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El Monasterio de agustinas de San Sebastián.

Colección Javier Sánchez Portas

Las agustinas de «Sent Sebastia».

La ermita en el Raval Mayor

En los albores del siglo XIV, cuando el «raval del Pont» terminaba en la «porta de Sent Agosti», existía extramuros de Oriola una eremitorio bajo la advocación de «Sent Sebastia».

Dicha ermita, dedicada también a San Roque, se utilizaba como ayuda de parroquia de la catedral a causa de la fragilidad del puente que, con demasiada frecuencia, incomunicaba a los vecinos de esa orilla del Segura, privándoles de la posibilidad de asistir a los oficios religiosos. Por ello contaba con pila bautismal y con un cura teniente que vivía continuamente en el arrabal. Erigido el convento y la iglesia de San Agustín en el siglo XV, dicha función quedó obsoleta.

En 1591 el Cabildo y el Consell donaron el edificio al provincial de dicha orden para que fundase un convento de agustinas calzadas; un establecimiento religioso femenino donde «posar enclausura a dones honestes y religioses»; o lo que es lo mismo: recluir a las hijas no casaderas de la nobleza oriolana. 

Eras de San Sebastián a principios del siglo XX

Trasladada la pila bautismal al Loreto, la nueva fundación contó con el apoyo del mismísimo Felipe II, quien escribió al Consell para ordenar su intervención ante la actitud hostil de Berenguer Manresa, propietario de la era situada junto al convento.

El monasterio quedó dentro de la ciudad al trasladar hacia el sur la puerta de San Agustín, que desde entonces pasó a llamarse de San Sebastián.

En 1495, a costa del justicia y los jurados de Oriola, se levantó el portal de San Agustín con las imágenes en piedra de San Sebastián y San Roque, abogados contra la peste. Imagen de San Roque conservada en el claustro de la Catedral.

Más allá de dicha puerta, un puente vadeaba la acequia del Chorro. En 1869 el carpintero Leandro Sifuentes, cobró un escudo y seiscientas milésimas por sustituir seis palos del puente de San Agustín a la Alameda. Esta conducción de agua, que contaba en su recorrido con varios puentes para dar acceso al llamado Partido de Hurchillo, dio nombre oficioso a la alameda, a la puerta, e incluso a las religiosas agustinas conocidas popularmente como “las monjas del Chorro”. 

Acequia del Chorro a su paso pòr la Glorieta.
Colección Javier Sánchez Portas

Por supuesto, también contaba con la correspondiente cruz de término que daba inicio al Camino de Cartagena. En recuerdo de aquella y de la que estaba frente a la puerta del Burdel, nos queda esta cruz, costeada por la Mayordomía de Nuestra Señora de las Angustias en 1968.

http://oriola-vdpr.es/?p=2672
Pinchad enlace para saber más.

Superadas las trabas iniciales, el monasterio de San Sebastián se fue convirtiendo en un refugio para jóvenes acomodadas; poco dadas al trabajo y a la disciplina. Las cortas rentas de que disponían eran insuficientes y, en contra de su regla, se mantenían con ayuda exterior. 

Las díscolas agustinas de San Sebastián.

En la segunda mitad del siglo XVII fueron acusadas de desordenes y escándalos por recibir visitas de estudiantes y gente ociosa. En 1712 se descubrió la correspondencia ilícita entre una de las monjas y el caballero Jerónimo Rocamora, llegando el caso a los tribunales eclesiásticos. Estos atribuyeron dichos desordenes a lo apartado del lugar y al exceso de religiosas.

El provincial de los agustinos intentó someter a las díscolas monjas; pero harto de luchar con ellas, decidió transferir la jurisdicción de tan incomoda comunidad a Roma. El asunto tuvo tanto eco que el rey Felipe IV instó al gobernador a poner fin a los alborotos promovidos por las agustinas.

Tras un breve periodo, el obispo Sánchez de Castelar intentó de nuevo enderezarlas. Para ello trasladó a cinco religiosas a Valencia, sometiéndose el resto a la autoridad del prelado, pero sin abandonar la regla y el hábito de San Agustín.

Ni el ni sus sucesores pudieron evitar los alborotos. Siguieron los traslados de las más problemáticas; probaron a entregar los cargos de responsabilidad a religiosas llegadas de Valencia; pero a los pocos días pidieron el regreso temiendo por su vida. Recusaban la autoridad del obispo, pero no acataban tampoco la del provincial de Aragón; sólo aceptaban como interlocutor al Papa. 

Arrabal de San Agustín.
Al fondo, San Sebastián.

En 1751 encontraron a la persona idónea para controlar a las agustinas: una maestra de novicias llamada Tomasa Martínez. Pero ésta era menor de 30 años, edad mínima requerida por la orden para convertirse en priora. Para superar el obstáculo, se obtuvo dispensa papal a través del obispo Gómez de Terán; pero las agustinas rechazaron la resolución del Vaticano, alegando ser contraria a su regla. Durante dos años se mantuvieron en abierta rebeldía, llegando a plantearse la Ciudad el cierre del convento.

Nuevo convento e iglesia.

Con la llegada a la mitra de Pedro Albornoz, las cosas cambiaron. Se redujo el número de religiosas, deshaciéndose de las más inquietas y se dotó la fundación con nuevas rentas. En la segunda mitad del siglo XVIII iglesia y convento fueron derribados y reconstruidos. A finales de dicha centuria, vivían en el edificio 23 monjas, 6 legas y 12 sirvientas.

Sobre los restos de la vieja ermita gótica construyeron una iglesia barroca de nave única con capillas laterales, cubierta con bóvedas. Su portada muestra en relieve el martirio de San Sebastián.

Iglesia Monasterio de San Sebastián.
Portada

En 1835 los bienes muebles, imágenes, ornamentos y elementos sagrados del convento del Carmen fueron desalojados y distribuidos. La sillería del coro de los carmelitas, atribuida a Juan Bautista Borja al igual que la de la catedral, fue adaptada al convento de las agustinas, donde en la actualidad permanece. 

