Archivo de la categoría: Miscelánea

El Monasterio de agustinas de San Sebastián.

Colección Javier Sánchez Portas

Las agustinas de «Sent Sebastia».

La ermita en el Raval Mayor

En los albores del siglo XIV, cuando el «raval del Pont» terminaba en la «porta de Sent Agosti», existía extramuros de Oriola una eremitorio bajo la advocación de «Sent Sebastia».

Dicha ermita, dedicada también a San Roque, se utilizaba como ayuda de parroquia de la catedral a causa de la fragilidad del puente que, con demasiada frecuencia, incomunicaba a los vecinos de esa orilla del Segura, privándoles de la posibilidad de asistir a los oficios religiosos. Por ello contaba con pila bautismal y con un cura teniente que vivía continuamente en el arrabal. Erigido el convento y la iglesia de San Agustín en el siglo XV, dicha función quedó obsoleta.

En 1591 el Cabildo y el Consell donaron el edificio al provincial de dicha orden para que fundase un convento de agustinas calzadas; un establecimiento religioso femenino donde «posar enclausura a dones honestes y religioses»; o lo que es lo mismo: recluir a las hijas no casaderas de la nobleza oriolana. 

Eras de San Sebastián a principios del siglo XX

Trasladada la pila bautismal al Loreto, la nueva fundación contó con el apoyo del mismísimo Felipe II, quien escribió al Consell para ordenar su intervención ante la actitud hostil de Berenguer Manresa, propietario de la era situada junto al convento.

El monasterio quedó dentro de la ciudad al trasladar hacia el sur la puerta de San Agustín, que desde entonces pasó a llamarse de San Sebastián.

En 1495, a costa del justicia y los jurados de Oriola, se levantó el portal de San Agustín con las imágenes en piedra de San Sebastián y San Roque, abogados contra la peste. Imagen de San Roque conservada en el claustro de la Catedral.

Más allá de dicha puerta, un puente vadeaba la acequia del Chorro. En 1869 el carpintero Leandro Sifuentes, cobró un escudo y seiscientas milésimas por sustituir seis palos del puente de San Agustín a la Alameda. Esta conducción de agua, que contaba en su recorrido con varios puentes para dar acceso al llamado Partido de Hurchillo, dio nombre oficioso a la alameda, a la puerta, e incluso a las religiosas agustinas conocidas popularmente como “las monjas del Chorro”. 

Acequia del Chorro a su paso pòr la Glorieta.
Colección Javier Sánchez Portas

Por supuesto, también contaba con la correspondiente cruz de término que daba inicio al Camino de Cartagena. En recuerdo de aquella y de la que estaba frente a la puerta del Burdel, nos queda esta cruz, costeada por la Mayordomía de Nuestra Señora de las Angustias en 1968.

http://oriola-vdpr.es/?p=2672
Pinchad enlace para saber más.

Superadas las trabas iniciales, el monasterio de San Sebastián se fue convirtiendo en un refugio para jóvenes acomodadas; poco dadas al trabajo y a la disciplina. Las cortas rentas de que disponían eran insuficientes y, en contra de su regla, se mantenían con ayuda exterior. 

Las díscolas agustinas de San Sebastián.

En la segunda mitad del siglo XVII fueron acusadas de desordenes y escándalos por recibir visitas de estudiantes y gente ociosa. En 1712 se descubrió la correspondencia ilícita entre una de las monjas y el caballero Jerónimo Rocamora, llegando el caso a los tribunales eclesiásticos. Estos atribuyeron dichos desordenes a lo apartado del lugar y al exceso de religiosas.

El provincial de los agustinos intentó someter a las díscolas monjas; pero harto de luchar con ellas, decidió transferir la jurisdicción de tan incomoda comunidad a Roma. El asunto tuvo tanto eco que el rey Felipe IV instó al gobernador a poner fin a los alborotos promovidos por las agustinas.

Tras un breve periodo, el obispo Sánchez de Castelar intentó de nuevo enderezarlas. Para ello trasladó a cinco religiosas a Valencia, sometiéndose el resto a la autoridad del prelado, pero sin abandonar la regla y el hábito de San Agustín.

