se agitaban mecidas por un viento ligero y húmedo.

—Buenos días Mahmud. Veo que no te queda mal la ropa de Razín. ¿Has descansado bien?

—Hacía meses que no dormía tan profundamente

—Parecías agotado. Tengo preparado un cántaro de leche y unos huevos frescos para el desayuno.

— Me encuentro como nuevo—mintió— pero no tengo hambre. Creo que anoche me cebaste demasiado—le dijo en tono cariñoso mientras acariciaba su rostro—mejor doy un paseo para abrir el apetito. ¿Dónde están tu esposo y los niños? 

—Dormías tan plácidamente que he dejado a mis hijos con una vecina. No quería que te molestasen enredando por la casa. Razín anda trajinando en la huerta desde el amanecer. Yo he matado y despellejado un conejo para preparar el guiso que tanto te gustaba.

—Aún lo recuerdas—dijo enternecido— no hacía falta que te molestases.

— ¿Molestia? Para mí es el mayor de los placeres. Mientras tanto te vendrá bien ese paseo. Sigue por donde me has visto llegar y cuando tropieces con una cruz de piedra toma a la derecha hasta encontrar una serrería. A partir de ahí no dejes el camino paralelo a la acequia hasta la zona de huertos. Allí encontrarás a Razín,  seguramente ya de vuelta. Es muy puntual sobre todo para comer—dijo esbozando una sonrisa— yo, mientras, voy a terminar el guiso.

Mahmud caminó hasta encontrar la cruz de término que marcaba los límites de la ciudad. Unos metros más adelante sintió el aroma de la viruta de madera y escuchó a dos hombres hablando árabe en un tono demasiado bajo para entender sus palabras. Al principio sólo divisó un cobertizo rodeado de tablones. Andando un poco más, pudo verlos manejando una enorme sierra a través de un tronco de olmo. El mayor tenía el pelo entre rubio y cano y la piel muy clara; el otro, mucho más joven y musculoso, mostraba la tez oscura y una larga cabellera negra azabache. Ambos estaban sudorosos y cubiertos de serrín hasta las cejas.

Se fijaron en él por un momento. Mahmud continuó hasta llegar al camino delimitado por la acequias y salpicado de chumberas, donde las palmeras desaparecían. A izquierda y derecha se abrían senderos de herradura que daban acceso a pequeños huertos perfilados por toscas balizas de cañizo. No sabía por dónde seguir; pero no tuvo que esperar mucho. Por uno de esos senderos vio llegar a Razín. Andaba sonriente y entretenido, buscando las preciadas hierbas con las que preparaba sus remedios. Aunque era mayor que su cuñado, el pelo oscuro y una graciosa perilla entrecana le proporcionaban un aspecto simpático y jovial.

—Buenos días hermano. Llegó el momento de reponer fuerzas. ¿Has dormido bien?

—Estaba tan cansado y preocupado, que mi mente se resistía al sueño. No sé cuándo; pero al fin caí rendido y hace poco que he despertado. ¿Me vas a contar por fin todo lo que pasó?

—Todo a su tiempo, ten un poco de paciencia; ahora vamos a comer. Tu hermana está ilusionada preparando no sé qué guiso que te gustaba. Después hablaremos, te lo prometo.

Al pasar por la serrería la pareja de carpinteros estaba apilando los tablones recién seccionados. El mayor saludó a Razín levantando su diestra sobre la cabeza y aprovechó para echar un trago. El joven los miró durante dos segundos y continuó con su faena clasificadora.

—Esos son Mohamat Maymón y a su hijo Bernabé. Se ganan la vida fabricando puertas y reparando carros. Buena gente muy trabajadora.

—No parecen padre e hijo— dijo Mahmut— se diría que son de razas diferentes.

—Bernabé es fruto de una violación. Mohamat, de origen bereber, se casó con su madre cuando ya estaba embarazada. Era una mujer preciosa que falleció pocos días después del parto.

—Detrás está la casa de Alí Garrab, el que tiene arrendado el molino de los frailes. Esos son sus hijos Karím y Hasán. Más allá vive Amed, un estupendo alpargatero. Enfrente Ibrahim,  sastre y padre de dos hijas,  una casada con Amed y la otra soltera de muy buen ver — dijo esto último con un gesto pícaro, guiñando un ojo.

— Como comprobarás pronto, aquí nos conocemos todos.

En pocos minutos llegaron a casa; y al entrar todo era penumbra. La estancia principal estaba iluminada por una estrecha rendija de luz que tímidamente penetraba por un postigo entornado. En el patio, un haz de leña menuda crepitaba en el fuego y apoyada en un trípode de hierro se podía ver una gran cazuela de barro donde terminaba de guisarse el conejo.

—Veo que le has encontrado por el camino—dijo Maryam—te dije que para comer era puntual. ¡Vamos, lavaos pronto que está todo dispuesto!

Una vez apartada del fuego y colocada sobre una gran piedra, se sentaron alrededor y tras improvisar una oración parecida a la del día anterior comenzaron a comer los pedazos de conejo con los dedos, directamente de la cazuela. Estaban cocinados con aceite, menta y azafrán. Masticó un trozo de aquella deliciosa carne y sonrió a su hermana.

—El conejo está tan tierno y sabroso como recordaba. Muchas gracias.

Apuró el guiso con pequeños trozos de pan sumergidos en la salsa especiada. Maryam disfrutaba viéndolo rebañar el plato.  Al terminar salieron al patio y se plantó frente a Razín acorralándolo contra una pared.

—Ya puedes empezar. No quiero más excusas.

— ¿Qué quieres saber? —preguntó Razín.

—Todo. Necesito que me cuentes todo lo que pasó desde que me marché. Y cuando digo todo, quiero decir todo.

—No pretendo ocultarte nada. Cuando desapareciste asaltaron tu casa y la registraron a fondo. Te acusaron de conspiración y alzamiento de bienes. Al pasar el tiempo y no dar contigo comenzaron a presionar a tu padre.

—No tuve elección—interrumpió Mahmud. Sus palabras tenían un doloroso tono de culpabilidad. Razín denegó con la cabeza esbozando una fingida sonrisa.

—Hermano, no te tortures. Tu padre era un hombre influyente y astuto. Supo esquivarlos. No te sientas culpable. Se habría marchado de todas formas. Poco antes de la rebelión corrieron falsos rumores de un supuesto complot en el Albaicín. Un bulo sin fundamento inventado por los cristianos con el objeto de entrar a saco en nuestras casas. Aquel día asesinaron a una docena de vecinos, entre ellos al padre de Yasira. Esa fue la gota que colmó el vaso y terminó de convencer a tu padre. Y fue justo a tiempo. Una vez iniciado el alzamiento, el Albaicín recibió todo el odio acumulado por los cristianos contra nuestra religión.

— ¿Me estás diciendo que mi padre huyó abandonándolo todo?

—Digamos que se trasladó por precaución. Si permanecer en el Albaicín era peligroso para cualquier nuevo cristiano, mucho más para tu padre. Con tus antecedentes y su fama de alfaquí era cuestión de tiempo que fuesen a por él. Decidió abandonar Granada y acertó. Pocas semanas después, pusieron el arrabal patas arriba en busca de armas y sublevados, deteniendo a cuantos les parecían sospechosos. Con o sin fundamento. La mayoría murieron asesinados en la cárcel de la Chancillería a manos de presos cristianos. Los propios carceleros les entregaron armas con el pretexto de que los moriscos se habían amotinado.

Fue una carnicería. La Junta de Guerra de Granada decidió el desalojo del Albaicín y la deportación de toda su población. Era tal el odio hacia nosotros que el propio hermano bastardo del rey tuvo que proteger a nuestro pueblo recogiéndolo en las parroquias vigiladas con guardias a las puertas para evitar linchamientos. Aquel horrible verano, nuestro pueblo salió de Granada escoltado por el ejército invasor y fue diseminado por Castilla.

Mahmud acariciaba su barba a contrapelo mientras negaba, una y otra vez, de manera mecánica, con los ojos cerrados.

—Nosotros optamos por el reino de Valencia.

—Y ¿cómo llegasteis a Oriola?

—Fue sugerencia de Yusuf, un amigo de tu padre que llevaba años allí. En sus cartas hablaba de huertos fértiles con un hermoso y violento río. De las muchas palmeras con las que contaba la zona. De una vega con tierras generosas que buscaban brazos para cultivarlas. También habló de un consejo municipal, aquí le dicen Consell, que suspiraba por acoger familias granadinas con experiencia en la seda. Con el aval de Yusuf y el historial comercial de tu padre el traslado fue muy sencillo.

A mí me dio a elegir; y sin dudarlo decidí seguirle. Al principio nos recibieron con los brazos abiertos. Llegamos casi como invitados. Pero sabes que tu padre era muy precavido. Como medida de seguridad pensó que debíamos registrarnos por separado, como dos familias sin relación aparente. Así pues nos instalamos tu hermana y yo por un lado; Yasira y él por otro. La hizo pasar por su hija.

