Archivo de la categoría: Miscelánea

Sombrereros oriolanos. De la Madrileña al Gavilán.

Fotografía José María Pérez Basanta.

De la Madrileña al Gavilán.

El objeto central de este trabajo es demostrar el origen de la última sombrerería oriolana, el Gavilán, en la calle Mayor. De paso os hablaré de otros sombrereros instalados en Orihuela entre las dos últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, cuando el sombrero era algo más que un accesorio para cubrirse la cabeza.

Como prenda habitual e imprescindible en la vestimenta de la población, mostraba la clase social, el estatus económico, la profesión y hasta el estilo de vida de quien lo portaba.  Integrados en la sociedad, las prendas para cubrir la cabeza, eran un negocio habitual en todas las ciudades,  con talleres artesanos especializados en su confección y acreditados establecimientos que ofrecían al público las más variadas colecciones de sombreros y gorras.

La familia López Pinzón.

Nuestra historia comienza con Joaquín López Martínez, sombrerero de profesión, nacido en Orihuela en 1830 y bautizado en la Parroquia de las Santas Justa y Rufina.

Joaquín se casó con Antonia Pinzón López, vecina de Madrid. Este es el origen del nombre de la “Sombrerería Madrileña” de la calle Mayor. La que a la postre sería la precursora de la actual «El Gavilán».

No tenemos constancia de la boda; por lo que debió celebrarse en la capital. La que sí tenemos registrada es su numerosa prole. Entre los años 1866 y 1882 este matrimonio bautizó once hijos en la Parroquia de El Salvador, con los apellidos López Pinzón: María Soledad, Bernardo, Ángel, Jesús, Joaquina, Antonia, Leonor, Magdalena, Joaquín, otra vez Joaquín (eso significa que el anterior murió) y Rosario.

—El hijo mayor, Bernardo López Pinzón, era vocal en la junta directiva del Círculo Tradicionalista en mayo de 1894. Dos años después se casó con Emilia Casciaro y se marcharon a vivir provisionalmente a Valencia.

—De Jesús sabemos que se casó en 1900, en Torrevieja con Magdalena Bernabé. No sé si se instaló allí. Lo cierto es que, en septiembre de 1916, el matrimonio apadrinó la boda de otra pareja en la citada localidad salinera, desde donde escribo estas líneas.

—De Leonor, que su nombre coincide con el de la esposa de José Rufete, «El Gavilán».

—Magdalena se fue a Madrid en 1902 para ingresar como novicia en la congregación de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul.

—De Joaquín, el último varón, hablaremos más adelante.

—Rosario, la más joven, tomó también el hábito en el convento de agustinas de Orihuela en 1904, adoptando el nombre de Sor María de la Soledad, curiosamente, el de su hermana mayor.

Esta es toda la información que por el momento he encontrado de los hijos de los fundadores.

Orihuela en 1862.
Colección Javier Sánchez Portas.

Sombrererías coetáneas, último cuarto del siglo XIX:

Anterior a la década de 1880, he encontrado la de José Rebollo, abierta en el verano de 1878 en la Calle Mayor. A decir de los redactores de «El Segura», «un magnífico establecimiento montado con lujo y elegancia», del que no he podido localizar la ubicación exacta ni cualquier otra mención, por lo que no descarto que pueda ser el primer antecedente de «El Gavilán».

En la década siguiente, tengo localizadas varias sombrererías:

La de José Simó, conocido como el “Maestro Simó”. Tiene pinta de ser la más antigua, aunque no he encontrado publicidad anterior a 1885, año en el que comienza a anunciarse en “El martes” y en “La crónica”. Está domiciliada en  los Hostales, número 9.

«El Martes» y «La Crónica» año 1885.

«En la sombrerería DE LOS HOSTALES  se ha recibido un gran surtido en fieltros para hacer sombreros de todas clases, y en todos colores, propios para la estación a precios económicos. Especialidad en sombreros a medida de la forma y clase que el parroquiano deseé. Gorras, hongos y sombreros de copa. Sombreros a medida para los señores Sacerdotes. Composición económica de toda clase de sombreros».

Bajada del Puente y Hostales siglo XIX.
Colección Javier Sánchez Portas.

Sus anuncios en prensa se mantienen regularmente hasta 1892, año en que pasa a regentarla Juan Cutillas.

En 1894 queda en manos de Antonio Pérez Salar, especialista en sombreros cordobeses, quien despliega una buena campaña publicitaria en «El Orden».

«El Orden 1894-1895»

No debió tener mucho éxito, pues en 1897 vuelve a cambiar de manos, y se la quedó José Navarro Rodríguez, que vendía y planchaba sombreros a precios baratísimos: sevillanos, cordobeses y de palma.

«El Día» 1886.

La de Francisco Lozano Piñero, en Calle Mayor 26, se anunció entre los años 1885 y 1887, en “El Día”. Ofrecía «sombreros de todas clases y la mar en gorras de seda, a precios casi de balde. Desde dos reales y medio en adelante. Equidad, elegancia y baratura. Gran surtido de sombreros canal (de copa semiesférica usado por el clero católico, con ala ancha y levemente doblada hacia arriba), y de castor (de fieltro)…»

«El Diario de Orihuela» 1887.

Su existencia fue breve. Durante los meses de enero y febrero de 1887 “El Diario de Orihuela” anunciaba su liquidación.

«En Casa de Francisco Lozano Pinero. Mayor, 26. Liquidación cierta en todos los artículos de dicho establecimiento, ofreciendo dicho dueño grandes rebajas, como son gorras de 2, 3, 4 y 6 reales en adelante, y un grandísimo surtido en sombreros a precios desconocidos. Los sombreros ingleses que se han vendido a  70 reales se expenden a 50 en este establecimiento. Oriolanos: aprovechar la ocasión».

Orihuela en 1870.
Colección Javier Sánchez Portas.

La de Leopoldo Lizón se anunciaba en 1886 en «El Oriolano» y en «El Diario de Orihuela» como «antiguo establecimiento»; lo que deja entender que llevaba tiempo instalada en la Calle Calderón, número 8. En 1891 apareció en el «Diario de Avisos». Y en 1894 en el diario «El Independiente».

«En este antiguo y acreditado establecimiento, se ofrece al público una bonita y variada  colección en sombreros de novedad, de multitud de clases y colores. Especialidad en hongos ingleses a dos pesetas uno. Se facilitan toda clase de encargos en el ramo de sombrerería con prontitud y equidad.  NO EQUIVOCARSE».

En 1905 empezó a publicitarse en «El Diario» con un vistoso anuncio en el que cambia su número de policía a Calderón de la Barca, número 4.

«El Diario» 1905.

«Junto al puente ofrece al público.  Inmensa y variada colección de  gorras ALTA NOVEDAD, chauffer, japonesas, rocambole, inglesas, alemanas, montañesas, ciclistas y otras mil formas».

No he podido resistirme a transcribir un anuncio que aparece junto al anterior. Va también de cubrir las cabezas. Y el tipo que se publicita, estaba alojado enfrente de esta sombrerería, en el establecimiento precursor del Hotel Palace:

«IMPORTANTISIMO: A los calvos. Acaba de llegar a esta población el representante y viajante de la casa Peguha de los Estados Unidos, D. Antonio Peña Zumalacárregui, doctor en ciencias, que ha venido a dar a conocer a las personas de buen gusto, y a los calvos en particular,  artículos desconocidos en España.  ANTIMICROBICIDA CALVÓTICO PEGUELA, infalible y único producto conocido para poner pelo a los CALVOS. Instalado en la Posada Buenavista».

Hospedaje Buena Vista.
Colección Javier Sánchez Portas

La sombrerería Madrileña de la calle Mayor

La primera referencia que encuentro a la sombrerería madrileña de Joaquín López, en la calle Mayor, número 35, son los “consejos comerciales” publicados por “la Crónica” en mayo y junio de 1887.

 “Hemos tenido el gusto de admirar el magnífico y elegante surtido de sombreros de señoras, niños y niñas que procedentes de las antiguas y renombradas fábricas de Madrid y París acaba de recibir para la estación de verano nuestro particular amigo  don Joaquín López, calle Mayor, número 35. Recomendamos muy particularmente a nuestras bellísimas lectoras el acreditado establecimiento ya citado, en la seguridad de hallar en él a precios sumamente económicos cuanto pueden desear de mayor gusto elegante capricho, y alta novedad.”

No sé cuánto tiempo llevaba abierta, pero esta es la fecha más antigua que tenemos. En agosto de ese mismo año, apareció un anuncio en «La Crónica» que se mantuvo varios meses.

«La Crónica» 1887.

“Exposición permanente de sombreros, última novedad, para señoras y señoritas, caballeros y niños. Magnifico surtido de gorras de todas clases. Grandes existencias de adornos para baile, telas y cintas para confecciones y composturas. Lavado de sombreros de paja, de castor, y todo lo concerniente al ramo de sombrerería y modista. Precios económicos, gusto y prontitud.”

«El Diario de Avisos» 1891.

En octubre de 1889, «El Diario de Orihuela» publicaba la siguiente noticia:

«Va adquiriéndose en nuestra ciudad, la costumbre tan generalizada en las grandes capitales, de exponer los domingos en los comercios, los géneros y novedades recibidos; anoche apareció otra en la elegante sombrerería Madrileña del Sr. López, siendo numeroso el público que la visitó admirando la variedad y elegancia de los géneros expuestos».

En la sesión municipal del 7 de noviembre del mismo año, el Ayuntamiento aprobó el pago de 37, 75 pesetas a Joaquín López, por la confección de once gorras para la Guardia Municipal.

«El Thader» 1895.

Con ligeras variaciones, entre los años 1891 y 1896, se anunció en varias publicaciones, especialmente en «El Thader».

«Se ha recibido un grande y bonito surtido en sombreros para señoras y niñas de las cuatro mejores casas de París y de Londres: un gran surtido en sombreros ingleses para caballeros, desde 4,50 pesetas en adelante».

Después desapareció para siempre de los anuncios de prensa.

Sombrereros en el primer cuarto del siglo XX.

En el verano de 1903 me aparece un sombrerero en la calle de San Pascual; de nombre Antonio Lorenzo. Encontré otro en la misma calle en 1888, pero sin nombre ni número. Puede que fuera el mismo.

Orihuela 1909.

En 1907 se anunciaba Pascual García Limiñana, en la Plaza de la Soledad con sombreros desde 6,50 pesetas. En 1910 el negocio pasó a su hijo Mariano García Soriano, nacido en 1889.

El joven Mariano estaba afiliado al Partido Conservador. Dos años después, «El Eco de Orihuela» hablaba de reformas en su local de la Plaza de la Soledad. También de un viaje a Madrid, Zaragoza y Barcelona, en busca de géneros para el nuevo establecimiento que pensaba abrir en la calle Alfonso XIII número 14, donde tenía su domicilio.

En noviembre de 1912 se trasladó al «nuevo local con servicio esmerado y amable por parte del dueño y de la dependencia». Y por compras superiores a cinco pesetas, regalaba un accesorio para cepillar el sombrero.

Ornamentó admirablemente el nuevo establecimiento, que ostentaba un rótulo anunciador realizado por el afamado pintor Monserrate Rodríguez “El Dorado”, quien había decorado también el “Café Europeo”, la “Banca Balaguer”, y restaurado, nada menos que la imagen de Semana Santa conocida como «La Diablesa».

Pero en diciembre de 1912 volvió a la Plaza de la Soledad, adecentando su antiguo establecimiento. Según sus amigos y correligionarios de la prensa, el nuevo local no era suficiente para tanta clientela.

Plaza de la Soledad.

En 1913 se casó en Santa Justa con la agraciada señorita Enriqueta Martínez. Ese mismo año lo nombraron viajante de una importante casa americana que comerciaba sombreros jipis (sombreros de palma) y panamás. En 1914 tuvo un robusto varón, bautizado en la catedral. Tammbién amplió su negocio instalando en la sombrerería una sección de zapatería de «alta escuela».

«El Conquistador» 1912.

En noviembre de 1912 se anunciaba la apertura de la Gran Sombrerería de Luis Beltrán García. Pero la muerte de su abuela obligó a aplazarla una semana. Estaba ubicada en la Plaza de Cubero, número 2, en la subida al puente desde la Calle San Agustín, junto a la confitería de Evaristo Cárceles. 

Al año siguiente, Luis viajó a Madrid y Valencia para comprar las últimas novedades. A veces se anunciaba como «La sombrerería de las tres B. B. B.». Su especialidad eran los cordobeses estilo Belmonte, los de jipi -la última novedad- y los sombreros para sacerdotes.

«El Conquistador» 1913.

En octubre de 1918 Ricardo López Martí buscaba dependiente para abrir un establecimiento en la Plaza de la Constitución (la plaza Nueva). Se trataba de «una gran sombrerería con variadísimo surtido en gorras y sombreros confeccionados al último grito de las exigencias modernistas».

Plaza de la Constitución o Plaza Nueva.
Colección Javier Sánchez Portas.

«Géneros baratísimos nacionales y extranjeros. Últimos modelos de París, Barcelona y London. Gorras de todas formas y colores a precios reducidísimos, de paño, hilo, afelpadas, impermeables y de abrigo. Esta casa ha recibido para la temporada de Invierno lo más chic, lo más elegante, lo más llamativo. Inmensas existencias en boinas vascas con forros de seda. Sombreros de inmejorable calidad. Fantasía, Elegancia, Baratura. Visiten esta casa antes de adquirir vuestras prendas y se convencerán. Plaza de la Constitución, número 21. Teléfono 58».

Plaza de la Constitución o Plaza Nueva.

La Madrileña en el siglo XX

El cuatro de febrero de 1913 fallecía la “anciana y virtuosa señora” Antonia Pinzón, viuda de López, dueña de la sombrerería madrileña. Queda claro que Joaquín había muerto antes, pero no he localizado la fecha.

Presidieron el duelo el sacerdote Eduardo Soria, Ramón Garrigós y Leopoldo Lizón. Condujeron las cintas Mariano García, José Balda, Francisco García Molina y Mariano Ros, siguiendo al féretro un numeroso cortejo en el que estaban representadas todas las clases sociales de Orihuela.

Su hijo menor, Joaquín López Pinzón, casado con Concepción Ros, se hizo cargo de la sombrerería. En junio de 1916 viajó a Valencia y Barcelona para comprar los modelos de la nueva temporada. En aquel verano sufrió una terrible desgracia. Perdió a su único hijo, Antonio, con tan sólo once meses de edad.

En el verano de 1918 Joaquín viajó de nuevo a Valencia y Barcelona. También a Madrid, pero esta vez, el género adquirido era para montarse por su cuenta abriendo otra sombrerería en la calle Mayor: “El modelo, gran sombrerería modernista”, haciendo la competencia a sus hermanas con una importante campaña publicitaria en “El Conquistador”.

«El Conquistador» 1918.

Última novedad en géneros nacionales y extranjeros, lo más elegante de la moda mundial, calidad inmejorable, precios reducidísimos. Visiten esta casa montada con todo lujo en la calle Mayor núm. 18 y se convencerán que es la única en su clase, por la elegancia, por la calidad y por la baratura de sus artículos. Inmensas existencias en sombreros y gorras de fantasía y boinas vascas para la temporada de invierno.

«El Conquistador» 1918.

De Joaquín hijo sabemos que, en 1925, colaboró con la Centuria Romana aportando 3 pesetas. Y que su establecimiento seguía abierto en 1926, con la dirección Mayor, número 20 y el teléfono 124. La última noticia sobre él, aparece en enero de 1929, participando en una campaña benéfica.

La Sombrerería Madrileña siguió adelante regentada por sus hermanas, bajo la denominación comercial “Hijas de Joaquín López”, nombre que aparece grabado en algunos sombreros de principios de siglo, que aún conserva mi amigo «Rufo» en «El Gavilán».

Gentileza de la familia Rufete.

En el primer tercio del siglo XX, la que parece ser una de las nietas del matrimonio fundador (se llamaba Leonor, como una de las hijas) se casó con José Rufete Gilabert, “El Gavilán”, quien dio nuevo nombre a la sombrerería.

Fotografías de Roberto López Fuentes.

Esto es todo lo que he podido recopilar por el momento. A medida que avance en mis investigaciones iré añadiendo datos. Queda demostrado que la sombrerería, hoy llamada «El Gavilán», lleva funcionado, al menos, desde la década de 1880.

Esperemos que pronto pueda cumplir el siglo y medio con el respeto que merece como única sombrerería de Orihuela, y quizá, de toda la Vega Baja.

Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba 2021) . Mi agradecimiento a José Manuel Dayas y a la familia Rufete. Agradecería cualquier información que podáis aportar.

Bosquejo novela histórica.

Fraile franciscano. Rembrandt Van Rijn. Siglo XVII.

Oriola, en el año del Señor de 1600.

Todavía no había amanecido y fray Raymundo llevaba caminando ya casi dos horas. Muy cerca de su destino, apretó el paso intentando ignorar los calambres que sacudían su zona lumbar mientras maldecía la decisión tomada de hacer el trayecto a pie. No había tiempo para descansar y le atormentaba pensar en la vuelta.

La oscuridad difuminaba un paisaje de huertos y palmeras cuando atravesó lentamente la Puerta de Callosa. Había llegado a Oriola y una vez más quedó impresionado por el magnífico edificio situado en la entrada; la enorme mole de piedra que albergaba el Colegio de los Predicadores.

Aunque la empresa dominica se había iniciado en 1520 con una modesta iglesia y un paupérrimo convento, la fecunda herencia de Fernando de Loazes había propiciado una faraónica obra cuyo proceso constructivo perduraba en el tiempo.

Con la luz del amanecer, el espesor de sus muros macizos le transmitió la sensación de solidez propia de una fortaleza. Se fijó de nuevo en la iglesia que acogía los huesos del Patriarca de Antioquía, depositados provisionalmente en su capilla mayor hasta que fabricasen el digno sepulcro de mármol que había encargado en su testamento. Estaba pésimamente emplazada y el problema parecía no tener remedio.

Su fachada, recompuesta ya varias veces, mostraba unos artefactos de madera a modo de norias que utilizaban para elevar las piedras talladas. El fraile se entretuvo unos minutos inspeccionándolo todo como en él era costumbre. También curioseó el contenido de una carreta cargada de pedruscos, recién llegada de Abanilla. Su conductor roncaba envuelto en una manta con el sombrero calado hasta los ojos.

La calle que partía del Colegio era la nueva arteria del arrabal. Discurría entre el portal de Callosa y la que llamaban Porta Nova. Siguiendo su trazado, marcado por una acequia, se estaban edificando nuevas viviendas.

Al llegar a la Carretería optó por utilizar el antiguo acceso, situado al pie de una torre ruinosa emplazada en la sierra, en el inicio del Ravalete y el camino de Crevillente. La zona estaba desierta a esas horas. Andando con paso firme enlazó con la calle de la Feria, arteria principal de la ciudad que acogía la nueva puerta de la catedral. Y tras atravesar todo el casco, alcanzó el barrio más pobre y descuidado: el Arrabal Roig.

En la misma Puerta de Murcia, junto a la ermita de Montserrat, encontró la casa que le habían indicado. Golpeó la puerta con los nudillos y acercó el oído. No obtuvo respuesta. Tras dos intentos fracasados y movido como por un resorte, comenzó a dar zancadas arriba y abajo hasta que al fin abrió un hombre de mediana edad con los ojos llenos de legañas, el camisón desabrochado y una humeante lámpara de aceite en la mano.

— ¿Quién va?

—Con Dios, hermano. ¿Sois por ventura el que llaman Palput?

—Así es. Pero mi nombre es Roque, Roque Mula. Disculpe la espera padre. Cada vez me cuesta más mover este viejo cuerpo. No está lejos el día en que ya no pueda ni doblar el lomo. Primero se fue mi esposa; ahora se lleva al chico… Ya me dirá usted cómo voy a valerme solo en este mundo, a mi edad.

—No se queje, por Dios. Bien que le pago el perjuicio. —Dijo mientras le entregaba una bolsa de cuero. —No perdamos más tiempo. ¿Dónde está el muchacho?

—Tranquilícese, padre. Aquí lo tiene.

Raymundo comprendió pronto la razón del apodo. El tipo y su vivienda emitían un agrio tufo que le llegó a producir náuseas. El Palput nunca había sido un modelo de limpieza. Pero desde la muerte de su esposa había progresado en su dejadez física y moral. Hacía tiempo que no trabajaba. Y el poco dinero que el niño obtenía pidiendo limosna, acababa indefectiblemente en los bolsillos del mesonero.

De la oscuridad emergió una cabeza menuda y despeinada. En la penumbra reinante, el fraile no acertaba a distinguir sus rasgos.

— ¿Cuál es tu nombre, muchacho?

—Bermejo me llaman, señor.

— ¿No tienes nombre cristiano?

El muchacho se limitó a encoger los hombros; y avergonzado miró al suelo. Pasaron algunos segundos que se le antojaron eternos. El fraile seguía examinándolo sin decir palabra. Tomando la lámpara la acercó a su cabeza y palpándole el pelo, sonrió satisfecho. —No hay duda; eres el que busco. Quítate esos harapos, ponte esta ropa y sígueme. Alabado sea el Señor, que me ha permitido encontrarte.

Esperó impaciente a que el muchacho se vistiese mientras Roque verificaba el contenido de la bolsa con una asquerosa sonrisa de codicia. Raymundo pensó que estaba traduciendo el dinero en litros de vino.

El sol acababa de salir cuando regresaron al casco. La plaza de la Fruta comenzaba a desprender olores a pan caliente y salazones de pescado mientras se instalaban algunos vendedores que no repararon en un franciscano seguido por un muchacho pelirrojo.

Con paso frenético atravesaron la ciudad. Y ya más despacio, cruzaron el portal adosado al convento dominico y emprendieron el camino de vuelta a Callosa.

Elche.

Elche, en el año del Señor de 1584.

I

Aún no había amanecido cuando Mahmud llegó a las cercanías de Elche. En el cielo ondeaba una soberbia luna cuya luz mitigaba la negrura de los últimos instantes de la noche. Hacía frío. Llevaba demasiado tiempo cabalgando y su cuerpo comenzaba a resentirse tras el duro esfuerzo y la tensión acumulada por el miedo a ser descubierto. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a alumbrar las copas de las palmeras, se sintió sobrecogido por el espectáculo que la naturaleza desplegaba ante su vista.

Mahmud adoraba las palmeras, siempre ligadas a la historia de su pueblo. No en vano, cuando el Profeta abandonó la Meca decidió construir su casa con troncos del “árbol de la vida”, escogiendo los dátiles como alimento favorito, como símbolo de fertilidad y prueba de la generosidad de Allah.

Se detuvo un instante para admirar el bosque de palmeras y no pudo más que sentirse orgulloso de sus antepasados. El paraje, parecido a un oasis, no era un fenómeno natural ni una agrupación fortuita. Gracias al inteligente uso del agua salobre habían conseguido diseñar un bello jardín, generando a la vez las condiciones que permitían a sus habitantes extraer el máximo rendimiento de un terreno casi desértico.

Situada en la ruta de Alicante a Oriola, Elche estaba construida en una llanura atravesada por un canal derivado del río, al que llamaban acequia mayor. A través de sus numerosas hijuelas irrigaba el palmeral y se introducía en la ciudad. El ruido de los pájaros le transportó al breve periodo en que vivió a las afueras de Granada; los días más felices de su existencia. Se veía cuidando de sus huertos, paseando jubiloso a la sombra de los emparrados de su hermoso “Karm”.

Echaba de menos las flores, las fuentes, los verticales cipreses apuntando al cielo. Todo en perfecta armonía para componer el paraíso terrenal que algún día le habría de proporcionar un retiro placentero en el fértil valle del río Darro. Ahora, no quedaba nada de todos aquellos sueños.

Mahmud espoleó suavemente a su montura y, al trote, bordeó la sólida muralla de adobe y tapial rodeada por un foso. En la penumbra pudo contar al menos media docena de torres grandes y una docena de torretas más pequeñas. Eso sin tener en cuenta las de la barbacana. Para dar mayor consistencia al conjunto defensivo, cada veinticinco o treinta palmos la habían reforzado con muros transversales en piedra, de cuatro palmos de espesor.

Elche había sido durante siglos tierra de límites, de peligros al acecho. Como toda la gobernación de Oriola, fue baluarte contra Aragón cuando perteneció a Castilla; y luego frontera con Murcia cuando cambiaron de corona, anexionados al reino de Valencia. Siempre frontera con el Islam; por mar y por tierra. Tan peligrosos eran los ataques corsarios en las costas como las incursiones granadinas por la garganta de Crevillente. Fruto de estas tensiones, la villa se fortificó a conciencia.

Al sur de la ciudad, extramuros, divisó las casas de la aljama, un arrabal asignado a los moriscos llamado de San Juan Bautista desde la conversión forzosa a la que fueron sometidos. Buscaba la casa de su hermana; y el único dato que tenía era su cercanía a la antigua mezquita, convertida en iglesia para “cristianos nuevos de moro”. Pasando junto a ella divisó un horno donde dos hombres cocían pan. El tahonero era un anciano de aspecto venerable al que ayudaba un adolescente flaco, desgarbado y legañoso.

—Perdonad señores —preguntó Mahmud— ¿pueden decirme cuál es la casa de Razín el Adel?

—No conozco a nadie con ese nombre— respondió el más joven utilizando un tono de voz demasiado alto y aflautado.

El anciano estudió al barbudo forastero con visible inquietud, fijando la mirada en la ostentosa daga enfundada en su vaina de cuero y pedrería que llevaba al cinto. El jinete era bastante corpulento, de estatura media, hombros vigorosos y manos finas. Tenía la tez clara, aunque visiblemente tostada por el sol. Su cabello y su barba eran bermejos y ensortijados. Su ropa, a pesar de encontrase sucia y con las mangas deshilachadas, era de buena calidad.

El viejo enjugó su rostro sudoroso con un pañuelo que extrajo del bolsillo; y en completo silencio, señaló hacia un grupo de casas con su dedo huesudo y curvado, sin quitarle la vista de encima.

—Ah, se refiere a Alonso. Sí, Alonso Aledo. Es aquella casa, la que tiene flores junto a la puerta—dijo el muchacho señalando en la misma dirección.

Mahmud rememoró la pasión de Maryam por las flores. Como las mimaba y cuidaba en su jardín del Albaicín. Descabalgó, golpeó la puerta con los nudillos y, tras una breve espera, apareció un hombre despeinado portando un camisón ajado. Sus ojos somnolientos, en un instante se abrieron por la sorpresa.

—Por la barba del profeta; eres Mahmud. No te había reconocido con ese aspecto. Maryam se va a llevar una inmensa alegría, no hay día que no piense en ti.  Se te ve cansado y sediento. ¡Maryam, ven!, ¡mira que nos ha traído Allah!—exclamó alborozado.

La mujer asomó la cabeza con inquietud. Vestía un camisón hasta los pies y llevaba el pelo suelto y despeinado. Miró durante un segundo al recién llegado, gritó sofocando el sonido con sus manos y se abalanzó sobre él.

— ¡Mahmud, mi hermano Mahmud…! ¡Bendito sea Allah!

Razín se unió al abrazo al tiempo que preguntaba con voz quebrada:

— ¿Dónde has estado todos estos años? Te hacíamos muerto, o remando en alguna galera del rey.

—Estoy vivo y entero, Razín. ¿O debo llamarte Alonso? Allah ha cuidado de mí— suspiró mientras dejaba que su hermana le cubriese el rostro de sonoros besos. Aún permanecieron largos minutos mirándose con incredulidad. Maryam no quitaba ojo al rostro de su hermano.

—No hemos sabido nada de ti en quince años—le dijo.

—Ni yo de vosotros. ¿Estáis casados?

—Sí. El mes que viene hará siete años— respondió Razín—ahora somos hermanos. Y puedes llamarme como quieras.

— ¿Qué ha sido de nuestro padre? ¿Y de Yasira? —inquirió Mahmud mirando a su hermana.

—Nuestro padre murió hace años— dijo ella con la voz rota por la emoción —Siempre esperó tu regreso. Sólo él y yo manteníamos la esperanza de que volvieses algún día.

— ¿Cómo murió?

— Es una historia muy triste—contestó Razín— fue detenido y encarcelado. Al salir de prisión, poco a poco se fue apagando como una vela mortecina. Hasta que una mañana su corazón se paró de pronto y nos dejó sin decir una palabra.

—Fue todo por mi culpa. Mi padre pagó por mis errores.

— No. Su detención no tuvo que ver nada contigo. En eso puedes estar tranquilo. Pero mejor hablamos de todo eso más tarde, cuando te hayas instalado.

—Que su alma descanse en paz—dijo Mahmud profundamente apenado— ¿Y Yasira?

Razín calló mirando al suelo con gesto serio y avergonzado.

— ¿Dónde está Yasira? —insistió Mahmud—no me digas que también ha muerto.

—No—contestó Razín haciendo una pausa— ella no. Yasira vive muy cerca de aquí, en Oriola. La vi por última vez hace meses y aparentemente estaba bien.

—No te entiendo— comentó Mahmud con expresión asustada.

—Como te ha dicho, vive en Oriola y se encuentra bien—dijo su hermana intentando tranquilizarle. Y sosteniendo fuertemente su mano le susurró al oído:

—Hermano mío: es una bendición tu vuelta.

Dicho esto le cogió las manos y poniendo la cabeza en su pecho añadió:

— Yasira se casó hace tiempo. Lo siento.

Mahmud se apartó de ella y al mirarla no pudo evitar pensar que con la edad se había convertido en la viva imagen de su madre. El recuerdo provocó un estremecimiento de emoción que le dejó mudo y una lágrima rodó por su mejilla. Como por contagio Maryam mudó el rostro y comenzó a llorar a lágrima viva.

—Tu hermana dice la verdad—interrumpió Razín— se casó con un comerciante de la vecina Oriola que trabajaba con tu padre. No te consolará, pero por lo que sabemos, vive relativamente bien. Su marido la trata con respeto y no le falta de nada.

—Necesito verla. He viajado muchos días para venir a buscarla, para llevarla conmigo. Y si os parece, a vosotros también

—Y…. ¿a dónde nos piensas llevar? —preguntó Razín con un mal disimulado gesto de escepticismo.

—A Marsella, allí tengo amigos, casa y negocios.

—No sé si sabes que tenemos prohibido embarcar bajo pena de muerte. Mucho menos intentar abandonar el país. Tras el levantamiento de las Alpujarras nos podemos ni acercarnos a la costa.

Mahmud parecía no escuchar. En su mente solo aparecía la imagen de Yasira en manos de un extraño. Saltando como un resorte agarró a su cuñado por las ropas y le espetó en el rostro:

— ¿Y dónde puedo encontrar a ese comerciante? Necesito verla, pedirle perdón.

—Ya te lo he dicho; viven en Oriola—contestó recomponiéndose la vestimenta mientras intentaba zafarse— muy cerca de donde vivía tu padre. Recuerdo que la casa estaba a pocos pasos de una puerta muy antigua, con inscripciones en árabe. Y que al otro lado estaba la carretería. Si lo deseas te ayudaré a buscarla, te lo prometo. Pero ahora debes descansar—cortó Razín— hoy es día de alegría y celebración. Vamos Maryam, tu hermano necesita asearse y comer algo.

 —Tiene razón. Luego hablaremos de todo—sentenció Maryam mientras abandonaba la estancia.

—He dejado el caballo en la puerta, cansado y hambriento. Y mis cosas están en las alforjas.

Salieron a la puerta, desensillaron la montura y la metieron en un establo junto a un par de bueyes de labor. Razín le trajo una alpaca de forraje y, mientras llenaba un cubo de agua, preguntó.

— ¿Dónde has estado todo este tiempo?

—En Marsella. Al principio ayudando a los que como yo decidieron abandonar la península antes de que los cristianos les expoliasen y echasen a patadas de su propia tierra. Después dedicado plenamente al negocio del jabón.

— Y ¿cómo nos has encontrado?  

— Recibí una carta de mi padre. No sé cómo llegó a Marsella; pero tardó tanto en caer en mis manos….

Cuando regresaron Maryam se había puesto un sencillo vestido oscuro de algodón, un sobretodo de lino de color hueso y un delantal blanco con bordados. Llevaba el pelo recogido y cubierto con un pañuelo que caía sobre sus hombros. Sobre su pecho generoso colgaba una cadena de plata con una pequeña mano de Fátima que normalmente guardaba escondida. Mahmud se sintió orgulloso de que su hermana, tres años mayor que él,  fuese todavía una mujer atractiva a pesar de estar bastante ajada por el trabajo.

—Hermano, quiero que conozcas a tus sobrinos— dijo mientras rodeaba con los brazos su cuello alzándose de puntillas—no puedo creer que estemos de nuevo juntos.

De la penumbra surgieron dos niños: un varón y una chiquilla deliciosa. Jazmín, la mayor, tenía seis años. Su hermano, de cinco, se llamaba Nayib. 

—Éste es vuestro tío, mi hermano.

Mahmud se enterneció al verlos. Su sobrina sonreía mientras el pequeño señalaba con el dedo hacia la daga que llevaba al cinto. Tomó a la niña por las manos y la giró hasta levantarla del suelo. Luego la abrazó y cubrió su rostro de ruidosos besos.

El niño, escondido entre las faldas de su madre, lo miraba entre curioso y asustado. Pero tan pronto alargó los brazos hacia él quedó paralizado y tembloroso, agarrado a la pierna. Cuando pudo zafarse del abrazo de su hijo, quien salió corriendo, Maryam dejó la habitación para volver con un jarro de agua fresca, unos pastelillos especiados con miel y un cuenco con frutos secos.

Ayudado por Mahmud, Razín colocó una tina de cobre muy cerca de la chimenea, donde Maryam había puesto a calentar una enorme olla con agua. Su cuñado se retiró y le dejó desvestirse junto al fuego, dejando la ropa sucia amontonada en el suelo. Una vez llena la bañera se sentó en cuclillas e intento introducir el cuerpo. A causa de su corpulencia tuvo que encogerse mucho y sufrió un calambre en el muslo. Pero la agradable temperatura del agua le produjo una relajante sensación de bienestar.

Maryam recogió sus ropas y dejó prendas limpias cuidadosamente dobladas sobre el arca en la que guardaba las prendas de su marido. Luego se sentó junto a la bañera y le frotó el cuerpo con un áspero trozo de estopa. Acto seguido comenzó a lavarle el pelo, lenta y suavemente, como cuando ella tenía doce años y él era solo un crío. Mahmud se dejó hacer hasta que el agua quedó fría. Su hermana secó su cuerpo frotándolo con energía. Lo perfumó con agua de azahar y se marchó a preparar la comida. Mahmud se vistió con las prendas que le había dejado: una túnica de seda blanca, un chaleco de seda con bordados y unas confortables babuchas.  

Con ayuda de su cuñado vaciaron y retiraron la bañera. Extendieron una alfombra y se sentaron en mullidos cojines. El pequeño Nayib se acomodó acurrucado junto a su padre. Maryam y su hija regresaron con un caldero humeante, un guiso compuesto con muslos de pollo especiados, habas frescas, hierbabuena y perejil. Era una ocasión especial por lo que ambas se sentaron para comer junto a los hombres.

—Hermano, haznos el honor de bendecir la comida—dijo Razín.

