Callejeando 03. La Compañía de Jesús.

La Plazuela de la Compañía de Jesús.

Dejamos nuestro paseo en la desaparecida “Casa del Paso” con el museo de la muralla.  Al salir del subterráneo,  en el pasadizo que evoca el pasaje que dicha casa ofrecía, encontramos a la derecha dos recoletas plazuelas.

© José M. Pérez Basanta.

La primera esta dedicada a Antonio Balaguer Ruiz, alcalde de Orihuela en los años 1918, 1922 y 1930.

Antonio Balaguer Ruiz

 

© José M. Pérez Basanta.

La segunda, situada justo enfrente del monasterio de fachada rojiza, es la que con anterioridad al siglo XIX, era llamada Plaza de la Compañía, porque en el solar que ahora ocupa el citado monasterio se estableció, a finales del siglo XVII, el Colegio de la Inmaculada Concepción, San Joaquín y Santa Ana, regentado por los jesuitas.

Archivo Municipal de Orihuela.

Aunque dos años antes ya eran conocidos con la denominación de Compañía de Jesús, la institucionalización de esta nueva orden, no se produjo hasta 1540, con la aprobación del Papa Paulo III.

San Ignacio de Loyola

Medio siglo después, concretamente en abril de 1597, Álvaro Vique y Manrique, se dirigía al justicia y a los jurados de la ciudad de Oriola, declarándose devoto de la Compañía de Jesús y anunciando la visita del Padre Prepósito con la intención de fundar en la ciudad, una cartuja de la renovadora orden de San Ignacio.

“…yo salgo fiador que en breve tiempo se conozerá y que las almas an de ser aprovechadísimas de su asistencia, por que en todos los lugares donde habita esta compañía lo saben. Así, suplico a vuestras mercedes que como tan grandes cristianos, los favorezcan y amparen de manera que hallen el acogimiento en esa ciudad que un pueblo tan christiano y de su calidad requiere (…) toda merced que esa ciudad le haga la rezibire yo grandísima y si en Madrid se ofrece algo en servir a esa ciudad, alla me ternan, que sin costas la serviré”.

Esa recomendación no se tuvo en cuenta; pero sí la enviada tres años después por Joan Alfonso Pimentel de Herrera, conde de Benavente y Virrey de Valencia, quién en 1600 sugirió la conveniencia de fundar un cenobio de franciscanos descalzos.

Archivo Municipal de Orihuela.

A pesar de haber acogido recientemente los conventos de San Sebastián y del Carmen, ambos muy necesitados, la petición del virrey fue complacida erigiéndose el convento de San Gregorio.

Definitivamente era un mal momento para la fundación jesuita.

Pasaron los años, y en 1637, cuando la Compañía de Jesús estaba en pleno apogeo con más de 13.000 miembros establecidos en varios países, Tomás Pedrós Santacilia estuvo muy cerca de ser el gran benefactor de los jesuitas en Orihuela.

Hijo del próspero comerciante oriolano Gaspar Pedrós y heredero de su gran fortuna, quedó viudo prematuramente de su matrimonio con Vicenta Mayor y sin descendientes.

En 1635 decidió que en ninguna cosa podría mejor emplear su hacienda que en fundar un monasterio en Oriola.

Aconsejado por terceros se decidió en un principio por costear una cartuja en el antiguo convento de San Gines que los mercedarios estaban a punto de abandonar. Para ello dispuso la donación irrevocable de toda su hacienda.

Pero ciertas dificultades con el privilegio de amortización y un malentendido con los cartujos en una de sus viajes a Valencia, le hicieron cambiar de idea.

Visitó el Colegio de San Pablo y acabó llevándose en su propio coche a tres o cuatro jesuitas para que fundasen uno de sus colegios en Orihuela. Para tal menester, redactó un nuevo testamento a su favor en 1637.

“Pax Christi: A 16 de Septiembre me partí de esta casa para Origúela; llevé carta de favor del Señor Virey, para el Señor Obispo, al qual hallé en Alicante y allí tuve consulta en compañía de los quatro Padres que están en aquella residencia, con su Señoría: y pareció que el P. Sanz y yo con cartas del mismo Obispo y las tray de Valencia, fuéramos a Origüela a tratar con Tomas Pedrós de nuestra fundación; y llegué a 24 y luego aviendo sido recibido Tomás Pedrós con grande contento empecé a tratar con su Md. de nuestro negocio. He hallado que la hazienda que da para la fundación es muy luzida”.