Silla del coro de los carmelitas.
Juan Bautista Borja
Para saber más..
http://oriola-vdpr.es/?p=1625

Durante siglos, monasterio e iglesia han sufrido numerosas intervenciones; destacando la de finales del XIX bajo la dirección de Ramón Más.

En 1969 se procedió a una profunda restauración bajo la dirección del arquitecto Antonio Orts Orts, obras que se alargaron casi una década. 

Colección Javier Sánchez Portas
Colección Javier Sánchez Portas
Colección Javier Sánchez Portas
Colección Javier Sánchez Portas

En los ochenta se hicieron reformas para intentar controlar las grietas que aparecían en la iglesia y se modificó el aspecto de la fachada conventual. Pero las grietas volvieron a abrirse.

Archivo Mariano Pedrera.

La última restauración integral de la iglesia se efectuó en 2008. Dicha obra y sus autores – Miguel Louis Cereceda y Yolanda Spairani- fueron premiados por la fundación de la Comunidad Valenciana “Patronato histórico artístico de la ciudad de Orihuela”.

El monasterio y la iglesia de San Sebastián están declarados Bien de Relevancia Local por la ley de Patrimonio Cultural Valenciano.

Antonio José Mazón Albarracín

Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José Antonio Ruiz Peñalver

Plaza de San Sebastián.
© Víctor Sarabia Grau.
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José Antonio Ruiz Peñalver
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José Antonio Ruiz Peñalver
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José M. Pérez Basanta
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José M. Pérez Basanta
Iglesia Monasterio de San Sebastián.
© José M. Pérez Basanta

Callejeando 26. El Arrabal de San Juan Bautista 1.

Idealización del Arrabal de San Juan sobre un boceto de Ojeda Nieto.
© Pepe Sarabia. Leyendas: Ajomalba.

El Arrabal de San Juan Bautista 1.

Lo Raval de Señor Sant Joan.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVI.

Introducción.

Cuando el escaso espacio encorsetado por las murallas se fue saturando, comenzó el proceso de ocupación y urbanización de los terrenos extramuros. Ya hemos hablado en anteriores entregas de cómo se formaron los arrabales: grupos de modestas viviendas que se arracimaron en torno a los caminos que partían de las puertas de Oriola.

Desbordada la ciudad en sus límites, esos caminos se transformaron en calles y luego en barrios que se integraron en la población.

Imagen del Cartulario de Orihuela
Archivo Histórico Nacional.

Si repasamos la imagen del cartulario que representa la Oriola medieval, podemos distinguir claramente el río Segura como foso natural reforzando la muralla desde la torre Embergoñes hasta la puerta de Elche.

Más allá, tres acequias y un marjal cumplían esa misma función defensiva, dificultando un posible asedio. Dichas acequias eran las de Almoradí, Escorratel y Callosa. El marjal o zona pantanosa era conocido como el Vallet (actualmente Ballesteros Villanueva y el Paseo).

Porta Nova desde el Vall a la porta de Crevillent.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.
El Vallet/Ballesteros Villanueva
Colección Javier Sánchez Portas
Calle Sagasta/El Paseo
Con castillo reconstruido digitalmente.
Colección Javier Sánchez Portas.

A Levante se abrían dos puertas: la de Crevillente, en el extremo del Barrio nuevo; y la de Elche, al final de la calle Mayor. En ambas localizaciones podemos encontrar todavía restos de torres y murallas.

Restos al extremo de la calle de Miguel Hernández

La de Crevillente generó el Ravalet, barrio que creció pegado a la sierra desde época musulmana. Se corresponde con las calles que hoy conocemos como Miguel Hernández (Calle de Arriba) y Ruiz Capdepón (Carretería). Esta última quedó destinada al aparcamiento de los carros y caballerías que llegaban a la ciudad y poco a poco fue acogiendo a carreros, herreros, carpinteros, etc…

Ravalet.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.
Carrer Damunt.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.
Carretería
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVIII.

La puerta de Elche dio lugar al llamado Arrabal Moderno; que tuvo que acomodarse inicialmente en la zona conocida como los Hostales, la que en la actualidad se corresponde con las calles de Loazes y Alfonso XIII.

Carrer dels Ostales desde la porta de Elig a la Corredora.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.
Bajada del Puente y los Hostales Siglo XIX.
Colección Javier Sánchez Portas

El arrabal moderno empezó a expandirse en el siglo XV, cuando el Consell orientó hacia él a los nuevos pobladores. Y creció de forma irregular, acomodándose al espacio que quedaba entre las acequias (a las anteriormente citadas hay que unir una cuarta, la de Almoravit). Así se formaron la Corredora y la calle de San Juan.

La Corredera siglo XIX
Ministerio de Cultura

Una vez avenado el Vallet, los dos barrios quedaron conectados y se abrió una tercera puerta: la “Porta Nova”.

Carrer del Vall y Porta Nova
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.

En paralelo a la calle de Arriba y siguiendo el curso de la acequia de Almoradí, se formó la calle del Socorro o del Colegio (hoy Adolfo Clavarana).

Carrer del Colegi.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.

La fusión de estos dos barrios nacidos en los extremos de la muralla a Levante acabó formando el gran arrabal del que vamos a hablar durante varias entregas: el de San Juan Bautista.

Todo el conjunto quedó protegido por una nueva cerca de la que todavía nos queda la puerta de Callosa.

Puerta de Callosa. Siglo XVI.

Las fundaciones religiosas como medio de promoción urbanística.

Un elemento decisivo para la población del arrabal fueron las órdenes mendicantes. En una zona difícil de urbanizar y repoblar el Consell utilizó un recurso infalible: la fundación de conventos situados estratégicamente en diferentes puntos del arrabal.