Mahmud cerró los ojos, levantando la barbilla y los brazos. Y recitó sin mucha convicción.

—Allah ha derramado el agua en abundancia, hendido la tierra y hecho crecer en ella el grano,  las vides,  los olivos y las palmeras. También los  pastos que engordan vuestros rebaños. Él es quien nos alimenta y por eso le damos gracias.

Terminada la oración, el invitado fue el primero en ser servido. Estaba hambriento y no esperó a que el guiso se enfriase.

—Qué placer saborear nuestra comida. Estoy harto de ollas saturadas de ajo para ocultar el sabor de la carne podrida. Y de la manteca y del tocino. No sé por qué los cristianos no usan aceite para cocinar.

—Dicen que el aceite es cosa de moros y judíos. En estos tiempos es motivo suficiente para ser rechazado en la cocina de un cristiano viejo. El aceite se lo dan a los muertos—sentenció Razín con la boca medio llena.

Acabada la comida, Maryam dispuso una bandeja con dulces fritos rebozados en miel y ajonjolí. Una vez dieron cuenta de ellos salieron al exterior. La estrechez de la casa se compensaba con un pequeño patio lleno de plantas aromáticas y una terraza en la azotea, donde secaban las uvas y mantenían un puñado de gallinas. La hermana regresó con una jarra y dos cuencos. Razín la tomó por el asa vertiendo sirope en el de Mahmud y luego en el suyo.

—Y tú ¿a qué te dedicas? ¿Sigues con la medicina? Mi padre decía que eras un gran aprendiz.

—Tu padre, Allah lo tenga en gloria, fue detenido precisamente por practicar la medicina— espetó Razín con gesto desconsolado.

— Entonces ¿no puedes atender a los enfermos?

—En el arrabal sólo una docena de vecinos desempeñan oficios. El resto sobrevivimos de la tierra y el ganado. Es lo que nos queda.

—Mi padre, ¿vivía aquí?

—No, en Oriola. Es una ciudad muy rica y necesitada de trabajadores cualificados. Pero tras intentar encerrarnos en aljamas, insultarnos y perseguirnos, apenas quedan cuarenta familias de origen musulmán. Gente acaudalada y medio convertida a la fe de los infieles. Y aún es peor en Callosa o Guardamar. Allí no nos aceptan. Estamos arrinconados; presos en las que fueron las tierras de nuestros antepasados. Nuestros hijos tienen que usar un nombre cristiano, asistir a charlas de curas, a misas y ceremonias donde somos humillados. La cultura de nuestros padres se ha declarado maldita y a nuestros jóvenes se les prohíbe hablar el idioma y cumplir los preceptos.

—Más o menos, como antes de marcharme—sentenció Mahmud.

—No, ahora es mucho peor. Desde la revuelta de las Alpujarras la presión es insoportable.

Maryam, que había terminado de fregar los cacharros y de preparar la cama de su hermano, interrumpió la conversación.

—Ya está bien por hoy, Razín. Déjame un rato a solas con mi hermano. Esta muy cansado. Mañana podréis continuar con la charla.

A Mahmud no le pareció bien aquella interrupción. Quería saberlo todo sobre la muerte de su padre. A pesar de su excitación, intentó mostrarse afable y cariñoso con su hermana; sumiso, se sometió al interrogatorio.
Maryam se interesó por detalles cotidianos de su vida en Marsella. Preguntó y preguntó hasta que se hizo tarde y el tiempo refrescó mucho.

Cuando por fin llegó al catre, se tumbó a oscuras, sin descalzarse, estaba agotado. Tras él entró Maryam y, a tientas, encendió un candil que dejó junto a la cabecera. Le quitó los zapatos, lo cubrió con una manta y se sentó en el arcón que completaba el mobiliario de la habitación. A la luz del candil se quedó mirando como dormía. Luego se incorporó, e inclinándose sobre él, estiró la manta sobre su cuerpo, le besó en la frente y susurró al oído:

— Buenas noches Mahmud, hermano mío. Por fin estás en casa, con tu familia.

II

Mahmud se despertó muy tarde. Su cuerpo acusaba la larga cabalgada y le dolían todos los huesos. Al levantarse la casa estaba vacía. Encontró junto al lecho un paquete de ropa limpia perfectamente doblada.

Una vez vestido tomó un ancho cinturón que había escondido en el jergón. Con ayuda del cuchillo sacó un puñado de monedas de oro incrustadas en la doble piel y las metió en una bolsa de cuero. Afuera escuchó voces femeninas y se asomó a la ventana. Nubes negras cubrían el cielo. Un grupo de mujeres recogía con prisa los higos y las ropas puestas a secar mientras hablaban entre ellas en algarabía.

Se dirigió al patio y allí enterró la bolsa, vigilando que nadie le observase. Al terminar disimuló el escondite todo lo posible, se lavó las manos concienzudamente y salió a la calle dispuesto a dar un paseo para desentumecerse. Sabía que sería peor para su cuerpo estar inactivo. Pensaba hacia donde dirigirse cuando a lo lejos divisó a su hermana que volvía por un camino bordeado de palmeras cuyas hojas se agitaban mecidas por un viento ligero y húmedo.

—Buenos días Mahmud. Veo que no te queda mal la ropa de Razín. ¿Has descansado bien?

—Hacía meses que no dormía tan profundamente

—Parecías agotado. Tengo preparado un cántaro de leche y unos huevos frescos para el desayuno.

— Me encuentro como nuevo—mintió— pero no tengo hambre. Creo que anoche me cebaste demasiado—le dijo en tono cariñoso mientras acariciaba su rostro—mejor doy un paseo para abrir el apetito. ¿Dónde están tu esposo y los niños? 

—Dormías tan plácidamente que he dejado a mis hijos con una vecina. No quería que te molestasen enredando por la casa. Razín anda trajinando en la huerta desde el amanecer. Yo he matado y despellejado un conejo para preparar el guiso que tanto te gustaba.

—Aún lo recuerdas—dijo enternecido— no hacía falta que te molestases.

— ¿Molestia? Para mí es el mayor de los placeres. Mientras tanto te vendrá bien ese paseo. Sigue por donde me has visto llegar y cuando tropieces con una cruz de piedra toma a la derecha hasta encontrar una serrería. A partir de ahí no dejes el camino paralelo a la acequia hasta la zona de huertos. Allí encontrarás a Razín,  seguramente ya de vuelta. Es muy puntual sobre todo para comer—dijo esbozando una sonrisa— yo, mientras, voy a terminar el guiso.

Mahmud caminó hasta encontrar la cruz de término que marcaba los límites de la ciudad. Unos metros más adelante sintió el aroma de la viruta de madera y escuchó a dos hombres hablando árabe en un tono demasiado bajo para entender sus palabras. Al principio sólo divisó un cobertizo rodeado de tablones. Andando un poco más, pudo verlos manejando una enorme sierra a través de un tronco de olmo. El mayor tenía el pelo entre rubio y cano y la piel muy clara; el otro, mucho más joven y musculoso, mostraba la tez oscura y una larga cabellera negra azabache. Ambos estaban sudorosos y cubiertos de serrín hasta las cejas.

Se fijaron en él por un momento. Mahmud continuó hasta llegar al camino delimitado por la acequias y salpicado de chumberas, donde las palmeras desaparecían. A izquierda y derecha se abrían senderos de herradura que daban acceso a pequeños huertos perfilados por toscas balizas de cañizo. No sabía por dónde seguir; pero no tuvo que esperar mucho. Por uno de esos senderos vio llegar a Razín. Andaba sonriente y entretenido, buscando las preciadas hierbas con las que preparaba sus remedios. Aunque era mayor que su cuñado, el pelo oscuro y una graciosa perilla entrecana le proporcionaban un aspecto simpático y jovial.

—Buenos días hermano. Llegó el momento de reponer fuerzas. ¿Has dormido bien?

—Estaba tan cansado y preocupado, que mi mente se resistía al sueño. No sé cuándo; pero al fin caí rendido y hace poco que he despertado. ¿Me vas a contar por fin todo lo que pasó?

—Todo a su tiempo, ten un poco de paciencia; ahora vamos a comer. Tu hermana está ilusionada preparando no sé qué guiso que te gustaba. Después hablaremos, te lo prometo.

Al pasar por la serrería la pareja de carpinteros estaba apilando los tablones recién seccionados. El mayor saludó a Razín levantando su diestra sobre la cabeza y aprovechó para echar un trago. El joven los miró durante dos segundos y continuó con su faena clasificadora.

—Esos son Mohamat Maymón y a su hijo Bernabé. Se ganan la vida fabricando puertas y reparando carros. Buena gente muy trabajadora.

—No parecen padre e hijo— dijo Mahmut— se diría que son de razas diferentes.

—Bernabé es fruto de una violación. Mohamat, de origen bereber, se casó con su madre cuando ya estaba embarazada. Era una mujer preciosa que falleció pocos días después del parto.

—Detrás está la casa de Alí Garrab, el que tiene arrendado el molino de los frailes. Esos son sus hijos Karím y Hasán. Más allá vive Amed, un estupendo alpargatero. Enfrente Ibrahim,  sastre y padre de dos hijas,  una casada con Amed y la otra soltera de muy buen ver — dijo esto último con un gesto pícaro, guiñando un ojo.

— Como comprobarás pronto, aquí nos conocemos todos.

En pocos minutos llegaron a casa; y al entrar todo era penumbra. La estancia principal estaba iluminada por una estrecha rendija de luz que tímidamente penetraba por un postigo entornado. En el patio, un haz de leña menuda crepitaba en el fuego y apoyada en un trípode de hierro se podía ver una gran cazuela de barro donde terminaba de guisarse el conejo.

—Veo que le has encontrado por el camino—dijo Maryam—te dije que para comer era puntual. ¡Vamos, lavaos pronto que está todo dispuesto!

Una vez apartada del fuego y colocada sobre una gran piedra, se sentaron alrededor y tras improvisar una oración parecida a la del día anterior comenzaron a comer los pedazos de conejo con los dedos, directamente de la cazuela. Estaban cocinados con aceite, menta y azafrán. Masticó un trozo de aquella deliciosa carne y sonrió a su hermana.

—El conejo está tan tierno y sabroso como recordaba. Muchas gracias.

Apuró el guiso con pequeños trozos de pan sumergidos en la salsa especiada. Maryam disfrutaba viéndolo rebañar el plato.  Al terminar salieron al patio y se plantó frente a Razín acorralándolo contra una pared.

—Ya puedes empezar. No quiero más excusas.

— ¿Qué quieres saber? —preguntó Razín.

—Todo. Necesito que me cuentes todo lo que pasó desde que me marché. Y cuando digo todo, quiero decir todo.

—No pretendo ocultarte nada. Cuando desapareciste asaltaron tu casa y la registraron a fondo. Te acusaron de conspiración y alzamiento de bienes. Al pasar el tiempo y no dar contigo comenzaron a presionar a tu padre.

—No tuve elección—interrumpió Mahmud. Sus palabras tenían un doloroso tono de culpabilidad. Razín denegó con la cabeza esbozando una fingida sonrisa.

—Hermano, no te tortures. Tu padre era un hombre influyente y astuto. Supo esquivarlos. No te sientas culpable. Se habría marchado de todas formas. Poco antes de la rebelión corrieron falsos rumores de un supuesto complot en el Albaicín. Un bulo sin fundamento inventado por los cristianos con el objeto de entrar a saco en nuestras casas. Aquel día asesinaron a una docena de vecinos, entre ellos al padre de Yasira. Esa fue la gota que colmó el vaso y terminó de convencer a tu padre. Y fue justo a tiempo. Una vez iniciado el alzamiento, el Albaicín recibió todo el odio acumulado por los cristianos contra nuestra religión.

— ¿Me estás diciendo que mi padre huyó abandonándolo todo?

—Digamos que se trasladó por precaución. Si permanecer en el Albaicín era peligroso para cualquier nuevo cristiano, mucho más para tu padre. Con tus antecedentes y su fama de alfaquí era cuestión de tiempo que fuesen a por él. Decidió abandonar Granada y acertó. Pocas semanas después, pusieron el arrabal patas arriba en busca de armas y sublevados, deteniendo a cuantos les parecían sospechosos. Con o sin fundamento. La mayoría murieron asesinados en la cárcel de la Chancillería a manos de presos cristianos. Los propios carceleros les entregaron armas con el pretexto de que los moriscos se habían amotinado.

Fue una carnicería. La Junta de Guerra de Granada decidió el desalojo del Albaicín y la deportación de toda su población. Era tal el odio hacia nosotros que el propio hermano bastardo del rey tuvo que proteger a nuestro pueblo recogiéndolo en las parroquias vigiladas con guardias a las puertas para evitar linchamientos. Aquel horrible verano, nuestro pueblo salió de Granada escoltado por el ejército invasor y fue diseminado por Castilla.

Mahmud acariciaba su barba a contrapelo mientras negaba, una y otra vez, de manera mecánica, con los ojos cerrados.

—Nosotros optamos por el reino de Valencia.

—Y ¿cómo llegasteis a Oriola?

—Fue sugerencia de Yusuf, un amigo de tu padre que llevaba años allí. En sus cartas hablaba de huertos fértiles con un hermoso y violento río. De las muchas palmeras con las que contaba la zona. De una vega con tierras generosas que buscaban brazos para cultivarlas. También habló de un consejo municipal, aquí le dicen Consell, que suspiraba por acoger familias granadinas con experiencia en la seda. Con el aval de Yusuf y el historial comercial de tu padre el traslado fue muy sencillo.

A mí me dio a elegir; y sin dudarlo decidí seguirle. Al principio nos recibieron con los brazos abiertos. Llegamos casi como invitados. Pero sabes que tu padre era muy precavido. Como medida de seguridad pensó que debíamos registrarnos por separado, como dos familias sin relación aparente. Así pues nos instalamos tu hermana y yo por un lado; Yasira y él por otro. La hizo pasar por su hija.

Durante mucho tiempo todo fue bien. El negocio de la seda marchó viento en popa hasta que un maldito cura visitó su casa haciendo preguntas. No le dio importancia, pero estaban formando una lista de posibles alfaquíes y tu padre acabó en ella como sospechoso. Inmediatamente, aconsejado por su amigo Yusuf, compró tierras aquí, en Elche, donde los nuestros pasaban más desapercibidos. Pero en vez de marcharse, nos mandó primero a tu hermana y a mí. Creo que fue entonces cuando te envió esa carta.

—La recibí mucho tiempo después. Pero gracias a ella os encontré. — Interrumpió Mahmud.

—Luego descubrí que había escriturado las tierras a mi nombre y que nunca pensó en venir. A partir de ahí poco más puedo contarte. Desde aquí supe que fue detenido por la Inquisición; y que se lo llevaron a Murcia, donde lo torturaron y pasó algún tiempo en la cárcel. En cuanto a Yasira, se casó con un cristiano que trabajaba para tu padre.

— ¿Y murió en la cárcel? — preguntó con el rostro desencajado.

Regresó enajenado y roto. Su casa había sido confiscada y se instaló con Yasira y su marido. Lo visitamos sólo una vez. Comprende que era muy peligroso; tu hermana estaba embarazada.  Pocas semanas después nos enteramos de que había muerto y no sabemos ni donde está enterrado. Seguro que Yusuf podrá contarte algo más.

— Ese tal Yusuf ¿vive también en Elche?

— Sí. Se refugió aquí, como nosotros. También estaba señalado en la maldita lista y fue más prudente que tu padre. Si te parece, mañana iremos a visitarle. Seguro que podrá darte más detalles. Pero no sigamos hablando de esto delante de tu hermana. Ha pasado tiempo y lo disimula; pero sé que aún no lo ha superado.

Mahmud miró de reojo a Maryam que se acercó canturreando mientras colocaba su destrozada ropa sobre el baúl doblándola con cuidado, procurando que los jirones deshilachados cuadrasen. Giró la cabeza con una falsa sonrisa que no consiguió engañarla. Durante unos segundos se esforzó en mantenerla. Ella se acercó y acariciándole el cabello musitó

— Tú no tienes la culpa —nuestro padre era un buen hombre y sabía el riesgo que corría.

Los dos hermanos se miraron a los ojos en silencio durante largos segundos. Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro del Maryam y Mahmud luchó contra su propio llanto hasta que comprendió que era imposible contenerse. Entonces se levantó y extendió los brazos hacia su hermana que buscó refugio entre ellos y juntos lloraron y se consolaron mutuamente durante mucho rato.

La tarde de aquel día y la segunda noche se hicieron eternas. El sueño se esfumó y se revolvía en aquel lecho desconocido sin poder borrar de su mente las imágenes de los hechos relatados por su cuñado.  Sudoroso, agotado, insomne, obsesionado por los recuerdos, desplegó la carta por enésima vez.

Hijo mío. Si estás leyendo esta carta es que el altísimo ha escuchado mis plegarias. Hace unos días, sentado a la puerta de casa, sucedió otra vez. Por un momento creí verte llegar, cabalgando en la noche, como tantas otras veces cuando volvías de tus asuntos. 

Tienes que volver; pero no a Granada. Ahora, los que te quieren están en Elche, en una villa al sur del Reino de Valencia. Búscalos cerca de la antigua mezquita del arrabal.  Yo espero volver a verte. Pero si eso no ocurre, nunca olvides que la felicidad y la verdadera fortuna están en la oración y en los libros.

III

Con la primera luz del día Mahmud salió a la calle y notó que el tiempo había cambiado. Sin nubes, la claridad del amanecer se filtraba entre las copas de las palmeras en un atractivo juego de luces y sombras. Estaba tan ansioso por reunirse con el amigo de su padre que no había pegado ojo en toda la noche. En la puerta encontró a Razín provisto de una azada y un pequeño atado que dejaba ver una hogaza de pan.

— Buen día Mahmud. Sé que estás impaciente.

— Más de lo que imaginas ¿Cuándo podremos ver a Yusuf?

— Tranquilo. Anoche le mandé recado y nos espera esta misma tarde. Yo tengo cosas que hacer en el huerto; puedes esperar aquí, con tu hermana, o acompañarme y distraerte un poco.

— Vale, voy contigo y seguimos hablando.

— Entonces será mejor que coja más provisiones.

Entró de nuevo a casa y llamó a Maryam. Al cabo de unos minutos salió con una gran cesta.

—Toma, tu hermana la ha llenado bien. Llévala tú.

Más allá del camino que ya conocía, tomaron un sendero arenoso por el que caminaron unos minutos hasta una senda aún más angosta que acababa en un huerto rodeado de moreras. Una especie de noria, enmohecida por el tiempo y la humedad, impulsaba un pequeño hilo de agua que llegaba hasta un lateral del huerto donde asomaban brotes verdes de diversas hortalizas. Razín abrió una especie de compuerta y el olor a tierra mojada invadió su pituitaria.

Sentado en un viejo tronco contempló como dirigía la pequeña corriente con certeros movimientos de tierra. Esperaba un rato y, cuando el surco trazado se oscurecía totalmente por la humedad, abría un nuevo canal. Mientras, tapaba o aireaba plantaciones, quitaba piedras, arrancaba malas hierbas…

Mahmud, harto de permanecer inactivo, tomó la azada y trató de dirigir el riego imitando a su cuñado. Al principio se le escapaba el agua; pero poco a poco le fue tomando la medida.  Pronto las manos se le llenaron de ampollas, pero no dijo nada. Cuando la humedad había cubierto toda la parcela, se sentaron en un rincón oscurecido por la sombra de las moreras. Las manos le ardían hasta sentir calambres en los dedos.

El trozo de una vieja piedra de molino hacía el papel de mesa con varias rocas alrededor. Dentro del cesto, perfectamente envueltos en tela de algodón, encontró pan, un buen trozo de queso de oveja, aceitunas y un puñado de dátiles.

Razín se fijó en sus manos —esto no es para ti, tienes la piel demasiado delicada—ironizó rompiendo en una carcajada. Y tomándolo por las muñecas añadió—déjame ayudarte. Te prepararé un refrescante emplasto de hierbas.

—No se como puedes soportar esta vida de campesino—suspiró mientras se dejaba curar—eras un cirujano con mucho talento; mi padre te enseñó bien.

—Y lo soy— interrumpió— el mejor boticario y aprendiz de físico de la zona. Pero ya ves, a la fuerza ahorcan. Mis conocimientos de medicina y plantas son tachados de brujería entre los cristianos. En secreto sigo preparando algunas infusiones y ungüentos para mi familia; también se los vendo a algunos vecinos de confianza, con mucho cuidado. La ley lo prohíbe; y desde que pasó lo de tu padre —añadió bajando los ojos— prometí a Maryam no correr riesgos innecesarios.

—Pero al menos retajarás a los hijos de esos vecinos. 

—No puedo. Es demasiado peligroso para mí y para ellos. Antes se circundaba al séptimo día del nacimiento. Pero por miedo, la ceremonia se fue retrasando. Hoy sencillamente no se hace. Es estúpido marcar a tus hijos de por vida ante los cristianos. Se ha convertido en una cuestión de supervivencia.

—De haberme quedado, no sé si hubiese aguantado la presión tanto tiempo. Cualquier día se desharán de vosotros; bueno, de nosotros.

—En eso puedes estar tranquilo. Es cierto que nos desprecian; pero no pueden permitirse el lujo de perder a sus dóciles y experimentados trabajadores del campo y la seda; sería su ruina.  Mira hermano, este es mi pequeño trozo de tierra. Con lo que saco de ella mantengo bien a tu hermana y a mis hijos. Es todo lo que tengo y me basta. He visto ya dos veces la punta del cuchillo en mi cuello. No quiero provocar una tercera.  

— Háblame de Yusuf

— ¿Qué quieres saber?  Siempre fue un próspero y apreciado mercader de la seda. Pero su precipitada marcha de Oriola lo dejó en apurada situación económica. Sólo pudo cobrar un tercio de la mercancía entregada; nada más. Muchos clientes se negaron a pagar intuyendo que el curso de los acontecimientos podría ahorrarles mucho dinero. Su situación era muy delicada. Con ayuda de la comunidad pudo salvar algunas propiedades, cobró unos préstamos y se instaló aquí, en Elche.

Mahmud calló esperando que Razín continuase hablando. Pero terminado el almuerzo se recostó contra el viejo tronco de la morera con los ojos entornados y pronto comenzó a roncar. Contrariado se sentó junto a un árbol cercano y, a pesar de su estado de impaciencia, no pudo evitar una especie de modorra agradable. Al abrir los ojos vio a Razín de pie junto a él.

—Es media tarde —anunció— buen momento para visitar al viejo Yusuf.

Enterró la azada debajo de las piedras. Metió unas cebollas en la cesta y emprendieron la caminata de regreso.

http://www.yporquenounblog.com

Siguiendo el camino que bordeaba la acequia torcieron por un estrecho sendero que les condujo a una casa rodeada de palmeras y árboles frutales. Formaba parte del grupo de viviendas que habían crecido en torno a la mezquita del Raval.

Situado al sur del muro, a tiro de arcabuz, el Raval de San Juan era lo que quedaba de la morería formada con los musulmanes expulsados del recinto amurallado tras la conquista cristiana. Bautizados por la fuerza, los llamaban cristianos nuevos de moro o sencillamente moriscos. Destruida la mezquita, en el solar llevaban más de medio siglo construyendo la iglesia dedicada a San Juan Bautista que le daba nombre al barrio.

Yusuf Sulayman Al Fakih, Diego Solimán de nombre cristiano, vivía en un antiguo edificio con paredes de adobe, bajo y alargado. En realidad había adaptado un caserón en ruinas que compró barato a una familia a la que se le desplomó el tejado. Despojado de la planta superior, disponía de una enorme terraza dedicada al secado. 

En la plata baja, estrechas ventanas impedían la entrada del sol dándole el aspecto de una fortaleza. Pero las ramas que surgían del centro delataban la presencia de un patio interior, un espacio a la sombra de una gruesa morera que parecía un claustro dentro de un convento.

—Estamos aquí — pronunció Razín golpeando la añeja madera con los nudillos.

Pasados unos segundos, una cabeza menuda con larga melena plata asomó por el quicio de la puerta. Yusuf era un anciano de aspecto venerable con ojos claros, tez oscura y sonrisa cordial. Un rostro agradable que sólo delataba el cansancio de la edad.

—Amigo Razín ¿qué te trae por mi humilde morada? —indagó el anciano al reconocer a su vecino. En cuanto cruzaron el umbral, sus brazos se entrelazaron en un afectuoso saludo.

—Os presento al hermano de mi esposa.

—Me llamo Mahmud

El viejo alfaquí le miró con una leve sonrisa en los labios y asintió con un gesto que transmitía serenidad y confianza.

—Vuestros rasgos se asemejan a los de un sabio anciano a quien conocí hace años, un hombre extremadamente hábil en el arte de la seda y sublime en el de la medicina.

Mahmud esbozó una sonrisa — Ese era mi padre, Abdel Umeya.

— Tu padre era un hombre extraordinario, un mercader dotado de gran talento. Tuve suerte de trabajar con él. —Mientras decía esto puso la mano en su pecho y asintió varias veces con la cabeza—El arte de la seda agoniza en manos de los cristianos. Ahora es sólo un negocio de especuladores codiciosos que no saben distinguir un paño corriente de una verdadera tela de seda.

Mahmud se percató en ese momento de la presencia de una mujer que, con expresión curiosa, le observaba desde la cocina. La miró a los ojos. Al sentirse descubierta, se puso en pie de un salto secando sus manos en una especie de delantal.

—Pasad, sentémonos— dijo el anciano.

Pasaron a una estancia tapizada con coloridas alfombras y provista de mullidos  almohadones. En el centro humeaba un sencillo pebetero de arcilla que cargaba el ambiente con efluvios de canela. Ambos se acomodaron y, tras un corto silencio, el anfitrión preguntó mirando a Mahmud:

— Me han dicho que me buscas ¿en qué te puede ayudar este humilde anciano?

— Necesito saber qué le pasó a mi padre. Todo cuanto podáis contarme me interesa.

Durante unos segundos el rostro de Yusuf se volvió hermético estrujando una especie de pañuelo que llevaba entre las manos mientras sus ojos miraban al techo. En ese momento la vio de nuevo.  La muchacha salió tras una cortina y, fijando la mirada en Mahmud, sus labios esbozaron una sonrisa cómplice. Mientras les servía la pudo contemplar detenidamente y le pareció muy joven; de cuerpo firme y busto proporcionado.

—Razín  ¿conoces a mi nieta? —preguntó Yusuf.

Razín se limitó a negar con la cabeza.

—Se llama Imán. Para los cristianos, Lucía.

Mahmud no podía apartar la mirada de aquella criatura que portaba una bandeja de dátiles y unas bebidas. Dejó las viandas y se despidió esbozando una sonrisa. Tras unos pesados segundos de silencio el anciano susurró a punto de romper en llanto.

—Vuestro padre llegó a Oriola por culpa mía. Yo le empujé al matadero. Allah me perdone.

—No te tortures, Yusuf. Bien que lo agradeció. Hiciste simplemente lo que te pidió— dijo Razín depositando su diestra en el hombro del anciano.

—Tu padre era muy listo—exclamó cambiando de tono— pronto descubrió que la seda en Oriola estaba en manos de unos burgueses más preocupados en aparentar riqueza y comprar cargos de prestigio que en hacer bien su trabajo. Nadie completaba el ciclo que va de la morera al tejido. Para ellos, el negocio acababa en el hilado. Y los beneficios no los reinvertían en mejorar la producción. Su dinero sólo buscaba bienes seguros: cargos, inmuebles y préstamos.

Aplicando los patrones que había seguido en Granada, en poco tiempo ganó mucho dinero con la seda y adquirió prestigio y respetabilidad. Pero nunca acabó de fiarse. La experiencia anterior le alejó de invertir en casas o tierras. A pesar de la fortuna que estaba acumulando vivía en una casa de alquiler y arrendaba cientos de tahullas de morerales para servirse de las hojas. El dinero lo reinvertía en el negocio y en algunos préstamos a agricultores musulmanes que luego le vendían la hoja. Pagaba bien y rápido.

—Pero ¿por qué no se fiaba? ¿Qué podían tener contra un comerciante honrado?

—Era un hombre valiente y generoso que nunca dejó de actuar como alfaquí. Cuando sintió de nuevo en su nuca el apestoso aliento de la Inquisición se volvió todavía más cauteloso. Pero a pesar de todo, siguió ayudando con dinero y con sus conocimientos médicos a cuantos hermanos lo necesitaban. Entre las familias granadinas, expuestas en cualquier momento a perder la hacienda, la libertad o la vida, se había creado un fuerte lazo afectivo; una conciencia de comunidad con costumbres y convicciones diferentes. El líder natural de esa comunidad era tu padre y eso le costó la vida.

El anciano se levantó con dificultad emitiendo un leve quejido y se acercó a la ventana como si necesitase aspirar una bocanada de aire.

— Nuestros hermanos se hartaron de vivir controlados y maltratados en las ciudades —continuó— y se repartieron por los señoríos de la gobernación con gran regocijo de los terratenientes; que les dejaban vivir con sus costumbres lejos de los ojos de la Inquisición. El obispo estaba desesperado porque los curas no conseguían hacer de nosotros buenos cristianos. Desde los púlpitos, los sermones encendían el odio contra lo que llamaban la secta de Mahoma; y el clima de hostilidad entre el pueblo llano fue creciendo. A las acusaciones de colaboración con los turcos se unió el estúpido convencimiento de que sin religiosos ni militares, nuestras mujeres acabarían pariendo más hijos que las de los cristianos viejos hasta dominarlos en número. El rechazo se volvió miedo y las autoridades decidieron tomar medidas. Una de ellas fue identificar y eliminar a los alfaquíes que trataban de mantener las costumbres y fundamentos de nuestra cultura.

— No puedo entender como mi padre, a su edad, y después de lo que sucedió en Granada, volvió a meterse en líos en vez de pasar desapercibido y vivir tranquilo sus últimos años.

—Mi buen amigo Abdel, que Allah lo tenga en su gloria, era muy valiente y generoso—sentenció el anciano inclinando la cabeza y poniendo su mano en el pecho — cuando se enteró que podía figurar en la lista de sospechosos que el cabildo de Oriola estaba confeccionando para el rey, destruyó sus apuntes en nuestro idioma y sus instrumentos de medicina. Aceleró la boda de Yasira y te escribió una carta que yo mismo te hice llegar a través de un comerciante que viajaba a Marsella. En el fondo sabía que era cuestión de tiempo que lo detuviesen. Pero no quiso huir otra vez. Quizá pensó que podría defenderse legalmente.  

— ¿Y nadie hizo nada por ayudarle?

— ¿Qué podíamos hacer? La detención de tu padre conmocionó a toda la comunidad. Durante días no hubo otro tema de conversación. Una mañana se presentó un alguacil con el blasón del Santo Oficio escoltado por dos arcabuceros. Abdel estaba solo y no ofreció resistencia. Maniatado, lo pasearon por la ciudad a modo de escarnio público y lo metieron en la cárcel situada frente a la iglesia más cercana a la Plaza Mayor.

 — ¿Yasira no estaba con él cuando llegaron?

— Ya te he dicho que la había puesto a salvo; desposada por mano de clérigo con un cristiano viejo de toda confianza. Un matrimonio al que aportó una más que generosa dote. Eso y lo que había  escriturado a su nombre—añadió señalando a Razín — fue todo lo que pudo salvar de su fortuna.

— Ahora comprendo todas sus precauciones para con vosotros—terció Mahmud dirigiéndose también a Razín— al final, el viejo zorro sabía lo que hacía.

— Hace mucho que no veo a tu hermana—apuntó Yusuf— pero no te preocupes. Sé que su esposo sigue trabajando y que tienen un par de criaturas.

Mahmud estuvo a punto de gritar que Yasira no era su hermana; que hablaban de su prometida; del amor de su vida. Pero optó por mantener la calma y guardar silencio; dejando seguir al anciano que, por su tenue tono de voz, parecía estar también muy afectado.

—Abdel estuvo preso por tres días en Oriola. Nadie pudo verlo hasta que ordenaron su traslado a Murcia junto a media docena de reos capturados en los pueblos y lugares cercanos. Registraron minuciosamente la casa y el almacén. Un funcionario hizo inventario de sus bienes para preparar la requisa en favor del Santo Oficio. Los amigos declaramos que nos debía dinero con la intención de mantener parte de su patrimonio. Pero esas aves carroñeras no estaban dispuestas a renunciar a un solo maravedí del botín conseguido. Hicieron caso omiso a las deudas reclamadas. Una vez en Murcia lo tuvieron preso cerca de un mes junto a delincuentes comunes hasta que fue procesado. Por supuesto que ninguno de nosotros pudo asistir al juicio. Pero cuentan que se mostró orgulloso y desafiante,  negándolo todo. Y que se burló de ellos cuando escuchó los demenciales cargos que le imputaban. Afirmó ser un honrado comerciante dedicado a sus negocios y por supuesto un buen cristiano bautizado en Granada por propia voluntad. No imaginaba que contaban con el testimonio de un vecino que juró haberlo visto practicar retajos, utilizar conjuros y preparar brebajes demoníacos para sus curas.

Dicho esto,  el anciano volvió a sentarse, bebió un trago y quedó en silencio durante unos segundos. —Lo que sigue es demasiado doloroso— afirmó.

—Hablad sin rodeos—inquirió Mahmud con la voz muy afectada—estoy preparado— Yusuf intercambió una rápida mirada con Razín y este asintió.

— Abdel volvió a prisión a la espera del auto de fe —continuó—. Tras varias semanas de aislamiento y continuas torturas se derrumbó confesando todo lo que quisieron cargarle. Al reconocer que transmitía enseñanzas islámicas fue sometido al tormento de la garrucha para que denunciase a todos sus alumnos. Pero se mantuvo firme y no delató a nadie. Luego llegó el escarnio público. Roto y derrotado, admitió estar arrepentido para conseguir una condena más leve.

Yusuf se detuvo de nuevo sobrepasado por los recuerdos. Las palabras parecían no llegar a su boca.

— Al final fue condenado a la confiscación de sus bienes. —Prosiguió cuando logró sobreponerse — Era lo que buscaban desde el principio esos malditos. Atendiendo a su edad y estado físico le perdonaron los azotes y todo quedó en un año de prisión que no llegó a cumplir por razones de salud. Lo liberaron cinco meses después, decrépito y muy enfermo.

— ¿Se supo quién le delató?

—Los testigos de la inquisición gozan de una gran ventaja. Sus nombres quedan siempre ocultos. Y para no provocar más recelos, decidimos no hacer público el detalle de la delación, el más infame de los pecados. ¿Quién fue?, no lo sabemos. De lo que no hay duda es de que la desaparición de tu padre benefició a mucha gente.

— Sobre todo a un familiar del Santo Oficio que también se dedicaba al comercio de la seda— aportó Razín—. Como ya te dije, cuando fue liberado sólo tuve oportunidad de visitarlo una vez. Y créeme que no dejó de nombrarte.

— Murió pocos días después—añadió el anciano—. Por mi parte abandoné todos mis negocios, vendí mi casa y me vine aquí, a intentar morir tranquilo, entre los míos. Es todo lo que te puedo contar.