Durante mucho tiempo todo fue bien. El negocio de la seda marchó viento en popa hasta que un maldito cura visitó su casa haciendo preguntas. No le dio importancia, pero estaban formando una lista de posibles alfaquíes y tu padre acabó en ella como sospechoso. Inmediatamente, aconsejado por su amigo Yusuf, compró tierras aquí, en Elche, donde los nuestros pasaban más desapercibidos. Pero en vez de marcharse, nos mandó primero a tu hermana y a mí. Creo que fue entonces cuando te envió esa carta.

—La recibí mucho tiempo después. Pero gracias a ella os encontré. — Interrumpió Mahmud.

—Luego descubrí que había escriturado las tierras a mi nombre y que nunca pensó en venir. A partir de ahí poco más puedo contarte. Desde aquí supe que fue detenido por la Inquisición; y que se lo llevaron a Murcia, donde lo torturaron y pasó algún tiempo en la cárcel. En cuanto a Yasira, se casó con un cristiano que trabajaba para tu padre.

— ¿Y murió en la cárcel? — preguntó con el rostro desencajado.

Regresó enajenado y roto. Su casa había sido confiscada y se instaló con Yasira y su marido. Lo visitamos sólo una vez. Comprende que era muy peligroso; tu hermana estaba embarazada.  Pocas semanas después nos enteramos de que había muerto y no sabemos ni donde está enterrado. Seguro que Yusuf podrá contarte algo más.

— Ese tal Yusuf ¿vive también en Elche?

— Sí. Se refugió aquí, como nosotros. También estaba señalado en la maldita lista y fue más prudente que tu padre. Si te parece, mañana iremos a visitarle. Seguro que podrá darte más detalles. Pero no sigamos hablando de esto delante de tu hermana. Ha pasado tiempo y lo disimula; pero sé que aún no lo ha superado.

Mahmud miró de reojo a Maryam que se acercó canturreando mientras colocaba su destrozada ropa sobre el baúl doblándola con cuidado, procurando que los jirones deshilachados cuadrasen. Giró la cabeza con una falsa sonrisa que no consiguió engañarla. Durante unos segundos se esforzó en mantenerla. Ella se acercó y acariciándole el cabello musitó

— Tú no tienes la culpa —nuestro padre era un buen hombre y sabía el riesgo que corría.

Los dos hermanos se miraron a los ojos en silencio durante largos segundos. Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro del Maryam y Mahmud luchó contra su propio llanto hasta que comprendió que era imposible contenerse. Entonces se levantó y extendió los brazos hacia su hermana que buscó refugio entre ellos y juntos lloraron y se consolaron mutuamente durante mucho rato.

La tarde de aquel día y la segunda noche se hicieron eternas. El sueño se esfumó y se revolvía en aquel lecho desconocido sin poder borrar de su mente las imágenes de los hechos relatados por su cuñado.  Sudoroso, agotado, insomne, obsesionado por los recuerdos, desplegó la carta por enésima vez.

Hijo mío. Si estás leyendo esta carta es que el altísimo ha escuchado mis plegarias. Hace unos días, sentado a la puerta de casa, sucedió otra vez. Por un momento creí verte llegar, cabalgando en la noche, como tantas otras veces cuando volvías de tus asuntos. 

Tienes que volver; pero no a Granada. Ahora, los que te quieren están en Elche, en una villa al sur del Reino de Valencia. Búscalos cerca de la antigua mezquita del arrabal.  Yo espero volver a verte. Pero si eso no ocurre, nunca olvides que la felicidad y la verdadera fortuna están en la oración y en los libros.

III

Con la primera luz del día Mahmud salió a la calle y notó que el tiempo había cambiado. Sin nubes, la claridad del amanecer se filtraba entre las copas de las palmeras en un atractivo juego de luces y sombras. Estaba tan ansioso por reunirse con el amigo de su padre que no había pegado ojo en toda la noche. En la puerta encontró a Razín provisto de una azada y un pequeño atado que dejaba ver una hogaza de pan.

— Buen día Mahmud. Sé que estás impaciente.

— Más de lo que imaginas ¿Cuándo podremos ver a Yusuf?

— Tranquilo. Anoche le mandé recado y nos espera esta misma tarde. Yo tengo cosas que hacer en el huerto; puedes esperar aquí, con tu hermana, o acompañarme y distraerte un poco.

— Vale, voy contigo y seguimos hablando.

— Entonces será mejor que coja más provisiones.

Entró de nuevo a casa y llamó a Maryam. Al cabo de unos minutos salió con una gran cesta.

—Toma, tu hermana la ha llenado bien. Llévala tú.

Más allá del camino que ya conocía, tomaron un sendero arenoso por el que caminaron unos minutos hasta una senda aún más angosta que acababa en un huerto rodeado de moreras. Una especie de noria, enmohecida por el tiempo y la humedad, impulsaba un pequeño hilo de agua que llegaba hasta un lateral del huerto donde asomaban brotes verdes de diversas hortalizas. Razín abrió una especie de compuerta y el olor a tierra mojada invadió su pituitaria.

Sentado en un viejo tronco contempló como dirigía la pequeña corriente con certeros movimientos de tierra. Esperaba un rato y, cuando el surco trazado se oscurecía totalmente por la humedad, abría un nuevo canal. Mientras, tapaba o aireaba plantaciones, quitaba piedras, arrancaba malas hierbas…

Mahmud, harto de permanecer inactivo, tomó la azada y trató de dirigir el riego imitando a su cuñado. Al principio se le escapaba el agua; pero poco a poco le fue tomando la medida.  Pronto las manos se le llenaron de ampollas, pero no dijo nada. Cuando la humedad había cubierto toda la parcela, se sentaron en un rincón oscurecido por la sombra de las moreras. Las manos le ardían hasta sentir calambres en los dedos.

El trozo de una vieja piedra de molino hacía el papel de mesa con varias rocas alrededor. Dentro del cesto, perfectamente envueltos en tela de algodón, encontró pan, un buen trozo de queso de oveja, aceitunas y un puñado de dátiles.

Razín se fijó en sus manos —esto no es para ti, tienes la piel demasiado delicada—ironizó rompiendo en una carcajada. Y tomándolo por las muñecas añadió—déjame ayudarte. Te prepararé un refrescante emplasto de hierbas.

—No se como puedes soportar esta vida de campesino—suspiró mientras se dejaba curar—eras un cirujano con mucho talento; mi padre te enseñó bien.

—Y lo soy— interrumpió— el mejor boticario y aprendiz de físico de la zona. Pero ya ves, a la fuerza ahorcan. Mis conocimientos de medicina y plantas son tachados de brujería entre los cristianos. En secreto sigo preparando algunas infusiones y ungüentos para mi familia; también se los vendo a algunos vecinos de confianza, con mucho cuidado. La ley lo prohíbe; y desde que pasó lo de tu padre —añadió bajando los ojos— prometí a Maryam no correr riesgos innecesarios.

—Pero al menos retajarás a los hijos de esos vecinos. 

—No puedo. Es demasiado peligroso para mí y para ellos. Antes se circundaba al séptimo día del nacimiento. Pero por miedo, la ceremonia se fue retrasando. Hoy sencillamente no se hace. Es estúpido marcar a tus hijos de por vida ante los cristianos. Se ha convertido en una cuestión de supervivencia.

—De haberme quedado, no sé si hubiese aguantado la presión tanto tiempo. Cualquier día se desharán de vosotros; bueno, de nosotros.

—En eso puedes estar tranquilo. Es cierto que nos desprecian; pero no pueden permitirse el lujo de perder a sus dóciles y experimentados trabajadores del campo y la seda; sería su ruina.  Mira hermano, este es mi pequeño trozo de tierra. Con lo que saco de ella mantengo bien a tu hermana y a mis hijos. Es todo lo que tengo y me basta. He visto ya dos veces la punta del cuchillo en mi cuello. No quiero provocar una tercera.  

— Háblame de Yusuf

— ¿Qué quieres saber?  Siempre fue un próspero y apreciado mercader de la seda. Pero su precipitada marcha de Oriola lo dejó en apurada situación económica. Sólo pudo cobrar un tercio de la mercancía entregada; nada más. Muchos clientes se negaron a pagar intuyendo que el curso de los acontecimientos podría ahorrarles mucho dinero. Su situación era muy delicada. Con ayuda de la comunidad pudo salvar algunas propiedades, cobró unos préstamos y se instaló aquí, en Elche.

Mahmud calló esperando que Razín continuase hablando. Pero terminado el almuerzo se recostó contra el viejo tronco de la morera con los ojos entornados y pronto comenzó a roncar. Contrariado se sentó junto a un árbol cercano y, a pesar de su estado de impaciencia, no pudo evitar una especie de modorra agradable. Al abrir los ojos vio a Razín de pie junto a él.