Ni el ni sus sucesores pudieron evitar los alborotos. Siguieron los traslados de las más problemáticas; probaron a entregar los cargos de responsabilidad a religiosas llegadas de Valencia; pero a los pocos días pidieron el regreso temiendo por su vida. Recusaban la autoridad del obispo, pero no acataban tampoco la del provincial de Aragón; sólo aceptaban como interlocutor al Papa. 

Arrabal de San Agustín.
Al fondo, San Sebastián.

En 1751 encontraron a la persona idónea para controlar a las agustinas: una maestra de novicias llamada Tomasa Martínez. Pero ésta era menor de 30 años, edad mínima requerida por la orden para convertirse en priora. Para superar el obstáculo, se obtuvo dispensa papal a través del obispo Gómez de Terán; pero las agustinas rechazaron la resolución del Vaticano, alegando ser contraria a su regla. Durante dos años se mantuvieron en abierta rebeldía, llegando a plantearse la Ciudad el cierre del convento.

Nuevo convento e iglesia.

Con la llegada a la mitra de Pedro Albornoz, las cosas cambiaron. Se redujo el número de religiosas, deshaciéndose de las más inquietas y se dotó la fundación con nuevas rentas. En la segunda mitad del siglo XVIII iglesia y convento fueron derribados y reconstruidos. A finales de dicha centuria, vivían en el edificio 23 monjas, 6 legas y 12 sirvientas.

Sobre los restos de la vieja ermita gótica construyeron una iglesia barroca de nave única con capillas laterales, cubierta con bóvedas. Su portada muestra en relieve el martirio de San Sebastián.

Iglesia Monasterio de San Sebastián.
Portada

En 1835 los bienes muebles, imágenes, ornamentos y elementos sagrados del convento del Carmen fueron desalojados y distribuidos. La sillería del coro de los carmelitas, atribuida a Juan Bautista Borja al igual que la de la catedral, fue adaptada al convento de las agustinas, donde en la actualidad permanece. 

Silla del coro de los carmelitas.
Juan Bautista Borja
Para saber más..
http://oriola-vdpr.es/?p=1625

Durante siglos, monasterio e iglesia han sufrido numerosas intervenciones; destacando la de finales del XIX bajo la dirección de Ramón Más.

En 1969 se procedió a una profunda restauración bajo la dirección del arquitecto Antonio Orts Orts, obras que se alargaron casi una década. 

Colección Javier Sánchez Portas
Colección Javier Sánchez Portas
Colección Javier Sánchez Portas
Colección Javier Sánchez Portas

En los ochenta se hicieron reformas para intentar controlar las grietas que aparecían en la iglesia y se modificó el aspecto de la fachada conventual. Pero las grietas volvieron a abrirse.

Archivo Mariano Pedrera.

La última restauración integral de la iglesia se efectuó en 2008. Dicha obra y sus autores – Miguel Louis Cereceda y Yolanda Spairani- fueron premiados por la fundación de la Comunidad Valenciana “Patronato histórico artístico de la ciudad de Orihuela”.

El monasterio y la iglesia de San Sebastián están declarados Bien de Relevancia Local por la ley de Patrimonio Cultural Valenciano.

Antonio José Mazón Albarracín

Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José Antonio Ruiz Peñalver

Plaza de San Sebastián.
© Víctor Sarabia Grau.
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José Antonio Ruiz Peñalver
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José Antonio Ruiz Peñalver
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José M. Pérez Basanta
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José M. Pérez Basanta
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José M. Pérez Basanta

Cuento de Navidad. (A Christmas Carol)

Cuento de Navidad/A Christmas Carol.

Esta triste historia comienza en una inquietante noche de Navidad; cuando un hombre llamado Oriol del Común, paseando junto a las ruinas del palacio de Rubalcava, exclamó:

—¡Vaya porquería¡  Yo, del Ayuntamiento, no metía ni un euro más. Una pala es lo que hace falta. Y solar vendido para construir un edificio en condiciones. Menudo hotel…..

Oriol era un ciudadano al que nunca le importó el patrimonio local; bastante tenía con preocuparse por el suyo propio.

Su único acto aparente de ciudadanía, casi una obligación social, era participar religiosamente en las fiestas de su pueblo; las mejores del mundo y parte del extranjero.

Aunque de boquilla presumía de la gloriosa historia de su patria chica (más que nada por atraer al turismo), aborrecía todo lo relacionado con viejas construcciones. Montones de ruina sin futuro.