Finalizado su relato, Yusuf apoyó los codos sobre la mesa, entrecruzó los dedos de las manos y dejó caer la frente con los ojos cerrados. —Tu padre  sabía que un día regresarías —afirmó poco después— recuerdo la última vez que le vi, agonizante, en casa de Yasira. Repetía tu nombre completamente enajenado. Tu nombre y algo incomprensible sobre una oración y unos libros.

—La felicidad y la verdadera fortuna están en la oración y en los libros— pronunció Mahmud.

—Eso es. Justo eso era lo que Abdel recitaba constantemente.

http://www.yporquenounblog.com

Pasaron largos minutos sin que nadie pronunciase una palabra.  Mahmud asumió que ya estaba todo dicho y era el momento de finalizar la entrevista.

— Os agradezco la hospitalidad y el tiempo que me habéis dedicado—dijo. — Me voy al menos con el orgullo de saber cómo vivió y murió mi padre.

—Para mí ha sido muy duro recordar. Llevo mucho tiempo intentando olvidarlo— contestó el anciano llevándose una mano al corazón mientras con la otra se mesaba la barba nerviosamente —. Ha sido un alivio saber que estás vivo, aunque tu padre no pueda verlo. Espero que vuelvas pronto. Aquí tendrás siempre tu casa.

—Yo también lo deseo. Despedidme de vuestra nieta—. Dicho esto se levantó y, tras una respetuosa reverencia, se dirigió hacia la puerta con una desagradable sensación de ansiedad.

 — Espera Mahmud; no tengas prisa. Yusuf tiene la respiración muy acelerada y no veo a su nieta por aquí —le dijo Razín casi al oído agarrándole por un brazo —. Debemos esperar a que regrese. Herviré un poco de agua mientras preparo una infusión que le ayudará a serenarse. Es lo menos que podemos hacer.

— Muy bien. Quédate con él. Mejor me adelanto y nos vemos en casa.

— ¿Prefieres volver solo?

— Sí, necesito dar un paseo y aclarar mis ideas.

—  Allí nos vemos entonces.

Mahmud anduvo como sonámbulo. Tantas emociones habían hecho mella en su ánimo. No sabía hacia dónde iba y tampoco le importaba. En un momento dado abandonó el camino y se aventuró por un sendero que bajaba hasta el río. Al llegar a la orilla contempló como el agua fluía lentamente. Se agachó, introdujo una mano y jugueteó con la corriente hasta que notó un fuerte hormigueo en las piernas.

La luz difusa del atardecer se reflejaba en las piedras de la muralla otorgándoles una especie de luminosidad artificial. Mientras estiraba sus músculos entumecidos, en la otra orilla pudo distinguir un convento rodeado por un huerto de palmeras. La modesta edificación que servía de iglesia estaba rematada con una espadaña a modo de campanario.

Un grupo de curiosos observaban a un tipo flaco subido en lo alto de una escalera sujeta en su base por media docena de frailes. El hombre se aferraba torpemente al último peldaño con un brazo. Con el otro intentaba encajar el armazón de madera que soportaba la campana, golpeándolo con una maza.

Ahora sí estaba verdaderamente confuso. En su cabeza bullían mil preguntas: ¿Cómo estaría Yasira después de tantos años? ¿Se casó por pura supervivencia? ¿Sería feliz con ese hombre? ¿Le recordaría alguna vez?

En el fondo ya nada tenía importancia. Mal o bien, su novia estaba casada y tenía dos hijos con ese hombre. Sentado en una roca contempló el atardecer muy cerca del puente que unía la ciudad con el camino de Oriola. El carpintero bajó del campanario y los frailes entraron en el convento. Por un segundo los imaginó alrededor de su padre, colgado indefenso de una garrucha,  y apretó los dientes.

Luego se acercó a la muralla y se detuvo frente a un portillo de madera cubierto de hierros oxidados y ennegrecido por el tiempo. Trataba de asimilar la situación. El pasado le reconcomía y se le complicaba el futuro.  Y así, absorto en sus pensamientos, anduvo sin rumbo y sin noción del tiempo. El cielo se fue oscureciendo y la penumbra acabó por cubrirlo todo. Las piedras perdieron su brillo y una brisa fresca acarició su piel mientras escuchaba el sonido de una campana al otro lado de la muralla. Pudo contar ocho toques.

Cuando todavía resonaba el eco del bronce le pareció oír unos pasos a su espalda. Se detuvo sobresaltado y se volvió muy lentamente. No vio nada. Pero pocos segundos después escuchó claramente el chasquido de unos huesos al ponerse en movimiento. Esta vez se giró rápido y pudo distinguir una sombra que se fundió con la oscuridad del muro.

No sabía si caminar más rápido adentrándose entre las palmeras, o volver sobre sus pasos y enfrentarse a la amenaza. Optó por la segunda opción pensando que, si alguien le acechaba para robarle, el escenario perfecto sería la oscuridad del palmeral.

Volvió al camino con paso cauteloso, deteniéndose cada poco para otear en la oscuridad. Apoyó la espalda contra el muro y esperó que sus ojos se acostumbrasen a la falta de luz. Sintió un sudor frío al comprobar que la sombra seguía allí, escondida en un saliente del muro a menos de veinte pasos. Casi podía distinguir sus ojos brillando en la oscuridad. Se incorporó de un brinco y anduvo muy rápido en dirección contraria, cuando de pronto escuchó a su espalda la voz de Razín.

— ¿Dónde te has metido? —le gritó — Este no es sitio para andar solo a estas horas. He vuelto a casa y, harto de esperar,  Maryam me ha enviado a buscarte.

— ¿No has visto a nadie por el camino? — Preguntó Mahmud con gesto contrariado mirando hacia todas partes.

—La verdad es que no. Esto está desierto. ¿Qué te ocurre?

—Nada, imaginaciones mías. Hubiera jurado que me seguían.

— Estás muy alterado. Aquí nadie te conoce. Anda, vamos a casa que tu hermana está muy preocupada.

Razín pasó un brazo por sus hombros en un gesto cariñoso. Sólo entonces su cuñado aflojó los dedos de la empuñadura del cuchillo que colgaba de su cinturón.

— ¿Qué clase de frailes viven ahí? —preguntó Mahmud señalando al otro lado del río.

— Son franciscanos. Es el convento de San José.

El resto del trayecto lo hicieron en silencio.  La noche anterior apenas había dormido y estaba demasiado cansado hasta para pensar. Al llegar a casa, Maryam había encendido la chimenea y les esperaba con bebidas calientes y algo de comida fría. Mahmud apenas probó bocado. Se despojó de sus ropas, se dejó caer en el jergón y,  de inmediato, cayó en un profundo sueño del que despertó a la mañana siguiente con un hambre terrible.

http://www.yporquenounblog.com

IV

Mahmud completó con parsimonia sus abluciones matutinas y secó su cuerpo con un trozo de tela blanca. Mientras se vestía con desgana, Maryam retiró la ropa sucia y la jofaina con el agua usada.

—Buenos días dormilón. Después de pasar toda la tarde preocupada por ti, anoche te acostaste sin cenar y sin despedirte de tu hermana. En la cocina tienes huevos, leche de cabra recién ordeñada y una hogaza de pan caliente que he comprado al tahonero. Por cierto, me preguntó si pensabas instalarte aquí.

Maryam dispuso la leche en un cuenco y Mahmud bebió un buen trago tintando de blanco su bigote. Luego cortó unas rebanadas de pan y las untó con miel.

—Se te ve feliz —afirmó Mahmud en tono cariñoso cambiando de tema.

— Lo soy. Este es un buen sitio para empezar una nueva vida. Razín y yo hemos encontrado un hogar para nuestros hijos. Y estoy segura que tú, podrías adaptarte.

— ¿Y dedicarme a trajinar el huerto con tu marido?

— ¿Hay algo malo en trabajar la tierra? — respondió ofendida.

— Perdóname, no quería ser tan brusco. Pero no me veo con la azada— confesó mostrando sus manos llenas de ampollas reventadas.

En ese momento, unos golpes sonaron en la puerta interrumpiendo la conversación; y una silueta se recortó en el quicio. Era una mujer vestida con una saya de color claro y un manto morado que le cubría el cabello y buena parte de la cara. Al retirarlo, la sonrisa abierta le resultó de nuevo encantadora.

—Buenos días,  ¿os acordáis de mí?  Nos conocimos ayer.

— Por supuesto. Eres Imán, la nieta de Yusuf —respondió haciendo una graciosa reverencia con el cuello mientras se limpiaba el bigote con la manga.

— La paz sea contigo, Maryam—pronunció la recién llegada dedicándole un ligero saludo con la cabeza.

— Y contigo, Imán. Has crecido desde la última vez que te vi.

—Me envía mi abuelo para deciros que un amigo quiere hablar con vos.

— ¿Puedo saber quién es ese amigo?

—Mi único cometido es transmitir el mensaje — respondió con un gesto que a Mahmud se le antojó provocativo—. Y, si os place, acompañaros a casa.

Su hermana la miró de arriba abajo con gesto desconfiado.

—Por supuesto—respondió Mahmud con su sonrisa más agradable—. Solo necesito un momento. Maryam ¿Qué haces ahí parada? Ofrece una bebida a esta bella mensajera mientras me calzo y termino de vestirme.

En pocos minutos Mahmud salió de casa a paso ligero. Intrigado por la cita, caminaba absorto en sus pensamientos sin darse cuenta de que la muchacha no podía seguir su zancada. De camino saludó al tahonero, quien sujetaba las mulas mientras el muchacho cargaba sacos de harina en el carro. El anciano le deseó un buen día en tono afable.

—Seguid solo— gritó Imán a sus espaldas—. Yo no puedo alcanzar vuestro paso.

—Perdonadme. Me estoy comportado como un gañán.

—Desde luego—sentenció ella. Ayer también os marchasteis con mucha prisa.

Enfadada y a la luz del día le pareció aún más hermosa. Le gustaba su elegancia al andar, su forma de increparle, dulce y enérgica a la vez. Aflojó el paso. Pero Imán permaneció en silencio el resto del trayecto. Él estaba avergonzado, con la vista fija en el suelo para no cruzar sus miradas. Ella, divertida al descubrir que su presencia le ponía nervioso. Por fin Mahmud reconoció la casa de Yusuf y fue todo un alivio. Antes de llegar, frenó un momento y solo acertó a decir.

—Gracias por acompañarme. Os pido sinceras disculpas por mi falta de tacto.  

Imán, sumisa, mostró las palmas de sus manos, inclinó la cabeza a modo de despedida y se metió en la casa. Yusuf esperaba en el exterior acompañado por un individuo de complexión fuerte. Llevaba la cabeza cubierta con un turbante que apenas dejaba ver unas mechas de cabello gris, como el de su barba.

— La paz sea con vosotros—. Saludó—. Me habéis hecho llamar y aquí estoy.

— Y contigo Mahmud—respondió Yusuf—. Quiero que conozcas a un buen amigo. Es el síndico del Raval.

El hombre, que rondaba la cincuentena, tenía la piel de la cara muy curtida por el sol. Lo examinó en silencio con detenimiento y cierta reserva. Su mirada era dura e inquisitiva. Sin saber bien por qué, Mahmud se puso en guardia.

—Mejor entremos en casa donde podremos hablar con tranquilidad—les instó Yusuf atravesando el quicio de la puerta. Ambos le siguieron y Mahmud se sentó  en el mismo sitio que el día anterior; donde el pebetero de arcilla esparcía esta vez efluvios de yerbabuena. Imán había dejado tres jarras sobre la mesa y una fuente de uvas pasas con almendras.

John Singer Sargent
Fogg Art Museum (Cambridge, USA)

—Trae un poco de leche fresca para nuestro huésped —propuso Yusuf. Pero Mahmud negó con la cabeza.

—Acabo de desayunar.

 —Entonces, ¿os apetece un poco de agua?

—Sí, por favor. Tengo la boca seca.

Imán salió al patio y volvió con un cántaro que dejó también sobre la mesa. Mahmud estaba impaciente y bebió con rapidez.

— ¿Para qué quería verme?

—  Me llamo Karim Aben Hud, bautizado como Pere Cardona, y respondo por toda la comunidad de nuevos cristianos. Mi obligación como síndico es que nada se mueva en el arrabal sin que yo lo sepa—. Dicho esto tomó aire, y tras unos segundos continuó— En primer lugar, siento el mal rato que os hice pasar anoche. Sólo cumplía con mi obligación. Me informaron de que un tipo peculiar, armado con un ostentoso cuchillo, andaba haciendo preguntas por el arrabal. Decidí investigar y mandé que os siguieran con discreción. Vivimos tiempos difíciles.

  — Me llamo Mahmud Ben Umeya. Bautizado en Granada como Francisco Benjumea.

— Ahora ya sé quién sois. Yusuf me ha hablado muy bien de tu padre, que Allah tenga en su gloria. Solamente quiero hacer un par de preguntas: ¿Os persigue la justicia o el Santo Oficio?

— No, ya no. Me buscaron durante un tiempo en Granada, antes de la revuelta. Pero de eso hace ya varios años. Han pasado tantas cosas… No creo que nadie se acuerde de mí. ¿Cuál es la segunda? —inquirió desafiante.

— ¿Pensáis quedaros mucho tiempo en Elche?

— Para ser sincero, aún no lo sé. Todos mis proyectos se han frustrado y el futuro es bastante incierto. Vengo de muy lejos. Llegué a Elche siguiendo las instrucciones de mi padre. De momento me quedaré en casa de mi hermana hasta que consiga encontrar a una persona que vive en Oriola;  ciudad que pretendo visitar en breve. ¿Es suficiente explicación?

— Conozco mucha gente en Oriola—afirmó Karím dándose importancia— ¿puedo saber a quién buscáis?

Mahmud guardó silencio durante largos segundos. No sabía si fiarse de aquel desconocido que hacía tantas preguntas. Necesitaba ayuda y sólo contaba con su cuñado. Lo último que quería era mezclarlo en sus asuntos poniendo en peligro a su hermana. Así pues, decidió contarle la verdad.

— Busco a una mujer. La que Yusuf piensa que es mi otra hermana—dijo mirando al anciano con gesto de disculpa—. Fue otra de las ocurrencias de mi padre para protegerlas. Oficialmente ocultó el parentesco con su verdadera hija y la suplantó con la que era mi prometida; la mujer que abandoné cuando huí de España.

—  ¿Quién os perseguía? — Preguntó Karím

— Es una historia muy larga—contestó con desgana.

—No tengo prisa. Yusuf me conoce y no tengo que decir que cuanto me contéis quedará conmigo —aseguró con gesto solemne—Os escucho atento y prometo que, si está en mi mano, os ayudaré.

—Está bien ¿Por dónde empiezo? — Suspiró reclinando su espalda contra los cojines. Aspiró una bocanada de aire y comenzó su relato.

—Siguiendo las enseñanzas de mi padre comencé en el negocio de la seda y siempre supe ganarme bien la vida. Pero hace años comprendí que de nada me iba a servir el dinero en Granada. Fue tras la muerte de mi madre. Mi padre pensaba que, con su fortuna, sus contactos y los abusivos impuestos que pagaba, estábamos a salvo. Vivía en su mundo perfecto. Con sus libros, sus pócimas y sus ceremonias. Pero yo no lo tenía tan claro. Tenía solo diecisiete años y  me estaban asfixiando. Nunca he sido religioso, pero me gustaba usar mi lengua y vivir conforme a nuestras costumbres. Al final tuve claro que, pagase los impuestos que pagase, los cristianos nunca me dejarían vivir en paz.   

El síndico clavó los ojos en su rostro, con los ojos entornados, como si en vez de mirar, otease. Mahmud  bebió un sorbo de agua y después continuó.

—Comencé a barajar dos peligrosas opciones: unirme a la rebelión o salir de España. Pero antes debía independizarme. Instalarme en mi propia casa. No podía perjudicar a mi padre con mis decisiones. Eso fue poco antes de la revuelta. Muchos hermanos, especialmente los más acomodados, llegaron a la misma conclusión y planeaban fugarse a países donde se respetase nuestra religión. Pero tenían un problema: liquidar sus bienes. Venderlos en esas condiciones era una estupidez. Los cristianos sabían de la urgencia y ofrecían precios de miseria. Entonces se me ocurrió organizar el éxodo. Utilizando mis contactos comerciales en Marsella podía poner a salvo el patrimonio de mis compatriotas. Y de paso ganar algo de dinero para asegurar mi fuga.

— ¿Y por qué Marsella?

—Es uno de los puertos comerciales más importantes. Con los debidos conocimientos fue sencillo mover el dinero a través de agentes financieros y las mercancías con intermediarios francos. En cuanto a las personas, utilizaba una red de sobornos en la que estaban implicados nobles, soldados y hasta curas. Pagando lo suficiente podía conseguir salvoconductos para llegar a la costa. Allí tenía comprados a ciertos atalayas que facilitaban el contacto con las embarcaciones de contrabando.

— Menuda organización ¿Hace mucho de eso? —preguntó Karím.

—Quince años—dijo entornando los ojos como si le costase recordar—. Fue antes de la revuelta. Después se fue complicando —añadió aplastando su barba con dos dedos contra el cuello—para llegar a Francia tenía que viajar por tortuosos caminos desde Granada a Cartagena. De allí pasar a Barcelona en galeras de mercancías. De nuevo a caballo, alcanzar la frontera donde algunos lugareños te ayudaban a cruzar los Pirineos a cambio de dinero.

—Vaya, cambiasteis el oficio de la seda por el contrabando.

— Llamadlo como queráis. Pero lo hacía con convicción. Una vez en Marsella era fácil enviar las mercancías junto a sus dueños, a Argel, a Túnez, a Trípoli… He de reconocer que Marsella era el sueño de cualquier mercader. Había almacenes y negocios por todas partes. Pero yo ya tenía el mío y no me iba nada mal. Hasta que detuvieron a uno de los enlaces en la frontera. Me delató y ya no pude volver a España. Mi fortuna quedó en Granada.

— Sacabais el patrimonio de los demás  ¿y dejasteis el vuestro?

—Tiene su explicación—Mahmud resopló apoyando de nuevo la espalda contra la pared—. Algunas familias pensaron que ricos y bautizados podrían integrarse en la sociedad cristiana manteniendo sus privilegios. Utilizaron sus ganancias para enriquecer el ajuar con muchos objetos de plata labrada. Querían parecerse a los burgueses cristianos invirtiendo en artículos de lujo para uso diario: candelabros, bandejas, jarras, palanganas, lámparas… Esto satisfacía dos propósitos: por un lado la ostentación; por otro la inversión en bienes de venta fácil.  Pero cuando uno tiene que salir discretamente y no hay posibilidad de encontrar oferta, los enseres se convierten en un estorbo. Cargar con todo eso era muy complicado y venderlo a los cristianos era regalarlo. Así pues, acepté esas piezas pesadas como pago por mis servicios. Llegue a acumular muchas arrobas de plata que pensaba fundir en lingotes. Todo estaba almacenado en un sótano oculto. Pero supongo que quedó en manos del rey, o de la Inquisición, o de quien fuese que mandó asaltar mi casa.

Se le quebró la voz, como si fuera a romper en llanto; pero solo fue un segundo.

 —Empecé de nuevo en Marsella trabajando para un mercader que había hecho buenos negocios con todo lo que yo enviaba. El tipo tenía varias fábricas de jabón y me contrató como agente comercial en Génova. Allí me instalé provisionalmente. Cuando decidí regresar para quedarme en Marsella me entregaron una carta de mi padre, sin fecha. Nadie supo decirme cuánto tiempo llevaba allí. Y pensé que era hora  de buscar a los míos.

Mahmud finalizó su relato lamentando la decepción que había sentido después de todas las penurias del viaje, al descubrir que su padre estaba muerto y su prometida casada.

—La carta situaba Elche en el Reino de Valencia. —Añadió—. Y sin más comprobaciones viajé en un barco comercial con destino a Cartagena que hacía escala en Valencia. Allí compré un caballo. No imaginaba que Elche estaba tan lejos de la capital. De haberlo sabido hubiese esperado para desembarcar en el puerto de Cartagena, ciudad que como he dicho, ya conocía por mis negocios.

Karím se incorporó con la intención de hacer un comentario. Pero Yusuf lo frenó mostrándole la palma de la mano izquierda.

— ¿Estás seguro de que quieres verla? — Interrumpió dejando al síndico con la palabra en la boca—. Han pasado muchos años y, lo aceptes o no, pertenece a otro hombre. Y tiene hijos que no son tuyos. Eso no lo puedes cambiar.

—Lo sé. Solo quiero hablar con ella.

—¿Y crees que eso aliviará tu dolor? —preguntó de nuevo con evidente escepticismo.

— No lo sé pero tengo que probar. Llevo demasiado tiempo queriendo contarle todo lo que pasó. Necesito desahogarme y luego me marcharé. O no. Pero no me resigno a ser un humilde vasallo, como vosotros— afirmó con tono burlón.

—Eres muy injusto. Es muy fácil hablar así desde Marsella — puntualizó el síndico— ¿Qué otra opción tenemos? ¿Rebelarnos y acabar como en las Alpujarras? —Hizo una pausa y, al ver que no contestaba, siguió hablando—. Bernardino de Cárdenas, el nieto del primer marqués de Elche, arrienda tierras cultivables. Y entre los pobres del arrabal se reparten también trozos de saladar para el cultivo de la sosa.

— La sosa y la barrilla de Alicante y Cartagena son muy apreciadas en el extranjero — interrumpió Mahmud sorprendiendo a su interlocutor con el cambio de tema—. Lo digo por experiencia. Junto con el aceite puro de oliva, son los fundamentos del famoso jabón de Marsella.

— Haz lo que te dicte tu conciencia— terció Yusuf incorporándose lo suficiente para mirar a Mahmud a los ojos—. Pero considera la posibilidad de buscar una mujer y comenzar una nueva vida cerca de tu hermana y tus sobrinos. Con tu experiencia podrías ganar mucho dinero. Has comerciado con seda y jabón, dos industrias locales en crecimiento. En cuanto a las costumbres, a pesar de las presiones de la Corona y de la Iglesia, los Cárdenas hacen la vista gorda siempre que cumplamos con los arriendos y con las obligaciones puntuales que marca la Iglesia.

— Ya os anticipo que el acoso no terminará nunca—Insistió—. No pararan hasta exterminarnos. Y no quiero poner a mi hermana en peligro metiéndome en su casa. Si me quedo, será fuera de Elche.

— Una curiosidad: ¿Cómo sobrevivió un musulmán tanto tiempo entre los francos? —preguntó Karím.

— Simplemente pasé desapercibido. Nadie me preguntó por mi Dios. Tampoco soy muy religioso. Rezo poco y si tengo que beber, bebo. Y así fui tratado como un igual, es decir con arreglo a mi bolsa—dijo esto señalándola con la mano derecha y su respuesta provocó la sonrisa de sus interlocutores.

— Pues esa es la clave —dijo el síndico—instálate por tu cuenta y aprovecha tu peculiar aspecto bermejo mezclándote con los cristianos sin llamar la atención. Eso o vuélvete a Marsella.

—Yo haría caso a Karím—añadió Yusuf —. No tienes aspecto de morisco y podrías pasar desapercibido.

Tengo una idea mejor—apuntó Mahmud —. Seré lo que he sido todo este tiempo. El apoderado de Simón Martell, fabricante de jabón. Además con pasaporte de Marsella, poderes firmados y cartas que presentaré en Oriola.  

— ¿Manejas con soltura la lengua de los francos?

— La entiendo, la hablo y la escribo— afirmó exagerando el acento.

Yusuf se encogió de hombros y abrió las manos— Siendo así, no  me parece mala idea.

Karim se levantó, estiró sus ropas y dijo: —Para mí está todo claro. He de marcharme. Pero tengo un consejo: si piensas hacer esa locura no pierdas tiempo. Apártate de nosotros. Sal del arrabal y que Allah te ilumine—. Dicho esto abrazó a Yusuf y saludó a Mahmud con una inclinación de cabeza.

— ¿Dónde puede hospedarse dignamente un mercader fuera del arrabal?  Será poco tiempo. Hasta que me marche.

Hay una buena fonda en la Plaza. Muy cerca del Consell. —contestó Karím ya en el quicio de la puerta.

Cuando quedaron solos, el anciano sacó de una alacena un curioso recipiente de arcilla con tapón de corcho y vertió un poco de su contenido en dos vasos de cristal. Mahmud se lo llevó a los labios y miró al anciano sorprendido. Este bebió un sorbo y se lo tragó cerrando los ojos con gesto placentero.

— Sí. Es licor. Lo fabrico yo mismo con miel, especias y frutas. Me sienta bien—. Contestó Yusuf quitándole importancia— No creo que Allah se ofenda por estos pequeños placeres. Ahora escúchame: el esposo de Yasira se llama Martín Padilla. Un cristiano viejo. Tu padre sentía aprecio por ese muchacho.

— ¿Dirías que es una buena persona?

—  Mientras no sospeche que pretendes arrebatarle a su esposa…— añadió rompiendo en una carcajada—. Lo eligió tu padre.

— No te preocupes, seré prudente. Ya te he dicho que solo quiero hablar con ella y asegurarme de que está bien. Quiero escucharlo de sus labios y verla con mis propios ojos.

— Sea como quieras. Pero sigo pensando que es un error echar más sal a la herida. Ha sido un placer conocerte —aseguró con tono paternal mientras le abrazaba —. Quería mucho a tu padre. Pero a partir de ahora, por tu conveniencia y por la mía, mejor será que no vuelvas. Sería estúpido que todo tu plan se fuera al traste por visitar a este pobre viejo. Una cosa más: si piensas instalarte en Oriola conozco a un comerciante que podría ayudarte si me prometes no comprometerlo. Se llama Thomás Vasallo y es también cristiano viejo.

— ¿Puedo fiarme de ese hombre?

Es el futuro esposo de mi nieta. —Pero mejor no le digas quién eres en realidad. Yo le hablaré del comerciante de Marsella. Convencerlo para que te ayude será cosa tuya. Vive en la Corredora, muy cerca de la puerta de Almoradí. Frente a una pequeña ermita.

Mahmud salió de la casa muy animado. En el exterior buscó a Imán pero no la vio por ningún lado. Se dio cuenta de que en el fondo le había molestado un poco que estuviese comprometida. Pasó unos minutos apoyado en el muro de piedra, frotándose la barba y pensando todavía si ponía en marcha su plan o se volvía a Marsella.   

Al llegar a casa de su hermana escogió una pluma larga entre las que había recogido del gallinero y con el cuchillo afiló su punta. De la bolsa de viaje sacó una cartera con documentos, un frasco de tinta y una cajita con polvos secantes. Vertió un poco del líquido oscuro en un cuenco y, mojando el improvisado utensilio, se dispuso a escribir. Además de repasar el pasaporte expedido en Marsella y el poder notarial a su nombre, escribió unas cartas de presentación suficientemente persuasivas. Una vez finalizadas, las repasó varias veces, esparció polvos secantes sobre la tinta rojiza y plegó los papeles cuidadosamente.

V

A la mañana siguiente Mahmud desayunó frugalmente sin intercambiar una palabra con su hermana. Recogió sus cosas y salió al establo para revisar el estado de su montura. Luego se lavó concienzudamente y se vistió con sus ropas lavadas y zurcidas. Se había acostumbrado a la holgada vestimenta a la morisca prestada por su cuñado; pero mostrarse así por más tiempo podía dar al traste con sus planes.

Su raído atuendo le había permitido viajar sin problemas desde Marsella. Se calzó las botas de media pierna y sobre la camisa blanca se puso un jubón largo, sin mangas, de paño oscuro. Ensimismado en su aseo no oyó llegar a Razín. De repente lo encontró a su espalda y, poniendo las manos sobre sus hombros, preguntó en tono burlón:

— ¿Es este el hermano pequeño de mi mujer?  Huele como una doncella casadera.

—Estás exagerando. Sólo me he lavado con un poco agua de azahar, me la dio Maryam.

—Aquí los baños y la higiene ha llegado a ser tan sospechosos, que la mugre y el olor fétido se han hecho cotidianos. Apestando a cabra es más fácil pasar inadvertido entre los cristianos. Te aseguro que llamarás la atención así vestido y perfumado.

—No impogta — exclamó exagerando el acento de los francos—es parte de mi plan. Soy un rico comerciante marsellés en viaje de negocios y voy a presentar en el Consell de Oriola los documentos que lo acreditan. A partir de ahora, llámame Monsiur Rousse.

Razín se separó de él y se inclinó en una graciosa reverencia. Mahmud extendió los brazos y lo atrajo hacia sí en un fraternal abrazo.

—Así me llamaban en Marsella: Françoise la Rousse, Francisco, el pelirrojo.

Se quitó el jubón y, con un gesto de la mano, pidió a su cuñado que le alcanzase el cinturón de cuero y la funda con el cuchillo—. Si quiero permanecer aquí sin poneros en peligro tengo que seguir un plan. Y comienza saliendo del arrabal antes de que me identifiquen como nuevo cristiano.

—Ignoro qué necesitas para llevarlo a cabo. Pero si está en mi mano cuenta con mi ayuda— afirmó apretando sus manos con afecto.

— De momento solo te ruego que guardes en secreto lo que te he contado y me ayudes a buscar un criado en quien pueda confiar —dijo mirando a uno y otro lado como si temiese ser escuchado— Acompáñame.

Mahmud salió al patio y escarbó junto al pozo con el cuchillo. Sacó la bolsa, tomó unas monedas y dándoselas a Razín le dijo —Es todo lo que tengo. Ya sabes que mi fortuna quedó en mi casa y fue desvalijada.

— Quédatelo, de verdad. No necesitó dinero. Más falta te hará a ti.

— Vamos a hacer una cosa. Dejaré aquí la mitad, enterrada. Y si no vuelvo. Utiliza el dinero para poner a salvo a mi hermana y a mis sobrinos. No tardarán en echaros de aquí.

—Razín apoyó la mano derecha en el marco de la ventana y con la izquierda se  rascó la perilla mirando al exterior con los ojos vacíos; como si analizase mentalmente un viejo recuerdo. Luego se dio la vuelta y afirmó con rotundidad—en tu casa no encontraron nada de valor a pesar de que la registraron por completo. Desmontaron los muebles—añadió—, agujerearon el suelo hasta dar con el almacén subterráneo; pero no había nada fuera de lo común: ropa usada, vajilla y utensilios de poco valor.

— ¿Nada más? ¿Estás seguro? ¿No había piezas de plata? Lámparas, candelabros, cofres con cuberterías…

—Ya te digo que presencié personalmente el registro de tu casa y no sacaron nada más que menudencias.

 —Y mi padre ¿te comentó algo sobre el tema?

—No. Pero lo cierto es que aquellas semanas se comportó de forma muy extraña.

— Explícate.

—Poco antes del saqueo, estuvo varios días de viaje y no contó a nadie donde fue.

— ¿Marchó solo?

—No. Salió una noche con varias mulas cargadas. Viajó con un arriero granadino y un par de gañanes que no había visto nunca. Al parecer se conocían de tiempo. No consintió que le acompañase nadie más. Regresó cuatro días después, sólo, portando una mula cargada de capullos de seda.

— ¿Recuerdas algún detalle más de aquellos días?

— No. Bueno, sí. Una semana después, se presentó el mismo arriero; espera, ya recuerdo su nombre, se llamaba Monedero, Bruno Monedero. Como te decía, se presentó con una pesada carga de tierra, ladrillos y argamasa. Descargó parte en su casa y el resto lo utilizó para renovar el suelo de la tuya.

— Seguramente escondió en su casa algo de valor. Si pudiese encontrar al arriero… ¿Has dicho Bruno Monedero?

— El único que podría ayudarte es Maymón. Conoce a muchos arrieros.

— ¿Quién es Maymón? ¿El anciano carpintero?

— Sí. Antes que carpintero fue arriero. Se bajó del carro por sus achaques y ahora los repara con permiso del gremio. Pero sólo dentro del arrabal. No le va muy bien. Apenas saca para alimentar a su hijo.  Ahora que lo pienso, Bernabé podría ser el criado que buscas. Es listo y fuerte. Y conoce los caminos. Pero no te hagas muchas ilusiones. Si tu padre hubiese ocultado en su casa todas esas piezas de plata, estoy seguro que las habrían encontrado. En la tuya no quedó un palmo sin excavar; en la de tu padre hicieron también un concienzudo registro por si te había escondido.

 —Mi padre era un hombre muy astuto. Formar un suelo nuevo en mi casa habría sido una pista demasiado clara. O una treta para despistarles. —Se rascó la cabeza. —Un momento: creo que sé dónde escondió lo que fuese que quería que yo descubriese.

— ¿Estás seguro?

— En la oración y los libros esta la verdadera fortuna. ¿Cómo no lo he descifrado antes? Tengo que encontrar a ese arriero. Esta misma noche me instalaré en una fonda y en dos días me trasladaré a Oriola. Pregunta a Maymón por el tal Monedero y la respuesta me la envías con su hijo. Adelántale que tengo para él un buen empleo; que se presente mañana en la fonda de la plaza y pregunte por el comerciante de Marsella.

—Te aseguro que Bernabé es de toda confianza. Llevo mucho tiempo preparando remedios para los achaques de su padre. Y me los paga con pequeñas reparaciones que no necesito. Le vendrá bien ganar algo de dinero; además, me aprecia y yo me encargaré de vigilar la salud del anciano en su ausencia. Eso le convencerá.  

—Muchas gracias. Pero de momento, cuanto menos sepa de mi verdadera identidad, mucho mejor. Nadie debe saber que somos cuñados. Ya veré la forma de explicarle quién soy cuando llegue el momento.

— ¿Le has dicho a tu hermana que te vas así, tan de repente?

—Se lo pienso decir después de la comida. Esta mañana no he encontrado fuerzas para hacerlo. Se la ve tan feliz.

— Sabes que se va a llevar un gran disgusto.

— Estaré cerca. Te prometo que volveré. Pronto tendréis noticias mías a través de Bernabé.

—No sé qué estás tramando; pero que Allah te acompañe y te de suerte, hermano.

— La voy a necesitar—. Respondió apoyando la mano sobre su mejilla y mirándole a los ojos con afecto; con una clara expresión de despedida.

Mahmud terminó de empaquetar sus cosas y respiró hondo. Había llegado el momento de hablar con su hermana. Desde el amanecer llevaba preparando un monólogo convincente para anunciarle su repentina partida. Pero no veía el momento.

Poco antes del mediodía, entró temeroso en la cocina y allí la encontró vestida con una sencilla túnica morada, con el pelo suelto. Troceaba unas zanahorias mientras en el fuego humeaba una cazuela que desprendía penetrantes aromas a tomillo y romero. Se acercó por detrás y la sujetó por la cintura de forma cariñosa. Durante unos segundos, ella permaneció de espaldas, con los hombros rígidos. Después se giró y le miró a los ojos apretando las mandíbulas.

—Me tomas por tonta. No me has dirigido la palabra en todo el día y ahora apareces perfumado y zalamero con tu ropa de viaje para decirme que te vas. ¿Es eso?

Mahmud, sorprendido, trató de balbucear una excusa. Pero ella le interrumpió levantando la palma de la mano. Intentó besarla; pero se separó bruscamente y siguió con su tarea dándole la espalda. Razín apareció de pronto y tiró de su brazo suavemente.