—Es media tarde —anunció— buen momento para visitar al viejo Yusuf.

Enterró la azada debajo de las piedras. Metió unas cebollas en la cesta y emprendieron la caminata de regreso.

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Siguiendo el camino que bordeaba la acequia torcieron por un estrecho sendero que les condujo a una casa rodeada de palmeras y árboles frutales. Formaba parte del grupo de viviendas que habían crecido en torno a la mezquita del Raval.

Situado al sur del muro, a tiro de arcabuz, el Raval de San Juan era lo que quedaba de la morería formada con los musulmanes expulsados del recinto amurallado tras la conquista cristiana. Bautizados por la fuerza, los llamaban cristianos nuevos de moro o sencillamente moriscos. Destruida la mezquita, en el solar llevaban más de medio siglo construyendo la iglesia dedicada a San Juan Bautista que le daba nombre al barrio.

Yusuf Sulayman Al Fakih, Diego Solimán de nombre cristiano, vivía en un antiguo edificio con paredes de adobe, bajo y alargado. En realidad había adaptado un caserón en ruinas que compró barato a una familia a la que se le desplomó el tejado. Despojado de la planta superior, disponía de una enorme terraza dedicada al secado. 

En la plata baja, estrechas ventanas impedían la entrada del sol dándole el aspecto de una fortaleza. Pero las ramas que surgían del centro delataban la presencia de un patio interior, un espacio a la sombra de una gruesa morera que parecía un claustro dentro de un convento.

—Estamos aquí — pronunció Razín golpeando la añeja madera con los nudillos.

Pasados unos segundos, una cabeza menuda con larga melena plata asomó por el quicio de la puerta. Yusuf era un anciano de aspecto venerable con ojos claros, tez oscura y sonrisa cordial. Un rostro agradable que sólo delataba el cansancio de la edad.

—Amigo Razín ¿qué te trae por mi humilde morada? —indagó el anciano al reconocer a su vecino. En cuanto cruzaron el umbral, sus brazos se entrelazaron en un afectuoso saludo.

—Os presento al hermano de mi esposa.

—Me llamo Mahmud

El viejo alfaquí le miró con una leve sonrisa en los labios y asintió con un gesto que transmitía serenidad y confianza.

—Vuestros rasgos se asemejan a los de un sabio anciano a quien conocí hace años, un hombre extremadamente hábil en el arte de la seda y sublime en el de la medicina.

Mahmud esbozó una sonrisa — Ese era mi padre, Abdel Umeya.

— Tu padre era un hombre extraordinario, un mercader dotado de gran talento. Tuve suerte de trabajar con él. —Mientras decía esto puso la mano en su pecho y asintió varias veces con la cabeza—El arte de la seda agoniza en manos de los cristianos. Ahora es sólo un negocio de especuladores codiciosos que no saben distinguir un paño corriente de una verdadera tela de seda.

Mahmud se percató en ese momento de la presencia de una mujer que, con expresión curiosa, le observaba desde la cocina. La miró a los ojos. Al sentirse descubierta, se puso en pie de un salto secando sus manos en una especie de delantal.

—Pasad, sentémonos— dijo el anciano.

Pasaron a una estancia tapizada con coloridas alfombras y provista de mullidos  almohadones. En el centro humeaba un sencillo pebetero de arcilla que cargaba el ambiente con efluvios de canela. Ambos se acomodaron y, tras un corto silencio, el anfitrión preguntó mirando a Mahmud:

— Me han dicho que me buscas ¿en qué te puede ayudar este humilde anciano?

— Necesito saber qué le pasó a mi padre. Todo cuanto podáis contarme me interesa.

Durante unos segundos el rostro de Yusuf se volvió hermético estrujando una especie de pañuelo que llevaba entre las manos mientras sus ojos miraban al techo. En ese momento la vio de nuevo.  La muchacha salió tras una cortina y, fijando la mirada en Mahmud, sus labios esbozaron una sonrisa cómplice. Mientras les servía la pudo contemplar detenidamente y le pareció muy joven; de cuerpo firme y busto proporcionado.

—Razín  ¿conoces a mi nieta? —preguntó Yusuf.

Razín se limitó a negar con la cabeza.

—Se llama Imán. Para los cristianos, Lucía.

Mahmud no podía apartar la mirada de aquella criatura que portaba una bandeja de dátiles y unas bebidas. Dejó las viandas y se despidió esbozando una sonrisa. Tras unos pesados segundos de silencio el anciano susurró a punto de romper en llanto.

—Vuestro padre llegó a Oriola por culpa mía. Yo le empujé al matadero. Allah me perdone.

—No te tortures, Yusuf. Bien que lo agradeció. Hiciste simplemente lo que te pidió— dijo Razín depositando su diestra en el hombro del anciano.

—Tu padre era muy listo—exclamó cambiando de tono— pronto descubrió que la seda en Oriola estaba en manos de unos burgueses más preocupados en aparentar riqueza y comprar cargos de prestigio que en hacer bien su trabajo. Nadie completaba el ciclo que va de la morera al tejido. Para ellos, el negocio acababa en el hilado. Y los beneficios no los reinvertían en mejorar la producción. Su dinero sólo buscaba bienes seguros: cargos, inmuebles y préstamos.

Aplicando los patrones que había seguido en Granada, en poco tiempo ganó mucho dinero con la seda y adquirió prestigio y respetabilidad. Pero nunca acabó de fiarse. La experiencia anterior le alejó de invertir en casas o tierras. A pesar de la fortuna que estaba acumulando vivía en una casa de alquiler y arrendaba cientos de tahullas de morerales para servirse de las hojas. El dinero lo reinvertía en el negocio y en algunos préstamos a agricultores musulmanes que luego le vendían la hoja. Pagaba bien y rápido.

—Pero ¿por qué no se fiaba? ¿Qué podían tener contra un comerciante honrado?

—Era un hombre valiente y generoso que nunca dejó de actuar como alfaquí. Cuando sintió de nuevo en su nuca el apestoso aliento de la Inquisición se volvió todavía más cauteloso. Pero a pesar de todo, siguió ayudando con dinero y con sus conocimientos médicos a cuantos hermanos lo necesitaban. Entre las familias granadinas, expuestas en cualquier momento a perder la hacienda, la libertad o la vida, se había creado un fuerte lazo afectivo; una conciencia de comunidad con costumbres y convicciones diferentes. El líder natural de esa comunidad era tu padre y eso le costó la vida.

El anciano se levantó con dificultad emitiendo un leve quejido y se acercó a la ventana como si necesitase aspirar una bocanada de aire.

— Nuestros hermanos se hartaron de vivir controlados y maltratados en las ciudades —continuó— y se repartieron por los señoríos de la gobernación con gran regocijo de los terratenientes; que les dejaban vivir con sus costumbres lejos de los ojos de la Inquisición. El obispo estaba desesperado porque los curas no conseguían hacer de nosotros buenos cristianos. Desde los púlpitos, los sermones encendían el odio contra lo que llamaban la secta de Mahoma; y el clima de hostilidad entre el pueblo llano fue creciendo. A las acusaciones de colaboración con los turcos se unió el estúpido convencimiento de que sin religiosos ni militares, nuestras mujeres acabarían pariendo más hijos que las de los cristianos viejos hasta dominarlos en número. El rechazo se volvió miedo y las autoridades decidieron tomar medidas. Una de ellas fue identificar y eliminar a los alfaquíes que trataban de mantener las costumbres y fundamentos de nuestra cultura.

— No puedo entender como mi padre, a su edad, y después de lo que sucedió en Granada, volvió a meterse en líos en vez de pasar desapercibido y vivir tranquilo sus últimos años.

—Mi buen amigo Abdel, que Allah lo tenga en su gloria, era muy valiente y generoso—sentenció el anciano inclinando la cabeza y poniendo su mano en el pecho — cuando se enteró que podía figurar en la lista de sospechosos que el cabildo de Oriola estaba confeccionando para el rey, destruyó sus apuntes en nuestro idioma y sus instrumentos de medicina. Aceleró la boda de Yasira y te escribió una carta que yo mismo te hice llegar a través de un comerciante que viajaba a Marsella. En el fondo sabía que era cuestión de tiempo que lo detuviesen. Pero no quiso huir otra vez. Quizá pensó que podría defenderse legalmente.  

— ¿Y nadie hizo nada por ayudarle?

— ¿Qué podíamos hacer? La detención de tu padre conmocionó a toda la comunidad. Durante días no hubo otro tema de conversación. Una mañana se presentó un alguacil con el blasón del Santo Oficio escoltado por dos arcabuceros. Abdel estaba solo y no ofreció resistencia. Maniatado, lo pasearon por la ciudad a modo de escarnio público y lo metieron en la cárcel situada frente a la iglesia más cercana a la Plaza Mayor.

 — ¿Yasira no estaba con él cuando llegaron?