En esta carta dirigida a Luis de Rivas, Provincial de la orden jesuita, el Padre Vicente Arcayna narraba su visita a Orihuela y la disposición de Pedrós a cederles casa y hacienda.

Don Tomás les ofrecía también todas las alhajas necesarias para la vivienda y el sustento asegurado para seis u ocho padres “todo el tiempo que tardase el hazerse habitación cómoda en el edificio nuevo”.

Ante esta disposición, el único requisito necesario era la obtención del privilegio de amortización, tramite fiscal que, como citamos anteriormente, retrasó el anterior proyecto con los cartujos.

“aunque no faltan émulos que le persuaden lo contrario, la ciudad nos es muy afecta … puede desde luego dar orden de que se saque la amonestación, porque el asegurar esta fundación solo depende de sacar dicho privilegio”.

Cuán equivocados estaban; en otra carta fechada en febrero de 1638, Arcayna comunicaba a su superior las dudas que comenzaban a asaltarle.

Pero ante la reacción de Pedrós – comprometido con el virrey, el obispo y la Ciudad-, y dispuesto a todo por cambiar la opinión general que circulaba por el Reino de que era un hombre liviano e inconstante por abandonar tan fácilmente la fundación Cartuja, le pareció imposible que desistiese.

Todo estaba preparado; Pedrós estaba dispuesto a acogerlos en su casa, renunciando a las criadas por la incomodidad que sufrirían los padres al convivir con mujeres. Si era necesario, abrazaría el sacerdocio.

“La segunda causa de mi temor era ver de vivir años con el servicio de mugeres en una misma cassa, aunque fuesse en quarto aparte por la indecencia que en esto avia y peligro que podia aver. Por que me considero hombre y esta cessa, pues Tomas Pedrós se ordena sacerdote y se contenta con un hermano que guise la comida.”

La oposición de las autoridades civiles y eclesiásticas y la decisión de la propia orden, empeñada en abrir el colegio en Alicante por ser puerto de mar, motivó que el voluble Pedrós retomara su proyecto inicial, por el cual fundó la Cartuja de Vía Coeli en 1639.

Desaparecida cuatro décadas después, los bienes de Tomás Pedrós fueron utilizados por el Cabildo Catedralicio para fundar “El lugar nuevo de los canónigos”, es decir, Bigastro.

Y así llegamos al tercer y definitivo intento de instalación jesuita.

Carlos II “El Hechizado”.

“En el año de la humanidad 1686, siendo rey de españa la augusta majestad del señor D. Carlos II (que está en la gloria) y siendo obispo de Orihuela el Itmo. Sr. D. Antonio Sánchez del Castellar, vinieron del colegio de Murcia seis padres, los cuales fundaron junto al río Segura, en una casa que para ello les havía cedido el ilustre señor D. Juan Rocamora, marques de Rafal”.

“…. consiguieron algunas fincas de huerta y campo de Dª María Manuela Valenzuela y Vázquez de Fajardo, marquesa de Rafal y de D. Pedro Dávalos de Rocamora, conde de la Granja; pero pasó algún tiempo y solo a gestiones de D. Juan Rocamora y Maza, marques de Rafal, lograron instalarse …”.

De las notas anteriores, la primera pertenece al impreciso Joseph Montesinos y nos dice que la fundación llegó de manos de Juan Rocamora, marqués de Rafal.

En la segunda cita, Ernesto Gisbert, basándose seguramente en Montesinos, añade el segundo apellido erróneamente y otorga el marquesado a Juan Rocamora y Maza.

Vamos a intentar identificar a los personajes que participaron en esta obra pía.

Juan Rocamora y Maza nunca fue marqués de Rafal, sino señor de la Granja.

A comienzos del siglo XVII estableció un vínculo sobre varios lugares entre los que se encontraban La Granja y Benferri, a favor de la Compañía de Jesús para que fundasen uno de sus colegios.

Su hijo y heredero Francisco Rocamora, primer conde de La Granja (1628), inició un largo pleito contra dicho legado, que se mantuvo hasta que Fray Pedro Dávalos y Rocamora, sobrino de Francisco y quinto conde de La Granja ejecutó la disposición testamentaria redactada por su abuelo Juan.