— Vamos. No te preocupes. Se le pasará. Mejor esperamos la comida en el patio. Hace un día espléndido. Cuando esté listo el guiso, avísame y sacaré la cazuela del fuego.

Mahmud se encogió de hombros y acompañó a su cuñado al exterior donde los niños, que habían asistido por la mañana a catequesis forzosa, jugaban a santiguarse coreando incomprensibles oraciones.

Maryam terminó el guiso de cordero con hortalizas. Seguía seria y muy callada, como sonámbula. Su hermano conocía esa actitud pensativa y estaba seguro que no tardaría mucho en estallar. Razín también escrutaba su gélida expresión esperando una reacción airada en cualquier momento.

Cuando por fin se sentaron a la mesa apareció portando ella misma la pesada y  ardiente cazuela, con paso firme y gesto altanero de autosuficiencia. Pero tras sufrir un pequeño traspié,  derramó salsa sobre su ropa. Los dos hombres intercambiaron una mirada de complicidad y no pudieron contener una sonrisa que apenas duró un segundo.

— No sé qué os parece tan gracioso— gritó dejando la olla violentamente sobre la mesa. Mahumd pensó que la cosa no podía ir a peor y se lanzó a la arena resumiendo al mínimo su monólogo.

—Me voy de Elche. Hoy mismo.

— ¿Y a qué esperabas para decírmelo? — Preguntó con amargura— ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? ¿Ha sido cosa del síndico? ¿Te ha amenazado?

— No. La idea ha sido mía. Si me dejas, te lo explico —aseguró—. El asunto es bien sencillo.  Si no quieres que vuelva a Marsella y perderme para siempre, tengo que salir del arrabal.

En ese momento Razín le hizo una seña y se dio cuenta de que sus sobrinos estaban un poco asustados y muy pendientes de la conversación; miró a su hermana, respiró hondo e intentó seguir comiendo. Maryam rompió a llorar levantándose bruscamente de la mesa y Mahmud la siguió hasta el patio; donde sentado junto a ella, intentó consolarla acariciándole el cabello como si fuera una niña.

— Tienes que entender que no puedo quedarme. No quiero que me identifiquen como cristiano nuevo. Y mucho menos, poner en peligro a tu familia con mis asuntos. En parte lo hago por ti.

—Si es por mí, quédate aquí, con nosotros. No soportaría volver a perderte—dijo con un hilillo de voz mientras sus lágrimas seguían manando abundantemente.

 — ¿Qué te hace pesar que me vas a perder? — Le susurró cariñosamente al oído rodeándola con sus brazos— Todo lo contrario. Cuando organice mi vida regresaré. Mientras tanto, te prometo que os haré llegar noticias mías.

Tengo que decirte algo importante—añadió con gesto serio —si no me equivoco, padre ocultó algo para mí en su casa y tengo que encontrarlo. Sé de un escondite donde guardaba su instrumental y gran cantidad de libros prohibidos. Entre ellos, seguramente alguno de oración; un Alcorán como lo llaman los cristianos. Lo vi salir de allí sólo una vez, siendo muy niño y me hizo jurar que no se lo contaría a nadie nunca. Ahí está la clave. La fortuna, la oración y los libros.

— Entonces ¿Piensas volver a Granada? ¿Has olvidado que te buscan?

— De momento voy a instalarme en Oriola hasta que pueda organizar un viaje seguro y en condiciones. Te lo prometo. Y no te preocupes, no tengo intención de quedarme allí. Es el único sitio donde alguien podría reconocerme. Pero volvamos a la mesa. Tus hijos están preocupados.

 Maryan se sentó frente a su plato con cara de resignación. Emitió un suspiro y se metió un trozo de cordero en la boca que comenzó a masticar sin ganas. Su hermano la observó en silencio. Por un segundo dudó. Apretó los dientes y decidió que nada lo detendría, ni siquiera su hermana.  

Poco antes de ponerse el sol, Razín sacó el caballo del establo y cargó sus pertenecías mientras Mahmud se despedía de sus sobrinos. Maryam estaba sentada en la puerta de su casa contemplando la escena como si la cosa no fuese con ella. Cuando su hermano estaba a punto de montar, se levantó impulsada por un resorte y abalanzándose sobre él, le echó los brazos al cuello, colmándolo de sonoros besos ante la asombrada mirada de su familia.

VI

Oriola, en el año del Señor de 1600.

Aquella mañana de cielo encapotado y plomizo la muchedumbre se agolpaba expectante a ambos lados del río, cerca del puente, colapsando el acceso a la ciudad y abarrotando todos los balcones de las casas que se asomaban al Segura.

Roque salió de su casa,  en el inicio del Arrabal Roig. Como era su costumbre, alivió la vejiga contra la ruinosa muralla, muy cerca de la torre hexagonal. Luego sacudió su capa, se caló el sombrero hasta los ojos y encaminó sus pasos hacia el casco, entrando por el portillo de la calle del hospital y deteniéndose un momento para mojar el gaznate en una taberna cercana al modesto convento de los carmelitas descalzos.

El Raval Roig a comienzos del siglo XVII.
Dibujo de Mario Gómez Ramón sobre los bocetos de José Ojeda Nieto.

Muy cerca de Santa Justa, frente a cuya puerta se santiguó apresuradamente, piropeó a una moza de amplio trasero que, agachada, trajinaba con un saco de cereales en la puerta del almudí. La mujer siguió con su faena fingiendo no haberle oído. En la plaza de la fruta reinaba un gran ajetreo,  y el olor a queso que emanaba de un puesto, despertó su apetito. Se acercó fingiendo estudiar con atención una enorme pieza mientras sacudía la bolsa que le había entregado el fraile con la punta de los dedos. Al vendedor no le pasó desapercibido el gesto.

—De cabras prietas, señor, negras como el azabache—anunció tentador— curado con el aire de la sierra. Pruebe un poco.

Una vez catado el queso que nunca pensó comprar y recibida la pertinente maldición por parte del tendero, decidió no atravesar la plaza abarrotada y se internó por la calle de Barberos uniéndose a la hilera de gente que intentaba llegar al río. A la altura del Consell quedó atrapado. Pero pronto descubrieron los allí congregados por qué le llamaban Palput. Y le abrieron paso rápidamente haciendo pinza con los dedos en la nariz para tratar de mitigar el hedor que desprendía.

Una brisa fresca y húmeda soplaba de tramontana y el murmullo del gentío apagaba el sonido de la impetuosa corriente fluvial cuando Joan Marco, el más reputado cazador de lobos de la comarca, atravesó el pasadizo y se plantó en el centro del puente sobre el Río Segura. La concurrencia rompió a aplaudir al tiempo que Marco esbozaba un gracioso giro sobre sus plantas, con los brazos en alto, mostrando orgulloso las orejas de tres ejemplares adultos. Luego las introdujo en una cesta, y uno tras otro fue sacando a cuatro indefensos lobatos. Con estudiada parsimonia desenfundó un cuchillo de monte y, tras cortarles las orejas, los arrojó al agua aún vivos,  para deleite del público que le vitoreaba entusiasmado.

Acabada la macabra ceremonia, el clavario del Consell, un hombre pequeño y barrigudo de largo cabello lacio, leyó a voz en grito:

—Porque los daños que los lobos hacen en los ganados de los vecinos son muchos; y si no se matasen se multiplicarían mucho los perjuicios a esta ciudad y su tierra. Para que con más voluntad los maten, acordamos y mandamos que cuando quiera que algún vecino matare en los términos de ella algún lobo o loba, que le sean librados y pagados de los propios, dos ducados. Y si sacare alguna camada de lobeznos, que se le libren cuatro reales por cada uno,  siempre que tal persona jure en forma que los mató y sacó en término de esta ciudad. Y con el dicho juramento, que les corten las orejas en presencia del escribano.

Terminada la lectura, entregó al cazador el pago establecido. Marco contó el dinero y, montado en su caballo, abandonó la ciudad en dirección al camino de Cartagena mientras la multitud se dispersaba. La cacería le había reportado el sueldo de un mes de trabajo como jornalero.

Despejada la zona, el regusto a queso en su paladar pedía vino; y Roque se metió en un mesón donde engulló dos rebanadas de pan negro con tocino y dos hermosas jarras de tinto. De allí pasó a una taberna cercana y siguió bebiendo sin mesura.

Thomas Vasallo subió pesadamente las escaleras que llegaban a la sala, una dependencia de unas diez varas cuadradas donde se reunían los representantes de la Ciudad. Allí se sentó junto al justicia criminal, el almotacén, el escribano y otros cinco jurados.

La sala del Consell formaba parte de un edificio medieval recientemente reedificado que descansaba sobre el puente formando un conjunto de espectacular sillería blanca. Sobre la entrada campaba el escudo de armas de una añeja ciudad que iniciaba el siglo en el zenit de su grandeza. Conseguido el Obispado y la Gobernación Ultra Sexona, solo la capital superaba a la orgullosa Oriola en todo el reino de Valencia.  

Desde el arrabal de San Agustín se accedía a la ciudad a través de un arco abocinado abierto en la muralla, sellado por dos gruesas puertas de madera chapadas en hojalata y hermoseadas con artísticos  herrajes. Una vez rebasado dicho arco, un pasadizo abovedado cruzaba por debajo de la Sala del Consell desviando el tránsito incómodo hacía la calle del Río, por cuyo trazado discurría la muralla hasta unirse con otra torre.

Pepe Sarabia

En el Consell, la solicitud de prórroga en la sisa sobre el trigo molido, el establecimiento de un nuevo gravamen para la carne y la muerte de Jerónimo Gatuelles, síndico ordinario que la ciudad de Oriola mantenía en la corte, eran las causas principales de la reunión.

Su hijo pretendía heredar el cargo de representante y apoderado en Madrid. De hecho llevaba meses ejerciendo a causa de la enfermedad de su padre. Pero el joven despertaba escasa confianza entre los jurados y decidieron sustituirlo. Los reunidos designaron a Miguel Urgell estipulando el salario habitual de veinticinco libras anuales. Esta elección era cometido del pleno del Consell; pero al no ser sencillo reunir a los cuarenta consellers, estos solían delegar en los jurados, reservándose el derecho de rebatir posteriormente sus acuerdos.

Mientras escuchaba distraído los detalles del nombramiento, Vasallo no dejaba de mirar por una ventana escrutando a los que transitaban por  la calle del Río. Al subir por la escalera había visto al Palput cerca del puente;  y se preguntaba dónde demonios se habría metido ese sucio puerco. Estaba seguro de que si no alargaban mucho la sesión, lo encontraría bebiendo en alguna taberna cercana.

— ¿Os encontráis bien, Vasallo? — Preguntó el almotacén—. Os noto un tanto ausente esta mañana.

—Estoy perfectamente. Continuad, os lo ruego—respondió mientras seguía vigilando la calle con el rabillo del ojo.

Solucionados los asuntos del día, el Justicia, Nicolás Viudes, mostró la carta que guardaba en un cajón. Se la había entregado personalmente el padre Gaspar Valera, franciscano alcantarino del convento de Callosa. El escribano rompió el lacre sellado con el ostentoso escudo de Juan Alonso Pimentel de Herrera, conde duque de Benavente y virrey de Valencia. Desplegó el papel arrugado sujetándolo con ambas manos y se acercó a la luz que penetraba por una de las ventanas. Tras contemplar durante unos segundos el cielo nublado y a unos muchachos que jugaban a cazadores persiguiendo a otro que hacía de lobo, se aseguró de que todo el mundo prestaban atención. Mencionó la procedencia y comenzó a leer en voz alta.

—Los Padres descalzos de San Francisco me han dicho cómo tratan de fundar un convento de su orden en esa ciudad sujeto a la provincia de Valencia. Aunque yo sé que por ser obra tan buena, que ha de redundar tanto bien, estoy cierto que acudirán a esto con mucho cuidado. Pero por la devoción particular que tengo a esta religión, he querido recomendarlo a vuestras mercedes. A quienes Nuestro Señor guarde. En Valencia 17 marzo 1600. 

Antes de que el justicia dejase la carta sobre la mesa, el almotacén—de nombre Jaume Soler— se levantó de un salto con gesto airado. Era un hombre alto, de piernas y brazos largos. Tras caminar dos zancadas adelante y atrás, volvió a sentarse dejando caer su cuerpo a plomo sobre el asiento de madera que emitió un desagradable crujido. Un segundo después las palmas de sus manos impactaron sobre la mesa con un golpe sordo.

— El conde duque, la mano del rey en Valencia, nos recomienda que aceptemos otra remesa de frailes. Pero de aflojar la bolsa, o compensarnos de alguna manera no dice nada. En vez de tanto rezo— exclamó en tono irónico—lo que esta ciudad necesita son familias moriscas. Gente dispuesta a trabajar la tierra, y no a pedir limosna.

— ¿Cómo osáis comparar a los beneméritos hijos de San Francisco con esa gentuza que sigue retajando la verga de sus hijos? — preguntó el jurado Diego Fernández de Mesa, paseando su mirada amenazante por todos los presentes.

— Don Diego ¿Tenéis algo contra las familias granadinas que viven al día de hoy en nuestra ciudad?

—Me molesta la algarabía que siguen hablando a escondidas, su manera de vestir, sus paganas costumbres a puerta cerrada. Muchos no lo queréis ver, pero como ya pasó con los judíos, los moros han aceptado a Cristo no por devoción, sino por miedo a la Inquisición. Tarde o temprano tendremos que echarlos o nos echarán ellos a nosotros.

— ¿De la Gobernación? — Preguntó Soler con gesto burlón.

— De la península. Que vuelvan a África, de donde salieron.

— Eso sería la ruina del país. Y lo sabéis muy bien. Los cristianos nuevos se están mezclado con los viejos en buena armonía. Visten a la usanza del país, hablan romance y cumplen puntualmente con los sacramentos. Y además asisten a las catequesis asignadas en la ermita de San Pablo. Salvo contadas excepciones, son gente de bien, laboriosa y nada conflictiva.

Fernández de Mesa soltó una carcajada y se incorporó bruscamente asiendo su capa con ambas manos. — Eso es lo que aparentan. Pero siguen sin comer puerco, descapullando a sus hijos y practicando a escondidas el ayuno ritual fuera de la Cuaresma. —Paró un segundo acentuando la carga teatral de su discurso — Vino si beben. Esos infieles granadinos son más instruidos que los moriscos locales, y más reacios al Evangelio. Y eso no es lo peor —añadió abriendo mucho los ojos, con la manos apoyadas en la mesa— los que llaman alfaquíes pretenden mantener su secta controlando las aldeas de cristianos nuevos. Esperan que lleguen los turcos y nos degüellen a todos. La amenaza es tan cierta que el Santo Oficio ha dejado de perseguir judíos y se ha volcado con ellos, los principales enemigos de la fe católica y de la seguridad del reino.

El almotacén tardó en responder. Debía medir sus palabras. La sola mención del Santo Oficio le había erizado el vello. En tono razonable se dirigió al resto de los presentes ignorando al de Mesa. —Oriola lleva años pidiendo al rey que autorice el asentamiento de tres o cuatrocientas casas de nuevos cristianos repartidos por la ciudad y la huerta. Gente entendida en cultivar la tierra abandonada por falta de brazos. Y en el cultivo de la seda. Todo son ventajas—añadió— trabajan duro, no protestan, pagan religiosamente sus impuestos. Mirad los que se instalaron en Albatera, en Cox y en la Granja. Mientras los hombres trabajan el campo, sus mujeres e hijos se ocupan de cepillar los linos e hilar la seda, faenas que desprecian los cristianos viejos.

— A mi entender; y creo que hablo en nombre de la mayoría de los presentes tenemos demasiados conventos —. Apuntó Vasallo, deseando acabar la sesión— Y podemos aplazar la decisión por un tiempo.

— ¿Está el Consell contra los frailes en general o sólo contra los descalzos?— preguntó el de Mesa. Y dirigiéndose a Vasallo, añadió con tono sarcástico — De vos no me sorprende. Un comerciante casado con una morisca, que se ha hecho rico gracias a un farsante granadino.

— Habláis sin el menor conocimiento—. Contestó airado por la alusión personal— Y solo me tenéis envidia.

— ¿Yo a vos?

El almotacén interrumpió la disputa que estaba subiendo de tono. — Teniendo en cuenta que la resistencia a pagar la sisa de la molienda por parte del Barón de Albatera ha sido secundada por los señores de Cox y de Granja, si seguimos aumentando el vecindario exento de pago, ningún arrendador querrá hacerse cargo de los impuestos. Haced un cálculo—. Explicó con tono más calmado— Sumad los religiosos y los oficiales de la milicia. Bueno, y todos los que obtienen víveres a través de ellos.

— ¿Qué queréis decir? —Interrumpió el de Mesa.

Soler tomó aire. Y acercando su rostro al de su interlocutor comenzó a hablarle en tono pausado, seguro, recalcando las sílabas. —Últimamente he comprobado con mis propios ojos como los predicadores compran muchos alimentos y vino sin pagar la sisa, de la que están exentos. Y luego pagan a sus jornaleros en especie, burlando así los impuestos. Y los oficiales, que tampoco pagan, compran géneros para ellos, para sus familias y hasta para sus amigos.

— Esa es una acusación muy seria.

— Comprobadlo vos mismo. Las arcas están vacías. — añadió el almotacén intentando rebajar la tensión— No podemos acoger a más religiosos. Tenemos mercedarios; franciscanos observantes con sus hermanas clarisas; agustinos y agustinas; carmelitas, trinitarios, dominicos… Y para colmo, Joan Loazes, el rector de los predicadores, pretende traer a media docena de dominicas del monasterio de las Magdalenas de Valencia. Creo que no podemos aceptar más bocas ociosas.

— ¿Habéis dicho monjas al Colegio de Predicadores? — Preguntó con sorna el jurado Ginés Heredia, un tipo bajo y corpulento.

— La Cofradía de Santa Lucía le ha cedido el edificio que regentan cerca de la Porta Nova —. Respondió el almotacén sin apreciar la ironía.

— ¿El beaterio de Santa Lucía? ¿Y qué van a hacer con las beatas?

— Ordenarlas monjas — sugirió Fernández de Mesa provocando una carcajada.

— No seáis absurdo—sentenció Soler— Piensan agregarlas al beaterío de la ermita de San Miguel, en la peña. Habrá que ampliarlo, pero no es ese el tema. No podemos aceptar más fundaciones hasta que las que hay en marcha no estén debidamente atendidas.

—Recordad lo que pasó con los carmelitas descalzos—. Terció Ginés Heredia—. El Consell, con todo el dolor de su corazón, les denegó la licencia que solicitaban. Pero la intercesión del rey— el segundo Felipe que Dios tenga en su gloria—dobló la voluntad de los jurados ¿Y qué pasó luego? Que anduvieron mendigando de casa en casa. Hasta de la ermita del Raval Roig los echaron.

—Las clarisas están reedificando su convento—. Añadió el justicia.

— Y las agustinas adaptando la ermita de San Sebastián. Todas confiadas en la providencia y en las limosnas. No podemos autorizar más conventos. Además, ya tenemos franciscanos en Santa Ana. A ellos tampoco les hará mucha gracia la competencia de la misma orden—sentenció Soler.

Diego Fernández de Mesa, secundado por Enrique Masquefa que le susurraba al oído, no estaba dispuesto a rendirse. Y juntos encontraron el argumento perfecto. Mentar el orgullo patrio.

— Señores— Anunció con semblante serio—. Antes de tomar una decisión, tened en consideración que esta es la segunda ciudad del Reino de Valencia. Y el convento alcantarino pertenece a una provincia valenciana. No así los recoletos de Santa Ana que operan bajo la jurisdicción de Castilla.

— Esa no es razón para costear otro convento. —sentenció Soler negando con la cabeza y apretando los labios.

—Basta de discusiones—. Terció Pascual Martí, el más anciano de los jurados— Propongo que sea el obispo quien tome la decisión. — Tras pensar unos segundos rascándose el mentón, añadió — pediremos su autorización haciendo hincapié en la extrema necesidad que sufren los conventos recientemente fundados. Al mismo tiempo haremos correr la noticia de que pensamos autorizarlo para que esta llegue a las demás órdenes. Viendo peligrar sus limosnas pondrán todas las trabas posibles.

Joan Soler pensó que la idea no era descabellada. Con suerte, tal vez el prelado les liberase de tener que desairar al virrey en momentos tan delicados, cuando la vecina Alicante intentaba liberarse de la influencia oriolana. La ciudad concedería la licencia; condicionándola a la del obispo. Y éste se verá obligado a desautorizarla al no poder mantenerse los religiosos con la dignidad y decencia que dictaba el Concilio de Trento.

Terminada la sesión, Vasallo salió por el pasadizo abovedado a la calle del Río muy nervioso y enfadado. Las palabras de Mesa seguían resonando en sus oídos. Y todo por culpa de ese maldito morisco. Mezclándose con los transeúntes, se encaminó a la Plaza Mayor a través de las carnicerías.

Pepe Sarabia sobre un boceto de Pepe Ojeda Nieto.

En realidad, lo que en Oriola llamaban plaza mayor era un conjunto de pequeñas plazuelas que albergaba también las pescaderías, los puestos de verduras y de otros comestibles diversos, un vestigio del antiguo zoco musulmán. De gran estatura y vestido con ropa negra muy elegante para asistir al Consell, su aspecto era un reclamo para los vendedores. Mientras revisaba, una a una, todas las tabernas y mesones de la zona, tuvo que ir apartando a los que le ofrecieron pan blanco, manteca, tocino salado de Castilla, ranas del Segura y sardinas recién pescadas en el Cap Cerver.

Por fin encontró al Palput en un tugurio situado en la esquina con la calle de Santiago, muy cerca de la iglesia de las Santas Justa y Rufina. Media docena de mesas y un puñado de barriles ennegrecidos amueblaban el establecimiento donde un tipo canoso, bajo y rechoncho frotaba el mostrador con un trapo mugriento.

Estaba sentado en una de ellas junto a dos tipos de aspecto patibulario. El más barbudo y desaliñado alzaba una jarra de vino y canturreaba a gritos. El otro, barbilampiño y con una fea cicatriz en la mejilla, se burlaba del Palput, quien parecía dormitar con la cabeza a menos de un palmo de la mesa. Vasallo entró con andares enérgicos y se dirigió directamente hacia ellos.

— Vamos. Dejadle en paz— les gritó señalando la puerta.

Los cánticos cesaron de repente y las risas se cortaron en seco. — ¿Acaso es amigo vuestro? — Preguntó  el barbilampiño—  Nos ha invitado a vino, pero se ha quedado indispuesto.  

—Eso no es de vuestra incumbencia. Largo de aquí. Yo pagaré el vino.

Los dos individuos se levantaron maldiciendo entre dientes y se marcharon volcando las sillas. El tabernero se acercó, puso orden y limpió la mesa con el mismo trapo roñoso.

— ¿Puedo ofreceros algo, señor? —dijo, intentando parecer respetuoso.

— Llévate esta porquería que apesta a vinagre y trae vino de verdad—respondió mientras se sentaba junto al Palput, quien respiraba trabajosamente con los ojos cerrados.

—  Le habéis hecho un favor —. Apuntó el tabernero— Esos pájaros le rondaban para robarle, estoy seguro. Lleva todo el día bebiendo y fanfarroneando de su dinero.

Dejó dos vasos y se acercó a un pequeño tonel que guardaba tras el mostrador. De su contenido rellenó una jarra y se la dejó a Vasallo, acudiendo a la llamada de dos parroquianos que acababan de ocupar otra mesa. Este tomó la jarra sin demasiado entusiasmo. Llenó un vaso y se mojó los labios.

Reprimiendo la mueca de asco, sacudió al Palput violentamente agarrándolo por las ropas que apestaban a una mezcla de sudor, orina y vino. Como respuesta emitió un quejido de protesta y entreabrió los ojos durante un segundo. Luego chasqueó la lengua, tomó directamente la jarra con manos temblorosas y, después de darle un tiento, soltó un sonoro eructo.

Vasallo se la quitó de las manos y aguantó las ganas de darle un puñetazo en el rostro.

— Llevo días buscándote maldito borracho ¿Dónde está el niño? — le preguntó.

El Palput reconoció súbitamente a su interlocutor y se revolvió incómodo sobre el asiento. Giró la cabeza a uno y a otro lado, como si temiese ser oído.

—Se fue. Como ordenasteis—aseguró con los ojos vacíos.

— ¿Cómo que se fue? ¿Dónde? Habla, malnacido.

—No atino a entenderos, señor, perdonad mi torpeza. Lo entregué siguiendo vuestras instrucciones.

— Yo no he dado ninguna instrucción. Sólo te encargué que lo mantuvieses escondido en el arrabal.

— Claro que sí. Y eso hice hasta hace tres días. Llegó el fraile muy temprano y se marcharon juntos.

— ¿De qué fraile me estás hablando? ¿Estás diciendo que has perdido al chico?

—No lo he perdido. El jueves se presentó un mensajero con una carta vuestra. Le dije que no sabía leer y me la recitó en voz alta. Tenía que encerrar al chico en casa y no salir de ella hasta que apareciese un fraile y preguntase por él. Entonces debía entregarlo, recibiendo una compensación por mis servicios. También me dijo que era importante que no hablase con nadie y no me dejase ver durante unos días. Y eso he hecho. El fraile apareció el viernes y no he salido hasta hoy.

Vasallo dejó el vaso sobre la mesa y se inclinó bruscamente hacia delante — ¿Conocías a ese fraile o al que te entregó el mensaje?

—No, señor. Sólo me fijé en que el fraile cojeaba visiblemente. La cosa fue muy rápida y sucedió como os he dicho. Me limité a entregarlo pensando que venía de vuestra parte. Nadie más sabía que yo tenía al muchacho

— ¡Maldito imbécil! — Gritó Vasallo propinando una patada a la silla que dio con sus  huesos en el suelo — ¿Y adónde se lo llevó?

Hecho un ovillo se protegió la cabeza con los antebrazos  —. Lo desconozco, señor. Se marcharon caminando por la calle del Hospital y no sé nada más. Lo juro por la Virgen de Montserrat —aseguró santiguándose varias veces.

— Lo has perdido. Maldito estúpido —. Espetó Vasallo. Y levantándose de su asiento con expresión furibunda le puso un pie en la garganta y comenzó a apretar.

—No es este lugar para dar un escándalo—apuntó el tabernero a su espalda— estamos a veinte pasos de Santa Justa. Le ruego que arregle sus asuntos de forma más discreta.

Aquel hombre tenía razón. La discusión con el de Mesa y la repentina pérdida del chico habían encrespado su ánimo hasta el punto de que el asco que sentía hacia el Palput había mudado en un ataque de ira. Al apartar el pie, el infeliz se levantó torpemente, con los ojos temblando de miedo. Luego trató de beber entre toses; derramando buena parte del vino que chorreó sobre su ropa.

 —No necesito escuchar nada más — dijo Vasallo levantándose con brusquedad — Lárgate y que no vuelva a verte si no es para decirme que lo has encontrado   ¿entiendes? —gritó con la voz llena de rabia. Roque se dirigió hacia la puerta renqueando. Pero antes de abandonar la taberna se volvió y le dijo.

— Juro que encontraré a ese maldito fraile.

Vasallo apuró el vaso de vino,  echó mano a la bolsa y, sacando unas monedas, las dejó sobre el mostrador. Sin decir una palabra salió a la calle e intentó serenarse. Sólo era cuestión de buscar. Era imposible que un mocoso con pelo de panocha y un fraile lisiado hubiesen desaparecido sin dejar rastro.

VII

Elche, en el año del Señor de 1584.

La primera noche que pasó en la fonda, Mahmud no consiguió conciliar el sueño. La incertidumbre de su nueva vida y la posibilidad de que el viaje a Granada fuese un esfuerzo inútil y costoso le provocaban una desagradable sensación de angustia. Un sentimiento de opresión en el pecho que no había experimentado desde que se encontró solo en Marsella. Por otro lado se debatía entre confiar en Bernabé desde un principio. O presentarse con su falsa identidad, obligándose a interpretarla constantemente.   

El día amaneció claro y limpio. Con las primeras luces bajó a estirar las piernas siguiendo una calle recta y llana a la que llamaban Corredora. Estaba formada en su lado norte por casas pegadas al muro. Y contempló curioso cómo se iba llenando con la gente que comenzaba a circular a primera hora. Se cruzó con dos caballeros ataviados con lujosas vestimentas, con una cuadrilla de campesinos de rostro tostado que se dirigía al campo. Y con cura joven y despeinado que parecía llegar tarde a misa, corriendo con la sotana medio desabrochada.

El establecimiento recomendado por Karim era un edificio de dos plantas con amplio terrado habilitado como patio. Estaba situado entre la calle de la Feria y la plaza de la fruta, muy cerca de la entrada principal al recinto amurallado de Elche. A pesar de ser un poco caro, le había convencido su céntrica situación y el acogedor espacio superior, cubierto por un manto vegetal. La planta baja estaba dividida en almacén,  comedor y un cuartucho donde recibían a los huéspedes. El piso superior albergaba los dormitorios. Completaban la oferta unas cuadras modestas, en la parte trasera,  atendidas por un gañán que alimentaba y cuidaba las monturas de los clientes.  

Ya de vuelta se asomó al terrado y pudo contemplar con detalle una torre cuadrada que destacaba orgullosa por encima del resto de los edificios. Enclavada en la entrada por el camino de Alicante, parecía ser la más importante de la muralla. Preguntó sobre ella a la posadera, una mujer de mediana edad que subió tras limpiar las habitaciones portando un cubo de madera.

— La Calahorra es el granero más importante de la ciudad—Respondió arrojando el contenido  a la calle al grito de “agua va”. —Es donde guardan el grano que roban a los campesinos para repartírselo entre el obispo y los Cárdenas — añadió en voz baja acercándose y guiñándole un ojo con una sonrisa.

Mahmud esperaba ansioso la llegada de Bernabé. Había decidido ocultarle por el momento su verdadera personalidad. Volvió a repasar los documentos y cartas de mercader hasta que fue cayendo en un estado de somnolencia producido por el sol que, filtrado por el hermoso emparrado, acariciaba su rostro dulcemente.

El muchacho no tardó en aparecer. Se había recortado el cabello y vestía ropa modesta. Pero limpia y aseada.

 — Buenos días. Me llamo Bernabé Maymón. Me envía Alonso Aledo con un mensaje para vos.

Mahmud había olvidado ya el nombre cristiano de su cuñado y, adormilado como estaba, tardó unos segundos en reaccionar.

—Ah sí, Alonso. Bienvenido. Yo soy  Frasua Rusé. —Se presentó exagerando el acento—   Siéntate por favor. ¿Te apetece beber algo?  Es una infusión de manzanilla con miel. — Ofreció mostrándole el vaso con gesto afable.

— Gracias. Pero me vendría mejor comer algo. No he tenido tiempo de desayunar—sugirió mientras se terciaba la ropa y tomaba asiento.

Mahmud dio una voz y segundos después subió el gañán que había conocido en la cuadra. Un crío de anchas espaldas, aspecto sucio y una generosa mata de cabello de color indefinible.

— Mi madre está ocupada preparando la comida.

— Dile que, cuando pueda, mande una jarra de leche y algo para desayunar. Ah, y si eres tú quien piensa servirnos, antes lávate las manos.

El muchacho, avergonzado, se las restregó instintivamente por los pantalones. Al poco rato regresó con la leche y un trozo de queso que dejó sobre la mesa mostrando sus manos limpias y enrojecidas. Seguramente frotadas por su madre con el esparto de abrillantar las ollas. Minutos después subió una hogaza de pan cortada por la mitad, untada con ajo y acompañada de aceitunas aromatizadas.

— ¿Tienes suficiente, amigo Bernabé?

—Sí señor, muchas gracias—reconoció mientras dejaba la jarra de leche y se metía en la boca un buen pellizco de pan con queso.

— Y bien ¿cuál es ese mensaje?

— El hombre que buscáis vivía en Baza. Y se hacía llamar Bernardo Monedero.

— Hablas en pasado ¿Acaso ha muerto?

— No lo sé. Mi padre hace años que no sabe nada de él—. Respondió mientras terminaba con la última aceituna—  Me dijo Alonso que tenéis trabajo para mí ¿necesitáis un carpintero?

—Así que en Baza— Se preguntó a sí mismo mesándose la barba sin contestar al muchacho— Si no recuerdo mal, está a unas veinte leguas de Granada  ¿Has cabalgado mucho, Bernabé?

—Bien poco, en realidad. Pero he viajado mucho en carro. Mi padre era arriero. Ahora solo nos queda una mula vieja.   

—De momento no necesito carpintero. Me interesa más tu conocimiento de los caminos. Como te he dicho, me llamo Fransua Rusé. Soy mercader y vengo de Marsella con intención de instalarme en la zona.

— El que conducía el carro era mi padre. Yo sólo le he acompañado desde muy niño.

— Si fuera necesario ¿Podrías acompañarme a mí hasta Granada?

— Creo que sí.

— Pues ya tienes trabajo—afirmó entregándole unas monedas. — Toma esto como adelanto, por si tu padre lo necesita mientras estemos fuera. De momento me encargaré de tu manutención y, según tu valía, acordaremos un sueldo. Para empezar, mañana temprano partiremos hacia Oriola.  ¿Tu mula está disponible?

— ¿Para vos? — Preguntó con gesto sorprendido— Es un animal poco digno.

— Para ti, muchacho, para ti, yo tengo mi propio caballo—Contestó mostrando una sincera sonrisa.

—Sí, claro que sí. Pero aún no sé cuál será mi cometido.

—No te preocupes—añadió con tono paternal — viajarás como mi criado y visitaremos la ciudad. Por la noche descansaremos en un hospedaje y, si todo va bien, pasado mañana estaremos de vuelta. Solo quiero hacerme una idea antes de decidir si me interesa instalarme allí.

—Contad conmigo para lo que sea menester —exclamó con gesto convencido por la barriga llena.

— ¿Conoces bien Oriola?

—  He estado allí muchas veces, acompañando a mi padre.

— Mañana al amanecer estaré abajo con mi caballo preparado. Sé puntual.

A la mañana siguiente abandonaron Elche por el camino de Oriola, cabalgando a buen paso. Con el frescor del amanecer recorrieron plácidamente las dos primeras leguas que separaban Elche de Crevillente. Y almorzaron en una venta situada en las afueras.

— Háblame de Oriola—. Sugirió Mahmud al reanudar la marcha.

—Es una ciudad muy hermosa. La capital de la Gobernación. Eso lo comprobaréis nada más entrar. Hay un edificio de piedra como no he visto otro. Un convento dominico con iglesia y colegio.

La mención a los dominicos agrió la cara de Mahmud al recordar la detención de su padre. Pero en un segundo consiguió reprimir el gesto, esbozando una falsa sonrisa.

—Y tiene una leyenda muy interesante. Dicen que antes de construirlo, los dominicos vivían en un convento muy pobre, en las afueras de la ciudad, donde enfermaban constantemente. Cuentan que, durante el reinado de Fernando el católico, la peste se cebó con Oriola. Y que quedó tan despoblada que en las calles crecía la yerba. En esas — continuó con exceso teatral— a uno de los jurados se le apareció la virgen del Socorro abogando por los predicadores. Y en cuanto el Consell los metió en la ciudad y rezaron el Rosario, la campana de la iglesia mayor tocó por sí sola y la peste cesó milagrosamente.