— Ya te he dicho que la había puesto a salvo; desposada por mano de clérigo con un cristiano viejo de toda confianza. Un matrimonio al que aportó una más que generosa dote. Eso y lo que había  escriturado a su nombre—añadió señalando a Razín — fue todo lo que pudo salvar de su fortuna.

— Ahora comprendo todas sus precauciones para con vosotros—terció Mahmud dirigiéndose también a Razín— al final, el viejo zorro sabía lo que hacía.

— Hace mucho que no veo a tu hermana—apuntó Yusuf— pero no te preocupes. Sé que su esposo sigue trabajando y que tienen un par de criaturas.

Mahmud estuvo a punto de gritar que Yasira no era su hermana; que hablaban de su prometida; del amor de su vida. Pero optó por mantener la calma y guardar silencio; dejando seguir al anciano que, por su tenue tono de voz, parecía estar también muy afectado.

—Abdel estuvo preso por tres días en Oriola. Nadie pudo verlo hasta que ordenaron su traslado a Murcia junto a media docena de reos capturados en los pueblos y lugares cercanos. Registraron minuciosamente la casa y el almacén. Un funcionario hizo inventario de sus bienes para preparar la requisa en favor del Santo Oficio. Los amigos declaramos que nos debía dinero con la intención de mantener parte de su patrimonio. Pero esas aves carroñeras no estaban dispuestas a renunciar a un solo maravedí del botín conseguido. Hicieron caso omiso a las deudas reclamadas. Una vez en Murcia lo tuvieron preso cerca de un mes junto a delincuentes comunes hasta que fue procesado. Por supuesto que ninguno de nosotros pudo asistir al juicio. Pero cuentan que se mostró orgulloso y desafiante,  negándolo todo. Y que se burló de ellos cuando escuchó los demenciales cargos que le imputaban. Afirmó ser un honrado comerciante dedicado a sus negocios y por supuesto un buen cristiano bautizado en Granada por propia voluntad. No imaginaba que contaban con el testimonio de un vecino que juró haberlo visto practicar retajos, utilizar conjuros y preparar brebajes demoníacos para sus curas.

Dicho esto,  el anciano volvió a sentarse, bebió un trago y quedó en silencio durante unos segundos. —Lo que sigue es demasiado doloroso— afirmó.

—Hablad sin rodeos—inquirió Mahmud con la voz muy afectada—estoy preparado— Yusuf intercambió una rápida mirada con Razín y este asintió.

— Abdel volvió a prisión a la espera del auto de fe —continuó—. Tras varias semanas de aislamiento y continuas torturas se derrumbó confesando todo lo que quisieron cargarle. Al reconocer que transmitía enseñanzas islámicas fue sometido al tormento de la garrucha para que denunciase a todos sus alumnos. Pero se mantuvo firme y no delató a nadie. Luego llegó el escarnio público. Roto y derrotado, admitió estar arrepentido para conseguir una condena más leve.

Yusuf se detuvo de nuevo sobrepasado por los recuerdos. Las palabras parecían no llegar a su boca.

— Al final fue condenado a la confiscación de sus bienes. —Prosiguió cuando logró sobreponerse — Era lo que buscaban desde el principio esos malditos. Atendiendo a su edad y estado físico le perdonaron los azotes y todo quedó en un año de prisión que no llegó a cumplir por razones de salud. Lo liberaron cinco meses después, decrépito y muy enfermo.

— ¿Se supo quién le delató?

—Los testigos de la inquisición gozan de una gran ventaja. Sus nombres quedan siempre ocultos. Y para no provocar más recelos, decidimos no hacer público el detalle de la delación, el más infame de los pecados. ¿Quién fue?, no lo sabemos. De lo que no hay duda es de que la desaparición de tu padre benefició a mucha gente.

— Sobre todo a un familiar del Santo Oficio que también se dedicaba al comercio de la seda— aportó Razín—. Como ya te dije, cuando fue liberado sólo tuve oportunidad de visitarlo una vez. Y créeme que no dejó de nombrarte.

— Murió pocos días después—añadió el anciano—. Por mi parte abandoné todos mis negocios, vendí mi casa y me vine aquí, a intentar morir tranquilo, entre los míos. Es todo lo que te puedo contar.

Finalizado su relato, Yusuf apoyó los codos sobre la mesa, entrecruzó los dedos de las manos y dejó caer la frente con los ojos cerrados. —Tu padre  sabía que un día regresarías —afirmó poco después— recuerdo la última vez que le vi, agonizante, en casa de Yasira. Repetía tu nombre completamente enajenado. Tu nombre y algo incomprensible sobre una oración y unos libros.

—La felicidad y la verdadera fortuna están en la oración y en los libros— pronunció Mahmud.

—Eso es. Justo eso era lo que Abdel recitaba constantemente.

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Pasaron largos minutos sin que nadie pronunciase una palabra.  Mahmud asumió que ya estaba todo dicho y era el momento de finalizar la entrevista.

— Os agradezco la hospitalidad y el tiempo que me habéis dedicado—dijo. — Me voy al menos con el orgullo de saber cómo vivió y murió mi padre.

—Para mí ha sido muy duro recordar. Llevo mucho tiempo intentando olvidarlo— contestó el anciano llevándose una mano al corazón mientras con la otra se mesaba la barba nerviosamente —. Ha sido un alivio saber que estás vivo, aunque tu padre no pueda verlo. Espero que vuelvas pronto. Aquí tendrás siempre tu casa.

—Yo también lo deseo. Despedidme de vuestra nieta—. Dicho esto se levantó y, tras una respetuosa reverencia, se dirigió hacia la puerta con una desagradable sensación de ansiedad.

 — Espera Mahmud; no tengas prisa. Yusuf tiene la respiración muy acelerada y no veo a su nieta por aquí —le dijo Razín casi al oído agarrándole por un brazo —. Debemos esperar a que regrese. Herviré un poco de agua mientras preparo una infusión que le ayudará a serenarse. Es lo menos que podemos hacer.

— Muy bien. Quédate con él. Mejor me adelanto y nos vemos en casa.

— ¿Prefieres volver solo?

— Sí, necesito dar un paseo y aclarar mis ideas.

—  Allí nos vemos entonces.

Mahmud anduvo como sonámbulo. Tantas emociones habían hecho mella en su ánimo. No sabía hacia dónde iba y tampoco le importaba. En un momento dado abandonó el camino y se aventuró por un sendero que bajaba hasta el río. Al llegar a la orilla contempló como el agua fluía lentamente. Se agachó, introdujo una mano y jugueteó con la corriente hasta que notó un fuerte hormigueo en las piernas.

La luz difusa del atardecer se reflejaba en las piedras de la muralla otorgándoles una especie de luminosidad artificial. Mientras estiraba sus músculos entumecidos, en la otra orilla pudo distinguir un convento rodeado por un huerto de palmeras. La modesta edificación que servía de iglesia estaba rematada con una espadaña a modo de campanario.

Un grupo de curiosos observaban a un tipo flaco subido en lo alto de una escalera sujeta en su base por media docena de frailes. El hombre se aferraba torpemente al último peldaño con un brazo. Con el otro intentaba encajar el armazón de madera que soportaba la campana, golpeándolo con una maza.

Ahora sí estaba verdaderamente confuso. En su cabeza bullían mil preguntas: ¿Cómo estaría Yasira después de tantos años? ¿Se casó por pura supervivencia? ¿Sería feliz con ese hombre? ¿Le recordaría alguna vez?

En el fondo ya nada tenía importancia. Mal o bien, su novia estaba casada y tenía dos hijos con ese hombre. Sentado en una roca contempló el atardecer muy cerca del puente que unía la ciudad con el camino de Oriola. El carpintero bajó del campanario y los frailes entraron en el convento. Por un segundo los imaginó alrededor de su padre, colgado indefenso de una garrucha,  y apretó los dientes.

Luego se acercó a la muralla y se detuvo frente a un portillo de madera cubierto de hierros oxidados y ennegrecido por el tiempo. Trataba de asimilar la situación. El pasado le reconcomía y se le complicaba el futuro.  Y así, absorto en sus pensamientos, anduvo sin rumbo y sin noción del tiempo. El cielo se fue oscureciendo y la penumbra acabó por cubrirlo todo. Las piedras perdieron su brillo y una brisa fresca acarició su piel mientras escuchaba el sonido de una campana al otro lado de la muralla. Pudo contar ocho toques.

Cuando todavía resonaba el eco del bronce le pareció oír unos pasos a su espalda. Se detuvo sobresaltado y se volvió muy lentamente. No vio nada. Pero pocos segundos después escuchó claramente el chasquido de unos huesos al ponerse en movimiento. Esta vez se giró rápido y pudo distinguir una sombra que se fundió con la oscuridad del muro.

No sabía si caminar más rápido adentrándose entre las palmeras, o volver sobre sus pasos y enfrentarse a la amenaza. Optó por la segunda opción pensando que, si alguien le acechaba para robarle, el escenario perfecto sería la oscuridad del palmeral.