Tampoco le importaba el aspecto y habitabilidad de los barrios más añejos. A fin de cuentas ni se acercaba a ellos.

Como la mayoría de sus vecinos, hacía tiempo que “saltó el río” y no quería saber nada de lo que quedó pegado a la peña, barrios vilipendiados donde pronto sólo vivirán inmigrantes y grupos desfavorecidos; los que antaño llamaban “peñeros”.

Oriol no se cansaba de repetir que amaba a su pueblo con todo su corazón. Pero cuando le decían que el casco histórico era el corazón de su pueblo, se burlaba y ofrecía su receta de siempre: fuera ruinas, anchura, casas nuevas y gente de bien.

Cuando le mencionaban la “trama urbana” le sonaba a chanchullo urbanístico con concejal de por medio. Sólo pensaba en nuevos centros comerciales, hipermercados, campos de golf y urbanizaciones en las afueras; donde estaba el futuro.

Recintos aislados para concentrar a la gente de bien (o lo que es lo mismo, con dinero para gastar). Eso era lo único importante, los negocios, el crecimiento, la revalorización de los solares, los aparcamientos, la industria…

Esa noche, entre las redes de Rubalcava se asomó un espectro; era el fantasma de las ciudades muertas, localidades uniformes, sucias, grises e inhabitables condenadas a sufrir un tráfico insoportable por el día y a permanecer vacías y solitarias por las noches.

El fantasma le anunció la visita de tres espíritus: el del pasado, el del presente y el del futuro. Y Oriol fue visitado por cada uno de ellos.

El fantasma del pasado le llevó primero a una ciudad gloriosa, la segunda del Reino, capital de Gobernación. Con un imponente castillo, con murallas, con decenas de palacios, conventos e iglesias.

Luego apareció la ciudad de su infancia, allá por los años sesenta, un entorno bello, armónico, lleno de comercios, de hermosas calles con casas nobles y mucha gente paseando por ellas.

Le mostró la Casa del Paso; la Plaza de la Pía flanqueada por edificios señoriales en sus cuatro costados, con Miguel Hernández recitando subido a una escalera frente al espectacular palacio gótico. Le mostró un palmeral comparable al de Elche; calles tradicionales llenas de comercios, de cafeterías, de confiterías, de gente….

El segundo espíritu, el fantasma del presente, le mostró primero el interior del palacio donde se encontraron: destechado y asolado para propiciar su ruina. El solar de la casa del Inquisidor: derribado y desaparecido. El de Pinohermoso: una joya única sustituida por un cajón de ladrillos.

Iglesias, palacios y casas en mal estado o ya en la ruina. Las antaño calles comerciales muertas; otras como la de San Juan o la del Colegio, antesala del Escorial de Levante y del Rincón Hernandiano, bombardeadas, con basura esparcida. Las ruinas del castillo llenas de pintadas. El picudo campando a sus anchas en un palmeral urbanizado y cada vez más exiguo…

Por último, el espíritu del presente le mostró el valioso legado de su universal poeta luciendo en otra ciudad. Y Oriol, que creía conocer su pueblo, lloró.

Finalmente llegó la última visita, la del Fantasma del futuro…
Dejémoslo por escribir; el futuro sólo depende de Oriol.

Antonio José Mazón Albarracín. Inspirado en el clásico de Charles Dickens.

Crónica de Antonio Ballester 05. Las clarisas de San Juan.

Crónica de Antonio Ballester Vidal, el fotógrafo de la Plaza Nueva.

Cap 5. Las Clarisas de San Juan.

En el último tercio del siglo XV, Oriola ansiaba fundar un monasterio de monjas; trataban así de evitar la marcha forzosa de vocaciones femeninas a otras poblaciones.

El 29 de septiembre de 1474 el Consell encomendó la búsqueda de un emplazamiento adecuado a justicia y jurados. Una vez localizado, debían calcular su precio y presentarlo ante la ciudad para comenzar los trámites.

La favorable acogida por parte de los oriolanos a los Franciscanos de Santa Ana a mediados del siglo XV animó a la rama femenina de la Orden, las Clarisas,  a probar suerte en Orihuela.

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

Los jurados habían escogido para ellas el solar donde estuvo ubicado el convento de Santa Eulalia, en el arrabal moderno; abandonado por los frailes mercedarios tras utilizarse como baluarte frente a la muralla durante el largo asedio sufrido durante la “Guerra de los dos Pedros”.