— ¿Y les regalaron el hermoso edificio que dices?

— No. Sólo les cedieron una modesta ermita. El convento del Socorro salió de los dineros del Patriarca  Loazes.

— ¿Y cómo sabe tanto un carpintero?

— En eso me parezco a mi padre. Me gusta escuchar y tengo buen entendimiento y memoria. El viejo se ha pasado la vida en los caminos. No sabe leer ni escribir, pero siempre tuvo curiosidad. Escuchando aquí y allá, memorizaba las historias y leyendas de cada población. Y luego me las contaba una y otra vez al pasar por ellas. Así las aprendí.

Bernabé resultó ser lo que buscaba. Un tipo locuaz, desenvuelto y de buen carácter. Capaz de amenizar el viaje con una conversación entretenida. Pero las últimas leguas se hicieron eternas. A pesar de clavar desesperadamente los talones en los costados de la mula, esta no daba más de sí.

— Está acostumbrada a tirar. No a que la monten—. Se excusó el joven.

— Si queremos viajar a Granada necesitarás una montura más joven y fuerte—. Afirmó Mahmud.

Pasado ya el mediodía el camino se internó en un hermoso palmeral del que salían tres mulas conducidas en recua por un hombre a pie. El paisaje era muy particular. Centenares de palmeras flanqueaban bancales en producción. Pegadas a la sierra despuntaban algunas casas modestas, como un arrabal en formación. Frente a ellas, espaciosas balsas aparecían rodeadas por montones de piedras de varios tamaños.

— Las balsas son para cocer el cáñamo que cultivan —. Explicó Bernabé — Y las piedras se utilizan para mantener la fibra en el fondo. Aquí, gracias a las fuentes que manan de la sierra, se mantienen decentemente un puñado de agricultores. Y también algunos artesanos que fabrican alpargatas, sogas, sacos y esteras con el producto de la cosecha. Lo malo llega en verano, cuando las aguas se pudren y los vecinos enferman por culpa de los mosquitos.

Mahmud espoleó su caballo y, apretando el paso, recorrió el último tramo que le separaba de un ensanche surcado por varias acequias con sus respectivos puentes en una especie de cruce de caminos marcado con una cruz de piedra frente a un espectacular arco de sillería.

Asentada en la margen izquierda del río Segura, la capital de la gobernación era una ciudad de más de diez mil almas en la cima de su poder. Encajonada entre el río y la peña, componía un arco abrazado al monte y coronado por un castillo del que partía una muralla que la abrazaba con varias puertas de acceso como la que estaban a punto de atravesar. Al acercarse distinguió la imagen tallada de un ángel armado con una espada sobre un escudo rodeado por dos aves.

— Es precioso ¿verdad? —Preguntó Bernabé— Tiene pocos años. Mi padre aún recuerda cuando pasaba por otro más antiguo, pegado a la sierra—explicó—. Tuvieron que desplazarlo para encajar el convento. Y fabricarlo de nuevo para que no desentonase. Con él desplazaron toda la muralla que, en línea recta, une la sierra con el río.

En el control de la puerta, Mahmud se presentó como mercader de Marsella en busca de suministros. Y el encargado, un hombre de rostro sanguino y modales toscos, les dio paso moviendo la mano sin decir una palabra al comprobar que no llevaban mercancías susceptibles de pagar impuestos.

Como Bernabé esperaba, Mahmud quedó impresionado por las dimensiones del edificio que flanqueaba la entrada a la ciudad. En realidad eran tres construcciones fundidas en una, con tres portadas independientes. La más alejada daba acceso a una iglesia y tenía albañiles trabajando subidos a un andamio de madera.

—Es el convento que os he dicho, el de los dominicos. La iglesia siempre está en obras.

— ¿Y dices que todo esto lo pagó un solo hombre? Mucho debía querer a los frailes.

 —Sobre el arzobispo Loazes, un hombre muy rico y poderoso, se cuentan varias historias. Unos dicen que tenía lepra y lo curaron los dominicos. Otros que lo hizo por el cariño que profesaba a su sobrino Joan, fraile de la Orden—. De repente bajó el tono de voz. Miró a izquierda y derecha y susurró —Dicen las malas lenguas que el tal Joan Loazes no es su sobrino; sino carne de su carne y sangre de su sangre. Un hijo nacido del pecado. Y que tuvo más.

Mahmud echó una última mirada al edificio y continuaron en línea recta por el camino embarrado que seguía el trazado de una acequia. Rebasada la zona agrícola situada frente al convento, se estrechaba flanqueado por casas modestas hasta llegar a un ensanche situado frente a otra especie de muralla mucho más antigua y ruinosa.

Sepultada por construcciones adosadas, delimitaba un amplio espacio surcado por acequias y lleno de hostales, mesones y paradores de carros. Una zona con bastante trajín de carreteros, carpinteros, herreros y cedaceros.  

— A esta puerta, aunque es más antigua que la de Callosa, le dicen la nueva—comentó Bernabe—. Tiene labrado el escudo de los Reyes Católicos. Si os fijáis, a la derecha, pegado a la sierra, hay otro arco más antiguo con letras de moros. Todo esto es la Carretería y en este establecimiento cuidarán de las monturas por un precio razonable.

A una voz de Bernabé acudió un mocoso desarrapado —. Dejadle el caballo—sugirió mientras desmontaba y le entregaba las riendas de la mula—. No tengáis cuidado, señor, es de toda confianza.  

— Muchacho — ordenó Mahmud lanzando una moneda que el gañán atrapó al vuelo— que no les falte cebada de la mejor calidad.

Mientras negociaba con el dueño la estancia y manutención de los animales, Bernabé acompañó al gañán hasta el cobertizo. Allí soltó y cargó las alforjas, comprobando que las monturas quedaban acomodadas, con agua y alimento.

—Vamos a comprobar tu conocimiento de la ciudad. Muéstrame el mejor sitio para comer. Luego buscaremos alojamiento.

Una vez rebasado el arco de la Puerta Nueva el entorno cambió notablemente. En el tramo inicial el suelo estaba empedrado dando paso a una larga calle que llamaban de la Feria, en la que muchas casas albergaban comercios y obradores en la planta baja. Entre los tejados sobresalía una torre de piedra lisa.

—Es la iglesia más importante, la flamante Catedral—indicó Bernabé—antes fue colegiata. Y mucho antes, en tiempo de moros,  la principal mezquita. Llevan siglos edificándola y reformándola.

El sólido templo, de aspecto medieval, mostraba dos enormes puertas claveteadas, enmarcadas por lo que parecía ser un arco romano. Bernabé le explico que esa era sólo una de las entradas laterales, labrada recientemente con una delicada talla que en la que destacaban las imágenes de la virgen y un ángel.

— Tiene otras dos puertas más antiguas. Podemos verlas—añadió señalando un callejón en la esquina de la torre — por aquí se llega a una especie de plazuela elevada, rodeada de gruesas cadenas. El acceso principal.

—Es todo digno de contemplar. Y tu charla, muy amena. Pero tengo un apetito atroz. Llévame rápido a donde podamos comer algo y luego escucharé con atención todas tus explicaciones.

La calle de la Feria terminaba en una plaza a la que encaminaron sus pasos observando el atareado trajinar de vendedores y clientes. Junto a ella se alzaba otro templo con una espectacular torre campanario mucho más bella que la de la iglesia mayor. Esta tenía esculturas y pináculos que estilizaban su figura ofreciendo la sensación de ser todavía más alta.

Caminó fascinado por los aromas que desprendían los puestos repletos de cosas apetecibles. Allí estaba todo lo imaginable para un hombre hambriento: hogazas de pan blanco, quesos, aceite, carnes y hortalizas. La boca se le hacía agua. Las pescaderías, además de producto fresco, ofrecían salazones y ahumados, alimentos a los que se había aficionado durante su estancia en Marsella. Decidió comprar varias hogazas de pan, una bola de queso, un buen trozo de atún ahumado y unas sardinas saladas que comieron en un lujoso mesón de la plaza, acompañadas de una hogaza de pan, caldo de gallina y gran cantidad de frutos secos.

Con el estómago lleno y las fuerzas recuperadas, continuaron caminando por la calle del Río y cruzaron una plaza formada por viejas torres que reforzaban la muralla justo donde giraba en paralelo con el río. Entre las viejas piedras distinguió una fábrica de pólvora y la forja de un herrero. Siguiendo el muro, por el malecón, llegaron hasta una enorme torre hexagonal que parecía vigilar el río en la zona en la que se ensanchaba hasta formar una playa donde yacían  amontonadas varias decenas de vigas de madera de gran tamaño.

Visión idealizada Pepe Sarabia.

Bernabé le explicó que viajaban por el río desde las sierras de la cabecera, donde se criaban frondosos bosques.  En plena conversación, el repentino tañido de una campana sobresaltó a Mahmud. Sus ecos metálicos se difuminaron río arriba, circulando por el espacio libre del cauce.

—El campanario de las Santas Justa y Rufina es el reloj de toda la huerta. Sus ecos se escuchan hasta en Castilla—afirmó Bernabé sin poder contener una sonrisa.

Al anochecer, desoyendo al muchacho que le aconsejaaba alojarse en el centro, se instalaron juntos en un modesto hospedaje en plena Carretería, el más cercano a la Puerta de Crevillente. Y es que de todo lo que había escuchado en Oriola, en la mente de Mahmud sólo resonaban las palabras: arco antiguo, letras de moros y carretería. Sabía que dormiría a escasa distancia de la casa en la que, según las indicaciones de su cuñado, vivía Yasira.

Bajó a la calle y se quedó un buen rato sentado frente al arco, contemplando a la gente que entraba y salía, hasta que todo quedó desierto y en silencio. Imaginó la posibilidad de encontrársela cara a cara y un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Qué podía decirle? ¿Qué aspecto tendría?

Cuando volvió a la habitación, Bernabé dormía plácidamente en el suelo, enroscado en una manta con las alforjas por cabecera. Instintivamente abrió la ventana y miró en dirección al arco. En la oscuridad solo pudo distinguir los terrados de multitud de viviendas modestas. Y agotado, se dejó caer en un incómodo jergón lleno de paja cubierto por una manta. La pesadez de su vientre y la sed provocada por el pescado salado no le permitieron conciliar el sueño. Las dudas le corroían. Por un lado Yasira y por otro Granada.

 ¿Era una buena idea viajar a la única ciudad en la que podía ser reconocido y acabar en presidio? ¿Qué sería de Bernabé si les detenían? Se convenció de que no habría peligro después de tantos años, logró acomodar su cuerpo al jergón y mal durmió un par de horas con una decisión tomada.  

Por la mañana, mientras se vestía, Bernabé abrió las ventanas para ventilar la habitación y por ellas penetró el trajín de las herramientas y el olor a carretería: una mezcla de serrín y estiércol.

 — Ya os dije que habían mejores hospedajes en la Plaza. Este es lugar para monturas y gañanes como yo— recalcó Bernabé señalando al exterior.

—No te preocupes, he dormido en sitios peores. Y hablando de monturas ¿Sabes dónde podemos comprar una para ti?

—Creo que sí —respondió Bernabé gratamente sorprendido— Estamos en el sitio adecuado.

—Pues démonos prisa. Te vuelves a Elche—afirmó con autoridad. El rostro alegre de Bernabé mudó en un segundo por la sorpresa, abriendo mucho los ojos.

—No sé cuáles son vuestros negocios ni lo que pretendéis de mí. Pero si no soy la persona adecuada, volveré a casa en mi propia mula.

—Confía en mí. Nos vamos a Granada. Tú sigue mis instrucciones y todo irá bien —aseguró con la mano derecha en el hombro de Bernabé como gesto afectuoso.

Desayunaron con las viandas adquiridas en la plaza. Bajaron a la calle y, sin alejarse mucho de la Carretería, encontraron a un vendedor que exponía sus animales en un cobertizo cercano los mercedarios, un convento adosado a la cara interna de la vieja muralla, adaptando una torre como campanario de la iglesia.

El tratante, un tipo de trato cordial y aspecto descuidado, les mostró media docena de ejemplares. Bernabé se fue directo hacía el más alto, una mula con las ancas redondeadas y los músculos largos y fuertes.

— Qué hermosa eres— dijo palmeándole el lomo cariñosamente.

— El chico tiene buen ojo—afirmó el vendedor. Una mula de yegua de apenas tres años. Dócil, fuerte y obediente.

—Tiene por lo menos cinco— afirmó Bernabé examinándole los dientes. Luego la arreó con suavidad y el animal se mostró sumiso, dejándose aparejar. Pero cuando quiso montarla, dio un respingo nervioso y comenzó a cabecear.

—Vamos a pasar mucho tiempo juntos y debemos empezar a conocernos—le dijo acercándose a su larga oreja, tirando hacia abajo de la brida. Mahmud sonreía escuchando la conversación con la mula mientras negociaba con el vendedor. Con un gesto le dio a entender el trato estaba cerrado y Bernabé la montó sin resistencia.

 — Parece que ha entendido quien es ahora su dueño—afirmó Mahmud— ¿Crees que con este animal llegarás a Granada?

—Por supuesto— aseguró desmontando de un ligero salto para tomarla por la brida—tiene un trote más cómodo y ligero que el de vuestro caballo. Una buena mula busca siempre dónde pisar,  y eso la hace más segura en el terreno que nos espera. Además come de todo y aguanta mejor el hambre y la sed.

— De camino a Elche vais a tener tiempo de conoceros. Vuelve y preséntate a Alonso de mi parte. Dile que todo va bien y que sigo adelante con el viaje. Luego prepara con tu padre el itinerario hasta Baza y despídete de él. Tu mula se queda aquí, nos servirá de refuerzo.

— ¿Cuándo salgo?

—El día está despejado y el camino seco. Si tu nueva amiga es tan buena como dices, esta noche podrás dormir en tu casa. El lunes a mediodía te espero aquí—concluyó entregándole un pellejo con agua y una bolsa de tela con un trozo de queso y una hogaza de pan.

VIII

Con Bernabé fuera, Mahmud inició sus pesquisas tratando de localizar la casa de Yasira. Tenía poco tiempo y necesitaba ayuda. Se le ocurrió preguntar al gañán que cuidaba de las monturas, y lo encontró en la parte de atrás del establo, en un cobertizo destinado a almacenar el alimento de los animales, echando una cabezada entre la paja. Lo sacudió con suavidad, y el muchacho se despertó asustado, incorporándose de un salto al ver la cara de Mahmud a dos palmos de la suya.

—Eh, no te asustes ¿Cómo te llamas?

— Me llamo Santiago—respondió frotándose los ojos con una mano mientras con la otra se sacudía los restos de paja, apoyando la espalda contra la pared.

—¿Me recuerdas?

—Claro que sí. Sois el forastero que llegó ayer acompañado de un criado que se ha marchado esta mañana con una mula nueva. Me disteis una moneda.

—Eso es ¿Quieres ganar alguna más?

—¿Qué puedo hacer por vos?

— Soy mercader y estoy en Oriola de paso. Busco a un comerciante ¿Conoces a un tal Martín Padilla?

—Puede ser —respondió con cautela.

Mahmud meneó la cabeza sonriendo mientras le ofrecía una moneda.

— Necesito encontrarlo. Con discreción.

—Os indicaré gustoso — contestó agarrando el dinero—pero antes debo terminar mi trabajo.

Mahmud acarició su caballo mientras Santiago llenaba de paja los pesebres con una horqueta oxidada y los bebederos con un pozal de madera. Luego se sentó impaciente en una pileta de piedra.

—Han hecho bien comprando otra montura—comentó Santiago mientras retiraba las boñigas y las almacenaba para venderlas a los agricultores— Esta tiene más primaveras que mi abuela— añadió señalando a la mula de Bernabé.

Acabada la faena caminaron juntos hasta un barrio pegado a la sierra, anexo al arco con las letras en árabe mencionado por Razín, una zona de paso con olmos y palmeras que en otro tiempo había formado parte del camino real cegado por la construcción del Colegio de Predicadores.   

Santiago señaló una vivienda de dos plantas adosada a la peña. Estaba fabricada con ladrillo cocido reforzado con piedra de alguna cantera cercana. El piso de abajo, mucho más alto que el superior, hacía las veces de almacén al que se accedía por un portón suficientemente ancho para permitir el paso de un carro. El de arriba, con entrada independiente, era la vivienda en sí.

—Esta es. No diré nada a nadie—indicó Santiago de forma escueta extendiendo la diestra. Mahmud le entregó otra moneda a cambio de su silencio y el muchacho se marchó.

Para no perder de vista la casa, pasó el resto de la tarde caminando arriba y abajo por la zona, sin detectar señales de vida en las ventanas, que permanecían con los postigos cerrados.

Se entretuvo inspeccionando una ermita cercana cuya tosca edificación sobresalía entre las viviendas.  En su interior, iluminado con velas, dos ancianas rezaban ante una sencilla cruz que presidía la capilla.

También le llamó la atención un antiquísimo torreón de piedra elevado sobre el arco. Una reliquia del pasado que intentaban mantener en pie con toscas reparaciones. Situado en su parte exterior, era el primero de un rosario que trepaba hasta el castillo, emplazado en lo más alto del monte.

Por el lado opuesto, siguiendo hacia el río, toda la muralla estaba desapareciendo como pared medianera para las construcciones adosadas a ambos lados, entre las que apenas se distinguían ya las desmochadas torres.

Al oscurecer, por miedo a llamar la atención, subió al cuarto y liquidó las últimas viandas. Tenía tiempo. Aún quedaban dos días hasta el regreso de Bernabé.

El sábado por la mañana volvió a patrullar la zona con el mismo resultado. La gente empezaba a fijarse en él y decidió que era más prudente dejar la vigilancia en manos de Santiago. Pero se llevó una grata sorpresa. A cambio de un almuerzo y otra moneda, el gañán le facilitó un dato de sumo interés: todos los domingos por la mañana, Martín y su esposa asistían a misa en la catedral.

La espera iba a ser larga. Para pasar el tiempo volvió caminando hasta la plaza y la calle del Río, siguiendo el trayecto que ya conocía. Pero esta vez se aventuró por el pasadizo de la puerta principal de la ciudad. A través del puente de piedra de un solo ojo, llegó a una plaza rodeada de comercios y talleres, en la que permanecía montado el patíbulo de una reciente ejecución.

Giró a la derecha y tropezó con un grupo de mozos en estado de embriaguez que intercambiaban insultos con las prostitutas en la calle del burdel. Cerca del lupanar giró a la izquierda, atravesando la Cantarería hasta llegar a una plazuela frente al convento de agustinos, al extremo de la ciudad.

Rebasó el muro a través de otro arco ornamentado con un escudo y la imagen de un santo acompañado por un perro, ambos labrados en piedra negra. A la izquierda partía una alameda que conectaba varios caminos. Al frente se abría una gran explanada donde estaban construyendo otro convento sobre los restos de una vieja ermita, muy cerca de una torre. Bordeó las tapias del huerto conventual y, rebasando el puente sobre una caudalosa acequia, se asomó a otra alameda que abrigaba el inicio del camino de Cartagena.

De regreso a la Carretería se acostó sin cenar y pasó otra mala noche en el maldito jergón. Todavía oscuro, sintió un agudo dolor en la espalda y decidió levantarse. A la luz de una vela se lavó concienzudamente, ocupándose de que sus ropas más discretas estuviesen presentables. Pasado un rato se vistió. Y por fin, con las primeras luces del día salió a la calle.

Al ser domingo, la Carretería estaba muy tranquila, casi desierta. Nervioso, atravesó el arco y se apostó oculto tras un olmo cercano a la casa. Tras una larga espera, el tañido de la campana de la catedral llamando a misa rompió el silencio.  Inmediatamente, el crujido del marco y el sonido de una llave en la cerradura, anunciaron la inminente salida. Cuando abrieron la puerta, su corazón se aceleró como si quisiera salir del pecho. Apareció primero un hombre muy bien vestido, con el sombrero en la mano. Era alto, moreno, de estatura media. Tras él emergió una figura vestida de negro con la cabeza cubierta por una especie de manto que le impidió reconocerla a esa distancia.  

Los siguió discretamente hasta la catedral, donde entraron por la puerta lateral, la del arco romano. Sin pensarlo dos veces penetró tras ellos y se mezcló con los feligreses ocupando un lugar en la parte de atrás. Buscó entre los presentes hasta que localizó a la mujer en un lateral del templo, con la cabeza y el rostro cubiertos, casi al estilo musulmán.

Sentía los ojos de todo el mundo clavados en su persona. Quiso acercarse más pero resultaba imposible sin llamar la atención. Así pues, decidió pasar desapercibido siguiendo activamente una ceremonia en la que fue fácil integrarse. Bastó con arrodillarse y ponerse en pie cuando los demás lo hacían, moviendo ostentosamente los labios cuando rezaban.

Pronto se dio cuenta de que, como él, todos los presentes eran actores pasivos que no entendían el latín utilizado por el cura, un tipo calvo entrado en carnes, ataviado con una ostentosa casulla bordada en oro. Muchos, situados en las capillas laterales, ni siquiera veían lo que sucedía en el altar, y andaban a lo suyo charlando entre ellos. El cansancio, la monótona voz y los aromas de la cera y el incienso, mezclados con el hedor a humanidad, acabaron sumiéndolo en una especie de letargo.

Terminada la misa, el matrimonio abandonó el templo y por fin la mujer se retiró el manto, dejándolo caer sobre los hombros. Desde lejos la contempló como si se tratase de una aparición. Su cabello, antaño negro azabache, aparecía recogido en un moño entremezclado con hebras de plata. El cuerpo que recordaba había perdido firmeza con el paso de los años. Pero era Yasira y se mostraba sonriente en compañía de su marido.

Salió tras ellos a corta distancia, con riesgo a ser descubierto. Hasta que torcieron por el único callejón que estaba empedrado, muy cerca de la Puerta Nueva. Allí los perdió de vista.

Se sentía furioso y desconcertado. Sabía que entrometerse en su vida era una peligrosa estupidez que, además, podía poner en peligro su viaje a Granada. Pero sólo pretendía hablar a solas con ella para explicarle todo lo que había pasado. Se consoló pensando que el viaje no había sido en vano. Al menos había comprobado personalmente que estaba bien. Y después de tanto tiempo, la conversación podría esperar un poco más.

El resto del domingo transcurrió muy lento. Deseaba que volviese Bernabé para salir de allí inmediatamente. Deambuló por la Carretería hasta la hora de la comida. Sin apetito, optó por sentarse en un mesón y, con ayuda de unos frutos secos, se metió dos jarras de vino entre pecho y espalda después de mucho tiempo sin probar el alcohol. Ebrio y agotado, con la moral por los suelos, volvió como pudo a su cuarto y se tumbó vestido en el suelo, sobre una manta. Por fin consiguió  entrar en un profundo sueño que esta vez, se alargó toda la noche.

El lunes por la mañana Mahmud despertó tumbado en el duro suelo con la boca seca, los ojos llenos de legañas y un fuerte dolor de cabeza. Bebió medio cántaro de agua y se tumbó a esperar en el escondite del gañán, entre la paja de la cuadra. No quería salir a la calle. En su impaciencia, empezó a imaginar que Bernabé no llegaría a tiempo. Incluso barajó la posibilidad de que no llegase nunca;  y se preguntaba por qué se había puesto en manos de un muchacho al que apenas conocía. Pero se equivocaba. El chico apareció mucho antes del mediodía.

— Me alegra mucho verte—dijo disimulando su alivio— No sabes cuánto deseo salir de aquí. ¿Has preparado el itinerario con tu padre?

—Por supuesto. Desde  Murcia, el camino a Granada está claramente marcado. Cuenta con ventas y posadas repartidas estratégicamente por todo el trayecto. Y siempre hay un albergue a la distancia apropiada para no superar una jornada de viaje sin alojamiento.  Las he dividido en tramos de aproximadamente diez leguas cada día—le explicó—.  Si todo va bien, haciendo noche en Alhama llegaremos a Lorca en dos jornadas a paso tranquilo.

— ¿Y de Lorca a Baza?

—A partir de ahí la cosa se complica—. Bernabé dudó un segundo antes de continuar, escogiendo las palabras con cuidado— Parajes desiertos, caminos convertidos en veredas pedregosas, bandidos…

— ¿Has dicho bandidos?

—Sí. Aún quedan moriscos fugitivos escondidos en la sierra. Dicen que por la noche acechan a los viajeros como alimañas.

—Pobre gente —exclamó Mahmud negando con la cabeza—acorralados y despojados de sus tierras, los hombres se vuelven animales salvajes.

—Pero no os preocupéis—añadió sorprendido por la respuesta— según mis cálculos, todos los días nos sobrarán horas de luz y evitaremos pernoctar al raso.

—Nunca he dudado de ti—mintió—¿Hay algo más que deba saber?

—Como ya he dicho, el camino suele estar muy concurrido y dispone de numerosas ventas. Pero según cuenta mi padre, muy pocas sirven comida, y a precios desorbitados. Sería mejor llevar algunas provisiones. También necesitaremos agua y ropa de abrigo.

—No perdamos tiempo. Prepara tu vieja mula, lávate un poco y salgamos a comprar lo necesario. Partimos mañana.

Sin salir de la Carretería adquirieron dos serones de esparto, varias bolsas de tela, dos odres nuevos para transportar agua, y uno más pequeño para vino. Con la mula acondicionada para la carga se dirigieron al centro. El muchacho iba detrás, tirando de las riendas.

Llegaron a la plaza pasado el mediodía;  y muchos puestos estaban ya cerrando. Aun así lograron comprar dos quesos bien curados, manzanas, aceitunas, frutos secos y varias hogazas de pan blanco. Todas las pescaderías estaban cerradas y Mahmud buscó infructuosamente el pescado en salazón que había adquirido días antes. Iba a darse por vencido cuando escuchó a un tipo que cantaba las excelencias de su producto en la calle del Río.

—Traigo las mejores sardinas del Cap Cerver. Preparadas en salazón directamente en las salinas.

No tenía mercancía a la vista. Sólo dos pequeñas barricas de madera, de las que utilizaban para transportar el pescado en conserva.

— ¿Qué guardan esas barricas? — preguntó Mahmud como quien no quiere la cosa.

—Sardinas en salazón. Soy trajinero y las traigo desde la costa para venderlas a los pescaderos. He tenido un pequeño contratiempo que me ha retrasado y, una vez pagado el impuesto de entrada, me va a tocar quedarme en Oriola hasta mañana. Si os interesa, las vendo enteras. Y si os quedáis con las dos, estoy dispuesto a hacer un precio muy especial para poder dormir en mi casa. Tengo las mulas preparadas al otro lado del puente.

—Y ¿cómo sé qué no me engañas?

—Puedo abrirlas y juzgáis vos mismo.

Cuando iba a meter una palanca para desclavar la tapadera, intervino Bernabé.

—Mejor abre la otra.

—Vaya, parece que el muchacho tampoco se fía. Debo tener aspecto de pícaro.

Desclavó la otra cuidadosamente y Mahmud acercó la nariz comprobando que eran sardinas y estaban en perfecto estado.

— Seis reales y son todas vuestras. En el puesto os hubiesen costado al menos diez.

— Esas barricas de madera pesan demasiado—replicó Bernabé—. ¿Dónde pensáis meter el resto de provisiones?

 —Te doy cuatro reales por el pescado y te quedas con las barricas.

— Cinco y es vuestro. Por menos perdería dinero aun llevándome las barricas. Es mi última oferta. Mañana puedo sacar ocho.

Mahmud aceptó el precio. Y una vez pagado, Bernabé abocó el contenido de las barricas en varias bolsas de tela, inspeccionándolo cuidadosamente durante el trasvase. — Os va a hacer falta mucha agua—bromeó mientras las alojaba en el fondo de los serones, repartiendo por encima el resto de las viandas.

De vuelta se hicieron con dos capotes de arriero en un ropero de viejo situado en la calle de la Feria: uno de paño basto con mangas y otro de sayal con aberturas laterales para sacar los brazos. Regateando, Bernabé consiguió que el precio incluyese un par de gruesas mantas de Flandes—según afirmaba el vendedor— que por su estado, bien podían haber pertenecido a las tropas del duque de Alba.

Adquiridos los bastimentos, probaron las sardinas en un mesón cercano a la Carretería, cuyo dueño aceptó tres docenas como pago por llenar el odre de vino. Y aunque no era muy tarde, agotado por el viaje y por las compras, a Bernabé apenas le quedaron fuerzas para llegar hasta el jergón. Mahmud extendió los capotes en el suelo y, hecho un ovillo, tardó poco en coger el sueño para dormir de un tirón toda la noche.

A la mañana siguiente, antes de amanecer, ensillaron las monturas, llenaron los odres de agua y probaron la resistencia de la vieja mula cargada con todos los pertrechos. Justo al salir el sol, abandonaban Oriola por un portillo abierto entre la puerta de Murcia y la impresionante torre hexagonal.

Pepe Sarabia.

A la izquierda el río fluía espeso, como arcilla líquida. A la derecha dejaron la plaza extramuros con su cruz de término y una vieja ermita al pie de la sierra. Siguiendo un carril entre casas modestas con pequeñas parcelas de huerto, atravesaron el arrabal Rojo, tropezando con una recua de mulas cargadas con leña y con un carro repleto de piedras, tirado por vacas. También con dos frailes de hábito pardo que bajaban de un convento cercano al río. Un viejo edificio apuntalado que divisaron al llegar a la explanada que ponía fin a la pendiente.  

Mahmud azuzó su montura y se puso a la altura de Bernabé.

—¿Cuántos conventos hay en Oriola?

—Conozco media docena. Pero pueden ser más. Cada vez que vuelvo han fundado uno nuevo. Este es de los más antiguos, pertenece a los franciscanos de Castilla. Pero está construido en mal sitio y siempre están metidos en obras. Creo que se equivocaron al instalarse tan cerca del Segura, a merced de sus riadas.

—No dejan de sorprenderme tus conocimientos.

—Ya os dije que tengo buena memoria. En menos de media legua pasaremos los mojones del antiguo reino de Murcia. Y si todo va bien, antes de mediodía llegaremos a la capital.

Continuará…

El barrio y la ermita de San Antonio Abad.

Apuntes para la historia del barrio de San Antón.

«San Sebastián fue francés
y San Roque peregrino,
y lo que tiene a los pies
San Antón es un cochino.»

En 1925, Julio López Maymon, deán de Cartagena en Murcia, publicó en prensa tres artículos dedicados al popular barrio de San Antón. La serie, subtitulada «rebusco tripartito», comenzaba así:

«Hace ya unos doscientos cincuenta años que Orihuela viene dedicando solemnidades religiosas y profanas a San Antonio Abad, austero cenobita que, con inspiración vigorosa, llevó a un memorable lienzo, el pincel ungido del maestro J. de Patinir.»

Empezando por la citada obra de Patinir, a lo largo del artículo encontraréis otras de la colección del Museo del Prado inspiradas en San Antonio Abad. Pinchando sobre cualquiera de ellas se accede a los cuadros con todo lujo de información y detalles.

 Las tentaciones de San Antonio Abad
Joachim Patinir. 1520-1524.

Enlace Museo del Prado.

¡Cuadro lleno de luz y de pintoresco interés, que en las almas oriolanas despierta aquella alborada risueña de la infancia!

«El 17 de enero es el día consagrado por la tradición para que la Ciudad, jubilosa y piadosa a un tiempo mismo, afirme sus festivales en el agreste paraje solitario en el resto del año, de San Antón».

Si os parece, vamos a dar un repaso al proceso histórico que dio lugar a su formación.

La Partida de las Fuentes

Vista aérea de San Antón

En la segunda mitad del siglo XVI,  más allá de la flamante puerta de Callosa, se estaba gestando lentamente una especie de nuevo arrabal “fora del Portal, damunt lo cami que va a la Font Cuberta de ves la penya del castell”.

En «la lladera de la serra de Oriolet» creció tímidamente a base de nuevas viviendas emplazadas a lo largo del camino real que daba acceso a Orihuela a través de la “Font Cuberta”, un paraje singular dotado de varias fuentes particulares y un conjunto de «fons de la ciutat al peu de la serra del castell».

Palmeras d´Oriola (1890)
Ralph Püttner.
En Revista Ilustración Catalana. 

La proximidad de los predicadores y la posibilidad de utilizar el agua de la sierra para regar y llenar las «balsas de cocer linos y cáñamo», atrajo a determinados pobladores con ciertas necesidades profesionales. Esta circunstancia comenzó a forjar una identidad propia marcada principalmente por el espacio físico.

El denominado azarbe de las Fuentes conducía las aguas residuales de dichas fuentes al Segura desde tiempo inmemorial. Hasta que los regantes consiguieron que se mudase el desagüe por un nuevo cauce que las llevaba al azarbe de Abanilla.

La obra, mal ejecutada, acabó en un fiasco de agua empantanada, un peligroso almarjal que obligó a prohibir temporalmente el uso de las balsas de cocer linos y cáñamos.

El palmeral anegado.
Foto Ajomalba

La reapertura del azarbe con las balsas clausuradas provocó el abandono de las tareas de limpieza y conservación; las famosas mondas. El almarjal tardó poco en extenderse de nuevo por la toda zona hasta convertirse en un «entorno pernicioso para la salud humana».

La cosa se puso todavía más fea en 1642, cuando fallecieron media docena de dominicos del vecino Colegio de Predicadores.

Estudiado el problema, los expertos lo achacaron a las avenidas de la rambla de Benferri, agravadas por el abandono de las mondas del mencionado azarbe de las Fuentes durante varios años.

Sin actividad laboral, los propietarios preferían perder sus tierras, antes que hacerse cargo de una limpieza que resultaba más cara que hacer un cauce nuevo. Sin otra alternativa, el Consell se hizo cargo de la obra amparado en el beneficio público. Pero aquello solo fue un parche temporal. Durante la mortífera peste de 1648 la ciudad volvió a intervenir en la zona como medida profiláctica, desecando todos los almarjales.

Dos años después, un nuevo cauce de una media legua, abocaba las aguas de nuevo en el río. Las balsas volvieron a funcionar y, en 1651, se dictaron los estatutos ordenando que las mondas del nuevo azarbe se iniciasen todos los años a primeros de agosto.

Era sólo era una victoria temporal. La salubridad de la zona llevó a la ciudad de cabeza durante siglos.  Si os interesa el tema, tratado puntualmente por Ojeda Nieto, David Bernabé Gil tiene un excelente trabajo monográfico sobre los almarjales que os dejo en la bibliografía.

Azarbe de las Fuentes.

La segunda mitad del siglo XVII fue crucial para la consolidación y desarrollo del nuevo barrio. Se cumplía un siglo desde que los dominicos se apropiaron de parte del camino real, sellando el Ravalete.

Con las aguas encauzadas mejoró notablemente la salubridad del paraje; y los nuevos aires del palmeral animaron al Cabildo de la Catedral para comprar una finca de recreo al pie de la sierra.

El Cabildo y la ermita de San Antonio Abad.

San Antonio Abad en un paisaje.
Fray Juan Bautista Maino. 1612-1614.
Enlace Museo del Prado.