Muerto Fray Pedro, por supuesto sin descendencia conocida, los jesuitas obtuvieron el Señorío de La Granja.

Por otro lado Juan Rocamora y García de Lassa sí que fue marqués de Rafal; en concreto el tercero sucediendo a su hermano Gaspar.

María Manuela Fernández Valenzuela -marquesa viuda del citado Gaspar Rocamora-, fue la encargada de dar el impulso definitivo a la Compañía dejándoles en herencia dos edificios y varias haciendas en el año 1695.

Estos polémicos y generosos legados les crearon interminables pleitos con las casas de Granja y Rafal cuyos títulos acabaron unidos.

En esta oportunidad, el obispo Sánchez de Castellar les brindó una generosa ayuda monetaria, y la propia ciudad acogió con gusto a los hijos de San Ignacio cediéndoles las cátedras de gramática a perpetuidad.

Jesuitas.

La decisión molestó a las otras órdenes religiosas, especialmente a los dominicos que habían echado el ojo a su dotación económica.

A pesar de llamarse Colegio de la Inmaculada Concepción, San Joaquín y Santa Ana, se limitó a ser residencia hasta 1724 en que formalmente comenzó a impartir clases de filosofía y teología.

“Los jesuitas se valieron de los entresuelos baxos y parte de las caballerizas de la referida casa de D. Juan Rocamora para disponer la iglesia y sacristía, que todo se arregló en la forma siguiente: la iglesia estaba situada en la plazuela; era muy honda, poco alta; las paredes de tapias, el techo de tablas y el suelo muy húmedo. Bajávase a ella por cuatro espaciosas gradas ….”.

En 1733 emprendieron la reforma y ampliación del colegio y la construcción de un nuevo templo. Al parecer los solares les parecieron escasos y aprovechando que sus vecinos, los marqueses de Rafal, partidarios del archiduque en la Guerra de Sucesión habían huido y sus propiedades estaban en manos del fisco, se apropiaron de dos casas que incluyeron en la nueva planta de “un suntuoso templo y fábrica del colegio”.

En noviembre de 1734, la Real clemencia restituyó todos los bienes confiscados a los de Rafal, y la marquesa, ya viuda, decidió recobrar judicial o extrajudicialmente las casa que su padre había agregado al vínculo y mayorazgo del Marquesado de Rafal y que estaban ocupadas por los padres de la Compañía de Jesús, reclamando los alquileres o intereses y mostrando su disposición a ajustar amigablemente su venta.

Biblioteca valenciana Nicolau Primitiu.

En enero de 1735 Joseph García, rector del Colegio y Jerónima Rocamora, marquesa de Rafal, firmaron una concordia ante el escribano Bautista Alemán, que resolvía la enajenación forzosa mediante justiprecio tasado por expertos alarifes escogidos por ambas partes, desembolsando los “hijos de San Ignacio” 1.800 libras en moneda del reino.

El colegio quedó habilitado en 1753. En un tiempo record, los jesuitas se habían convertido en la orden favorita de los poderosos, su centro de estudios era el más prestigioso por encima incluso de los celosos dominicos y además habían amasado un sólido patrimonio.

Pero el 2 de abril de 1767, la orden fue disuelta y sus religiosos expulsados de España. La iglesia quedó sin terminar y fue demolida un año después.

Los Jesuitas volvieron, y además se instalaron en el lujoso edificio de sus viejos rivales los predicadores; pero eso ya es otra historia.

Dos años después de la expulsión, por Real Cédula, el edificio se convirtió en casa de enseñanza y colegio de niñas bajo la advocación de la Purísima Concepción.

Para adaptarlo al nuevo uso, se cerró la puerta exterior de la pequeña capilla de los jesuitas transformándola en oratorio privado.

José Tormo Juliá

El impulsor y alma de esta institución fue el obispo José Tormo, enemigo declarado de la Compañía de Jesús. Bajo sus auspicios el colegio gozó de gran éxito; pero su obra no le sobrevivió y en 1812 tan solo contaba con medio centenar de alumnas…….

Antonio José Mazón Albarracín 2006.

Mi agradecimiento a Jorge Belmonte.