De esta forma promocionaban una zona en proceso de expansión. Las aguas del pantanoso Vallet se habían canalizado y nuevos pobladores se habían instalado en unas parcelas cercanas cedidas por el Consell formando la primitiva Corredora.

El convento de clarisas bajo la advocación de San Juan Bautista consolidaba la urbanización de un arrabal que acabó adoptando el nombre del monasterio: el Arrabal Moderno de San Juan Bautista.

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

El 17 de febrero de 1490 el Papa Inocencio VIII autorizó la fundación del convento y tres años después, seis religiosas franciscanas se trasladaron desde el Real Monasterio de Santa Clara de la ciudad de Murcia.

 Instaladas las monjas, en 1494 solicitaron al Consell alimentos para subsistir y albañiles para adecentar su convento. También se dirigieron al rey Fernando el Católico pidiendo ayuda para salvaguardar su honestidad frente a las miradas curiosas de los vecinos.

En abril del mismo año, desde Medina del Campo, llegaba la respuesta de su majestad en la que facultaba a los justicias y jurados para comprar las casas a dichos vecinos y ubicarlos en otro lugar de la ciudad, derribándolas y adquiriendo además sus huertas.

Con el apoyo real, las dotes recibidas por el ingreso de novicias y las limosnas del pueblo subsistían dignamente permitiéndose además comenzar la edificación del primitivo templo.

Tras muchas penalidades, en 1575 Beatriz Martínez, viuda de Marcos Rosell, hacía testamento incluyendo al monasterio de San Juan entre sus beneficiarios.

A su muerte, acaecida en noviembre de 1580, recibieron la generosa suma de 7000 libras. Esta donación les creo ciertos pleitos con el heredero universal de Doña Beatriz.

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

Otros problemas, esta vez con los herederos de la acequia de Almoradí, les llevaron de nuevo a los tribunales. Las clarisas tenían una noria para tomar agua de la citada acequia. Tras vencer en una larga lucha judicial con los regantes que pretendían suprimir la citada noria y con todas sus apelaciones denegadas, el 6 de julio de 1616, la inutilizaron cortada en ocho pedazos.

Durante cuarenta años, a pesar de las amenazas de excomunión, las monjas reparaban o sustituían la noria, y los regantes la aserraban, la atascaban con estacas y piedras o sencillamente la destrozaban.

En su desesperación, llegaron a acudir al Papa en solicitud de excomunión para los autores. Pero fue el rey Felipe IV quien firmó sentencia a favor de las clarisas, teniendo que insistir aún dos veces más, la última en 1659.

También en 1626, tuvieron un breve enfrentamiento con el Cabildo, que pretendía celebrar misas y sufragios en su iglesia, pero en unos meses, el asunto quedó zanjado amistosamente.

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

El monasterio se fue poblando de aristocráticos apellidos: Rosell, Roca, Togores, Rocamora, Masquefa, Rocafull, etc. y con ellos las dotes, que invertían en censos, tierras o edificios para arrendar.

En 1735 eran propietarias de 551 tahullas de regadío. Con estas cuantiosas rentas, levantaron el edificio actual, en dos etapas que duraron gran parte del siglo XVIII.

En 1773, la abadesa solicitó a la ciudad el permiso para ampliar el edificio, alineando la calle que va de San Juan a la Puerta Nueva (la que actualmente es calle Tintoreros), concediéndoles licencia para ocupar dos palmos de la citada calle.  Las obras concluyeron en 1780.

Sufrió importantes daños en el terremoto de 1829; también en las inundaciones de 1879, siendo inmediatamente reparados con fondos procedentes de donativos.

Las extensas propiedades de las monjas habían sido desamortizadas.

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

En 1936, las religiosas tuvieron que abandonar el convento y refugiarse en casas particulares. Este fue asaltado por los milicianos haciendo una pira con parte de sus imágenes. Durante la guerra la iglesia estuvo cerrada y el convento pasó al comité de refugiados.

Las monjas supervivientes regresaron en 1939.  Antonio Ballester hizo este reportaje fotográfico pocos años después, en la segunda mitad de los cuarenta.

Fotografías de Antonio Ballester Vidal. Texto y retoques Antonio José Mazón Albarracín.

 

Iglesia de San Juan en la actualidad. © José María Pérez Basanta.