Montesinos afirma que en el siglo XVI ya había en esos terrenos una ermita dedicada a San Antonio Abad; cuando Orihuela pertenecía a la diócesis de Cartagena. Y que desapareció dos años antes de conseguir el Obispado.

López Maymón, que tuvo la posibilidad de «rebuscar» en el archivo diocesano, no menciona esa primitiva fundación; pero dice lo siguiente:

«Desde remota antigüedad poseía el Cabildo Catedral por haberse desamortizado, el perímetro del terreno comprendido entre el Monte Oriolet y el Castillo. Aunque la fecha se ignora, se sabe fijamente, que en el término apuntado camino en arriba, partido de las Fuentes se edificó una casa; que andando el tiempo, y como veremos vino en ruinas, que han desaparecido sin que quede de ellas más vestigios que las notas escritas…»

Siguiendo con las notas del deán, en agosto de 1657, los canónigos compraron a Luis García Espejo, dos balsas con una casa y fuentes de agua viva; con sus tendedores y tierras incultas. La parcela estaba situada entre el monte Oriolet y el Castillo, en el camino en arriba, partido de las Fuentes. El notario fue Francisco Muñoz (1643-1674); y el precio fue de 300 libras.

En junio de 1660 decidieron aliñar la casa adquirida y buscar un inquilino dispuesto a habitarla, aunque fuese de balde. Pero era muy mal momento. La crisis demográfica producida por la peste había dejado demasiados solares libres en el casco urbano para fijarse en aquel paraje solitario. Alejado de la ciudad y rodeado de balsas para cocer el cáñamo, el barrio seguía sin ser especialmente atractivo.

En tiempos difíciles, de epidemias y plagas, la protección de un santo era fundamental para la mentalidad de la época. Si las enfermedades eran consideradas como castigos divinos; resultaba razonable buscar un intercesor cualificado; un santo taumaturgo de reconocido prestigio profiláctico. Por otro lado y como ya hemos dicho muchas veces, la erección de un edificio religioso aportaba prestigio y seguridad a la zona.

El 15 de enero del año de 1665, siendo obispo de Orihuela (1660-1665), el dominico Fray Acacio March de Velasco, el Cabildo de la Catedral dio licencia y permiso a Ginés Sánchez, alpargatero y a otros devotos, para edificar una Ermita en honor a Antonio Abad, santo eremita, taumaturgo y sanador; la advocación oportuna para el barrio.

San Antonio Abad y San Pablo.
Diego de Velázquez.
Enlace Museo del Prado.

En este caso Montesinos coincide con el deán. Además da los nombres de los primeros mayordomos, encargados de levantar el edificio:

«Ginés Sanches, Espardañer; Jayme Basques, ¿Algecer?; Juan Montesinos, Labrador; Juan Pérez, ¿Calero?; y Marcos Pérez, Labrador; todos vecinos de la presente Ciudad de Orihuela.»

A los canónigos les pareció bien la propuesta; y para tal menester les cedieron la casa y solar que tenían hacia el camino de arriba.

“Sin que sea visto con esto hacer daño en los extendedores de los “brinos” (fibras) de las balsas, ni en la casa y picaderos, aunque sea con los árboles que allí planten, y reservándose el Cabildo, la superintendencia, patronato y demás derechos que le compiten por ser dentro del término de la Parroquia”.

Ermita de San Antón.

Ginés y compañía hicieron acto de obligación y reconocimiento, quedando la ermita superditada a la parroquia del Salvador. El 24 de mayo les concedieron permiso para postular limosnas. Las cantidades recogidas, destinadas a edificar la ermita, estaban controladas por el Racionero Sr. Roca.

Tenemos una nota de 1667, localizada por Ojeda Nieto, en la que Alonso Cebrían carretero de bueyes y Miguel Palomares, ambos de Oriola se comprometían a entregar a Ginés Sánchez, alpargatero, 150 carretadas de piedra para edificar la ermita de San Antonio Abad, que tiene a su cargo en la partida de las fuentes.

“Alonso Sebrian, carreter de bous y Miquel Palomares, de Oriola. Prometen y se obliguen donar y entregar a Gines Sanches espardener … e al que tendrá a carrech el fer y edificar la hermita del Sr. Sant Antoni Abat, que esta al pnt fabricant prop les fonts de la pnt Çiutat -150- carretades de pedra pera la dita fabrica de dita hermita.”

San Antonio Abad
Francisco Rizi, 1665.
Enlace Museo del Prado.

López Maymón sólo afirma que la primera misa del día de San Antonio Abad se cantó en enero de 1671. Montesinos acota la construcción entre los años 1666 y 1668; y la bendición el 15 de enero de ese mismo año. Según este cronista, la cosa fue más o menos así:

«Concluyeron la aseada, hermosa aunque mediana Hermita en 12 de Enero del año 1668, la cual bien adornada fue bendecida en 15 de los mismos por el Sr. Dr. D. Bartholome Fernandez, Cura de la Santa Iglesia Catedral con asistencia de muchos fieles devotos; a la noche siguiente, Víspera del Glorioso San Antonio, se iluminó toda la Hermita exterior e interior, hasta los vecinos árboles se colgaron de bombas (…) a la tarde hubo fiesta, Carrera de caballos, y a la noche iluminación y salidas de Fuegos artificiales. Fue nombrado Capellán por el Muy Ilustre Cabildo, para la custodia de esta Hermita D. Miguel Ruiz…»

Bendecida año arriba, año abajo, la obra no estaba ni mucho menos acabada. Además, al tiempo que la ermita, fabricaron junto a ella una vivienda para el ermitaño (o reformaron la vieja casa que venía en las escrituras).

Llamado también santero, su tarea consistía en recoger las limosnas y dirigir las cuadrillas de mozos que, por Navidad, postulaban con el estandarte del santo por la ciudad, el campo y la huerta.

Otro dato que aporta Montesinos y omite López Maymón, es la solicitud del gremio de alpargateros, guiteros (cordeleros) y paleros, que tenían sede en el convento de la Trinidad, para hacerse cargo del cuidado del culto de la ermita y de la celebración de la fiesta. La nota la reprodujo «El Social», en enero de 1909:

«En 1671, el gremio de alpargateros, guiteros y paleros se estableció en la capilla de San Antonio Abad, con la obligación de celebrar la fiesta anual el 17 de Enero. De esta fecha data la celebración de la tradicional romería que tiene lugar todos los años el día del Santo, o el domingo inmediato, en las cercanías de la ermita de San Antón».

Ermita de San Antón.
José Antonio Ruiz Peñalver.

Siguiendo con las notas del deán, la construcción de casa y ermita se mantuvo muchos años. En 1682 se autorizó al Sacriste López Escobar para vender un cáliz a un platero; invirtiendo el producto en las obras de la ermita. El 4 de enero de 1683 destinaron a la obra otras 15 libras procedentes de las ventas de unas crismeras y un cáliz con pie de bronce (las crismeras las compró el obispo).

La ermita del «glorioso senct Antoni Abad», culminada a finales del XVII, creó la conciencia de barrio y le procuró el nombre que hoy conocemos: Barrio de San Antonio Abad; o sencillamente, San Antón.

Al ser considerada como capilla de la Iglesia Catedral, sin perjuicio de la jurisdicción ordinaria, el Cabildo quedó al cuidado de que no faltase el culto al Santo; nombrando los ministros necesarios para controlar la actuación de los mayordomos y del santero, encargado del mantenimiento y administración del edificio.

A principios del siglo XVIII ya se predicaba en la ermita con la solemnidad adecuada; y los obispos de Orihuela, antes de hacer su entrada oficial en la ciudad, descansaban en la casa anexa a la ermita. Montesinos documenta esta costumbre ya en el siglo XVII:

«Cabildo, 4 de noviembre de 1666. Decreverunt: Que los gastos que estarán así en los coches, lo que se dona a los cocheros, como lo que será menester para adornar la casa de las Fonts y fer el altar en la Portanova pera el día de la Entrada del Señor Bisbe, lo pague la Mayordomía.»

La fecha se corresponde con la llegada del obispo José Berges (1666-1678), el sucesor del que había autorizado la fundación de la ermita.

Ermita y casa de San Antón.
José Antonio Ruiz Peñalver.

López Maymón, contando cómo el Cabildo designaba a los suyos para recibir al nuevo obispo en la casa de San Antón, ofrece un listado de los canónigos receptores con su correspondiente prelado. Su lista empieza en el año 1714:

«En 9 de Agosto de 1714, los canónigos Ruiz y Villafranca para el obispo don José de Espejo y Cisneros; en 28 de Febrero de 1718, al mencionado Ruiz para el Obispo Rodríguez de Castelblanco; en 7 de Julio de 1738, al sacrista Ordoñez Villaquirant (futuro marqués de Arneva) para el Obispo Gómez de Terán; en 19 Abril de 1761, a Monecal para el Obispo don Pedro Albornoz y Tapia; en 14 de Septiembre de 1767, a Santa Cruz y Vélez para el Obispo don José Tormo; en 22 de Marzo 1792, al canónigo Balaguer para el Obispo Despuig Dameto; y así sucesivamente hasta nuestros días».

Crónica del nuevo obispo en San Antón.

En este apartado me limitaré a transcribir la crónica de la llegada de Ramón Plaza Blanco, publicada en «El obrero» el 18 de noviembre de 1913. Ilustrándola con fotografías de prelados posteriores.

«Por la tarde, por el camino que conduce a la ermita de San Antón se hace difícil el paso; pues la aglomeración de gente es enorme y el número de almas incalculable».

Obispo Goldáraz en San Antón
Antonio Ballester Vidal

«A las tres y media llegó el Ilustrísimo Sr. obispo a la citada ermita en automóvil, acompañado por varios canónigos de la Catedral. Le recibieron el Ayuntamiento y otros canónigos, encargándose de darle la bienvenida el magistral de la Catedral, quien con párrafos elocuentes, elogió la conducta del nuevo prelado. En la ermita recibió a algunas personas.»

Obispo Barrachina en San Antón
Antonio Ballester Vidal

«A las tres y cincuenta minutos se dispuso que partiera la comitiva para Orihuela y al salir el Sr. obispo por la puerta de la casa del cura de la ermita, el fotógrafo rogó a S.I. que se detuviera un poco, para hacer funcionar su aparato».

Obispo Barrachina en San Antón
Antonio Ballester Vidal

«Acto seguido se organizó el cortejo en esta forma: Rompía la marcha la banda municipal de esta Ciudad, detrás los cuatros maceros del Ayuntamiento, de gala y montados a caballos; seguidamente, el Iltmo. Señor Obispo montado en una mula, dándole escolta montados a caballo los concejales de este Ayuntamiento

Obispo Goldáraz en San Antón
Antonio Ballester Vidal

«Detrás en carruaje, el diputado por este distrito, Sr Ruiz Valarino, el Alcalde accidental y varios Concejales en carruaje; y una multitud enorme de gente que aclamaba al nuevo prelado; a lo cual contestaba el obispo con bendiciones.»

Obispo Goldáraz en San Antón
Antonio Ballester Vidal

San Antonio Abad y los antonianos.

Dice el deán que, en enero de 1728, surgieron las primeras pendencias y discusiones entre los mayordomos de San Antón; y que el Cabildo designó al canónigo Juan Timor (el que tiene la calle frente a la plaza de la Anunciación) para que pusiera orden; siendo este el primer nombramiento oficial de un canónigo con carácter de comisario.

San Antonio Abad.
Luis Tristán, siglo XVII.
Enlace Museo del Prado.

En 8 de marzo del año del Señor de 1734, el canónigo Maestre leyó al Cabildo un memorial del Abad del convento de San Antonio Abad de Valencia, solicitando permiso para fundar una cocina de su orden en la ermita de San Antón de Orihuela.

La orden de San Antonio Abad, instalada extramuros de la ciudad desde el siglo XIV, era muy popular entre los valencianos. Su condición de hospitalarios los hacía óptimos para regentar un establecimiento en el camino de Orihuela; cuidando al mismo tiempo de la ermita. Pero si hacemos caso a Montesinos, el Cabildo se resistió cuanto pudo a la ocupación.

«8 de Enero de 1735; Decreverunt: Que cometan a los Señores Chambre y Arcediano, y que vean cómo componer el que los Religiosos de San Antonio Abad, no se entrometan ni ocupen la Hermita de esta Ciudad.»

Añade el famoso cronista, que los padres de Valencia tuvieron que entrar en litigio y que el obispo, amante de la paz y opuesto a pleitos, les amparó en la posesión de la ermita.

López Maymón zanja el tema de la forma más sencilla, afirmando que el Cabildo consultó con el obispo José Flores Osorio (1728-1738), y la respuesta fue favorable.

Sea como fuere, en 1736, los Padres Antonianos de Valencia montaron uno de sus establecimientos en la casa contigua a la ermita, a cosa de medio cuarto de legua de Oriola, en las faldas del monte Oriolet.

Joseph Montesinos les dedica un capítulo que «refiere en él la ilustre fundación del Heremitorio Hospicio de San Antonio Abad, de Religiosos Hospitalarios del Fuego-Sacro, que magestuoso resplandecía extramuros de Orihuela.»

Armas de los padres de San Antonio Abad. Compendio Histórico Oriolano Tomo 7 cap. 1.
Joseph Montesinos.

El citado capítulo es muy extenso; pero como es habitual en Montesinos, hay que escarbar mucha paja para obtener algún dato sustancioso. Por desgracia, y a decir de López Maymón, hay poca información documental de su estancia en Orihuela.

La Orden de los Hermanos Hospitalarios de San Antonio, también conocidos como Antonianos, se fundó en la Edad Media para cuidar a los que sufrían el llamado “fuego sacro”.

Las tentaciones de San Antonio Abad.
El Bosco. 1510 – 1515. 
Enlace Museo del Prado.

El también llamado “fuego de San Antonio” producía fiebres muy altas, alucinaciones, epilepsia y necrosis de las extremidades. Esta enfermedad solía atacar a los pobres que comían pan elaborado con harina de centeno almacenado en malas condiciones y contaminado con un hongo llamado cornezuelo. Los síntomas se asociaron a las alucinaciones que sufrió el santo cuando era tentado por el demonio en el desierto.

San Antonio Abad se representa habitualmente como un anciano barbudo con un cerdo a los pies. El significado del animal que le acompaña se ha tergiversado con el paso del tiempo. Considerado animal impuro por las tres religiones monoteístas, un cerdo a los pies del santo representaba su triunfo sobre la impureza y sobre la carne.

Indultado por los cristianos, el cerdo terminó siendo el animal que se mataba públicamente en una sangrienta fiesta a la que se invitaba a todos los vecinos para demostrarles (a ellos y al inquisidor de turno) que en la familia no habían moros ni judíos.

San Antonio Abad.
Joan Reixach, 1450-1460.
Enlace Museo del Prado.

Pero no cambiemos de tema. Fundada la orden de los Antonianos, la Tau, el cerdo, los Evangelios, el fuego y las campanillas quedaron fijados como símbolos de Antonio Abad, el santo sanador y protector del ganado.

Instalados en el camino de Santiago, la hermandad hospitalaria ganó fama entre los enfermos del «fuego sacro o de San Antón», que acudían en peregrinación obteniendo gran porcentaje de curas.

Exceptuando los casos graves, en los que los antonianos amputaban los miembros necrosados, la explicación del prodigio es bastante sencilla: después de la larga caminata depuradora sin probar harina contaminada, el enfermo peregrino recibía una alimentación sana, buen pan, vino y alguna carne de cerdo. Caminata de vuelta y a casa como una rosa.

Ruinas del Monasterio de San Antonio Abad. Castrojeriz. Ruta Jacobea.

Según López Maymón, no hay constancia de la fecha exacta de su llegada a Orihuela; pero a principios de 1737 el cabildo certificó tener ocupada la ermita y su territorio por la comunidad religiosa de frailes legos o ermitaños de San Antonio Abad. Y en octubre de ese mismo año se concretó la escritura con el abad de Valencia.

Montesinos es más preciso, situando la llegada el 7 de diciembre de 1736. En dicho día, llegaron de Valencia tres frailes ejemplares de conocido celo y virtud religiosa, tomando posesión del eremitorio y hospicio con las advocaciones de San Antonio Abad y Santa Bárbara, Virgen y Mártir (no sé si tendrá relación con la vecina fábrica de tratamiento de salitre para la obtención de pólvora).

A esta reducida plantilla se unieron tres religiosos legos y un cura encargado de confesar y predicar. Instalados los antonianos en su nuevo hospicio, ampliaron la obra. He hecho un resumen con la larga descripción de Montesinos, excluyendo la iglesia con todas sus alhajas y ornamentos.

Tentaciones de San Antonio Abad.
David Teniers, 1647. 

Enlace Museo del Prado.

El eremitorio y hospicio de San Antonio Abad, estaba en el Paseo de las Alamedas de San Antón; o de la fuentes blandas, «llamadas así por la benignidad de sus pocas aguas frías en verano, y calientes en el invierno, en tanto grado, que arrojan de sí humo espeso”. Alrededor de la ermita sólo habían plantaciones, el salitre antes mencionado y las pocas casas que llamaban el Nuevo Barrio de San Antón.

Para acceder a la ermita se subía a una plazuela de sesenta y ocho palmos, a través de doce escalones de piedra negra jabalina. En dicha plazuela, adornada con palmeras, se encontraba el Hospicio a la izquierda y la Iglesia a la derecha, en su mismo piso. Y se subía a la portería por seis escalones de piedra negra.

Tau en la ermita de San Antón.
Manuel Rodríguez.

Todo el frontis exterior era muy blanco y hermoso, con un primoroso «relax de Sol». La portería era aseada, con sus poyos y dos magníficos aljibes que, una vez llenos, podían abastecer la casa por dos años. Contaban con sala de profundis, refectorio, cocina, despensa, balcón de hierro, alcobas, salas de estudio, granero y bodega.  Más un parador con cuadras, caballerizas, gallinero, palomar, cochineras y conejeras.

El deán solo añade que las relaciones entre frailes y canónigos fueron cordiales y que en abril de 1752, el superior se llamaba Fray José Berenguer, personaje dibujado por Montesinos en su obra.

Ermita de San Antón Orihuela.
Manuel Rodríguez.

Entre las limosnas en especie que buscaban la protección del santo, una de las más rentables para los antonianos eran los cerditos. Donados por los fieles, les cortaban el rabo, las orejas, y les colgaban una campanilla al cuello para ser fácilmente identificados. Convertidos de esta guisa en «cerdos de San Antón», los soltaban para que la Providencia (léase los sufridos vecinos) se encargase de su alimentación.

Una vez engordados podían venderlos, sacrificarlos para obtener la carne, o la opción más rentable: sortearlos el día de la fiesta.

Para el comedido Montesinos, muy respetuoso en el tratamiento a los religiosos, los frailes valencianos abusaban de la buena fe de los vecinos de San Antón, recaudando muchas limosnas en el barrio oriolano que acababan en las arcas de «la casa grande de San Antonio», en Valencia.

«Se sorteaba a las seis de la tarde un “serdo gordo y grande”, del valor de unos 25 o 30 pesos; del que sacarían sobre 200 (…) Los cerdos que ellos llamaban de San Antón, llevaban cortadas las orejas y el rabo por divisa; en esto tenían una ganancia soberbia, pues los criaban sin costarles un maravedí, a costa de los innumerables daños que causaban en las haciendas de los vecinos; y porque eran de los frailes, habían de callar. Lo cierto es que era una de las mayores estafas que se han visto en estos tiempos.»

Dibujo de Joseph Montesinos.

Siendo obispo Joseph Tormo, tras casi medio siglo en Orihuela, los antonianos dejaron la ermita y la casa de San Antón. Su orden quedó extinguida por bula papal de Pío VI, el 24 de agosto de 1787, a instancias del rey Carlos III.

«Deberán reunirse en pocas casas los Sacerdotes en forma de Comunidad bajo la autoridad del Ordinario con la facultad de hacer tránsito a otra Orden el que quisiere, quedando los Legos en plena libertad de tomar el estado conveniente; acudiendo a dichos religiosos en estas comunidades reunidas con el vestido, sustento y demás necesario, cumpliendo los Sacerdotes las cargas de las fundaciones mientras permanecen en las casas como sacerdotes seculares, sin otra insignias externa de su Orden…»

El establecimiento volvió a manos del Cabildo; y el santero o ermitaño, a la casa contigua. Como recuerdo, quedó el curioso sistema de financiación de los antonianos, antecedente de la famosa rifa que, según López Maymón, se viene celebrando en beneficio de la ermita desde 1840 hasta hoy.

A principios de 1792, ya de vuelta a su función de simple ermita, el Cabildo detectó algunas deficiencias en la administración de las limosnas por parte del santero; y creó el nuevo oficio de superintendente; un canónigo elegido para inspeccionar, administrar y cuidar todo lo referente a la ermita de San Antonio Abad.

Ermita de San Antón. Orihuela
Fotografía Francisco Luis Galiano Moreno

El propio Cabildo se preocupó de mantenerla con decencia, costeando algunas reparaciones; como la que tuvo lugar en 1793 por importe de 46 libras y 4 sueldos. También se encargaron de que a los vecinos no les faltase la misa todos los domingos y días festivos.

La última noticia aportada por el deán referente al siglo XVIII es el nombramiento del capellán de la ermita en 1797: el religioso Fray Vicente Sancho.

El fuerte de San Fernando y la Q.B.

Plano de Orihuela, 1811.
Ampliación Batería de San Fernando.

En los diferentes planos confeccionados durante la Guerra de la Independencia a principios del siglo XIX, se nombra de diferentes formas un mismo baluarte: “Batería de Fernando VII”, “Batería de San Fernando y finca de parapeto que apoya en la montaña”, “Batería avanzada en la punta de la saeta para defender las avenidas del Camino de Valencia y el de Callosa”.

También se menciona otra muy cercana, en el “Palomaret”, dominándola en altura. Es la que está en la peña, sobre el patio de Santo Domingo, con un Sagrado Corazón en la actualidad.

En el «Plan de Fortificación de la Ciudad de Orihuela y su Castillo», de 1811, obra de Antonio Benavides, brigadier del III Ejército acuartelado en Orihuela, se detalla la cortina defensiva entre San Fernando y la Sierra; protegiendo la posible retirada de San Antón y ofendiendo más de cerca al enemigo si intentaba pasar por los puestos del Oriolet. Tanto preparativo no sirvió de nada. Los franceses se marcharon sin que la guerra llegase a Orihuela.

Colección Javier Sánchez Portas.

En el verano de 1848, casi cuatro décadas después de su construcción, el Ayuntamiento estudiaba la forma de conservar la Batería o Fuerte de San Fernando; próxima al paraje de San Antón, en la barrera del Colegio. Pretendían evitar la lenta demolición que estaba sufriendo utilizada como estercolero.

Los munícipes tuvieron en cuenta los muchos gastos que podría ocasionar su reparación, dado el estado en que se encontraba. Pero deseaban conservarlo como “memoria del entusiasmo de este Pueblo en la Guerra de la Independencia, cuando se construyó”. Picados en el amor patrio, acordaron poner todos los medios necesarios para su reparación; ya fuese por cuenta del común, o cediéndola a cualquier propietario que se comprometiese a rehabilitar el histórico edificio. Un brindis al sol.

En la primera mitad del siglo XIX, el palmeral seguía ocupado por varias fincas dedicadas a la explotación agrícola y a la industria del cáñamo. Dos siglos después, las balsas de cocer seguían molestando a la población.

Para obtener la fibra, el cáñamo necesitaba “fermentar” sumergido en agua. Las balsas se llenaban por la mitad; y para evitar que flotase la planta, colocaban encima pesadas piedras. El agua estancada seguía siendo foco de mosquitos y enfermedades.

El Ayuntamiento prohibió primero la cocción en balsas durante los meses de verano. También exigió que los vertidos de su vaciado no acabasen en los acueductos de los que se tomaba agua para beber.

 Balsa de cocer cáñamo.
Archivo José A. Latorre.

En agosto de 1848, se estudió la posibilidad de comprar las balsas por “los perjuicios que ocasionan a la salud pública y los grandes beneficios que resultarían al vecindario (inutilizadas), aprovechando las aguas en baños a que por su virtudes pueden ser aplicables, formar un lavadero bastante capaz y cómodo para todas las estaciones y por ultimo distribuyendolas en el riego de las tierras del partido del Escorratel que tan escasa se halla por la altura, pudiendo enajenarse su dotación entre los dueños de aquellas y lo cual rendiría necesariamente recursos suficientes para reintegrar los desembolsos que ocasione su adquisición y aumentando anualmente los fondos comunes.

En febrero de 1854, el Fuerte de San Fernando estaba completamente arruinado y las aguas de su foso estaban estancadas con riesgo de corromperse. Como suele pasar en este pueblo, seis años después de prometer su restauración a toda costa, el edificio estaba en estado terminal.

En el verano de 1859, el flamante obispo Pedro María Cubero, decidió construir a sus propias expensas unos lavaderos públicos situados en terreno de aprovechamiento común, en el Barrio de San Antón.

Pedro María Cubero y López de Padilla
(Doña Mencía, 1810-Orihuela, 1881)
Obispo de Orihuela

«Al haberse ausentado muchas personas acomodadas por temor del cólera morbo que nos aflige… Que para remediar este mal y deseoso de la mejora material de esta Ciudad había creído conveniente construir a sus propias expensas una fábrica que cubra los lavaderos públicos situados en terreno de aprovechamiento común en el Barrio de S. Antón».

Al año siguiente, apoyado por los regantes del Escorratel, compró tierras y seis balsas de maceración para ser destruidas; utilizando las aguas para riegos, lavaderos y baños. La finca, una de las que componían el palmeral pasó a llamarse La QB (de Cubero). Nombre rotulado en la fachada de su famosa casa de labor construida en la década de 1860.

La Q. B.
Archivo Pedro de Vicente

En 1868, el prelado ofreció mejorar y ensanchar la zona de acceso cediendo terreno junto al lavadero. El maestro municipal, Manuel García, acompañado de la comisión de Ornato, marcó la línea de casas existentes en la parte opuesta, dejando una calle de nueve metros con ochenta centímetros para facilitar el tránsito, aún en días de gran concurrencia.

La Q. B.
Archivo Pedro de Vicente

En cuanto al fuerte, el Ayuntamiento adoptó la solución de siempre: sin fondos para la reconstrucción, aprobaron demolerlo y utilizar sus escombros para rellenar el foso; dejando la explanada que antiguamente había. Los escombros restantes, pagarían los gastos de demolición.

La Q. B.
Colección Celia Senén.

Por motivos que desconozco el acuerdo no se llevó a cabo; pues a comienzos de 1873, Atanasio García Cubero, sobrino del obispo, se quejaba del espolón que formaba el baluarte, obstruyendo el paso en el camino a la ermita de San Antón. Solicitaba demolerlo, visto su mal estado, y utilizar la piedra obtenida (seguramente para mejorar el edificio de la Q.B.).

En 1880 el Fuerte de San Fernando, contiguo a la pared del huerto de los dominicos, fue demolido. El obispo Cubero falleció un año después, quedando la propiedad de la Q.B. en manos de su sobrino, Atanasio García Cubero, quien ya la administraba anteriormente.

La Q. B.
Archivo Pedro de Vicente

En cuanto a los terrenos resultantes del derribo del fuerte, pasaron a una nueva sociedad, formalizada en 1893 con el nombre de “La Luz”. Era el emplazamiento que buscaban para instalar sus generadores, alimentados por combustible. Atanasio, alcalde por esas fechas, apalabró el solar por 7000 pesetas con el presidente de la mercantil, Diego Roca de Togores.

Huerto del Colegio de Santo Domingo.
Al fondo la Fábrica de la Luz.
J. David photography, París. (1.901).
Colección Jesús R. Tejuelo.

En abril de 1894, las notas municipales dejan constancia de que la fábrica de la luz estaba ya instalada en el sitio de la Batería de San Fernando, en San Antón. Cumplida esta función, fue donado gratuitamente al Ayuntamiento en noviembre de 1927, por la sociedad Eléctrica Wandosell. Para saber más de la fábrica de la luz, pinchad la siguiente imagen.

Fábrica de insecticidas Q.I.S.A.
Enlace al artículo

La primera intención municipal, fue convertirlo en Cuartel de la Guardia Civil; pero no hubo fondos. Acabada la Guerra Civil, pasó por las manos de las monjas dominicas en una permuta municipal. Luego se convirtió en la fábrica de insecticidas QUISA (Química Insecticida Sociedad Anónima).

Su última función, mucho más lúdica, fue albergar la discoteca “Momentos” tras una profunda reforma. Demolida en los años noventa, el terreno fue absorbido por el vecino colegio en una polémica cesión municipal.

En cuanto a la finca de Cubero, con su impresionante edificio historicista, en el verano de 1898 se anunciaba como baños públicos en la prensa local:

«Nuestro respetable amigo y suscriptor D. Atanasio García Cubero, ha instalado en su finca, la Q B, situada frente a la fábrica de la luz eléctrica, un establecimiento balneario que reúne inmejorables condiciones, según verán nuestros lectores en el anuncio.»

«BAÑOS DE LA Q B. Quedarán abiertos al público desde el día 1° de julio del presente año 1898 en la finca «La Q. B.» con las aguas alumbradas por el renombrado médico D. Carlos Bianchi, en el rincón de San Antón, a los precios siguientes: Un baño en balsa de familia y pequeña, 0,75 cénts; por abono de nueve, 6 pesetas.  Un baño y ducha 1’25; por abono de nueve 10 pesetas. Los baños medicinales pagarán además lo que cuesten los ingredientes que se empleen. No se darán ninguna clase de ducha ni prepararán baños medicinales sin previa autorización de un facultativo. Los baños estarán abiertos desde la salida del sol hasta las diez de la noche. No se dará ningún baño sin la entrega del billete, que se expenderán Hostales 30 y en la finca «La Q. B.». El establecimiento pondrá carruaje a domicilio a 0’25 cénts., por asiento, ida y vuelta.»

La Q. B.
Archivo Pedro de Vicente
La Q. B.
Colección Javier Sánchez Portas.

También albergó una fábrica de cáñamo como podemos comprobar en el siguiente anuncio. Después de la Guerra Civil, la Q.B. pertenecía a Carolina García Murphy, hija de Atanasio.

Gracias a la escritura sabemos que la Q. B. estaba compuesta por treinta y seis tahúllas de tierra en blanco «aguirnaldadas» con palmeras. Con casa, cuadra, balsa de cocer cáñamo, noria, casilla, salón dedicado al baño y un lavadero, que por aquellas fechas ya estaba semirruinoso.

Contaba con riego del Azarbe de las Fuentes, por medio de acenia y aprovechamiento del agua que nacía de un manantial situado en media tahúlla que lindaba con la sierra, en el camino de San Antón, cerca de la tapia del colegio que fue convento de dominicos.

La Q. B.
Archivo Pedro de Vicente

Demolido el edificio y convertido el solar en plaza de la QB, en marzo de 1987 se colocó un busto fundido en bronce conmemorando el 45 aniversario de la muerte de Miguel Hernández.

Archivo La Verdad

Dos apuntes más del siglo XIX: En 1878, el Ayuntamiento estudiaba plantar una alameda en San Antón, buscando el sitio más adecuado para llevarla a cabo y poder hacer en ella el mercado de ganado.

En septiembre de 1890, una sociedad murciana adquirió el molino de vapor sito en el paseo de San Antón. Comenzaron moliendo pimentón; pero la sociedad, dotada de gran capital como sucursal de una fábrica establecida en Murcia, se proponía surtir de harinas a toda Orihuela y a los pueblos de la Vega. José Luciano Botá, en representación de León Marín Baldó (vecino de Murcia) solicitó construir en terreno de su propiedad, junto al citado molino, un pabellón adosado de planta baja y un piso; con fachada lateral en dirección al muro de cerramiento del huerto de Santo  Domingo.

El Balneario de San Antón.

Grabado del balneario en todo su esplendor.
Diario Orcelitano
Julio de 1904

«Al salir de Orihuela por la antigua puerta de Santo Domingo, dejando a la izquierda el monumental edificio que fue Universidad, se entra, doblando a la izquierda, en la carretera, de Alicante, que bordea en unos doscientos metros el antiguo fuerte de San Fernando, a cuyo final, girando otra vez a la izquierda, por delante de la fábrica de electricidad “La Luz”, se llega a la calle única de la barriada de San Antón, doblada en ángulo recto, cuyo vértice mira al Suroeste, y cuyos lados, el más corto es de 70 metros y el más largo de unos doscientos metros hasta la ermita de San Antón, se extienden por delante y a unos 6 u 8 metros de la sierra del Castillo, levantándose entre ésta y este lado del ángulo que forma la calle, principal y como al medio de la misma, el edificio de los Baños de San Antón, con una distancia total de Orihuela de 350 metros.»

«Esta situación tan ventajosa del rico venero de las aguas minero-medicinales proporciona al establecimiento fresca y amplia sombra que le da la sierra del castillo, situada a su espalda, desde las primeras horas de la tarde en el estío, estación en la que casi siempre reina la suave brisa del Levante. Por estas razones el camino de los baños conviértese en paseo todas las tardes, por resultar un agradable sitio de recreo el «Balneario» separado de la carretera de Alicante por extensos bosques de palmeras.»

Palmeral y baños de San Antón.
Clisé de Pablo Correu y Cama
Gentileza de Esteban Sanmartín Alonso

El texto anterior es obra del médico y escritor Justo Lafuente Esquer. Forma parte de un lujoso panfleto publicitario del balneario de San Antón, un establecimiento que revolucionó el barrio durante varios años.

Al mismo tiempo que Atanasio García abría los baños de la Q. B., los hermanos Antonio y Alberto Iborra Martínez proyectaban algo más ambicioso: un auténtico y moderno balneario de aguas medicinales.

La primera noticia de carácter municipal data del verano de 1899, cuando solicitaron al Ayuntamiento utilizar unos terrenos del común en San Antón, junto a los Baños de Hombres. Pretendían plantar unos eucaliptos a dos metros de la fachada.

«Lindando con el edificio que han construido en la Barriada de S. Antón para balneario, existe un trozo de terreno de unos setenta metros de largo por doce de ancho, al parecer, perteneciente al común de los vecinos (…) en cuyos terrenos se depositan inmundicias y materias orgánicas en descomposición que producen malos olores de que se resienta la salud pública, ofreciendo además a la vista del espectador un aspecto repugnante; y con el objeto de hacer desaparecer aquel foco de infección y hermosear en lo posible tan ameno sitio y a fin de evitar que en lo sucesivo se depositen aquellas inmundicias solicitan de la Exma. Corporación se sirva concederles a perpetuidad el mencionado trozo de terreno para llevar a efecto la mejora  que tratan de realizar en aquel sitio.»

La comisión de ornato recomendó la cesión. Consideraban la obra digna de elogio. En su informe explican que los hermanos Iborra quieren hacer un muro para cercar el terreno solicitado y convertirlo en un paseo dotado de eucaliptos y otros árboles,«para solaz y esparcimiento del público en general y de los bañistas en particular En la transformación de la parcela eliminaron también dos pequeñas balsas para curtir pieles.