Volvió al camino con paso cauteloso, deteniéndose cada poco para otear en la oscuridad. Apoyó la espalda contra el muro y esperó que sus ojos se acostumbrasen a la falta de luz. Sintió un sudor frío al comprobar que la sombra seguía allí, escondida en un saliente del muro a menos de veinte pasos. Casi podía distinguir sus ojos brillando en la oscuridad. Se incorporó de un brinco y anduvo muy rápido en dirección contraria, cuando de pronto escuchó a su espalda la voz de Razín.

— ¿Dónde te has metido? —le gritó — Este no es sitio para andar solo a estas horas. He vuelto a casa y, harto de esperar,  Maryam me ha enviado a buscarte.

— ¿No has visto a nadie por el camino? — Preguntó Mahmud con gesto contrariado mirando hacia todas partes.

—La verdad es que no. Esto está desierto. ¿Qué te ocurre?

—Nada, imaginaciones mías. Hubiera jurado que me seguían.

— Estás muy alterado. Aquí nadie te conoce. Anda, vamos a casa que tu hermana está muy preocupada.

Razín pasó un brazo por sus hombros en un gesto cariñoso. Sólo entonces su cuñado aflojó los dedos de la empuñadura del cuchillo que colgaba de su cinturón.

— ¿Qué clase de frailes viven ahí? —preguntó Mahmud señalando al otro lado del río.

— Son franciscanos. Es el convento de San José.

El resto del trayecto lo hicieron en silencio.  La noche anterior apenas había dormido y estaba demasiado cansado hasta para pensar. Al llegar a casa, Maryam había encendido la chimenea y les esperaba con bebidas calientes y algo de comida fría. Mahmud apenas probó bocado. Se despojó de sus ropas, se dejó caer en el jergón y,  de inmediato, cayó en un profundo sueño del que despertó a la mañana siguiente con un hambre terrible.

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IV

Mahmud completó con parsimonia sus abluciones matutinas y secó su cuerpo con un trozo de tela blanca. Mientras se vestía con desgana, Maryam retiró la ropa sucia y la jofaina con el agua usada.

—Buenos días dormilón. Después de pasar toda la tarde preocupada por ti, anoche te acostaste sin cenar y sin despedirte de tu hermana. En la cocina tienes huevos, leche de cabra recién ordeñada y una hogaza de pan caliente que he comprado al tahonero. Por cierto, me preguntó si pensabas instalarte aquí.

Maryam dispuso la leche en un cuenco y Mahmud bebió un buen trago tintando de blanco su bigote. Luego cortó unas rebanadas de pan y las untó con miel.

—Se te ve feliz —afirmó Mahmud en tono cariñoso cambiando de tema.

— Lo soy. Este es un buen sitio para empezar una nueva vida. Razín y yo hemos encontrado un hogar para nuestros hijos. Y estoy segura que tú, podrías adaptarte.

— ¿Y dedicarme a trajinar el huerto con tu marido?

— ¿Hay algo malo en trabajar la tierra? — respondió ofendida.

— Perdóname, no quería ser tan brusco. Pero no me veo con la azada— confesó mostrando sus manos llenas de ampollas reventadas.

En ese momento, unos golpes sonaron en la puerta interrumpiendo la conversación; y una silueta se recortó en el quicio. Era una mujer vestida con una saya de color claro y un manto morado que le cubría el cabello y buena parte de la cara. Al retirarlo, la sonrisa abierta le resultó de nuevo encantadora.

—Buenos días,  ¿os acordáis de mí?  Nos conocimos ayer.

— Por supuesto. Eres Imán, la nieta de Yusuf —respondió haciendo una graciosa reverencia con el cuello mientras se limpiaba el bigote con la manga.

— La paz sea contigo, Maryam—pronunció la recién llegada dedicándole un ligero saludo con la cabeza.

— Y contigo, Imán. Has crecido desde la última vez que te vi.

—Me envía mi abuelo para deciros que un amigo quiere hablar con vos.

— ¿Puedo saber quién es ese amigo?

—Mi único cometido es transmitir el mensaje — respondió con un gesto que a Mahmud se le antojó provocativo—. Y, si os place, acompañaros a casa.

Su hermana la miró de arriba abajo con gesto desconfiado.

—Por supuesto—respondió Mahmud con su sonrisa más agradable—. Solo necesito un momento. Maryam ¿Qué haces ahí parada? Ofrece una bebida a esta bella mensajera mientras me calzo y termino de vestirme.

En pocos minutos Mahmud salió de casa a paso ligero. Intrigado por la cita, caminaba absorto en sus pensamientos sin darse cuenta de que la muchacha no podía seguir su zancada. De camino saludó al tahonero, quien sujetaba las mulas mientras el muchacho cargaba sacos de harina en el carro. El anciano le deseó un buen día en tono afable.

—Seguid solo— gritó Imán a sus espaldas—. Yo no puedo alcanzar vuestro paso.

—Perdonadme. Me estoy comportado como un gañán.

—Desde luego—sentenció ella. Ayer también os marchasteis con mucha prisa.

Enfadada y a la luz del día le pareció aún más hermosa. Le gustaba su elegancia al andar, su forma de increparle, dulce y enérgica a la vez. Aflojó el paso. Pero Imán permaneció en silencio el resto del trayecto. Él estaba avergonzado, con la vista fija en el suelo para no cruzar sus miradas. Ella, divertida al descubrir que su presencia le ponía nervioso. Por fin Mahmud reconoció la casa de Yusuf y fue todo un alivio. Antes de llegar, frenó un momento y solo acertó a decir.

—Gracias por acompañarme. Os pido sinceras disculpas por mi falta de tacto.  

Imán, sumisa, mostró las palmas de sus manos, inclinó la cabeza a modo de despedida y se metió en la casa. Yusuf esperaba en el exterior acompañado por un individuo de complexión fuerte. Llevaba la cabeza cubierta con un turbante que apenas dejaba ver unas mechas de cabello gris, como el de su barba.

— La paz sea con vosotros—. Saludó—. Me habéis hecho llamar y aquí estoy.

— Y contigo Mahmud—respondió Yusuf—. Quiero que conozcas a un buen amigo. Es el síndico del Raval.

El hombre, que rondaba la cincuentena, tenía la piel de la cara muy curtida por el sol. Lo examinó en silencio con detenimiento y cierta reserva. Su mirada era dura e inquisitiva. Sin saber bien por qué, Mahmud se puso en guardia.

—Mejor entremos en casa donde podremos hablar con tranquilidad—les instó Yusuf atravesando el quicio de la puerta. Ambos le siguieron y Mahmud se sentó  en el mismo sitio que el día anterior; donde el pebetero de arcilla esparcía esta vez efluvios de yerbabuena. Imán había dejado tres jarras sobre la mesa y una fuente de uvas pasas con almendras.

John Singer Sargent
Fogg Art Museum (Cambridge, USA)

—Trae un poco de leche fresca para nuestro huésped —propuso Yusuf. Pero Mahmud negó con la cabeza.

—Acabo de desayunar.

 —Entonces, ¿os apetece un poco de agua?

—Sí, por favor. Tengo la boca seca.

Imán salió al patio y volvió con un cántaro que dejó también sobre la mesa. Mahmud estaba impaciente y bebió con rapidez.

— ¿Para qué quería verme?

—  Me llamo Karim Aben Hud, bautizado como Pere Cardona, y respondo por toda la comunidad de nuevos cristianos. Mi obligación como síndico es que nada se mueva en el arrabal sin que yo lo sepa—. Dicho esto tomó aire, y tras unos segundos continuó— En primer lugar, siento el mal rato que os hice pasar anoche. Sólo cumplía con mi obligación. Me informaron de que un tipo peculiar, armado con un ostentoso cuchillo, andaba haciendo preguntas por el arrabal. Decidí investigar y mandé que os siguieran con discreción. Vivimos tiempos difíciles.

  — Me llamo Mahmud Ben Umeya. Bautizado en Granada como Francisco Benjumea.

— Ahora ya sé quién sois. Yusuf me ha hablado muy bien de tu padre, que Allah tenga en su gloria. Solamente quiero hacer un par de preguntas: ¿Os persigue la justicia o el Santo Oficio?

— No, ya no. Me buscaron durante un tiempo en Granada, antes de la revuelta. Pero de eso hace ya varios años. Han pasado tantas cosas… No creo que nadie se acuerde de mí. ¿Cuál es la segunda? —inquirió desafiante.

— ¿Pensáis quedaros mucho tiempo en Elche?

— Para ser sincero, aún no lo sé. Todos mis proyectos se han frustrado y el futuro es bastante incierto. Vengo de muy lejos. Llegué a Elche siguiendo las instrucciones de mi padre. De momento me quedaré en casa de mi hermana hasta que consiga encontrar a una persona que vive en Oriola;  ciudad que pretendo visitar en breve. ¿Es suficiente explicación?