Para saber más recomiendo el libro del Reverendo Andrés De Sales Ferri Chulio, “El Monasterio de San Juan de la Penitencia de Orihuela 1493 – 1993”, publicado con motivo del quinto centenario del monasterio.  También el estudio de Marí Cruz López, en el octavo centenario de la fundación de las Clarisas.

 

Crónica de Antonio Ballester 04. Romería de San Isidro.

© Antonio Ballester Vidal.

Crónica de Antonio Ballester Vidal, el fotógrafo de la Plaza Nueva.

Cap 4. La Romería de San Isidro.

 

El triunfo de la llamada “cruzada” emprendida por Franco provocó en España un espectacular resurgimiento religioso de proporciones nunca imaginadas en un país europeo en el siglo XX.

Durante la década que siguió a la Guerra Civil las celebraciones religiosas se potenciaron especialmente; creándose nuevas «tradiciones» que el pueblo hizo inmediatamente suyas.

En este contexto, la fiesta de San Isidro Labrador en Orihuela se convirtió en una colorida romería patrocinada por la Caja Rural Central y la Hermandad de Labradores y Ganaderos.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

Esta efímera romería de la que no se conocen antecedentes oriolanos, apenas se mantuvo hasta rebasar el ecuador del siglo XX;  pero quedó inmortalizada en todo su esplendor por la cámara de Antonio Ballester.

Concretamente, estas imágenes pertenecen al 15 mayo de 1948. 

Como he dicho, esta romería duró poco; y está bien descrita en el artículo “San Isidro antes era festivo”, obra de mi buen amigo Antonio Luis Galiano, cronista oficial de Orihuela, al que podéis acceder pinchando la siguiente imagen.

© Antonio Ballester Vidal. Se puede acceder al artículo pinchando esta imagen.

Con su permiso, os dejo algunos extractos del mismo:

“En esos años, en que cientos de personas de Orihuela y sus pedanías, “al salir el sol” en romería acompañados de rondallas, parejas a caballo, carros engalanados y carrozas venidos desde las partidas rurales y acompañados por la Unión Lírica Orcelitana, desde la iglesia de las Santas Justa y Rufina, en la que se daba culto, conducían la imagen de San Isidro».

«Ya en la pradera, tras celebrase una misa en honor al santo, se bendecían los campos, frutos y cosechas. Después se desayunaba, almorzaba y merendaba entre los árboles, habiéndose instalado toldos e incluso montado merenderos, con relativas comodidades».

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

«El día terminaba a la puesta de sol, con el sorteo, como era preceptivo “ante notario”, de un par de novillas de pura raza castellana, participándose por el módico precio de una peseta con dos números. Tras lo cual se regresaba en romería con el santo hasta su capilla en Santas Justa y Rufina».

«Los festejos duraban dos o tres días, se otorgaban premios a las carrozas y carros adornados y eran anunciadas por la ciudad con un bando, en muchos casos de estilo panocho, de los que era autor Antón Cutillas (seudónimo de José Antonio Poveda, el de “El Palas) y que desde una carroza era pregonado por Manolín Grau “el Catalán”.

Fragmento bando 1947. Manuel Muñoz Tomé.

Bando 1950. Manuel Muñoz Tomé.

Fragmento bando 1946. Manuel Muñoz Tomé.

Publicidad del insecticida Oriol. Manuel Muñoz Tomé.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

© Antonio Ballester Vidal.

Fotografías de Antonio Ballester Vidal. Texto y retoques Antonio José Mazón Albarracín. Entrecomillados Antonio Luis Galiano Pérez. Carteles Manuel Muñoz Tomé.

 

No lo tenía pensado, pero la fotografía que me ha mandado el maestro Zambrana me ha dado una idea: si os apetece enviar fotografías de vuestra infancia, recuerdos  familiares o cualquier imagen de la romería de San Isidro, las expondré gustoso y formarán parte de este archivo virtual.  Ahí va la primera.

1947. José Manuel Zambrana García junto a su hermana y dos primas, posando de huertanos en San Isidro. Gracias maestro.

Crónica de Antonio Ballester 03. La fábrica de la seda.

© Antonio Ballester Vidal

Crónica de Antonio Ballester Vidal, el fotógrafo de la Plaza Nueva.

Cap 3. La fábrica de la seda.