Como ya he dicho, el proyecto era más ambicioso que unos simples baños. El concepto balneario era una notable innovación con fines curativos y profilácticos. El avance de los análisis químicos en el siglo XIX permitía conocer la composición de las aguas y, según sus características, recomendarlas para los problemas respiratorios, reumatismos, molestias gastrointestinales, enfermedades venéreas, afecciones de la piel…

«El Oriol», mayo de 1900: «Adelantan los trabajos que los hermanos Sres. Iborra están haciendo en el balneario de San Antón. Consisten estos en una amplia galería que de acceso a un baño-piscina para señoras. Es de aplaudir el empeño en que por servir a su numerosa clientela, muestran dichos señores. Mucha suerte.»

Para ayudar en el proyecto de mejora del barrio, el Ayuntamiento enviaba las ruinas de los derribos que se producían en la ciudad al camino de San Antón; pasando posteriormente «el rulo municipal». A los vecinos les pareció muy bien esta disposición; pero pidieron que la ruina no cayese dentro de sus propiedades, linderas con el camino, pues les causaba graves daños.

El Palmeral de Orihuela

«El Oriol, agosto de 1900: «El balneario de San Antón se ve cada vez más concurrido y los triunfos de sus aguas en las afecciones de la piel y reumatismos son cada día más patentes. Enhorabuena a los propietarios, Sres. Iborra Hermanos.»

«La Comarca», agosto de 1903: «Cada día aumenta el número de bañistas que acuden a probar los beneficios de las salutíferas aguas del balneario de San Antón. Dada la proximidad de dicho establecimiento, y de lo agradable que por aquellos sitios se hace un paseo, éste sigue concurridísimo por las tardes. De los pueblos cercanos acuden sin número de carruajes conduciendo bañistas.»

El balneario como tratamiento médico dio paso al baño como práctica de ocio en verano por puro placer. Los Iborra jugaban con los dos palos; aunque el asunto medicinal siempre fue el principal aliciente. Estas noticias publicitarias son todas de de 1904:

«Los Sres. Iborra han instalado tinas especiales destinadas únicamente para los señores que quieran bañarse por recreo, estando aparte las que utilizan los enfermos. Esta medida ha de resultarles muy beneficiosa.»

Las «tinas» del Balneario.
Colección Javier Sánchez Portas

«Nuestros estimados amigos los señores Iborra, dueños del balneario de San Antón, no omiten gasto ni sacrificio de ninguna clase para dar todo género de facilidades y beneficios al público que favorece diariamente su bien montado establecimiento. Dichas ventajas consisten en la rebaja que han hecho en la tarifa de precios de los baños de pila, ducha, balsa y demás servicios, lo cual hará que aumente el número de bañistas.»

«Desde el día 1º del presente mes de abril se halla abierto al público el establecimiento balneario de S. Antón de los señores Iborra hermanos. En el poco tiempo que se hallan funcionando en esta temporada estos baños, ya han realizado sus aguas tres curas maravillosas. Tres pacientes que sufrían enfermedades secretas y a los que prescribieron las antedichas aguas los facultativos D. Pedro Villalba, de Murcia, y D. Francisco Giménez, de Santomera, han marchado a sus respectivos pueblos completamente buenos.»

San Antón se había puesto de moda y la prensa no paraba de elogiar y publicitar el balneario como si se tratase de un fenómeno internacional.

«Indolentemente reclinado sobre la falda de la sierra en la que asoman sus negras bocas abandonadas minas, hállase el establecimiento balneario de aguas medicinales de S. Antón. La Naturaleza, parece que colocó expresamente en aquel sitió pintoresco, el manantial de agua curativa, para que los pacientes a la vez que con ellas encuentran la salud del cuerpo, recreen la vista con las delicias del paisaje y absortos en su contemplación, olviden por un momento sus dolores.»

El Palmeral desde el Balneario.
Colección Javier Sánchez Portas
.

«Enfrente del establecimiento y al otro lado de la carretera que hay junto a la puerta, se extiende un espeso palmeral cercado. Los vientos suaves imprimen movimientos ondulantes y voluptuosos a las verdes palmas. A la izquierda y sobre una eminencia breve y respaldada por la sierra, levántase la pequeña pero blanca ermita de S. Antón.»

«A la derecha, la prolongación de la carretera que a la ciudad conduce orillada de modestas casitas y al extremo de ellas, el edificio fábrica de luz eléctrica con su chimenea en cuya boca asoma negro penacho de humo, en la hora de encender las enormes calderas. A la espalda, la montaña que semeja ciclópea pantalla que mitiga los ardores del sol de julio. A la puerta del balneario, numerosos agüistas de ambos sexos, charlan de todo, en tanto esperan se desocupe la marmórea pila en donde han de bañarse, o la ducha, o el vaporario, que han de utilizar.»

«Y este grupo, a medida que la tarde va declinando, aumenta con nuevos bañistas que llegan en numerosos carruajes o a pie, polvorientos y sudorosos, con la piel lustrosa por la transpiración, pero que al breve rato salen de los espaciosos cuartos donde se dan la ablución cotidiana, remozados, confortados y refrescados.»

«Como la nombrada curativa de aquellas aguas ha corrido en alas de la fama en vertiginosa carrera, toda la península Ibérica, y el extranjero, no es extraño, escuchar pronunciación catalana, gallega, andaluza, vascongada, valenciana etc.»

«Entre los que frecuentan el establecimiento sí que también se oye alguno que otro extranjero que chapurrea nuestro idioma para expresar en él sus ideas, y es de notar, que cuantos visitan esos baños, y toman sus aguas, a los pocos días se deshacen en elogios de sus propiedades medicinales y de la rapidez con que sienten aliviarse sus dolencias los que las sufren. Dice el refrán, que cada uno habla de la feria, según le va en ella, pero a los que toman las aguas de los baños de San Antón, a todos les va bien, y bien hablan de ellos cuantos la prueban.»

«Como que además de la virtud de curar, la temperatura del agua de los baños de los señores Iborra hermanos, tal y como sale del abundante manantial, es agradabilísima en la actual estación, son numerosísimas las personas que concurren a tomar baños de placer y en este concepto, aún resulta más agradable el estar en aquel ameno lugar, porque los encantos de la naturaleza, son realzados y en no pocas ocasiones eclipsados por la belleza de nuestras paisanas.»

«Los baños de San Antón, serán con el tiempo a no dudarlo, (y ya empiezan a serlo) un elemento de riqueza para Orihuela; por eso los oriolanos debemos de mirarlos con atención y cariño y procurar en cuanto sea posible y esté de nuestra parte ayudar a sus propietarios, para que los constantes sacrificios que realizan no sean (que no lo serán) infructuosos y pueda esta ciudad llegar a ser una estación balnearia, como las más importantes de España, ya que para ello se cuenta con los necesarios elementos.»

Baños de San Antón

En poco tiempo, el balneario de San Antón estaba consiguiendo en el barrio, un efecto parecido al que en su tiempo produjo la ermita. Así lo afirma el siguiente artículo, además de proporcionarnos una descripción de las instalaciones :

«Recordamos lo que era hace pocos años la barriada de San Antón: unas cuantas casas feas, de paredes derruidas, oscuras, estrechas, insalubres, donde se albergaban pobres gentes, desafiando toda clase de enfermedades. Después, en una de aquellas casas, junto a la falda de la montaña, se descubrió un manantial; se formó una balsa, cuyo primer poseedor la destinó a baños.»

«El agua brotaba de los peñascos en abundancia, clara, fresca, convidando en los calurosos días del estío a disfrutar de ellas, mitigando las molestias que nos causa la temperatura en la presente época, pero nada más.  ¿Quién había de decir que dichas aguas llevaban en sus componentes la salud, además, para muchos que buscan el remedio a sus males?  Y así pasó el tiempo: todos los años acudían allí las gentes, que no pueden permitirse otros lujos, y por una insignificante remuneración al dueño, entraban en la destartalada y viejísima casa, donde se refrescaban en la estrecha balsa.»

«El edificio lo formaban cinco piezas reducidísimas: una salita de descanso rodeada de puertecillas, que conducían a las tinas; a la izquierda de la entrada otra puertecilla donde se veía la herrumbrosa bomba, de que se valían para extraer el agua de la balsa general y llevarla a los aparatos de calefacción y de allí a las tinas; después la balsa o manantial resguardado por una baranda de hierro pintado de encarnado y como final, al fondo, un pasadizo con media docena de cuartos para desnudarse.»

«Esto era antes el hoy balneario de San Antón. Se notó al principio que muchos bañistas de los que tomaban por recreo aquellas aguas y que bien padecían del estómago y del bazo, úlceras varicosas y tórpidas etc. etc. notaban extraordinario y notable alivio en sus padecimientos a los pocos días de estar yendo allí. Mas luego se realizaron curas asombrosas en enfermedades de las vías urinarias, venéreas y sífilis.»

«La ciencia comprobó después por medio de detenido análisis, la virtud medicinal de aquellas aguas. Hoy aquella barriada se ha transformado. Los antiguos y modestísimos baños son un balneario con todas las exigencias, con todas las comodidades modernas que puedan encontrarse en los más renombrados de España.  Hermosa y espaciosísima balsa para baños de recreo, pilas de mármol para enfermos y para los que no estándolo quieran bañarse en agua templada, vaporarios, sala de duchas, pulverizadores, etc.»

«El paisaje donde está situado el edificio, ofrece agradable perspectiva. Se levanta en la falda oriental del monte, en cuya cumbre se conservan las ruinas del antiguo castillo romano, guardián de la vieja Orihuela.»

«La puerta del balneario está sombreada por una fila de árboles, que se extienden gran trecho, y al frente, el palmeral, hermoso bosque de palmeras. Puede irse allí sólo por disfrutar del panorama sentado a la puerta, así, a la caída de la tarde, cuando corre la brisa deliciosa embalsamada por los tomillos y florecillas del monte.»

«El balneario de San Antón tiene ya conseguida su fama: pero aún necesita más, necesita que nadie ignore, que sus aguas son extraordinariamente medicinales. Yo por mi parte, pienso nadar allí, sin calabazas.»

La cima del éxito y la fama internacional llegó en 1906 :

«Una importante casa francesa, la de Mr. Benoit, ha tomado en arriendo, por tres años, a los Sres. Iborra Hermanos, el balneario situado extramuros de esta población. Las aguas medicinales de dichos baños, son ya muy conocidas por su virtud contra las enfermedades venéreas y de la piel. Mr. Benoit piensa introducir en el Balneario de San Antón, importantísimas reformas: y hacer al mismo tiempo una propaganda activísima de dichas aguas. Orihuela está de enhorabuena.»

Balneario y manantial de San Antón.
Etiqueta destinada a Francia y Argelia.
Impreso por Pichot (París).

«Se ha presentado en el Gobierno civil de esta provincia una instancia suscrita por don Antonio y D. Alberto Iborra Martínez, solicitando obtener la declaración de utilidad pública de las aguas medicinales del balneario de San Antón, pidiendo también permiso para vender dicha agua embotellada.»

«El Gobierno acaba de reconocer por medio de una real orden la utilidad pública de estas aguas por sus asombrosas virtudes curativas. Orihuela pues cuenta con un balneario que no tardará mucho en proporcionar pingües ganancias a la industria y al comercio orcelitanos.»

«Los baños de San Antón situados extramuros de esta ciudad, acaban de ser declarados de utilidad pública por medio de una real orden. La noticia, como hijos de Orihuela que somos, nos complace mucho. Aquellos baños mal encerrados en un viejo y ruinoso casetón antes, se han convertido ahora en hermoso y bien servido balneario, adorno de aquel sitio amenísimo. La constancia y los desvelos de los hermanos Iborra han tenido su recompensa. Orihuela, dotada, de un clima delicioso y de una vega fecundísima, cuenta con una riqueza más para repartir entre los humildes laboriosos.»

En 1907 se reconocían unánimemente el trabajo de los hermanos Iborra, que habían convertido los antiguos baños de San Antón en un excelente balneario a la altura de los más renombrados de España. Como prueba de la categoría del barrio, en febrero de ese mismo año, el Ayuntamiento aprobó que en el llamado “Barrio de San Antón”, desde la fábrica de la luz eléctrica hasta a la ermita del santo, se titulase calle de San Antonio Abad.

Si antes he comparado la función regeneradora del balneario con la de la ermita en otro tiempo, las facultades curativas de sus aguas, a decir de los periódicos y los científicos de la época, tampoco tenían nada que envidiar al pan bendito del propio San Antonio Abad. Leed si no este increíble artículo publicado en mayo de 1911:

«EL BALNEARIO DE SAN ANTÓN. A pocos pasos de la hermosa ciudad que baña el Segura, y al pie de la sierra del castillo; existe desde tiempo inmemorial un manantial de agua de paladar ligeramente salino, al que los habitantes de la comarca atribuían propiedades extraordinarias para la curación de determinadas enfermedades.»

«Su fama, cada día más creciente, pregonada en todos los tonos por los que en dichas aguas no solo habían encontrado alivio a sus dolencias, sino completa curación, movieron a sus propietarios a aclarar las propiedades medicinales de aquellas; y prestando así un gran servicio a la humanidad doliente, y sin titubear en el éxito de la empresa, remitieron hace poco tiempo al eminente y químico y sabio profesor de la Facultad de Medicina de París doctor Pouchet, y  previas las necesarias precauciones de lacrado, taponamiento y lavado, cantidad suficiente de aguas, para verificar análisis detallados y concienzudos.

«Practicados estos, el éxito ha sido maravilloso, pues entre los elementos reconocidos «cualitativamente», se ha encontrado el mercurio y también el ácido azótico, arsénico, litio, manganeso y boro, con exclusión absoluta de cobre.»

«Este resultado, y la presencia del «radium» en cantidad suficiente para ejercer su acción terapéutica,  demuestra de modo elocuente, que las aguas minero-medicinales de San Antón, pertenecen a las cloruro sódicas, bicarbonatadas magnésicas y bicarbonatadas sódicas, de maravillosos resultados para la completa y radical curación de la sífilis, cuyo micro organismo productor, destruyen completamente,  y de gran influencia por su notable poder antiséptico en las dermatopatías de origen infeccioso y en los efectos catarrales endometríticos por su acción sobre los gonococos y en todas las afecciones del aparato digestivo y catarros intestinales, por lo que sin incurrir en exageraciones debemos proclamar como “únicas aguas mercuriales en el mundo” a las mineromedicinales de San Antón de Orihuela.»

«Tan excelente resultado que supera todas las esperanzas concebidas, ha sacado de su inacción a los propietarios del manantial, quienes han construido un sólido y confortable edificio-balneario, con todas las dependencias propias de esta clase de establecimientos, y tratan por todos los medios de darlo a conocer al público, a cuyo efecto tino de estos días pondrán en circulación y profusamente, un elegante y bien escrito folleto, que contiene entre otros detalles verdaderamente útiles, referentes al balneario, la opinión de gran número de médicos notables que relatan infinidad de casos, en que enfermos desahuciados por la ciencia, han encontrado su completa curación, usando en baños, lavado y bebida, — según los casos — las prodigiosas aguas mercuriales de San Antón.»  

«La eficacia de dichas aguas para la curación radical de las enfermedades de la piel, ha sido comprobada hace muy pocos días por uno de nuestros redactores,  que encontrándose en Orihuela padeciendo hacía tres meses, de una granulación infecciosa espantosa en cuello, piernas y brazos, que le impedía todo movimiento, consiguió su restablecimiento total, con sólo aplicar a las partes doloridas, durante tres días, algodones empapados con aquellas aguas.»  

«Este caso y muchísimos más notables y de gran resonancia, que continuamente se consiguen, y que en Orihuela y pueblos inmediatos, son del dominio público, nos mueven a recomendar a nuestros lectores con todo interés las aguas de San Antón, en la seguridad de que aquellos que padezcan enfermedades de las indicadas, y acudan al repetido Balneario, nos agradecerán haber leído estos mal hilvanados renglones, que son débil demostración de gratitud de un paciente, que a las aguas mercuriales de San Antón debe su actual y excelente estado de salud.»

Balneario y manantial de San Antón.
Etiqueta nacional

La propaganda era brutal. Aquellos jóvenes emprendedores (Antonio Iborra no había cumplido diecisiete años cuando arrancó el balneario) habían montado seguro y lucrativo negocio para ellos y una fuente de riqueza para el barrio y la ciudad.

De los hermanos Iborra Martínez, Antonio se casó con Elisa Lidón Ballesta en febrero de 1912. Dos años después falleció Alberto, en octubre de 1914, víctima de rápida y traidora enfermedad. Tenía cuarenta y nueve años.

La publicidad de la década de 1920 seguía recomendando aquellas aguas para curarlo casi todo «las enfermedades del estómago, el herpetismo, los infartos del hígado y del bazo, las úlceras varicosas y tórpidas, los catarros crónicos, y otras enfermedades que exigían el empleo de mercurio

Como nota curiosa citar que, en enero de 1919, el propio Joaquín Sorolla comió en los Baños de San Antón por cuenta del Ayuntamiento cuando visitó Orihuela. Os dejo un enlace al artículo que narra dicha visita.

Enlace a crónica de la visita de Sorolla.

Los años pasaron; las modas y los gustos cambiaron. Mediados los años veinte, coincidiendo con la Dictadura de Primo de Rivera, la gente de posibles buscaba el ocio, el sol y los baños de placer en la costa.

El balneario de San Antón volvió a su función de simples baños al alcance de la gente humilde. Antonio, concejal y teniente alcalde de Orihuela, falleció en mayo de 1930, con sólo cuarenta y ocho años.

Parece ser que las propiedades salutíferas del manantial, solo funcionaron con su viuda, Elisa Lidón, quien vivió muchos años más regentando las instalaciones como «baños de San Antón» hasta los años cincuenta.

La fiesta romería de San Antón.

El Pueblo
Edición N. P. Jesús

Como en todas las ermitas, una vez popularizado el santo, la ciudad acabó acudiendo en romería a pedir sus favores una vez al año, durante su fiesta. Erradicado el “fuego de San Antón”, las virtudes del santo eremita pasaron de medicina a veterinaria; encargado de proteger y sanar a los animales.

Vamos a conocer la fiesta de San Antonio Abad dos épocas diferentes; con dos siglos de diferencia. Montesinos la describe así en el siglo XVIII, cuando estaban los antonianos:

«Todos los años se celebraba la Fiesta del Sto. Patriarca Antonio en su propio día 17 de enero por la ¿Reverenda? corta Comunidad, con asistencia del Clero de la Catedral; todo a sus expensas y de innumerables devotos que llevaban muchas ofertas de cera, aceite, harina, cerdos pequeños y dinero. Misa Mayor, que celebraba un Cura teniente, y Sermón Histórico Panegírico. A la tarde había fiesta con la música de la Cathedral…»

Romería de San Antón en 1907.
Archivo ABC

«En dicho día se sorteaba a las seis de la tarde un “serdo gordo y grande”, del valor de unos 25 o 30 pesos; del que sacarían sobre 200. En todo su recinto, por mañana y tarde, se celebraba “porrate” general (porrat: feria celebrada bajo la advocación de un santo en su ermita o santuario) en el que se vendían todas las cosas imaginables, al más delicado gusto, como eran turrones, confituras, blancos, perniles, longanizas, dátiles, uvas, cardos, naranjas, garbanzos, avellanas; había besamanos, paseo público, carreras de caballos muy bien enjaezados y compuestos; y sobre tres mil personas que concurrían a tan plausible función, a tomar el Pan bendito y a adorar la Sagrada Reliquia del Santo Glorioso, a cuyo eremitorio llevaban los molineros, arrieros y labradores sus bestias; y les daban tres vueltas por su derredor y comían el pan bendito…»

Esta otra crónica es de principios del siglo XX:

«Luciendo el sol a ratos se celebra la romería a la ermita de San Antón. Un gentío inmenso desfila por aquellos alrededores. Los confiteros y los dueños de carruajes de alquiler hacen su agosto en pleno enero. De los pueblos de la comarca viene bastante concurrencia».

Romería de San Antón a principios del siglo XX.

«Por la mañana dan las caballerías las tres vueltas de costumbre al santuario, después de las cuales los jinetes adquieren rollos del Santo. En las laderas del monte, numerosas familias cantan, corren y se divierten aguardando la hora de comer la clásica paella, guisada al aire libre y condimentada con las más honestas y efusivas expansiones de la alegría».

«Abajo, entre una doble fila de confiteros bien provistos de las bolas de rigor, de vendedores de dátiles, torraos, turrón de panizo y otras golosinas, avanzan los labriegos, quienes después de visitar al Santo, ponen sus cédulas para la rifa del cerdo».

«A primera hora de la tarde suena el acelerado tintineo de los carruajes de alquiler que llegan rebosantes de gente de la ciudad. La banda municipal se sitúa en la puerta de la ermita, ejecutando bonitas composiciones de su repertorio. Pasa la tarde entre música y paseos. Romeros de toda edad y categoría entregan a sus Julietas, como simbólica muestra de adhesión y constancia, las pesadas de bolas».

Romería de San Antón a principios del siglo XX. Colección Antonio Miravete.

«San Antón, las cinco y con sol, dice el refrán; y hasta las cinco no comienza el rápido desfile. Cuando el sol se pone, pliegan sus tenderetes todos los vendedores, recogen las mercancías sobrantes (que han de servir en la fiesta de San Sebastián)».

«Muchas familias pasan el día de gira en el monte y las casas de comidas que por allí cerca se establecen tienen buena venta. Al oscurecer, nadie queda en las cercanías de la Ermita, salvo un corto número de curiosos que asiste a la extracción de la cédula premiada en la rifa del cerdo. Esa es a grandes rasgos la Romería de San Antón».

Por último, vamos a terminar como empezamos, con Julio López Maymón, hablando de la romería y de la rifa, en 1925:

«Es en verdad un acontecimiento oriolano la romería del 17 de Enero, todos los años a San Antón. La Ciudad se traslada, vestida de fiesta al indicado paraje, tan triste y solitario de ordinario; allí se rinde culto a la piedad visitando la Ermita; a la tradición, apuntando la «séula», en las muchas mesas instaladas al efecto; a la costumbre comprando la pesá en los puestos, que en larga fila se extiende, dibujando el camino ligeramente encuestado, que conduce a la explanada llena de gente jubilosa.»

Romería de San Antón.
Juan Fenoll Villegas.

«Antiguamente,  junto al vallado del huerto de palmeras, vecino de la Q. B, se congregaban los carruajes y troncos de lujo. La huerta, indumentada con el vestido típico, con la «ropica» sacada del arca de madera blanca que huele a peros, concurría a oír la Misa que canta la Parroquia del Salvador y el sermón donde se predican las gloriosas «hazañerías» del Santo Cenobita; y después a que las caballerías reciban la bendición y que coman los rollicos mezclados con los piensos.»

«Cuadro de tonos de luz y ráfagas de vida. Acervo de recuerdos de edades y de seres. Día de transformaciones se oye Misa como si fuese día dominical; no se trabaja… cual si estuviésemos en Domingo…; y hasta en la casa más pobre, el yantar es típico… ha de ser; así… el arroz y costra… y las bolas… y el palmito… y el turrón de «paniso» y el de alegría….»

Programa de Fiestas 1985.
San Antón
.

«La rifa dio comienzo en el año 1840, o sea hace ochenta y cinco años; era superintendente don Tomás Veas, Racionero. Con los ingresos se blanqueó la fachada del edificio, se compusieron ornamentos sagrados y otras mejoras; sobraron 436 reales y 21 céntimos que se invirtieron en celebrar Misas al fuero de dos pesetas con cincuenta, céntimos…»

«Todos hemos puesto y seguimos poniendo nuestra «seula al cochino»; no puede concebirse esta fiesta sin esta rifa. La suerte adjudica al puerco, y con lo que rinde el ingreso de ella descontando gastos, se atiende al culto del santo y a la conservación de la casa célebre del santero, y hospedería de los frailes, y hoy habitación del Capellán, y departamento oficial para el señor de San Antón».

La cerda de San Antón.
Manuel Rodríguez.

«Rogar a Orihuela, que siga como hasta aquí, prestando su concurso a esta fiesta tradicional; que el culto a las costumbres de nuestros padres, a las tradiciones de nuestros mayores, es el culto santo a la Patria chica.»

Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba)

Un servidor, mi hermana
y mi prima, en San Antón

Bibliografía: «De la Fiesta de San Antón», rebusco tripartito de Julio López Maymón (1925); «Orihuela imaginada, la ciudad en los siglos XVI y XVII» de José Ojeda Nieto; «Compendio Histórico Oriolano» de Joseph Montesinos. «Insalubridad y bonificaciones de almarjales en el Bajo Segura antes de las Pías Fundaciones de Belluga», de David Bernabé Gil.

Archivo Municipal de Orihuela, Libros de Actas; Archivo Histórico de Orihuela, Protocolos; Biblioteca Virtual de Prensa Histórica: El Pueblo, El Oriol, El Diario de Orihuela, El Oriolano, La Comarca, La Crónica, El Día, La Huerta, El Diario Orcelitano, El Social, El Obrero.

Mi agradecimiento a José María Penalva y a José Manuel Dayas.

El horno de Santa Matilde y la mina Virgen del Carmen

José Antonio Ruiz Peñalver.

La Sociedad Virgen del Carmen y el horno de Santa Matilde

Vamos a comenzar con la primera noticia que he localizado en la prensa alicantina relativa a la sociedad minera “Virgen del Carmen”; cuyo nombre proviene de la mina que pretendían explotar en Orihuela. Aparece en noviembre de 1886:

«La Sociedad Minera de Azogue «Virgen del Carmen», celebra reunión el día 24 del corriente; y cita además de sus socios, a los señores que gusten concurrir a dicha reunión que tendrá lugar a las tres de la tarde en el domicilio de D. Ramón Castellanos, calle San Fernando núm. 6

En el verano de 1887, esta vez en prensa alcoyana, se anunciaba la puesta en marcha de un horno en Orihuela para la quema de mercurio; nombrado también como azogue, sustantivo tradicional derivado del árabe «az-zawq».

Víctor Sarabia Grau.

«Según tenemos entendido, el espíritu minero va cada día tomando más incremento en nuestra provincia, pudiendo asegurar a los que se dedican al comercio de minerales, que dentro de breves días tendremos el gusto de ver montado en la mina «Virgen del Carmen» en Orihuela un horno para la quema de mineral de mercurio conocido vulgarmente por azogue. Tanto es así que hoy día se cotizan las acciones de dicha mina al precio de 1.600 pesetas; por nuestra parte felicitamos la actividad de la sociedad «Virgen del Carmen».»

En la sesión del Ayuntamiento de Orihuela celebrada el 20 de octubre de 1887, Domingo Maciá Torres, vecino de Alicante, solicitó la necesaria licencia para instalar un horno de calcinación de mineral de mercurio en terrenos de propios; en el sitio denominado San Antón, muy cerca de la mina «Virgen del Carmen».

José Antonio Ruiz Peñalver.

En la  sesión de fecha 24 de noviembre de 1887, la comisión de Obras públicas dio el visto bueno y la corporación concedió la autorización necesaria para construir uno o más edificios destinados a almacenes de mineral y hornos para la calcinación en los terrenos de la mina; entendiéndose que la concesión quedaba bajo la fórmula de «sin perjuicio de tercero y salvo mejor derecho».

Como hemos citado al principio, la sociedad “Virgen del Carmen” estaba formada en su mayoría por alicantinos; sólo dos oriolanos formaban parte de la misma: el citado Domingo Maciá y Mariano Correa Bas, ambos residentes en Alicante.

Víctor Sarabia Grau

“La mina es, si no padecemos error, la que tuvieron en exploración hace ya bastante tiempo los Sres. de Soto; y aún se conservan junto a la hacienda del Sr. Marqués de Lacy, restos del antiguo horno de calcinación.” (Esa hacienda de Salvador de Lacy, sirvió como patio de recreo del primer colegio de Jesús María en Orihuela).

El tal Mariano Correa, registró también quince «pertenencias» en la sierra titulada de «El Castillo». El edicto minero llegó a la Alcaldía de Orihuela en enero de 1888; y al citado registro le pusieron el nombre de «Elvira».

Las «pertenencias mineras» eran autorizaciones oficiales para la exploración y explotación de los minerales o rocas contenidos en el suelo o subsuelo; sin necesidad de ser dueños de la tierra en superficie.

José Antonio Ruiz Peñalver.

El lunes 5 de marzo de 1888 se inauguró un horno de calcinación de cinabrio compuesto por una docena de aludeles. Estos hornos separaban el mercurio del azufre calentándolo hasta conseguir un «vapor de azogue», que se transformaba en mercurio líquido al enfriarlo en las cañerías de barro.

Eran conocidos como hornos de Bustamante en recuerdo de Juan Alonso de Bustamante, un personaje del siglo XVII que importó el sistema desde las colonias americanas a las minas de Almadén.

Plano horno sistema Bustamante.

El acto de inauguración, considerado de gran importancia para la ciudad, quiso ser además una manifestación de simpatía entre Alicante y Orihuela, «ciudades tenidas erróneamente por algún tiempo como poco afectas».

«La solemnidad con que la sociedad minera ha querido revestir aquel suceso y lo apacible del día, dieron por resultado el que la numerosa concurrencia que asistió a San Antón presenciara un acto tanto más brillante cuanto que los individuos que componen la asociación son en su mayoría humildes hijos del trabajo.»

Bendición e inauguración:

«Poco después de las diez dio principio la ceremonia de la bendición que llevó a efecto el M. I. Sr. Canónigo Arcipreste y provisor de la Diócesis Dr. D. Ramón Belló, ante un altar levantado provisionalmente junto a la fachada principal de la casa de operarios. Este acto religioso que fue breve y se redujo al rezo de las oraciones de rúbrica, terminó imponiendo al nuevo horno la denominación de «Santa Matilde». Acto seguido se dio fuego al combustible previamente depositado en el hogar quedando con esto verificada la inauguración.»

Eneas Di Valentino

El lunch.

«Después de visitar los invitados todas las obras realizadas en la demarcación de la mina, pasaron a la referida casa de operarios donde se les obsequió con un espléndido lunch. En el acto reinó la mayor animación y el más indescriptible entusiasmo, sobre todo, al escanciar el champagne en la copas, momento en que empezaron los brindis.»

El evento reunió a multitud de personalidades y todos quisieron tomar la palabra. El antiguo senador y diputado Sr. Herrero manifestó su afecto a Orihuela; el Sr. Maseres, director de “La Crónica” brindó por la sociedad minera y por su prosperidad; el Sr. Sevilla director de «La Unión Democrática» de Alicante, pronunció un elocuente brindis por Orihuela y Alicante, negando la presunta rivalidad entre ciudades hermanas.

El representante de “El Diario”, Leoncio Lafuente, brindó por la sociedad minera, por la prensa alicantina y por el ilustre patricio orcelitano Manuel Roca de Togores;  quien con su presencia en aquella fiesta del trabajo demostraba una vez más su acendrado amor al progreso y engrandecimiento de Orihuela.

José Antonio Ruiz Peñalver.

Hablaron el Sr. Pérez, presidente de la Sociedad y Ramón Castellanos, secretario de la misma. Vicente Rodríguez brindó por la sociedad minera y por el ilustre Cabildo Eclesiástico representado por Ramón Belló; el Sr. Roca de Togores por todo lo que revelase un adelanto para Orihuela; el Sr. López Durana (este sombrerero alicantino estaba en todos los fregados), por la fraternidad de los pueblos de Alicante y Orihuela y por la prensa de ambas ciudades. Por último, el Sr. Giménez, en representación del Ayuntamiento oriolano, pronunció un breve discurso reasumiendo todas las ideas expuestas y haciendo votos porque el buen éxito coronase los esfuerzos llevados a cabo por la sociedad minera.

«Un “Viva Alicante” y seguidamente otro “Viva Orihuela” que fue contestado con gran entusiasmo por todos los concurrentes y por la muchedumbre situada en los alrededores de la casa, puso fin entre los acordes de la banda de música municipal, a un acto que dejará memoria imperecedera de un hecho que borrando todas las diferencias que inmotivadamente pudieron surgir algún día entre la capital de la provincia y la ciudad de Orihuela, inicia una época de adelantamiento y prosperidad para esta nuestra querida patria.»

José Antonio Ruiz Peñalver.

Las obras.

«Éstas se reducen al camino abierto desde el llano hasta la explanada que se extiende ante las bocas de las galerías, la casa de operarios y el horno. Éste pertenece al sistema Bustamante, usado últimamente por sus ventajas en el distrito minero de Almadén; consta de dos cámaras y de dos series de aludeles enchufados unos con otros formando hileras en ángulo muy abierto y que comunican con los canales de recepción por orificios practicados en su parte inferior por donde el mercurio, condensado se vierte para reunirse en el canal central y descender por una tubería subterránea al depósito.»

«Tanto las obras del horno como las otras referidas, han sido practicadas con el mayor esmero y solidez, invirtiéndose en su construcción unas 80.400 pesetas. Por último, todas las dependencias de la mina estaban lujosamente engalanadas con escudos de armas de las provincias mineras españolas y con gran profusión de banderas y gallardetes.»

José Antonio Ruiz Peñalver.

El miércoles 7 de marzo, a las 10 horas y 40 minutos, dio comienzo la destilación del mercurio en el horno “Santa Matilde”; y la abundancia del producto llenó de júbilo a los miembros de la sociedad minera.

La prensa de Alicante hablaba maravillas de la mina de azogue descubierta en Orihuela; concretamente en la sierra llamada «del Oriolé». La sociedad contaba con setenta y seis accionistas, cuyas participaciones, que en un principio se cotizaban a cincuenta duros, estaban ya por los ciento veinte gracias a que cada día obtenían mayor cantidad de producto.

El 16 de marzo por la mañana se procedió a calcular el mercurio obtenido en las primeras calcinaciones practicadas en el horno de Santa Matilde. Comenzada la operación con muy buen tiempo, tuvieron que suspender el cálculo por culpa de una lluvia imprevista,  perdiendo con el agua mucho azogue.

José Antonio Ruiz Peñalver.

De la caja depósito de la primera serie de aludeles, la única que pudieron desenchufar a tiempo, extrajeron 138 kilos de azogue; estimando en más de 75 kilos el producto perdido. Esta contrariedad les impidió calcular el beneficio real.

A eso había que añadir el estado fresco de la reciente construcción; cuya humedad hacía más difícil conseguir la temperatura necesaria en aquellas primeras pruebas; y los escapes de gas detectados a consecuencia de unas grietas abiertas en la obra.

Todos estos inconvenientes excusaron el desfavorable resultado obtenido en aquellas pruebas. Y dieron por hecho que, superados los obstáculos y reparados los defectos, en próximas calcinaciones, el éxito estaba asegurado para “la entusiasta y laboriosa sociedad minera “Virgen del Carmen”. No era cuestión de asustar a los accionistas.

José Antonio Ruiz Peñalver.

Pero el negocio nunca llegó a remontar. Para colmo, el 6 de junio de 1889 sucedió un desgraciado accidente. Mientras Manuel Pastor Hernández, de 19 años, hacía fuego para guisar, se desprendió un “gran ribazo del frente de la mina” quedando el trabajador sepultado entre una enorme cantidad de tierra desprendida.

Llegados el Juez de instrucción, el escribano de semana y el médico forense, solo pudieron certificar la muerte y mandar el cadáver al depósito. José Torregrosa, de 23 años sufrió graves lesiones; Juan Pastor, de veinte años y hermano del muerto, contusiones en la cara. Los tres eran naturales de San Vicente. El contuso se fue al hospital por su propio pie y al herido lo transportaron atravesado en una burra ante el estupor de la población.