Estos edificios religiosos reforzaban la imagen del barrio y su construcción aseguraban el éxito de población. El arrabal de San Juan necesitó de tres.

El primer intento de instalar religiosos en la zona tuvo lugar en el siglo XIV con la llegada de los mercedarios. El Consell les regaló tierras y dinero para construir un convento bajo la advocación de Santa Eulalia, la patrona de Barcelona. Este primer convento de la orden de la Merced y la ermita de la Mare de Deu de Monserrat nos da pistas sobre nuestra identidad catalana por aquellas fechas. Pero no cambiemos de tema.

Escudo de los mercedarios en Orihuela.

Vivir en aquella zona pantanosa y surcada de acequias era muy complicado; y el Consell intentó poner remedio canalizando las aguas de Vallet. Con un convento en la zona y el terreno bien avenado, los pobladores se instalarían rápidamente en este descampado levantando sus casas entre acequias, escorredores y portillos. Pero no contaron con el conflicto entre Castilla y Aragón.

La Guerra de los dos Pedros acabó con el proyecto. El largo asedio por parte de las tropas castellanas de Pedro I dejó el convento y sus alrededores completamente arruinados. Escarmentados, los mercedarios se instalaron dentro de la muralla abandonando el edificio y frustrando la consolidación del arrabal. Hubo que esperar al siglo siguiente.

La última Iglesia de los Mercedarios, intramuros.
Colección Javier Sánchez Portas.

En la centuria posterior las cosas cambiaron. A mediados del XV se incrementó el número de pobladores y el Consell compró tierras junto a los Hostales para repartirlas con la obligación de construir inmediatamente. En caso contrario los terrenos serían confiscados para entregarlos a otros colonos dispuestos a edificar. Así se formó la vieja Carrer Corredora o calle Corredera.

Corredora.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.

Por otra parte, la favorable acogida por parte de los oriolanos a los Franciscanos de Santa Ana animó a la rama femenina de la Orden, las Clarisas, a instalarse en Orihuela; y para ello se trasladaron seis religiosas desde el Real Monasterio de Santa Clara de Murcia al viejo edificio abandonado por los mercedarios, fundando un nuevo convento bajo la advocación de San Juan Bautista.

Huerto de las Clarisas.
© Antonio Ballester Vidal

Era el pistoletazo de salida con un primer convento en el centro del arrabal. En 1499, el Consell bautizó la unión de los dos barrios con el título de Arrabal Moderno de San Juan Bautista. Antes lo había fortificado con una primitiva muralla.

El Raval de Sant Joa.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVI.

En la zona cercana a la sierra lo habían intentado primero con los franciscanos, en el siglo XIV; pero estos escogieron otra ermita en un lugar más apartado, en el Raval Roig, donde permanecen en la actualidad.

El solar se lo quedaron los dominicos en la centuria posterior; y de propina, la ladera de la sierra, encajonando totalmente el Ravalete. La progresión natural de este arrabal hubiera seguido la sierra hasta San Antón, pero quedó cortado.

Colegio de Predicadores Santo Domingo

Cerrado el paso se abrió una nueva vía: la calle del Colegio, formada entre las traseras del Ravalete y los márgenes de la acequia de Almoradí, la que marca su trazado.

En 1488, con motivo de la visita de los Reyes Católicos, se construyó una puerta en lo que había sido un portillo. Una obra de nueva planta con los escudos de Aragón y de Castilla. 

Porta Nova.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.

Por otro lado, en la ampliación de la muralla del siglo dieciséis, la puerta que daba salida a la calle de Arriba se trasladó al inicio del Camino de Callosa, alejándola de la sierra. Bloqueado el Ravalete, la entrada a la ciudad se desplazó a la calle que unía las dos nuevas puertas. De esta forma, la calle del Colegio se convirtió en un tramo más de la arteria que atravesaba toda la ciudad formando parte del camino real de Valencia a Murcia.

Puerta de Almoradí o de la Corredera.
Colección Javier Sánchez Portas

El tercer sector, pegado al río, era aún más difícil de urbanizar por contener las malolientes e incómodas adoberías. En este caso, el convento urbanizador fue el de los trinitarios, que llegaron a mediados del siglo XVI. Estos frailes enviados desde Murcia no fueron bien vistos por sus vecinos: los Mercedarios, dedicados a la misma función de liberar cautivos, y las clarisas, con el convento a medio hacer.

Las Adoverías/Barrio de la Trinidad

Adoverías y Trinidad.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.

Pero el Consell sabía que con esta construcción creaba un nuevo espacio de población completando así el arrabal de San Juan.

Con el nuevo muro construido en la segunda mitad del siglo XVI se consolidaba el arrabal con una cerca que, partiendo de la sierra unía la puerta de Callosa y la de Almoradí hasta llegar al río. Contaba con dos puertas: La de Callosa y la de Almoradí. Más de cien años después se abrió un arco al final de la calle de San Juan; un tercer acceso dedicado a la virgen del Remedio.

El Rabalete encajonado.

A partir del convento de San Juan y dentro de la nueva muralla, se mantuvo una zona agrícola; un conjunto de huertos que pertenecían a diversos propietarios como los predicadores y las Clarisas. Destacaba especialmente un amplio sector conocido como los Solares de Terol.

Solars de Terol.
Archivo Municipal de Orihuela. Siglo XVII.

Este espacio permitió que en siglos posteriores se siguiese construyendo intramuros. De hecho, aún quedan algunos huertos ocultos entre las calles de San Juan y Corredera.

Huerto de las Clarisas.
© Antonio Ballester Vidal

Al otro lado del muro, la actual calle Ronda de Santo Domingo, suma de las tres barreras que aparecían en los padrones del XIX: la de la Corredera, la de San Juan y del Colegio (las barreras eran algo así como calles de una sola acera).