— Conozco mucha gente en Oriola—afirmó Karím dándose importancia— ¿puedo saber a quién buscáis?

Mahmud guardó silencio durante largos segundos. No sabía si fiarse de aquel desconocido que hacía tantas preguntas. Necesitaba ayuda y sólo contaba con su cuñado. Lo último que quería era mezclarlo en sus asuntos poniendo en peligro a su hermana. Así pues, decidió contarle la verdad.

— Busco a una mujer. La que Yusuf piensa que es mi otra hermana—dijo mirando al anciano con gesto de disculpa—. Fue otra de las ocurrencias de mi padre para protegerlas. Oficialmente ocultó el parentesco con su verdadera hija y la suplantó con la que era mi prometida; la mujer que abandoné cuando huí de España.

—  ¿Quién os perseguía? — Preguntó Karím

— Es una historia muy larga—contestó con desgana.

—No tengo prisa. Yusuf me conoce y no tengo que decir que cuanto me contéis quedará conmigo —aseguró con gesto solemne—Os escucho atento y prometo que, si está en mi mano, os ayudaré.

—Está bien ¿Por dónde empiezo? — Suspiró reclinando su espalda contra los cojines. Aspiró una bocanada de aire y comenzó su relato.

—Siguiendo las enseñanzas de mi padre comencé en el negocio de la seda y siempre supe ganarme bien la vida. Pero hace años comprendí que de nada me iba a servir el dinero en Granada. Fue tras la muerte de mi madre. Mi padre pensaba que, con su fortuna, sus contactos y los abusivos impuestos que pagaba, estábamos a salvo. Vivía en su mundo perfecto. Con sus libros, sus pócimas y sus ceremonias. Pero yo no lo tenía tan claro. Tenía solo diecisiete años y  me estaban asfixiando. Nunca he sido religioso, pero me gustaba usar mi lengua y vivir conforme a nuestras costumbres. Al final tuve claro que, pagase los impuestos que pagase, los cristianos nunca me dejarían vivir en paz.   

El síndico clavó los ojos en su rostro, con los ojos entornados, como si en vez de mirar, otease. Mahmud  bebió un sorbo de agua y después continuó.

—Comencé a barajar dos peligrosas opciones: unirme a la rebelión o salir de España. Pero antes debía independizarme. Instalarme en mi propia casa. No podía perjudicar a mi padre con mis decisiones. Eso fue poco antes de la revuelta. Muchos hermanos, especialmente los más acomodados, llegaron a la misma conclusión y planeaban fugarse a países donde se respetase nuestra religión. Pero tenían un problema: liquidar sus bienes. Venderlos en esas condiciones era una estupidez. Los cristianos sabían de la urgencia y ofrecían precios de miseria. Entonces se me ocurrió organizar el éxodo. Utilizando mis contactos comerciales en Marsella podía poner a salvo el patrimonio de mis compatriotas. Y de paso ganar algo de dinero para asegurar mi fuga.

— ¿Y por qué Marsella?

—Es uno de los puertos comerciales más importantes. Con los debidos conocimientos fue sencillo mover el dinero a través de agentes financieros y las mercancías con intermediarios francos. En cuanto a las personas, utilizaba una red de sobornos en la que estaban implicados nobles, soldados y hasta curas. Pagando lo suficiente podía conseguir salvoconductos para llegar a la costa. Allí tenía comprados a ciertos atalayas que facilitaban el contacto con las embarcaciones de contrabando.

— Menuda organización ¿Hace mucho de eso? —preguntó Karím.

—Quince años—dijo entornando los ojos como si le costase recordar—. Fue antes de la revuelta. Después se fue complicando —añadió aplastando su barba con dos dedos contra el cuello—para llegar a Francia tenía que viajar por tortuosos caminos desde Granada a Cartagena. De allí pasar a Barcelona en galeras de mercancías. De nuevo a caballo, alcanzar la frontera donde algunos lugareños te ayudaban a cruzar los Pirineos a cambio de dinero.

—Vaya, cambiasteis el oficio de la seda por el contrabando.

— Llamadlo como queráis. Pero lo hacía con convicción. Una vez en Marsella era fácil enviar las mercancías junto a sus dueños, a Argel, a Túnez, a Trípoli… He de reconocer que Marsella era el sueño de cualquier mercader. Había almacenes y negocios por todas partes. Pero yo ya tenía el mío y no me iba nada mal. Hasta que detuvieron a uno de los enlaces en la frontera. Me delató y ya no pude volver a España. Mi fortuna quedó en Granada.

— Sacabais el patrimonio de los demás  ¿y dejasteis el vuestro?

—Tiene su explicación—Mahmud resopló apoyando de nuevo la espalda contra la pared—. Algunas familias pensaron que ricos y bautizados podrían integrarse en la sociedad cristiana manteniendo sus privilegios. Utilizaron sus ganancias para enriquecer el ajuar con muchos objetos de plata labrada. Querían parecerse a los burgueses cristianos invirtiendo en artículos de lujo para uso diario: candelabros, bandejas, jarras, palanganas, lámparas… Esto satisfacía dos propósitos: por un lado la ostentación; por otro la inversión en bienes de venta fácil.  Pero cuando uno tiene que salir discretamente y no hay posibilidad de encontrar oferta, los enseres se convierten en un estorbo. Cargar con todo eso era muy complicado y venderlo a los cristianos era regalarlo. Así pues, acepté esas piezas pesadas como pago por mis servicios. Llegue a acumular muchas arrobas de plata que pensaba fundir en lingotes. Todo estaba almacenado en un sótano oculto. Pero supongo que quedó en manos del rey, o de la Inquisición, o de quien fuese que mandó asaltar mi casa.

Se le quebró la voz, como si fuera a romper en llanto; pero solo fue un segundo.

 —Empecé de nuevo en Marsella trabajando para un mercader que había hecho buenos negocios con todo lo que yo enviaba. El tipo tenía varias fábricas de jabón y me contrató como agente comercial en Génova. Allí me instalé provisionalmente. Cuando decidí regresar para quedarme en Marsella me entregaron una carta de mi padre, sin fecha. Nadie supo decirme cuánto tiempo llevaba allí. Y pensé que era hora  de buscar a los míos.

Mahmud finalizó su relato lamentando la decepción que había sentido después de todas las penurias del viaje, al descubrir que su padre estaba muerto y su prometida casada.

—La carta situaba Elche en el Reino de Valencia. —Añadió—. Y sin más comprobaciones viajé en un barco comercial con destino a Cartagena que hacía escala en Valencia. Allí compré un caballo. No imaginaba que Elche estaba tan lejos de la capital. De haberlo sabido hubiese esperado para desembarcar en el puerto de Cartagena, ciudad que como he dicho, ya conocía por mis negocios.

Karím se incorporó con la intención de hacer un comentario. Pero Yusuf lo frenó mostrándole la palma de la mano izquierda.

— ¿Estás seguro de que quieres verla? — Interrumpió dejando al síndico con la palabra en la boca—. Han pasado muchos años y, lo aceptes o no, pertenece a otro hombre. Y tiene hijos que no son tuyos. Eso no lo puedes cambiar.

—Lo sé. Solo quiero hablar con ella.

—¿Y crees que eso aliviará tu dolor? —preguntó de nuevo con evidente escepticismo.

— No lo sé pero tengo que probar. Llevo demasiado tiempo queriendo contarle todo lo que pasó. Necesito desahogarme y luego me marcharé. O no. Pero no me resigno a ser un humilde vasallo, como vosotros— afirmó con tono burlón.

—Eres muy injusto. Es muy fácil hablar así desde Marsella — puntualizó el síndico— ¿Qué otra opción tenemos? ¿Rebelarnos y acabar como en las Alpujarras? —Hizo una pausa y, al ver que no contestaba, siguió hablando—. Bernardino de Cárdenas, el nieto del primer marqués de Elche, arrienda tierras cultivables. Y entre los pobres del arrabal se reparten también trozos de saladar para el cultivo de la sosa.

— La sosa y la barrilla de Alicante y Cartagena son muy apreciadas en el extranjero — interrumpió Mahmud sorprendiendo a su interlocutor con el cambio de tema—. Lo digo por experiencia. Junto con el aceite puro de oliva, son los fundamentos del famoso jabón de Marsella.

— Haz lo que te dicte tu conciencia— terció Yusuf incorporándose lo suficiente para mirar a Mahmud a los ojos—. Pero considera la posibilidad de buscar una mujer y comenzar una nueva vida cerca de tu hermana y tus sobrinos. Con tu experiencia podrías ganar mucho dinero. Has comerciado con seda y jabón, dos industrias locales en crecimiento. En cuanto a las costumbres, a pesar de las presiones de la Corona y de la Iglesia, los Cárdenas hacen la vista gorda siempre que cumplamos con los arriendos y con las obligaciones puntuales que marca la Iglesia.