José Antonio Ruiz Peñalver.

La sociedad «Virgen del Carmen» era un desastre económico, que arruinó a varios alicantinos. La última esperanza para el «complejo minero» de Orihuela surgió en noviembre de 1890. La prensa oriolana se hizo eco de la alicantina publicando la siguiente noticia:

«En la mina “Virgen del Carmen”, situada en término municipal de Orihuela y a profundidad de cuarenta metros próximamente, se ha descubierto un gran filón de mineral, que analizado por personas inteligentes, ha resultado ser plomo argentífero con un buen tanto por ciento de plata.»

Todo fue en vano. El 26 de mayo de 1904, la administración de Hacienda de Alicante requería al propietario de la mina “Virgen del Carmen”, para el pago del descubierto por canon de superficie de la referida mina en el término de 30 días contados desde su publicación en el periódico oficial.

Dos años después, en diciembre de 1906 se recibió en la Alcaldía de Orihuela una notificación de registro de doce «pertenencias mineras». Estaban a nombre de Ramón Castellanos (el secretario) y se correspondían con las de la antigua mina “Virgen del Carmen”.

José María Pérez Basanta

Concedido el permiso en 1888 por parte del Ayuntamiento al concesionario Domingo Maciá Torres para construir el horno y los almacenes de minerales, los elementos edificados subsistían. Y el Consistorio entendió que, disuelta la sociedad minera “Virgen del Carmen” y cesado el objeto para el que fue concedido, dichos edificios debían pasar a propiedad municipal, reivindicando el terreno en el que estaban construidos. La prensa propuso habilitar un albergue para pobres transeúntes:

«Siendo de absoluta necesidad la habilitación de un edificio que sirva de albergue a los pobres transeúntes que diariamente pernoctan en esta población, no contando hoy con la antigua «Pajera» ocupada ya por su dueño; ni con el «Cuartel», todo él derruido y sin techumbres, los almacenes de la «Virgen del Carmen» muy capaces, aireados y en excelente sitio, podrían servir de asilo a tanto transeúnte como a diario cobijamos y que astutamente se fingen enfermos para buscar cama y alimento en el Hospital con perjuicio para los enfermos y el buen orden y administración del benéfico establecimiento. Es de esperar que el Ayuntamiento fije su atención en el asunto, lo estudie y si procede, se incaute del referido edificio para destinarlo a obra tan caritativa.»

Eneas Di Valentino

Quiero terminar con una nota simpática: el contacto con el mercurio y la inhalación de sus gases causaban a los operarios de estas instalaciones el llamado «mal del azogue». La enfermedad provocaba temblores y convulsiones; de ahí que padres o abuelos os dijeran en vuestra infancia:

«Chiguito, para quieto que parese que tienes asogue».

Antonio José Mazón Albarracín (Ajomalba).

Fuentes obtenidas en la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. De Orihuela: «El Diario de Orihuela», «La Crónica», «El Día», «La Comarca» y «El Diario». De Alicante: «La Unión Democrática». De Alcoy, «El Serpis».

El colegio de Jesús María.

Convento de San Agustín a mitad del XVIII
Fray Antonio de Villanueva.

De convento de San Agustín a colegio de Jesús María.

Convento de San Agustín.

El actual colegio de Jesús María en Orihuela fue, hasta principios del siglo XIX, un convento dedicado a San Agustín y Nuestra Señora de Gracia.

Los agustinos pertenecen a la orden mendicante fundada a mediados del siglo XIII por el Papa Inocencio IV bajo la regla de San Agustín de Hipona.  La fecha y circunstancias de su llegada a Orihuela varían según el cronista escogido; pero los documentos nos indican que, la construcción inicial, se remonta a finales del siglo XIV con un edificio de mala calidad.

Esta circunstancia queda demostrada cuando, en 1400, el prior solicitó ayuda a la Ciudad para evitar que los muros se les viniesen encima y el Consell les concedió cincuenta florines y autorización para pedir limosna por sus calles.

El paupérrimo cenobio, fue reedificado por completo en la segunda mitad del siglo XV al mismo tiempo que se levantaba la primitiva iglesia, sufriendo de nuevo obras de consideración un siglo después. Por esas fechas sólo albergaba a quince frailes; pero en la centuria posterior la comunidad aumentó a treinta y ocho religiosos según consta en el censo de Aranda.

En 1802 emprendieron obras de reparación general; o más bien de de reconstrucción; pero el proyecto quedó frustrado al comenzar la Guerra de la Independencia, dejando la fachada interrumpida en el segundo piso. Tras la exclaustración de los frailes en 1835, el exconvento fue vendido a Juan Vilaregut junto a los de la Merced y San Gregorio.

Fragmento Plano de Francisco Coello.
Mediados del siglo XIX.

En 1845, transformado en viviendas de alquiler, se le adosó unas gradas y un coso de madera para servir de plaza de toros hasta el año 1884. En el artículo “Aportaciones para el estudio de tres conventos” cuento como, en 1868, las hermanas Vilar Pablo compraron a Bibiana González, viuda de Juan Vilaregut, los edificios expropiados a mercedarios, agustinos y franciscanos alcantarinos por 48.000 escudos. Pinchando la siguiente imagen se accede a dicho artículo.

Enlace a artículo.

Lo cierto es que el exconvento de San Agustín quedó en propiedad de Petra Vilar en el año 1875; enajenándolo el 10 de octubre de 1879 con un pacto de retroventa. Y que el 14 de noviembre de 1885 hizo uso de dicha oferta de retro, recuperando el edificio por la misma cantidad.

En cuanto a la iglesia, de finales del XVIII, estaba mutilada por el terremoto de 1829, que derribó una de sus torres y la otra tuvo que ser rebajada. Parece mentira que casi siglo y medio después de la publicación del siguiente artículo, aún se mantenga en pie a pesar del abandono. Está publicado en “La Crónica”, en marzo de 1887, el año que llegaron las monjas:

«La iglesia de San Agustín de esta ciudad es una de esas obras monumentales que debidas al talento y piedad de nuestros padres, debe conservarse a toda costa ya se considere como edificio artístico, o ya se atienda al sagrado objeto de su destino, o ya finalmente se mire el inmenso servicio que presta. Considerada como monumento arquitectónico la iglesia de San Agustín es una joya del arte, cuyo mérito extraordinario nadie puede negar, y de ahí el que toda Orihuela esté interesada en conservar lo poco que aún le queda de sus pasadas glorias, y de su antiguo esplendor.»

Iglesia de San Agustín.
Colección Javier Sánchez Portas

«La iglesia de San Agustín es un magnífico templo de orden compuesto, cuyo plano mide 980 metros cuadrados, y consta, de tres naves, dos laterales de 5,17 y 14 metros de ancha y alta respectivamente cada una, y otra central de 22 metros de alta por 9,10 de ancha.  La cúpula, o media naranja, es de una construcción atrevida, alcanzando la respetable altura de 30 metros aproximadamente, y 12 de diámetro en su arranque, coronando majestuosamente el ábside de la iglesia, y dando luz a su hermoso crucero.»

Iglesia de San Agustín
Años 30 siglo XX.

«La elegancia de sus arcos; la valentía de sus bóvedas; la esbeltez de sus columnas; la belleza de sus capiteles y cornisas, la riqueza de sus detalles y el mérito de su conjunto, hacen realmente de la iglesia en cuestión un verdadero monumento, digno por todos conceptos de que el gobierno de la nación, el pueblo de Orihuela y los verdaderos amantes del arte, no permitan jamás que la destructora piqueta del tiempo, y la culpable incuria del hombre lleven a cabo su destrucción y ruina. (…) La iglesia de San Agustín de Orihuela necesita de una gran reparación; reparémosla pues y seamos dignos de nosotros mismos.»

Foto Ajomalba.
Mi agradecimiento a Pablo Mazón.

El colegio de Jesús María.

La primera vez que se menciona en prensa oriolana a las religiosas de Jesús-María es en el verano de 1886 en «La Crónica». Se trata de una congregación de “Espiritualidad Ignaciana” fundada en Francia y extendida por España en la segunda mitad del XIX:

«El viernes próximo pasado salió de esta ciudad para Alicante, Valencia y Barcelona, la distinguida y bella señorita doña María Aguilar Gómez, que va a Cataluña a ingresar en el noviciado del colegio de Jesús-María establecido en S. Andrés de Palomar, siendo acompañada hasta esta estación por un corto número de personas de su inmediato parentesco y particular amistad que supieron a tiempo su precipitada marcha y pudieron darle así esa última prueba de cariño.»

Claudina Thévenet (1774-1837)
Fundadora de la Congregación de Religiosas de Jesús-María

En marzo de 1887 va cuajando la idea de fundar uno de sus colegios en Orihuela. «La Crónica»: «Parece ser que se va acentuando la idea de fundar en esta ciudad un colegio de señoritas dirigido por religiosas de Jesús María, y al efecto, sabemos que una comisión de señoras compuesta de doña Josefa Bofill, doña Encarnación Meseguer, doña María Hernández, doña Dolores Cirer, doña Benilde Jofré, y doña Elvira Aguilar, conferenció ayer con el Ilmo. Sr. Obispo de esta diócesis, explicándole el laudable pensamiento, solicitando su aprobación y rogándole les prestase su valioso apoyo. Nuestro sabio y dignísimo Prelado recibió a las citadas damas con la finura y amabilidad que tanto le caracterizan, aplaudió sin reservas la idea, y ofreció incondicionalmente a las iniciadoras cuanto tiene, puede y vale.»

«Por recomendación de dicho señor Obispo, la referida comisión pasó a Santo Domingo para notificar al señor Rector de ese colegio, lo que se trataba de hacer, y excitar su reconocido celo en pro de esa fundación, no pudiéndose verificar la conferencia deseada, por hallarse el Rector muy ocupado en aquel momento, quedando no obstante en ponerse hoy a disposición de las señoras para tratar el asunto con el detenimiento que merece, teniendo nosotros la convicción de que, esa nueva conferencia ha de dar grandes resultados para la realización del proyecto, que deseamos sea pronto un hecho práctico, para honra y provecho de Orihuela, siendo por lo tanto muy posible que pronto contemos en esta Ciudad con un nuevo centro de moralidad e instrucción.»

Colegio Jesús María.
Barcelona

«La Crónica», 21 de abril de 1887: «Procedentes de Cataluña, llegaron ayer a esta ciudad en el último tren de la tarde dos monjas de Jesús María que traen el propósito de ver el local en que se ha de fundar el colegio de que ya dimos cuenta anteriormente a nuestros lectores. A pesar de lo desapacible del día, un gran número de señoras fue a recibirlas a la Estación, conduciéndolas en carruajes particulares a la casa de D. Joaquín Rodríguez, donde ya de antemano se les tenía preparado alojamiento. Sean muy bienvenidas a Orihuela las hijas de Jesús María y quiera Dios que en breve tengamos el gusto de que sea un hecho la fundación de ese colegio.»

En principio, el colegio se iba a construir de nueva planta en los Andenes de la Estación. Mientras tanto, se instalaron provisionalmente en la calle de San Juan; utilizando una «hacienda» en San Antón como patio de recreo. Ambas fincas pertenecían al marqués de Lacy. «La Crónica», 21 de abril de 1887:

«Parece cosa decidida y resuelta la fundación en esta ciudad de un colegio para niñas y señoritas dirigido por las monjas de Jesús y María, que se abrirá provisionalmente y según las versiones autorizadas que hemos oído, en el mes de Octubre próximo. El sitio donde regularmente se construirá el edificio correspondiente por parecer más apropiado para el caso, es el terreno sobrante en la finca de Tamames,  junto a la carretera de la estación del ferro-carril, propiedad hoy de los señores D. Manuel Roca y D. Matías Rebagliato, los cuales lo cederán a las monjas para que puedan verificar la fundación.»

Carretera de la Estación del Ferro-carril
Colección Javier Sánchez Portas

La Crónica, 5 de mayo de 1887: «Las religiosas del convento de Jesús y María que vinieron con objeto de enterarse de las condiciones especiales de esta localidad para fundar aquí un colegio para la educación de niñas y señoritas, marcharon a San Andrés de Palomar el viernes último, llevándose una impresión muy agradable, y la decisión, salvo el parecer de la Superiora, de realizar la fundación.»

«El colegio se instalará provisionalmente, según decíamos en nuestro número anterior, en la casa palacio del Ilmo. Sr. Marqués de Lacy, a cuyo efecto se han formado ya por el ayudante de Obras Públicas D. José María Moreno, los oportunos planos de distribución del edificio que hemos tenido el gusto de ver.»  

Palacio marqués de Lacy
Calle San Juan
Colección Javier Sánchez Portas.

«También se ha levantado el plano del terreno sobrante de la finca de Tamames, cuyo terreno parece que decididamente lo adquirirán las religiosas de Jesús y María para construir en él el edificio donde definitivamente se establecerá el colegio, pues aunque han sido reconocidos otros terrenos, este es el que por su situación, precio y condiciones reúne las mayores ventajas.»

En sus ediciones de 12 y 19 de mayo, «La Crónica» se volcaba con el proyecto a toda página:

«HONRA Y PROVECHO. El día 29 de Abril próximo pasado, salieron de esta ciudad para Valencia, Barcelona y S. Andrés de Palomar, las dos monjas de Jesús María, que como ya dijimos oportunamente a nuestros lectores, habían venido a Orihuela con objeto de conocer el país, saber los elementos con que pueden contar para su instalación preventiva, y ver el sitio en que, andando el tiempo, puedan fundar su casa propia, edificándola de pie, a fin de crear aquí para siempre un centro de educación igual a los que ya tienen establecidos en Tarragona, Valencia y otros puntos de España y el extranjero.»

«Vamos a permitirnos llamar la atención, muy particularmente de aquellos que siendo padres de familia, deben estar y están real y doblemente interesados en el establecimiento de ese colegio, donde se forma y da ser al corazón del bello sexo, arrancando de él la fatal cizaña de la ignorancia, y sembrando en su lugar la fecunda semilla de la virtud, de la ciencia y del trabajo físico-moral, convirtiendo a la niña inocente en mujer instruida, para que sea siempre buena hija, buena esposa, y buena madre.»

«La mujer, la madre es la única que puede echar los sólidos cimientos de la educación en la infancia; pero para que la mujer eduque ha de ser antes educada, porque nadie puede dar lo que no tiene. (…) probada la profunda y trascendental influencia de la mujer en la educación de la niñez, y convencidos consiguientemente todos de la absoluta necesidad de instruir convenientemente al ser privilegiado que en su día ha de alegrar nuestra casa, corresponder a nuestro afecto, unir su suerte a la nuestra, y educar a nuestros hijos, ¿tendremos todavía que extremar los argumentos y aducir mayores pruebas, para llevar al ánimo de nuestros lectores la potente conveniencia, el profundo interés, y la ineludible obligación en que todos estamos y tenemos de facilitar la fundación de un Colegio, que como el de Jesús María, ha de dar a Orihuela tanta honra, tanto provecho? .»

El 9 de junio el proyecto era una realidad y «La Crónica» le dedicaba dos páginas, copiando literalmente el prospecto de publicidad del Colegio; un enorme anuncio:

«Orihuela está de enhorabuena: Lo que antes fue una risueña esperanza va a ser ya pronto un hecho positivo; desde el día primero del próximo mes de Setiembre, Orihuela tendrá un nuevo centro de educación para niñas y señoritas, toda vez que en la indicada fecha debe abrirse en ella el Colegio que las religiosas de Jesús-María establecen y fundan aquí para dar sólida y cristiana educación a la parte más bella de la humanidad.»

«Decididos partidarios nosotros de toda idea buena; profundos conocedores, por experiencia propia, de los magníficos resultados que en todas partes dan esos Colegios; plenamente convencidos, por ende, de la utilidad físico-moral que ese nuevo instituto ha de reportar a Orihuela, y dispuestos siempre a todo cuanto sea o pueda ser en pro del patrio engrandecimiento, no dudamos un solo instante, desde su principio, en aceptar con entusiasmo el laudable proyecto de la creación de ese establecimiento beneficioso, poniendo de nuestra parte cuanto nuestra pobre inteligencia, nuestra íntima convicción y nuestro buen deseo nos sugirió para ver realizado en su día lo que tanto ha de contribuir al bien particular de Orihuela y al provecho general de la infancia o adolescencia.»

«Y para que todos conozcan la idea en sus menores detalles, y ya conocida puedan servirse de ella según sus medios y necesidades, hoy tenemos el gusto de insertar en las columnas de La Crónica, el prospecto que para la fundación de ese Colegio se ha circulado, por si algunos de nuestros abonados no hubiese podido enterarse de ello, creyendo de este modo hacer un verdadero servicio a todos y muy particularmente a los padres de familia residentes en esta ciudad o fuera de ella. He aquí pues el notable documento a que nos referimos, copiado literalmente del original que se nos ha remitido y tenemos a la vista.»

Colección Javier Sánchez Portas

«COLEGIO DE LAS RELIGIOSAS DE JESÚS-MARÍA EN ORIHUELA«

«El objeto que se proponen las Religiosas de Jesús-María es proporcionar a las jóvenes una educación sólida y cristiana. El corazón de las educandas se forma en la práctica de la virtud por medio de la Religión; su inteligencia se cultiva con el estudio de ciencias útiles; y se les adiestra en las labores propias de su sexo, que completan su instrucción. Los principios de la más culta urbanidad perfeccionan sus modales, inculcándoles el orden,  la limpieza, y el aseo, se las acostumbra a la economía doméstica, que viene a ser el complemento de una sólida educación.»

«Local: La casa-palacio del señor Marqués de Lacy, escogida interinamente para Colegio y situada entre las calles de San Juan y de la Corredera, ofrece espaciosas salas para clases, comedor, dormitorios; alegres azoteas y patio donde tienen su recreo las educandas, añadiéndose además la hacienda de San Antón del mismo señor Marqués, para sitio de mayor solaz y expansión de las alumnas.»

Solar Palacio del marqués de Lacy.

«Ramos de enseñanza: La exposición sencilla y graduada de las verdades de nuestra Santa Religión, ocupa el primer lugar en el programa de los estudios; así mismo figuran en éste la Lectura, Escritura, Gramática castellana, Aritmética, Geografía, Historia natural, Francés y dibujo lineal.»

«Labores manuales: Siendo esta materia de grandísima importancia para las señoritas, se las ocupa principalmente en coser, bordar y remendar; planchar, hacer flores artificiales y otras labores de lujo a voluntad de sus padres; sin embargo, no se permiten estas últimas hasta que se hayan ejercitado en toda clase de costura.»

Galería del primer piso.
Colección Javier Sánchez Portas

«Medios de emulación: La emulación, reconocido estímulo para los adelantos de la juventud, se excita por medio de notas diarias, de clasificaciones semanales, de distinciones y honores que se dan cada mes, y en fin por los premios y coronas que se distribuyen al finalizar el curso.»

«Además, durante el mes de Mayo, para estimular a las educandas a reformar su carácter y atraerlas a la imitación de las virtudes de su divina Madre la Virgen María, hay un concurso especial, en el que se propone como premio una corona de rosas, a las que por su comportamiento y aplicación, han merecido cada día del mes las notas de antemano señaladas.»

Jardín, paseo central.
Colección Javier Sánchez Portas

«Régimen del Colegio: Se admiten pensionistas y medio pensionistas. Una prudente distribución del tiempo para las labores, estudios, ejercicios de piedad, comida y recreos procura una vida amena y placentera. Los alimentos son sanos, abundantes y variados, y en caso de alterarse la salud de alguna de las educandas, se le prodigan con maternal ternura los más solícitos cuidados. La vigilancia es continua y para facilitarla, de noche se conserva luz en los dormitorios.»

Dormitorio de las internas.
Colección Javier Sánchez Portas
Comedor.
Colección Javier Sánchez Portas

«Visitas: Las educandas pueden ser visitadas por sus padres o encargados en los días y horas siguientes: Desde 1º de Noviembre hasta Pascua de Resurrección: jueves, mañana, de once a doce. Domingo, mañana de once a doce; tarde, de cuatro a seis. De Pascua a fin de Octubre: jueves, mañana, de once a doce. Domingo, mañana de once a doce; tarde de cinco a siete. No se permite que las alumnas reciban solas ninguna visita a no ser de sus padres.»

Salón de visitas.
Colección Javier Sánchez Portas

«Entradas y salidas: La entrada diaria al Colegio para las medio-pensionistas, es de ocho a ocho y media de la mañana, y la salida, a las seis de la tarde en invierno, y a las seis y media en verano. No se dispensarán de asistir al Colegio en los días festivos sin permiso de la Madre Superiora. Las medio pensionistas no tienen comunicación ninguna con las pensionistas. Las internas tienen salida el 26 de Diciembre, debiendo regresar al Colegio el 28 del mismo por la tarde. No se entregan las educandas a persona alguna, sin previo aviso de los padres o encargados.»

«CONDICIONES: El precio de la pensión es de 500 pesetas al año escolar para las pensionistas, y de 250 pesetas para las medio pensionistas, pagaderas en tres plazos adelantados: 1º de Setiembre, 1º de Enero y 1º de Abril. El año escolar se cuenta de 1º de Setiembre a 30 de Junio.»

«Para comodidad de las familias que viven fuera de la ciudad, el establecimiento se encarga de lavar y planchar la ropa, mediante la suma de 5 pesetas mensuales. Corren a cuenta de los padres los gastos de enfermedades, correos, baños, libros de clase y los materiales necesarios para las labores. Mediante la suma de una peseta al mes se proporciona a las educandas el papel, pluma, tinta, yeso y lápiz que necesitan. La música y dibujo forman clases especiales que corren a petición y cuenta de los padres.»

Biblioteca.
Colección Javier Sánchez Portas

«Su precio mensual es el siguiente: Piano, 8 ptas. Alquiler del mismo, 1 pta. Dibujo de figura y gastos para el mismo, 10 ptas. Si por graves razones el Establecimiento se viese en la precisión de devolver a sus padres a una alumna antes de concluir el plazo, se les abonará la cantidad correspondiente al tiempo que faltare; lo que no sucedería si los mismos padres la retirasen del Colegio, o la detuviesen fuera de él, no siendo por motivo de enfermedad. Si alguna alumna permaneciese en el Colegio durante el tiempo de vacaciones, abonará la cantidad de 40 pesetas cada mes. Cada educanda debe traer su fe de bautismo.»

Externado. Salón de Estudio.
Colección Javier Sánchez Portas

«Ropa y demás objetos que han de traer las alumnas: Una cama de hierro de 1 metro 75 centímetros de largo por 85 centímetros de ancho, con su correspondiente jergón, colchón y todo lo necesario para el abrigo. Una almohada y cuatro fundas. Una cortina blanca de 4 metros 60 centímetros de largo y 3 metros de ancho. Un sobrecama blanco con fleco, de 1 metro 80 centímetros en cuadro. Una alfombrilla. Tres pares sábanas. Seis toallas, seis servilletas.»

Ropería
Colección Javier Sánchez Portas

«Ocho camisas. Ocho chambras. Diez y ocho pañuelos de bolsillo. Ocho enaguas. Ocho pantalones. Tres peinadores. Doce pares medias. Dos bolsas para la ropa sucia. Un enjuague. Una caja para peines y cepillos. Cubierto completo, aro y vaso de plata. Un vestido merino negro, y otro de piqué blanco para el verano, todos conforme el modelo del Colegio.»

«Dos delantales de uniforme. Dos o tres vestidos para diario, los cuales no siendo de lujo, pueden ser de cualquier tela y color. Un velo de tul negro y otro blanco de hilo. Unos guantes color negro y otros blancos. Una banda verde, según el uniforme.»

Paseo de la gruta o de la virgen.
Colección Javier Sánchez Portas
Paseo de los plátanos.
Colección Javier Sánchez Portas

«El Colegio ofrece todos los muebles necesarios a las alumnas durante el tiempo que en él permanezcan, como son cama de hierro, armario, mesa de escribir, costurero, etc., mediante la suma de 20 pesetas, y de 8 pesetas las medio pensionistas. Todo cuanto pertenece a las educandas debe marcarse con el número que se les designe.»

Clase de aritmética y conocimientos útiles.
Colección Javier Sánchez Portas

«La Crónica», 28 de julio de 1887: «Según carta que tenemos a la vista, dirigida a una persona de nuestra intimidad por la superiora de las monjas de Jesús María, las madres de este instituto que han de fundar en breve aquí ese beneficioso centro de educación femenil, saldrán de San Andrés de Palomar y Barcelona el día 16 de Agosto, y después de una pequeña detención en Valencia, donde tienen un magnífico colegio, seguirán su viaje para esta; descansarán algunas horas en Alicante y llegarán probablemente a Orihuela el día 18 del mismo.»

Clase de Párvulas.
Colección Javier Sánchez Portas

«Con motivo de su próxima llegada han empezado y siguen con grande actividad las obras de reparación y arreglo en la casa palacio del señor Marqués de Lacy, edificio en que provisionalmente se establecen, toda vez que tienen el pensamiento de adquirir terreno en esta ciudad y fundar en ella un colegio propio para su establecimiento definitivo. Orihuela entera desea vivamente el arribo de la comunidad de referencia…»

Gabinete de Historia Natural.
Colección Javier Sánchez Portas

«La Crónica», 18 de agosto de 1887: «En el primer tren de Alicante han llegado hoy a esta ciudad dos hermanas legas de Jesús María, y esta tarde deben llegar, procedentes de Valencia, las madres o monjas del mismo instituto, que vienen a fundar aquí el colegio de niñas y señoritas del que repetidamente nos hemos ocupado. Empieza pues a ser un hecho en Orihuela el establecimiento de ese centro de instrucción femenil, que con tanta ansia esperamos todos y ha de dar a nuestra patria querida tan gran nombre como beneficiosos resultados físico morales. ¡Que sea pues enhorabuena!»

Señoritas jugando al croquet.
Colección Javier Sánchez Portas

«El Diario de Orihuela» dio cuenta de las dos primeras alumnas en agosto de 1887: «En el libro de matrículas del nuevo Colegio de Jesús y María instalado en la calle de San Juan, figura con el número uno la Srta. Dª. Dolores Clavarana y con el número dos la Srta. Dª. Concepción Moreno.»

Salón de Actos.
Colección Javier Sánchez Portas

«El Día» 11 de septiembre de 1887: «Ha sido nombrado sacristán de la capilla del Colegio de Jesús y María recientemente instalado, el virtuoso joven y aplicado cursante de la carrera de derecho D. Joaquín Rodríguez.»

Capilla doméstica.
Colección Javier Sánchez Portas

El colegio abrió sus puertas el 15 de septiembre de 1887. «Diario de Orihuela»: «Esta mañana ha tenido lugar la inauguración del nuevo colegio de señoritas que bajo la advocación de Jesús y María se ha instalado en la calle de S. Juan.»

Clase de dibujo y pintura.
Colección Javier Sánchez Portas

La llegada de las monjas y sus selectas educandas fue todo un acontecimiento para la ciudad. «El Diario de Orihuela», 3 de octubre de 1887: «Con la apertura del curso en los colegios y Seminario, han vuelto a circular por las calles en los días de asueto, los seminaristas, los alumnos del colegio de Santo Domingo y las alumnas del colegio de Jesús y María.»

«De estas últimas, las internas salieron a paseo ayer en un carruaje cerrado; especie de convento ambulante velado por celosías donde se estrellan las miradas de los curiosos. Para verlas es preciso seguir el vehículo y hacer alto donde sea permitido dar libertad a las cautivas colegialas. Las externas, llamaron ayer la atención del vecindario por las verdes bandas con que cruzaban el pecho. El traje de color negro, es serio y elegante.»

Escalera Principal.
Colección Javier Sánchez Portas

«El Diario de Orihuela», 14 de noviembre de 1887: «Aunque aún no se ha otorgado la escritura de venta de la vieja Plaza de Toros, puede considerarse como vendida toda vez que el sábado en la noche se dieron cuatro mil reales de señal y se firmó un documento de compromiso de venta. Según de público se decía ayer, el antiguo exconvento de agustinos ha pasado a ser propiedad de los padres jesuitas por 58.500 reales y con el objeto de construir un edificio para instalar en él el colegio de Jesús y María establecido en la casa-palacio del Sr. Marqués de Lacy.»

El periodista acertaba en casi todo. Ese mismo día 14 de noviembre, ante el notario Ramón Amat, tuvo lugar la definitiva venta del exconvento de los agustinos convertido en plaza de toros. Pero lo de los jesuitas solo fueron falsos rumores. El comprador fue Ramón Belló Martínez, provisor y vicario de Orihuela; canónigo con dignidad de arcipreste de su Catedral.

Bautizado en la Parroquia de San Pedro de Novelda en 1833, era vecino de Orihuela. Lo compró por 14.625 pesetas (58.500 reales); de las que había entregado 1.000 mediante cautela privada (los 4.000 reales de señal). El resto lo pagó en billetes de banco. Ramón, agente inmobiliario por cuenta del Obispado, adquirió también el convento de la Trinidad para montar un seminario; pero eso es otra historia.

Fachada principal.
Colección Javier Sánchez Portas

«La Crónica», 22 de diciembre de 1887: «En el primer tren de Alicante, y procedentes de Barcelona, llegaron el lunes de la presente semana a esta Ciudad dos nuevas religiosas y una hermana lega de Jesús María que vienen a prestar el servicio de su particular instituto en el colegio fundado hace poco en el palacio del señor Marqués de Lacy.»

«Una de dichas religiosas, ausente no ha mucho de Orihuela, es la hoy madre San Joaquín, en el siglo señorita Doña María de los Ángeles Rodríguez, hija de nuestro particular, amigo, el abogado de este colegio señor D. Joaquín Rodríguez, quien así como su distinguida esposa, ha tenido la singular satisfacción de ver regresar a esta ciudad, como profesora del ya citado colegio.»

Salón de Estudio.
Colección Javier Sánchez Portas

«El Diario de Orihuela», 1 de septiembre de 1888: «En breve comenzarán las obras en el solar de la antigua plaza de toros para la construcción del edificio donde habrá de instalarse definitivamente el colegio de Jesús y María.»

«El Diario de Orihuela», 26 de septiembre de 1888: «Ha aumentado notablemente en el presente curso el número de alumnas en el colegio de Jesús y María de esta ciudad.»

Clase de Geografía.
Colección Javier Sánchez Portas

«El Diario de Orihuela», 12 de abril de 1889: “Se leyó una exposición de D. Justo Millán, arquitecto, director de las obras del colegio denominado de Jesús y María, acompañando el plano de la fachada del citado edificio; y el Ayuntamiento acordó aprobarlo y que así se ponga en conocimiento del interesado.”

Plano fachada. Justo Millán 1889.
Archivo Histórico de Orihuela.

Nacido y muerto en Hellín (1843-1928), Justo Millán Espinosa fue uno de los arquitectos más prestigiosos de la región murciana. Obtenido el título en la Escuela de Arquitectura de Madrid, ostentó los cargos de Arquitecto Municipal en Hellín; Arquitecto Provincial en Albacete; Académico de Mérito por la Academia de San Fernando; Arquitecto de la Diócesis de Cartagena y Arquitecto Provincial de Murcia.

Justo Millán Espinosa (1843-1928)
Partida de Nacimiento

Mi agradecimiento a JM Dayas.

Entre sus obras está la reconstrucción del Teatro Romea, arrasado por un incendio. También muchos edificios públicos como el Asilo de Ancianos, el Manicomio Provincial, la Cárcel, el Hospital, el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza…. Otra de sus grandes obras fue la Plaza de Toros de Murcia; en su momento la más grande de España.

¿Cómo tan prestigioso arquitecto fue contratado en Orihuela? Justo Millán estaba ya entrando en su última etapa, donde aceptó numerosos trabajos de particulares. Debió ser para él un reto transformar una plaza de toros en colegio; y el enlace pudo ser Francisco Belló, hermano mayor de Ramón; rector del Seminario de Murcia.

«El Diario de Orihuela», 12 de julio de 1889: «Están muy adelantadas las obras del magnífico edificio que se está levantando en la plaza de San Agustín, en los terrenos de la plaza de Toros, para el colegio de señoritas de Jesús y María. Cuantos le admiran, dedícanle grandes elogios y sienten verdadera y profunda satisfacción por ver aumentarse, con uno más los muchos edificios notables con que cuenta Orihuela.»

Fachada principal.
Colección Javier Sánchez Portas

«El Diario de Orihuela», 9 de octubre de 1889: «Adelantan rápidamente las obras del colegio de Jesús y María, que se construye en nuestra ciudad, en el sitio que ocupó un día el convento de Agustinos primero y nuestra antigua plaza de toros después. La obra resulta grandiosa principalmente el patio claustral y la fachada, que resulta seria y elegante. De seguir las obras con el impulso que se les está dando, pronto desocuparán aquel sitio los operarios para dar en él entrada a la comunidad de religiosas a cuyo cargo ha de estar el citado colegio y a las jovencitas encomendadas a sus cuidados para completar su educación. Pronto pues contará Orihuela con un nuevo edificio destinado a la enseñanza.»

Trasera y huertos.
Colección Javier Sánchez Portas

En 1890 el colegio se trasladó al nuevo y lujoso edificio. Ramón Belló falleció en enero de 1892. En su testamento, redactado dos días antes de su muerte, aparecía la siguiente cláusula:

“ Que el edificio que fue antes convento de San Agustín convertido hoy en colegio de Jesús María, aunque la escritura de dominio aparece a mi favor, no es de mi propiedad sino de la pertenencia de las Señoras Superioras actuales encargadas de esta clase de colegios en España, en cuyo edificio hicieron dichas señoras algunas mejoras por su cuenta y a cuyo favor otorgará la correspondiente escritura de traslación de dominio mi hermano Don Francisco Belló y Martínez, sino lo hubiese yo verificado antes de ocurrir mi defunción, siendo cuenta de dichas señoras el pago de toda clase de deudas que aparezcan contra dicho edificio, y de que yo salí fiador por estar dicho edificio a mi nombre».

Patio y traseras.

Supongo que el miedo a nuevas desamortizaciones (o quizás las hipotecas establecidas sobre el edificio) llevaron a las religiosas a camuflar su compra a nombre de Ramón. En la cesión de la finca por parte de su hermano a favor de Sor María de San Hermenegildo (conocida como Teresa Font y Barberá, superiora del Colegio de Orihuela) y otras, aparecen reseñadas dos hipotecas por 40.000 pesetas, mucho más que el importe pagado por el propio edificio.

Patio de recreo.
Colección Javier Sánchez Portas

El hecho de que tan sólo diez días después, formalizasen un contrato de venta a favor de Doña Concepción Morell e Iseru y otras señoras, vecinas de San Andrés del Palomar (localidad donde establecieron su primer colegio), refuerza mi teoría del temor a aparecer como propietarias del edificio.

Colegio Jesús María en la actualidad.

Antonio José Mazón Albarracín «Ajomalba».

Galería de alumnas:

Antiguas alumnas de Jesús María.
Colección Javier Sánchez Portas
Jesús-Maria 8º EGB 1980/81
Jesús-Maria 8º EGB 1980/81
Pinchad aquí
Galería en Youtube.