Puerta de Callosa desde Ronda de Santo Domingo

Enfrente quedaron los huertos de los vecinos, entre el Camino de Almoradí y el de Callosa. De ahí el nombre adoptado por esa zona: “los huertos”.

Antonio José Mazón Albarracín.

Biografías: José Luis Satorre García.

José Luis Satorre. 1986.

José Luis Satorre García.

Nacido en Novelda el 9 de Octubre de 1945. Cuarto hijo – tercer varón-, del matrimonio formado por Pedro Satorre Sala y Mercedes García Navarro. Bautizado con los nombres: José, Luis, Enrique y Dionisio.

Me cuenta que nació entre sacos de manzanilla, perfumado de canela y azafrán. Y es que su padre se dedicaba a la manipulación y comercio de especias, condimentos e infusiones, una singularidad local que se inició en Novelda en el siglo XIX.

Los noveldenses compraban el azafrán casa por casa en los pueblos de Albacete, donde se cultiva tradicionalmente desde los tiempos de Al Ándalus. Luego, grupos de mujeres lo manipulaban en los “porches” – nombre por el que se conocen familiarmente los pequeños almacenes situados en la parte alta de las viviendas-; allí lo envasaban principalmente con destino a la exportación.

A comienzos del siglo XX la demanda del azafrán disparó su precio, apareciendo una especie de sustituto mucho más económico: el colorante alimentario. Esta sustancia química era barata y daba más color al arroz, pero no sabor. A este producto se unió la pimienta, la canela, el anís, la manzanilla….

Cerradas las fronteras tras la Guerra Civil, en los años cuarenta se popularizaron los condimentos e infusiones asequibles, al alcance de los pobres bolsillos de la posguerra. Las tradicionales carteritas se envasaban en preciosas cajas metálicas.  Fue en esa época cuando Pedro Satorre -el padre de José Luis- se incorporó al negocio con las marcas “Colección Sagrada” e “Infusiones Satorre”.

Esta industria se ha mantenido hasta hoy en Novelda con firmas tan famosas como “Carmencita”, marca que acabó absorbiendo a Satorre.

Latas originales de los productos Satorre.

José Luis, el pequeño de la familia, cursó sus estudios primarios en el Oratorio Festivo de Novelda, con notas ajustadas pero correctas.  Me cuenta que de niño admiraba a los médicos de familia de la época, tan cordiales con los pequeños y tan respetados por los mayores.

Así nació el deseo de ayudar a los demás. Y como luego demostró el tiempo, aquella vocación valía para curar cuerpos y almas.

José Luis en 1957. Plaza Nueva.

Su carrera eclesiástica empezó actuando como monaguillo de “Don Federico”, el cura de su pueblo. Fascinado por su personalidad y por el cariño que despertaba entre la gente, decidió ingresar en el seminario.

Al principio su padre no tomó muy en serio la ocurrencia de un niño de diez años; e intentó disuadirlo. Don Pedro no quería perder a un futuro continuador de su negocio. Pero acabó aceptando su deseo y le acompañó en taxi hasta Orihuela, ciudad que para el pequeño aspirante a cura estaba al otro extremo del mundo: cuatro horas de viaje en el “Albaterense”.

Y así, en septiembre de 1956, a punto de cumplir los once años, ingresó en el seminario oriolano y pasó doce cursando estudios de Bachillerato, Filosofía y Teología.

José Luis en 1966.

En el Seminario 1967.

Terminó la carrera demasiado joven. Con 22 años necesitaba la dispensa de Roma para ser ordenado. Así pues, en el verano de 1968 el obispo lo destinó provisionalmente al que sería su gran proyecto vital: San José Obrero.

Pablo Barrachina Estevan, “don Pablo”, había tomado posesión de la diócesis dos años antes. El soniquete “con el Papa Pablo y el Obispo Pablo” se mantuvo más de dos décadas, convirtiéndose en uno de los prelados más longevos de la historia de nuestro Obispado.

Pablo Barrachina. Pulsad para acceder a su biografía.

La espera fue cosa de meses. En el otoño de ese mismo año 1968 fue ordenado sacerdote. Su primer gesto fue aprovechar los regalos y celebraciones para costear trescientas camas para los niños de San José Obrero.

Yo le conocí pocos años después, a principios de los setenta, cuando celebraba misas en Jesús Maestro, mi monjil colegio. Y repartía la hostia remojada en mistela.

Pinchad para acceder a Las Discípulas de Jesús.

Tenía siete u ocho años, pero recuerdo perfectamente cómo se presentó interrumpiendo la clase con ese particular y fino acento de los alicantinos del norte para pedirnos uno botes de tomate, latas de atún, arroz, lentejas o cualquier otro alimento que nuestras madres nos permitiesen sacar de casa.

José Luis 1970.

A cambio recibimos un balón de baloncesto para jugar en los recreos. Así, con una pelota de “Marianico el alpargatero” consiguió un buen lote de alimentos para sus niños.

En San José Obrero pasó siete años como formador. Hasta que “don Pablo” lo mandó de párroco a Torremendo y Rebate, entre los años 1975 y 1977.  Tras otros cinco años en San Antón y Escorratel, en 1982 estaba dispuesto a regresar a San José Obrero.

José Luis 1980.

Pero el obispo cambió de opinión y lo mandó a la Parroquia de Ntra. Sra. del Mar en Benidorm. No tuvo tiempo de acomodarse. Pronto recibió una llamada de Victoriano Garrigós avisándole de que volvía con sus niños.

Un año después fue nombrado Director de la Obra Social San José Obrero, cargo que ostentó durante ocho años, coincidiendo con la total transformación de la obra diocesana al asumir la responsabilidad la flamante administración de la Comunidad Valenciana, con quienes supo entenderse perfectamente. Tanto que el obispo llegó a pensar que estaba olvidando su oficio: curar almas.

Y así, la década de los noventa la inició como cura párroco de Benferri y La Matanza. Un año después pasó a la Parroquia de San Martín de Callosa de Segura, donde permaneció seis años dejando muy buenos amigos.