Durante siglos la morera se mantuvo como uno de los principales cultivos en Orihuela.

El proceso de la elaboración de la seda era una herencia cultural  transmitida de padres a hijos, como eslabones de una larga cadena que se remontaba a la Edad Media, cuando agricultores y artesanos musulmanes la implantaron en Uryula.

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

En las bobinas, Justa Sabater Pamies. © Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

La llegada de las sedas artificiales en el primer tercio del siglo XX significó un duro golpe para esta industria milenaria.

Pero acabada le Guerra Civil, la Dictadura puso en marcha un plan para fomentar la producción del capullo de seda.

Sus medidas proteccionistas incentivaron temporalmente el cultivo de la morera generando una notable recuperación.

En 1941 creaban el Servicio de Sericicultura, un organismo específico dependiente del Instituto de Fomento de la Producción de Fibras Textiles.

En este contexto nació la empresa “Sedas Orihuela”, en 1939.

© Antonio Ballester Vidal

La mujer sentada en primer plano de la siguiente fotografía se llamaba Dolores Grau Sabater. Dolores, antes de trabajar en la seda, fue monja al igual que sus dos hermanas. Como «hermanita de los ancianos desamparados» profesó en la congregación de Caravaca.  Su sobrina, Ana Grau Marín, trabajó también en la fábrica y allí conoció a su marido, del que hablaremos más adelante.

Sentada, en primer plano, Dolores Grau Sabater. © Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

Impulsada por la Federación de Sindicatos Católicos -futura Caja Rural y Central-, la fábrica llegó a rondar las trescientas empleadas; y utilizo el femenino, porque como podéis comprobar, la inmensa mayoría eran mujeres.

Amadeo Muñoz Moñino fue uno de los primero empleados y allí conoció a su novia. Ana Grau Marín era sobrina de la religiosa exclaustrada mencionada anteriormente. Se casaron y vivieron frente a la fábrica. 

Amadeo tenía el turno de noche – de ocho de la tarde a seis de la mañana-. Su hijo, José Antonio Muñoz Grau, recuerda como le llevaba la cena a eso de las nueve. Al final fue el último empleado, el encargado de desmantelar la maquinaria para ser vendida como chatarra. Terminó su vida laboral como conserje en la Caja Rural Central, propietaria de la fábrica como  ya he dicho. 

Amadeo Muñoz Moñino y Ana Grau Marín. Mi agradecimiento a J. Antonio Muñoz Grau.

Ramón Noguera Romaní, José Calvo Esquiva y José Godoy Robles. © Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

Amables lectores me han facilitado la identidad de algunos de los retratados: el director de la fábrica, Ramón Noguera Romaní;  el contable José Calvo Esquiva, apodado «el nano» por razones evidentes;  José Godoy Robles, encargado del peso; Lolita Martínez Cartagena, escribiendo a máquina, Justa Sabater Pamies, con las bobinas de seda.

Ramón Noguera Romaní, José Calvo Esquiva y José Godoy Robles. © Antonio Ballester Vidal

José Calvo Esquiva con uno de los hermanos Balaguer. © Antonio Ballester Vidal

Lolita Martínez Cartagena en la máquina de escribir. © Antonio Ballester Vidal

Y así el padre guardián de San Francisco siguió bendiciendo la simiente del gusano,  año tras año,  en la vecina iglesia conventual, antes de proceder a su reparto.

La fábrica alcanzó su zenit en los años cincuenta, época en la que Antonio Ballester decidió inmortalizarla con este completo reportaje fotográfico.

“Sedas Orihuela” cerró sus puertas en 1977,  después de 38 años de actividad.  Como recuerdo de aquellas seculares tareas nos queda en San Antón el edificio llamado “Ahogadero de la Seda”.

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

© Antonio Ballester Vidal

Fotografías de Antonio Ballester Vidal. Retoques y texto,  Antonio José Mazón Albarracín.

El artículo queda abierto a la futuras incorporaciones de nombres si os apetece facilitármelos. 

Por último, ya fuera del reportaje al no ser de Ballester, quiero incluir esta interesante fotografía de Juanito Fenoll para resaltar la importancia de estas instalaciones. 

Es Juan Carlos de Borbón, aspirante al trono, en su visita a la fábrica de la seda de Orihuela, el 19 de febrero de 1965.

© Juan Fenoll Villegas