— Ya os anticipo que el acoso no terminará nunca—Insistió—. No pararan hasta exterminarnos. Y no quiero poner a mi hermana en peligro metiéndome en su casa. Si me quedo, será fuera de Elche.

— Una curiosidad: ¿Cómo sobrevivió un musulmán tanto tiempo entre los francos? —preguntó Karím.

— Simplemente pasé desapercibido. Nadie me preguntó por mi Dios. Tampoco soy muy religioso. Rezo poco y si tengo que beber, bebo. Y así fui tratado como un igual, es decir con arreglo a mi bolsa—dijo esto señalándola con la mano derecha y su respuesta provocó la sonrisa de sus interlocutores.

— Pues esa es la clave —dijo el síndico—instálate por tu cuenta y aprovecha tu peculiar aspecto bermejo mezclándote con los cristianos sin llamar la atención. Eso o vuélvete a Marsella.

—Yo haría caso a Karím—añadió Yusuf —. No tienes aspecto de morisco y podrías pasar desapercibido.

Tengo una idea mejor—apuntó Mahmud —. Seré lo que he sido todo este tiempo. El apoderado de Simón Martell, fabricante de jabón. Además con pasaporte de Marsella, poderes firmados y cartas que presentaré en Oriola.  

— ¿Manejas con soltura la lengua de los francos?

— La entiendo, la hablo y la escribo— afirmó exagerando el acento.

Yusuf se encogió de hombros y abrió las manos— Siendo así, no  me parece mala idea.

Karim se levantó, estiró sus ropas y dijo: —Para mí está todo claro. He de marcharme. Pero tengo un consejo: si piensas hacer esa locura no pierdas tiempo. Apártate de nosotros. Sal del arrabal y que Allah te ilumine—. Dicho esto abrazó a Yusuf y saludó a Mahmud con una inclinación de cabeza.

— ¿Dónde puede hospedarse dignamente un mercader fuera del arrabal?  Será poco tiempo. Hasta que me marche.

Hay una buena fonda en la Plaza. Muy cerca del Consell. —contestó Karím ya en el quicio de la puerta.

Cuando quedaron solos, el anciano sacó de una alacena un curioso recipiente de arcilla con tapón de corcho y vertió un poco de su contenido en dos vasos de cristal. Mahmud se lo llevó a los labios y miró al anciano sorprendido. Este bebió un sorbo y se lo tragó cerrando los ojos con gesto placentero.

— Sí. Es licor. Lo fabrico yo mismo con miel, especias y frutas. Me sienta bien—. Contestó Yusuf quitándole importancia— No creo que Allah se ofenda por estos pequeños placeres. Ahora escúchame: el esposo de Yasira se llama Martín Padilla. Un cristiano viejo. Tu padre sentía aprecio por ese muchacho.

— ¿Dirías que es una buena persona?

—  Mientras no sospeche que pretendes arrebatarle a su esposa…— añadió rompiendo en una carcajada—. Lo eligió tu padre.

— No te preocupes, seré prudente. Ya te he dicho que solo quiero hablar con ella y asegurarme de que está bien. Quiero escucharlo de sus labios y verla con mis propios ojos.

— Sea como quieras. Pero sigo pensando que es un error echar más sal a la herida. Ha sido un placer conocerte —aseguró con tono paternal mientras le abrazaba —. Quería mucho a tu padre. Pero a partir de ahora, por tu conveniencia y por la mía, mejor será que no vuelvas. Sería estúpido que todo tu plan se fuera al traste por visitar a este pobre viejo. Una cosa más: si piensas instalarte en Oriola conozco a un comerciante que podría ayudarte si me prometes no comprometerlo. Se llama Thomás Monedero y es también cristiano viejo.

— ¿Puedo fiarme de ese hombre?

Es el futuro esposo de mi nieta. —Pero mejor no le digas quién eres en realidad. Yo le hablaré del comerciante de Marsella. Convencerlo para que te ayude será cosa tuya. Vive en la Corredora, muy cerca de la puerta de Almoradí. Frente a una pequeña ermita.

Mahmud salió de la casa muy animado. En el exterior buscó a Imán pero no la vio por ningún lado. Se dio cuenta de que en el fondo le había molestado un poco que estuviese comprometida. Pasó unos minutos apoyado en el muro de piedra, frotándose la barba y pensando todavía si ponía en marcha su plan o se volvía a Marsella.   

Al llegar a casa de su hermana escogió una pluma larga entre las que había recogido del gallinero y con el cuchillo afiló su punta. De la bolsa de viaje sacó una cartera con documentos, un frasco de tinta y una cajita con polvos secantes. Vertió un poco del líquido oscuro en un cuenco y, mojando el improvisado utensilio, se dispuso a escribir. Además de repasar el pasaporte expedido en Marsella y el poder notarial a su nombre, escribió unas cartas de presentación suficientemente persuasivas. Una vez finalizadas, las repasó varias veces, esparció polvos secantes sobre la tinta rojiza y plegó los papeles cuidadosamente.

V

A la mañana siguiente Mahmud desayunó frugalmente sin intercambiar una palabra con su hermana. Recogió sus cosas y salió al establo para revisar el estado de su montura. Luego se lavó concienzudamente y se vistió con sus ropas lavadas y zurcidas. Se había acostumbrado a la holgada vestimenta a la morisca prestada por su cuñado; pero mostrarse así por más tiempo podía dar al traste con sus planes.

Su raído atuendo le había permitido viajar sin problemas desde Marsella. Se calzó las botas de media pierna y sobre la camisa blanca se puso un jubón largo, sin mangas, de paño oscuro. Ensimismado en su aseo no oyó llegar a Razín. De repente lo encontró a su espalda y, poniendo las manos sobre sus hombros, preguntó en tono burlón:

— ¿Es este el hermano pequeño de mi mujer?  Huele como una doncella casadera.

—Estás exagerando. Sólo me he lavado con un poco agua de azahar, me la dio Maryam.

—Aquí los baños y la higiene ha llegado a ser tan sospechosos, que la mugre y el olor fétido se han hecho cotidianos. Apestando a cabra es más fácil pasar inadvertido entre los cristianos. Te aseguro que llamarás la atención así vestido y perfumado.

—No impogta — exclamó exagerando el acento de los francos—es parte de mi plan. Soy un rico comerciante marsellés en viaje de negocios y voy a presentar en el Consell de Oriola los documentos que lo acreditan. A partir de ahora, llámame Monsiur Rousse.

Razín se separó de él y se inclinó en una graciosa reverencia. Mahmud extendió los brazos y lo atrajo hacia sí en un fraternal abrazo.

—Así me llamaban en Marsella: Françoise la Rousse, Francisco, el pelirrojo.

Se quitó el jubón y, con un gesto de la mano, pidió a su cuñado que le alcanzase el cinturón de cuero y la funda con el cuchillo—. Si quiero permanecer aquí sin poneros en peligro tengo que seguir un plan. Y comienza saliendo del arrabal antes de que me identifiquen como nuevo cristiano.

—Ignoro qué necesitas para llevarlo a cabo. Pero si está en mi mano cuenta con mi ayuda— afirmó apretando sus manos con afecto.

— De momento solo te ruego que guardes en secreto lo que te he contado y me ayudes a buscar un criado en quien pueda confiar —dijo mirando a uno y otro lado como si temiese ser escuchado— Acompáñame.

Mahmud salió al patio y escarbó junto al pozo con el cuchillo. Sacó la bolsa, tomó unas monedas y dándoselas a Razín le dijo —Es todo lo que tengo. Ya sabes que mi fortuna quedó en mi casa y fue desvalijada.

— Quédatelo, de verdad. No necesitó dinero. Más falta te hará a ti.

— Vamos a hacer una cosa. Dejaré aquí la mitad, enterrada. Y si no vuelvo. Utiliza el dinero para poner a salvo a mi hermana y a mis sobrinos. No tardarán en echaros de aquí.

—Razín apoyó la mano derecha en el marco de la ventana y con la izquierda se  rascó la perilla mirando al exterior con los ojos vacíos; como si analizase mentalmente un viejo recuerdo. Luego se dio la vuelta y afirmó con rotundidad—en tu casa no encontraron nada de valor a pesar de que la registraron por completo. Desmontaron los muebles—añadió—, agujerearon el suelo hasta dar con el almacén subterráneo; pero no había nada fuera de lo común: ropa usada, vajilla y utensilios de poco valor.

— ¿Nada más? ¿Estás seguro? ¿No había piezas de plata? Lámparas, candelabros, cofres con cuberterías…

—Ya te digo que presencié personalmente el registro de tu casa y no sacaron nada más que menudencias.

 —Y mi padre ¿te comentó algo sobre el tema?

—No. Pero lo cierto es que aquellas semanas se comportó de forma muy extraña.

— Explícate.

—Poco antes del saqueo, estuvo varios días de viaje y no contó a nadie donde fue.