En 1997 volvió a Orihuela, destinado a Santiago. Un año después pasó a la vecina parroquia de las Santas Justa y Rufina, donde cumplió los cincuenta años de sacerdocio en 2018.

José Luis es licenciado en Teología y en Lengua Valenciana. Diplomado en Medios de Comunicación. Ha sido Vicario Episcopal, Arcipreste de la Ciudad de Orihuela, Consiliario de la Hospitalidad de Ntra. Sra. de Lourdes, Presidente de la Comisión de Sostenimiento de la Iglesia, Consiliario de la Asociación de Moros y cristianos S. Justa y Rufina, Canónigo de la Iglesia Catedral, Síndico portador del Oriol, Glosador de la Semana Santa y las Fiestas de la Reconquista…

En diciembre de 2014, impulsado por más de cuarenta colectivos locales, el Pleno del Ayuntamiento lo nombró hijo adoptivo de Orihuela por unanimidad; oficializando lo que sentían la mayoría de los oriolanos.

Para mí, Satorre es sobre todo un hombre bueno. Un tipo cercano, cariñoso, divertido y sincero. Un referente humano con el que converso a menudo en el Bar Casablanca – capilla laica de Santa Justa-.

José Luis Satorre y un servidor.

Y lo hacemos de ateo a cura; con confianza, humor y franqueza; de lo divino y de lo humano; con la fachada inacabada de su parroquia como lujoso escenario.

Antonio José (obrero) Mazón Albarracín.

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Programa Radio 2

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A continuación, entrevista completa realizada en enero de 2019 en el salón parroquial de Santa Justa.

Cuento de Navidad. (A Christmas Carol)

Cuento de Navidad/A Christmas Carol.

Esta triste historia comienza en una inquietante noche de Navidad; cuando un hombre llamado Oriol del Común, paseando junto a las ruinas del palacio de Rubalcava, exclamó:

—¡Vaya porquería¡  Yo, del Ayuntamiento, no metía ni un euro más. Una pala es lo que hace falta. Y solar vendido para construir un edificio en condiciones. Menudo hotel…..

Oriol era un ciudadano al que nunca le importó el patrimonio local; bastante tenía con preocuparse por el suyo propio.

Su único acto aparente de ciudadanía, casi una obligación social, era participar religiosamente en las fiestas de su pueblo; las mejores del mundo y parte del extranjero.

Aunque de boquilla presumía de la gloriosa historia de su patria chica (más que nada por atraer al turismo), aborrecía todo lo relacionado con viejas construcciones. Montones de ruina sin futuro.

Tampoco le importaba el aspecto y habitabilidad de los barrios más añejos. A fin de cuentas ni se acercaba a ellos.

Como la mayoría de sus vecinos, hacía tiempo que “saltó el río” y no quería saber nada de lo que quedó pegado a la peña, barrios vilipendiados donde pronto sólo vivirán inmigrantes y grupos desfavorecidos; los que antaño llamaban “peñeros”.

Oriol no se cansaba de repetir que amaba a su pueblo con todo su corazón. Pero cuando le decían que el casco histórico era el corazón de su pueblo, se burlaba y ofrecía su receta de siempre: fuera ruinas, anchura, casas nuevas y gente de bien.

Cuando le mencionaban la “trama urbana” le sonaba a chanchullo urbanístico con concejal de por medio. Sólo pensaba en nuevos centros comerciales, hipermercados, campos de golf y urbanizaciones en las afueras; donde estaba el futuro.

Recintos aislados para concentrar a la gente de bien (o lo que es lo mismo, con dinero para gastar). Eso era lo único importante, los negocios, el crecimiento, la revalorización de los solares, los aparcamientos, la industria…

Esa noche, entre las redes de Rubalcava se asomó un espectro; era el fantasma de las ciudades muertas, localidades uniformes, sucias, grises e inhabitables condenadas a sufrir un tráfico insoportable por el día y a permanecer vacías y solitarias por las noches.

El fantasma le anunció la visita de tres espíritus: el del pasado, el del presente y el del futuro. Y Oriol fue visitado por cada uno de ellos.

El fantasma del pasado le llevó primero a una ciudad gloriosa, la segunda del Reino, capital de Gobernación. Con un imponente castillo, con murallas, con decenas de palacios, conventos e iglesias.

Luego apareció la ciudad de su infancia, allá por los años sesenta, un entorno bello, armónico, lleno de comercios, de hermosas calles con casas nobles y mucha gente paseando por ellas.

Le mostró la Casa del Paso; la Plaza de la Pía flanqueada por edificios señoriales en sus cuatro costados, con Miguel Hernández recitando subido a una escalera frente al espectacular palacio gótico. Le mostró un palmeral comparable al de Elche; calles tradicionales llenas de comercios, de cafeterías, de confiterías, de gente….

El segundo espíritu, el fantasma del presente, le mostró primero el interior del palacio donde se encontraron: destechado y asolado para propiciar su ruina. El solar de la casa del Inquisidor: derribado y desaparecido. El de Pinohermoso: una joya única sustituida por un cajón de ladrillos.

Iglesias, palacios y casas en mal estado o ya en la ruina. Las antaño calles comerciales muertas; otras como la de San Juan o la del Colegio, antesala del Escorial de Levante y del Rincón Hernandiano, bombardeadas, con basura esparcida. Las ruinas del castillo llenas de pintadas. El picudo campando a sus anchas en un palmeral urbanizado y cada vez más exiguo…

Por último, el espíritu del presente le mostró el valioso legado de su universal poeta luciendo en otra ciudad. Y Oriol, que creía conocer su pueblo, lloró.

Finalmente llegó la última visita, la del Fantasma del futuro…
Dejémoslo por escribir; el futuro sólo depende de Oriol.

Antonio José Mazón Albarracín. Inspirado en el clásico de Charles Dickens.

