Callejeando. Prefacio.

Charles Clifford. Orihuela. Vista general de la ciudad 1862. Colección Javier Sánchez Portas.

Callejeando. Prefacio.

En este apartado emprendemos un largo paseo virtual por la memoria de las más añejas calles oriolanas, comentando el origen de sus titulaciones, los cambios operados en las mismas, pequeñas historias de sus edificios, descripciones de sus fachadas y anécdotas diversas de sus vecinos, para convertir estas rutas urbanas en un ameno pasatiempo que permita comprender mejor nuestra ciudad.

A aquellos que decidan acompañarme en este nostálgico paseo que pretende conectar el pasado con el presente, voy a intentar mostrarles algunas singularidades que Orihuela guarda todavía en sus barrios, apelando a la necesidad de no perder la memoria.

Nuestra añeja ciudad no se ha hecho por casualidad. Es una creación colectiva de sus habitantes a través de siglos de historia. Un secular patrimonio que si no ponemos remedio va a desaparecer en pocos años.

Si algún día os apetece de verdad disfrutar de lo que queda de Orihuela,  aconsejo primero intentar comprender el vínculo entre la ciudad y el espacio territorial en que se fue desarrollando.

Para ello podéis utilizar como atalaya la subida peatonal al seminario de San Miguel que, a lo largo de su recorrido, ofrece diferentes vistas en las que se aprecia muy claramente la estructura y formación de nuestra ciudad y de sus arrabales, convertidos ahora en una especie de “totum revolutum”.

Comprobad como se fue desparramando por la sierra hasta saltar el río e invadir la huerta, un territorio de difícil defensa y expuesto a las frecuentes riadas.

Ministerio de Cultura

Oriola estaba dividida en cuatro sectores, cuatro espacios urbanos claramente jerarquizados:

El casco o centro, el arrabal Mayor o de San Agustín, el arrabal Moderno o de San Juan y el arrabal Roig.  Cuatro cuarteles disueltos en tres parroquias: San Salvador, Santas Justa y Rufina y San Jaume o Santiago; las tres nacen en el casco y cubren parte de los arrabales.

La mayor comunidad de fieles la ostenta San Salvador, división territorial que, además de absorber gran parte del casco, monopoliza el arrabal de San Juan y cubre parte del de San Agustín.

Santa Justa abarca su parte del centro, un trozo del arrabal de San Agustín y la huerta del Camino de Beniel (hasta que en el XVIII Tormo fundó la Parroquia de los Desamparados, cubría el territorio hasta la frontera con Castilla).

Ministerio de Cultura

Por último, Santiago se ocupaba de su trozo de casco y del barrio mas humilde, el Arrabal Roig (aún llaman a su pila bautismal “la pila de los bordes”).

Colección Esteban Sanmartín.

Abrazado a la peña tenemos el cuartel central, conocido como casco urbano; una especie de ciudadela que albergaba los templos, palacios y edificios públicos, situada estratégicamente entre la sierra y el río, a los pies del castillo, protegida por la antigua muralla que fue absorbida por la progresiva urbanización y necesitó ser rodeada por nuevos muros que acogiesen a los crecientes arrabales.

Desde la peña es fácil imaginar el primer lienzo utilizando puntos de referencia como si de un juego de unir puntos se tratase.

Rudimentario plano de confección propia.

 

Una vez localizados, acercaos a la trasera de Monserrate para comenzar la reconstrucción virtual de la muralla. Desde las torres de la calle Torreta, salimos a la plaza, emplazamiento de la Puerta de Murcia, lugar donde en puridad terminaba el casco y comenzaba el Arrabal Roig.

Archivo Mariano Pedrera.

Desde ahí buscaremos la torre de Embergoñes y comprobaremos que muy cerca se conserva un portillo que daba acceso al río. Luego debemos buscar la esquina del muro que coincidiría aproximadamente con el convento de las Salesas.

Oriola imaginada. Montaje de J. Antonio Ruiz Peñalver

El siguiente paso es visitar el Museo de la Muralla. Allí si que podemos hacernos la idea real del muro y sus torres.

Luego llegamos al Puente Mayor, donde estaba el principal acceso a la ciudad, la Puerta de la Sala o Consell.

Oriola imaginada. Dibujo de Pepe Sarabia

Siguiendo el curso del río llegamos a la torre que se encuentra oculta en la trasera del Hotel Tudemir.  Muy cerca de ella estaba la Puerta de Elche (en algunos protocolos del XVIII aparece como “Puerta de la Yedra”).

De ahí, caminando por los Hostales rodeamos los restos del convento e iglesia de la Merced, donde estaba la torre de Navalflor, continuando por el paseo hasta la llamada Porta Nova, que estaba a la altura de la Calle de Santa Lucía.

Luego solo queda seguir por la carretería (la calle Ruiz Capdepón) hasta llegar al último portal y a los restos de otra torre. Allí, pegada a la sierra estaba la Puerta de Crevillente, dando acceso al llamado Barrio Nuevo.

Oriola imaginada. Montaje de J. Antonio Ruiz Peñalver

El arrabal Roig que ha llegado a nuestros días como Ravaloche es la extensión natural de la ciudad en dirección a Murcia y no estaba amurallado.

Oriola imaginada. Dibujo de Mario Gómez

El de San Agustín, titulado en un principio arrabal del Puente o arrabal Mayor debido a su situación y extensión, al final adoptó el nombre del convento que permitió a sus vecinos disponer de una iglesia al otro lado del río. Contaba con tres puertas: la de San Agustín, junto al convento; la del Burdel o Mancebía, al final de dicha calle; la de Magastre (situada más o menos lo que ahora es Calderón de la Barca).

Rudimentario plano de confección propia.

El de San Juan Bautista, es fruto de la fusión de dos arrabales mas antiguos, el llamado Ravalete ó de Crevillent y el Moderno ó de Elche. Contaba con dos puertas: la de Callosa, la única que sigue en pie junto al Colegio de Santo Domingo; y la de Almoradí, situada al final de la Corredora o Corredera.

Oriola imaginada. Dibujo de Pepe Sarabia

Y nada más, comenzamos pues un largo paseo que, espero, sea de vuestro interés.

Antonio J. Mazón Albarracín.