— ¿Marchó solo?

—No. Salió una noche con varias mulas cargadas. Viajó con un arriero granadino y un par de gañanes que no había visto nunca. Al parecer se conocían de tiempo. No consintió que le acompañase nadie más. Regresó cuatro días después, sólo, portando una mula cargada de capullos de seda.

— ¿Recuerdas algún detalle más de aquellos días?

— No. Bueno, sí. Una semana después, se presentó el mismo arriero; espera, ya recuerdo su nombre, se llamaba Monedero, Bruno Monedero. Como te decía, se presentó con una pesada carga de tierra, ladrillos y argamasa. Descargó parte en su casa y el resto lo utilizó para renovar el suelo de la tuya.

— Seguramente escondió en su casa algo de valor. Si pudiese encontrar al arriero… ¿Has dicho Bruno Monedero?

— El único que podría ayudarte es Maymón. Conoce a muchos arrieros.

— ¿Quién es Maymón? ¿El anciano carpintero?

— Sí. Antes que carpintero fue arriero. Se bajó del carro por sus achaques y ahora los repara con permiso del gremio. Pero sólo dentro del arrabal. No le va muy bien. Apenas saca para alimentar a su hijo.  Ahora que lo pienso, Bernabé podría ser el criado que buscas. Es listo y fuerte. Y conoce los caminos. Pero no te hagas muchas ilusiones. Si tu padre hubiese ocultado en su casa todas esas piezas de plata, estoy seguro que las habrían encontrado. En la tuya no quedó un palmo sin excavar; en la de tu padre hicieron también un concienzudo registro por si te había escondido.

 —Mi padre era un hombre muy astuto. Formar un suelo nuevo en mi casa habría sido una pista demasiado clara. O una treta para despistarles. —Se rascó la cabeza. —Un momento: creo que sé dónde escondió lo que fuese que quería que yo descubriese.

— ¿Estás seguro?

— En la oración y los libros esta la verdadera fortuna. ¿Cómo no lo he descifrado antes? Tengo que encontrar a ese arriero. Esta misma noche me instalaré en una fonda y en dos días me trasladaré a Oriola. Pregunta a Maymón por el tal Monedero y la respuesta me la envías con su hijo. Adelántale que tengo para él un buen empleo; que se presente mañana en la fonda de la plaza y pregunte por el comerciante de Marsella.

—Te aseguro que Bernabé es de toda confianza. Llevo mucho tiempo preparando remedios para los achaques de su padre. Y me los paga con pequeñas reparaciones que no necesito. Le vendrá bien ganar algo de dinero; además, me aprecia y yo me encargaré de vigilar la salud del anciano en su ausencia. Eso le convencerá.  

—Muchas gracias. Pero de momento, cuanto menos sepa de mi verdadera identidad, mucho mejor. Nadie debe saber que somos cuñados. Ya veré la forma de explicarle quién soy cuando llegue el momento.

— ¿Le has dicho a tu hermana que te vas así, tan de repente?

—Se lo pienso decir después de la comida. Esta mañana no he encontrado fuerzas para hacerlo. Se la ve tan feliz.

— Sabes que se va a llevar un gran disgusto.

— Estaré cerca. Te prometo que volveré. Pronto tendréis noticias mías a través de Bernabé.

—No sé qué estás tramando; pero que Allah te acompañe y te de suerte, hermano.

— La voy a necesitar—. Respondió apoyando la mano sobre su mejilla y mirándole a los ojos con afecto; con una clara expresión de despedida.

Mahmud terminó de empaquetar sus cosas y respiró hondo. Había llegado el momento de hablar con su hermana. Desde el amanecer llevaba preparando un monólogo convincente para anunciarle su repentina partida. Pero no veía el momento.

Poco antes del mediodía, entró temeroso en la cocina y allí la encontró vestida con una sencilla túnica morada, con el pelo suelto. Troceaba unas zanahorias mientras en el fuego humeaba una cazuela que desprendía penetrantes aromas a tomillo y romero. Se acercó por detrás y la sujetó por la cintura de forma cariñosa. Durante unos segundos, ella permaneció de espaldas, con los hombros rígidos. Después se giró y le miró a los ojos apretando las mandíbulas.

—Me tomas por tonta. No me has dirigido la palabra en todo el día y ahora apareces perfumado y zalamero con tu ropa de viaje para decirme que te vas. ¿Es eso?

Mahmud, sorprendido, trató de balbucear una excusa. Pero ella le interrumpió levantando la palma de la mano. Intentó besarla; pero se separó bruscamente y siguió con su tarea dándole la espalda. Razín apareció de pronto y tiró de su brazo suavemente.

— Vamos. No te preocupes. Se le pasará. Mejor esperamos la comida en el patio. Hace un día espléndido. Cuando esté listo el guiso, avísame y sacaré la cazuela del fuego.

Mahmud se encogió de hombros y acompañó a su cuñado al exterior donde los niños, que habían asistido por la mañana a catequesis forzosa, jugaban a santiguarse coreando incomprensibles oraciones.

Maryam terminó el guiso de cordero con hortalizas. Seguía seria y muy callada, como sonámbula. Su hermano conocía esa actitud pensativa y estaba seguro que no tardaría mucho en estallar. Razín también escrutaba su gélida expresión esperando una reacción airada en cualquier momento.

Cuando por fin se sentaron a la mesa apareció portando ella misma la pesada y  ardiente cazuela, con paso firme y gesto altanero de autosuficiencia. Pero tras sufrir un pequeño traspié,  derramó salsa sobre su ropa. Los dos hombres intercambiaron una mirada de complicidad y no pudieron contener una sonrisa que apenas duró un segundo.

— No sé qué os parece tan gracioso— gritó dejando la olla violentamente sobre la mesa. Mahumd pensó que la cosa no podía ir a peor y se lanzó a la arena resumiendo al mínimo su monólogo.

—Me voy de Elche. Hoy mismo.

— ¿Y a qué esperabas para decírmelo? — Preguntó con amargura— ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? ¿Ha sido cosa del síndico? ¿Te ha amenazado?

— No. La idea ha sido mía. Si me dejas, te lo explico —aseguró—. El asunto es bien sencillo.  Si no quieres que vuelva a Marsella y perderme para siempre, tengo que salir del arrabal.

En ese momento Razín le hizo una seña y se dio cuenta de que sus sobrinos estaban un poco asustados y muy pendientes de la conversación; miró a su hermana, respiró hondo e intentó seguir comiendo. Maryam rompió a llorar levantándose bruscamente de la mesa y Mahmud la siguió hasta el patio; donde sentado junto a ella, intentó consolarla acariciándole el cabello como si fuera una niña.

— Tienes que entender que no puedo quedarme. No quiero que me identifiquen como cristiano nuevo. Y mucho menos, poner en peligro a tu familia con mis asuntos. En parte lo hago por ti.

—Si es por mí, quédate aquí, con nosotros. No soportaría volver a perderte—dijo con un hilillo de voz mientras sus lágrimas seguían manando abundantemente.

 — ¿Qué te hace pesar que me vas a perder? — Le susurró cariñosamente al oído rodeándola con sus brazos— Todo lo contrario. Cuando organice mi vida regresaré. Mientras tanto, te prometo que os haré llegar noticias mías.

Tengo que decirte algo importante—añadió con gesto serio —si no me equivoco, padre ocultó algo para mí en su casa y tengo que encontrarlo. Sé de un escondite donde guardaba su instrumental y gran cantidad de libros prohibidos. Entre ellos, seguramente alguno de oración; un Alcorán como lo llaman los cristianos. Lo vi salir de allí sólo una vez, siendo muy niño y me hizo jurar que no se lo contaría a nadie nunca. Ahí está la clave. La fortuna, la oración y los libros.

— Entonces ¿Piensas volver a Granada? ¿Has olvidado que te buscan?

— De momento voy a instalarme en Oriola hasta que pueda organizar un viaje seguro y en condiciones. Te lo prometo. Y no te preocupes, no tengo intención de quedarme allí. Es el único sitio donde alguien podría reconocerme. Pero volvamos a la mesa. Tus hijos están preocupados.

 Maryan se sentó frente a su plato con cara de resignación. Emitió un suspiro y se metió un trozo de cordero en la boca que comenzó a masticar sin ganas. Su hermano la observó en silencio. Por un segundo dudó. Apretó los dientes y decidió que nada lo detendría, ni siquiera su hermana.  

Poco antes de ponerse el sol, Razín sacó el caballo del establo y cargó sus pertenecías mientras Mahmud se despedía de sus sobrinos. Maryam estaba sentada en la puerta de su casa contemplando la escena como si la cosa no fuese con ella. Cuando su hermano estaba a punto de montar, se levantó impulsada por un resorte y abalanzándose sobre él, le echó los brazos al cuello, colmándolo de sonoros besos ante la asombrada mirada de su familia.

Continuará…