Y se hizo la Luz

Molino de la Ciudad. Colección Javier Sánchez Portas.

Y se hizo la Luz

A mediados del XIX los mecheros de gas desplazaron a las obsoletas velas de cera y a los quinqués de aceite o queroseno.

Sin tiempo para consolidar su difusión por toda España, en el último cuarto de siglo llegaba una nueva y revolucionaria tecnología: la electricidad.

Farol de queroseno.

Al igual que ocurrió con el gas, la ciudad pionera fue Barcelona, donde se creó la primera central eléctrica en 1875. Diez años después se publicaba el primer decreto para regular las instalaciones.

La implantación de este tipo de alumbrado público aportaba mucho prestigio a los municipios. Para la sociedad de la época la llegada de la luz eléctrica significaba formar parte de las ciudades más modernas.

Aun así, el alumbrado eléctrico quedó en manos de la iniciativa privada, compitiendo inicialmente con las empresas de gas.

Por toda España se crearon multitud de sociedades que afrontaron los riesgos derivados de una tecnología incierta y precaria.

La lista de usuarios era muy reducida. Sólo comerciantes y ciertas familias acomodadas podían permitirse pagarla.

Por ello, el interés de las primeras distribuidoras se centró en el alumbrado público, un mercado relativamente seguro, a pesar del lamentable estado financiero de los ayuntamientos.

La intervención municipal quedó limitada a la concesión de los permisos de construcción y las licencias para el tendido de cables y alambres aéreos que alimentaban faroles dotados de un arco voltaico con electrodos de carbón.

Como es lógico, las primeras empresas centraron sus esfuerzos en las grandes ciudades buscando la rentabilidad.

El resto de localidades tuvieron que conformarse con modestas instalaciones creadas generalmente por emprendedores locales.

Estas pequeñas centrales llamadas fábricas de luz funcionaban con máquinas alimentadas por combustible, produciendo un fluido de baja tensión y corto alcance.

Central eléctrica siglo XIX.

La primera empresa eléctrica oriolana se creó en la primavera de 1893.

El 23 de marzo ante el notario Pedro Turón Lozano se formalizó la escritura de una nueva sociedad mercantil llamada “la luz” con un capital social de 100.000 pesetas.

Su fundamento era la producción de electricidad para alimentar el alumbrado público y particular de Orihuela.

Su primer objetivo, buscar un emplazamiento apartado y a la vez cercano para instalar la central eléctrica o fábrica de luz; un molesto edificio con voluminosos generadores alimentados por combustible y una gran chimenea para extraer los gases que producían.

Y lo encontraron en el Partido de San Antón.

Etiqueta de las botellas del Balneario y manantial de San Antón. Archivo Carmelo Illescas Pérez

En mayo Atanasio García Cubero, alcalde por aquellas fechas, establecía un contrato verbal con su presidente Diego Roca de Togores para venderle una finca urbana que contaba con dos casas con los números 16 y 19 de policía.

Contaban con algo más de cincuenta metros cuadrados cada una; a lo que había que añadir un trozo de terreno inculto que lindaban a levante con el llamado fuerte de San Fernando, a sur y poniente con el que fue huerto de los dominicos y al norte con el Camino de San Antón.

Archivo Celia Senén.

En mayo de 1894 comenzaron las pruebas en la “fábrica de la luz” utilizando focos de diferentes intensidades con resultados brillantes.

El lunes 21 del mismo mes el obispo Juan Maura otorgó su bendición a las instalaciones y puso los nombres de “María de Monserrate” y “Roca de Togores” a aquellas máquinas que iban a hacer de la noche, día.

Obispo Juan Maura y Gelabert. Retrato autógrafo.

Los inicios fueron costosos y muy complicados, dejando el servicio mucho que desear.

Durante  todo el verano se sucedieron las quejas por incumplimiento del pliego de condiciones: el fluido era escaso; faltaban guías; en las calles estrechas habían sustituido las prometidas lámparas de dieciséis por otras de diez;  y para colmo, a la una de la madrugada la ciudad quedaba totalmente a oscuras.

A pesar de todo para la feria de aquel año se alquilaron las casetas con un suplemento de cinco pesetas por suministro e instalación de luz eléctrica; aunque para ello se suprimió el fluido en los sitios “más apartados y menos transitables de la población”.

Charles Clifford. Orihuela. Vista general de la ciudad 1862. Colección Javier Sánchez Portas.

Ante la falta de recursos para cumplir con el pliego de condiciones, el 31 de Marzo de 1895 la Junta General de Accionistas acordó ampliar el capital social en 70.000 pesetas, emitiendo 140 nuevas acciones al precio de 500 cada una, lo que permitió que modestos ciudadanos participasen con los mismos derechos y deberes que los socios fundadores.

El 27 de octubre de 1897 Alejandro Roca de Togores y Pérez de Meca, militar retirado, acudió al notario como representante de la sociedad para comprar la finca apalabrada por 7.000 pesetas.

Atanasio García, ya desposeído de la vara municipal, se reservó la propiedad de las aguas y el derecho de entrada al nacimiento, cuyo uso concedió a “La luz”.

La «fábrica de la luz» San Antón.

Finalizando la centuria, la sucesión de inventos provocaron multitud de cambios. Las lámparas de arco fueron sustituidas por novísimas bombillas incandescentes más baratas y fiables.

Otro adelanto decisivo lo aportó Tesla con la corriente alterna, permitiendo transportar la energía a largas distancias.

Poco a poco se fue popularizando el uso de la electricidad en domicilios particulares, aunque seguía siendo un lujo demasiado caro.

Huerto del Colegio de Santo Domingo. Al fondo la «Fabrica de la Luz». J. David photography, París. Fechada el 2 de septiembre de 1.901. Colección Jesús R. Tejuelo.

A principios del siglo XX la mercantil oriolana estaba al borde de la ruina. El gasto en consumo de combustible para sus máquinas superaba el importe de las cuotas abonadas por los clientes.

El director técnico, apellidado Gandía, dictaminó que la causa de este déficit era el “hurto de fluido”.

Y es que en principio no utilizaban contadores; la empresa concertaba un pago fijo con el consumidor en función del número y potencia de las bombillas contratadas, dando lugar a la picaresca:

Es sabido que los abonados de mala fe, en aquellos puntos donde no se emplean los contadores, se valen para intercalar más lámparas, de alfileres, trocitos de alambre o cualquier otro medio que les sugiere la malicia”.

Sin más comprobaciones la junta directiva acordó modificar los contratos sustituyendo el recibo de luz fija por el pago condicionado a un contador.

El problema radicaba en como adquirir los contadores en un momento en el que la sociedad carecía de recursos.

Publicidad de Sturges y Foley.

Decidieron vender cien acciones por el 65% de su valor a Sturges y Foley, unos británicos domiciliados en Madrid que distribuían maquinaria industrial y agrícola.

Con el dinero recibido adquirieron los contadores; pero en número insuficiente para cubrir a todos los abonados.

Esto generó una complicada situación en la que los recibos por contador llegaban a importar el triple que los que carecían de él.

Además, estos últimos, quedaban en condiciones de seguir defraudando a base de enganches ilegales.

Publicidad de Sturges y Foley.

En diciembre de 1901 las dificultades económicas se acentuaron; la sombra de la quiebra planeaba sobre “la luz”.

El principal acreedor era la citada sociedad Sturges y Foley, con un crédito de 60.000 pesetas asegurado por la escritura del edificio y su maquinaria. En caso de liquidación de la sociedad, los ingleses tenían las espaldas cubiertas; o eso pensaban.

Una de las cláusulas de concesión por parte del Ayuntamiento disponía que en caso de quiebra el material y cuanto comprendiese a la instalación quedaba a disposición municipal en concepto de propiedad.

Tras deducir los perjuicios que ocasionase la interrupción del suministro según los años transcurridos -habían firmado cincuenta-, abonarían el resto.

El asunto quedaba –utilizando las palabras de la prensa local- entre el interés de los ingleses y el de “los hijos de la Armengola”; y por supuesto, el Consistorio oriolano debía defender a la población por encima de los de los accionistas, por importantes que fueran.

La visita del Señor Sturges prometiendo remitir los contadores necesarios antes del mes de abril tranquilizó a la junta directiva; pero no a los pequeños accionistas.

Sobre todo cuando corrió la noticia de que estaban a punto de comenzar las obras de una nueva central  para establecer un moderno alumbrado eléctrico “de sol a sol”.

Molino de la Ciudad antes de las obras que lo convirtieron en central eléctrica. Sabiendo que dichas obras se realizaron entre los años 1902 y 1905, tenemos una imagen del siglo XIX, posiblemente la del primitivo molino edificado en el siglo XVIII. Colección Jesús R. Tejuelo.

El “Molino de la Ciudad”.

En noviembre de 1901 el acaudalado empresario Pío Wandosell compró un lote de  dieciséis fincas entre Orihuela y Murcia. Una de ellas -llamada «Molino de la Ciudad»- incluía un viejo molino harinero de cereales y pimentón con seis compuertas, seis ruedas motrices, seis muelas, seis soleras, seis tablas y lo más importante: un hermoso salto de agua.

Pío Wandosell Gil. 1910.

Molino de la Ciudad.

Ya he dicho que Tesla había revolucionado el transporte de fluido con la corriente alterna. Este descubrimiento permitía explotar recursos hidráulicos situados a cierta distancia del núcleo urbano.

Los generadores para alumbrado instalados en molinos se multiplicaron convirtiendo estas instalaciones en “fábricas de luz”; poseer un salto de agua cercano suponía una clara ventaja para competir en el mercado eléctrico aprovechando una energía gratuita.

Molino de la Ciudad. Colección Jesús R. Tejuelo.

Para contrarrestar el efecto entre los inversores, en Orihuela se hicieron correr rumores interesados anunciando que la energía hidráulica no sería suficiente para conseguir la fuerza motriz necesaria.

Wandosell los acalló con la visita de Gustavo Boetticher, cofundador de la sociedad “Boetticher y Navarro” y concesionario de la marca Siemens.

Este prestigioso ingeniero alemán, especialista en maquinaria para aprovechamiento hidroeléctrico, certificó la potencia de la central en quinientos caballos.

Pío Wandosell junto a Emilio Castelar y otros políticos del Partido Republicano Liberal.

Molino de la Ciudad. Colección Javier Sánchez Portas.

Tan pronto tuvo en sus manos la escritura de constitución, don Pío lanzó a sus representantes a la búsqueda de abonados.

Mientras tanto, en la junta general ordinaria convocada el 9 de febrero de 1902 en los salones de la Unión Agrícola, los accionistas de “la luz” pedían la destitución de la directiva a la que exigían responsabilidades.

Sabían que la inmediata puesta en marcha del Molino de la Ciudad acabaría con toda esperanza de recuperación; así que lo mejor era salvar lo posible.

Molino de la Ciudad. Colección Javier Sánchez Portas.

Las obras del molino comenzaron en 1902 y duraron tres años.

Aprovechando la situación y para eliminar la competencia, Pío Wandosell hizo una oferta de compra por todas las acciones. Pero no consiguió llegar a un acuerdo con los ingleses  Sturges y Foley.

Y decidió competir hasta aniquilar a los de “la Luz”.

Para evitar enemistarse con sus futuros clientes, mantuvo su oferta de compra a precio razonable de todas las acciones de modestos inversores oriolanos.

En 1908, la fábrica eléctrica “Molino de la Ciudad” se anunciaba en las guías arco con todos los aparatos y adelantos modernos.

Fábrica de luz eléctrica, propiedad del acaudalado minero y rico propietario de Cartagena, Pío Wandosell, el cual la ha montado donde se produce el fluido con todos los aparatos y adelantos modernos, en el sitio denominado Molino de la Ciudad, situado en medio de un bellísimo paisaje de la Puerta de Murcia, habiéndolo levantado de planta, y construido en el referido sitio un soberbio edificio. 1908.

Fábrica de luz eléctrica «Molino de la Ciudad». 1908.

Fábrica de luz eléctrica «Molino de la Ciudad». 1908.

Por fin,  el 2 de mayo de 1914, Pío Wandosell solicitó el traspaso del alumbrado público de la sociedad “La luz” al Molino de la Ciudad.

Pío Wandosell en 1911, Fundación Cajamurcia.

El Ayuntamiento, encabezado en esos momentos por su hijo Adolfo, exigió garantías de que la sequía estival o las inundaciones no iban a cortar el suministro.

José Ferrer Fuster, mecánico y constructor de maquinaria, certificó que disponían de dos motores de gas, suficientes para solucionar las posibles emergencias.

Y el traspaso le fue concedido.

Molino de la Ciudad. Colección Javier Sánchez Portas.

Molino de la Ciudad. Colección Javier Sánchez Portas.

Molino de la Ciudad. Colección Javier Sánchez Portas.

Molino de la ciudad. Antonio Ballester Vidal.

¿Qué pasó con el edificio de “La luz”?

En el verano de 1929 pertenecía al municipio y ante la posibilidad de que el Estado dejase de contribuir con el pago del alquiler de la casa cuartel en la Casa del Paso, la Corporación ofreció el edificio para ser habilitado y destinado a la Guardia Civil.

Esta circunstancia nunca llegó a materializarse, y decidieron deshacerse de él.

Casa del Paso. Colección Javier Sánchez Portas.

El 22 de octubre de 1931 el nuevo Consistorio republicano desarrolló una moción para su venta en las mejores condiciones posibles, “ya que no produce beneficio alguno y por el mal estado en que se encuentra”.

Se acordó que fuese tasado por el maestro de obras del Ayuntamiento para sacarlo a subasta.

El asunto quedó paralizado y en septiembre de 1932 se ofreció de nuevo al Estado; esta vez para construir una nueva cárcel a cambio de convertir la de la Carretera de Beniel en matadero.

Tampoco prosperó la nueva propuesta.

La cárcel en la Carretera de Beniel.

En abril de 1937, tras ser valorado en 5.000 pesetas “debido a su estado ruinoso”, se anunció la correspondiente subasta para su enajenación.

La misma tuvo lugar el 12 de junio y solamente concurrió un postor: Pascual Soriano Hellín, quien se hizo con él por la cantidad de 5.000 pesetas con 50 céntimos.

En el verano de 1939, finalizada la Guerra Civil, el consistorio falangista anuló la subasta del edificio alegando defecto de forma.

Pascual Soriano, ultimo alcalde republicano, fue declarado en paradero desconocido (había huido en el Stanbrook);  y el edificio volvió a manos del Ayuntamiento.

El Stanbrook en el puerto de Alicante.

En marzo de 1940 el rector del Colegio Santo Domingo reclamaba la demolición de unas “obras realizadas por los rojos” en la antigua “fábrica de La luz”.

Dichas obras  menoscababan la propiedad del huerto del colegio, colindante con la fábrica.

Convento de Santa Lucía. Colección Javier Sánchez Portas.

Por otra parte, el solar del desaparecido convento de Santa Lucía se había convertido en un peligro para la higiene y en un atentado al ornato público.

En el verano de 1941 Jesús Botella Brotóns propuso:  “la permuta del solar de las monjas de Santa Lucía cuya compra tiene concertada por el antiguo edificio de “La Luz” que tiene arrendado el Ayuntamiento mediante el abono de la diferencia de precio que arroje la peritación”.

Cediéndoles el vetusto edificio extramuros de la ciudad darían a las religiosas el albergue que necesitaban y “se haría una justa y pública reparación a la ya nombrada comunidad de religiosas del acto vandálico cometido por los rojos, reduciendo a escombros su único patrimonio”.

Para ello solicitaron la oportuna autorización al Ministerio de la Gobernación y el 25 de Septiembre de 1941 el gobernador civil les anunció la imposibilidad de efectuar la permuta sin antes realizar un peritaje con la valoración de ambos inmuebles.

Solar de Santa Lucía.

Un mes después, el maestro de obras del Ayuntamiento tasaba el edificio “Fabrica de la Luz” en 26.000 pesetas y el solar del convento de Santa Lucía en 24.385.

Y la permuta se llevó a cabo.

Pero las dominicas se hicieron con el Seminario Menor;  es decir, el antiguo convento de la Trinidad donde hoy permanecen.

Claustro Seminario San José. Antiguo convento de Trinitarios.

Claustro de la Trinidad en la actualidad. Ajomalba

Hermanas Dominicas. Fotografía José M. Pérez Basanta

Convento de la Trinidad en la actualidad. Fotografía José M. Pérez Basanta

La “Fabrica de la Luz” se convirtió en la fábrica de insecticidas QUISA (química insecticida sociedad anónima), fundada por el mismo Jesús Botella Brotóns que había propuesto la permuta y por el famoso Eusebio Escolano, entre otros.

Exterior fábrica de insecticidas QUISA.

Interior fábrica de insecticidas QUISA.

Tras una profunda reforma pasó a ser discoteca “Momentos”.

A final, el edificio acabó demolido en los años noventa;  y el terreno absorbido por el vecino colegio.

En cuanto al Molino de la Ciudad, tras una interesada restauración pagada a precio de oro por la Unión Europea, se pudre en el abandono.

Antonio José Mazón Albarracín.  Adaptación y ampliación de un viejo artículo publicado en 2003.

Molino de la Ciudad en ruinas. Fotografía Vicente Muñoz Navarro